viernes, 13 de febrero de 2009

Hacia una interpretación Lihn-güística de Disparan en la noche

2/13/2009 12:51:00 p. m.

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DISPARAN EN LA NOCHE

Los anónimos de siempre disparan en la noche
a la que no se puede entrar de la que no se puede salir
coto de caza y placer de las hienas
Los leones mismos se pervertirían si tuvieran como ellas la exclusividad de la selva.

Suenan esos disparos como algodón en los oídos
empapados de nuestra sordera son el éter que nos trae la noche
y henos aquí tendidos en nuestros lechos de operaciones
Mañana habrá muertos, eso es todo
Mejor que se guarden la noticia
Por sus prontuarios no los conoceréis.

Un coto de caza del tamaño del país
Para que no haya que darle explicaciones a nadie.

Se descansa en la prohibición de entrar en la zona de peligro
El corazón, órgano del miedo, funciona bien bajo las balas del éter
Dormir en paz, ya que no lo hacen los muertos.

Estas líneas fueron escritas
Con el canto de la goma de borrar.

Autor: Enrique Lihn

Disparan en la noche es un poema que encontramos en el libro Pena de extrañamiento, poemario que dentro del grueso de la obra de Lihn abarca 10 tumultuosos años en la política y orden social de Chile. Esta obra nace además en un periodo en que el autor -a sus 50 años- goza de una extensa experiencia como viajero, hombre y habitante del mundo, creador capaz de desplegar una voz dueña de códigos y visiones que desde su particularidad, dialécticamente alteran y cuestionan su entorno local y global

Como poema “Disparan en la noche” podemos ubicarlo en la línea más descarnada y social de la poética de Lihn, pues el texto, limpio en apariencia de juegos retóricos y hermetismos tanto conceptuales como en su diseño –más no por ello carente de humor negro, descreimiento y una ironía auto reflexiva que alcanza su cenit en el remate del poema: Estas líneas fueron escritas / Con el canto de la goma de borrar. -nos evoca y conecta directamente con un referente extratextual, las sociedades latinoamericanas de la segunda mitad del siglo veinte: Se ha montado aquí una gran maquinaria. / La Maquinaria del Ocultamiento de la Verdad en el Perú. (Estación de los desamparados) y en específico, se pasa revista a los años 70 en Chile con su peculiar estructura de poder, orden social edificado bajo una jerarquía logo céntrica y discurso vertical que ampara la violencia y anonimato como herramientas de control y sumisión. Toques de queda, tortura, exilio y escuadrones como fuerzas públicas de represión en un estado de emergencia generalizado.

El modelo de poder se nos hace accesible de manera crítica -gracias a la poesía- más allá de la memoria individual (recuerdos de los que vivieron esos años) y colectiva (la historia con sus grandes discursos y testimonios presentes en los libros y medios de comunicación) La obra de Lihn –y la poesía en general- pretende y consigue, incluso por encima de los deseos explícitos del autor, constituir gracias a su mensaje una situación comunicativa especial que trasciende tiempo y espacio, confrontado la visión creativa de quien da uso y nueva forma a la palabra ante la percepción de todos sus hipotéticos receptores; los que al entrar en contacto con el texto, pueden, dados sus prejuicios, condicionamientos, mayor o menor criterio y apertura de mente y asertividad, coincidir o discrepar en distintos grados con lo que se busca transmitir.

En el caso particular del poema “Disparan en la noche” , su mensaje; fuera de lo literal con su tema y motivos ligados a un cronotopo familiar para los chilenos y aquellos continentales que han vivido, siguen viviendo o sufren las consecuencias de sistemas de represión y su mutación a favor de la economía y las relaciones internacionales demuestra ser altamente connotativo pues nos informa además de aquella situación puntual de un periodo y sus avatares, con respecto a las corrientes estéticas imperantes, toda la tradición cultural y la ruptura que con su quehacer literario el creador promueve al instaurar una proyección de carácter progresista, visionaria o en su defecto una mirada retaguardista, conservadora e intertextual -se citan o se contravienen verdades en un mundo verosímil que el hablante integra- . Esto por lo demás afecta tanto a una recepción entre contemporáneos que pueden gozar de lecturas afines como a la interacción con aquellos destinatarios que reciben la obra años, incluso siglos después, revisitando la gran gama de voces y sentidos que surgen desde lo explícito para llegar a lo polisémico, desde lo referencial directo a lo imaginativo y ficcional.

La poesía constituye en este caso otra forma de acceder a los hechos. Una vía abierta y rizomática; definida por los filosofos Deleuze y Guattari como: un método para ejercer la resistencia contra un modelo jerárquico, que traduce en términos epistemológicos una estructura social opresiva, y que el poeta, de paso por este mundo, como actor y comunicador pone en manos de sus eventuales lectores sin intervenir su juicio y discreción. La poesía, dada su ambigüedad y subversión del lenguaje, (una de las mayores certezas a la cual está sujeto el hombre) en lugar de imponer una verdad a modo de conceptos fuertes que sustentan una cultura, cosmovisión y superestructura social, propone una multiplicidad de lecturas, que validas o no y más o menos directas en su decir; se actualizan y descubren en el diálogo que confronta pragmáticamente visiones posibles. En este caso las de Lihn y todos los que acceden a su poesía.

Aclarado esto, lo que a continuación se plantea como análisis semántico de los versos que componen la obra, es una de tantas posibles lecturas. Para este redactor, Lihn nos muestra a través de “Disparan en la noche” un mundo de terror, una sociedad en donde sólo una verdad importa, la del más fuerte y su legitimado derecho a actuar con violencia y sin necesidad de exponer un rostro, nombre o argumento: Los anónimos de siempre disparan en la noche

Gracias a este verso inicial, nos queda claro el panorama que impera dentro del espacio del hablante. La condición apócrifa y subrepticia que rige el actuar de los tiradores, está modificada por el adverbio “siempre” lo cual deja en evidencia una seña de identidad dentro su peculiar condición y proceder. Ellos siempre ocuparan ese rol de verdugos. Se remarca una idea de constancia pues son los mismos, aún cuando no sepamos a ciencia cierta quienes son y cual es su nombre y rostro. Por tanto están legitimados en su anonimato y el único argumento que necesitan es el de sus balas que cruzan la noche cerrada a la que no se puede entrar de la que no se puede salir

El toque de queda, el dominio de las fronteras, el silenciamiento y autoritarismo en los medios de comunicación además de la imposibilidad de reunión así como el control de los espacios públicos, son parte de sus prerrogativas. Ellos ponen los candados y peajes en este espacio demarcado que es su territorio de caza, allí se alimentan, allí reinan y gozan de privilegios coto de caza y placer de las hienas / Los leones mismos se pervertirían si tuvieran como ellas la exclusividad de la selva. El poema con este verso que clausura la primera estrofa; destaca la exclusividad excluyente de seres carroñeros que actúan impunes y de forma unilateral, a lo largo de todo el país en un coto, un espacio en el cual se erigen como el depredador supremo. Un coto de caza del tamaño del país / Para que no haya que darle explicaciones a nadie.

Lihn en este poema, a diferencia de lo que serán sus textos de Por fuerza mayor (1975) va de cara al conflicto y es extremadamente explícito para plantear la barbarie de la civilización y su proceder decadente; no trafica ideas sino que las arroja de cuajo al rostro de los vigilantes; es una diferencia con lo que el mismo haría después como descentramiento y forma de combatir la censura. Hay que destacar si, que muchos autores durante ese periodo y en los años que vendrían también se valieron del hermetismo y subversión del lenguaje para exponer por un lado, la completa disociación que se sentía frente a la legitimidad del contexto, su valor como realidad a la par que encubrían sus mensajes, me refiero específicamente a parte de la obra de Giaconi, Maqueira, Cociña y Zurita, creadores de gran riqueza estética que optaron por bordear desde la periferia la situación productiva y receptiva del país; asumiendo un juego de máscaras deformes y grotescas, maquillaje esperpéntico y complejidad formal que hacen reflejo del sistema, al ocultar, gracias a la limitación que tiene la mirada imperante para acceder a códigos más complejos y semióticos

De cualquier modo la abstracción no es la opción Lihneana en “Disparan en la noche”, el autor opta más bien por hacer del cien por ciento de la obra un mecanismo de denuncia que en su contenido y diseño, está afectado por el mundo en que se vive. Desde el título nos descubre la llaga y cada verso y sema remite al acto vil de atacar desde el anonimato, desaparecer y borrar a otros como objetos o frases que se pueden tachar en un palimpsesto demencial que reescribe desde el presente el pasado para así dominar el futuro: y henos aquí tendidos en nuestros lechos de operaciones / Mañana habrá muertos, eso es todo / Mejor que se guarden la noticia / Por sus prontuarios no los conoceréis.

La psicopatía y terror social generan el contexto idóneo para que torturadores y verdugos como cirujanos de un sistema y sus fines se explayen de manera que cada disparo y desaparición se torna algo habitual, asumido como parte de una atmósfera en que la falta de luz, (siempre oscura, de noche) umbría condición que también podemos entender como falta de información y conocimiento, es un anuncio del pavor; el arribo del telón en que teatralmente se monta una caravana de muerte y masacre. El hablante al exponer la situación comparando al país con una mesa de operaciones, y henos aquí tendidos en nuestros lechos de operaciones implica el mecanismo en que se realiza la disección del orden social que extirpa sin mayor cuestionamiento vidas como carcinomas. Más allá del duelo y la aflicción, que la voz poética pudiese tener, señala, Mañana habrá muertos, eso es todo, a manera de desazón e indiferencia, remarca con “eso es todo” la habituación al modelo que con sus bisturís opera los cuerpos, las mentes y la memoria, pues todo esta destinado al imperecedero olvido, a la resignada edición que se hace de la historia, pues los testimonios, las actas, los vestigios de la existencia de cada ser y de la vida en sociedad, también serán operados para volver todo una ilusión Por sus prontuarios no los conoceréis, en este mismo sentido, el remate del poema es perentorio Estas líneas fueron escritas / Con el canto de la goma de borrar.

Todo lo que Lihn no oculta en su invectiva al mundo que le toco vivir como intelectual latinoamericano y Chileno, paradójicamente cierra la pieza con un toque de ironía magistral que echa por los suelos las expectativas del lector, algo similar a los finales ambiguos en los cuentos de Borges, de modo que el poema por entero, se torna una digresión anfibológica que esta sometida a las leyes del sistema; la maquinaria de manipulación de la verdad que el mismo autor menciona en su poemario estación de los desamparados al pensar en el Perú. El texto “Disparan en la noche” como producto cultural inserto en el sistema; resabio del pasado, al igual que el resto de creaciones del hombre, literatura, historia, prensa, ciencia y tratados; pasará por el filtro de quienes redactan los grandes hitos de nuestro tiempo, de modo que su manifiesto de subversión pese a estar escrito de forma directa y explicita está redactado con el canto de la goma de borrar, la postal enviada desde el infierno en tal caso puede no llegar a destino y si arriba, cuánto de lo que nos llega puede haber variado en el camino, el poeta siembra la duda frente a la veracidad de los dichos de su hablante, todo testimonio en tal caso está indefectiblemente viciado e intervenido, siempre se dirá más o menos de lo que se pretende y se leerá incluso más o menos de lo que se anhela, el descreimiento como pesimismo crítico y autoconsciente no resta de cualquier modo valor a la pieza, por el contrario, eleva su pertinencia y le da urgencia y dramática prestancia, pues refuerza como idea central todo lo que el poema ya expusiera frente a la libertad en todos sus sentidos. El mismo hablante está sometido a ese juego de operaciones y extirpamientos, y la cicatriz queda expuesta, la pregunta es entonces: De todas las cicatrices que tenemos o que percibimos en nuestra historia como grietas de la llamada verdad, cuántas de ellas han sido maquilladas u operadas, por tanto el poema al estar intervenido deja no sólo un estigma material, sino que penetra como una duda recalcitrante en nuestras mentes, quizá el único espacio en que las máquinas de tortura y la goma de borrar no pueden entrar sino queremos. Allí germina la riqueza metafísica del autor.

El sentir contrario a esta resistencia voluntaria que promueve un pensamiento crítico capaz de repeler la concientización y acatamiento reverencial de cualquier sistema y sus mecanismos; conlleva al conformismo y evasión: Se descansa en la prohibición de entrar en la zona de peligro / El corazón, órgano del miedo, funciona bien bajo las balas del éter / Dormir en paz, ya que no lo hacen los muertos. Se asumen los roles dispuestos en el tablero, y el único consuelo es la muerte o la ignorancia, desconocimiento y falta de opinión, de voz y representatividad, ser un ente servil; condicionado como los perros de Pavlov a dormir ante la fusta y el disparo hecho esencia natural de la noche. Dormir en la falta de memoria y represión colectiva que se autoflagela y agradece como al padre nuestro el no morder del árbol de la ciencia y ser un cordero dispuesto al asado.

La lectura en conclusión, demuestra la imposibilidad de eliminar del todo la carga ideológica implícita y explicita sin embargo la poesía como mecanismo especial de gatillar los recuerdos y comunicar un mundo que puede ser ajeno o remoto para los vendrán, o familiar para los del presente en cuanto a ciertas actitudes de dominación que subyacen frente a la aplicación de mecanismos más sutiles (un simple cambio de contexto actores y mecanismos pero no cierre de los fines absolutos), se presenta por medio de la palabra libre para ser interpretado, dialogado y discutido, fragmentos fugaces del devenir que Lihn en el transito desarraigado que es la vida, escribió robando algunos secretos a la muerte y al canto de la goma de borrar; podríamos añadir.

Autor: Daniel Rojas Pachas.

Publicado en: La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.



jueves, 12 de febrero de 2009

Poemas de Waldo Rojas

2/12/2009 11:52:00 p. m.

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Príncipe de naipes

Helo aquí, barquiembotellado en la actitud de su gesto más corriente,
es el soberano de su desolación,
sus diez dedos los únicos vasallos.
Silencioso como el muro que su sombra transforma en un espejo,
nada cruza a través de la locura
de este príncipe de naipes,
este convidado de piedra de sí mismo, el último en la mesa
-frente a los despojos-
cuando ya todos se han ido.
Aquí se detuvo la soledad de la adolescencia con un fuerte silencio
retumbante,
y aquí yace él sobre sus ojos como el único brillo:
.......... un Arlequín de Picasso, se diría, pero menos sublime
.......... y con la espada de Damocles en la mano.

Él es el Príncipe del Naipe, "después de mí un Diluvio de agua
hirviente,
... y aun todas las aguas errantes del planeta
que nunca nadie llevará hasta mi molino".





Ajedrez

Antonius Block jugaba al ajedrez con la Muerte junto al mar
sobre la arena salpicada de alfiles y caballos derrotados.
Su escudero Juan, mientras tanto, contaba con los dedos las jugadas,
sin saberlo,
en la creencia de que lo que contaba eran peregrinos de una extraña
caravana.

(Y a mí que no me gusta el ajedrez sino en raras
circunstancias.
Yo, que pude luego de perder estruendosamente una partida
beberme una botella con el ganador y sostenerle el puño en alto).

Pero Antonius Block sin duda era un eximio ajedrecista
no obstante haber perdido el último partido de su vida.
Antonius Block, quién volvía de las Cruzadas, no tuvo en cuenta
que a Dios no le habría gustado el ajedrez
aun cuando de veras hubiera algún día existido.

Afortunadamente todo esto sucedía en una sala de cine.
El mundo en miniatura en tres metros cuadrados a lo más.
Los otros personajes han pagado las consecuencias al terminar la función.

Sería bueno sostener ahora que el ajedrez está algo pasado de moda.
A pesar de la costumbre por los símbolos
y de los cuadraditos blancos y negros irreconciliables
en que se debate la vida

....................................... a coletazos.

Moscas

Vivíamos la tarde de un domingo abrumador.
Era verano en el hemisferio que pisábamos, según el orden de los astros.
Enredados en el ocio paseábamos de silla en silla a tropezones.
Era Verano por la tarde y el resto del cuadro lo ponían
las moscas.

Había un Universo disperso por la pieza:
....................................... botellas vacías,
hojas de algún diario, un plumero impotente entregado al polvo,
y bostezando hasta quejarse ardía el aire por los cuatro costados.

"No hay peor poema que el que no se escribe", me dije callado
gritándome al oído,
y lo único real, consistente en sí mismo, eran las moscas.
Muchas moscas, torpes moscas cayéndonos encima en arribos
sucesivos y despegues.

Ardía el aire por los cuatro costados y nos sobraba un par de brazos,
estaban de más las piernas y todo el cuerpo era lujo inútil,
artículo suntuario adquirido a la fuerza
en virtud de la artimaña de un hábil vendedor.

Saltimbanquis del aire, trapecistas, migajas de un gran demonio pulverizado,
esas tiernas, sucias moscas, diminutos ídolos del asco universal.

No habíamos sobrevivido a nuestra fábula feroz:
un joven matrimonio derretido sobre el suelo, melaza pura
a merced de un día de Verano, a merced de la estrategia
de las moscas.
Y era domingo como cien veces más fue domingo en los veranos
desde aquel día,
y desde cada día en que el sol encendía el aire
y un zumbido tañía en los vidrios y crecía una inquietud por todas partes.
Algo que desde afuera penetraba, un cierto líquido agresivo,
un licor cáustico que diluía la carne o la memoria,
algo que le pasaba al tiempo no nos tenía conformes.

¿Quién detiene el cauce de las cosas y los hechos
en este punto, como un puente que se desploma,
mientras pasa el día mutilado arrastrando los miembros trabajosamente?

No hay peor poema que el que no se escribe, me dije,
entretanto
la poesía rescataba a sus heridos de los dientes para adentro;
de los ojos para afuera lo único real eran las moscas.


A este lado de la verdad


A este lado de la Verdad
donde me quedo a ver si nazco,
el Río, símbolo de nada,
zanja el fluyente rencor
de las piedras y del cieno,
trenza el limo su lechosidad
en la que cuaja el verdor de la
alimaña,
y yo, que digo un límite
para todo lo que repta, corre o pasa,
sueño un sueño en el que nombro
a ls cosas por su muerte
y muerdo aquello que se agita
cual el filamento del limo
en el agua destrenzada,
así de limpia, así de pulcra,
puesto que aves ahí mismo vuelan
sus distintos vuelos,
helechos aguardan repetir su clave
y es posible que peces sobrenaden
a la emboscada del copioso desove.

Cuanto existe en este Lado
capaz de estertor o movimientos
se yergue, se entierra, se encrespa o reaparece
a despecho de cualquier fiereza
en tanto el aire, el virginal, el cauto,
en mi boca despereza su espasmo de guadaña.

A este lado de la verdad, verdor y landas,
descorro yo la gasa pálida,
contemplo el estupor de lo que veo
como desde adentro de una pulsante llaga,
o es que veo que me miran mientras digo
lo que hago y callo lo que muerdo,
y es por eso esta apostura vergonzante
y es por eso, además, que ahora pasa
a grandes voces como el cortejo de un ajusticiado
toda esta agua indigna de su solemnidad,
que sopla una brisa de inocencia abyecta,
que rompe el pétalo la luz que vivifica
y desde el fondo de esa linfa de putrefacciones
-símbolo de todo cuanto pasa-
muerde el hongo a traición su hueso algodonoso,
y tanta calma, tanta,
........................... (Ahh, Realidad Espejeante)

que las palabras me van pesando
con la fuerza obtusa de un cerrojo
.................................... herrumbrado.



San Juan de Pirque, Chile, septiembre/octubre de 1973.



De rerum natura

Ciel, air et monts découverts.
Tertres vineux et forêts verdoyantes...
RONSARD

Cosas de la naturaleza que hablaron para nadie,
nuevamente resulta que enmudecen, para vergüenza mía,
con una mudez cuánto más clara.
Ya no podría asegurar que soy el que contempla,

........................................ totalidades de mi nada,

la suma interminable o el diezmo sin rencores
a cuya sombra recrudecen nuestras ruinas.

A la manera de una cifra impávida
cruza nuestro tiempo por la urdimbre de esas confabulaciones,

germinaciones, metamorfosis, quietudes,

actos sin más potencia que el oscuro sí mismo
para el que ajenas a cualquier Voz indócilmente trabajan.

..... Porque,
..... piedra, agua, más los verdores de pronto irisados
..... por la flor que anuncia el ortigal silvestre,
..... no me dicen que alguien pueda nombrarlos de otro modo.

Ni siquiera están pidiendo congregarse
a la emboscada de otro Reino que este mismo paraje
en el que inmóviles o apenas agitados
dialogan mutuamente y se acercan sin lenguajes.

Aquí donde me hallan, reducido por el Arte Falaz de la Palabra
a imitar el remedo brutal con que replican al acoso de nuestras imitaciones,
el guijarro del remanso seguirá llamando al agua
reteniéndola en su signo inaplacable.



Mascarada final


Toda esa alegría mojada por las lágrimas de la araña vienesa,
y como las hojas sobre las hojas caídas desde siempre
encima del guijarro del bosque artificial,
máscaras calzadas sobre máscaras.
Toda esa locura de voces que sonríen, de risas que repliegan
un silencio de labios encarnados,
.......................................... para ti,
que estás contigo mismo como una pesadilla
con su víctima.

A la espera por las habitaciones, en mitad del baile interminable
donde el gesto emblemático del antifaz y el guante
desata las reptaciones de la seda,
el vuelo inflamado del tul al capricho del vals.
Metalizado el aire por los bronces,
el agua de la fuente luminosa crispada en su rencor
privado de poderes.
Tu aliento por la boca como un cuerpo retráctil,
mientras -promesa o amenaza, qué más da-
bien pudiera el palacio estallar en trizas
sólo a causa del brillo de sus luces interiores.
Pero no.

..... Oscuro paraje, oscuridad, el dorso de la luz,
..... su moneda ciega.

Es así como vienes a mi encuentro, Damisela, oculta y presente como ellos,
pero bajo otra forma del temblor del mismo velo,
tu paso esponjado, inconmovible, distinta del color de tanto Paje,
tanto Rey, tanto Bufón, Gitana, Arlequín,
Verdugo,
tanto Corsario, Cazador, Obispo
................................................ contra mi desnudez.

Aquí es donde me tienes, cual una mancha o un fauno de marmolería,
confundido en un rincón con el muérdago del muro empapelado,
y así de real como lo quiere tu visita,
más que nunca.
..................... Libre esta vez de azar o miedo
a causa de tu celo irremediable, a merced suya.
Ya ves como coinciden mi beso y tus cambiantes deseos,
porque ya no podría razonar.
Me limito pues a mantener sobre mis labios
la quemadura o el hielo del mucílago de tu beso,
..................................... ardida, escarchada Dama Negra.




miércoles, 11 de febrero de 2009

HA LEÍDO EL MEJOR DOCUMENTO SOBRE PRISIÓN POLÍTICA EN CHILE

2/11/2009 06:21:00 p. m.

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¿HA LEÍDO EL MEJOR DOCUMENTO SOBRE PRISIÓN POLÍTICA EN CHILE?

Hernán Valdés es un gran novelista y un buen poeta chileno. Como novelista había destacado bastante en Chile hasta que su libro TEJAS VERDES: DIARIO DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN EN CHILE vino a consagrarlo como una de las figuras más altas de la narrativa nacional contemporánea.

Este hombre que nació en 1934 es autor de novelas y de libros de poemas. Tiene –entre estos últimos- un magnífico texto titulado CUANDO ASESINARON A KENNEDY.

TEJAS VERDES causó molestia en los partidarios de la dictadura. Escuché en esos años difíciles, en un círculo periodístico admirador de Pinochet, que a Valdés había que meterlo en prisión otra vez y entre los izquierdistas el libro también causó escozor.

Es que TEJAS VERDES basó los hechos en puntos reales. De esa verdad que Hernán Valdés vivió en las mazmorras de Manuel Contreras.

Y hablando de la maldad y el odio de los militares golpistas, no dejó de decir una realidad que, a cierta gente de izquierda, molestó: La entrega sexual de algunas mujeres de presos políticos a sus cautivadores. Obviamente éste era un hecho corriente dado que así se conseguían favores de los que tenían el poder y con ello se aliviaba la carga –el dolor- de los presos en Tejas Verdes.

Hernán Valdés permaneció un mes en Tejas Verdes y fue sometido a innumerables vejaciones. Su magnífica pluma permitió detallar al mínimo los hechos allí vividos. Y lo hizo con una riqueza idiomática muy alta. Es decir que, aparte de ser un gran testimonio, su libro es un excelente texto literario.

Tras su prisión de un mes el autor fue asilado en la embajada sueca y luego partió al exilio, del que no ha vuelto, ni piensa volver.

El juicio lapidario por parte de los partidarios de la dictadura y de los izquierdistas que no aceptaban como cierto lo señalado por el escritor, llevo a que éste fuera aislado sistemáticamente…desconociéndosele su calidad de independiente de izquierda.

Sin embargo su libro causó furor en todo el mundo. La novela fue traducida a más de diez idiomas. Fuera de Chile y en Chile se constituyó en un documento-denuncia.

Como tal la Comisión Valech lo estudió para saber la realidad de la situación de atropello a los derechos humanos ocurrida tras el Golpe…

Y aunque el autor no concurrió a prestar declaración ante tal Comisión, consideró injusto que no haya sido agregado a la lista de prisioneros políticos. Como autor del libro, su propia historia, es ya un testimonio mayor. Por ello él le dijo a la periodista María Teresa Cárdenas: “La Comisión debe reparar sus omisiones”.

Pero esa injusticia ha tocado a muchos que –pese a haber sufrido diversas formas de apremio bajo Pinochet- no fueron considerados en el Informe Valech.

De ello se queja Hernán Valdés con justicia.

Cárdenas le pregunta:

“¿Habría estado dispuesto a dar su testimonio?, ¿no habría pesado más su desconfianza hacia el sistema judicial y político chileno?”.

Responde Valdés:


­“Si lo hubiera sabido, no me habría cabido dudas de que una tal Comisión, entre otros testimonios, habría considerado, sin necesidad de mayores trámites, consignar al autor de Tejas Verdes, que fue el primer texto y el más difundido sobre la tortura. La necesidad de una ratificación personal de lo escrito allí me habría parecido una broma de mal gusto”.

Esa injusticia no sólo la ha vivido él, pero es él el paradigma mayor de la misma.


Autor: José Martínez Fernández


FUENTES:


TEJAS VERDES: DIARIO DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN EN CHILE. Editorial Ariel, Barcelona, España, 1974.

Reeditado por Editorial LOM-CESOC, Santiago de Chile, 1996.

REVISTA DE LIBROS de El Mercurio. Entrevista de María Teresa Cárdenas. Santiago de Chile, 5 de febrero de 2005.

Cienpoemaschilenosclaves.blogspot.com



(Fragmento de la bra 'Tejas Verdes' Diario de un Campo de Concentración en Chile, Editorial Ariel, Barcelona 1974.)
Pero no son gritos de los que nacen de la garganta; éstos tienen un origen más profundo, como desde el fondo del pecho o de las tripas. ¿Son de Manuel? No podría asegurarlo.
Hay muchos otros sonidos entremedio. Ruidos de motores, voces de mando, silbidos que conforman una melodía, muy entonadamente. Los gritos cesan y después recomienzan, cubiertos por todo lo que debe ser una actividad humana rutinaria y trivial en un espacio intermedio.
Tengo mucho frió. Entiendo que debo apresurarme en convenir conmigo mismo mis respuestas, en reunir los elementos, tan dispersos, de una personalidad, en decidir cuáles aspectos debo mostrar y cuales debo ocultar.
Pero el frió y la respiración tan entrecortada no me permiten concentrarme. Lo único que puedo imaginar es el sol que hay afuera, en la playa.
Los colores vivaces de los que se pasean por algún malecón. La luz enceguecedora sobre la espuma de las olas. Y ese azul de nuevo mundo del cielo sobre el océano.
Todo eso, y centenares de personas tomando cócteles en sillas de hierro y plástico, es algo que veo claramente. Los gritos llegan con menos fuerza, sólo parecen lamentos.
El dolor en la espalda se revela en ciertos instantes, es como si ahora, recién, comenzara a recibir las patadas, una por una, en forma metódica, con una cronología precisa.
Siento pena de mi cuerpo. Este cuerpo va a ser torturado, es idiota. Y sin embargo es así, no existe ningún recurso nacional para evitarlo. Entiendo la necesidad de este capuchón: no seré una persona, no tendré expresiones. Seré sólo un cuerpo, un bulto, se entenderán sólo con él.
Pasa mucho tiempo y no me atrevo a cambiar de sitio ni menos a sentarme en el piso. Afuera, por momentos, hay un completo silencio. Doy puntapiés en el aire para secarme los pies. Me cuesta mucho respirar a través del saco.
Tengo que pensar en algo, tengo que aprender lo que voy a decir. Doy por seguro que encontraron las copias de mis escritos. Esto no debe comprometerme sino a mí.
Podría demostrar mis contactos con una publicación extranjera, llegado el caso. Luego... el trabajo de Eva. Aquí mi información me abruma.
Trato de recordar lo que ha sido publicado sobre la actividad de la embajada de K., para no hablar sino de eso, para decir lo mismo.
Es muy difícil separar lo que sé de lo que he leído. Sobre mi propio trabajo, está claro que trataré de presentarlo con el carácter más técnico posible. Lo demás, todas las estupideces que me han atribuido en el primer interrogatorio, me dejan sin cuidado. Exagerar mi importancia como escritor sigue pareciéndome un buen recurso. Supongo que en todo este tiempo habrán examinado a fondo mis antecedentes y que habrán descubierto viajes a los países socialistas. Explicar su origen es, por supuesto, embarazoso. Incluso pueden acusarme de bigamia, los delitos comienzan a sumarse, sin fin.
En verdad, toda una vida de delitos. Y los dólares que tenia en casa ¿de donde los obtuve? ¿Del mercado negro? ¿ Y la literatura marxista? ¿Y por qué mi rechazo del trabajo con que me quisieron 'salvar' los intelectualoides democristianos que ahora están en el poder? No veo escapatoria.
Todos mis delitos se entrecruzan en la oscuridad de mi cerebro, el frió me hace sentir la piel como una textura de trapero podrido, empapado de agua.
Ha transcurrido más de una hora, posiblemente. Desde hace mucho rato ya no se oyen gritos.
Cuanto más recuerdo el diá de sol que existe en la realidad, más vulnerable me hago al frió de este lugar y a las penumbras que entrecortan mi conciencia. Tengo, la impresión de que sucedería algo muy grave si falto a la orden de no moverme que me dieron. Un viejo reflejo parece decirme que la obediencia podría salvarme del castigo. Con todo, pienso que si tuviera verdaderamente zapatos y algún chaleco todo esto seria más soportable. Alguien viene. Abren la puerta y me tiran del borde de la capucha. Camino a pasos cortos y rápidos, para no pisar los talones del que me conduce.
Camino como un chivo tirado de las barbas. Nos detenemos. Me dejan solo. Hay un gran silencio alrededor, muchos segundos de vacio y silencio. Entonces alguien se aproxima corriendo y lanza un grito de ataque bestial, un grito de salvaje, de luchador japonés, y siento dos pies que me dan de plano contra la espalda, con toda la fuerza del impulso. Salto disparado velozmente, ciegamente. Choco contra algo — es una puerta —; la abro directamente con la cara, con la frente y la nariz, y sigo hacia adentro, casi sin pisar el suelo. Trato de frenar y, al hacerlo, me cuesta encontrar el equilibrio. Durante un segundo vacilo, buscando la verticalidad con las piernas y el torso.
— ¡Putas que soi insolente, huevón, manerita de entrar!
— ¡Estamos conversando aquí, desgraciado, qué te hai creído!
— ¡Pero soi muy mal educao, concha'e tu maire!
— ¿No te han enseñao a golpear antes de entrar a una casa?
— ¿Te creís que estai en la selva, culiao? ¿No tenías respeto por la gente?
— ¡Vai a ver lo que te pasa por intruso!
Es un coro de insultos alrededor mió, y yo giro inútilmente la cabeza de una voz a otra, ciego, extraviado.
Uno de ellos se aproxima a mí, coge dos puntas de la capucha y hace un nudo fuertísimo sobre el puente de mi nariz, de modo que la mitad de la cara queda descubierta para ellos. Otro me enrosca un cable en cada uno de los dedos gordos de mis pies mojados. Hay un brevísimo silencio y luego siento un cosquilleo eléctrico que me sube hasta las rodillas. Grito, más que nada por temor.



martes, 10 de febrero de 2009

EL HOTEL MAC QUICE




Juan Emar
Alvaro Yáñez Bianchi (1893–1964), que firmaba sus rela­tos con el seudónimo de Juan Emar, es dentro de la literatu­ra latinoamericana un caso semejante al de Felisberto Her­nández. Ambos construyeron una obra única, original, anticipadora de comentes contemporáneas y aislada dentro del tono general imperante en el momento de ser escrita y pu­blicada. Ambos han sufrido un período subterráneo, con poco reconocimiento público y crítico. Los cuentos de Emar comenzaron a llamar la atención a partir de la edición de algunos de ellos en la revista mejicana El cuento y de la reeedición de su volumen Diez, en la década del setenta. Una editorial de Buenos Aires ha comenzado a publicar su obra completa, estructurada por el autor en forma de edifi­cio: el primer volumen se llama "Umbral". Sus relatos se caracterizan por una compleja trama de imágenes o precisiones (en el caso de "El hotel Mac Quice", se destaca el detallismo de los colores), por el alto voltaje erótico que alcanzan y por una especie de violencia trágica de fondo. Diez, libro al que pertenecía el cuento que in­cluimos en esta selección, fue editado por primera vez en 1937. En la segunda edición iba precedido por un prólogo de Pablo Neruda, donde éste afirmaba; "Juan Emar fue un solitario descubridor que vivió entre las multitudes sin que nadie lo viera, tal vez sin que nadie lo amara. No tenía mercado propio: se vistió hasta el fin de su vida de transeún­te. Ahora que los corrillos se gargarizan con Kafka aquí tenéis nuestro Kafka, dirigente de subterráneos, interesado en el laberinto, continuador de un túnel inagotable cavado en su propia existencia no por sencilla menos misteriosa".


EL HOTEL MAC QUICE

Dejamos nuestra habitación, mi mujer y yo, a eso del atardecer. De nuestra habitación pasamos por un corredor angosto a la galería, larga, ancha y alta. Esta galería era so­bre todo larga. Su final era dudoso. Era principalmente de color ocre amarillo. Las columnas de mármol, a mitad em­butidas en los muros, eran de un ocre ligeramente más claro.
Los paños de muro entre ellos eran casi pardos, bordea­dos de una franja de oro seguida por otra, ya junto a las columnas, de un tono chocolate. En el techo predominaba el oro, pero un oro viejo. La alfombra era de color tabaco. De cuando en cuando, sea a derecha o sea a izquierda, col­gaba de los muros un trapo granate. Una sola vez, un trapo verde esmeralda. El total de todo lo descrito era, como he dicho, ocre amarillo.
Pero volvamos a la alfombra. Era, repito, de color taba­co. Olvidaba decir de tabaco claro. No era esto lo más carac­terístico que tenía. Lo más característico era, sin duda, su espesor. Por cierto que no se le podía medir, pues llegaba, la alfombra, por ambos lados, hasta la base de los muros. Pero se le adivinaba por su blandura y, sobre todo, por su total silencio.
Tanto mi mujer como yo y como también el botones que nos precedía con nuestras valijas, al avanzar sobre ella, tomamos un ritmo de péndulo muy lento. Otro olvido: el botones vestía de color guinda, mi mujer de color lana de carnero y yo de color de cocodrilo muerto hace días. Mi sombrero era de un tono de extracto de malta, el de mi mujer de un tono algodón quemado y el del botones de un tono de papel humedecido en agua salada.
Pero volvamos a nuestro modo de andar. Ya que lo com­paré con el movimiento de un péndulo, debo advertir que este péndulo se movería, con relación a nuestro cuerpos, de atrás hacia adelante, es decir en el sentido de nuestra mar­cha, de ningún modo de un lado hacia otro, de ningún mo­do un balance, en fin, de ningún modo como un ave que se aleja por las piedras.
Si se toma bien en cuenta lo dicho anteriormente, este movimiento podría compararse, aunque de lejos, y, repito, sin olvidar lo anterior, al movimiento que toman los actores italianos en sus óperas mediocres, sobre todo, cuando visten a la usanza del siglo XV, y, más aún, si llevan cada media de un color diferente y una de ellas rayada a lo largo de negro y amarillo. Los camellos también, pero a veces solamente si no llueve y es algo tarde.
Otra particularidad de nuestra marcha por la galería: en todas las marchas de mi vida he sentido con nitidez blanca que soy yo quien avanza y que es inmóvil aquello sobre lo cual avanzo. Esta vez –junto con sentir siempre mi avance–sentía que la galería se movía a su vez y naturalmente –en sentido contrario–. Esto además facilitaba nuestra marcha aunque ni por un momento la aceleró. Esto además me hizo recordar algunas cintas cinematográficas tomadas, por ejem­plo, desde la cabeza de un tren: los rieles se precipitan con el paisaje encima y uno queda quieto en su butaca, quieto como la Tierra, como el Sol, cuando la Tierra es la que se mueve. Y esto último a nadie se lo comuniqué, ni a mi mu­jer ni al botones ni a ningún ser que hubiésemos podido cruzar. Quedó como secreto. Un secreto que se balanceó li­geramente dentro de mí en sentido inverso a mi propio balance, de modo que, regularmente, me golpeó una vez el pecho, otra la espalda, por dentro ambas, se entiende. Con­tra el pecho era sonido de dardos quebrándose; contra la es­palda, de labios carnosos, húmedos, pegados con saliva y sangre. Llegamos al pupitre del conserje. Aquí la galería se ensanchaba en el costado del pupitre, es decir a nuestra derecha. Allí se formaba un nicho grande, tan grande co­mo para dar cabida a veinte y acaso treinta conserjes. Mas no había más que uno. Bajo sus bigotes de ceniza, su librea era de color sangre de toro coagulada. Corrían por ella hi­los de oro líquido con antenas movibles. El conserje no prestaba a ellas ninguna atención. No es de extrañarse pues –olvidé advertirlo– eran las antenas extremadamente finas y no más largas que las de un calluctidonum stridensis, so­bre todo cuando bajo guirnaldas de codornices que las ve­lan, duerme, desplegando sus alas de cristal. Este cristal es opaco, entre semen y lava ya por detenerse. Igual tono se hacía en las vidrieras del nicho. Porque todo el fondo del nicho llevaba vidrieras. Quedaban en los sitios que en la ga­lería ocupaban los paños de muros entre las columnas semi embutidas. Su luz golpeaba al conserje por toda su parte an­terior, que era, por lo demás, la que nosotros veíamos. Pero, aunque no nos detuvimos, pude saber –acaso sea más prudente decir suponer– cuál era el color allí atrás. Al pasar nosotros, el conserje inclinó la cabeza de modo que lo alto de su gorra, que durante largo rato había recibido la luz de las vidrieras, vino a quedar en el campo de nuestra visión. Por un segundo conservó aún el color tanto rato recibido. Era color telaraña de arañas viscosas de vientre púrpura. Co­mo si una mano cogiera un hilo y tirara hacia arriba, se es­fumó resbalando este color. Y quedó la gorra tal cual la librea, sangre de toro coagulada. Pasamos, el conserje y no­sotros. Pasó el conserje hacia la succión completa en el glau­co de su nicho. Las vidrieras se apagaron. Entonces el único trapo verde esmeralda colocó sus reflejos sobre cada uno de los cristales vacíos.
Nuestro balance aumentó en amplitud y suavidad. Apareció –siempre a nuestra derecha– una puerta atra­vesada por una flecha de metal. Dóciles a su indicación, de­jamos la galería tras botones y valijas. Y entramos a una vas­ta plaza de goma. Algunos árboles a medio morir obscurecían el enorme silencio hueco de aquel sitio. Antes de seguir di­ré: el tono de los árboles era aceituna, por sí solo; al estar allí, se rayaba de visos de ébano amargo.
Más o menos por el centro de la plaza nos detuvimos. El botones puso por tierra nuestras valijas que formaron una especie de monolito alto como mi mujer. Cueros de came­llo, de ciervo, reno, cobra, lagarto, sapo de India, leopardo y lince, se acurrucaron envolviéndose en sí mismos y nos esperaron a mi mujer y a mí mientras el botones desapare­cía. Miré entonces la fachada del edificio que acabábamos de abandonar, del gran Hotel Mac Quice. Sus paredes eran de nubes sucias. Donde las nubes son agua y va a llover, ha­bía algo rojizo, cobre enmohecido. He visto las flores de la pavlona con un poco de sol contra un cielo azul. Hay que mirarlas largo rato y luego aburrirse sin fumar. Ese era el co­lor de las paredes del Hotel Mac Quice.

El suelo de la calle era como un tronco de Jacarandá ten­dido, no redondo, sino plano. Los pasos sobre él resonaban como la tos mía de noche a obscuras, cuando, para ahogarla, me cubro la boca con mi gran pañuelo de seda fresca ribe­teado de gris acero y con un losange amarillo al centro, me la cubro para que mi mujer no se despierte. Pues yo siempre velo por el sueño de mi mujer y siempre he velado por él. Sin ello, no habría logrado mi mujer ni una noche de per­fecta paz, ya que ni una sola, desde que tengo memoria, he dejado de toser, súbitamente, arrancándome del sueño. Por­que sueño. Cada noche empiezo a hilvanar el mismo sueño de la misma gacela que viene a mí, viene y va ya a balar en mi sexo, cuando es la gacela una mujer que no identifico. Un instante más y voy a identificarla y me vuelve la espe­ranza de poder, en adelante, gobernar de otro modo mis pa­sos en la vigilia. Mas la mujer grita, un acceso de tos me co­ge la garganta y despierto. Entonces mi pañuelo fresa, acero y amarillo, ahonda, ahueca el eco de la tos, y retumba por la alcoba, quedamente, un ritmo sordo de pasos por una ca­lle de tronco de Jacarandá. Y mi mujer puede seguir su sueño. Así es la calle y la plaza toda en donde ahora estamos. Y allí enfrente la masa de los muros con sus mil ventanas. So­bre lo alto de una hilera de ellas, léese en oro gastado y ver­de: "Hotel Mac Quice".
Un sentimiento de malestar empezó a invadirme. Luego este sentimiento, lentamente, se fue transformando en un pensamiento que me ocupó entero: empecé a pensar –con dificultad, sí– que de seguro, al abandonar nuestra habita­ción, algo, por lo menos algo, habíamos dejado olvidado en ella. Algo indiscutiblemente. Vale decir, imposibilidad de seguir adelante sin antes verificar y recobrar. –Un momen­to –dije.
Crucé los palos de Jacarandá y penetré al hotel por una puertecita lateral que, dándome casi enfrente a la habita­ción, me ahorró todo el largo paso por la galería de felpa. Abrí, entré, miré. En efecto, habíamos olvidado:
Mi cepillo de dientes de carey color naranja artificial y más aun de jalea de extracto de naranja, 3/4; de caki, 1/4; como las preparadas por mi padre hace veinte años para festejar cualquier éxito de la familia. En el mango de mi cepillo se lee: Garantie. Siempre, antes de usarlo, aplica­ba este mango contra el ojo izquierdo y miraba a través de él. Toda la vida hacia el pasado como hacia el futuro, era de jalea con tendencia a derretirse y por la boca sa­bía, entonces, a susurro de naranjas acres. Todas las ma­ñanas me confirmaba, me prometía comprar por la tarde un cepillo con mango de carne y verdoso para que la vi­da fuese un aroma de manzanas crujientes. En fin, no se trata de esto. Se trata de que habíamos olvidado mi ce­pillo de dientes. Habíamos olvidado también un par de zapatos de gamuza blanca que mi mujer llevaba mañana por medio; nuestra máquina fotográfica Voigtlander, 6 x 9; mi sombrero de paja; el jabón para baño; tres sostén senos de mi mujer; dos de ellos rosados, el otro huevo de pato. Este último llevaba un agujero en el sitio del pezón derecho. No era razón para olvidarlo. Además habíamos olvidado su bata, de seda negra por fuera, de franela blanquecina por el interior, con dos manchitas de tinta cerca del cuello y una muy dudosa, mucho, tanto, que varias veces nos había ocasionado acaloradas discusiones, manchitas en forma casi perfectamente redonda, de tono gris pardo y que se hallaba, estando la bata bien cerrada y mi mujer de pie, inmóvil al centro de la habitación, sus ojos contemplándome –¡oh mujer!– se hallaba, digo, justo a dos centímetros sobre la cicatriz de su apendicitis. Habíamos olvidado todas mis corbatas sin excepción alguna (excepto, se entiende la que llevaba y que –olvidé decirlo al describir mi indumentaria– era de color de pergamino limpiado en partes, por lo tanto admirable­mente armonizador con mi traje y más aún con mi som­brero). Pero todas las demás, ¡olvidadas! Y hay que ver que eran tres docenas y media. Habíamos olvidado mi reloj pulsera, Longines; un tubo de aspirinas; mi smoking de paño inglés, hecho donde Simos, $ 1.750; una cajita de roble americano con tapas de laca china, conteniendo cuatro condones sin uso, marca "Safety Brothers Ltda.", hechos de tímpano de paloma y yendo, la docena entera, del más fino cerúleo al más bronco azul de Prusia. Tam­bién, nuestro fonógrafo portátil "Decca", con dos discos de cantejondo, uno de Angelillo y otro de la Niña de los Peines; con tres discos de ópera italiana: Rigoletto, Mefistófeles y Pagliacci; y con un disco con la Carmagnole por un lado y la Internacional por el otro. También un cenicero reclame "Cordón Vert–Champagne Demi–Sec Reims". Un prendedor de corbata que el día antes ha­bíamos comprado para llevarlo de regalo a mi tío Diego y que era hecho con una cereza petrificada engastada en una garra de platino. Habíamos olvidado un paquete con comestibles que mi mujer había preparado cuidadosa­mente. Contenía ocho sandwichs que deberíamos comer simultáneamente, ella y yo, en cuatro tiempos: los dos primeros eran de queso de cabra silvestre y deberíamos haberlos tragado mientras, como péndulo, avanzábamos por la galería ocre sobre el silencio de la alfombra. Los dos siguientes serían comidos en la plaza, frente al hotel; eran de tiburón ahumado. Los otros dos, una hora des­pués, ya al hallarnos en plena campiña dorada; eran de labios de ruiseñores, serían consumidos junto con traspa­sar el umbral de la habitación que nos esperaba para co­bijar nuestro próximo amor, nuestro mutuo sueño, mi gacela no identificada, mi tos de Jacarandá y su dormir piadoso. También lo habíamos olvidado, el paquetito. Habíamos olvidado además a nuestra gatita de diez me­ses, Katinka. Apenas me vio llegar y mirar atónito tanto olvido, vino regalona a restregarse en mis pantalones. Y además habíamos olvidado mi bastón de palo de latrodectus formidabilis; el cortapapel; siete paquetes de taba­co habano; un ramo de azaleas, ofrenda del propietario del hotel; el irrigador de mi mujer; las notas para mi pró­xima novela; una invitación para visitar la exposición vi­tivinícola; y mis zapatillas de noche de piel de tarántula con dibujitos al óleo representando varias escenas de la pasión y muerte de N.S. Jesucristo. Y habíamos olvidado a mi hermana María que, como si nada hubiese aconteci­do, seguía en su lecho durmiendo suavemente, bajo las sá­banas de espumilla, en su pijama de papel sedoso. Dor­mía María con una inocencia infinita y, de seguro, cruza­ba por hermosos sueños, porque junto a ella alrededor de todo el lecho y mientras las comisuras de sus labios temblaban, se esparcía un vago perfume de ágata reca­lentada.

Todo eso habíamos olvidado.
No me sentí con fuerzas para recoger tanta cosa, sobre todo porque me asaltó la idea que, a medida que fuese re­cogiendo, nuevos olvidos se irían presentando a mi vista. Y bien podría ser que fuese asunto de nunca terminar. Así es que sin más, saludé con la mano, pensé: ¡Allá todo ello!, y, por la misma puertecita lateral, volví a la plaza. Mi mujer se había marchado.
Mi mujer se había marchado con todas las valijas. No ha­bía dejado ni una sola, ni siquiera una como indicadora del sitio en que, un segundo antes, habíamos estado juntos, uni­dos y mudos.
Se había marchado.
Me senté en un banco de madera suave, siempre frente a los muros del hotel. El color de las maderas del banco era entre hueso de palta y greda cocida. Mirando fijamente las letras del hotel, este color se rayaba, por rapidísimos instan­tes, de un azul calavera.
No había nadie en la plaza ni en ninguna de las calles que abocaban a ella.
Esperé media hora. Nadie. Esperé una hora. Nadie. A la hora y 17 minutos de estar sentado en el banco, pasó un hombre. Vestía de negro, las manos en los bolsillos de su gabán, el sombrero hundido en la cabeza. Se envolvía el cuello con una bufanda negra también; pero con algunos hi­los de plata gris. Pasó rápidamente, a pasos menudos. Ese hombre, indudablemente, sabía adonde iba. Resumió en su gabán, en su sombrero enterrado, en su bufanda y en su an­dar precipitado, todo lo que en mí podía haber de esperan­za. Así es que lo seguí. Mediaba entre nosotros un trecho de unos 5 a 6 metros. No más.
Entró por una callejuela, se engolfó por otra y otra más, siempre con rapidez.
Las calles aquí no eran como las de nuestras ciudades regulares en que, para pasar de una a otra, hay que doblar en 90 grados a riesgo de seguir indefinidamente por la mis­ma. Aquí eran calles y callejuelas tortuosas y enredadas, de modo que el hombre en cuestión –aunque saliendo de unas para precipitarse en otras– siempre conservaba una direc­ción única, siempre hacia allá, hacia el este. Del punto de su objetivo, no creo que se desviase nunca más de 15 ó 20 gra­dos. Obvio advertir que luego los corregía aprovechándose de la topografía de la ciudad, y, si del otro lado volvía a desviarse otro tanto, luego también hallaba medio de en­frentar su meta hacia el este.
Estas calles y callejuelas no tenían color porque yo mi­raba adelante. Es evidente que si en ellas hubiese habido de pronto algún color vibrante –un verde esmeralda, por ejemplo, como el del trapo de la galería; o un escarlata, o un anaranjado, etc.–, mi vista lo habría registrado y, al re­gistrarlo, lo habría enfocado y, al enfocarlo, habría notado que calles y callejuelas tenían, como todo, color. Pero no hubo nada vibrante. Así es que la única concesión que pue­do hacer es que todo aquello era grisáceo o ceniciento. Más, no.
Marchamos así mucho tiempo. Al fin, una claridad no muy distante me anunció que nos acercábamos a un espacio más amplio que este dédalo de casas amontonadas. En efec­to, pasos más allá, entrábamos a una plaza con algunos árboles en vías de morir. El hombre se sentó en un banco. Yo me senté a su lado, pero no junto a él. Como el banco era bastante largo, dejé que entre nosotros mediara un par de metros. Al frente teníamos un gran edificio con mil ven­tanas. Allí se leía en grandes letras de oro gastado y verde: "Hotel Mac Quice".
Naturalmente, al leer esas letras, juzgué que me era nece­sario un poco de orden en mis ideas y sobre todo en mis hechos, pues esto estaba completamente fuera de todos mis hábitos.
Me revolqué entre varias suposiciones turbias, hasta que una luz –algo dudosa, algo opaca– brilló en mi mente: el hombre, aprovechándose de la tortuosidad de la ciudad, no había marchado siempre hacia el este, sino que –sin que yo lo advirtiese– había hecho un gran rodeo y había vuelto a la plaza por la calle opuesta a la que había tomado al salir de ella.
Después de un corto reposo, el hombre se levantó y siguió su marcha. Tomó el mismo camino que la vez precedente. Yo me coloqué a 6 metros de él y, ¡adelante!
Por si la cosa se repetía, tomé de inmediato mis precau­ciones. Justo encima de nuestra marcha parpadeaba una estrella desteñida. La fijé con detención. No había medio de confundirla. Abajo, formándole triángulo, palidecían dos otras: arriba, algo de la derecha, una cuarta vagamente roji­za. Y, por lo demás, eran ellas cuatro las únicas que brilla­ban, al menos en todo ese sector del cielo. ¿Con qué confun­dirlas? Para mayor precaución consulté mi pequeña brújula. ¡Bien! Norte a mi izquierda, sur hacia el hotel, oeste perfo­rándome el vientre, este tras el hombre bajo las cuatro estre­llas. Así, pues, ¡adelante!
Marchamos, marchamos, marchamos. Mis ojos iban del hombre a las estrellas, de las estrellas a la brújula, de la brú­jula al hombre. Las callejuelas se retorcían un poco de cuando en cuando. Si el hombre caía hacia la derecha, las estrellas, para compensar, caían como un mástil, en la mis­ma magnitud, hacia la izquierda. Y para que todo quedase cual es la voluntad del Sumo Hacedor o sus cardenales, mi aguja, desde su esfera, me rozaba la tetilla del corazón.
Luego el hombre corregía. Las estrellas se suspendían sobre nosotros y la aguja se me alejaba perpendicular a mi costado izquierdo. Y cuando el hombre tumbaba al otro la­do, lo primero se repetía hacia la derecha, acompasadamen­te, titilando allá arriba las cuatro minúsculas luces contra el cielo.
Marchamos sin variar rumbo. Marchamos hacia el este.
Hasta que después de larga marcha, llegamos a la claridad de una plaza grande. Arboles semivivos, bancos largos, Jaca­randa. Al frente gruesas letras: "Hotel Mac Quice". El or­den puesto a mis ideas la vez anterior, se deshacía. Pensar que las estrellas se moverían según nuestra marcha, habría sido absurdo. Otro tanto para la aguja de la brújula. Era menester otra explicación, Cualquiera otra, con tal que fuese otra.
No encontré más que una. Hela aquí: Un nuevo concepto de la estética urbana.
¿Por qué no? Yo, por mi parte, siempre había soñado con distribuir de otro modo centros y grandes edificios de una ciudad y, por ende, las arterias que los unirían. En mis sueños las ciudades se redondeaban; su plano llegaba a ser una gran filigrana redonda. Pues bien, la idea realizada aquí podía ser diferente, al menos en lo que yo hasta ahora había apreciado. Una idea larga y, en esta longitud a distan­cias regulares, poner los grandes hoteles de la ciudad. Para mayor armonía, todos estos hoteles serían iguales e iguales también las plazas que los enfrentaban. Para llevar la armo­nía a su máximo, se llamarían todos de igual modo: "Mac Quice". ¿Por qué no? Otra explicación no me venía.
Y el hombre se puso en marcha nuevamente.
Callejuelas sin color, estrellas, brújula. El hombre entró a una plaza, se detuvo y se sentó. Yo entré tras él y, como él, me detuve y mésente. Al frente se leía: "Hotel Mac Quice".
Vaciló mi concepto sobre una nueva estética urbana.
Siguió el hombre. Otra plaza. "Hotel Mac Quice".
Vaciló mi concepto sobre una nueva estética urbana.
"Hotel Mac Quice".
Vacila, vacila el concepto.
"Hotel Mac Quice".
"Hotel Mac Quice".
No era posible semejante concepto sobre la estética urbana. Lo que tres veces repetido resultaba magnífico –al menos para mi gusto–, repetido así, diez, quince y veinte veces, resultaba de un absurdo intolerable.
Bien. Por eso los hombres no repiten, no prolongan nada, más allá de ciertos límites harto restringidos. Lo más sólido que tengan, prolongado se les vuelve absurdo. No lo hacen, no. Así es que aquí tampoco lo hacen, tampoco lo han podido hacer.
Me era necesario encontrar otra explicación. Hela aquí: lo que ocurre es que, entre plaza y plaza, entre hotel y hotel, damos una vuelta al mundo, ni más ni menos... No hay sobre la Tierra más que una sola plaza con árboles mu­riendo y con ecos de Jacarandá.
No hay sobre la Tierra más que un "Hotel Mac Quice".
Es la solución.
El hombre ha tomado asiento por la quincuagésima quin­ta vez. Quincuagésima quinta... Es tiempo, lo es sobrada­mente, de cerciorarse en definitiva de lo que ocurre. Pues podría ser que hubiese aún otra solución. Está ello dentro de las posibilidades. Es tiempo –en vez de seguir devaneos–de ir recto al conocimiento de tal solución, si existe. Es decir, preguntárselo al hombre.
Dos metros entre nosotros. Suavemente resbalo hacia él. Entre nosotros, no más de medio metro. Entablamos conver­sación.

Pensé ante todo en el color que ella tendría. Recogí en mi cerebro cuanto datos alcancé: sitio, hora, circunstancias, etc. El color que tendría nuestra conversación sería el del agua pura en un vaso de cristal azulado, cayendo cerca de él un último rayo de sol de naranjas y siendo todo alrededor aire encerrado de piedras.
Este u otro, no podría, sin embargo, romper el silencio diciéndole al amigo:
–Caballero, hablemos y, si hablamos, cuanto digamos... –y lo demás ya anotado.
Preferible dejar de lado lo que se refiere al color e ir, di­rectamente, al asunto por conversar.
Pero aquí la elección se me presentó erizada de dificulta­des. Era menester algo no muy ajeno en la historia; para este hombre, sin duda, a medida que los hechos se distan­ciaban, se cubrían de indiferencia. Algo de palpitante ac­tualidad...; siempre la palpitante actualidad puede presen­tar un lado dudoso, sospechoso; puede ser para enredarle a uno, para acarrearle un compromiso. Y luego...
El hombre se levantó y se marchó por la misma callejuela. Marchamos. Llegamos a una plaza de goma; nuestros pasos resonaron como palos de Jacarandá; sobre muros de nubes sucias y flores de pavlona se leía: "Hotel Mac Quice".
Asiento.
Algo de mi vida privada, de mis luchas y sinsabores: la desaparición de mi mujer o las mil cosas olvidadas en la habitación del hotel. ¿Allí? Seguramente, Porque no hay más que un Hotel Mac Quice en todo el globo terrestre. Pe­ro es el caso que un hombre que, de buenas a primeras, prorrumpe con su vida privada, hace lujo de una mediocri­dad, de una debilidad vergonzosa. Y excusado decir que a un hombre así no es posible darle datos, proporcionarle co­nocimientos sobre asunto tan complejo y sobre todo tan hondo como era el que me ocupaba y atormentaba.
Se puede hablar del tiempo, de los tonos callados que envuelven plazas, hoteles, ciudades enteras. Pero el hombre pensaría: "Este sujeto me ha seguido durante cincuenta y seis plazas para, al final, hablarme de tales cosas..."
" ¡Un imbécil, a no dudarlo!"
¡Cincuenta y siete!
¿Y hablar, hablar, no más, cualquier cosa? Cualquier co­sa, al ser hablada, no se ubica en la historia, es permanente. Cualquier cosa no atañe la vida privada, flota encima de los hombres, sin penetrarles en la médula. ¡Ah!, más ahora pienso que todo puede ser cualquier cosa, según el rostro del que lo anuncie y del rostro del que lo escuche.
Y no puedo asegurar nada sobre mi rostro una vez ya algo enunciado, una vez que lo enunciado lo vea alejarse de mis labios y, más aún, si es color de agua pura, vaso de cristales azulados, sol de naranjas, aire de piedra. ¡Qué decir si me es posible responder del rostro de otro ser al recibir tales cosas!
¡Cincuenta y ocho!
Mas lo que se habla siempre, lo que habla todo el mundo, espontáneamente. Cuando se habla, se habla, se habla...
¡Cincuenta y nueve!
Toser, revolver el cerebro, oír el país entero en su hablar y enredarse en su engranaje de lengua. ¡Vamos! ¡Prisa!
¡ ¡Sesenta!!
¡Habla, habla, habla...! ¡Venga!
–Caballero... –empecé. Tos. Paso en un relámpago mi gran pañuelo, fresa, acero y oro. La gacela. Su sueño.
–Caballero... –El mundo ya me era un caos.
–Caballero, ¿qué piensa usted de Marcel Proust?
Al oír mi pregunta, su corbata palideció.
Ahora se va por la misma callejuela. Yo me agarro, me arraigo al banco hueso de palta y grada cocida. Hundo las uñas. A medida que el amigo se aleja siento que del pecho, a través de la ropa, me chupan.
Desapareció. Vuélveme el pecho.
¿Y si ahora yo sólo partiese en un sentido diferente?
A pasos lentos, volviéndole la espalda a las paredes del hotel, me alejé... Pasé bajo los árboles semimuertos. Bajo ellos los visos de ébano amargo que los rayaban, eran pardos de Siena rayados a su vez de tiza gris.
Seguí. Las callejuelas por donde anduve, tenían mucho de esta tiza. Una vez, de un balcón, colgó un trapo oriental color damasco. Otra vez, de otro balcón, cayó una orquídea.
De pronto, entre tres o cuatro casas, se abrió una plazo­leta. Al centro silbaba un chorro de agua. Al fondo, un pe­queño hotel. Sus muros blanquecinos se chorreaban de una pátina piel de puma. En viejas letras de plomo se leía: "Ho­tel O'Connor".
Sus ventanas eran de un verde veronés extremadamente brillante. Una de ellas se abrió de par en par. Su hueco era tono de fondo de cuba granate. Sobre este fondo y ribetea­da por el verde brillante, apareció y se encuadró mi mujer. Al verme, agitó un pañuelo de violetas frías. Yo contesté con una mano de pergamino añejo.
Subí. Visité, una tras otra, las catorce piezas del hotel. Entreabría cada puerta, alargaba el cuello y proyectaba dentro la cabeza. Volvía la cabeza sin haber percibido a nadie. Únicamente, las piezas mismas. Las piezas –que de fuera eran fondo de cuba granate– eran por dentro de tinta espesa. Al frente de cada ventana era un rectángulo de cadmium limón, en sus tres cuartos superiores. El cuarto inferior, al ser la techumbre de los edificios vecinos, sobre ese cadmium, lila fresca.
Nadie. Salvo en una pieza un anciano envuelto en una bata terrosa. Al verme, me lanzó un escupitazo.
Nadie más. Nada de mi mujer.
Bajé. Encuadrada en su ventana, agitó sus violetas frías.
Subí. Nadie.
Bajé. Siempre sus violetas frías.
Partí en busca del hombre. Estoy en busca de él. Sigo, sigo en su busca. En tiempos regulares paso ante la mole del Hotel Mac Quice. Minutos después, paso el pequeño Hotel O'Connor y mi mujer, desde su ventana me saluda.
¿Cuestión de volver la cabeza?
Seguramente. Mas, ¿qué ganaría con saber que viene o no viene tras de mí?
"Hotel Mac Quice".
"Hotel O'Connor".
"Hotel O'Connor".
"Hotel Mac Quice".



lunes, 9 de febrero de 2009

Murciélaga de Verónica Quense

2/09/2009 05:32:00 p. m.

murc2.JPG


Murciélaga de Verónica Quense

Murciélaga que según Lemebel “hace cantar las claves poéticas en el jardín huraño de la palabra” palabra subvertida y subversiva que la autora conduce y que en el poema sálvese quien pueda a modo de acróstico,

Q de sálvese quien pueda
U de huir a la frontera
E de elefante sosteniendo al mundo
N de mil palabras negras
S de surge nuevamente
E de aburrida eternidad
(Sálvese quien pueda)

img4644.jpg

Quense, jugando con su apellido revela -sometiendo a juicio del lector- parte honda de su inquietud, temas y voces que reposan y bullen en el imaginario de fotopoemas y fotogramas ungidos por la autora.

El sálvese quien puede de la Q es una salvaje invocación que expone el desamparo del hombre -solos como dividuos- estamos cortados de raíz del mundo y en guerra con nosotros mismos; desmembrados peleamos por una oportunidad como depredadores hambrientos sin importar más que la supervivencia

En la calle
hay mujeres indígenas
que hacen dormir a sus hijos
envueltos en cartones
mientras intentan vender collares
que nadie compra (Misa)


-el yo profundo y desensibilizado se debate en un hoy en que la empatía es un hocico de perro rabioso.

De tanto andar en avión los ricos
nos convirtieron en piedras del paisaje
nuestros pueblos sombras en quebradas (la tierra de allá abajo)


Espaldas apuntando a la tierra
curvas curvándose lentas
pesadas de abuso y pobreza
(…) Nuestro ataúd un horroroso cubo (Espaldas)


h- U -ir a la frontera: La periferia y frontera se presenta a lo largo del poemario como un símbolo que evoca la idea de salida, refugio de una racionalidad e injusticia recalcitrante que se puede entender y juzgar mejor desde los bordes;

me escondo en una micro
después en el metro
me pierdo en el parque forestal
(…)
compro un libro de Silvia Plath
me escondo en su bosque de invierno
(Me escondo en una micro)


En las postrimerías, mientras más lejos se encuentra el hablante del centro y su fuerza gravitatoria la mirada, como hombre y sociedad, está menos intervenida en su lógica y sentir y aunque no se goza de los privilegios del sirviente y el esclavo, se puede pensar y pensarse panorámicamente.

Por un momento se borró la ciudad
con su crueldad con sus fronteras
con su injusticia y su impunidad (…)
por un momento el mar
inundo mi ciudad y mi memoria (Un viento marino)


El “ser periférico” al no constituirse como siervo o entidad reprimida por el sistema siempre será un ser proscrito ante aquellas ideas fuertes y violencia represiva del centro y su ideario de normalización. Esto se produce por la calidad de rebelde de aquel que habita en los extramuros . De modo que se atacan sus actos directos, manifestaciones y despliegue de sus deseos más íntimos.

¿No fueron sus dioses
los que silenciaron a mis diosas
y quemaron la voz
en sus castigos retorcidos y morbosos? (No hicieron lo posible)

O se castiga lo que simplemente representan sus elecciones más básicas y vitales, creencias, convicciones; la expresión de su sexualidad por ejemplo.

Si nos movemos nos cachan
abrázame
y nos cagan por lesbianas
entonces suéltame la mano
conversa normal (Disimula que viene un paco)


murc1.JPG

La memoria se evoca en la obra a través de aquel animal solemne E-lefante que sostiene como un atlas al mundo. Pese al raspado y las fisuras que el hombre hace al omitir, olvidar y manipular su transito reseñado en las páginas de la historia, no podemos negar que nuestro minúsculo universo humano gira por obra y gracia de los testimonios y la inmortalidad que confiere la palabra y los discursos –su represión o hiperbolización, premeditada o fortuita, van creando consciencias, identidad y distribuyendo los roles de cada quien.

¿No fueron sus filósofos
los que me nombraron perra
encerrándome el pensamiento
y callándome la palabra? (No hicieron lo posible)


N de mil palabras Negras: Páginas enlodadas y que son la vergüenza de nuestra caminata por el mundo, estás son producto de la conjunción de las tres voces anteriores, la furia carnívora del hombre siendo el lobo de su par; ante ello sálvese quien pueda de aquel ejercicio de un poder central; jerarquía que somete a los que no comulgan con su decir, enviándolos a la periferia
como prisión, celda, exilio u hogar, la frontera en ese caso, huir, es la salida de un demencial mundo falocéntrico y un logos asesino que se completa en la historia, en ese elefante lleno de cicatrices y al cual se dispone a cumplir nuestras desviaciones quemando su piel, raspando su carne para ver cuanto más podemos re-escribir con la comodidad del olvido y la sangrienta mecánica del palimpsesto como gatillo del silencio.

Hombre blanco decir matar malos
y mundo asesino
hombre blanco decir comprar
y mundo consumir (Hombre blanco decir comer)


La historia se presenta como un proceso macro que el poder y sus detentadores utilizan cual gran maquinaria discursiva que aplasta al individuo, produce mudos, historias pequeñas que se consideran intrascendentes y dispensables.

Muda
sin palabra que me salve (No hay)


Aquel S-urge nuevamente podemos entenderlo como la muestra fiel de un eterno retorno y ciclo absurdo en que resumimos nuestro diseño espiritual y social como especie. La tarea de sufrir, de repetirnos hasta la saciedad es una predecible caminata en círculos por el mismo paisaje en el cual lo único que se sucede y cambia es el rostro de los viajeros, ellos han dejado sus testimonios, sus acciones que son rescatadas como hazañas o infamia en la historia. De ese modo influyen y pasan la posta a nosotros los sucesores que haremos lo mismo, retomar sus pasos, a veces desviando la ruta, en otros casos como meras copias aprovechando el mapa trazado de antemano…

En mi país nada cambia
pasa lo que tiene que pasar
la tendencia es la tendencia
la estadística es la estadística
y las cosas humanas siguen siendo
cosas perdidas en el tiempo (Todo sigue casi igual)


…y al final, tarde o temprano, llegaremos al mismo resultado, la misma meta que da fe del recorrido, ese cauce que nos arrastra a todos; y que la autora sintetiza como idea en la última letra de su apellido y elemento del acróstico: E- de aburrida eternidad, destino que por falta de invención y coraje para salir de los límites, comunicaremos a los que vendrán para dejarlos repitiendo la comedia sin sentido.

Calle que desaparece islas
calle como cuenca de río
que nos contiene a todos
en una corriente humana
que no dejará de moverse (Calle)

murc3.JPG


El aludido poema Sálvese quien pueda termina:

Si alguien conoce el remedio por favor llámeme
Salgo en la guía.


El llamado en verdad lo hace Quense con este animal poético llamado murciélaga que recorre las noches y silencios en un vuelo que da fluir lingüístico y visual a tierras eriazas, espacios, tiempo y voces que se suceden en una bitácora que recobra la presencia de aquellas bastedades, al parecer, sacadas de otro mundo, infierno y paraíso cotidiano (olvidados por negligencia) Inmóvil spleen y ternura que la poeta eterniza y da cauce en una imagen que busca deslizarse ante nuestros ojos indiferentes, logrando por encima de la represión; herir con belleza el trémulo suspiro de no poder lidiar con una lágrima, -impotencia hecha silencio por la crueldad- y que en cada poema, verso y palabra del libro, gracias al acto agónico de leer y mirar, se confronta –pues más allá del miedo y la violencia- logramos reconocernos en ese espejo que expone todas las máscaras infinitas y denuncia las gratuitas e incomodas omisiones

Autora: Soledad E. Díaz

Textos y fotografías: Propiedad de Verónica Quense

Publicado originalmente en: La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas

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domingo, 8 de febrero de 2009

Estrenamos nuestra segunda edición especial de poesía Enero del 2009

2/08/2009 03:17:00 p. m.

8-2-2009 10.2.30 1.jpg

Segunda edición especial de poesía de Revista Cinosargo Enero del 2009 Año I

Leer o descargar.





POETAS PRESENTES EN ESTA EDICIÓN


Giancarlo Huapaya Cárdenas (((Perú)))

Walter Mondragón (((Colombia)))

Alan Mills (((Guatemala)))

Denisse Vega Farfán (((Perú)))

Teresa Iturriaga Osa (((España)))

André Cruchaga (((El Salvador)))

Daniel Rojas Pachas (((Chile - Arica)))

Fernando Sabido Sánchez (((España)))

Wilfredo Carrizales (((Venezuela - China)))

Rolando Gabrielli (((Chile - Panamá)))

Antonio Kadima (((Chile - Santiago)))

Gabriel Moyano Cárdenas (((Chile - Arica)))


Ediciones Anteriores.

Primera edición especial de Revista Cinosargo,

Poesía publicada en Diciembre del 2008 Leer