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viernes, 2 de octubre de 2009

EL SUCESO JAMÁS DICHO SOBRE EL CRIMEN DE CALAMA

10/02/2009 09:18:00 a. m.

EL SUCESO JAMÁS DICHO SOBRE EL CRIMEN DE CALAMA

por José G. Martínez Fernández.


¿Quién mandó a matar al cajero Yánez? En Antofagasta ha existido siempre una mafia que ha protegido a los hampones estatales, especialmente a los de la dictadura?pero lo singular es que los que les sucedieron: siguen igual juego. La justicia de la Segunda Región fue responsable de la muerte de Yánez y del Agente Martínez.

En Antofagasta han de estar los tribunales más corruptos de Chile. A ellos se debió que el cajero Sergio Yánez fuera una víctima más de la dictadura.

En diciembre de 1980 un asaltante solitario se hizo presente en el Banco del Estado de Chuquicamata y a punta de revólver asaltó la sucursal.

El hombre huyó y nunca fue ubicado.

Ese hombre se llamaba Fernando Villanueva Márquez y está muerto. Es el hermano de Eduardo Villanueva, fusilado en octubre de 1982, y de Saniel, quien ahora está en libertad.

Cuando se produjo el asalto al Banco, Yánez reconoció al delincuente Expuso su situación en Antofagasta, porque no se atrevió a hacerlo en Calama, por el alto riesgo que significaba que allí operaba la CNI que encabezaba Gabriel Hernández Anderson, quien urdiría ?unto a Juan Delmas Ramírez- el gran robo al Banco (poco más de un millón de dólares para la época).

Sergio Yánez vio al asaltante y desde un principio supo que se trataba de uno de los hermanos Villanueva. Pero decir eso a la policía de la época equivalía entregarse él, al ser denunciado por Eduardo y Saniel Villanueva, hermanos del asaltante y miembros de la CNI.

El miedo que acorraló a Sergio Yánez es obvio. Estaba contra muchos muros: las policías y la CNI de Calama.

En un acto desesperado Sergio Yánez se presentó, como dijimos, en Antofagasta días después del robo de diciembre de 1980. Allí trató de entrevistarse con los magistrados de los Juzgados del Crimen y Civiles Su temor lo hizo recurrir a todo pero nadie escuchó su voz

Poco después el asaltante solitario Fernando Villanueva- desapareció. Su hermano Eduardo juró venganza. Decía que los asesinos de Fernando eran detectives.

Los nombres de ellos han permanecido casi en la impunidad, aunque en mi libro CALAMA, EL CRIMEN DEL SIGLO, yo señalo sus apellidos.

Esta noticia de la búsqueda de amparo o asilo me llega de golpe por dos amigos periodistas de la zona que realizan una investigación importante para mí.

Sergio Yánez y con él el cajero Martínez- se habrían salvado, ya que si los aparatos judiciales de la época hubiesen actuado, los criminales de la CNI no podrían haber cometido tan horrendo doble crimen.

Los compromisos POLICÍA CIVIL-POLICÍA POLÍTICA y JUSTICIA de la época son responsables de este grave hecho. ¿Acaso no fueron también ellos los que no aceptaron las declaraciones de una joven comunista que fue violada por los CNI, basándose los aparatos señalados, que eso no tenía nada que ver con el caso de los bancarios?

Hoy en día todavía hay elementos en los tribunales de Antofagasta que son responsables de no haber permitido a Sergio Yánez haber denunciado a Fernando Villanueva y que, por lo mismo, son responsables de su muerte y la del Agente Martínez.

¿Cuándo se investigará esta unión POLICÍA CIVIL-JUSTICIA ocurrida en Antofagasta? Muchos de sus autores están vivos. Y todavía opera la POLICÍA POLÍTICA, aunque nos cuenten otra historia.


lunes, 16 de marzo de 2009

Estrenamos el tercer número de la revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

3/16/2009 12:25:00 p. m.

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Tercera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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Segunda edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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Estrenamos la primera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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miércoles, 11 de febrero de 2009

HA LEÍDO EL MEJOR DOCUMENTO SOBRE PRISIÓN POLÍTICA EN CHILE

2/11/2009 06:21:00 p. m.

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¿HA LEÍDO EL MEJOR DOCUMENTO SOBRE PRISIÓN POLÍTICA EN CHILE?

Hernán Valdés es un gran novelista y un buen poeta chileno. Como novelista había destacado bastante en Chile hasta que su libro TEJAS VERDES: DIARIO DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN EN CHILE vino a consagrarlo como una de las figuras más altas de la narrativa nacional contemporánea.

Este hombre que nació en 1934 es autor de novelas y de libros de poemas. Tiene –entre estos últimos- un magnífico texto titulado CUANDO ASESINARON A KENNEDY.

TEJAS VERDES causó molestia en los partidarios de la dictadura. Escuché en esos años difíciles, en un círculo periodístico admirador de Pinochet, que a Valdés había que meterlo en prisión otra vez y entre los izquierdistas el libro también causó escozor.

Es que TEJAS VERDES basó los hechos en puntos reales. De esa verdad que Hernán Valdés vivió en las mazmorras de Manuel Contreras.

Y hablando de la maldad y el odio de los militares golpistas, no dejó de decir una realidad que, a cierta gente de izquierda, molestó: La entrega sexual de algunas mujeres de presos políticos a sus cautivadores. Obviamente éste era un hecho corriente dado que así se conseguían favores de los que tenían el poder y con ello se aliviaba la carga –el dolor- de los presos en Tejas Verdes.

Hernán Valdés permaneció un mes en Tejas Verdes y fue sometido a innumerables vejaciones. Su magnífica pluma permitió detallar al mínimo los hechos allí vividos. Y lo hizo con una riqueza idiomática muy alta. Es decir que, aparte de ser un gran testimonio, su libro es un excelente texto literario.

Tras su prisión de un mes el autor fue asilado en la embajada sueca y luego partió al exilio, del que no ha vuelto, ni piensa volver.

El juicio lapidario por parte de los partidarios de la dictadura y de los izquierdistas que no aceptaban como cierto lo señalado por el escritor, llevo a que éste fuera aislado sistemáticamente…desconociéndosele su calidad de independiente de izquierda.

Sin embargo su libro causó furor en todo el mundo. La novela fue traducida a más de diez idiomas. Fuera de Chile y en Chile se constituyó en un documento-denuncia.

Como tal la Comisión Valech lo estudió para saber la realidad de la situación de atropello a los derechos humanos ocurrida tras el Golpe…

Y aunque el autor no concurrió a prestar declaración ante tal Comisión, consideró injusto que no haya sido agregado a la lista de prisioneros políticos. Como autor del libro, su propia historia, es ya un testimonio mayor. Por ello él le dijo a la periodista María Teresa Cárdenas: “La Comisión debe reparar sus omisiones”.

Pero esa injusticia ha tocado a muchos que –pese a haber sufrido diversas formas de apremio bajo Pinochet- no fueron considerados en el Informe Valech.

De ello se queja Hernán Valdés con justicia.

Cárdenas le pregunta:

“¿Habría estado dispuesto a dar su testimonio?, ¿no habría pesado más su desconfianza hacia el sistema judicial y político chileno?”.

Responde Valdés:


­“Si lo hubiera sabido, no me habría cabido dudas de que una tal Comisión, entre otros testimonios, habría considerado, sin necesidad de mayores trámites, consignar al autor de Tejas Verdes, que fue el primer texto y el más difundido sobre la tortura. La necesidad de una ratificación personal de lo escrito allí me habría parecido una broma de mal gusto”.

Esa injusticia no sólo la ha vivido él, pero es él el paradigma mayor de la misma.


Autor: José Martínez Fernández


FUENTES:


TEJAS VERDES: DIARIO DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN EN CHILE. Editorial Ariel, Barcelona, España, 1974.

Reeditado por Editorial LOM-CESOC, Santiago de Chile, 1996.

REVISTA DE LIBROS de El Mercurio. Entrevista de María Teresa Cárdenas. Santiago de Chile, 5 de febrero de 2005.

Cienpoemaschilenosclaves.blogspot.com



(Fragmento de la bra 'Tejas Verdes' Diario de un Campo de Concentración en Chile, Editorial Ariel, Barcelona 1974.)
Pero no son gritos de los que nacen de la garganta; éstos tienen un origen más profundo, como desde el fondo del pecho o de las tripas. ¿Son de Manuel? No podría asegurarlo.
Hay muchos otros sonidos entremedio. Ruidos de motores, voces de mando, silbidos que conforman una melodía, muy entonadamente. Los gritos cesan y después recomienzan, cubiertos por todo lo que debe ser una actividad humana rutinaria y trivial en un espacio intermedio.
Tengo mucho frió. Entiendo que debo apresurarme en convenir conmigo mismo mis respuestas, en reunir los elementos, tan dispersos, de una personalidad, en decidir cuáles aspectos debo mostrar y cuales debo ocultar.
Pero el frió y la respiración tan entrecortada no me permiten concentrarme. Lo único que puedo imaginar es el sol que hay afuera, en la playa.
Los colores vivaces de los que se pasean por algún malecón. La luz enceguecedora sobre la espuma de las olas. Y ese azul de nuevo mundo del cielo sobre el océano.
Todo eso, y centenares de personas tomando cócteles en sillas de hierro y plástico, es algo que veo claramente. Los gritos llegan con menos fuerza, sólo parecen lamentos.
El dolor en la espalda se revela en ciertos instantes, es como si ahora, recién, comenzara a recibir las patadas, una por una, en forma metódica, con una cronología precisa.
Siento pena de mi cuerpo. Este cuerpo va a ser torturado, es idiota. Y sin embargo es así, no existe ningún recurso nacional para evitarlo. Entiendo la necesidad de este capuchón: no seré una persona, no tendré expresiones. Seré sólo un cuerpo, un bulto, se entenderán sólo con él.
Pasa mucho tiempo y no me atrevo a cambiar de sitio ni menos a sentarme en el piso. Afuera, por momentos, hay un completo silencio. Doy puntapiés en el aire para secarme los pies. Me cuesta mucho respirar a través del saco.
Tengo que pensar en algo, tengo que aprender lo que voy a decir. Doy por seguro que encontraron las copias de mis escritos. Esto no debe comprometerme sino a mí.
Podría demostrar mis contactos con una publicación extranjera, llegado el caso. Luego... el trabajo de Eva. Aquí mi información me abruma.
Trato de recordar lo que ha sido publicado sobre la actividad de la embajada de K., para no hablar sino de eso, para decir lo mismo.
Es muy difícil separar lo que sé de lo que he leído. Sobre mi propio trabajo, está claro que trataré de presentarlo con el carácter más técnico posible. Lo demás, todas las estupideces que me han atribuido en el primer interrogatorio, me dejan sin cuidado. Exagerar mi importancia como escritor sigue pareciéndome un buen recurso. Supongo que en todo este tiempo habrán examinado a fondo mis antecedentes y que habrán descubierto viajes a los países socialistas. Explicar su origen es, por supuesto, embarazoso. Incluso pueden acusarme de bigamia, los delitos comienzan a sumarse, sin fin.
En verdad, toda una vida de delitos. Y los dólares que tenia en casa ¿de donde los obtuve? ¿Del mercado negro? ¿ Y la literatura marxista? ¿Y por qué mi rechazo del trabajo con que me quisieron 'salvar' los intelectualoides democristianos que ahora están en el poder? No veo escapatoria.
Todos mis delitos se entrecruzan en la oscuridad de mi cerebro, el frió me hace sentir la piel como una textura de trapero podrido, empapado de agua.
Ha transcurrido más de una hora, posiblemente. Desde hace mucho rato ya no se oyen gritos.
Cuanto más recuerdo el diá de sol que existe en la realidad, más vulnerable me hago al frió de este lugar y a las penumbras que entrecortan mi conciencia. Tengo, la impresión de que sucedería algo muy grave si falto a la orden de no moverme que me dieron. Un viejo reflejo parece decirme que la obediencia podría salvarme del castigo. Con todo, pienso que si tuviera verdaderamente zapatos y algún chaleco todo esto seria más soportable. Alguien viene. Abren la puerta y me tiran del borde de la capucha. Camino a pasos cortos y rápidos, para no pisar los talones del que me conduce.
Camino como un chivo tirado de las barbas. Nos detenemos. Me dejan solo. Hay un gran silencio alrededor, muchos segundos de vacio y silencio. Entonces alguien se aproxima corriendo y lanza un grito de ataque bestial, un grito de salvaje, de luchador japonés, y siento dos pies que me dan de plano contra la espalda, con toda la fuerza del impulso. Salto disparado velozmente, ciegamente. Choco contra algo — es una puerta —; la abro directamente con la cara, con la frente y la nariz, y sigo hacia adentro, casi sin pisar el suelo. Trato de frenar y, al hacerlo, me cuesta encontrar el equilibrio. Durante un segundo vacilo, buscando la verticalidad con las piernas y el torso.
— ¡Putas que soi insolente, huevón, manerita de entrar!
— ¡Estamos conversando aquí, desgraciado, qué te hai creído!
— ¡Pero soi muy mal educao, concha'e tu maire!
— ¿No te han enseñao a golpear antes de entrar a una casa?
— ¿Te creís que estai en la selva, culiao? ¿No tenías respeto por la gente?
— ¡Vai a ver lo que te pasa por intruso!
Es un coro de insultos alrededor mió, y yo giro inútilmente la cabeza de una voz a otra, ciego, extraviado.
Uno de ellos se aproxima a mí, coge dos puntas de la capucha y hace un nudo fuertísimo sobre el puente de mi nariz, de modo que la mitad de la cara queda descubierta para ellos. Otro me enrosca un cable en cada uno de los dedos gordos de mis pies mojados. Hay un brevísimo silencio y luego siento un cosquilleo eléctrico que me sube hasta las rodillas. Grito, más que nada por temor.