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sábado, 19 de abril de 2014

Una resistencia humanista: País sin territorio, Bruno Serrano Ilabaca. [por Carlos Henrickson]

4/19/2014 01:42:00 p. m.
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Una resistencia humanista: País sin territorio, Bruno Serrano Ilabaca.


No ha sido capricho el retrazado incesante de nuestra historia literaria reciente: procesos absolutamente conscientes en que participaron instituciones gubernamentales y no gubernamentales (de carácter político y de estudios sociales, más que netamente literario), editoriales y, por último, ciertos autores que escogieron un rol particularmente insidioso (pero bien pagado), fueron los responsables de decretar la anulación simbólica de una serie de poéticas, sabiendo que pasado el efecto de la operación de shock, éstas quedarían en una zona de exclusión, junto con sus nociones generales y las experiencias que fueron su origen. Es así como la representación cultural del Chile de la Dictadura tiende a presentársenos bajo la perspectiva del testigo externo -sea desde el extranjero o desde sectores sociales para quienes la política sigue siendo sólo, y estrictamente, un problema ideológico-, quedando en un crítico segundo lugar la producción que se vinculó a la experiencia misma, vital, de la represión política y la violencia social desatada.
Este carácter consciente e interesado de una operación político-cultural organizada y financiada institucionalmente, con fines específicos de reformulación simbólica, es lo único que me podría explicar el silencio sobre autores como Bruno Serrano Ilabaca (Chillán, 1943), que fue durante largos años una referencia imprescindible al pensar en la creación poética del sur de Chile. Por cierto, Serrano reúne aún todas las condiciones para no ser invitado al banquete permanente de autocelebración de la cultura de la transición: no sólo por haber pertenecido a la seguridad del Presidente Allende, haber sufrido persecución real y haber sido parte de la ONG Ser Indígena, sino por dejar en su poética un testimonio de su experiencia de vida comprometida en lo social y lo político.
Este testimonio, por supuesto, no es, no puede ser, reflejo fiel, si es que queremos hablar de una poética en sentido propio. La verdad de la poética de Serrano no surge de una pretensión de objetividad, sino de una puesta en sujeto profunda del devenir histórico. Vemos esto funcionando en “El antiguo ha sucumbido”, poema que da nombre a su primer libro, editado en 1979, en que una degradada situación social, marcada por la cesantía y la incertidumbre, determina un cambio en la conciencia del hablante hacia una responsabilidad ética radical, marcada por el autorreconocimiento:

Estoy contento Mujer de ser poeta
De amarte a ti entre todas las mujeres
Y tener hijos que berrean su derecho
a ser alimentados
           
            Estoy satisfecho de ser Hombre
            Y de sufrir cambiando el mundo

Ahora estoy aquí
Y sé que mi corazón se ha dado vueltas
caminando por las púas de esta vida
Entre un golpear de remos y de palas
            Entre un coger de peces y enterrar semillas
En un avanzar y retroceder contradictorio
            En un ser hombre al fin
            En un ser hombre al fin
    EN UN SER HOMBRE AL FIN

Las decisiones estilísticas, incluso, están marcadas por esta conciencia, que sitúa al hablante en un más acá del proyecto vanguardista de cambiar el mundo desde la creación, de algún modo, indisoluble a una historia particular que no es en absoluto la del hablante:

Ahora son mis poemas largos y concretos
No son Rimbaud
No son Baudelaire
Son poesía escrita en Chile
con más de mapuche aprisionado
que de Europa
Con manos callosas de trabajo
y no finas de descanso existencial

Es desde acá que la figura del poeta, sin dejar de considerarse como tal, se sabe parte de una comunidad: en la medida de reconocerse situado en un desplazamiento que ha dejado a lo propiamente humano reducido a la experiencia neta. Esto, en la radicalidad de su subjetividad, termina paradójicamente devolviéndole su vocación universal, por debajo de una adscripción a una supuesta “comunidad literaria”. Este desplazamiento de la situación de lo propiamente humano, la cultura y la comunidad posible, presente en varios autores que escribieron en la primera etapa de la Dictadura, con múltiples analogías a momentos históricos determinados -la literatura francesa durante la ocupación alemana, la española bajo el franquismo, etc.-, no ha sido quizás estudiado de una forma decidida en nuestro país; muy probablemente por haberse impuesto desde los 90 la visión de que era una poesía “mentirosa”, fruto de una impotencia vana ante la aniquilación completa y definitiva del pueblo como sujeto posible -la idea está enunciada de manera clara ya en 1979, en la Presentación de Raúl Zurita a La cultura autoritaria en Chile (Santiago: FLACSO, 1981) de José Joaquín Brunner. Sin embargo, ya es momento de asumir una lectura más profunda y situada desde la coyuntura actual, en que a nivel global podemos ver tensiones análogas bajo el signo de la penumbra posmoderna y lo que parece la crisis final de la posibilidad humanista.
En el caso de Serrano, el desplazamiento de lo humano bajo la Dictadura sabe tomar como paradigma al pueblo mapuche, que deja ver además un nuevo acento en la naturalidad de la experiencia contra una cultura de muerte. No se trata sólo de un sujeto histórico determinado, sino de una plena visión de mundo -en “Los mapuche antiguos no conocían el reloj” (de Olla común, 1984), la esclavitud del tiempo winka se hace equivalente a la noche, y a la enajenación de la tierra. Esta enajenación, en la plenitud del concepto, se marca poderosamente en los primeros libros de Serrano: no es sólo la enajenación del territorio ancestral mapuche, es el despojo del exiliado y la alienación del ser humano con respecto a su propia realidad social. De algún modo, el país entero se transfigura y se traslada hacia la utopía, es el Chile imaginario / en el territorio gris de la esperanza (en “País paralelo”, en Exilios, de 1983).
Entonces, el enfrentamiento en el que se compromete esta poética se trata, no del poder político ni de la mera supervivencia, sino de la lucha entre concepciones de mundo. Plena conciencia de esto se tiene ante “La otra guerra” (en Olla común, de 1984), esa enmascarada,

que nubla los ojos con slogan
y oferta modelos de cartón
con pies de barro.

Poema que se ofrece como síntesis de la determinación del compromiso de esta poética, en que lo visible -el consumismo, el materialismo, la entrega de los recursos del país- se hace una amalgama con procesos más profundos, que tocan la raíz de la identidad personal, cultural y nacional:

La destructora
que permuta el corazón
por otro importado desechable.
  
Es desde este lugar que hay que pensar lo erótico en la poética de Serrano, que se plantea como afirmación de una pulsión vital que señala una voluntad de resistencia. Si en los primeros libros la compañera toma la figura de un otro acompañante, que empuja a las definiciones de la acción -seña bastante común en la literatura comprometida-, desde Fin de muslo (1991) lo erótico va definiendo un espacio de libertad y autoconciencia que puede llegar a altos planos de lirismo, especialmente en El corazón tiene alas de ave de paso (2002), en que se despliega la experiencia de universalidad posible a través del cuerpo.
País sin territorio (Alquimia: Valdivia, 2013) resulta una referencia necesaria en el redescubrimiento -especialmente para la isla santiaguina- de Bruno Serrano Ilabaca, que ostenta una voluntad poética definida y justa, más allá de las mutaciones de coyuntura y forma que son, en él y otros autores testigos del impacto más violento de la Dictadura, especialmente marcadas. Resulta particularmente notable el prólogo de Michelle Riveros Celis, que recorre con atención y comprensión profunda los temas fundamentales de su poética, además de ser la responsable de una atinada selección de textos, que entregan una perspectiva integral en breves páginas. 


        

  

jueves, 25 de diciembre de 2008

Háblame de Laura y la tragedia de lo cotidiano

12/25/2008 04:00:00 p. m.

Háblame de Laura y la tragedia de lo cotidiano
por Sol. E. Díaz.



En esta pieza dramática de Wolff, escrita y estrenada a mediados de los 80, el chileno de origen alemán, retoma sus fetiches usuales, esos que tanto amamos los seguidores de su teatro. Háblame de Laura como el grueso de la impronta Wolffiana tiene un interés de catarsis social y moral, revelador de la violencia implosiva, discriminante y claustrofilica del chileno.

Asfixia y demencia conviven en los rasgos más usuales del común transitar, el decorado, la vestimenta, el orden del hogar y la disposición de los objetos.

Wolff comunica desde las primeras líneas poniendo en la mente y ojos del lector-espectador detalles simples pero que uno no debe ignorar a fin de comprender en su totalidad la tragedia, el debate y crisis de los dos seres, patéticas existencias, que pone en escena el texto.

Una jaula vacía, una pecera y un televisor constantemente trasmitiendo no están sólo para aumentar el realismo y verosimilitud del cuarto, son recursos que dialogan con el público enriqueciendo la historia. El lenguaje de acotaciones se torna crucial, no sólo para el montaje sino para quien sea que tenga el texto en sus manos. Alberto y Cata, los dos protagonistas, madre e hijo respectivamente son como esos peces que no por casualidad aparecen tanto al iniciar la obra como al caer el telón. Estas indefensas criaturas encerradas, viven fuera de su medio, fuera de cualquier medio y opacados por la artificialidad del mundo, la banalidad de cuatro paredes ruinosas llenas de sustancias inertes que sólo revelan con mayor gravedad el paso del tiempo y como han sido los propietarios, humanos promedio, sepultados en vida.

Es mucho lo que se puede entender del universo creativo de Egon Wolff tan sólo estudiando su arquitectura del espacio, no por nada hoy se dedica a la pintura.

Otro recurso crucial del ambiente y que vale la pena detallar es la luz muerta del televisor que refleja la sombra de los pececillos en la muralla tras el último diálogo, esta presencia, ruido y luz artificial que contribuye a la modorra de los personajes, acompaña toda la obra. Cada diálogo y monólogo de Alberto y Cata se apoyan en él como si estuviesen ante un tercer personaje o interlocutor. Así mientras nos vamos haciendo cómplices de Cata y Momo, como cariñosamente llama la primera a Alberto, descubrimos el poder del aparato en su relación, es un sedante opiáceo, capaz de acallar la furia, odio y miedo ante el silencio, esa parquedad que terrible en su escrutinio deja espacio para penetrar a los secretos, a lo profundo del alma humana, lo más temido pues en la resolución de su dolor íntimo, está el fin de su rutina, de su tragedia asumida con demencia como un motor, como una tarea a lo Sísifo. Lo único que tiene sentido hasta el fin de los días.

Esta circularidad de las crisis en que esta atrapado el hombre, se puede ver en otras obras de Wolff aunque desde otros ángulos, por ejemplo en la famosa pesadilla de Meyer que deja entrever el miedo experimentado por el empresario como representante de la clase burguesa y su pavor reverencial ante una avalancha invasora de menesterosos en una mecánica de principio subyacente en el fin y así sucesivamente hasta el infinito. También esta Kindergarten con la clownesca relación de los hermanos Sánchez-Uriarte, quizá es con esta última que Háblame de Laura se comunica íntimamente en esa simbiosis del amor. Cata y Alberto demuestran un parasitismo en lo económico al depender la madre de su hijo y en lo emocional, ambos, en sus juegos absurdos, en las tomaduras de pelo que insufribles se hacen el uno al otro para dar sabor a esa vida que en los tres actos de la obra, empieza y termina igual. Él llegando abatido de la lucha diaria que emprende cada mañana en su trabajo como vendedor de calzado, y una vez en el hogar derruido, compartiendo interrumpidamente por las rabietas y la intromisión de la t.v quejas, anécdotas inútiles pero por sobre todo una rutina, la madre que lo acusa de poco ambicioso, él que delira en fantasías autodestructivas y morbosas contra sus compañeros de trabajo y jefe, este último apellidado Lozada, es representante de la clase adinerada, y Alberto anhela humillarlo intelectual y moralmente lo acusa de tirano, sodomita, falso benefactor.

En esta dinámica se despliegan los puntos más altos de la obra a mi parecer. Las ilusiones de violencia contenida de Alberto son geniales tanto por el papel ficticio y mitómano del protagonista al crear a Laura, presencia dispersora de su ira, amante imaginaria con que comparte su humor negro, su gusto por los cementerios así como los planes de violar a la hija de su jefe o de ver a otros violados por animales salvajes, o el contemplar pequeños saurios devorando las corneas de los muertos mientras danzan locuazmente en un cerro de cráneos.

La manera en que Wolff intercala esos discursos a lo Jarry, grotescos y demenciales entre conversaciones cotidianas aumentan la tensión de un día a día que parece en cualquier momento capaz de terminar sobre todo por parte de Alberto con un hecho de sangre autoinfligido o en contra de su madre. Esto recuerda a otra relación enfermiza propuesta por Wolff en Flores de Papel, la intrusión de Merluza en el espacio de Eva se comunica con la manera en que Alberto no sólo encuentra en Cata a alguien que soporta sus digresiones macabras, Cata por su parte recibe apoyo para lidiar con su feminidad en proceso de marchitación, por ello trata a su hijo como un joven enamorado. La interacción sostiene un nivel perverso en lo sexual, que ha llevado a algunos críticos a destacar sus rasgos edípicos, esto no se aleja de lo real pues entre delirios el incesto se insinúa constantemente.

Empujados por el morbo de Momo, Cata revela a su hijo con voluptuosidad su madurez sexual, el cambio que tuvo de niña a mujer y como fue durante un viaje con sus padres abusada, naciendo de dicha relación el protagonista, sin embargo ella se esfuerza en no atacar la memoria del supuesto padre, lo cual es otra muestra de la negación necesaria para sostener su dolor asumido, su crisis mental, su comodidad en esa asfixia que entre juego y juego, construye mentiras como un castillo de naipes en que ambos van sumando murallas atónitos ante el frágil esplendor de su delirio.

La relación entonces pasa de la muerte al sexo, de la complicidad al amor incestuoso pues en aquel apartamento en el que habitan juntos desde la muerte de la esposa de Momo, no sólo atestiguamos sus aventuras y bromas sino los manoseos y flirteos peligrosos amparados por un destino en común en que ellos se reconocen como siameses del dolor, unidos uterinamente producto de esa violación y de su depresiva nostalgia y su voluntariamente irresoluta prisión emocional.

Son seres inacabados complementándose en su frustración, atados por sus recuerdos, por sus planes truncados, por su miedo que los lleva a enrostrarse cuanto daño se han hecho, se hacen y como uno al otro se impiden avanzar, pasando de la bofetada e insulto al ilícito coqueteo y caricia. Son parásitos sociales, morales y psicológicos, en una simbiosis enfermiza en que no sabemos cuanto de lo expuesto como verdad lo es, lo que si queda claro es que lentamente saborean su actuar como una venganza contra sí mismos.

Esos son los pesares y delicias que comunican la relación de Alberto y Cata dos productos de la mente prolija de Egon Wolff. Como detalle hay que destacar que esta pieza dramática, tuvo su montaje original en la Universidad Católica, bajo la dirección de Héctor Noguera quien además realizó el papel de Momo o Alberto quedando el papel de la madre, esa vanidosa boquita de fresa en manos de Gloria Munchmeyer. La obra luego ha tenido numerosas puestas en escena en chile y el mundo.

Háblame de Laura en conclusión es una grandiosa obra que ciertamente no ha tenido la misma recepción que sus hermanas, los Invasores, Niña Madre, Flores de Papel entre otras, que no son sólo clásicos del teatro y la voz Wolffiana sino de la dramaturgia nacional. De cualquier manera este texto sigue siendo por encima de lo que la crítica pueda opinar al dedicarle estudios, una creación clave por su historia y las estrategias que usa para captar un sentir que nos acerca a entender mejor el espíritu nacional, atrapado en una memoria que atrae al fracaso y la melancolía. Sentimientos que se repelen en nuestra mente con un ánimo cambiante y evasivo, falsamente festivo e indiferente pero no por ello menos pasional y cargado de violencia implosiva, el juego de mentirse de dar rodeos a los grandes conflictos, personales y de la sociedad va de la mano con la tentación peligrosa de refugiarse en el miedo mismo, en la excusa y culpabilidad del otro y todos juntos jugamos acorralados en las represiones del día a día

Escrito por: Sol E. Díaz




martes, 23 de diciembre de 2008

Presentación de la Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

12/23/2008 07:40:00 p. m.

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Motivaciones.


La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas es un proyecto literario de cuatro inquietudes (Violeta Fernández, Soledad Echegurú, Daniel Rojas Pachas y Oliver Beltrán) que se han aproximado al mundo poético, narrativo, dramático y ensayístico de Chile por diversas motivaciones y lecturas, pero que coinciden en su interés por la interpretación, el diálogo profundo con los textos (textos en todo su sentido) la creación (también en toda la gama que permite el lenguaje) y la obsesiva defensa y admiración por la autonomía de la palabra.


Ahora, ¿Por qué Chile y su arte literario? Porque de la misma manera que ocurre con las obras a analizar, la vinculación con este país, ya sea por nacimiento o residencia prolongada, nos moviliza con deseo a dar otra mirada a los estudios literarios, una posible y en lo posible divergente lectura, giro y sobre todo interpretación del quehacer escritural que conocemos como nacional (sin ser chauvinistas o cerrados a la gran cultura del mundo y el continente)


En gran medida también concordamos con Bajtin en que somos hijos dialogantes de este tiempo y lugar por tanto tributarios, aunque a veces nos pese, de una variante del español y así mismo de una lógica, y sensibilidad cercana a la de aquel hombre del sur que alude Manuel Rojas (quien paradójicamente no fue chileno de origen) en su obra homónima.


Finalmente la elección de la literatura Chilena tiene términos prácticos pues empezar un proyecto como este, que durará hasta que nos entretenga, nos brinde nuevas interrogantes, represente o no afecte nuestra mente con el exceso de letras y sus heterogéneas e infinitas combinaciones, es un desafío que de remitirse al universo literario en general, sería inabarcable y caótico, por ello, aún cuando nuestras lecturas personales nos tientan a crear una cosmopolita trinidad de cuatro esquinas o una versión cubana, peruana, argentina, francesa, lituana y así… por el momento el cuero y la voz, sólo nos permite por las razones ya esgrimidas, ser una trinidad que transita de norte a sur bordeando el pacífico y la cordillera de los andes con olor a Lillo, sabor a Lihn, gusto a Sabella, color de Stella Díaz, pasos de Wolff y Griffero, mirada de Cárdenas o Anguita, contemplación a lo Teillier, meditación a lo José Victorino, subversión a lo CADA y algo de actitud Bolañesca.


Esperamos nos soporten y más aún, esperamos soportarnos.


La Santísima Trinidad de las Cuatro Esquinas

Fernández Riquelme

Rojas Pachas

Echegurú Díaz

Beltrán Sologuren