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lunes, 27 de septiembre de 2010

Lanzamiento de Un hombre en la multitud. Recuerdos de un luchador social, de Jorge Pavez Urrutia

Retomamos este segundo semestre con el lanzamiento de Un hombre en la multitud. Recuerdos de un luchador social, de Jorge Pavez Urrutia, ex presidente del Colegio de Profesores y actor fundamental del sindicalismo chileno durante los últimos 25 años.

Con este título Das Kapital inaugura su nueva colección “El queso y los gusanos”, orientada al rescate de textos vinculados al quehacer social, político, teórico e historiográfico, particularmente de los sectores populares.

El libro será presentado por el historiador Alfredo Jocelyn-Holt y por el sociólogo y concejal por Ñuñoa, Manuel Guerrero.

Quedan así todos invitados al evento en cuestión.


Camilo N. Brodsky B.
Director de Das Kapital Ediciones
http://daskapitalediciones.wordpress.com/
F: 08-9818916



viernes, 3 de septiembre de 2010

Vírgenes del Sol Inn Cabaret: vienbenidos a la máquina [por Camilo Brodsky]

9/03/2010 04:39:00 p. m.

Video: Santiago de Chile 2010.

“Vírgenes del Sol Inn Cabaret”: vienbenidos a la máquina


Fuente: Lanzallamas

“Vírgenes del Sol Inn Cabaret debe leerse en clave política, independientemente de que nos quieran hacer creer que los textos políticos pueden encontrar un valor en sí, que va más allá de la politicidad de la poesía”

Primero, y limitándose a la excusa, el “prólogo” de Yanko González a Vírgenes del Sol Inn Cabaret acota, acertadamente, la entrada a la reedición que Ediciones del Temple perpetró en 2006. Porque Yanko, simplemente, aborda lo central, anticipatorio y específico del texto, dando pie a la contemplación, digamos correcta desde una perspectiva maoísta, del hecho protagonizado por Figueroa y sus Vírgenes… Ante la precisión y pertinencia del prólogo, resulta un poco naif aventurar casi cualquier juicio, sobre todo por la claridad política de éste, sólo menguada por algunas omisiones sobrellevables. Y es que Vírgenes… debe leerse en clave política, independientemente de que nos quieran hacer creer que los textos políticos pueden encontrar un valor en sí, que va más allá de la politicidad de la poesía.

Esto no busca, por ningún motivo, restringir una lectura posible de Vírgenes… sólo a la esfera de lo político; muy por el contrario, es la valoración primordial del texto basada en un axioma, si se quiere, totalmente subjetivo y biográfico, pero potente y real como la invasión de los bárbaros iniciada el ’73 y consumada en triunfo por obra y gracia de nuestra propia negligencia, nacida a su vez de la derrota como modus operandi del discurso poético.

[la estructura discursiva exudada por la derrota no nos enfrenta, necesaria ni masivamente, a una poesía de la derrota; más bien, opera como logos a evadir, ya sea mediante la estrategia de la elusión de la derrota como dato objetivo, ya sea por medio de la construcción de una hermeticidad indigerible fuera de los círculos “teóricos” de la discursividad poética y plástica. así, la politicidad del texto deviene en una suerte de metacrítica, incapaz de hacerse cargo de la problemática de la confrontación si no es desde la lógica de los márgenes, constituidos ahora en atalaya de sobrevivencia de un lenguaje “con sentido”. he dicho]

“La escritura de Vírgenes… prefigura una lectura de Debord en su más brutal expresión, en momentos en que estábamos demasiado ocupados leyendo a la Harnecker como para preocuparnos del Situacionismo. O, si se prefiere, en tiempos de muerte demasiado urgentes como para lograr atisbar la neodictadura del reality y la banalidad mass media de este nuevo mal. Y se prefigura también una suerte de versión contra-gramsciana de la hegemonía, que nos mantiene en el cautiverio de la expectación”

Vírgenes… se mueve, precisamente, en las antípodas de la elusión. Y lo hace sin constituirse a partir de una contingencialidad chata, panfletaria y falsamente política. Por el contrario, se erige como sentido desde la anticipación del verdadero apocalipsis que la direccionalidad de la palabra vivió tras el quiebre real, el de mediados de los ’80, el que hipotecó de manera efectiva el resultado de la ecuación preexistente entre cultura y sociedad.

De hecho, Vírgenes… anuncia el movimiento ideológico de la cultura hacia la esfera de una nueva masividad anónima, prefigura el tránsito de una posible cultura del protagonismo a una pasiva contemplación de la oferta del mass media, precedida por el vaciamiento de sentido de una construcción político-poética-poiética en proceso de maduración, pero abortada en la brutalidad del parto del neoliberalismo.

[la cultura popular, en tanto herramienta de clase, ha sido sucesiva y exitosamente limpiada de sus ripios políticos, lo que nos permite asistir impávidos a la naturalización del icono cultural de izquierda y su transfiguración en ídolo exportable —y redituable– para el proyecto culturoso de la concertación. la mejor de los parra, jara o neruda, y en menor medida –pues es otra la estrategia que opera sobre ellos–, la mitologización de lihn y rokha, sólo nos deja el deshecho de una escritura y un accionar cultural descontextualizado, y por ende, los residuos de una politicidad efectiva, en tanto referida al poder y ya no a su propia y supuesta poética. la “cultura de exportación” de la que tanto alardea el proyecto concertacionista ha sido despojada de su leit motiv, demasiado rojo en sus impulsos originales, y nos han dejado, por así decirlo, a Bukowski en las cajetillas de cigarro anunciándonos el cáncer futuro para el consumidor]

La escritura de Vírgenes… prefigura una lectura de Debord en su más brutal expresión, en momentos en que estábamos demasiado ocupados leyendo a la Harnecker como para preocuparnos del Situacionismo. O, si se prefiere, en tiempos de muerte demasiado urgentes como para lograr atisbar la neodictadura del reality y la banalidad mass media de este nuevo mal. Y se prefigura también una suerte de versión contra-gramsciana de la hegemonía, que nos mantiene en el cautiverio de la expectación.

“Figueroa prefigura un apocalipsis hasta tal punto desquiciado que logra superar el vía crucis cotidiano de los ’80, proyectando sobre la sábana blanca del diaporama cultural de esos años un soft porno 3D ridículo por lo inimaginable, tragicómico por lo puntilloso, marxista en su materialidad analítica”

No parece casual ni absurdo del todo traer a colación la cualidad original de orfebre de Alexis Figueroa: como en un ejercicio de vaticinio vengativo, el artesanato delinea el recorrido de dilución de la clase obrera como sujeto, anticipando su cualidad de objeto en decontrucción y mudo trofeo del siglo XX, sacándolo del cuadro y fijando la cámara en esta versión Blade Runner del cabaret oblicuo sobre el que Álvaro Corbalán terminaba de consumar su rol de amanuense de una nueva subjetividad, fijada a sangre y fuego en la memoria, pero realizada en definitiva con el viento fresco de la bonanza económica y la sutil utilización desde el poder de nuestra propia capacidad de asombro y reconstrucción biográfica colectiva.

Y esto, que pasados ya 20 años se nos enrostra, no se nos sugiere, como podríamos haber creído entonces, sucede en la ciudad/del país equis/esto sucede en la región de la utopía. Sucede en la violencia de los pollos que se asan en el vientre de tus madres, embarazadas probablemente por imperfecciones de fábrica en condones con estampas de los incas.

Figueroa prefigura un apocalipsis hasta tal punto desquiciado que logra superar el vía crucis cotidiano de los ’80, proyectando sobre la sábana blanca del diaporama cultural de esos años un soft porno 3D ridículo por lo inimaginable, tragicómico por lo puntilloso, marxista en su materialidad analítica. Suerte de “pico pa’l que lee” en el contexto de las poéticas “novísimas”, Vírgenes… nos anuncia, como segunda lectura histórica –la primera como tragedia… –, la banalidad del texto que vendrá. Esto es, la banalidad del texto que hoy es texto.

Y, del texto, al contexto (en la medida de lo posible…):

“(…) debo tener cuidado con la trampa de los perros, el lenguaje como mito de Sísifo, la palabra como espejo de Narciso, en fin el lenguaje como chofer y camión de treinta toneladas viendo recta la curvada carretera de la historia”. Eso dice el mismo Figueroa en una autoentrevista del año ’86, aparecida en el número 2 de la revista Extremos, fijando –como en Vírgenes…– el contexto a partir de una visión de lo que se aproxima, lo que se intuye como peligro latente para la estructuración del proyecto poético contenido de este libro.

“Si bien parece correcto reseñar como “poesía de los ‘80” –desde una perspectiva goiciana– exclusivamente lo producido por autores como Harris, Pohlhammer, Lira o Riedemann, por poner algunos ejemplos obvios, no es menos cierto que hay discursos poéticos y críticos con raíces temporales anteriores que encuentran también una forma de desarrollo específico en esta década, como es el caso de Lihn, Bertoni o Millán”

Instalémonos entonces, para ver como discurre esa década, esa generación hipotecada en la urgencia que, a pesar de esa misma urgencia, proyecta el devenir de su escritura desde las prevenciones y complejidades de un tiempo que ha fijado las miradas críticas sobre sí mismo demasiado sobre el contexto, y muy poco sobre el texto.

[se comete, respecto de la generación del ’80, al menos un error común, que en algunos casos deviene en una injusticia expresada en la lectura maliciosa de los productos poéticos de la época. el juicio reductivo que sitúa prácticamente toda obra dentro de los márgenes estrechos de la politicidad específica de un tiempo –esperamos, aunque no confiadamente– irrepetible en su excepción, juicio del cual se desprende el falso supuesto de que los proyectos escriturales de los ’80 responden y se agotan, en su mayoría y de manera exclusiva, en un producto cultural restringido a la lógica totalizadora de la resistencia política, obliterando lo que de poesía hay en el acto de resistencia y lo que de resistencia hay en el acto poético, cosa no menor en el contexto actual]

En la encrucijada temporal de los ’80 confluyen no sólo diversas poéticas, sino, particularmente, diversos posicionamientos ético-poéticos frente al contexto. Si bien parece correcto reseñar como “poesía de los ‘80” –desde una perspectiva goiciana– exclusivamente lo producido por autores como Harris, Pohlhammer, Lira o Riedemann, por poner algunos ejemplos obvios, no es menos cierto que hay discursos poéticos y críticos con raíces temporales anteriores que encuentran también una forma de desarrollo específico en esta década, como es el caso de Lihn, Bertoni o Millán. Es decir, el decurso de diferentes poéticas, nuevas y precedentes, se encuentra en los’80, y definen el rumbo de proyectos posteriores que entroncan con una determinada ética del discurso y del texto, que permea, se quiera o no, por afirmación o negación, la producción poética actual.

Intentar realizar un corte canónico, por más arbitrario que este sea, que eluda la cuestión de los ’80 es, o bien una soberana estupidez, o una demostración poco refinada de los niveles proverbiales que alcanza el ego de ciertos popes de la plaza. We can’t do it. Es decir, obviar Zonas de peligro o El Paseo Ahumada es un ejercicio en sí estéril, amén de reduccionista.

El centro del discurso actual, que se termina exponiendo en el acto fallido de una poética política en los ’90 y lo que va del siglo XXI, no pulsa la cuerda de lo urgente ni de lo realmente importante; no roza siquiera la problemática del poder, ni sus aristas ni sus filos incómodos. La mala –o inexistente– lectura de textos como el de Figueroa, prefigura esta suerte de “pecado original” en que subsiste la mal llamada poesía chilena. Este derridá, este guattari, esta kristeva mal digeridos no sólo desvían la mirada del punto de fuga del panorama escritural, sino que desechan el dato central de la causa: no existe acá una poesía escrita por todos, ni entendida ni entendible; el margen, como supuesto teórico, adolece de la negación de la mayoría postergada, no la entiende, la niega por prosaica, bruta e ignorante. O sea, la politicidad para el nuevo texto debe ser política sólo, o principalmente, en su inexpugnabilidad teórica, pero nunca, nunca –por favor-, debe rozar la simple politicidad que encierra la construcción de poder real; es decir, constituirse también –ya que no solamente- como accesible, colectivizable, viable en términos sociales, políticos e ideológicos –o culturales, que viene a ser lo mismo en este tango.

Texto: Camilo Brodsky



lunes, 24 de mayo de 2010

Whitechapel, de Camilo Brodsky: Una lectura poética/política. La soberanía del mal por Thomas Harris

5/24/2010 01:46:00 p. m.


Creo leer, en la página 12 de Whitechapel, de Camilo Brodsky, un doble sesgo enunciativo: la pregunta Where are they —título de un poema y de un nódulo textual en el que basaré mi lectura—, algo así como “Dónde están ellos?”, tiene una significante doble lectura: elegíaco y policial: policial en el sentido de “dónde diablos se han metido, dónde los encontraremos”. “Ellos”, son, creo, en un primer aproximamiento al pronombre plural en tercera persona, los que están fuera del Yo, del Self, o para ser más exactos en el número, fuera del ‘nosotros’, los inubicables al fin, en una distanciación de aparente otredad ubicua, que no comparece con ‘ellos’ al necesario contrato social.

La lectura elegíaca se me aparece, en un primer vistazo al texto que antecede este título inquietante y ambivalente: cito: “se ven tristes las calles de Whitechapel con el/ fin de los suplicios/ como si la euforia ya esfumada de los crímenes/ se hubiera llevado la vida de este barrio/ de obreros, putas y parteras.” Pues bien, el locus Whitechapel, como todo lector informado sobre crónicas policíacas o seguidor de las Vidas Ejemplares de los santos asesinos, sabe bien que es el locus siniestro —un Unheimlich freudiano situado en las calles londineneses— donde Jack The Ripper sacrificó a su antojo y ganas —Deseo— una docena de prostitutas y el enigma quedó sin solución. Pero, ¿cómo podría instituirse, en el texto, una elegía del crimen? Creo que la cosa va por el status urbano. Sin Jack The Ripper, Whitechapel no tendría imaginario, sería un pobre, miserable y olvidado barrio de una urbe industrial sin mayor pedegree. Con el fin de la matanza —de los asesinatos— el barrio vuelve a su anonimia, la “tristeza” de las calles vuelve a esa miseria sin el regusto de lo sublime, sin el pathos del horror, sin —lo que es peor— ser parte de las primeras planas de los pasquines ingleses. Sin suplicio no hay euforia, nos dice el texto, cuando se ha esfumado la huella de los crímenes —la muerte sobre la vida, impunemente— también, y paradójicamente, la vida se esfuma, se hace humo del barrio malhadado y mísero —de obreros, putas y parteras— que regresan —sin pena ni gloria— al olvido de la explotación y el anonimato de la Gran Bretaña en su era postindustrial. La sangre le dio brillo a estas calles, un brillo cruel, sádico, deplorable, pero sublime, romántico, a fin de cuentas, y las adentró desde la crónica roja a la ficción y, desde la ficción al mito moderno… es decir, por unos meses, la atención se fijó en la escoria del Reino: putas, parteras, obreros. Entonces, ¿por qué no apelar a una suerte de ubi sunt criminal y cruel, al qué se fizieron sangriento, que nos extrajo a ‘nosotros’, innominada ralea —en el sentido zolaniano— del anonimato y el olvido?

Pero el ‘They’, al dar un paso más sobre estas adoquinadas y hemoglobínicas calles de los dominios de la reina Victoria, nos enfrenta al otro sentido del ‘ellos’: y aquí cabe esa pregunta de carácter tanto policial como sociológico: el dónde están ‘ellos’ nos sitúa ante varios enigmas: el primero: ¿Jack The Ripper fue solo uno, o unos, un hombre que acometió con los luctuosos crímenes de las rameras victorianas o varios —en un sentido más metafórico que textual, más metonímico que denotativo—, unos innumerables ‘ellos’ que dieron y vieron un momento y un lugar para ejecutar el deseo oculto, la fiebre de sus compulsiones burguesas o aristocráticas, los resabios de unos Gilles de Rais urbanos, pero con la nostalgia de la ‘soberanía’ como concepto y práctica, creada por la imaginación de Sade, comprobada por la Historia, y ejecutada por el Yo obliterado en Ello, según Bataille?

Ellos. El enigma da otro paso más: ¿dónde se ocultan? Puede ser que una esquina umbría y saturada de contaminación, esa bruma tóxica del Londres del siglo XIX, o bien, en el más inexcrutable de los escondrijos: lo difuso de un poder sin locus establecido —situado—, pero que opera, sin pacto social, o asocial en este caso, como una suerte de imponderable Sociedad de Amigos del Crimen sadeana, que, a la primera víctima, sigilosamente, se despliega con la bruma para dar, por fin, dentro de tanta parsimonia, al afán atávico. Si es así, ‘ellos’ quedan fuera de toda pesquisa, y ni un Dupin ni un Holmes podría dar con ‘ellos’, ya que ‘ellos’ —según el poemario de Brodsky— no es un exterior, es un interior, no son unas manos blandiendo el escalpelo, sino un corazón tenebroso, el corazón de las tinieblas conradiano, pero sin el despliegue de lo exótico, sino en las calles, hasta el día anterior del primer asesinato, aunque paupérrimas y tristes, para sus habitantes habituales, familiares, heimlich, de la civilizada Inglaterra

Creo, y al decir creo, planteo más bien una “suposición lectora” que una tesis: que lo que nos enuncia y propone el sujeto lírico de Whitechapel es esta insólita y original acepción del poeta o la voz del poeta “moderno” y, a la vez, postmoderno: una suerte de detective aristocrático y decimonónico, dado al ocio de la escritura y la indagación, como el Dupin de Poe, tal como lo plantea Ricardo Piglia en El último lector: “la lucidez del detective depende de su lugar social: es marginal, es extravagante (…). Porque es libre y está excluido, el detective puede ver la perturbación social, detectar el mal y lanzarse a actuar. Cierta extravagancia, cierta indiferencia, insiste siempre en la definición de estos sujetos extraordinarios que se asocian con el caso de Dupin, con la figura del hombre de letras, del artista raro y bohemio”. Pero sin olvidarnos que Dupin es un “gran lector”.

¿Tal el poeta, hoy por hoy, para Brodsky?


Sí y no. Sí porque en el sujeto lírico de Whitechapel pervive esa actitud decimonónica del poeta como detective un tanto dandy, pero que hace uno y otro giro a esta trama: “transformando el mundo de espectros y terrores nocturnos en un mundo de amenazas y crímenes (…) pone en dimensión interpretativa y racional la serie de hechos extraordinarios y asombrosos que son material del gótico”.

Y el otro giro: Brodsky hace del poema un filme, con banda sonora (el jazz, Coltrane, entre otros), locaciones, actores, afectos especiales, guión, conciencia de la representación, datos empíricos y guiños a una serie representativa, que más que con un Chandler lo relaciona intertextualmente con un Tobe Hooper (Chain saw) o un Wes Craven (The Last House on The Left). Pero sin olvidar el origen de estos giros en la economía tanto criminal como punitiva: como expone Michel Foucault en Los anormales y muy aplicable a la “galería de asesinos” de Brodsky: “Esto, estas figuras, fueron los puntos de organización de toda la medicina legal: figuras, por lo tanto, de la monstruosidad, de la monstruosidad sexual y antropófaga (…)”. Su monstruo humano (el de Whitechapel): “Es Vacher en Francia, es el Vampiro de Dusseldorff en Alemania; es sobre todo, Jack el Destripador en Inglaterra, que presentaba la ventaja, no sólo de destripar prostitutas, sino de estar probablemente vinculado por un parentesco muy directo con la reina Victoria: por eso, la monstruosidad del pueblo y la monstruosidad del rey se reunían en su turbia figura”.

Podemos, ahora, cambiar los nombres, las investiduras y la sanción social y ver que la propuesta de Brodsky tiene muy mucho de lo planteado por Foucault: a fin de cuentas, acaso, ¿el monstruo humano no es un individuo a quien el dinero o la reflexión o el poder político brindan la posibilidad de volverse contra la naturaleza? De modo que el monstruo de Sade, por ese exceso de poder, la naturaleza vuelve contra sí misma y termina por anular su racionalidad natural, para no ser más que una especie de furor monstruoso que se encarniza no sólo contra los otros, sino contra sí mismo.

Ya sea en la Francia del antiguo régimen, en la Inglaterra victoriana, en Putamérica pre y post dictaduras de fines del siglo pasado, en las urbes y pueblos perdidos de los EEUU, y, claro, hoy por hoy, en el Whitechapel de Chile.

Uno de los mejores y más lúcidos libros de poesía del último año, Whitechapel merece ser celebrado y reconocido por sus alcances, factura, lucidez, belleza estética y valentía política. Si no se reconoce en él el talento desplegado por Camilo Brodsky a la hora de quién está siendo quién en la chilena poesía, es que también los nuestros —¿críticos?— han perdido la capacidad de hacer una lectura bien hecha e imparcial.

Fuente: Das Kapital Ediciones


domingo, 16 de mayo de 2010

Camilo Brodsky: yo sólo soy la sombra del obús que cayó sobre celan [borrador y fragmento]

5/16/2010 03:14:00 p. m.

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yo sólo soy la sombra del obús que cayó sobre celan [borrador y fragmento]


I remember when this whole thing began:

no talk of God then, we called you a man.

(...) All your followers are blind,

too much heaven on their minds


Judas en Jesus Christ Superstar

Es demasiado tarde. No podemos ganar. Se han hecho demasiado poderosos


Abbie Hoffman en su nota suicida


Es cierto: yo también quisiera

escribir poemas de amor de vez en cuando

dejar que el cuerpo siga la deriva de los versos

mostrar la cara tierna del Rimbaud iracundo que debiera

llevar oculto yo también en un doblez de la camisa. Es cierto,

quisiera ir omitiendo en ocasiones las estelas de aire y los

remolinos apenas perceptibles de las balas, las trayectorias

que atraviesan el puente en el que estoy parado ahora

cubriendo mi cabeza de la lluvia y los peñascos

mientras se derrumban tras de mí las catedrales

tomadas por los campesinos;

Tlatelolco brilla como un sol azteca sobre Europa y el Mapocho

nunca fue cruzado por los tanques de la Wehrmacht. En su sitio

se elevan los cercos erizados de los campos

rodeando mis deseos de salir a respirar el aire de la costa mientras fumo

marihuana o me dejo

llevar por los impulsos primarios que me inspira la ciudad —correr

a los gritos por Mac Iver: ¡son todos unos locos culiaos! ¡son todos unos

locos culiaos!—. Es cierto,

también quisiera declarar mi libertad por medio de un gemido, pero asisto

al asedio de las fortalezas que iluminan los perfiles de sus edificios con el

brillo intermitente de millones de pantallas transmitiendo porno soft y

farándula, llenando los intersticios de mi cabeza agujereada, goteante,

vaciada de los contenidos políticos que gatillaron mis

sinapsis durante años. Yo tampoco

he salido del Horroroso

ni de las mazmorras que con cariñoso afán fui construyendo en torno

de los sitios eriazos que dejaban los muertos y la muerte del

propio asombro ante los titulares de los diarios, ladrillos de la urbe

amurallada de mi mente donde los pensamientos van dejando

volutas que se repiten

maelstrom hasta el infinito sin dejarme

salir, mi cabeza es a veces un disco

rayado y algún día quedaré adentro adentro adentro adentro mientras

el paisaje gira alrededor y aumenta la velocidad de sus revoluciones

hasta convertir en manchas de color informe lo que hasta solo un rato atrás

podía bien ser un árbol, el collar de un perro el perro mismo, no una mancha

no una mancha que gira en torno a uno y se disgrega

en partículas cromáticas

si algo como eso existe o es al menos comprobable

para la física. Es cierto,

que me embarga el cansancio de manera permanente, sobre todo el cansancio

del pasado, masticar por mucho tiempo un mismo y triste, reseco

pedazo de carne correosa, ya desabrida; pero uno es incapaz de soltar presa

sin pensar el hambre que vendrá después, cuando no quede nada entre los

dientes, cuando ningún jirón los separe, tensionándolos, incrustándose en los bordes

enrojecidos de las encías en retirada, doliéndose por anticipado

por esa carne ausente, esa única carne que hemos conocido y que nos cuesta

tanto escupir sin más y seguir camino, buscando otros pedazos

de carne, quizás

incluso alguna fruta

que suelte el jugo en nuestra boca

un sabor desconocido, que bien puede ser también veneno

cinabrio, alguna oscura y pesada sustancia narcótica que duerma

tus sentidos para siempre, barbitúricos botando al cuerpo

sobre piedras lisas de una lápida que anhela en

pesadillas sepia

ese pedazo correoso de carne seca, desabrida y muerta ya hace tiempo entre tus

quijadas y el calambre que las coje desde atrás por la

mecánica acción de la mascada —ahora espero

que se seque el liquid paper

sobre la hoja que descansa a mi lado y miro

de reojo el escote

de la flaca que ingresó al Archivo,

la pendiente descendente de sus tetas,

ya cubierta por el grueso

chaquetón de tweed que se ha puesto

tras llenar un par de fichas donde consta

su interés por algún ignorado

manuscrito de autor chileno

cuya tumba yace, sin lugar a dudas,

cubierta por más polvo que el acumulado

sobre las bobinas de microfilms donde el Estado

guarda las secretas notas de su obra, las

cartas a su madre que evidencian el Edipo

que lo atormentaba dolorosamente en sus

últimos días o solo

las anotaciones fragmentarias de aquella

novela experimental que anunciaba,

adelantándose a Joyce, un nuevo

paradigma narrativo que nunca,

sin embargo,

llegaría a puerto. Es cierto que escribo

desde el ocio y el whisky. Mis manos

tienden a pender desde el centro hacia la nada, mis ojos

van perdiendo, de manera inevitable

el punto de fuga de un horizonte en ciernes. Ya no hay himnos ni

cantos luctuosos de metralla en mi futuro, la vejez

con filodendros se construye cada día en las fronteras

de esta silla y esta pieza rebosante

de libros que no leo; no me matan

este fracaso elíptico y la forma en que mi vida

ha pulido mi presente en esta roca blanda

como el talco. Duele

a veces el seguir estando,

pétreo y sin dinámica en los miembros, pero

tengo un sol para mis días y una estrella en torno

de la cual girar. Un nombre propio desgajado

de mi propia carne, y sin embargo, ya lo dije,

yo me canso mucho en este esfuerzo de la tierra,

me canso a cada instante —quizá debiera

dejar por un momento la sinapsis y los golpes,

dejarme estar echado sobre el banco de madera del Salón

Loisitschek y ahí esperar el cucharón de sopa vitalicia que el doctor

Hulbert endosó a los miembros de su Batalllón en Praga;

escurrirme como un líquido viscoso por los

bordes, los dinteles, los umbrales de las puertas, las

ventanas sobre aquellos patios ciegos en que el ghetto

alcanza en parte su total realización de cerco,

su fraseo marginal pendiendo

en la altura de postigos ya maltrechos

listo a caer sobre los cuerpos y escribir

sobre su piel cetrina la condena de colonia

penitenciaria al aire libre —las torretas de

vigilancia no pasan del

nivel del suelo en este caso: prejuicios

sobre la miseria que se arrastran

como niebla tóxica del centro a la

periferia de nuestras ciudades se

mantienen alertas ante el mínimo

gemido exhalado desde las

chabolas y cités, las villas

amontonadas en los cerros o esas casas

de fachada irregular entre las calles

húmedas y oscuras de la Europa novecentista. Es cierto, tiendo

a perderme en los meandros de mi texto —no puedo,

a ratos, seguirme ni yo mismo el paso; se acelera el

ritmo del poema, su ejercicio muscular aumenta y los

espasmos cardio-respiratorios llevan a la sangre fuera

de sus torrentes habituales: sudo entonces tinta roja mientras canto y los

tejados de arcilla crujen y se quiebran bajo el peso de la noche —el

Mitternachtsschütze, fundido en la sombra de un alero colonial,

siente el fresco aroma de la menta y el olor a pino joven del romero —disgresiones:

de su materia están hechos los senderos y bifurcaciones de la vida, en sus

vibraciones profundas se estremecen los recuerdos y la fibra de los sueños

se tensa como el cuero

de un tambor o la cuerda

en las manos del arquero —el alma

es también una tensión, una flecha o el dolor

de un miembro fantasma perdido

tiempo atrás en un terrible

accidente; tal vez el choque de la vida

con la realidad, un naufragio

sin sobrevivientes en cubierta, solo tú, que flotas

como Ismael después de Moby Dick en torno a las astillas

del bote en que una vez Ahab subió junto a su pierna sana

al tiempo que el espacio de la pierna ausente

se va llenando con el cachalote blanco, su presencia inmensa,

absoluta en las células y fluidos del obseso

que comanda el Barco del Infierno.



[Un respiro. El espacio

necesario para retomar el discurso...


El silencio después

del arrebato de ira...


El Fin del Poema, su


no-palabra —Gezinkt der Zufall,

unzerweht die Zeichen. Es cierto]



Es cierto, cierto, cierto. La ciudad

ralentiza su marcha y los flaneurs

despliegan sus cachañas por la calle.


Es el temblor

natural del cuerpo la brisa

que te anida el alma. Ay!

como corroe

las fibras los

músculos

bronquios

ligamentos. El alba

de la especie aniquilada —Ay!


que se esparce por la tierra baldía.

¡Mamuts! El oro prohibido

la paz del hogar los

retoños adorados la

mierda en el jardín. Las pulsiones

asesinas bajo la piel —un

rosario de artículos la

fama la fortuna los

dioses a tu favor la

fama nuevamente.


Este ocaso la vida su perspectiva única.


Los ajos cuelgan de nuestros

dinteles —se camina más lento entre las ruinas

los vampiros ­—¡ay, Harris!—

ya no vuelan como antes, solo cuelgan

del vitreaux que no se cae

la rejilla

que sostiene al vitreaux

esa faramalla gótica por Batman más que por

las novelitas dark que nunca entraron

a la Biblioteca Nacional, los metros

de la nuestra impasibilidad, los nuestros

metros­—, las ventanas

con postigos reforzados para no

caer por las aristas de madera blanca el aire

marino de Concón el viento beat los eucaliptos.


Todo se reduce a esta habitación, el daño

sobre el cuerpo el alma-espíritu los cuervos

los cantos de sirena los tsunamis; las lecturas

improbables de papiros que iluminen nuestra ronda.



martes, 6 de abril de 2010

Una ostentosa humildad: Whitechapel, de Camilo Brodsky

4/06/2010 09:04:00 p. m.

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Una ostentosa humildad: Whitechapel, de Camilo Brodsky

Autor: Carlos Henrickson

El ver las realidades en torno a la existencia social del hombre desde la perspectiva de estancos separados (su vida económica separada de su conducta individual, su ser social y situación dentro de la ciudad como patrimonio de ciencias, disciplinas y prácticas enajenadas cada una en su especialización), el considerar su realidad como una suma más o menos vacía de datos estadísticos o espectaculares, o bien, como una entidad regida por conceptos trascendentales absolutamente vaciados, son tareas que la progresiva enajenación técnica de una época condenada a la catástrofe casi ha llegado a completar. Las artes –ya condenadas a la muerte por nuestros académicos de vanguardia y aquellos que querrían llegar a serlo- quedan como prácticamente las únicas instancias para completar –aunque sea en un relámpago de visión- esa plena y conmovedora fantasía que ha llegado a ser la humanidad.

Whitechapel (Santiago: Das Kapital, 2009) de Camilo Brodsky (Santiago, 1974) toma una de las apuestas extremas que la poesía es capaz de hacer para mostrar su vocación de testigo de una época. Superando la pretensión de objetividad que intentó amarrar a las artes a superestructuras rígidas, Brodsky asume en el primer plano de su poética el retrato de una de las experiencias más palpables y obvias de enajenación, aquella que excede la razón y las reglas sociales básicas en su sentido más directo: el crimen que no tiene una aparente motivación mayor que el placer enfermizo de su perpetrador. El crimen en serie de Jack the Ripper o Andrey Chikatilo se vuelven, merced al aplastante contexto de miseria de los barrios obreros del Londres de finales del siglo XIX o a la no menor miseria ideológica de los últimos años del poder soviético, una cristalina síntesis visual de una sociedad moderna que asumió su necesario desarrollo a partir del consumo y reificación de las almas, los cuerpos y las conciencias bajo su control y administración. El seguro oficio escritural de Brodsky, eso sí, le permite evitar el recurso a una calma reflexión académica o político-estratégica, logrando la puesta en conciencia de un abismo ante el cual toda ciencia o estructura explicativa sólo responde en silencio. La distancia necesaria del investigador científico sucumbe ante una violencia que se impone sobre el frío observador.

las sociologías

el crimen opera como la hermética forma de mantener el silencio social;

un pacto total y absoluto donde todos observamos

desde las páginas del diario hasta que entramos

Matar

es tener la llave de una puerta

Es entonces mediante el trato experiencial más intenso que sería posible entrar al conocimiento real de la operatividad efectiva del crimen. El resto sería quedarse en el paroxismo de la lectura, en la cotidiana repetición de la eliminación mutua entre seres humanos, que termina llegando a la más abstracta repetición: la estatización vacía y puramente visual de la violencia. Ésta, un riesgo palpable para una poética de plena pretensión humanista, pasa a convertirse en un procedimiento permanente de provocación en la poética de Whitechapel, incitando al espectador a un rol pasivo de mero voyeur, entregado a sentir algún grado de reflejo del placer del perpetrador (y por esto, las referencias a Sam Peckinpah o a la cultura del jazz, marcadas por la marginalidad y lo irracional, cumplen un propósito final y no sólo decorativo). Es en este caso que el rol de la estética como normativa o umbral de lectura es puesto en entredicho de la manera más crítica en la serie de poemas bajo el título general de las versiones del silencio.

las versiones del silencio

esto podría ser acaso

la guerra poética o incluso

las poéticas mismas y sus artes

pero las poéticas son

exigencias ajenas

las guerras trámites

lo que importa son

estas versiones del silencio



En estos textos, el enfoque pasa al mismo reflejo especulativo de la poética, en que toda su historia de exigencias y licencias es presentada en la crisis más total, a partir de la mera proximidad de la representación de la violencia.

Esta contaminación de vaciamiento no podía dejar de perseguir hasta al mismo productor del texto. La figura del autor entra en este circuito de reflejos marginados mostrando su absoluta distancia con respecto al rol iluminista de educador de la humanidad. La serie las anotaciones al margen se propone en este sentido, situando a la obra completa como la bitácora de una investigación fallida en torno a la distancia abismal entre la pretensión iluminista histórica de las artes y la real situación de éstas en un mundo vaciado de proyectos trascendentes.

las anotaciones al margen

A la par de esta construcción

siguen su camino los días

sus sombras y matices

La hija crece un poco cada amanecer

Mientras él intenta reducir

su consumo de cocaína y la

periodicidad de las resacas

Este reflejo de un investigador bajo el yugo del fracaso (como Roquentin en La Nausée) guarda, entonces, un marcado mensaje político, mas en el sentido de una crítica radical de la posibilidad de algo así como un discurso político. El establecer un juego de referencias que abarcan desde el historiador Joseph-François Michaud hasta Ezra Pound, pasando por la serie de TV House M.D., aporta a esto la imposición de considerar a una frágil situación del autor dentro del circuito formal y establecido de producción y tráfico de conocimiento, invalidando cualquier utilidad de su bitácora para fines externos al mero y dudoso placer de la representación de la violencia social moderna. Esta intención de humildad, paradojalmente expresada casi como ostentación de un profundo fracaso, representa una de las fortalezas más altas de la poética de Brodsky, desde su primer libro Las Puntas de las Cosas (Santiago: Cuarto Propio, 2006), y la inédita La Canal (parte de cuyo texto puede consultarse en http://www.lasiega.org/index.php?title=Camilo_Brodsky), y pone a la seca letra de Whitechapel como uno de los libros más atrevidos e imprescindibles en un momento en que el discurso político sólito de los últimos 20 años naufraga en una mudez crispada o una glosolalia de conceptos vaciados por campos de concentración, crímenes de sangre o genocidios de la conciencia colectiva de países enteros por parte de tecnócratas seudoprogresistas.



domingo, 21 de febrero de 2010

Poemas de Camilo Brodsky

2/21/2010 12:07:00 p. m.

camilobrodsky.jpg


Frankenhausen, 1525


Hay una ronda de ácaros en mi garganta

esperando el fuego

Su ritual de paso es la hoguera;

otros prefieren las decapitaciones o los

empalamientos. Cualquier cosa que tranquilice

la bilis de los señores agitada,

indignación por la revuelta

absurda de sus pobres

Hay una ronda de ácaros en mi garganta

Silos donde el grano se comienza a corromper y las azadas

vuelven al lugar oscuro desde el que vinieron a estos campos.



El zelota piensa en la muerte y sus repercusiones inmediatas


Acaso moriré hoy —piensa el zelota

en medio de la renuncia que el fogonazo

podría convertir en heroismo.

Se toma el estómago. El dolor en el

costado casi lo dobla sobre sí.

Podría morir hoy —repite como un mantra.

El cansancio no le nubla el pensamiento.

Se ve el zelota, sin embargo, ejecutando

danza de lobos en el Friuli

cuidando las cosechas de unos campos que aún ignora

coloreados como cuadros de Van Gogh por el estío, y no percibe

ningún cuerpo dando un golpe seco

contra el suelo y la arena

roja.

Morir —piensa el zelota muy adentro de su

propio silencio— no es lo que quiero para mí en este día

jalonado por el viento en Galilea.




Julius y Ethel Rosenberg duermen sobre pálidas banderas


El cuello subido de ese abrigo que le

queda grande a todas luces

no impide que se cuele el viento frío que debiera

estar corriendo junto al Hudson ese día en vez

de escurrirse cuello abajo, desde la nuca

hasta la altura del riñón derecho. Julius

quisiera que esto solo fuera

otro malentendido, un embrollo más de

judíos perseguidos

por el sino kafkiano de la diáspora —los

lentes sin enderezar sobre el puente

de la nariz tienden a profundizar la

sensación de desamparo que transmiten las

fotografías de los diarios, mientras

unas manos demasiado

pequeñas para ese, su cuerpo de paso

desaparecen absorbidas por las mangas del

abrigo—. Julius espera aún cierta respuesta

lógica de parte del sistema y sus peregrinos

engranajes, aunque él y su bigote asisten

hace meses a la farsa de los tribunales y el

silencio de sus propios compañeros. Ethel,

por su parte, enfrenta con los ojos sumergidos en

silencio esta pública penitencia —su boca

pequeña de botón fruncida en un mohín

captado por la prensa amarillista, reja de

por medio entre su propia condena y la de

Julius, siempre más cercano a la corrección del

niño que no entiende su castigo, una cierta forma de

reproche que se basa en la inocencia sorprendida

por la dura mano adulta que le cae encima.

Ethel quieta saca con un leve movimiento el cielo

que amenaza con caer rompiendo el

límpido binomio de sus ojos; Tesla no creemos haya

nunca imaginado a la corriente alterna

expresarse con espasmos en el cuerpo de una

joven comunista en Nueva York, menos

aún la resistencia que la pequeña humanidad

ofreció al ingenio tecnológico con que La

Muerte se buscó lucir esa mañana.

—fueron tres las

descargas necesarias

para acallar el silencio

eléctrico de Ethel. A Julius

lo han freído unos minutos antes y el

penetrante aroma del amoniaco que

se cuela en cada espacio de la sala busca

atenuar el olor acre de las

heces y la orina que

escurrieron desde el cuerpo

tras la descarga y el temblor—

Ahora Julius va perdido sobre su mirada y Ethel

recoge el dobladillo del vestido verde que se ha puesto,

cubriendo el cuerpo humeante tras la ejecución. Sonríen

sobre el cielo del país que acorraló sus cuerpos y la

noche neoyorquina va esparciendo por el Bronx

cenizas de libros quemados echadas al viento.



Ulrike mira con los ojos entornados al zelota


Atrás queda el Deutsche Herbst con su

ruido de hojarasca a punto de descomponerse y los

MP5 traqueteando por las calles alemanas.

Ulrike mira con los ojos entornados al zelota, y este

se pregunta en su delirio de centurias si la fiebre

lo ha llevado demasiado lejos esta vez. Las

puertas de la cárcel de Stammheim los separan del

tráfago de ruido y acerrín sobre los vómitos y el tiempo.

Es todo una película que corre en blanco y negro

Mareado con las voces que lo sitian en germánico el

zelota ya no entiende las complejas filiaciones que lo

unen para siempre con la Baader-Meinhof y su suerte.

Entiende, sí,

de la sangre el mecanismo que la

multiplica por las calles

en Berlín en Galilea, o a la

vuelta de una esquina en los ‘70

en Santiago o Buenos Aires.

El zelota sabe de esa fuerza

que ha perdido toda dimensión:

es el salto y el terror al salto, el juicio

sobre el salto motivado por el miedo a darlo y la

inmovilidad de la cabeza que después

asiste al vuelo por los aires de fragmentos

craneanos y un montón de camas sin hacer

voluntades disparadas al espacio en un

revoltijo de neuronas y clichés teóricos chocando

contras las paredes de la pieza azul del hospital.



Reflexión sobre el perro muerto en cada uno


Escueto el ejercicio de la vida y sus

manecillas. Hay un perro muerto en

cada uno, pero ahora solo puedo

pensar en el que estaba hasta hace un rato

boqueando apenas bajo un árbol de la Villa,

la Villa Galilea, a pasos de los

estacionamientos vacíos y los juegos

infantiles, al costado de la multicancha donde

juegan los volados con sus perros

muertos en la espalda y trotan las

familias con sus perros muertos escondidos

bajo el buzo y corren

nuestros hijos con sus perros

pequeños pero muertos de igual forma

entre sus baldes y pelotas

de polietileno azul.



Cabaret Voltaire


El compañero Presidente mira las adoquinadas

calles de Zurich desde la ventanita izquierda del

Cabaret Voltaire, como a la espera de que Lenin

pase por la vereda del frente, tome asiento y continúe

la partida de ajedrez dejada abierta ayer nada más

por petición de Hugo Ball, que fue corriendo a apagar la

cafetera prendida al interior del local. El compañero

Presidente parece ido, transportado sobre la mirada

que echa así como al descuido sobre el exterior manchado

por la nieve y los charcos de barro que los primeros autos

van dejando entre los adoquines. Allende —el compañero

Presidente, sí, el mismísimo— quizás pregunta al silencio

invernal de Zurich si su propia vida no fue acaso una intervención urbana, un

montaje dadaísta sito en La Moneda, con inesperados

vórtices caníbales arrastrando campesinos obreros y estudiantes —¡Adelante!

en la algarabía decontruccionista de la performance ejecutada con

delicioso gusto y fatales consecuencias. En este punto es quizás posible

que el compañero Presidente visualice el rol

duchampiano que cumplieron los exégetas

de la profecía autocumplida del fascismo y la revolución —por un lado

enunciando la inevitabilidad histórica de su propio aniquilamiento y haciendo

de este modo posible su concreción; por otro,

connotando y designando los procesos solo

nominalmente y esperando con esto cristalizar

—demiurgos del materialismo histórico encerrados

en su propio Gran Vidrio— el proceso en sí,

haciendo de la política gesto y ya no

acción. Es posible también que el compañero

Presidente —Allende o “Chicho” para la izquierda

confianzuda— simplemente deje que se vaya el tiempo

entre las cucharadas de azúcar cayendo en su taza, o que prefiera revisar el bolso

de mano que cuelga de la silla en busca de cigarros ­—un vicio que

lo acompaña desde poco antes de esta forma extraña de vivir la propia muerte,

pero que le complace en lo más íntimo de su dicotomía de doctor y revolucionario

que mira el devenir de un mundo. No el suyo, necesariamente; sólo un mundo

cualquiera, que va pasando ante sus ojos de mártir sin pasta para serlo, que se

desarrolla de manera previa a su muerte digna de luchador social y compañero, que no

adivina todavía su futuro de estampita religiosa, su perfil serigráfico en alto contraste

/adornando todas

y cada una de las marchas a los cementerios de su patria —procesiones en

sentido inverso al recorrido del poder: de los nichos empotrados en los

muros de la necrópolis no se marcha hacia las Alamedas, sino desde estas a las tumbas,

devenidas en hogar natural de las ideas del compañero Presidente, que insistimos,

puede estar tan solo echando un ojo —casi de jubilado, podríamos decir—

sobre la pelusa de nieve que comienza

a caer en torno al Cabaret Voltaire.



Camilo N. Brodsky B. (Santiago de Chile, 1974) Licenciado en Estética e Historia del Arte por la Universidad Católica de Chile, con estudios en Literatura y Lingüística Hipánicas en la misma universidad y de Magíster en Historia y Ciencias Sociales en la Universidad Arcis.

Ha colaborado con diversos medios escritos, como el diario La Nación y las revistas Patrimonio Cultural y Mapocho. Sus textos han aparecido en publicaciones impresas y electrónicas tanto en Chile como en el extranjero, aunque ninguno ha tenido mayor repercusión, para ser sinceros. Trabajó como investigador y redactor de las secciones de literatura, filosofía, artes e historia del sitio www.memoriachilena.cl, dependiente de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM).

Fue redactor, subdirector y director de revista Surda, además de ser editor del suplemento cultural de dicha publicación, Párrafo Izquierdo. En 2005 obtuvo la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y en 2006 Editorial Cuarto Propio publica su libro Las puntas de las cosas, siendo actualmente director de la colección de poesía de dicha editorial chilena.