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lunes, 21 de junio de 2010

Ventana Abierta [escrito por Christian González Díaz ]

6/21/2010 10:15:00 a. m.


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Ventana Abierta


¿Qué hacer? Caminamos, los que podemos hacerlo. Se arrastran otros. Vuelan los más afortunados. Más a la altura de nuestros ojos siempre se divisa una Ventana Abierta. Encontré primero lo que señala Cristián Gómez O. de The University of South Dakota, sobre la antología de estos veintiocho poetas de la generación que cruza los paralelos; se desfila por ellos desde los E.E.U.U. hasta el sur de la isla de Chiloé en el Chile contemporáneo, lejano y propositivo de lo realizado por las generaciones que siguen a esta, que nos presenta Julián Gutiérrez en Fin de Siglo, nueva poesía chilena de los 80. Gómez dice “que de acuerdo a lo que él mismo (Gutiérrez) señala en el prólogo, pertenecen a la generación del '87, aquella que tendría ciertas coincidencias no sólo etáreas (todos nacieron en la década del sesenta, salvo Isabel Gómez, 1959), sino también, tal como lo plantea el propio Gutiérrez, citando a su vez a Jesús Sepúlveda, una “cierta pertenencia a una visión de mundo, una sensibilidad, un lenguaje y una formación relativamente similares”. Luego leí el aporte que señala la poeta chilena de San Bernardo Anita Montrosis, que nos dice: “que toda antología sin duda es un aporte ineludible para la memoria de las letras. De Armando Roa a Víctor Hugo Díaz, de Isabel Gómez a Leo Lobos, el antologador une a 28 autores de la promoción Post-87, nacidos entre 1959 y 1967, que comienzan a publicar a partir de 1987. Este libro es una muestra poética situada en la posmodernidad”. Anita abarcó otro segmento que aparece en la antología, dando valor a las letras de presentación del libro que ahora navega entre mis horas.

Después de leer lo expuesto y comprender que, de todo, por más lejano que parezca en la retórica, podemos encontrar una ligazón que permita unir lo que en principio se dice no unido. Voy a comenzar por establecer que los comentarios que se vienen, responden a dos arbitrarias conclusiones que se han ido formando entre conversaciones, los paseos por el barrio Lastarria ahí donde se emplaza la sede de la Editorial Ventana Abierta en busca de este libro. La Editorial y el trabajo sistemático de Gutiérrez permite a los lectores, a los amigos interesados en las letras que emergen del Chile literario, formarnos desde este universo a la realidad que percibimos y situarnos en el escenario de los poetas que anteceden la generación a la que pertenezco. La primera conclusión responde a las críticas de Cristián Gómez y Anita Montrosis, que se refieren arbitrariamente, como la antología y en general las conclusiones que uno desarrolla en la vida, a los aspectos que logran encajar de manera cariñosa en el mundo adquirido por las horas de lectura, el recorrido y el encuentro con estos personajes que forman parte de la antología. Ellos, han elegido mencionar a una parte de los poetas, por las razones que a cada uno le corresponden de acuerdo a su experiencia. Yo buscaré, y con ello aparece la segunda conclusión, mencionar la poesía de aquellos que han compartido conmigo el viaje, entregándome un portal al universo que ellos componen y dándome notas claras respecto a la búsqueda y la presencia. Señalo entonces que la razón de esta crítica, busca aumentar la invitación a la lectura de esta obra antológica, y en lo general, potenciar y espaciar de manera armónica la presencia de estos autores en la referencia que poseen las generaciones que siguen laborando en el legislar del universo.

Es así como comprendo, vivo y recuerdo. La voz del poeta transforma direccionalmente las sensaciones hacia un orden, orden en el cual “la Palabra” gobierna al pueblo, y es ella, y no el discurso quien interfiere en el pensamiento humano. Conversas en silencio. Algo fluye desde tus pupilas. Tal vez lo infinito de mi lenguaje. Así comienza el primer recuerdo del tripulante pasajero Francisco Véjar, (1967). Su poesía que es también la palabra, señala desde el comienzo de CAPÍTULO DE NOVELA, su pertenencia, su búsqueda, el conocimiento de un estado no real, el cual no podemos alcanzar para confirmarlo. Pertenezco también a esta ciudad, creo en la ficción que encarna, el sueño de alguien que no se reconoce y se busca incesantemente en los espejos… Pertenezco a esta ciudad, mas algo nos une y separa del abismo – de cuartos vacíos y sombras que se encuentran un instante en lo que está más allá de nosotros. Posee Francisco Véjar, un incalculable archivo de imágenes y experiencias que hacen de su poesía una estación permanente para los lectores que han de encontrarse con su obra. Los lugares son comunes para quienes se encuentran con sus letras, el metro, el autobús, el Austin-Mini, van situando un viaje que nos permite estar presente en su historia. La estación Leopoldo María Panero, nos hace presente el viaje, el poeta que se recuerda en su necesaria reflexión, en sus necesidades, en la cordura y la locura señalada por los espectadores y pasajeros. Aquí dejamos lata de cerveza, colillas que se acumulan en ceniceros, cenizas que se acumulan en cementerios. Observamos el funcionamiento del camión de basura mientras el dipsómano vuelve urgente a la estación a beberse el crepúsculo Nevermore. Es tan bella la ruina, tan profunda que ni siquiera el tiempo nos puede destruir. Niebla en la calle Miguel de Cervantes, niebla en la estación Leopoldo María Panero. Disfruta Véjar del recorrido con sus personajes, les brinda homenaje a los que han de mantenerse distantes de los mercaderes de la inocencia, de la pobreza, de la hipocresía, de la falsa moral, común a todas las culturas tras el silencio de casi toda la humanidad. Mas del silencio rescata la posibilidad de platicar libremente con los vivos y con los muertos que ama.

Del mismo año, quien partió con “Piedras rodantes” en el mil novecientos ochenta y ocho. Malú Urriola (1967) denota en sus textos el placer que le provoca escribir. La realidad se hace lamentable pues estamos asistiendo, ante el silencio del mundo que no lee, a una masacre masiva, estamos siendo cómplices de la colonización del mercado, de la mundialización de los errores, y es la poesía que nace de la palabra de Malú Urriola la que coacciona para que esto se revierta y deje de ser el presente una película a la cual asistimos. Soy un sueño aberrante. Y por cargar este deforme destino he aprendido a desprenderme de las gentes como se desprenden las plumas de los pájaros, las palabras de las palabras y las hojas del viento. En el hablarse a sí misma como primera lectora denota su conciencia sobre lo infinito, su preocupación por los débiles y su mirada sobre lo trágico de su destino. Los gatos chicos a veces mueren apretados en el hocico de una perra y parece que juegan y mueven la colita pero se están muriendo. Hacen globitos con la sangre mientras la lengua arranca y el sol lúdico tironea su sombra.Cierro los ojos y me abandono al batir de sus alas, yo que no tengo, me conformo con escuchar el ruido del vuelo. ¿Escuchas? Son olas. Olas que se alzan para fundirse en un océano infinito, algunas se levantan como cabezas humanas en mitad del horizonte, si cierras los ojos puedes escuchar a una india cantar en mitad del desierto, y sin embargo la pasión bruta del alma enjuaga este aburguesado deseo de nombrar miserablemente hasta las cosas innombrables, el nombre del nombre, y amanece. Fui arrojada del infierno para adorar la belleza. Vibrante participe de la ciudad y de sus recovecos. Malú nos entrega una fotografía certera de lo necesario y apunta deslices sobre lo que no debería preocuparnos.

Punto aparte para referirme al poeta Sergio Rodríguez, (1963), que ha hecho de la pedagogía su campo de aprendizaje; las aulas, los recreos y las reuniones sus escenarios y experiencias. La manifestación de las letras de Rodríguez Saavedra urbaniza la imagen, haciéndola apta para todo público y a disposición de los transeúntes de ambas veredas. El poeta Raúl Zurita, Premio Nacional de Literatura escribió refiriéndose al libro Tractatus y mariposa, sobre la literatura de Sergio Rodriguez Saavedra: “Sencillamente magistral…,renueva la tradición del poema entendido como historia, como crónica, como testimonio, señalando un nuevo rumbo y una nueva mirada”. Decisión, cojo el lápiz como una abeja extraviada de la flor y me pregunto si el aguijón será de tinta o veneno. Sabe bien de ciudad y expresión artística, sabe de espacios y de necesidad, recorre la historia por las calles y pasajes, deja las avenidas para quienes disfruten del ruido, el smog y las multitudes. Reconoce cercana a su piel la indiferencia y restriega sobre su cuerpo la historia para desprenderse. Escribo memoria en este embarcadero cuando sus redes traen más frío del que podemos recordar. Queda solo el tejido de las barcas, el grito de Ulises llamando en vano a este perro ahogado en otro siglo. Rostros que hace tiempo parecen condición del pasado observan sospechando que trafique el vino amargo de los naufragios. De alto sentido y cadencia, Rodríguez Saavedra se muestra ante el espectador de sus letras en calma, desprendido de toda molesta interferencia al sentido, a la razón. Dejándonos conocer sus expectativas, entregándonos silencio en el minuto adecuado para permitirnos viajar con él en su conmovedor transito. Y PREGUNTAS QUIÉN SOY, el mismo que se desviste y descalza cada noche para amarte, que anuncia su llegada con el correo perdido, ese que tiene muchas cicatrices en el cuerpo y algo de sangre en el alma, que enseña a leer y escribir con mensajes de agua, el que solo aprende los rostros que quiere, guardándose los odios para otro día, que gusta del futbol y los libros, la mesa servida para los ausentes, que no te habla mucho porque siempre, quiere escuchar como rompes el silencio, un hombre formal, yo, Rodríguez Saavedra, Sergio.

Mirarse en el espejo y no ver por detrás, presentir que afuera anda libre un túnel que se tragó esta historia. La vieja pared de los conjuros, el tiempo olvidado en la caverna, al revés de esta imagen, como un hueco entre dos sitios. Sergio Ojeda Barías, 1965. Conoce el frío de Puerto Natales. Yo conozco de sus letras “Pedazo de mundo” que aparece en el fin y en el principio, como su primer libro. El valle agradece su nombre propio, no vaya a ser que después le cierren los candados del paraíso y todo sea una mariposa de neblina. Su brillante colaboración en revistas literarias ha sido quizás resultado del encuentro en sus años mozos, entre otros que no recuerdo o aún no conozco, con los poetas Mario García, Sergio Rodríguez, Leo Lobos a principios de los años ’80 en la facultad de humanidades de la Universidad de la Serena. Desde ese centro de estudios de filosofía y educación, Sergio Ojeda nos baña de su poesía, de rock, de su descontento y nos muestra un sinfín de iconos imposibles de confundir. De madrugada las palabras van mordiendo café, se aferran al mundo, son cristales que vuelven al líquido. La historia del hombre trae restos de verdad y llenamos la copa de recuerdo en desuso… En un acto de fe construimos diálogos acerca de todas las cosas y jamás dejamos traer la noche a nuestro dormitorio. Que sería del poeta si no luchara contra el entorno mezquino que lo rodea, que sería de él, si dejase la noche muda de lamentos, sin la música, sin las copas, sin el brillo de la botella vacía. Y más aún, como equilibrar ese mismo grito con el deseo mudo de las noches y en ese equilibrio acarrear multitudes, pedazos de vida que se apegan al cuerpo como una maldición. Sabemos que no existe nada peor que la indiferencia, retomamos una y otra vez las imágenes, las noticias, los colegas que llegan al cuarto piso ahí en la calle Amunátegui en el centro de Santiago de este Chile que acompaña. Sabemos por las letras de Ojeda que la ciudad no duerme, siempre está despierta esperando los oídos, los ojos y el palpitar de nuevos corazones.

Destapo el abismo bajo la cama, la frialdad entra buscando refugio. Cecilia Palma, (1962). Viaja por la ciudad con documentos, llega a sus lugares y deja su protección sobre la mesa para decirnos que tiene movilidad propia. Sabe de carretas y de la textura del cemento, escribe la tristeza de esta ciudad para propiciar nuestra conciencia. En una esquina deslumbrando a la muerte, observa las figuras que como sombras pasean por calles padeciendo de vida, vida fortuita y cansada, congelada en algún juego de la niñez. Enfrentada al miedo, escapa de los pisotones y de las circunstancias, para abrir un canal de comunicación y una estancia para sus letras. Calla dictador de la mordaza fecundo hacedor de censura, escapo de las paredes a buscar las últimas estrellas que no se rinden al sol, salgo a recuperar la pupila suspendida en el aire, a mi risa perdida en una esquina cualquiera. En su recorrido habla a las gentes, a los que ha conocido y ya partieron, a los que quisiera que estuvieran ahí, junto a ella, junto al manto blanco de la noche. Vendrás este invierno, lo sé, vendrás al final de la noche al acecho, tu obsesión de esa escritura, en esa imperfecta intención mencionada a la hora del té, persistirá, arrancará soberbios recuerdos en la clausura. Su preocupación por la historia, por los personajes que han sido importantes en su vida, clama con fluidez en sus versos, en su prosa, en su investigación, no dejando tiempo para que se apresure la noche. La pérdida es un abismo sobre la conciencia, un girasol que se deja vencer en invierno y la muerta un insondable al acecho de su propia fuga. El hombre sepulta sus escritos a la espera de su última noche.

A pesar de que es fácil encontrar referencias poéticas de Leo Lobos, (1966). me permito dedicarle este párrafo a mi amigo, un artista integral que viaja en la misión de reintegrar a las artes, en un nuevo lenguaje, en una nueva técnica. Constructor de lápiz de tinta, de carbón, de sueños; de pinceles de oleo, acrílico y de sangre; de acordes en mi mayor, en sol y en la. Su presencia no es extraña en esta Antología, tampoco en otras, Leo Lobos no es un extraño para el mundo, sus versos nacen en varias lenguas y su pluma hace los versos de otros en nuestra lengua, para comprender un poco más, para viajar. …mis dedos escriben en el aire hoja tras hoja en el árbol de mi vida, mis dedos escriben un sin nombre en el aire de estos días. Sus letras acampan a la orilla del camino, atentas a los paseantes que se deslizan por la arena y se quedan allí. el automóvil está poseído por la fuerza de los animales que le habitan como un carruaje tirado por caballos, sobre piedras húmedas de un pasado verano, Río de Janeiro aparece de repente como la secreta forma que el atlántico deja ver desde sus colinas de azúcar. Conocedor de la necesidad del nuevo hacer, inventa tiempos para los encuentros, para los resultados. Leo Lobos construye puentes que cruzan los océanos, invierten la tierra, invita a participar de la ronda indispensable. Un idioma a la vez fascinante, a la vez misterioso y conocido, oír e ir en su música, en sus luces y propias y universales sombras, fotografiar, por tan sólo un segundo, fotografiar con su mirada los perfiles de ser posible, flotar dentro de la sala como un pájaro en la tormenta. Referente de las nuevas generaciones por su interés en integrar a los artistas con las artes, a los amigos con los más amigos, a la historia con la verdadera historia para cultivar nuevos sueños y presentarlos en el escenario de la ciudad, de esta ciudad y el resto de las ciudades. Leo Lobos es un acuñador de esfuerzos, de anhelos e inquietudes sobre el futuro de las galaxias. Las palabras son puertas que abren y cierran sus alas, las palabras son múltiples y contradictorias y poseen el ritmo del trote de un caballo en el pastizal. Sonido perpetuo, interminable llamado al infinito que resiste ante la indolencia de una sociedad injusta y se instala pues no dan lo mismo los futuros. Un día viene después de otro día, y para mí, un día nunca es un día cualquiera, son estas las responsabilidades de ser en un paisaje desierto de humanidad.

Antes de terminar esta reseña deseo insinuar a una parte de mi pueblo, la lucha incansable de los tiempos ancestrales, pues está presente en la poesía de Jaime Huenún, (1966). Un baluarte de los tiempos y los espacios más desconocidos, más enriquecidos por la historia y a la vez más abandonados por el mercado y los caprichos. La poesía es lo que escribo, el agua sobre el agua, me dije contemplando el rocío de las hojas. Huenún nos entrega las ceremonias del amor, el fogón encendido, los pasos del purrún, y toda esa desconocida que se hace conocida con sus letras. Como sombras de lluvia hemos pasado por la amarga tierra de los brujos. La luna se enlutó sobre la nieve como sangre de Dios en las alturas. Y nosotros veneramos las alturas, es por eso que subimos a este monte. Cierra su hermano la serie e inicia el despertar de un nuevo espacio, al que están invitados todos ustedes, los lectores de este tiempo. He tenido la oportunidad de conocer a Jaime, he escuchado su protesta contra la barbarie de los gobernantes y sus fuerzas, hemos bebido café frente a la cordillera y hemos vaciado copas en compañía de otros amigos, gracias a la invitación del músico de Killa Antay, Patricio Pizarro que ha dado acordes a sus letras, las ha transformado en una nueva expresión de arte, un disco de poesía musicalizada e interpretada desde la plástica. Allí se encuentran los poetas José María Memet, Sergio Rodríguez Saavedra, Cecilia Palma, Leo Lobos, Jaime Huenún y quien escribe, haciendo al ritmo de este siglo, con la experiencia, sabiduría y tecnología de estos días.

Todas y cada una de las letras vienen marchando para decirnos algo, todas provienen de una misma tierra aunque de lejanas galaxias del inconsciente consciente, contienen su sonido curioso de oídos que las escuchen, me quedo corto y creo también asumiendo el riesgo, que he dejado arbitrariamente fuera a otros con lo que me encontrado, no por astucia ni envidia, sino por el deseo de descubrimiento que viaja en este texto, que pretende dejar abierto el puente que entremezcle a los lectores con el cuerpo total de la visión de Julián Gutiérrez y está Ventana Abierta Editorial que contribuye al mismo fin, que se transforma en principio.


Christian González Díaz. Poeta, narrador y activista.

Más información del autor en: http://christan.gonzalez.googlepages.com/home



domingo, 16 de mayo de 2010

Camilo Brodsky: yo sólo soy la sombra del obús que cayó sobre celan [borrador y fragmento]

5/16/2010 03:14:00 p. m.

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yo sólo soy la sombra del obús que cayó sobre celan [borrador y fragmento]


I remember when this whole thing began:

no talk of God then, we called you a man.

(...) All your followers are blind,

too much heaven on their minds


Judas en Jesus Christ Superstar

Es demasiado tarde. No podemos ganar. Se han hecho demasiado poderosos


Abbie Hoffman en su nota suicida


Es cierto: yo también quisiera

escribir poemas de amor de vez en cuando

dejar que el cuerpo siga la deriva de los versos

mostrar la cara tierna del Rimbaud iracundo que debiera

llevar oculto yo también en un doblez de la camisa. Es cierto,

quisiera ir omitiendo en ocasiones las estelas de aire y los

remolinos apenas perceptibles de las balas, las trayectorias

que atraviesan el puente en el que estoy parado ahora

cubriendo mi cabeza de la lluvia y los peñascos

mientras se derrumban tras de mí las catedrales

tomadas por los campesinos;

Tlatelolco brilla como un sol azteca sobre Europa y el Mapocho

nunca fue cruzado por los tanques de la Wehrmacht. En su sitio

se elevan los cercos erizados de los campos

rodeando mis deseos de salir a respirar el aire de la costa mientras fumo

marihuana o me dejo

llevar por los impulsos primarios que me inspira la ciudad —correr

a los gritos por Mac Iver: ¡son todos unos locos culiaos! ¡son todos unos

locos culiaos!—. Es cierto,

también quisiera declarar mi libertad por medio de un gemido, pero asisto

al asedio de las fortalezas que iluminan los perfiles de sus edificios con el

brillo intermitente de millones de pantallas transmitiendo porno soft y

farándula, llenando los intersticios de mi cabeza agujereada, goteante,

vaciada de los contenidos políticos que gatillaron mis

sinapsis durante años. Yo tampoco

he salido del Horroroso

ni de las mazmorras que con cariñoso afán fui construyendo en torno

de los sitios eriazos que dejaban los muertos y la muerte del

propio asombro ante los titulares de los diarios, ladrillos de la urbe

amurallada de mi mente donde los pensamientos van dejando

volutas que se repiten

maelstrom hasta el infinito sin dejarme

salir, mi cabeza es a veces un disco

rayado y algún día quedaré adentro adentro adentro adentro mientras

el paisaje gira alrededor y aumenta la velocidad de sus revoluciones

hasta convertir en manchas de color informe lo que hasta solo un rato atrás

podía bien ser un árbol, el collar de un perro el perro mismo, no una mancha

no una mancha que gira en torno a uno y se disgrega

en partículas cromáticas

si algo como eso existe o es al menos comprobable

para la física. Es cierto,

que me embarga el cansancio de manera permanente, sobre todo el cansancio

del pasado, masticar por mucho tiempo un mismo y triste, reseco

pedazo de carne correosa, ya desabrida; pero uno es incapaz de soltar presa

sin pensar el hambre que vendrá después, cuando no quede nada entre los

dientes, cuando ningún jirón los separe, tensionándolos, incrustándose en los bordes

enrojecidos de las encías en retirada, doliéndose por anticipado

por esa carne ausente, esa única carne que hemos conocido y que nos cuesta

tanto escupir sin más y seguir camino, buscando otros pedazos

de carne, quizás

incluso alguna fruta

que suelte el jugo en nuestra boca

un sabor desconocido, que bien puede ser también veneno

cinabrio, alguna oscura y pesada sustancia narcótica que duerma

tus sentidos para siempre, barbitúricos botando al cuerpo

sobre piedras lisas de una lápida que anhela en

pesadillas sepia

ese pedazo correoso de carne seca, desabrida y muerta ya hace tiempo entre tus

quijadas y el calambre que las coje desde atrás por la

mecánica acción de la mascada —ahora espero

que se seque el liquid paper

sobre la hoja que descansa a mi lado y miro

de reojo el escote

de la flaca que ingresó al Archivo,

la pendiente descendente de sus tetas,

ya cubierta por el grueso

chaquetón de tweed que se ha puesto

tras llenar un par de fichas donde consta

su interés por algún ignorado

manuscrito de autor chileno

cuya tumba yace, sin lugar a dudas,

cubierta por más polvo que el acumulado

sobre las bobinas de microfilms donde el Estado

guarda las secretas notas de su obra, las

cartas a su madre que evidencian el Edipo

que lo atormentaba dolorosamente en sus

últimos días o solo

las anotaciones fragmentarias de aquella

novela experimental que anunciaba,

adelantándose a Joyce, un nuevo

paradigma narrativo que nunca,

sin embargo,

llegaría a puerto. Es cierto que escribo

desde el ocio y el whisky. Mis manos

tienden a pender desde el centro hacia la nada, mis ojos

van perdiendo, de manera inevitable

el punto de fuga de un horizonte en ciernes. Ya no hay himnos ni

cantos luctuosos de metralla en mi futuro, la vejez

con filodendros se construye cada día en las fronteras

de esta silla y esta pieza rebosante

de libros que no leo; no me matan

este fracaso elíptico y la forma en que mi vida

ha pulido mi presente en esta roca blanda

como el talco. Duele

a veces el seguir estando,

pétreo y sin dinámica en los miembros, pero

tengo un sol para mis días y una estrella en torno

de la cual girar. Un nombre propio desgajado

de mi propia carne, y sin embargo, ya lo dije,

yo me canso mucho en este esfuerzo de la tierra,

me canso a cada instante —quizá debiera

dejar por un momento la sinapsis y los golpes,

dejarme estar echado sobre el banco de madera del Salón

Loisitschek y ahí esperar el cucharón de sopa vitalicia que el doctor

Hulbert endosó a los miembros de su Batalllón en Praga;

escurrirme como un líquido viscoso por los

bordes, los dinteles, los umbrales de las puertas, las

ventanas sobre aquellos patios ciegos en que el ghetto

alcanza en parte su total realización de cerco,

su fraseo marginal pendiendo

en la altura de postigos ya maltrechos

listo a caer sobre los cuerpos y escribir

sobre su piel cetrina la condena de colonia

penitenciaria al aire libre —las torretas de

vigilancia no pasan del

nivel del suelo en este caso: prejuicios

sobre la miseria que se arrastran

como niebla tóxica del centro a la

periferia de nuestras ciudades se

mantienen alertas ante el mínimo

gemido exhalado desde las

chabolas y cités, las villas

amontonadas en los cerros o esas casas

de fachada irregular entre las calles

húmedas y oscuras de la Europa novecentista. Es cierto, tiendo

a perderme en los meandros de mi texto —no puedo,

a ratos, seguirme ni yo mismo el paso; se acelera el

ritmo del poema, su ejercicio muscular aumenta y los

espasmos cardio-respiratorios llevan a la sangre fuera

de sus torrentes habituales: sudo entonces tinta roja mientras canto y los

tejados de arcilla crujen y se quiebran bajo el peso de la noche —el

Mitternachtsschütze, fundido en la sombra de un alero colonial,

siente el fresco aroma de la menta y el olor a pino joven del romero —disgresiones:

de su materia están hechos los senderos y bifurcaciones de la vida, en sus

vibraciones profundas se estremecen los recuerdos y la fibra de los sueños

se tensa como el cuero

de un tambor o la cuerda

en las manos del arquero —el alma

es también una tensión, una flecha o el dolor

de un miembro fantasma perdido

tiempo atrás en un terrible

accidente; tal vez el choque de la vida

con la realidad, un naufragio

sin sobrevivientes en cubierta, solo tú, que flotas

como Ismael después de Moby Dick en torno a las astillas

del bote en que una vez Ahab subió junto a su pierna sana

al tiempo que el espacio de la pierna ausente

se va llenando con el cachalote blanco, su presencia inmensa,

absoluta en las células y fluidos del obseso

que comanda el Barco del Infierno.



[Un respiro. El espacio

necesario para retomar el discurso...


El silencio después

del arrebato de ira...


El Fin del Poema, su


no-palabra —Gezinkt der Zufall,

unzerweht die Zeichen. Es cierto]



Es cierto, cierto, cierto. La ciudad

ralentiza su marcha y los flaneurs

despliegan sus cachañas por la calle.


Es el temblor

natural del cuerpo la brisa

que te anida el alma. Ay!

como corroe

las fibras los

músculos

bronquios

ligamentos. El alba

de la especie aniquilada —Ay!


que se esparce por la tierra baldía.

¡Mamuts! El oro prohibido

la paz del hogar los

retoños adorados la

mierda en el jardín. Las pulsiones

asesinas bajo la piel —un

rosario de artículos la

fama la fortuna los

dioses a tu favor la

fama nuevamente.


Este ocaso la vida su perspectiva única.


Los ajos cuelgan de nuestros

dinteles —se camina más lento entre las ruinas

los vampiros ­—¡ay, Harris!—

ya no vuelan como antes, solo cuelgan

del vitreaux que no se cae

la rejilla

que sostiene al vitreaux

esa faramalla gótica por Batman más que por

las novelitas dark que nunca entraron

a la Biblioteca Nacional, los metros

de la nuestra impasibilidad, los nuestros

metros­—, las ventanas

con postigos reforzados para no

caer por las aristas de madera blanca el aire

marino de Concón el viento beat los eucaliptos.


Todo se reduce a esta habitación, el daño

sobre el cuerpo el alma-espíritu los cuervos

los cantos de sirena los tsunamis; las lecturas

improbables de papiros que iluminen nuestra ronda.



sábado, 6 de marzo de 2010

Para la sed de la muerte (Poemas inéditos de Ulises Varsovia)

3/06/2010 07:54:00 p. m.


Para la sed de la muerte

Selección (1979. Inédito)


Para la sed de la muerte

Escribo para la sed de la muerte

que acerca hacia mí sus temblorosos labios.

Ella me busca en mi propio interior,

la siento echar sus redes en mis noches,

y sueño con náufragos que forcejean.

Un poco el hombre son sus palabras,

y las palabras que arranco a mi vida

yo sé que no existen, se han muerto.

Murieron inmoladas por mi vida.

Todos los días la muerte revisa mi cuarto,

remueve, olfatea rincones y estantes,

se inclina implacable en mi viejo cuaderno,

y una por una devora las letras cautivas.

Ay, si mañana perdiera el sentido

de la poesía,

si de pronto sus claves secretas

me fueran para siempre extrañas,

¿qué podría ofrecer a la sed de la muerte?

Escribo con sangre para sus labios.

Escribo con furia de fiera acosada:

detrás de las huellas de mis palabras

escucho acercarse su olfato felino.

Moriría si mañana equivocara los rumbos.

Escribo para la sed de la muerte.



Ruidos del mar

El mar otra vez estrellando sus olas

contra el origen del sueño,

espantando con ruidos de espumas disueltas

el suave sopor de la noche.

Hay en su larga insistencia mensajes,

una voz repitiendo apotegmas

que quiere mi mente arrancar de su cárcel.

Este mismo sonido ancestral

estremeció el corazón del ser primitivo.

Tal vez en la edad del rayo,

en la edad de los dioses originales,

un hombre escuchó la conducta nocturna del mar

y veló las altas mareas conjeturando.

Pudo ser el lamento de niños ahogados,

o la cólera adusta de un dios ofendido

que aullando exigía tributos rituales.

Pudo ser simplemente un arcano,

un tenaz testimonio que nadie comprende,

algo que nos llama desde no sé dónde.

Y allí se quedaron las olas gimiendo,

hacienda crujir su alfabeto sonoro,

por miles de años indescifradas.

Hoy me repite su larga canción y vigilo:

mi sueño no puede aplacar su exigencia,

y continúo las luchas del ser primitivo.



La realidad de las cosas

La realidad de las cosas me envuelve

y no puedo cogerla.

Hay algo en mí que rechaza,

algo detiene o perturba las claves

que emanan del mundo y en mí se extravían.

Con mi corazón palpo volúmenes,

toco el transcurso del agua o del tiempo,

y extraigo un rumor inaccessible,

un agitado temblor de alas o labios

que asume temblando mi tenso instrumento.

Sé que a la tierra ha venido el reinado,

la monarquía del ojo que capta

el sutil movimiento,

las relaciones moleculares de la materia.

Pero yo veo más allá de lo medible,

en las lindes finales de la muerte y lo viviente.

La edad acumulada de la tierra,

el prístino aliento del mundo recién inaugurado,

el trajín de los pasos desnudos del hombre

depositando en el tiempo su heroica instancia.

Y no puedo coger, sin embargo,

los numeros que salen del átomo ciego,

la exacta dimension donde el espacio

será capturado por la arquitectura,

el origen de la lluvia y sus procesos.

Llevo en mi interior velocidades muertas.

La realidad de las cosas me envuelve

y no puedo cogerla.



Árbol de invierno

La lluvia su ruido atroz

anoche sobre los techos,

su lucha por alcanzarme,

su inmensa pasion antigua

por arrancarme del sueño,

su deseo de amor torrencial

haciendo vibrar mis vegetales cuerdas.

Obscuras reminiscencias

saltaron desde la lluvia a mi lecho.

En la aurora soy un árbol que camina

despojado en la rapiña del otoño.

Huyendo sin dirección mis raíces

se aproximan al imperio de la lluvia.

Una mano dice adiós a la distancia.

La titánica lucha del viento

acomete mi cuerpo desnudo,

sopla con furia en mis últimas hojas

desordenando mis resistencias.

En su amor desmesuradamente hostil,

en sus besos terribles que muerden,

detuvo mi vida sus pasos para siempre.

Ahora llegó de repente en la noche

su voz malherida a buscarme.

En la aurora hay una mano que me llama.

Soy un árbol detenido en el invierno.

Cazador de sonidos

Un relámpago venga a mi mente

y trastorne los hilos de la inteligencia,

rompa, desgarre sus fibras,

y arroje a un infierno de llamas

la pura medida de luz y equilibrio.

En el centro de un gran torbellino

de ideas convulsionadas,

al fondo de las desorientaciones,

perdido en las selvas espesas del alma

donde el número y la forma se extravían,

oh misteriosa palabra en tinieblas,

adoro tu sombría claridad irreductible,

tu ritmo arrancado al proceso invisible

de los crecimientos naturales.

Al corazón de tus letras dementes

que giran sin orden en el infinito,

a tus rutas de tránsito ciego

voy con mis manos desnudas tactando,

acechando tus felinos movimientos,

pleno de ardientes poderes que luchan

contra el orden implacable de la muerte.

Voy cazador de sonidos confusos

armando una trama de voces dispersas,

y mi dolor de tenaz sacerdote

oficia en la más abismal soledad

un rito de tenaces tentativas.

Y casi consigo seguir existiendo,

casi detengo en su vuelo impalpable

la insigne armonía, el conjuro.

Pero regresan mis manos vencidas

desde las profundidades,

no pudo mi mente encontrarse anulada,

desnuda de idiomas terrestres

en el tránsito abstruso de los apotegmas.

Muero, pues, de miseria verbal,

agonizo de hermosas canciones

que vagan sin rumbo en la amada tiniebla,

donde bajó trepidando mi vida

y no pudo coger las recónditas claves.

Ahora que venga la muerte a mi boca,.

No soy digno de amar la Palabra.

Soy esclavo de la ley y el equilibrio.


Rito otoñal

Una mañana de otoño me encierra

en su aliento, su densa humedad

donde tiritan de frío las hojas.

Siento caer a la tierra láminas muertas,

delgados tributos que entrega el follaje

para seguir existiendo.

Al pie de los árboles pego mi oido,

y escucho, escucho el tic-tac de la muerte,

su paso de danza ritual

extendida en el gran escenario silvestre.

Cuántas veces rodé en la hojarasca,

cubrí de amarillas insignias mi cuerpo,

besé enloquecido los mustios despojos

en un deseo salvaje por destruirme.

En un deseo de paz vegetal, de raíces,

desnudo de besos debajo del cielo,

cuando a la tierra acudí en holocausto

y el otoño no quiso llevarme.

Esta mañana de nuevo regreso,

acudo otra vez a mi patria en ofrenda,

y las hojas me miran sin entenderme.

Es que tal vez soy la muerte que pasa,

es que tal vez voy danzando en el bosque

y a mi paso la tierra recobra sus hijas.

Es que tal vez soy el gran victimario.

Ay, yo no sé lo que soy en la niebla,

yo no sé dónde están mis raíces,

yo no sé qué camino tomar

para cumplir con mi ciclo y dormirme.

Por eso esta fría mañana de otoño

que encierra mi vida en su gris envoltura,

he querido escribir estas líneas,

he querido buscarme por dentro.


Ulises Varsovia

Nací el 2 de julio de 1949 en Valparaíso, cuyo mar y sus tempestades marcaron definitivamente mi persona y mi poesía.

Estudié varias asignaturas humanísticas, y trabajé en tres universidades, tanto en historia como en historia del arte, al mismo tiempo que escribía poesía. En 1985 salí a doctorarme a Alemania, y como mi mujer es suiza, pude trabajar y quedar-me en San Gallen, ciudad en cuya universidad hago un par de lecciones.

He publicado 28 títulos de poesía, cinco de ellos en Chile, y tres dedicados a

Valparaíso, el último: Hermanía: La Hermandad de la Orilla, en Apostrophes

de Santiago (www.apos.cl). El libro más antiguo que he publicado es Jinetes

Nocturnos, de 1974, pero tengo otros inéditos más antiguos. En 1972 publiqué

un cuadernillo, Sueños de Amor, que circuló sólo entre amigos.

Me han publicado más de 70 revistas de literatura de todo el mundo, en varios idiomas, y repetidas veces, y estoy en numerosas páginas web.

En agosto del año 2006 salió a la luz en Sevilla, España, mi libro de poemas Anunciación. Ángeles y Espadas, publicado por la Asociación Cultural Myr-tos. Esta misma entidad acaba de publicar mi Antología Esencial y Otros Poe- mas (1974-2005), que incluye dos poemas de cada poemario publicado, es decir, 52 poemas "esenciales", y tres poemas de 12 libros inéditos, lo que hace un total de 88 poemas. Lo último mío aparecido es Vientos de Letras, también antológi-co, en colaboración con el poeta andaluz Alexis R. , editado por Myrtos.

De los 28 poemarios publicados, sobresalen Jinetes Nocturnos, de 1974/75 ,

Tus náufragos, Chile, de 1993, Capitanía del Viento , de 1994 , El Transe-

únte de Barcelona , de 1997, Madre Oceánica, Valparaíso, de 1999 , Mega-lítica, de 2000, Ebriedad , de 2003, y la Antología Esencial.

viernes, 19 de febrero de 2010

Revista de poesía Antítesis: Fuga de lo presente como gesto de actualidad.

2/19/2010 05:26:00 p. m.

antitesis.jpg


Revista de poesía Antítesis: Fuga de lo presente como gesto de actualidad.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Revista de poesía Antítesis número cinco, es la última entrega de un proyecto dirigido por Gonzalo Gálvez que constituye dentro del atiborrado panorama de publicaciones nacionales tanto en papel como digital, una propuesta innovadora en la medida que manifiesta dos intereses divergentes a lo que nos tienen acostumbrados durante el último tiempo, los medios de difusión y diálogo en el país; la mercantilización de la publicación y sus actores y por otra parte, la excesiva preocupación de la coyuntura, una atención desmedida a lo inmediato y fugaz, sustentado más en el slogan y escándalo que en el ejercicio mismo de escritura.

Por ello desde el 2006 el esfuerzo de Antítesis tanto en la constitución de la revista como en la publicación de plaquettes, cuadernos de poesía editados bajo el mismo sello y que incluye a voces como las de Luis Andrés Figueroa con “Una forma de huella en la arena”, Sergio Madrid con “El Esplendor” e Ismael Gavilán con “Raíz del Aire” persigue tal como señalan en la editorial de esta edición de primavera del 2009, proyectarse desde Valparaíso pero no en un sentido regionalista o con localismos chauvinistas sino como una manera de aproximarse desde un lugar/territorio (real o ficticio) como plantea Rodrigo Arroyo en su artículo dedicado a la poética de Eduardo Correa.

Este último es parte de los poetas revisitados por Antítesis y que junto a otras voces como las de Ennio Moltedo, Rubén Jacob, Renán Ponce, Virgilio Rodríguez y Alfonso Alcalde, Juan Luis Martínez o Waldo Rojas, constituyen discursos y voces de interés que han contribuido a crear un corpus pero con un trazo más largo y cito textual del prólogo de esta edición: “Antítesis no milita en las acaloradas discusiones de la coyuntura” por ello la fuga de lo presente la reconocen como su gesto más actual, de allí el nombre: “antítesis como contrariedad a la alta exposición que tiene hoy lo más inmediato y visible de lo que se está escribiendo, así como la que se da a las reacciones apasionadas de sus comentaristas”

Sin duda Antítesis en esos cinco números que llegó a entregar, nos ha permitido revisar el panorama no sólo de la quinta región sino observar desde ese territorio de ecos y no de voces como dice Correa en su entrevista titulada “Muerte y delirio en el Valparaíso de Correa”, las resonancias nacionales ajenas al ruido y las luces artificiales que distraen de lo que importa, la literatura.

En definitiva como lectores se agradece el esfuerzo y el brío de la publicación por no apostar a las masas y a la facilista inmediatez, sino que instando en todo momento a la reflexión en las líneas profundas de la creación, así lo demuestra esta edición que nos entrega una completa entrevista, lectura y selección de poemas de Eduardo Correa a cargo de Arroyo Castro y Rioseco Aragón, un dossier de Alfonso Alcalde a cargo de Cristian Geisse Navarro, que en el último tiempo se dedicara febrilmente a entregar una completa recopilación del llamado primer beatnik chileno. En poesía podemos revisar textos inéditos de Waldo Rojas “Círculo de Boj” y una carta a J.L Martínez escrita por Rubén Jacob y en traducción a Margherita Guidacci entre otros artículos de interés, que nos llevan a esperar la aparición de otros medios que al igual que Antítesis permitan como dice Gálvez: “un punto de encuentro entre creadores y lectores, un punto medio entre palabra creadora y reflexión, un halito por nadie, un viento”



jueves, 4 de febrero de 2010

CARTAS A PEPECHE

2/04/2010 12:51:00 p. m.

Juan.EMAR 39€

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RESUME : Consejera, musa e inspiradora, la destinataria de estas cartas, Alice de la Martinière (1902-1995) es una francesa que va a compartir gran parte de la compleja existencia del más singular y excéntrico escritor chileno. A comienzos del siglo veinte, en París, Alice de la Martinière es una joven modelo de alta costura de la prestigiosa Maison Lanvin. A causa del color y la suavidad de su tez, sus amigos suelen comentar que tiene piel de durazno (pêche), de ahí deriva el apodo (Pépèche) que nunca la abandonará. Escritas casi cotidianamente, entre 1947 y 1963, las epístolas que Emar envía a Pépèche constituyen un dietario, donde se plasman las ensoñaciones del creador, la cadencia de su ininterrumpida labor narrativa, su creación plástica, sus lecturas y reflexiones.
4ème DE COUVERTURE : Consejera, musa e inspiradora, la destinataria de estas cartas, Alice de la Martinière (1902-1995) es una francesa que va a compartir gran parte de la compleja existencia del más singular y excéntrico escritor chileno. A comienzos del siglo veinte, en París, Alice de la Martinière es una joven modelo de alta costura de la prestigiosa Maison Lanvin. A causa del color y la suavidad de su tez, sus amigos suelen comentar que tiene piel de durazno (pêche), de ahí deriva el apodo (Pépèche) que nunca la abandonará. Escritas casi cotidianamente, entre 1947 y 1963, las epístolas que Emar envía a Pépèche constituyen un dietario, donde se plasman las ensoñaciones del creador, la cadencia de su ininterrumpida labor narrativa, su creación plástica, sus lecturas y reflexiones. Juan Emar, Jean Emar (j’en ai marre), es el seudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi ( Santiago,1889-1964). Autor de Ayer, Un Año y Míltín (1935), de Diez (1937) y de Umbral, un palimpsesto de cinco mil páginas (édición póstuma). Pablo Neruda escribió: “Juan Emar […] se convirtió con el tiempo en un escritor poderoso y secreto. Fuimos amigos toda la vida. Silencioso y gentil pero pobre, así murió…”.
ÍNDICE

Introducción de Alejandro Canseco-Jerez
Testimonio de Pépèche

Cartas de Juan Emar a Pépèche

1947

p1

1948

p19

1954 – 1955

p29

1956

p35

1957

p95

1958

p177

1959

p269

1960 – 1963

p329


Estudio bibliográfico de Soledad Traverso
Bibliografía de Soledad Traverso
Lista de ilustraciones: Alejandro Canseco-Jerez

FICHE TECHNIQUE : Auteur/Autor: Juan EMAR
Titre/Titulo: CARTAS A PEPECHE
Reccueil et Prologue/Recopilación y prólogo:
Conception graphique couverture et interieur/Diseño gráfico portada e interior: Valentina Canseco-Jerez
Diagrammation numérique/Diagramación digital:
N° de Pages/Páginas: 450
Format/Dimensión: 160 x 240 ouvert/abierto 240 x 320
Impression/Impresión: recto quadri digital
Papier/Papel: offset ivoire 90 grammes
Finition/Terminación/: dos carré collé
Édition princeps numerotée/Edición príncipe numerada: de 1 à 300
Imprimeur/Imprenta: Imprimerie Pierron, Sarregemines-France
Achévé d’imprimer/Terminado de imprimir: Nov. 2007
Dépôt legal/Déposito legal: 11/2007 – N°2371
ISBN: 978-2-917042-01-4
Prix: 39 €
Frais de port France/Envío postal Francia: 3.70 € en lettre
Frais de port Europe/Envío postal Europa: 0.00 €
Frais de port Amériques/ Envío postal Amériques: 12.00 €

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martes, 2 de febrero de 2010

UNA POÉTICA DESDE LA MARGINALIDAD Y EL FRACASO: EL ESCUPITAJO EN LA ESCUDILLA DE ENRIQUE LIHN por Kristov Cerda Neira

2/02/2010 01:14:00 p. m.

Alpha (Osorno)
versión On-line ISSN 0718-2201
Alpha n.23 Osorno dic. 2006
doi: 10.4067/S0718-22012006000200008


UNA POÉTICA DESDE LA MARGINALIDAD Y EL FRACASO:
EL ESCUPITAJO EN LA ESCUDILLA DE ENRIQUE LIHN

A poetics from marginality and failure: Enrique Lihn’s
El escupitajo en la Escudilla

Kristov Cerda Neira*
Universidad de las Américas*, Facultad de Humanidades y Arte, Santiago, Chile.


RESUMEN

El artículo presenta una interpretación del texto El escupitajo en la escudilla de Enrique Lihn en el contexto de la crisis del paradigma moderno en la poesía chilena contemporánea. Se evidencia cómo, en este texto, el autor propone una visión irónica y marginal de la creación poética desde la experiencia del fracaso del lenguaje por designar otra cosa que sí mismo y de la disolución de las categorías totalizadoras de la poética elaborada por la modernidad literaria.
Palabras clave: poética, modernidad, posmodernidad, marginalidad, escritura.

ABSTRACTS

This article is an interpretation of El escupitajo en la escudilla by the chilean poet Enrique Lihn, in the context of the crisis of modern paradigm in the chilean contemporary poetry. It shows how in this text the author proposes an ironical and marginal vision of poetical creation from the experience of the failure of language to designate another thing but itself and the dissolution of totalizing categories elaborated by the literary poetics of modernity.
Key words: poetics, modernity, postmodernity, marginality, writing.


I. HACIA EL LUGAR DE LIHN EN LA POÉTICA CHILENA

Desde sus orígenes griegos, la reflexión sobre la estructura y la producción del texto artístico, que llamamos Poética, ha estado estrechamente vinculada a la teoría general del arte o Estética a través de la meditación sobre la figura del poeta o creador artístico, en general, y la relevancia de su oficio. La tendencia hacia el formalismo, presente ya en la poética clásica, relega progresivamente este tema a un lugar secundario respecto del análisis de los géneros y de la composición del discurso, paradigma que viene a quebrarse en el período romántico, cuyo énfasis en la subjetividad creadora viene a poner la personalidad individual como factor determinante en la constitución de la obra de arte.1 Esta reacción antiformalista en poética, continuada en el siglo XX por las vanguardias, determina el horizonte desde el que se autocomprende la modernidad literaria, de modo que –habida cuenta del fracaso del proyecto romántico de conciliar la revolución social con el heroísmo individual del poeta, supuesto profeta de los nuevos tiempos– el creador literario se halla, desde entonces, forzado a cuestionarse abiertamente sobre su lugar en la sociedad y sobre la función de su discurso; problema tanto más acuciante cuanto la literatura se ve prontamente desplazada por las artes de consumo masivo en el imaginario social contemporáneo.

Si, a su vez, estamos de acuerdo con el juicio, según el cual la figura paradigmática de la modernidad poética chilena es Vicente Huidobro (Pizarro 1994:21-57), hemos de asumir, también, que los rasgos que vinculan distintivamente la obra de aquél con las categorías estéticas que delimitan lo “moderno” se encuentran estrechamente ligados a su particular concepción de la creación literaria y a la hipertrofia narcisista del sujeto poético, resumidos ambos con precisión programática en el manido verso final de su Arte Poética: “el poeta es un pequeño dios”. Desde el período romántico los poetas se han venido concibiendo a sí mismos como seres de excepción, llamados a proferir una palabra absoluta, enteramente creadora, cuya singularidad radical le confiera al decir lírico un poder y un prestigio por encima del resto de los discursos de la cultura, de modo que pueda ocupar el lugar vacante de la palabra sagrada. Esta mitología de la “palabra esencial” mallarmeana, desarrollada ampliamente por las vanguardias, es reelaborada hasta el paroxismo en los textos metapoéticos huidobrianos, de modo que la postulación del creacionismo –cuyo corolario explícito es la inflación del Ego del poeta hasta asimilarlo al Verbo creador2 – no hace sino continuar, con diversas inflexiones y matices, la aspiración a la total alteridad que, según Octavio Paz (1987:18), caracteriza a la modernidad en literatura.

No obstante, tal exceso de confianza en los poderes con que la poesía inviste al sujeto creador no es compartido con la misma intensidad por las restantes figuras fundacionales de la poesía chilena contemporánea (Mistral, Neruda y De Rokha), pues persiste en todos ellos la tendencia a concebir el oficio poético como un decir de alcance universal, capaz de dar cuenta, globalmente, de todos los niveles de la realidad chilena e hispanoamericana y de hacer proposiciones sobre el sentido oculto o posible de esta realidad, desde una subjetividad, en muchas ocasiones, no menos abarcante y grandilocuente como la que campea en la producción huidobriana. Todos estos poetas se encuentran implicados por el proyecto literario de la modernidad, en la medida en que la alteridad deseada por esta se articula como el deseo de un orden social distinto salido de la crítica revolucionaria al orden imperante, o bien, como la concepción de un orden metafísico unitario anudado por la analogía (Paz 1987:65-114). El americanismo neorromántico, la pulsión cosmológica y el fervor revolucionario compartidos con mayor o menor énfasis por los grandes poetas chilenos y sus epígonos, indican la forma local en la que se concreta este proyecto así como, también, la vinculación de su horizonte con la ceguera típicamente moderna respecto de las contradicciones de la existencia, veladas por la fascinación narcisista del lenguaje poético consigo mismo.3 La emergencia de la antipoesía parriana en el horizonte de la poesía nacional contribuirá, por su parte, a disminuir la presión edípica que las figuras fundacionales ejercen sobre las generaciones siguientes de escritores, abriendo así la posibilidad de una poética que rompa con el personalismo y la grandilocuencia, para instalar en su lugar una subjetividad dislocada –que se sostiene precariamente en el absurdo existencial– más un discurso literario escéptico que se cuestiona constantemente a través del ejercicio humorístico (Lihn 1997:111). La singularidad idiosincrásica (casi idiolectal) del camino antipoético imposibilita, sin embargo, cualquier movimiento que aspire a configurar un campo de producción literaria compartido por un grupo o generación de poetas que aporten su individualidad situada a un derrotero común. Ello no impide que la demolición de los presupuestos estéticos de la generación de Huidobro por la antipoesía facilite a los poetas más jóvenes concebir una idea de su oficio a partir del rechazo a la fetichización del lenguaje y del Ego creador. Rechazo que se habría de lograr a través de la insistencia en la crítica de los recursos y las formas lingüísticas, así como en la recuperación de la experiencia personal, pero ahora fragmentada, condicionada por la precariedad de lo real (Lihn 1997:373).

Según Waldo Rojas (2001:28ss.), la promesa de una poética tal se hace realidad en el horizonte de la literatura chilena con la aparición de La Pieza Oscura (1963) de Enrique Lihn, cuya obra se caracterizaría de ahí en adelante por articular la conciencia, propia de los poetas del siglo XX, y por la exterioridad del lenguaje. Frente a la creencia moderna en un sujeto omnipotente que manipula las palabras de acuerdo a sus fines, el lenguaje se manifiesta cada vez más como un sistema que impone sus propias reglas al hablante, hasta el punto que la subjetividad queda constituida por aquél antes que darse como una instancia precedente y autónoma. Esta dependencia se manifiesta, también, del lado de la significación, en tanto las palabras no funcionan como entidades transparentes que presentan sin mediaciones una realidad extralingüística sino, más bien, como objetos opacos que imponen su lógica al horizonte de la experiencia y sólo, a duras penas, pueden ser sobrepasados en dirección de un dato puro presignificativo. El fracaso del lenguaje como herramienta de comunicación y representación del mundo –la objetividad resistente de las palabras– es comprendido por Lihn como la “nulidad de la palabra poética para romper e ir más allá del círculo de sus mismos significados, vueltos ellos mismos cosas, propiedades fijas de cada término... nulidad de la palabra poética para comprometer al poeta en tanto tal, y puesto que el hombre es uno e indivisible, nulidad para comprometerlo con lo real” (Rojas 2001:31), de modo que nos encontraríamos en presencia de una poética que –avanzando desde la magia y torrencialidad verbales de la generación de Huidobro– se hallaría en condiciones de superar el fetichismo lingüístico y el narcisismo poético en dirección de una visión desencantada del oficio.

Notoriamente, Rojas describe esta poética del fracaso o el desaliento que atribuye a Lihn apoyándose en ciertos enunciados procedentes de La musiquilla de las pobres esferas, de un libro posterior del autor (1969). Por lo que cabe inferir que, si bien en los textos contenidos en La Pieza Oscura (1963) dicha poética se encuentra realizada, alcanzaría su formulación más acabada en el texto ulterior. Carmen Foxley (1995:103), por su parte, ha señalado cómo en estos dos poemarios se inicia el intento del autor por renovar el espectro de la lírica nacional en contraposición con la tradición. Contraposición que se define por el cuestionamiento a los supuestos estéticos y poéticos de la modernidad, concretado en dos amplios gestos: ante la poética de la creación pura, una poética del reciclaje o la rememoración de los fragmentos de experiencia desechados por los discursos culturales hegemónicos; en segundo lugar, a la posición central asignada al sujeto por la modernidad, Lihn opone una subjetividad disociada e histriónica, atravesada permanentemente por la angustia y el descalabro existencial (Foxley 1995: 29-34).
El presente estudio intenta establecer el alcance de la mencionada contraposición entre la poética moderna y esta nueva poética formulada por Lihn a través del examen detenido de uno de los abundantes escritos metapoéticos del autor. “El escupitajo en la escudilla” (1969:73-78) pareciera ocupar un lugar secundario entre el conjunto de textos que en La musiquilla de las pobres esferas constituyen alguna forma de meditación sobre la poesía y el oficio del poeta. Foxley (1995:89), quien ve en la reflexión metapoética la característica principal del poemario, se limita a ubicarlo en la lista de los textos que tratan explícitamente el tema, pero privilegia en su análisis –como la mayoría de los críticos– las referencias a “Por qué escribí”, “Mester de Juglaría” u otros textos de expresa dimensión intertextual (Foxley 1995:95-100). Juan Zapata (1994:120-121), en cambio, examina con mayor acuciosidad el texto en cuestión, pero lo pliega a “Por qué escribí” de modo tal, que ambos aparecen trabados al interior de una peculiar dialéctica reflexiva en la que este último vendría a representar la expresión más acabada. Ciertamente, la comparación de estos textos opera en contra del que hemos elegido, por cuanto su forma aforística y su patetismo le confieren un carácter narrativo-confesional que pareciera agotar su significado, mientras que en los restantes poemas mencionados la complejidad formal y el “retorcimiento figurativo” (Foxley 1995:75ss.) articulan múltiples niveles de sentido que dan pie a interpretaciones presumiblemente más fecundas.

Con todo, hemos escogido “El escupitajo en la escudilla” en tanto que su aparente secundariedad a los ojos de la crítica y aún la rareza que –como veremos– presenta en el contexto del poemario, nos parece reafirman el rol gravitante que posee la marginalidad en la concepción poética de Lihn, tanto más cuanto el texto describe un horizonte de sentido en el que tanto el oficio poético como la relación entre escritura y subjetividad se conciben desde la experiencia del fracaso y de la exclusión, conforme a la lectura de Zapata (1994). Esperando que ello sea explícito, luego de una lectura e interpretación más o menos exhaustivas, intentaremos formular algunas sugerencias respecto de la situación polémica de este texto frente al proyecto poético de la modernidad. Tal situación se halla sumariamente representada –según creemos– por una afirmación sobre el creacionismo huidobriano que Lihn desliza en una panorámica de la poesía chilena publicada en 1969 por Casa de las Américas: “Nuestra propia definición como poetas puede surgir por oposición a su teoría… a través del examen del relativo y apasionante fracaso de esa teoría en la praxis poética del propio Huidobro” (1997:65).

II. UN "ESCUPITAJO" EN LA SOPA DE LOS POETAS

“El escupitajo en la escudilla” es un texto breve, escrito en prosa e impreso con caracteres distintos del resto de los poemas de La Musiquilla de las pobres esferas. El rasgo más llamativo, desde la lectura inicial, lo constituye la alternancia de la primera y la tercera personas gramaticales, de modo que el discurso se moviliza pendularmente desde la reflexión del sujeto textual sobre su propia situación hacia proposiciones referidas al poeta y a la poesía en general. Aparece, así, escindido en un texto de carácter confesional o epistolar en el que el hablante exhibe su desazón creativa y existencial –en una instancia dialógica introducida por la apelación a una segunda persona gramatical no bien determinada– y un segundo texto aforístico en el que se examina esta angustia como condición constitutiva del oficio poético. Como bien lo ha hecho notar Zapata (1994:121), estos cambios de perspectiva son indicios del descentramiento del sujeto textual –si no del “sujeto” sin más– que se intenta explicitar a través de la escritura y sobre el cual el texto (así como el poemario en su totalidad) vuelve, una y otra vez, con una insistencia tan obsesiva como disociada, generando un efecto de alienación que imprime al texto su especial patetismo.

La primera marca significativa se encuentra en el título, que denota una acción y un espacio señalados por su marginalidad social y moral: la escudilla es el recipiente que caracteriza en las tradiciones literarias bíblicas y orientales a los mendigos o a los monjes mendicantes, es decir, a quienes son excluidos por completo de la sociedad o se excluyen voluntariamente, incluso, de las relaciones de producción. “Escupir en la escudilla” representa, por lo tanto, un gesto de sumo desprecio y humillación que reafirma la exclusión en tanto indica que el alimento que corresponde al marginado (la escudilla es también recipiente de alimentos) son los desechos de la sociedad y –particularmente– sus desechos orgánicos. Lihn utiliza el sustantivo “escupitajo” de clara connotación peyorativa, no obstante la expresión aparece en el cuerpo del texto dos veces para sugerir a su vez una actitud de mínimo reconocimiento:

...jamás una comunicación nunca un saludo de cumpleaños, ni la menor señal de vida en común, ni un escupitajo en mi escudilla (1969:73).

Que alguien se ponga en su pellejo: un escupitajo en su escudilla (1969:74).


Ahora bien, la decisión de titular de ese modo al texto en su conjunto significa, en primer lugar, que aquel es concebido como señal ínfima de reconocimiento ante la comunidad aludida en el texto, la “cofradía” (1969:73) de los poetas, pero que a su vez es una mueca de desprecio, de distanciamiento, en tanto sólo se permite un escupitajo, no una obra mayor, sino un desecho, un texto breve y marginal. El título dice relación, en segundo lugar, con la concepción del oficio poético, que se propone, así, como una palabra fracasada, impotente y desechable, “una acotación en sordina, una mera idea que da su paseíto nocturno” (1969:76). Del mismo modo, como el escupitajo sale de la boca como una excrescencia sin valor, las palabras del autor que constituyen el texto salen sin sentido alguno, son detritus, porquería inútil:
Estoy lejos de querer significar algo. Escribo, porque sí, no puedo dejar de hacerlo. Escritura de nadie y de nada... (1969:73).

Nos encontramos de lleno en un discurso que subvierte la imagen tradicional de la creación poética, que descansa en la concepción implícita, según la cual el lenguaje sería vehículo de expresión de una subjetividad demiúrgica que escribe para registrar y comunicar los estados de su espíritu. Esta concepción supone que la escritura, en tanto conjunto de signos, debe referir algo externo a sí misma, debe articular la significación en torno a un objeto del que se dice (escribe) algo y esta proferición debe, a su vez, designar el lugar de un sujeto, de un hablante (escribiente), que intenta comunicar algo. El texto de Lihn, sin embargo, alude a la condición intransitiva de la escritura, su incapacidad estructural para remitir a algo fuera de sí misma o –como lo enuncia en su entrevista con Marcelo Coddou (1989:164)– la “catástrofe” psíquica que genera la incapacidad del lenguaje de acceder a la verdad. La escritura no significa, no supone una intención o un motivo previos, ni siquiera un sujeto-autor; antes bien, se vuelve sobre sí misma y en este volverse instituye el espacio en el que emerge el sujeto-escritor. (Barthes 1994: 23-33). Esta constatación, que es la experiencia sobre la que se sustenta todo el texto que aquí procuramos interpretar, se describe en términos de la impotencia para alcanzar con la escritura el objeto de deseo que se designa con la segunda persona a la que se apela y que pareciera corresponder a la “Poesía” apostrofada:

...adiós, quiero decir hasta mañana a la misma hora frente a esta espantosa máquina de escribir, poesía, será el acoplamiento carcelario entre tú y yo: seres hasta de cuyo sexo se puede dudar, me incrusto en este rincón a esperar el deseo (1969:73).

Te escribo, te escribo. No logro que ni una sola palabra se te parezca en lo más mínimo (...) No puedo decir que no te haya abandonado (1969:77).

Julia Kristeva (1999:102-106) señala que el mecanismo de la sublimación opera en la génesis de la creación literaria, en tanto el acceso al orden simbólico supone que el niño –en el momento de la crisis edípica– sustituya el objeto materno del deseo por el lenguaje, de modo que este viene a reemplazarlo también como objeto de goce. El artista inviste su obra con los excedentes pulsionales que restan de su encuentro con los objetos en los otros terrenos de su vida (social, familiar, profesional, erótico, etc.), a fin de preservar la envoltura narcisista del Yo de las crisis derivadas de esta energía pulsional no dirigida, cuya alternativa sería la depresión (Anzieu 1993:236). La constatación de la intransitividad de la escritura poseería, entonces, para el sujeto textual la tonalidad angustiosa de una crisis narcisista de segundo orden: en principio, el lenguaje habría funcionado como sustituto del objeto de deseo-madre, permitiendo así superar la angustia edípica y avanzar hasta el orden simbólico. En este proceso, sin embargo, la investidura del lenguaje por la pulsión instituye un fantasma que refuerza el narcisismo primario, la Poesía, que funciona en la tradición lírica bajo diversos avatares, todos ellos congregados en torno a una figura femenina con la que se mantienen relaciones eróticas ambivalentes.4 La sensación de éxito o fracaso al apropiarse de este objeto fantasmático, que dependería en gran medida de la estimulación temprana en la interacción del niño y su madre (Anzieu 1993:83-90), determinaría sujetos que alimentan su narcisismo a través de la obra –Huidobro nos sirve otra vez de paradigma– o bien, otros que reproducen la angustia edípica, ahora ya no dirigida hacia una madre inalcanzable, sino a la inmarcesible belleza poética. Lejos de aventurar una especulación sobre el desarrollo del psiquismo infantil del autor, lo que nos interesa es destacar, a través de la lectura psicoanalítica, que en el texto de Lihn se registra la experiencia de la ineptitud del lenguaje poético como objeto de (deseo y) goce; el acto creador es un “acoplamiento carcelario”, una cópula forzada, estéril, de ambigua sexualidad, cuyo único producto es el “escupitajo”, excedente seminal que no habrá de fecundar jamás la gran matriz de la Poesía.

Esta experiencia es el descubrimiento de la escritura como corporeidad (materialidad) que llena la fractura insalvable entre el sujeto y el objeto deseado. El fantasma “Poesía” es reemplazado por la aspiración al cuerpo (corpus) total de la obra, que no puede ser alcanzado, sino a costa de la muerte del escritor.5 La pulsión de muerte, antes que la de placer es el motor secreto de la sublimación que lleva hacia la escritura como sustituto para el goce narcisista (Kristeva 1999:102-103): Yo me deseo escritor, deseo mi escritura. Este movimiento autoerótico –al que Lihn alude más adelante al hablar del “masturbatorio” como habitáculo del poeta (1969:74)– es el que constituye la obra. La obra nace así bajo la égida del fracaso y de la repetición incesante: mi escritura no me pertenece, se me escurre entre los dedos, debo recomenzarla una y otra vez para reproducir ese goce tan efímero como vacío (Blanchot 1969:20).

Los poetas son, pues, mendigos. “Peor que mendigos. Nos reducimos a la mendicidad” (1969:73), recolectando los desechos discursivos de la cultura para producir sus propios y contingentes dispositivos de goce (Foxley 1995:96). La marginalidad mendicante, sin embargo, es una elección, un acto de autenticidad que se contrapone a cierta escritura inauténtica que se pone al servicio de los discursos hegemónicos de la cultura:

...o será que sólo yo he tomado en serio mi oficio. Bien pensado, veo a otros miembros de la cofradía –jamás una comunicación nunca un saludo de cumpleaños, ni la menor señal de vida en común, ni un escupitajo en mi escudilla– ocupar altos cargos o, en su defecto, abrirse de brazos y de piernas a escala nacional, continental o mundial. Mientras yo, a fuerza de desvivirme, quizás llegue, pero nadie me lo asegura, a sacar de pronto, en lugar de la lengua, la palabra lengua (1969:73-74).

El poeta se margina, también, respecto de sus pares, de la tradición nacional-latinoamericana de los poetas-diplomáticos, poetas-comprometidos, o el sinnúmero de poetas que en algún momento de su vida han creado obras ad usum delphini.6 La exclusión, por lo tanto, es radical. Marginalidad social que no transa con ninguna forma de poder, ni siquiera el poder estatuido por la comunidad letrada; el poeta es un “infeliz” (1969:74), un “intocable” (1969:75), su lugar es el del paria exterior a todas las clases. Esta caracterización invierte el sentido de la aspiración de la poesía moderna a la alteridad: esta ya no se concibe como la novedad absoluta o el decir sagrado, sino que se realiza como exterioridad respecto de los discursos y del poder instituido, ubicada no en un afuera absoluto –lo que sería otra forma de sublimidad (Rojas 2001:33)– sino, más bien, en un camino oscilante (Foxley 1995:31) a través de los intersticios que se abren entre uno y otro discurso dominante:

Su camino es el de la cuerda floja, pero siempre ha sido prudente: transita con pie de plomo entre uno y otro extremo de la noche. No zigzaguea, porque está borracho (1969:74).

Sé que grandes problemas tiene al mundo ocupado como a una letrina. Lo harán estallar, la mierda llegará al cielo, y no me obstino. Esta no es más que una acotación en sordina, una mera idea que da su paseíto nocturno, despavorido, entre uno y otro basural (1969:76).

La marginación del poeta alcanza, en la descripción del texto, ribetes paranoides. La incapacidad para tratar con las palabras como herramientas de comunicación y la exigencia de distanciarse de los discursos de poder arrojan al poeta a una soledad angustiosa, “carece de sentido del humor”, “lo eriza el exceso de familiaridad” (1969:64). Esta soledad no se corresponde, sin embargo, con cierta estética espiritualista de la incomunicabilidad, cuyo origen se remonta a los Diarios de Pavese (1992), y que fuera explorada cinematográficamente por Antonioni. Se trata de una condición existencial, casi carnal, que se compara con la del anacoreta, ante quien el mundo y el otro aparecen como fantasmas peligrosos, simulacros de una felicidad inalcanzable en este orden de cosas. La marginalidad del poeta se acerca peligrosamente a la alienación: la opacidad del lenguaje que nos dificulta la comunicación, esa fascinación impotente que es el reverso de la fascinación demiúrgica de la vanguardia o del onirismo desatado, incapacita para acceder al otro. El Eros que se ha vaciado sobre el lenguaje en la sublimación, al descubrirse impotente, reaviva el temor a la castración –la “desgarradura” (1969:75)– transmutado en la pérdida absoluta del contacto con el otro debido a la impotencia del lenguaje-órgano/falo simbólico (Kriteva 1999:151):

Él es un fraile, él es un fraile. Dondequiera que vaya estarán el gran desierto, las tentaciones. Nunca seres de carne y hueso a los cuales estrecharse en los momentos cruciales: eyaculación, ternura, muerte, nada más que fantasmas obscenos o los ausentes que le duelen o el mundo entero dejándolo pasar como un intocable (1969:74-75).

La castración-impotencia es el resultado del proceso de subjetivación, de la Ley, el poder social institucionalizado. El poeta –marginado y marginal– es sólo un residuo de sí mismo, materia desechable en el orden mundano, el orden del poder y de las relaciones sociales: “Objeto para los demás de uso efímero” (1969:75). La escritura se concibe, entonces, como rescate de los residuos, operación de reciclaje que intenta reconstruir una subjetividad evanescente, en fuga perpetua, que así puede escapar a las fijaciones castradoras de la Ley. Contra el sujeto omnipotente, el burgués productor autónomo –implícito en la poética moderna– Lihn esboza un sujeto en proceso, que resiste a la heteronomía social y a la castración por los múltiples dispositivos subjetivadores que también han encarnado –como una herencia indeseada– en el lenguaje que el poeta usa para hacer su cuerpo-obra, interminable como la travesía de este sujeto permanentemente descentrado:

Sujeto a todos los vértigos, a todas las náuseas, a todas las desgarraduras del sujeto. Sujeto a la antigua: educación religiosa, amor y odio a la familia, miedo a la vida, ideas fijas, obsesiones, alucinaciones. No es raro que haya elegido esta profesión, escribiente. Bajo el peso del mundo me desgrano, así parezco soportarlo mejor. Me escribo con minúscula, a renglón seguido, cada palabra es un obstáculo, etc. Casi todo lo que soy está por hacer (1969:75).

“Cada palabra es un obstáculo”. He aquí la paradoja del lenguaje: es la materia que permite la producción poética, pero que, también, instituye al sujeto en su dependencia del discurso social, se ofrece como objeto de deseo, pero se resiste al deseo, causa tanto goce como dolor e impotencia. La salida, si es que existe, es el trabajo de la escritura como descentramiento del lenguaje social; escritura como lenguaje-impotente que se opone (pero que, a su vez, trabaja desde) al lenguaje-poder. En la contratapa del poemario, Lihn menciona una “dialéctica de la nulidad y el poder” como mecanismo ambivalente de desazón y gratificación que se encuentra en la base de la relación establecida con el lenguaje en el momento de la creación de los textos. La capacidad de “escribirlo todo”, es decir, de disponer del lenguaje como una materia femenina, pasiva, que se deja hacer al arbitrio del sujeto, pero también la conciencia de “ese silencio que amenaza a todo discurso desde dentro”. Escritura dislocada, escritura de la imposibilidad de la escritura como piel transparente que deje ver tras de sí, o en sí misma, el resplandor del sentido. Antes bien, lo que la escritura poética hace ver es el reflejo del propio poeta, sus contradicciones, su mortalidad (Rojas 2001:33). Narcisismo de la escritura, narcisismo horrorizado del poeta que se enfrenta a sus miserias en este espejo oscuro que exhibe lo que debiera permanecer oculto, pues ofende a la Ley (al ideal del poeta demiurgo-pequeño dios), escritura impotente que, al exhibir impúdicamente su impotencia, se arriesga a la obscenidad:

Digo poeta, porque la palabra me suena a cosa vieja y gastada, casi como un insulto. Con esta trompeta rota nada puede anunciarse, ningún juicio. Servirá, a lo sumo, para descargar los pecados de un testigo de Jehová: la obscenidad del alma (1969:77).

La trompeta rota de la poesía es, desde el punto de vista de la Ley –y, por lo tanto, desde el punto de vista de quien se identifica con la Ley–, escritura obscena y delirante. Tanto más obscena cuanto el poeta mendicante se escribe a través de los residuos que ha tomado de la palabra social, ya no gracias a una inspiración poética que viene del más allá, ni a una idea única que se quiera comunicar, sino en la ausencia de pensamiento como condición de la creación: “Hay cabezas como esta. Deshabitadas y, en ellas, cierto tipo de pájaros, cucarachas...” (1969:76). Es decir, el devenir de una pulsión –pulsión de escritura, deseo del lenguaje– que engendra poemas como fantasmas, animales obscenos, marcas o huellas en el devenir miserable de este sujeto desengañado del poder de la poesía:

El poeta hablará de los animales que no figuran, por pudor de la belleza, en la leyenda de Orfeo. Y ellos, lejos de escucharlo, anidarán en él, serán parte de la obscenidad de su alma, de su trompeta. Todo es intolerable (1969:77).

El poeta en el margen; un Orfeo incapaz de hacerse oír por las fieras, víctima de animalejos que lo habitan como parásitos, así como la escritura habita el habla cotidiana y se alimenta parasitariamente de ella, citándola, transformándola, descontextualizando el discurso del poder, en fin, reciclando el lenguaje de la comunidad una y otra vez. El parásito es la imagen de lo marginal por excelencia, criatura despreciable que no tiene más vida que la que logra extraer de otro, se alimenta de los desechos e, incluso, del organismo de su anfitrión; es improductivo y, muchas veces, vector de enfermedades. Parásito es, también, el ruido que interrumpe o dificulta la comunicación, interferencia o redundancia que, paradojalmente –en tanto corta o distorsiona el sentido– abre la posibilidad de una ruptura creativa basada en el malentendido y en el montaje (Ulmer 2002:149ss). El parasitismo de la escritura es, con todo, una afirmación de la vida, un intento por montar el collage que es el sujeto, succionando el poder al lenguaje. Los poetas son, entonces, parásitos que viven sus escasas existencias a contrapelo en la economía de los grandes relatos históricos, residuos inútiles que sólo permanecen en tanto habitan fuera del foco de atención y sólo se vuelven visibles cuando el poder (las editoriales, los centros de conocimiento, las academias, la crítica, etc.) lo requiere

¡Sólo que –individuos de mi especie– el derecho a la inutilidad ha cambiado de precio! Si pudiéramos darnos el lujo de extinguirnos. La Historia, en cambio, nos economiza. Para los gastos menudos. Al nivel de los restos (1969:76).

En los párrafos finales del texto se retoma la apelación al objeto del deseo como objeto de la escritura. El poeta da cuenta de su incapacidad para conciliar su escritura con el objeto deseado, que bien puede ser la amada real y concreta o –como hemos sugerido– la poesía personificada. La escritura es una búsqueda, un deseo insatisfecho, pero también el riesgo de la pérdida definitiva, de la separación irremediable a la que el poeta se siente arrojado como consecuencia de su debilidad constitutiva. Cristo en la cruz se queja del abandono del Padre (la Ley, otra vez); en su agonía: el poeta –Cristo invertido– en su agonía miserable reconoce que él es quien ha dejado el espacio seguro y gratificante del Eros materno simbolizado por la fascinación del lenguaje (Blanchot 1969:26-27). Sabe, también, que la separación definitiva significaría el quiebre del orden simbólico, el poeta arriesga un paso en la locura:

No logro que ni una sola palabra se te parezca en lo más mínimo. Y para ponerte aquí, por tu nombre tendría que sacar fuerzas de todas mis flaquezas, prepararme para lo peor que una palabra pueda hacernos. No puedo decir que no te haya abandonado. Tendría que gemir, en realidad, en ningún huerto de los olivos como no fuera el huerto de la casa de los olivos, los olivos es la calle del manicomio (1969:77).

Ciertamente, la alternativa que ha tomado el sujeto textual no es la locura, sino la aceptación del fracaso y el trabajo de la escritura (Kristeva 1999: 140-141), pero ello no se verifica directamente en el interior del texto, sino sólo cuando lo tomamos en su integridad como un “escupitajo en la escudilla”; es decir, como sublimación de la crisis en la materialidad de la palabra impresa y –por lo tanto– como una forma de objetivar la angustia y sacarla de la escena consciente, como a un excedente molesto. La negatividad del deseo (pulsión de muerte), vuelta narcisísticamente contra el propio sujeto al constatar la impotencia de la palabra poética, se desplaza hacia el trabajo de la escritura, hacia la puesta en obra del lenguaje que –a pesar de todo– sigue siendo, de un modo irónico o distorsionado, poesía.

El texto se cierra haciendo cuenta de sí mismo como un episodio ominoso, un lamento injustificado que sólo hace patente la mala conciencia del poeta, su aparente costumbre de dudar de sí mismo y dejarse llevar por la desesperanza de un modo neurótico que sólo contribuye a reforzar su inseguridad constitutiva: “A un año de distancia, ¿qué he ganado con ello fuera de perfeccionarme en la culpabilidad?” (1969:77). Este “talento” no es exclusivo del poeta, sino, más bien, un rasgo de la cultura contemporánea. “Se cultiva a escala mundial”, hasta el punto de que llegará un momento en que el propio poeta deberá “bajar los ojos en señal de abyección”, es decir, ya no un escupitajo, sino el abatimiento y el desprecio por partida doble: desprecio del mundo y desprecio de sí mismo. La opción por la escritura se hace, entonces, al precio de una identificación (transitoria) con el orden de la Ley, que impone al discurso de la crisis un comentario desde el discurso social: el poeta asume su marginalidad como una lamentación injustificada, un lapsus de mala conciencia que, en cuanto se escribe, exhibe lo que debiera permanecer oculto a las miradas del público. Escritura obscena, por lo tanto, escritura al fin, en tanto escribir es rebelarse contra el orden de la Ley y representar lo irrepresentable: el deseo y el goce, las marcas (animales-grafías obscenas) que dejan sobre la hoja en blanco de la piel:7

Todas mis justificaciones no son más que otros tantos argumentos en mi contra. Ya me lo dijo un amigo de paso en una maldita esquina del boulevard Saint Michel. Le pareció que una lagartija me recorría el cuerpo. Era mi mala conciencia. Sumarle ahora el muro de los lamentos es algo rayano en la obscenidad. Es lo que hago (1969:78).

III. ¿UNA POÉTICA POSMODERNA?

La crítica ha destacado (Foxley 1995:29ss; Zapata 1994:230ss.) cómo la escritura de Lihn posee rasgos que la distancian o que se afirman críticamente ante los valores y discursos predominantes en la cultura moderna: el descentramiento del sujeto, la rememoración o reciclaje de los discursos excluidos por el poder, el distanciamiento irónico de los relatos fundadores de la cultura occidental, el fragmentarismo, etc. Si, a su vez, se examina la contraposición explícita entre la visión del poeta y el oficio poético que aparece en el texto que hemos interpretado y aquella esbozada desde el romanticismo que, según hemos sugerido, se traspasa a Latinoamérica a través de la figura paradigmática de Vicente Huidobro, es posible afirmar que –por lo menos en este punto– Lihn se sitúa en un espacio distinto de aquel delimitado por las categorías estéticas de la modernidad. El poeta como un ser marginal, un sujeto dislocado que se resiste a la subjetivación a través de la escritura; la poesía como una palabra impotente, residual, que no alcanza a colmar las expectativas del deseo, sino a costa de devenir otra cosa que ella misma: escritura irónica, obscena, que se alimenta de los desechos de la palabra social. Todos los elementos que surgen de nuestra lectura esbozan una imagen muy diferente del genio creador, cuya demiurgia se empina hasta proporciones divinas para crear un lenguaje absolutamente nuevo.

Se ha señalado cómo la condición de la poesía en la cultura posmoderna es la de rendir cuentas del ocaso del lenguaje, es decir, del debilitamiento de su capacidad para representar la realidad, mientras emerge su capacidad para presentar el silencio, el vacío ontológico o la indecible mortalidad como el lugar desde el que surge la palabra.8 Experiencia que se verifica en el texto de Lihn en tanto describe el descubrimiento de la poesía como un decir débil o impotente, privado de sentido, que se articula desde los márgenes de la representación y de la sociedad. La disyunción de instancias enunciativas (primera y tercera personas gramaticales), que indican tanto la disociación del sujeto como el devenir del propio texto un espacio de montaje de discursos heterogéneos, también, corresponde a las caracterizaciones de la formulación posmoderna del arte, que se tematiza desde la disociación esquizofrénica de lenguaje y realidad (Jameson 2001:46-52). Por último, la afirmación de lo marginal y de la dimensión parasitaria de la escritura –como cita o injerto desde y en los discursos de la cultura– así como también el carácter residual del sujeto, que deviene tal en el intersticio remanente entre los dispositivos de subjetivación y la resistencia (débil) del deseo, definen el ámbito típicamente posmoderno de la experiencia literaria, en el que la interioridad del escritor se define por el plegamiento o invaginación del lenguaje en ciertos puntos del texto social (Ulmer 2002: 125-163).

La crítica velada al posicionamiento de los poetas en las esferas del poder y el ascetismo que se impone como consecuencia necesaria de una soledad relativamente autoimpuesta, remiten igualmente a un cuestionamiento del lugar de la poesía, o de la literatura en general, respecto de las condiciones de producción en la sociedad contemporánea. El escritor ha perdido el prestigio social que se le arrogara desde el Romanticismo, ya no es el educador de los pueblos ni la conciencia crítica de los oprimidos; es un productor casi artesanal, al margen de la economía de los grandes discursos (Barthes 2000:39), siempre seducido por la tentación de venderse a un poder y –por lo tanto– de abandonar la autenticidad supuesta por la conciencia de la impotencia de la escritura. Esta autenticidad se consigue a fuerza de ironía, incluso contra sí mismo. En la encarnación de este desencanto se juega la posibilidad de la escritura en una posmodernidad tan vacía de sentido como pululante de sucedáneos de aquel. El “escupitajo” de Lihn no se ofrece como un calmante, ni siquiera como el deleite efímero de ciertos juegos de palabras que hoy se transan en el mercado poético. Más bien, es un arrebato de lucidez que nos recuerda que, a pesar del fracaso –o desde un fracaso bebido hasta las heces–, la escritura persiste en la búsqueda de sí misma.

NOTAS

1 Cfr. Antonio García y Teresa Hernández. La poética: tradición y modernidad. 1994. 32ss.
2 Cfr. Enrique Lihn. El lugar de Huidobro. 1997. 77-93.
3 Enrique Lihn. “Momentos esenciales de la poesía chilena”. 1997. 58-68. Por otro lado, Didier Anzieu (1993:136) conecta la fascinación por el código –el lenguaje, en el caso de la obra de arte literaria– con las fantasías megalómanas y la autoimagen demiúrgica del creador.
4 Cfr. El análisis de la relevancia de la figura femenina en el surrealismo por Julia Kristeva, 1999. 187ss.
5 Cfr. Maurice Blanchot. 1969:12. Recuérdese la afirmación de “Por qué escribí”: Todos los que sirvieron y los que fueron servidos / digo que pasarán porque escribí / y hacerlo significa trabajar con la muerte.
6 Cfr. Los comentarios de Enrique Lihn respecto de cierto episodio protagonizado por Braulio Arenas durante el régimen militar. 1997. 232-234.
7 Para la discusión sobre la distinción entre placer y goce, en el contexto de una crítica literaria que se sirve libremente del utillaje conceptual del psicoanálisis, remitimos a Roland Barthes. 2000. 33-36.
8 Cfr. Gianni Vattimo. 1992. Heidegger y la poesía como ocaso del lenguaje. 67-84 y 1986. El quebrantamiento de la palabra poética, 61-71.

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