martes, 10 de febrero de 2009

EL HOTEL MAC QUICE




Juan Emar
Alvaro Yáñez Bianchi (1893–1964), que firmaba sus rela­tos con el seudónimo de Juan Emar, es dentro de la literatu­ra latinoamericana un caso semejante al de Felisberto Her­nández. Ambos construyeron una obra única, original, anticipadora de comentes contemporáneas y aislada dentro del tono general imperante en el momento de ser escrita y pu­blicada. Ambos han sufrido un período subterráneo, con poco reconocimiento público y crítico. Los cuentos de Emar comenzaron a llamar la atención a partir de la edición de algunos de ellos en la revista mejicana El cuento y de la reeedición de su volumen Diez, en la década del setenta. Una editorial de Buenos Aires ha comenzado a publicar su obra completa, estructurada por el autor en forma de edifi­cio: el primer volumen se llama "Umbral". Sus relatos se caracterizan por una compleja trama de imágenes o precisiones (en el caso de "El hotel Mac Quice", se destaca el detallismo de los colores), por el alto voltaje erótico que alcanzan y por una especie de violencia trágica de fondo. Diez, libro al que pertenecía el cuento que in­cluimos en esta selección, fue editado por primera vez en 1937. En la segunda edición iba precedido por un prólogo de Pablo Neruda, donde éste afirmaba; "Juan Emar fue un solitario descubridor que vivió entre las multitudes sin que nadie lo viera, tal vez sin que nadie lo amara. No tenía mercado propio: se vistió hasta el fin de su vida de transeún­te. Ahora que los corrillos se gargarizan con Kafka aquí tenéis nuestro Kafka, dirigente de subterráneos, interesado en el laberinto, continuador de un túnel inagotable cavado en su propia existencia no por sencilla menos misteriosa".


EL HOTEL MAC QUICE

Dejamos nuestra habitación, mi mujer y yo, a eso del atardecer. De nuestra habitación pasamos por un corredor angosto a la galería, larga, ancha y alta. Esta galería era so­bre todo larga. Su final era dudoso. Era principalmente de color ocre amarillo. Las columnas de mármol, a mitad em­butidas en los muros, eran de un ocre ligeramente más claro.
Los paños de muro entre ellos eran casi pardos, bordea­dos de una franja de oro seguida por otra, ya junto a las columnas, de un tono chocolate. En el techo predominaba el oro, pero un oro viejo. La alfombra era de color tabaco. De cuando en cuando, sea a derecha o sea a izquierda, col­gaba de los muros un trapo granate. Una sola vez, un trapo verde esmeralda. El total de todo lo descrito era, como he dicho, ocre amarillo.
Pero volvamos a la alfombra. Era, repito, de color taba­co. Olvidaba decir de tabaco claro. No era esto lo más carac­terístico que tenía. Lo más característico era, sin duda, su espesor. Por cierto que no se le podía medir, pues llegaba, la alfombra, por ambos lados, hasta la base de los muros. Pero se le adivinaba por su blandura y, sobre todo, por su total silencio.
Tanto mi mujer como yo y como también el botones que nos precedía con nuestras valijas, al avanzar sobre ella, tomamos un ritmo de péndulo muy lento. Otro olvido: el botones vestía de color guinda, mi mujer de color lana de carnero y yo de color de cocodrilo muerto hace días. Mi sombrero era de un tono de extracto de malta, el de mi mujer de un tono algodón quemado y el del botones de un tono de papel humedecido en agua salada.
Pero volvamos a nuestro modo de andar. Ya que lo com­paré con el movimiento de un péndulo, debo advertir que este péndulo se movería, con relación a nuestro cuerpos, de atrás hacia adelante, es decir en el sentido de nuestra mar­cha, de ningún modo de un lado hacia otro, de ningún mo­do un balance, en fin, de ningún modo como un ave que se aleja por las piedras.
Si se toma bien en cuenta lo dicho anteriormente, este movimiento podría compararse, aunque de lejos, y, repito, sin olvidar lo anterior, al movimiento que toman los actores italianos en sus óperas mediocres, sobre todo, cuando visten a la usanza del siglo XV, y, más aún, si llevan cada media de un color diferente y una de ellas rayada a lo largo de negro y amarillo. Los camellos también, pero a veces solamente si no llueve y es algo tarde.
Otra particularidad de nuestra marcha por la galería: en todas las marchas de mi vida he sentido con nitidez blanca que soy yo quien avanza y que es inmóvil aquello sobre lo cual avanzo. Esta vez –junto con sentir siempre mi avance–sentía que la galería se movía a su vez y naturalmente –en sentido contrario–. Esto además facilitaba nuestra marcha aunque ni por un momento la aceleró. Esto además me hizo recordar algunas cintas cinematográficas tomadas, por ejem­plo, desde la cabeza de un tren: los rieles se precipitan con el paisaje encima y uno queda quieto en su butaca, quieto como la Tierra, como el Sol, cuando la Tierra es la que se mueve. Y esto último a nadie se lo comuniqué, ni a mi mu­jer ni al botones ni a ningún ser que hubiésemos podido cruzar. Quedó como secreto. Un secreto que se balanceó li­geramente dentro de mí en sentido inverso a mi propio balance, de modo que, regularmente, me golpeó una vez el pecho, otra la espalda, por dentro ambas, se entiende. Con­tra el pecho era sonido de dardos quebrándose; contra la es­palda, de labios carnosos, húmedos, pegados con saliva y sangre. Llegamos al pupitre del conserje. Aquí la galería se ensanchaba en el costado del pupitre, es decir a nuestra derecha. Allí se formaba un nicho grande, tan grande co­mo para dar cabida a veinte y acaso treinta conserjes. Mas no había más que uno. Bajo sus bigotes de ceniza, su librea era de color sangre de toro coagulada. Corrían por ella hi­los de oro líquido con antenas movibles. El conserje no prestaba a ellas ninguna atención. No es de extrañarse pues –olvidé advertirlo– eran las antenas extremadamente finas y no más largas que las de un calluctidonum stridensis, so­bre todo cuando bajo guirnaldas de codornices que las ve­lan, duerme, desplegando sus alas de cristal. Este cristal es opaco, entre semen y lava ya por detenerse. Igual tono se hacía en las vidrieras del nicho. Porque todo el fondo del nicho llevaba vidrieras. Quedaban en los sitios que en la ga­lería ocupaban los paños de muros entre las columnas semi embutidas. Su luz golpeaba al conserje por toda su parte an­terior, que era, por lo demás, la que nosotros veíamos. Pero, aunque no nos detuvimos, pude saber –acaso sea más prudente decir suponer– cuál era el color allí atrás. Al pasar nosotros, el conserje inclinó la cabeza de modo que lo alto de su gorra, que durante largo rato había recibido la luz de las vidrieras, vino a quedar en el campo de nuestra visión. Por un segundo conservó aún el color tanto rato recibido. Era color telaraña de arañas viscosas de vientre púrpura. Co­mo si una mano cogiera un hilo y tirara hacia arriba, se es­fumó resbalando este color. Y quedó la gorra tal cual la librea, sangre de toro coagulada. Pasamos, el conserje y no­sotros. Pasó el conserje hacia la succión completa en el glau­co de su nicho. Las vidrieras se apagaron. Entonces el único trapo verde esmeralda colocó sus reflejos sobre cada uno de los cristales vacíos.
Nuestro balance aumentó en amplitud y suavidad. Apareció –siempre a nuestra derecha– una puerta atra­vesada por una flecha de metal. Dóciles a su indicación, de­jamos la galería tras botones y valijas. Y entramos a una vas­ta plaza de goma. Algunos árboles a medio morir obscurecían el enorme silencio hueco de aquel sitio. Antes de seguir di­ré: el tono de los árboles era aceituna, por sí solo; al estar allí, se rayaba de visos de ébano amargo.
Más o menos por el centro de la plaza nos detuvimos. El botones puso por tierra nuestras valijas que formaron una especie de monolito alto como mi mujer. Cueros de came­llo, de ciervo, reno, cobra, lagarto, sapo de India, leopardo y lince, se acurrucaron envolviéndose en sí mismos y nos esperaron a mi mujer y a mí mientras el botones desapare­cía. Miré entonces la fachada del edificio que acabábamos de abandonar, del gran Hotel Mac Quice. Sus paredes eran de nubes sucias. Donde las nubes son agua y va a llover, ha­bía algo rojizo, cobre enmohecido. He visto las flores de la pavlona con un poco de sol contra un cielo azul. Hay que mirarlas largo rato y luego aburrirse sin fumar. Ese era el co­lor de las paredes del Hotel Mac Quice.

El suelo de la calle era como un tronco de Jacarandá ten­dido, no redondo, sino plano. Los pasos sobre él resonaban como la tos mía de noche a obscuras, cuando, para ahogarla, me cubro la boca con mi gran pañuelo de seda fresca ribe­teado de gris acero y con un losange amarillo al centro, me la cubro para que mi mujer no se despierte. Pues yo siempre velo por el sueño de mi mujer y siempre he velado por él. Sin ello, no habría logrado mi mujer ni una noche de per­fecta paz, ya que ni una sola, desde que tengo memoria, he dejado de toser, súbitamente, arrancándome del sueño. Por­que sueño. Cada noche empiezo a hilvanar el mismo sueño de la misma gacela que viene a mí, viene y va ya a balar en mi sexo, cuando es la gacela una mujer que no identifico. Un instante más y voy a identificarla y me vuelve la espe­ranza de poder, en adelante, gobernar de otro modo mis pa­sos en la vigilia. Mas la mujer grita, un acceso de tos me co­ge la garganta y despierto. Entonces mi pañuelo fresa, acero y amarillo, ahonda, ahueca el eco de la tos, y retumba por la alcoba, quedamente, un ritmo sordo de pasos por una ca­lle de tronco de Jacarandá. Y mi mujer puede seguir su sueño. Así es la calle y la plaza toda en donde ahora estamos. Y allí enfrente la masa de los muros con sus mil ventanas. So­bre lo alto de una hilera de ellas, léese en oro gastado y ver­de: "Hotel Mac Quice".
Un sentimiento de malestar empezó a invadirme. Luego este sentimiento, lentamente, se fue transformando en un pensamiento que me ocupó entero: empecé a pensar –con dificultad, sí– que de seguro, al abandonar nuestra habita­ción, algo, por lo menos algo, habíamos dejado olvidado en ella. Algo indiscutiblemente. Vale decir, imposibilidad de seguir adelante sin antes verificar y recobrar. –Un momen­to –dije.
Crucé los palos de Jacarandá y penetré al hotel por una puertecita lateral que, dándome casi enfrente a la habita­ción, me ahorró todo el largo paso por la galería de felpa. Abrí, entré, miré. En efecto, habíamos olvidado:
Mi cepillo de dientes de carey color naranja artificial y más aun de jalea de extracto de naranja, 3/4; de caki, 1/4; como las preparadas por mi padre hace veinte años para festejar cualquier éxito de la familia. En el mango de mi cepillo se lee: Garantie. Siempre, antes de usarlo, aplica­ba este mango contra el ojo izquierdo y miraba a través de él. Toda la vida hacia el pasado como hacia el futuro, era de jalea con tendencia a derretirse y por la boca sa­bía, entonces, a susurro de naranjas acres. Todas las ma­ñanas me confirmaba, me prometía comprar por la tarde un cepillo con mango de carne y verdoso para que la vi­da fuese un aroma de manzanas crujientes. En fin, no se trata de esto. Se trata de que habíamos olvidado mi ce­pillo de dientes. Habíamos olvidado también un par de zapatos de gamuza blanca que mi mujer llevaba mañana por medio; nuestra máquina fotográfica Voigtlander, 6 x 9; mi sombrero de paja; el jabón para baño; tres sostén senos de mi mujer; dos de ellos rosados, el otro huevo de pato. Este último llevaba un agujero en el sitio del pezón derecho. No era razón para olvidarlo. Además habíamos olvidado su bata, de seda negra por fuera, de franela blanquecina por el interior, con dos manchitas de tinta cerca del cuello y una muy dudosa, mucho, tanto, que varias veces nos había ocasionado acaloradas discusiones, manchitas en forma casi perfectamente redonda, de tono gris pardo y que se hallaba, estando la bata bien cerrada y mi mujer de pie, inmóvil al centro de la habitación, sus ojos contemplándome –¡oh mujer!– se hallaba, digo, justo a dos centímetros sobre la cicatriz de su apendicitis. Habíamos olvidado todas mis corbatas sin excepción alguna (excepto, se entiende la que llevaba y que –olvidé decirlo al describir mi indumentaria– era de color de pergamino limpiado en partes, por lo tanto admirable­mente armonizador con mi traje y más aún con mi som­brero). Pero todas las demás, ¡olvidadas! Y hay que ver que eran tres docenas y media. Habíamos olvidado mi reloj pulsera, Longines; un tubo de aspirinas; mi smoking de paño inglés, hecho donde Simos, $ 1.750; una cajita de roble americano con tapas de laca china, conteniendo cuatro condones sin uso, marca "Safety Brothers Ltda.", hechos de tímpano de paloma y yendo, la docena entera, del más fino cerúleo al más bronco azul de Prusia. Tam­bién, nuestro fonógrafo portátil "Decca", con dos discos de cantejondo, uno de Angelillo y otro de la Niña de los Peines; con tres discos de ópera italiana: Rigoletto, Mefistófeles y Pagliacci; y con un disco con la Carmagnole por un lado y la Internacional por el otro. También un cenicero reclame "Cordón Vert–Champagne Demi–Sec Reims". Un prendedor de corbata que el día antes ha­bíamos comprado para llevarlo de regalo a mi tío Diego y que era hecho con una cereza petrificada engastada en una garra de platino. Habíamos olvidado un paquete con comestibles que mi mujer había preparado cuidadosa­mente. Contenía ocho sandwichs que deberíamos comer simultáneamente, ella y yo, en cuatro tiempos: los dos primeros eran de queso de cabra silvestre y deberíamos haberlos tragado mientras, como péndulo, avanzábamos por la galería ocre sobre el silencio de la alfombra. Los dos siguientes serían comidos en la plaza, frente al hotel; eran de tiburón ahumado. Los otros dos, una hora des­pués, ya al hallarnos en plena campiña dorada; eran de labios de ruiseñores, serían consumidos junto con traspa­sar el umbral de la habitación que nos esperaba para co­bijar nuestro próximo amor, nuestro mutuo sueño, mi gacela no identificada, mi tos de Jacarandá y su dormir piadoso. También lo habíamos olvidado, el paquetito. Habíamos olvidado además a nuestra gatita de diez me­ses, Katinka. Apenas me vio llegar y mirar atónito tanto olvido, vino regalona a restregarse en mis pantalones. Y además habíamos olvidado mi bastón de palo de latrodectus formidabilis; el cortapapel; siete paquetes de taba­co habano; un ramo de azaleas, ofrenda del propietario del hotel; el irrigador de mi mujer; las notas para mi pró­xima novela; una invitación para visitar la exposición vi­tivinícola; y mis zapatillas de noche de piel de tarántula con dibujitos al óleo representando varias escenas de la pasión y muerte de N.S. Jesucristo. Y habíamos olvidado a mi hermana María que, como si nada hubiese aconteci­do, seguía en su lecho durmiendo suavemente, bajo las sá­banas de espumilla, en su pijama de papel sedoso. Dor­mía María con una inocencia infinita y, de seguro, cruza­ba por hermosos sueños, porque junto a ella alrededor de todo el lecho y mientras las comisuras de sus labios temblaban, se esparcía un vago perfume de ágata reca­lentada.

Todo eso habíamos olvidado.
No me sentí con fuerzas para recoger tanta cosa, sobre todo porque me asaltó la idea que, a medida que fuese re­cogiendo, nuevos olvidos se irían presentando a mi vista. Y bien podría ser que fuese asunto de nunca terminar. Así es que sin más, saludé con la mano, pensé: ¡Allá todo ello!, y, por la misma puertecita lateral, volví a la plaza. Mi mujer se había marchado.
Mi mujer se había marchado con todas las valijas. No ha­bía dejado ni una sola, ni siquiera una como indicadora del sitio en que, un segundo antes, habíamos estado juntos, uni­dos y mudos.
Se había marchado.
Me senté en un banco de madera suave, siempre frente a los muros del hotel. El color de las maderas del banco era entre hueso de palta y greda cocida. Mirando fijamente las letras del hotel, este color se rayaba, por rapidísimos instan­tes, de un azul calavera.
No había nadie en la plaza ni en ninguna de las calles que abocaban a ella.
Esperé media hora. Nadie. Esperé una hora. Nadie. A la hora y 17 minutos de estar sentado en el banco, pasó un hombre. Vestía de negro, las manos en los bolsillos de su gabán, el sombrero hundido en la cabeza. Se envolvía el cuello con una bufanda negra también; pero con algunos hi­los de plata gris. Pasó rápidamente, a pasos menudos. Ese hombre, indudablemente, sabía adonde iba. Resumió en su gabán, en su sombrero enterrado, en su bufanda y en su an­dar precipitado, todo lo que en mí podía haber de esperan­za. Así es que lo seguí. Mediaba entre nosotros un trecho de unos 5 a 6 metros. No más.
Entró por una callejuela, se engolfó por otra y otra más, siempre con rapidez.
Las calles aquí no eran como las de nuestras ciudades regulares en que, para pasar de una a otra, hay que doblar en 90 grados a riesgo de seguir indefinidamente por la mis­ma. Aquí eran calles y callejuelas tortuosas y enredadas, de modo que el hombre en cuestión –aunque saliendo de unas para precipitarse en otras– siempre conservaba una direc­ción única, siempre hacia allá, hacia el este. Del punto de su objetivo, no creo que se desviase nunca más de 15 ó 20 gra­dos. Obvio advertir que luego los corregía aprovechándose de la topografía de la ciudad, y, si del otro lado volvía a desviarse otro tanto, luego también hallaba medio de en­frentar su meta hacia el este.
Estas calles y callejuelas no tenían color porque yo mi­raba adelante. Es evidente que si en ellas hubiese habido de pronto algún color vibrante –un verde esmeralda, por ejemplo, como el del trapo de la galería; o un escarlata, o un anaranjado, etc.–, mi vista lo habría registrado y, al re­gistrarlo, lo habría enfocado y, al enfocarlo, habría notado que calles y callejuelas tenían, como todo, color. Pero no hubo nada vibrante. Así es que la única concesión que pue­do hacer es que todo aquello era grisáceo o ceniciento. Más, no.
Marchamos así mucho tiempo. Al fin, una claridad no muy distante me anunció que nos acercábamos a un espacio más amplio que este dédalo de casas amontonadas. En efec­to, pasos más allá, entrábamos a una plaza con algunos árboles en vías de morir. El hombre se sentó en un banco. Yo me senté a su lado, pero no junto a él. Como el banco era bastante largo, dejé que entre nosotros mediara un par de metros. Al frente teníamos un gran edificio con mil ven­tanas. Allí se leía en grandes letras de oro gastado y verde: "Hotel Mac Quice".
Naturalmente, al leer esas letras, juzgué que me era nece­sario un poco de orden en mis ideas y sobre todo en mis hechos, pues esto estaba completamente fuera de todos mis hábitos.
Me revolqué entre varias suposiciones turbias, hasta que una luz –algo dudosa, algo opaca– brilló en mi mente: el hombre, aprovechándose de la tortuosidad de la ciudad, no había marchado siempre hacia el este, sino que –sin que yo lo advirtiese– había hecho un gran rodeo y había vuelto a la plaza por la calle opuesta a la que había tomado al salir de ella.
Después de un corto reposo, el hombre se levantó y siguió su marcha. Tomó el mismo camino que la vez precedente. Yo me coloqué a 6 metros de él y, ¡adelante!
Por si la cosa se repetía, tomé de inmediato mis precau­ciones. Justo encima de nuestra marcha parpadeaba una estrella desteñida. La fijé con detención. No había medio de confundirla. Abajo, formándole triángulo, palidecían dos otras: arriba, algo de la derecha, una cuarta vagamente roji­za. Y, por lo demás, eran ellas cuatro las únicas que brilla­ban, al menos en todo ese sector del cielo. ¿Con qué confun­dirlas? Para mayor precaución consulté mi pequeña brújula. ¡Bien! Norte a mi izquierda, sur hacia el hotel, oeste perfo­rándome el vientre, este tras el hombre bajo las cuatro estre­llas. Así, pues, ¡adelante!
Marchamos, marchamos, marchamos. Mis ojos iban del hombre a las estrellas, de las estrellas a la brújula, de la brú­jula al hombre. Las callejuelas se retorcían un poco de cuando en cuando. Si el hombre caía hacia la derecha, las estrellas, para compensar, caían como un mástil, en la mis­ma magnitud, hacia la izquierda. Y para que todo quedase cual es la voluntad del Sumo Hacedor o sus cardenales, mi aguja, desde su esfera, me rozaba la tetilla del corazón.
Luego el hombre corregía. Las estrellas se suspendían sobre nosotros y la aguja se me alejaba perpendicular a mi costado izquierdo. Y cuando el hombre tumbaba al otro la­do, lo primero se repetía hacia la derecha, acompasadamen­te, titilando allá arriba las cuatro minúsculas luces contra el cielo.
Marchamos sin variar rumbo. Marchamos hacia el este.
Hasta que después de larga marcha, llegamos a la claridad de una plaza grande. Arboles semivivos, bancos largos, Jaca­randa. Al frente gruesas letras: "Hotel Mac Quice". El or­den puesto a mis ideas la vez anterior, se deshacía. Pensar que las estrellas se moverían según nuestra marcha, habría sido absurdo. Otro tanto para la aguja de la brújula. Era menester otra explicación, Cualquiera otra, con tal que fuese otra.
No encontré más que una. Hela aquí: Un nuevo concepto de la estética urbana.
¿Por qué no? Yo, por mi parte, siempre había soñado con distribuir de otro modo centros y grandes edificios de una ciudad y, por ende, las arterias que los unirían. En mis sueños las ciudades se redondeaban; su plano llegaba a ser una gran filigrana redonda. Pues bien, la idea realizada aquí podía ser diferente, al menos en lo que yo hasta ahora había apreciado. Una idea larga y, en esta longitud a distan­cias regulares, poner los grandes hoteles de la ciudad. Para mayor armonía, todos estos hoteles serían iguales e iguales también las plazas que los enfrentaban. Para llevar la armo­nía a su máximo, se llamarían todos de igual modo: "Mac Quice". ¿Por qué no? Otra explicación no me venía.
Y el hombre se puso en marcha nuevamente.
Callejuelas sin color, estrellas, brújula. El hombre entró a una plaza, se detuvo y se sentó. Yo entré tras él y, como él, me detuve y mésente. Al frente se leía: "Hotel Mac Quice".
Vaciló mi concepto sobre una nueva estética urbana.
Siguió el hombre. Otra plaza. "Hotel Mac Quice".
Vaciló mi concepto sobre una nueva estética urbana.
"Hotel Mac Quice".
Vacila, vacila el concepto.
"Hotel Mac Quice".
"Hotel Mac Quice".
No era posible semejante concepto sobre la estética urbana. Lo que tres veces repetido resultaba magnífico –al menos para mi gusto–, repetido así, diez, quince y veinte veces, resultaba de un absurdo intolerable.
Bien. Por eso los hombres no repiten, no prolongan nada, más allá de ciertos límites harto restringidos. Lo más sólido que tengan, prolongado se les vuelve absurdo. No lo hacen, no. Así es que aquí tampoco lo hacen, tampoco lo han podido hacer.
Me era necesario encontrar otra explicación. Hela aquí: lo que ocurre es que, entre plaza y plaza, entre hotel y hotel, damos una vuelta al mundo, ni más ni menos... No hay sobre la Tierra más que una sola plaza con árboles mu­riendo y con ecos de Jacarandá.
No hay sobre la Tierra más que un "Hotel Mac Quice".
Es la solución.
El hombre ha tomado asiento por la quincuagésima quin­ta vez. Quincuagésima quinta... Es tiempo, lo es sobrada­mente, de cerciorarse en definitiva de lo que ocurre. Pues podría ser que hubiese aún otra solución. Está ello dentro de las posibilidades. Es tiempo –en vez de seguir devaneos–de ir recto al conocimiento de tal solución, si existe. Es decir, preguntárselo al hombre.
Dos metros entre nosotros. Suavemente resbalo hacia él. Entre nosotros, no más de medio metro. Entablamos conver­sación.

Pensé ante todo en el color que ella tendría. Recogí en mi cerebro cuanto datos alcancé: sitio, hora, circunstancias, etc. El color que tendría nuestra conversación sería el del agua pura en un vaso de cristal azulado, cayendo cerca de él un último rayo de sol de naranjas y siendo todo alrededor aire encerrado de piedras.
Este u otro, no podría, sin embargo, romper el silencio diciéndole al amigo:
–Caballero, hablemos y, si hablamos, cuanto digamos... –y lo demás ya anotado.
Preferible dejar de lado lo que se refiere al color e ir, di­rectamente, al asunto por conversar.
Pero aquí la elección se me presentó erizada de dificulta­des. Era menester algo no muy ajeno en la historia; para este hombre, sin duda, a medida que los hechos se distan­ciaban, se cubrían de indiferencia. Algo de palpitante ac­tualidad...; siempre la palpitante actualidad puede presen­tar un lado dudoso, sospechoso; puede ser para enredarle a uno, para acarrearle un compromiso. Y luego...
El hombre se levantó y se marchó por la misma callejuela. Marchamos. Llegamos a una plaza de goma; nuestros pasos resonaron como palos de Jacarandá; sobre muros de nubes sucias y flores de pavlona se leía: "Hotel Mac Quice".
Asiento.
Algo de mi vida privada, de mis luchas y sinsabores: la desaparición de mi mujer o las mil cosas olvidadas en la habitación del hotel. ¿Allí? Seguramente, Porque no hay más que un Hotel Mac Quice en todo el globo terrestre. Pe­ro es el caso que un hombre que, de buenas a primeras, prorrumpe con su vida privada, hace lujo de una mediocri­dad, de una debilidad vergonzosa. Y excusado decir que a un hombre así no es posible darle datos, proporcionarle co­nocimientos sobre asunto tan complejo y sobre todo tan hondo como era el que me ocupaba y atormentaba.
Se puede hablar del tiempo, de los tonos callados que envuelven plazas, hoteles, ciudades enteras. Pero el hombre pensaría: "Este sujeto me ha seguido durante cincuenta y seis plazas para, al final, hablarme de tales cosas..."
" ¡Un imbécil, a no dudarlo!"
¡Cincuenta y siete!
¿Y hablar, hablar, no más, cualquier cosa? Cualquier co­sa, al ser hablada, no se ubica en la historia, es permanente. Cualquier cosa no atañe la vida privada, flota encima de los hombres, sin penetrarles en la médula. ¡Ah!, más ahora pienso que todo puede ser cualquier cosa, según el rostro del que lo anuncie y del rostro del que lo escuche.
Y no puedo asegurar nada sobre mi rostro una vez ya algo enunciado, una vez que lo enunciado lo vea alejarse de mis labios y, más aún, si es color de agua pura, vaso de cristales azulados, sol de naranjas, aire de piedra. ¡Qué decir si me es posible responder del rostro de otro ser al recibir tales cosas!
¡Cincuenta y ocho!
Mas lo que se habla siempre, lo que habla todo el mundo, espontáneamente. Cuando se habla, se habla, se habla...
¡Cincuenta y nueve!
Toser, revolver el cerebro, oír el país entero en su hablar y enredarse en su engranaje de lengua. ¡Vamos! ¡Prisa!
¡ ¡Sesenta!!
¡Habla, habla, habla...! ¡Venga!
–Caballero... –empecé. Tos. Paso en un relámpago mi gran pañuelo, fresa, acero y oro. La gacela. Su sueño.
–Caballero... –El mundo ya me era un caos.
–Caballero, ¿qué piensa usted de Marcel Proust?
Al oír mi pregunta, su corbata palideció.
Ahora se va por la misma callejuela. Yo me agarro, me arraigo al banco hueso de palta y grada cocida. Hundo las uñas. A medida que el amigo se aleja siento que del pecho, a través de la ropa, me chupan.
Desapareció. Vuélveme el pecho.
¿Y si ahora yo sólo partiese en un sentido diferente?
A pasos lentos, volviéndole la espalda a las paredes del hotel, me alejé... Pasé bajo los árboles semimuertos. Bajo ellos los visos de ébano amargo que los rayaban, eran pardos de Siena rayados a su vez de tiza gris.
Seguí. Las callejuelas por donde anduve, tenían mucho de esta tiza. Una vez, de un balcón, colgó un trapo oriental color damasco. Otra vez, de otro balcón, cayó una orquídea.
De pronto, entre tres o cuatro casas, se abrió una plazo­leta. Al centro silbaba un chorro de agua. Al fondo, un pe­queño hotel. Sus muros blanquecinos se chorreaban de una pátina piel de puma. En viejas letras de plomo se leía: "Ho­tel O'Connor".
Sus ventanas eran de un verde veronés extremadamente brillante. Una de ellas se abrió de par en par. Su hueco era tono de fondo de cuba granate. Sobre este fondo y ribetea­da por el verde brillante, apareció y se encuadró mi mujer. Al verme, agitó un pañuelo de violetas frías. Yo contesté con una mano de pergamino añejo.
Subí. Visité, una tras otra, las catorce piezas del hotel. Entreabría cada puerta, alargaba el cuello y proyectaba dentro la cabeza. Volvía la cabeza sin haber percibido a nadie. Únicamente, las piezas mismas. Las piezas –que de fuera eran fondo de cuba granate– eran por dentro de tinta espesa. Al frente de cada ventana era un rectángulo de cadmium limón, en sus tres cuartos superiores. El cuarto inferior, al ser la techumbre de los edificios vecinos, sobre ese cadmium, lila fresca.
Nadie. Salvo en una pieza un anciano envuelto en una bata terrosa. Al verme, me lanzó un escupitazo.
Nadie más. Nada de mi mujer.
Bajé. Encuadrada en su ventana, agitó sus violetas frías.
Subí. Nadie.
Bajé. Siempre sus violetas frías.
Partí en busca del hombre. Estoy en busca de él. Sigo, sigo en su busca. En tiempos regulares paso ante la mole del Hotel Mac Quice. Minutos después, paso el pequeño Hotel O'Connor y mi mujer, desde su ventana me saluda.
¿Cuestión de volver la cabeza?
Seguramente. Mas, ¿qué ganaría con saber que viene o no viene tras de mí?
"Hotel Mac Quice".
"Hotel O'Connor".
"Hotel O'Connor".
"Hotel Mac Quice".



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