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miércoles, 3 de agosto de 2011

Aristóteles España; una rápida visión de vida y muerte

8/03/2011 09:14:00 a. m.


Escribe Carlos Amador Marchant

Se nos fue un día cualquiera como se fueron los trenes que circularon por el desierto. Y quedó ese panorama de piedras y peñascos más una soledad que retumba.
A Aristóteles España ya no lo veré más en las esquinas, mirando el entorno con esos ojos asustadizos.
Este fue el hombre que viajó por tantos países de América y de Europa. Conversando con un sin fin de escritores, dejando marcas blancas y negras en los espacios.
Lo tengo grabado en los pasillos del Consejo de la Cultura con sus ojos ya enfermos, muy enfermos. Pero también con la mirada del que lo ha tenido todo y al mismo tiempo, todo lo ha perdido. Aunque lo material no es tan trascendente llegada la muerte, sino lo que dejas, en el arte.
Poeta que estuvo aquí y allá, siempre hablando de cosas distintas. Dominador de temas políticos e intelectuales, siempre ganando premios en sus tiempos vitales. Y nunca se sabía dónde estaba, sólo aparecía, como fantasma, en lugares inimaginables.
Desde el 2000 hacia delante me llamaba por teléfono, averiguaba direcciones, perdía direcciones, se reconstruía
En 1999 lo encuentro en Valparaíso en un lanzamiento de libro. Me hablaba, me recordaba los inicios de la generación del 80 como si la estuviera viviendo. Y conocía, o decía conocer, a casi todos los poetas que surgieron en el norte de Chile. Ni hablar de los del sur. Reconocía todos los pormenores de mi crucifixión, hasta las mediciones del tronco donde me amarré, la hora, el día. Hablaba como un descontrolado y me permitía dar cuenta que era un tipo con una agilidad mental extraordinaria.
Le perdí la pista hasta el año 2002. Fue en una ocasión en que el también fallecido poeta Eduardo “pelao” Diaz, me invita a un mini encuentro de poesía junto a vendedores de libros, en Antofagasta. Ahí estuvo también el iquiqueño Juvenal Ayala, el Toño Kadima, entre otros. Pero nunca pensé reencontrarme de nuevo con España. Trabajaba en Chuquicamata. Apareció sorpresivo con dos diarios en las manos. Leía como en los tiempos en que no existía el Internet, buscaba las páginas culturales, gozaba leyendo. Aún conservaba la antigua costumbre de los que visitan los diarios, de los que buscan ser entrevistados: “Vamos a la TV de Antofagasta, ellos deben entrevistarnos, tú debes estar conmigo”. Yo, hacía tiempo, había perdido esas costumbres.
A mi regreso a Valparaíso, me va a despedir al terminal de buses de la ciudad. Un día antes, habíamos tenido una lectura de poesía en la Casa de la Cultura del puerto nortino. Los antofagastinos, querendones de sus visitantes, quisieron en algún momento hacerlo suyo, que se quedara en esas tierras para siempre, que fuera recordado como un hijo ilustre, pero más tarde sucumbieron. Aristóteles en ese tiempo ya estaba mal de salud. Lo decían sus ojos, sus palabras. Él requería movilizarse, y no quiso dejar sus huesos en esos peladeros del desierto.
De nuevo le pierdo la pista. Pasan los años y lo hallo en Santiago de Chile. A unas cuadras de la Sociedad de Escritores. Dialogábamos entre amigos sobre cosas gremiales. Estaba un rato y se iba. Nadie sabía hacia dónde, qué rumbos tomaba. Tal vez lo sabían, pero guardaban silencio.
Aún mantenía la Pata de Liebre. Se manejaba en el tema editorial. Pero nunca más supe de él hasta sus constantes llamadas telefónicas. Venía a Valparaíso de sorpresa. Lo anunciaba. “Te espero en el Hotel para conversar, apúrate”, ametrallaba. Había que ir. Era insistente.
Dawson, la isla maldita lo persiguió toda la vida. Las torturas, la vida que nunca fue vida y que tuvo que vivir a los 17 años, una vez que es llevado a ese campo de concentración, caló hondo: “He aprendido a amar entre barrotes/rodeado de secretos, amenazas…”, dice él. El Premio nacional de Literatura y Premio Cervantes, Gonzalo Rojas, diría de este texto: “¿Entonces nadie va a decir que este libro es un gran libro?. ¿Qué en él no hay sectarismo ni consigna sino hombre: hombre intacto, entero?”.
Lo concreto es que este trabajo realizado en el fragor de la dictadura, siguió al autor no sólo por lo reseñado, sino por las marcas dejadas en un hombre maniatado hasta en su yo interno. Fueron cientos de comentarios hechos dentro y fuera de Chile. Era, fue, el preso político más joven de Dawson, de esta historia política y de la democracia férreamente golpeada hasta nuestros días. España no pudo salir de esto. Creo que Chile también vive traumado, porque se sigue gobernando con los amarres dictatoriales.
Más de una decena de libros escribió Aristóteles España. Su exilio lo vivió en Argentina. Pero estuvo en varios países caminando y dialogando, pernoctando, tratando de vivir. No es casual que tras su muerte, decenas de medios de comunicación hablaran de esta pérdida, fuera y dentro de nuestro territorio.
Tengo la impresión que hay poetas que nacen y viven, pero escupen los misterios y cánones que nos otorga la vida. Recuerdo, en entrevista realizada a Efraín Barquero, haberme narrado las penurias pasadas con Jorge Teillier. El caso de España fue casi similar, aunque el primero murió a los 61 y el segundo a los 56 años. Pero no es tema de comentar.
El 2007 fue el año en que me lo vuelvo a encontrar. Estaba trabajando en el Consejo de la Cultura en Valparaíso. Yo ingresé al mismo servicio un año después y fui despedido apenas asume el Presidente Sebastián Piñera. España se sintió dolido. Los golpes en el alma se repetían. La dictadura de nuevo llegaba, disfrazada de democracia.
Con él nos íbamos a la hora de colación a cualquier parte, cerca de la Plaza Echaurren. Incluso, a veces, terminábamos comiendo algo frente a las olas del puerto. Ahí dialogábamos sobre la muerte y sobre la vida. Pero él ya estaba muy delicado de salud. Me había anunciado en varias oportunidades que creía le quedaba poco de vida.
No tengo en mi poder todos los textos editados por España, pero los que poseo llevan su dedicatoria, con su letra nerviosa por todos los momentos de vida.
El otro Premio Nacional de Literatura, Armando Uribe Arce, dice sobre el libro “La Entera Noche Llena”: “Es un libro notable, original y saliente en ésta que me atrevo a llamar: escuela chilena de poesía en castellano”. España en esta misma obra grafica: “Es el tiempo de los espejos que caminan,/de los señores feudales y los perros feudales,/ el tiempo de la miseria individualista; /es el tiempo de las utopías escondidas en el armario,/de los objetos laicos sin pintura,/de calendarios que tienen color negro…”
Estuve en su despedida y no me fui de la iglesia hasta que el carro mortuorio lo llevó desde Valparaíso hasta Santiago, para luego, vía aérea, ser conducido hasta Punta Arenas.
En ese lapso revisé su letra, su dedicatoria, en uno de sus textos. Me dice con su puño nervioso: “Para mi amigo, estos poemas para mirar.” Y me pregunté: ¿Mirar hacia dónde?.



domingo, 20 de marzo de 2011

Exitoso lanzamiento de OSCURA PALABRA

3/20/2011 12:15:00 p. m.

El poeta Renard Betancourt, prologuista del libro, al comienzo de la ceremonia inicial y única en Chile.

Tras treinta años de silencio poeta chileno se adueña de nuevo del entorno literario

Con un video enviado desde España, que viene siendo el primer documento que puede ver Chile del autor de “Oscura Palabra”, Oliver Welden, quien tras treinta años de silencio, sin dejar de ser un poeta mayor desde la década de los setenta, se lanzó en las dependencias del Palacio Rivera de Valparaíso este nuevo texto del poeta.
Roberto Bolaños, antes de morir dijo de él: “es uno de los extraordinarios que conocí desde mi etapa de adolescencia”.
Welden, nacido en 1946 y que en la actualidad radica en España y Suecia, simultáneamente, es uno de los expositores poéticos que más atrae a las nuevas generaciones, aquellos que muchas veces se vieron atrapados tras las vanguardias que en ocasiones no grafican entornos literarios.
Una de las atracciones que ha demandado este poeta chileno, es que por más de treinta años se mantuvo en silencio, un silencio que ningún literato hace, salvo quien se siente dueño de sus propias condiciones
Welden ha sido uno de esos casos., mantuvo el silencio de seis lustros y de repente arremete de nuevo en el concierto literario mundial. Ganador del Premio Feria del Libro de Nueva York en el 2007 y reconocido entre sus pares mundiales.
Se trata de un chileno que deja su país en 1975 tras la dictadura militar, sofocado por los entornos negros de esa época.
El lanzamiento del libro editado por Lom con prólogo de Renard Betancourt y otros escritos de Virginia Vidal y Carlos Amador Marchant, se realizó el pasado viernes 18 de marzo en las dependencias del Palacio Rrvera, bajo el patrocinio de ANFUCULTURA, sindicato del Consejo de la Cultura.
Welden en conversaciones con su homólogo Carlos Amador Marchant, autorizó este lanzamiento en Chile, siendo Valparaíso el primer lugar donde se lanza esta obra que encierra un tema de profundidad en cuanto a la dictadura militar, visto por un chileno desde el extranjero.
El encuentro se realizó con una excelente asistencia de público, quienes pudieron ver un video con la imagen exclusiva del poeta chileno, afincado en el extranjero desde hace treinta y seis años.
Welden es autor de los libros: “”Anhista”; “Perro del amor”, “Fábulas Ocultas”” y “Oscura Palabra”. Se le reconoce como uno de los autores más profundos de la Generación Dispersa.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Valparaíso: Lanzamiento del libro Oscura Palabra de Oliver Welden

3/16/2011 05:56:00 p. m.


La presentación estará a cargo
de Carlos Amador Marchant
Viernes 18 de marzo a las 19 horas
Sala Palacio Rivera
Serrano 543, segundo piso
Valparaíso
Patrocina
ANFUCULTURA





“Oscura palabra”
Poesía (1970-2006)
de Oliver Welden



Por Carlos Amador Marchant


Casi al finalizar el 2010, en consecuencia, ya en los inicios de este nuevo año (2011), “Oscura palabra” es el libro que Oliver Welden nos muestra para repensar a esta sociedad que nos atañe, que nos golpea, que a veces nos asfixia en tanto la recorremos y la observamos.

Habíamos esperado este libro por varios años. Lo habíamos conocido y nos había impactado por la minuciosidad del poeta en la conformación del trabajo, en la estructura, en la edificación de tanto pensamiento.
Ahora que lo tengo en mis manos por segunda vez (editada por LOM), porque la primera fue en una edición personal (confeccionada en forma artesanal), siento la misma emoción inicial, casi como que los poemas se ensamblaran en los rincones de este país llamado Chile, y a la vez nos dieran el alimento recordatorio de fieros momentos acaecidos en la década del 70.

Welden ha escrito, ha parido esa “oscura palabra” que llevaba apretujada cuando salió de este país, que la mantuvo por más de tres décadas y a la vez le produjo, le sedujo acometer un silencio prolongado, prolongadísimo, como quien pide tiempo para reflexionar por tan graves momentos, para al final hacerlos eternos y profundos, sensitivos , traspasando fronteras.

Estoy contento con la aparición de esta nueva obra de Oliver Welden, y no me queda más que abrazarlo desde la distancia, con la emoción y el sentimiento de un amigo.



El poeta por Virginia Vidal



jueves, 3 de marzo de 2011

Cuando los fantasmas corren por los pasillos

3/03/2011 09:29:00 a. m.



Cuando los fantasmas corren por los pasillos
Escribe Carlos Amador Marchant


Me encontré, sorpresivo, con el poeta José Ángel Cuevas. Fue en el Palacio Rivera de Valparaíso casi al finalizar febrero de 2011 a raíz de una exposición pictórica. Presentí que era él; le reconocí su rostro. Sin embargo, de comienzo no nos saludamos. Ninguno pareció tomar la iniciativa. Motivo: escasos contactos en vivo.

Andaba con su familia observando algunas actividades de arte, y como esa casa ha llamado la atención de mucha gente, optó por entrar.

Noté que había quedado impresionado. Me lo dio a entender con sus palabras. El palacio, para él, ese palacio en desmedro por el paso de los años, le hizo abrir los ojos.

Le expliqué que se trataba de una mansión levantada en 1885, construida con el dinero de Guillermo Rivera Cotapos, su dueño original, en esos tiempos de las glorias del salitre y del dinero que corría como ríos por los bolsillos de los acaudalados.

Cuevas me miraba y parece que mis palabras fueron entrando. En cambio, sólo atinaba a decir “es impresionante”. Le hablé del diplomático Rivera, del abogado constitucionalista, del hombre que había estado como secretario privado del Presidente Balmaceda antes de la Guerra Civil de 1891, de su accionar como diputado y senador liberal por Valparaíso, de los logros en bien de la zona, que el tipo, después de la hecatombe del 91, un año más tarde había hecho una de las más brillantes defensas de los marinos chilenos comprometidos en la riña del Baltimore, la misma que hizo, en la época, un verdadero trastorno diplomático y que casi origina un terrible conflicto armado con Estados Unidos. Y casi asfixiado terminé diciéndole que el hombre luego de tanta barbarie ocasionada por el dinero del salitre y las grandes empresas, y que comprometió, por otra parte, la muerte de miles de chilenos en la guerra civil y el posterior suicidio de Balmaceda, se había retirado a su despacho de Valparaíso sumiéndose en su labor exclusiva de abogado.

“Que impresionante el palacio”, me repitió él. Y entonces entendí que estaba más interesado en esas paredes carcomidas, en los frescos del techo de la gran vivienda, en los fierrajes, en las puertas, en la entrada de ónix que muchos siguen confundiendo con mármol.

José Ángel Cuevas había atravesado la calle Serrano, otrora donde vivía la aristocracia del puerto y que hoy trata de levantarse tras haber sido por largas décadas un lugar de bohemia salvaje. Había subido al segundo piso con su familia para observar lo que queda del palacio y que tanto llama la atención a las visitas extranjeras.

En medio de muchas palabras cambió de tema y comenzó a preguntarme, sin saber hasta ese momento mi nombre, sobre algunos poetas de Valparaíso. Ese fue el momento en que relacioné su rostro con la poesía y le pregunté: ¿cómo te llamas?. José Ángel Cuevas, me respondió. Entonces, dije para mis adentros. “Mierda, lo presentía, su cara no podía ser la de otro”.

Una vez que me presenté, quedó impresionado, no pensó verme en Valparaíso, me imaginaba en el norte de Chile: ¿No te habías ido al norte, hombre?, gatilló. Yo le dije que no, que del puerto no me he movido desde hace quince años, que ya era como una ciudad que he adoptado como la tercera de Chile, y que he querido de verdad.

Nos dimos la mano, nos abrazamos. Lo ví igual que hace siete u ocho años cuando me lo encontré de sorpresa también por la sexta región del país.
De estos encuentros fortuitos he hecho varios recuerdos en mis crónicas. Y es que siempre me han parecido como si estuviesen programados por el destino.

El año 2000, luego de una visita que realicé a la ciudad de La Calera para participar en una muestra pictórica, dialogando con uno de los encargados de cultura de ese municipio, me comentaba que Cuevas había estado la semana anterior dando a conocer uno de sus poemarios junto a la presencia de jóvenes universitarios. Cuatro años más tarde viajé a Talca. En la oportunidad se hacía un encuentro de féminas adictas a la palabra escrita. Eran más de 15 poetas y sólo dos hombres los que participarían en esa reunión que logró llenar la sala. Me tocó recitar en el penúltimo lugar. La finalización le correspondió a José Ángel Cuevas. Más tarde participamos de una tertulia en un restaurant campestre en donde de noche se escuchaba el pasar, rápido, de aguas fluviales. Hubo risas, cantos, vino tinto y mucha comida. Ahí estuvo también la anfitriona, la poeta Silvia Rodríguez. Luego de eso le perdí la pista a Cuevas hasta que regresé a Valparaíso.

El poeta en cuestión, además de profesor de filosofía, profesión que ejerció poco porque luego fue exonerado en el tiempo de la dictadura, es un hombre de una creación urbana que entra profundamente a los sentidos. Es un creador que no se le escapa nada de este mundo en el que estamos viviendo. Su validez está precisamente en eso, en esta sociedad decadente, de los desamparados, de las presiones que impone la nueva economía mundial, las mentiras por donde transita el ser humano de esta era. Hace, José Ángel Cuevas, abrir los ojos, centra a los hombres, los dibuja sobre este mapa de atrocidades.

Me gustaría, y lo digo de verdad, que todos, al leer la poesía de Cuevas, se levantaran del letargo y salieran a la calle a gritar para que culmine el desamparo en donde nos tienen sometidos. No es una poesía panfletaria ni política, es una poesía real. Y cada vez que lo leo veo el peregrinar de mi propia vida y la de muchos, de miles, que sufren esta sociedad de ahora.

Y me lo encuentro de nuevo en forma súbita en este Palacio Rivera, en donde sólo parecía interesado por esas paredes viejas, por esas puertas que aún están paradas más allá de siglo y medio, de los ventanales, de los fantasmas lejanos que anduvieron por esos peldaños, de los que aún andan sin que los veamos, de aquellas legendarias mujeres que transitaban por esos corredores con vestidos amplios y perfumados.



La persona de tu hijo que duerme y duerme


Madre mía que estás en los Estados Unidos
de Norteamérica
en compañía de mi hermana Lili
cerca del Golfo de Méjico y el Desierto de Texas Gulf Oil al infinito
y yo en el Paradero 42 de Puente Alto Chile
doblando por el camino a San José
acostado en medio de la noche
la lluvia cae
mi mente corre, hacia tí
Me voy por el espinazo de América cruzo
el Gran Despoblado de Atacama por las líneas ardientes
del camino del Inca, mi corazón va más allá del Mar Caribe
en dirección a Houston mirando las nubes
porque los Estados Unidos son fuertes
allí en medio del imperialismo yanqui la maquinaria que suena y truena
estás ahí oh madre
sentada te veo
tomar una taza de té puro cargado
con 1 hoja de canela
a 40 mil kilómetros
de la persona de tu hijo
que duerme y duerme
plácidamente aquí en su pieza
Paradero 42 de Puente Alto Chile
doblando
camino
a San José.


(Poema de José Ángel Cuevas (Santiago-1944)



domingo, 27 de febrero de 2011

Eli Martín, un hombre que pasó por la tierra y se fue abruptamente

2/27/2011 09:59:00 p. m.


Eli Martín, un hombre que pasó por la tierra y se fue abruptamente


Entrevista de Carlos Amador Marchant al poeta peruano el año 2001 y encontrada en un cassette olvidado por largo tiempo.




Elí Martín fue un hombre que deambuló por americalatina. Quién era él?. Nadie, en principio lo sabía, por lo menos los que logramos conocerlo en Chile. Al final, los que estuvimos más cercanos, nos dimos cuenta que el hombre, en cuestión, era no sólo un letrado, sino un estudioso de la historia del arte. Alcancé a conocerlo, una tarde cualquiera, frente a una de las estaciones del metro Viña Del Mar. No recuerdo de qué lugar venía yo, pero lo que si traigo a la memoria, es que él se encontraba junto al prosista porteño, Víctor Rojas Farías.
Me lo presentó y ahí me di cuenta que había un camino común entre ambos. El era de Perú y yo había nacido en Iquique, es decir, una tierra que antaño fue de ese país, antes de la Guerra del Pacífico. Elí estuvo muchas veces en mi casa, compartimos algunos almuerzos como en muchos hogares del puerto. Estaba aquí y allá, siempre con su risa elocuente, siempre lanzando esa humorada de sus labios. Hizo varias cosas por difundir las letras de la zona, se movía por todos lados, preparaba recitales, estaba junto a los periodistas, es decir, era un hombre que tenía largo aliento.
Pero, sin embargo, no le fue bien en Chile. Pocos lo reconocieron en su verdadera dimensión. Por tanto, pasó momentos difíciles, hasta de falta de alimentos. Pero tenía su orgullo. Y seguía. Se relacionaba con todo el mundo intelectual. Un día me dijo que Zurita no le “había dado bola” en Santiago, entonces, con ira, lo bautizó como “baZurita” (es decir, decía él, valía, simplemente, basura. Esto causó mucha risa entre los pares). Cuando inicié un camino gremial (gané los gritos de: ¡déjalo, hombre, déjalo¡..¡no descuides la escritura¡¡) y cuando fui a una de las primeras reuniones nacionales e internacionales en la capital (año 2003), varios periodistas peruanos llegaron con la nueva del fallecimiento de Elí Martín. Lo homenajearon. Le aplaudimos. Había muerto de sida.
Esta entrevista que muestro ahora, corresponde a unos “cassettes” (ya no se usan. Menos mal que poseo una aparato que aún mantiene la posibilidad de escucharlos) del año 2001. Estaban extraviados. Los encontré haciendo una especie de desocupación de espacios. Grande fue mi alegría al encontrarme con su voz. Él está muerto, no lo pude despedir, aunque siempre invitaba a su famosa “Avenida Circunvalación, en Lima” Su voz y su palabra, en cambio, quedaron.
Debo decir que me fue imposible ubicar algo de Martín por Internet, ni fotos, nada. Buscando y buscando, al final me encontré con el poeta peruano residente en España, Leo Zelada. Él lo cita en algún momento cuando hace recuerdos del “Grupo Neón” que había metido bastante bulla en el país del Rimac, cuando todos eran jóvenes universitarios, nihilistas y anarquistas: “ es además importante reconocer también el legado poético de Eli Martín, otro poeta miembro importante de Neón, que falleció de Sida.”.


-Has estado por largos períodos en Chile, y sin duda, antes de eso tienes una especie de vitrina respecto a los intelectuales nuestros. Pero hablemos de los poetas, dime ¿Quiénes más te han impactado en tu vida?

En Chile me gusta para comenzar, Huidobro. Él me enseñó a imaginar con el lenguaje. Él está con esa formación, con ese espíritu, de jugar con el lenguaje, de a veces ser lúdico, otras muy conceptual, y en lo que a mí respecta, transmitir eso del hablar poético y práctico. Diego Maqueira es otro de los que sigo, aunque he leído poco de él, pero sí en algunas antologías. Después, por cierto, todos los que han experimentado con la palabra, por ejemplo, Juan Luis Martínez.

¿De Rokha No?

Conozco poco de De Rokha. Insisto que Huidobro me parece inexplorable, es un poeta inconmensurable, porque cada vez que lo lees ves cosas nuevas. En la primera lectura debo decirte que no lo podía entender, pero después con los estudios en la universidad y todas las referencias, las críticas literarias, las clases con los profesores universitarios, llegué a entenderlo.

¿Qué es César Vallejo para ti?

Cuando me enfrenté con “Trilce” me sucedió lo mismo que con Huidobro. Yo no entendía Trilce, y entonces tuve que hacer una serie de lecturas. Hay muchos análisis sobre esta obra a nivel latinoamericano, en consecuencia, me gustó esa etapa vallejiana. Hay que decir, al mismo tiempo, que en su época, la crítica literaria peruana lo desdeñó. Por ejemplo, Luis Alberto Sánchez dijo que eso no era poesía, dijo que él era un loco que venía del norte del país, de la provincia, y que era un simple profesor de primaria. Entonces, la poesía de Vallejo fue pisoteada. Es decir, siempre fue un poeta desamparado. Por esta razón hubo de emigrar a Paris donde hizo una importante labor internacional. Pero, a la vez, tuvo la mala fortuna de enfrentarse, en su época, con la Guerra Civil en España, de diferentes movimientos artísticos en el mundo, aunque él no fue autodidacta, sino un hombre de formación académica, quien había estudiado en la Universidad de Trujillo, un poeta muy documentado, quien, además, presentó una tesis sobre el romanticismo en la poesía peruana. Vallejo sabía lo que hacía, sin embargo cuando en Lima publicó el primer poemario en 1918 que se llamó “Los Heraldos Negros”, la crítica le fue adversa y por esta razón el poeta tuvo que emigrar.


-¿Qué fue el existencialismo para ti?


En Lima llegó un poco tardío, pero igual fueron los poetas peruanos que estaban en Europa, especialmente Vallejo y Mariátegui (nuestro gran pensador peruano) que habían leído a los clásicos. Entonces ellos publicaban en las principales revistas de la época sobre el existencialismo y hablaban de Jean Paul Sartré de sus libros, de sus novelas, de la condición del ser humano. Y era un movimiento que se estaba gestando en Europa, y por lo tanto había un gran auge y se crea una poesía existencialista en la Generación de los 50.

¿Qué hay después de la década del 60 en poesía peruana?

Según el crítico Alberto Escobar la poesía peruana nace en 1911 cuando el poeta José María Eguren publica el libro “Simbólica”. Algo así como en Chile con Carlos Pezoa Véliz. Sin embargo otros críticos dicen que la poesía contemporánea peruana se divide en dos grandes tendencias, una, la poesía post vallejiana y la de Eguren. El segundo vivía en un lugar que se llama Barranco y éste es un lugar costero muy lindo lleno de árboles, algo así como Viña del Mar. Entonces este poeta era muy simbolista, que, entre paréntesis, es uno de los grandes representantes del simbolismo a nivel hispanoamericano. Vallejo, por otro lado, llega a instaurar la poseía social. Sin embargo, la estadía de Vallejo en Europa en 1922 viene siendo como una hecatombe.

Dicen que la poesía peruana está como escondida….

No estoy de acuerdo con eso. No es un término permisible, porque la poesía peruana nunca ha intentado esconderse ni menos a nivel hispanoamericano ni mundial.

¿No es así?

(se enoja) En esta época se vive una recesión económica no sólo de ahora sino desde la época de la república. Perú siempre ha estado en una situación muy nefasta y los poetas sobreviven en Lima. Es difícil vivir de la poesía en Perú. Los poetas deben dedicarse a enseñar, hacer de periodistas y lo peor es que los gobiernos no apoyan, n o hay nada, no hay acercamientos a los artistas, no hay acercamientos al arte, y entonces, hablando de los poetas, ellos sacan ediciones personales y los más conocidos, afortunadamente enganchan con editoriales extranjeras.

-¿Se sienten como golpeados por el entorno?

No, los poetas viven en completa libertad. Y hay muchos dedicados a la causa social, por cierto.

¿ El gobierno peruano, entonces, no está muy atento a la cultura?


Creo que no, no se preocupa en nada. Mira, no creo equivocarme, pero en Chile se han hecho intentos, encuentros internacionales, por favor, eso no se ve en Perú.

Estamos en el 2001 ¿Dices que se ve preocupación en Chile por el arte?

Lo que ha estado haciendo el gobierno actual en torno al arte es satisfactorio…es decir es bueno..aunque algunos se opongan, creo que lo que está haciendo este gobierno chileno es positivo. Los poetas e intelectuales no están contentos, si embargo, y eso dice que ellos requieren muchas más cosas.

La poesía peruana desde los momentos de sus raíces…¿desde cuándo?

--Ahh, desde los cantos quechuas de María Arguedas, él fue uno de los investigadores respecto a esto. Sobre lo mismo hay grandes especialistas, profesores, investigadores. Existe, incluso, una poesía hecha en poesía quechua hablante, donde se rescatan los cantos líricos en el incanato.

-Siglo 20 hacia delante, disculpa que sea peyorativo…

No, no, la poesía peruana ha tenido como en toda nación un período de formación. Un día dijimos, somos quechuas o no, y sin embargo otra vez nos dimos cuenta que somos producto de muchas culturas. Aunque hay que decirlo, la cultura Inca ha sido la más pura y la más resistente, capaz de conservar cantos, lo popular.

Rescates?

Mira, el ollantay viene siendo como la pieza fundamental de la literatura quechua. Aquí hay un drama de una pareja de incas en donde se habla de la fundación del imperio del Cuzco. Desde este drama comienzan los cantos populares, donde precisamente José María Arguedas comienza a recopilar grabaciones y muchos textos. Aquí existe una gran dicotomía entre lo occidental y lo andino. Él nunca pudo descifrar este tema, mucha gente lo ayudó, incluso una gran mujer de Chile (su compañera).

Hay un drama con Arguedas familiar?

Bueno, yo no quiero entrar en esos temas, pero a él le siguen muchos asuntos, vivió con una madrastra que lo trató muy mal. Bueno, él hacía cátedra en una universidad sobre quechua, era muy respetado y donde se formaban agrónomos, parece mentira, pero es así. Bueno, el rector de esa universidad, por su trayectoria e investigación lo llamó para aportar. La verdad es que Arguedas tuvo muchos intentos de suicidio, grandes intelectuales de Lima trataron de ayudarlo, pero no fue posible. Este hombre tuvo inmensas colecciones de arte andino, daba su vida por este pasar, mantenía grandes colecciones de arte popular, pero su infancia fue muy dramática, y eso repercutió en la existencia como investigador. En todos los cantos que hizo en quechua se notaba una angustia terrible. Como lo asevera Mario Vargas llosa, quien reconoce que él es nuestro primer narrador contemporáneo, dijo que Arguedas no podía más con lo occidental, le cargaba esto, ni en la forma de vida. Él siempre quiso vivir fiel a sus instintos, a la tierra, la pachamama como le llaman en Perú. Es decir, el suicidio, era inminente.

¿Qué hay más allá de Vallejo?

Bueno, la poesía post vallejiana es completamente eclíptica. Desde la generación del 50 se pueden ver las diversas tendencias existentes en el arte contemporáneo. Dentro de los surrealistas iniciales, grupos importantes, donde Carlos Germán Veliz, César Moro, se identificaron y fueron amigos de Arguedas.
Hay también la influencia “simbolista” de Eguren, poeta puro, etéreo, en fin. Por otro lado existe la poesía comprometida, social, no socialista. Aquí se viven grandes movimientos en el Perú. Por ejemplo, la generación del 50 fue fundadora, donde resaltan escritores como Carlos Germán Véliz que acaba de llegar a tu país invitado por Chile- poesía

¿Qué ocurre con Perú que no se interesa por los creadores de la palabra?..o esto ocurre en todo el plano latinoamaericano….

Fíjate que hay algunas editoriales que están interesadas en la creación poética. En la edición de “El Mercurio” leí una entrevista al poeta José Watanabe, un hombre verdaderamente de silencios, pero editoriales del mundo se han interesado por él. Bueno el pasar lo dirá, verdad ¿? (Watanabe murió el 2007, 6 años después de esta entrevista).


Poesía social en este momento? (2001)

Sabes que Fujimori (el inefable) tenía como asesor nada menos que a un escritor y pues este escritor fue tan odiado, de apellido Orellana, que bueno, de nada sirvió, pero al final se enterró él mismo. Entenderás que él fue un poeta muy pobre, pero el arribismo………..
Pero ya te dije, a partir deVallejo existe la poesía social en Perú. Por cierto hay muchos poetas que han seguido la senda de Vallejo. Alejandro Romualdo es uno de ellos. Al comienzo fue, curiosamente huidobriano, pero al pasar de los años, se decidió por la poesía social integrando el grupo que se llamó “Primero de Mayo”.

¿Qué puedes decirnos de Cisneros?

Hay en él una experiencia anglosajona. Ganó una beca muy importante que le valió viajar a Estados Unidos donde le tocó traducir a varios poetas de habla inglesa. Hizo, al mismo tiempo, una tesis doctoral sobre la poesía anglosajona en el Perú, y cómo influyó ésta en su generación. Para mí, él fue el que introdujo el llamado verso proyectivo en la poesía del Rimac. Sin embargo desdeña lo social, más aun que ahora él es un poeta mayor, aburguesado, aunque es muy cáustico en torno a la realidad peruana, siempre lo hace en sus libros.

¿Cómo ves tú a los poetas peruanos de estas últimas generaciones en torno a la realidad política en tu país?

Como estamos en gobiernos de transiciones, los poetas como que se han enclaustrados. Particularmente a nosotros no nos interesa mayormente la política. Vemos todo el proceso desde afuera, aunque como ciudadanos estamos conscientes de las realidades, ejemplo, que somos mal pagados como docentes, como periodistas, y esto mismo puede estar inserto en algún poemario. Pero, concretamente centrándome en tu pregunta, creo que al poeta peruano le falta un poco más de audacia para enfrentarse con la autoridad misma.

¿Qué opinas sobre Vargas Llosa?

Se trata de un narrador completamente urbano. Creo que Arguedas ha hecho un trabajo más profundo sobre las raíces peruanas, aunque, sin duda, éste tiene una gran proyección universal, quien a la larga ha sido nominado para el Nobel de Literatura y espero al paso de los años le vaya muy bien, porque tiene todos los méritos para lograr este galardón.


……………………



* Vargas Llosa finalmente recibe el Nobel de Literatura en 2010.


* Como lo expliqué al comienzo, esta entrevista a Eli Martín fue realizada en 2001 cuando yo vivía en la calle Vicente Padín del puerto de Valparaíso. Era una tarde muy fría donde los entornos sólo traían literatura. Martín, por cierto, contribuyó a esto. Por esta razón, más allá de la extensión de este conversatorio, tiene la misión de traer al presente y homenajear a alguien que pasó por nuestra tierra y se fue sin que lográramos despedirlo como merecen los hermanos latinoamericanos. La foto que ven ustedes junto a la entrevista, fue encontrada en un diario antiguo también, y corresponde a un lanzamiento poético del autor en La Sebastiana, casa de Neruda, y luego escaneada.



miércoles, 26 de enero de 2011

Baker y Millán caminan de nuevo por las calles [por Carlos Amador Marchant]

1/26/2011 11:05:00 p. m.




Baker y Millán caminan de nuevo por las calles.


Escribe Carlos Amador Marchant

Cuando se extravían crónicas por lo menos de dos décadas. ¿será posible retomar el ritmo de éstas y rescatarlas con una nueva visión?.

Me sucedió con Josephine Baker, conocida en la primera mitad del siglo 20 como “El trompo negro” sobre los escenarios parisinos. Ella, a quien no palpé ni conocí obviamente por asuntos generacionales, siempre la sentí por mis venas, la sentí correr con su agilidad felina, y al mismo tiempo la vi posarse en mi rostro con sus ojos grandes y su negrura bella.

La Baker, proveniente de una familia pobre de los Estados Unidos, sumida en constantes sufrimientos, se levanta de repente como una bailarina promisoria en bares y restaurantes de la época. Pero el país del norte con un exacerbado racismo nunca la miró con buenos ojos. París sería entonces el sitio donde la esperaría la fama, ese París atestado de gente deseosa de ver cosas nuevas en el arte, en la expresión más elocuente del ser humano.

Muy jovencita, cercana a los veinte años, sería parte de la innovadora revista negra (Revue Nègre), algo tal vez nunca visto en esos lugares donde parecía brillar la vida en todas sus dimensiones.

En la primera crónica que hice sobre Josephine, no tuve la suerte de verla (en videos) más de una vez actuando. Esto fue cuando asistí a una breve reunión con muestrarios de cine-arte (1984). Ahora es distinto, hay más material donde podemos observarla en sus más variadas poses y donde la agilidad del “trompo negro” parece tirar por el suelo al mismísimo Michael Jackson (sin dejarlo fuera de combate, por cierto).

Y es que en el caso de este personaje las cosas se dieron de una manera distinta. Ella traía en su cuerpo el ritmo y la danza africana. Parece haber sido sacada de esos lugares (espíritu vivo) o de antepasados que se impregnaron muy fuerte en ella.

Se vestía con atuendos de su cosmovisión originaria e incluía animales de distintas especies. Las grandes salas atestadas de público la aplaudían de pie. Los palcos con los señores más portentosos se inclinaban para saludarla. Fue una carta segura para el Music-Hall de París, como bailarina estable. Los grandes carteles se introducían por las principales calles de la capital gala. Era ella, con sus movimientos salvajes, con sus ritmos que parecían acelerar la vida.

Extraordinario resulta ver las imágenes donde la fiera rítmica se adueña de todas las más importantes salas de la capital francesa. Artistas famosos se acercan y son sus amigos por largo tiempo. La admiraban. Langston Hughes, Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald, por nombrar algunos escritores. También el mundo del arte visual se aferra a su presencia: el pintor Pablo Picasso y el arquitecto Le Courbusier, entre muchos otros. La princesa de Mónaco es una de sus más cercanas admiradoras. Pero el mundo de EE.UU. se mantiene ciego a ella.

No importa, la reina de color sigue haciendo de las suyas y amalgama influencias. Se hace también partícipe de movimientos que tienen que ver con los derechos de los hombres. Se introduce en marchas junto nada menos que a Martin Luther King. También podemos verla en la Segunda Guerra Mundial dar su voz contraria al nazismo y lucha incansablemente en su calidad de teniente. Por estas acciones, una vez que finaliza el terror impuesto por los alemanes de entonces, es condecorada por el general De Gaulle.

A Josephine Baker la seguí por largo tiempo. Es increíble auscultar a alguien que pertenece a una época distinta. Es como buscar lo intangible. En tiempos de ahora, tener contactos por messenger sin conocer a la persona. Fue, sin embargo, algo que atrajo sobremanera mi juventud, era la etapa en que buscaba cosas nuevas, la extravagancia y la sensibilidad al mismo tiempo, el deseo de escapar de la pobreza (ella) para situarse, con sus condiciones, en otro mundo, el mundo que sabe apreciar lo nuevo.

En poesía, en autores chilenos me ocurrió algo parecido. Admirador de la Generación Dispersa, cuando cumplía los 18 años, ya conocedor de la poética de Welden, de Lara, de Galaz, Pérez, Rojas, Quezada, Schopf, Lavín Cerda, Valdés, entre varios otros, siempre busqué la creación de ese poeta que daba la sensación que siempre se nos perdía (no así su obra); que estaba aquí y allá, casi como sabiéndose el más jovencito, el disparatado, el rebelde, el que era capaz de hacer creaciones que jugaban con el presente y lo movilizaba al pasado. Este Gonzalo Millán que cuentan sus amistades tenía pinta de niño bien, que reía y que luego, al paso de los años dejó la risa para transformarse en un hombre de mirada dura, perdida. Este Millán que en la década del 80 traté de contactar, pero siempre estaba lejos. Decían que andaba en Costa Rica, más tarde en Canadá, otro tanto en Holanda.

Este hombre que buscó escribir una novela que nunca fue publicada con las anotaciones que Welden (muy joven aun) le dio de su experiencia en pesquerías del litoral de Iquique. Este poeta poderoso que al fin acuñó lo que siempre fue, un poeta de fuste.

En Trilce número 29 le dedican palabras certeras Manuel Silva Acevedo, Francisco Leal, Oliver Welden, Alexis Figueroa, Leonidas Morales, Walter Hoefler, Juan Cameron y Alejandro Zambra, a cinco años de su muerte tras un cáncer.

Me suceden cosas curiosas con quienes trato de ubicar en el tiempo. El año 2005, en La Sebastiana (Casa de Neruda), a minutos antes de dar una charla y una lectura de sus poemas, me lo encuentro en el cafetín que está a la entrada del lugar. Intercambio unas cuantas palabras, hablamos de sus amigos y mi relación con el norte de Chile. Fuma un cigarro tras otro y bebé un café cargado. Logro conocer la mirada de Millán, una mirada fuerte y penetrante, una mirada cargada de poesía, de la poesía que gatilla y cala.

Si bien los poetas son seres de mucha inteligencia, en Millán ésta se duplicaba. Estoy seguro que su obra va a agarrar una connotación más allá de lo que imaginamos.

A escaso tiempo de su muerte, ya llevándola cargada como una mochila, le expresa a Manuel Silva Acevedo que no sentía miedo de morir: “Curiosidad es lo que siento, por fin voy a conocer el gran misterio”.

Precisamente, a unos días de su fallecimiento, yo me encontraba junto a otros poetas, realizando un taller para jóvenes reclusos en el centro penitenciario de Limache. En la oportunidad, frente a muchachos inquietos y agresivos, el poeta Tito Valenzuela, con su voz pausada y mesiánica logra adormecer a las fieras. Su tema en el momento fue precisamente, Gonzalo Millán. Leyó sus mejores creaciones que entusiasmaron e hicieron reír a los internos. En un lapso, en donde produjo un silencio inusual en la sala, señaló que el poeta Millán estaba muy enfermo y que según noticias recientes era posible que muriera en esos días. Y así fue. Cuarenta y ocho horas más tarde, Gonzalo Millán se nos fue nuevamente, pero esta vez a un lugar desconocido.

Josephine Baker, quien además de filmar ocho películas y mostrar no sólo su talento físico sino también vocal y que la transformó en la primera mujer de color que triunfa en suelos europeos, queda en la ruina por malos manejos económicos. En 1975 y casi cercana a cumplir los setenta años de edad, buscan formas de ayudarla y le preparan un musical para recordar diez lustros de vida sobre los escenarios. Fue en ese preciso momento cuando cae víctima de un derrame cerebral. Sus restos descansan en Mónaco tras cientos y cientos de homenajes.

Al comienzo señalé si era posible tomar el ritmo adecuado de crónicas extraviadas por mucho tiempo, y por supuesto que me respondo afirmativamente. Porque (los dos) fueron personajes que siempre busqué en mis etapas de juventud y siempre escapaban. Fueron, por otra parte, rebeldes disímiles, que murieron cargando sonrisas y a la vez trizaduras, las mismas que otorga la sociedad circundante, las calles con sus gritos y atrofias, las piedras que muchas veces no nos dejan avanzar, el grito espeluznante de la ira, la masacre de los exilios obligados.


jueves, 6 de enero de 2011

Árboles estupefactos observan a Joaquín Edwards Bello

1/06/2011 08:02:00 a. m.





Árboles estupefactos observan a Joaquín Edwards Bello


Escribe Carlos Amador Marchant

Decir “no soy el de antes” es dar cabida a tinieblas, a las que nunca más entraremos en forma victoriosa.

Mi padre, a minutos de morir, esbozó una canción mexicana y dijo que afuera el cielo estaba hermoso y los ramajes de los arbustos se mecían como nunca antes.

Joaquín Edwards Bello, a minutos antes de suicidarse, cantó un repertorio francés de los que atesoraba.

Mucho antes de leer “La Chica del Crillón”, hace bastante tiempo, don Joaco me atrajo. No sólo por las posteriores peripecias de Teresa Iturrigorriaga, su protagonista, sino la demarcación y escenas de la alta sociedad santiaguina de comienzos del siglo veinte, sus inclinaciones e ideas que siguen pesando y penando al rictus territorial.

Y entonces acá nos detenemos. Nos ponemos a mirar a lo lejos, a lo más lejano, no para defender ni menos para increpar al Premio Nacional de Periodismo y Premio Nacional de Literatura, sino para analizarlo en su forma, en su contexto, y por qué no decirlo, en su decisión de ser un inclemente a costa de todo.

Frente a ese panorama de ideas alienadas sin estar acorde con el avance social, ortodoxas por decir lo menos, ¿acaso era un tema menor para Edwards Bello salir de la escafandra de su apellido, ligado, pegado, como garrapata (perdonando la expresión) a la oligarquía chilena?

Ese apellido (éste) escamoteado en los más disímiles conflictos sociales, apostador y ganador de un cuanto hay de prebendas políticas o antipolíticas, en fin. Pero ganador después de todo.

Sin embargo, no estoy acá para hablar del apellido “Edwards” en especial, sino para ver la fortaleza del hombre cuando quiere (busca) en su subconsciente, salir de estos ramales.
Ese fue para mí, Joaquín Edwards Bello.

No estoy aquí para hablar del apellido, repito, ¿y cómo no?, si por más de dos siglos, tras la llegada del primer Edwards a suelo chileno en barco pirata, pasando por la descendencia y su incursión en la minería, en temas bancarios, periodísticos, la mano decidora en la Guerra del Pacífico, la voz opositora contra Balmaceda y la posterior Guerra Civil del 91 y, por favor, no sigamos contando, porque el mismo Premio Nacional de Literatura se avergonzaría de tanta estupidez en pleno siglo 20 y más allá de éste.

Jugador empedernido, Joaquín Edwards Bello, capaz de diluir toda su fortuna en los casinos, en las mujeres, en sus viajes a Paris, fue un escritor pleno, que plasmó sin lugar a dudas todo lo concerniente a la vida nacional.

Dicotómico, como el que busca salir del seno abismal y no puede o no quiere, que se revuelca en dos aguas y se desplaza amando más a una que a otra.

Estamos (estoy) hablando del hombre que hizo de su vida una desesperación, acompañado desde joven de una pistola colt que al final hizo funcionar a sus ochenta años, el 19 de febrero de 1968.

Su pariente sanguíneo, Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes, Jorge Edwards, expresó que la obra de Joaquín fue autobiográfica casi total, disfrazando nombres de sus personajes, dándoles vida y escondiéndolas dentro de su propia vida.

Y entonces no es complicado, ni siquiera vale la pena indagar sobre su caminar por este mundo, porque interpone él mismo, en las obras, su vida electrizante, caótica, apremiante, llena de ultrajes y sinsabores.

He terminado por considerar a este hombre como “heroico” y a quien, al mismo tiempo, se le podrá dibujar miles de apelativos degradantes.

Me parece, desde la ficción y/ó realidad en “El inútil de la familia”, de Jorge Edwards, verlo caminar (correr) con sus bolsillos repletos de dinero entrando en los casinos. También observando los traseros de hembras de pueblo, sean éstas lavanderas, feriantes, no importa, lo real era que tuvieran exuberantes culos y caderas por donde se pudiera afincar. Es decir, por la carne de las mujeres de alcurnia no iba la cosa. O bien escondiéndose tras haber publicado su conflictivo libro “El inútil”, entrando en casas amigas, saliendo del país, hasta que pasara la tormenta y la ira de la casta, la misma de llevaba en su sangre.

El Joaquín destemplado siempre observado por los hombres de sociedad, a los que soportaba por cortesía, mientras por sus caminos, parecía que por su sangre, por sus ojos le electrizaban las calles polvorientas y de hedores, las cantinas, la bohemia de grandes risas, de risas alocadas.

Confecciona bien Jorge Edwards este libro donde en ocasiones parece que apaleara a su tío. Y sin embargo, casi con ironía busca reencontrarlo, acercarlo a sus propios caminos. Y es preciso, incluso, para entender un poco mejor la vida de Joaquín Edwards Bello, releer estos textos que a Jorge debió haberle costado ordenar en el más estricto rigor de enaltecer, dentro de la supuesta denostación, a un pariente y su validez.

Este Edwards Bello (también bisnieto de Andrés bello) con dos apellidos poderosos, observado en la más decadente aventura de la vida, quedar en ocasiones con los bolsillos pelados, casi hipotecando hasta su alma, haciendo, por cierto, de esa existencia sus escritos y hallando el valor en la literatura, lectores por miles lo rescatan, sin embargo, de la muerte prematura.

Nos permite Jorge Edwards, como dijimos anteriormente, orientarnos en lo autobiográfico de su pariente, hasta “suponer” vida desgarrada y situaciones relatadas en los textos, y que a la larga pasan a ser o pertenecen a la realidad. Hijos, por ejemplo, de su primer matrimonio, robándole escritos y hasta su colt que le permitió el suicidio. O la misma Mayita, su última mujer que lo coronó como el gran personaje dándole un golpe en el mentón, un sorpresivo golpe de cachetada, a la alta sociedad que prácticamente escupió, humilló, marginó, a este hombre que lo único que hizo fue rebelarse frente a un mundo al que creyó no pertenecer.

Dos temas relevantes para degustar este asunto del apellido Edwards. Por un lado el hermano de Joaquín, Emilio, había sido embajador de Chile en Cuba en los tiempos antes de la revolución de Fidel Castro y hasta cuando Chile cortó relaciones con la isla. Enamorado de ésta tuvo que emigrar a Miami con su familia. Más tarde, en 1970, una vez que el gobierno de Salvador Allende, al reanudar relaciones con ese país envía a su primer nuevo embajador, Jorge Edwards ocupa ese cargo. Frente a esta situación que fue más que nada coincidencia alejada de planificación, el embajador de Cuba en México, señaló: “Parece que esta familia es inmortal. El último representante del antiguo régimen pertenecía a ella. Y el primer representante de la revolución, también. ¡Es, no cabe duda, una familia inmortal!.

Mayita, por otra parte, tras el suicidio de Joaquín Edwards Bello, consigue hacer una especie de circunvolución con nuestro personaje, es decir, hace que en los funerales no sólo el pueblo salga a las calles, sino que altas instituciones como la Universidad de Chile facilitaran el Salón de Honor para el velatorio, la gran Casa de Bello, donde el bisnieto ya era merecedor de todos los grandes honores. Antes de llegar al Cementerio General, además, se hizo un alto en donde la totalidad del personal hasta altas autoridades del diario La Nación, homenajearon al Premio Nacional de Literatura, al mismo que hizo más famoso al matutino con sus crónicas semanales. Era 1968.
Mientras los más conspicuos escritores de la época entregaban emotivas palabras por el hombre que se había suicidado, Joaquín Edwards Bello dejaba estampadas estas palabras antiguas: “Cambié de barrio, de clase social, de familia. Cambié de sangre. Cambié de pasado. Soy feliz. Este otro mundo me admira. En la clase alta yo no pude ser algo. En esta otra clase, descubierta por mí, he vuelto a ser un hombre con esperanza”.

Curiosamente, al finalizar estos escritos, me trasladé por asuntos de trámites hacia un cerro popular de Valparaíso, el cerro Rodelillo. Cuando el vehículo de la locomoción colectiva fue pasando a la altura del paradero 20, me percaté que en un establecimiento educacional había un letrero. Esto es lo que decía: “Matrículas abiertas 2011. Colegio Joaquín Edwards Bello”. Sin comentario.

Al comienzo de esta crónica hice una rápida relación con dos hombres que cantaron antes de morir. Mi padre, quien no fue un escritor ni tampoco se suicidó, hizo de su vida una novela. Lo despedí en Iquique, en el cementerio número 3, frente a una escasa concurrencia, y precisamente, hablé sobre su vida novelística. Joaquín Edwards Bello, por su parte, vivió y pervivió para novelar. Vivió, en consecuencia, para desgarrar su pellejo hasta lograr un objetivo, mientras el aire que respiró, ese aire intrépido, sigue remeciendo muchos árboles estupefactos.

Pero ambos cantaron a su estilo.



miércoles, 30 de junio de 2010

El Ministerio de Cultura y los dichos filosofales

6/30/2010 12:41:00 p. m.




El Ministerio de Cultura actual y los dichos filosofales

Escribe Carlos Amador Marchant

(Breve visión de una realidad)


Porque “A veces, el silencio es la peor mentira”, como lo dijo el filósofo español Miguel de Unamuno, nos vamos trasladando por las calles con ese ropaje que alarma.

Después de todas estas semanas donde el fútbol se entremezcló en las poblaciones chilenas, emergimos de nuevo con la realidad que nos deja sentados siempre en el mismo sitio. ¿Somos fetichistas?. Me quedo pensando en esto que nos circunda. ¿Cuánto hemos avanzado en el fútbol?. Mucho. Pero.. ¿Hemos sido capaces de superar a la selección de 1962?. Imposible.

Volviendo a la frase de Unamuno, rescato, busco, como si fuera aguja en el pajar, situaciones que a todos los chilenos nos preocupaban antes de comenzar el Mundial de Fútbol: “el cambio de gobierno y los sorpresivos despidos”. ¿Cuánta gente en este momento quedó sin sus puestos de trabajo?. Y lo peor ¿cuánto silencio se ha interpuesto en medio de esta atrocidad en pleno siglo 21?.

Me preocupa sobremanera, por ejemplo, el Ministerio de Cultura, aquel sitio donde debiera predominar el conocimiento y de donde emergerá la sabiduría de un pueblo, la ayuda real hacia los exponentes del arte y el predominio de la cultura para engrandecer a una nación. Allí, precisamente, casi de inmediato al asumir el actual gobierno, se comenzó a poner en práctica el rastrillo, práctica ya conocida en los tiempos difíciles y que muchos chilenos quieren olvidar. Me preocupa, por otra parte, y permítanme decirlo, el temor de la gente, ese temor que se transforma en silencio (y aquí volvemos a la frase de Unamuno) que nos conduce a pensar que muy poco o nada se avanzó en los últimos veinte años, en el tema de las confianzas, de perder el temor hacia los que se adjudican la chapa de opresor.

“A veces, el silencio es la peor mentira”, claro, porque en los pasillos de esa entidad los rostros despavoridos de los trabajadores, salvo el de sus dirigentes, semejan autómatas.

La sabiduría del gran pensador de Bilbao vuelve a cobrar actualidad. Porque este silencio sinónimo de mentira, no sólo está instalado en la mente de los desprotegidos trabajadores, sino también en las nuevas autoridades que se sentaron a mandar dicho Ministerio. Sabido es que en cada cambio de gobierno (en democracia) los llamados puestos de “extrema confianza” comienzan a ser cambiados. Esto es normal y lícito. Pero no lo es cuando se comienza a rastrillar en trabajadores comunes y hasta en artistas. Más aun, utilizando la “ilegalidad dentro de la legalidad” que involucra los famosos contratos a honorarios, donde cualquier persona puede ser enviada a la casa en el momento que a la empresa o institución se les dé la gana. Lo peor de esto, es que la mayoría de los casos de despidos, fueron ejecutados sin mediar informes o causas del mismo. Más peor aun, cuando se le preguntó a asesores del Ministro Cruz Coke, sobre las verdaderas razones de los atropellos sorpresivos, ellos mirando para todos lados, titubeando, no respondieron nada, incurriendo en mentiras que luego fueron ratificadas por funcionarios que se sintieron aludidos.

Estamos hablando, y esto me preocupa, de un gobierno que recién comienza y que se instaló promoviendo el terror entre los ciudadanos. Que en vez de solucionar problemas, por ejemplo la cesantía, la acrecienta, y deja a su gente, a la gente que votó por él, incluso, en la peor indefensión.
El Ministerio de Cultura cambia su faz, de un estamento donde la gente reía y se saludaba en los pasillos, veo ahora con preocupación, rostros tristes y temerosos.

Me preocupa, por otra parte, la práctica de la mentira y hasta el nepotismo que supuestamente erradicarían, pero que en los primeros meses agigantaron.

Estoy hablando de un Ministro de Cultura que es artista y que como tal debe promover el humanismo. Yo no sé si él sabe o está enterado del accionar de sus asesores y en especial de una de sus asesoras. Espero que no sea así para el bien de su imagen.

Estoy preocupado, y perdonen ustedes, por estas situaciones en un Ministerio que me representa.

¿Será que debemos recurrir a las frases del filósofo griego Aristóteles para graficar estos antecedentes?: “El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”.

Esperemos se recapacite, por el bien de todos los chilenos y de los artistas.


domingo, 30 de mayo de 2010

Nacen para morir [Escribe Carlos Amador Marchant]

5/30/2010 10:41:00 a. m.


Obra pictórica de Luisa Ayala Pinochet


Nacen para morir
Escribe Carlos Amador Marchant



Mueren los seres a cada momento. Comienzan a morir los que pensaban en la muerte. La vida está instalada a partir de ella. Es posible que los soles algún día se inunden de mares. Es posible.
Estoy pensando y (es posible) que cuando pienso, no pienso en nada.
Esta dualidad se agiganta a veces en mi garganta. Alguien me dijo desde el norte de Chile, que era mejor dejarnos abrazar, amigarnos, porque se nos avecina la muerte. No entiendo qué conflictos hubo. Pero me late que esas palabras surgieron a merced del temor a los últimos años.
Claro, así es la vida, cantamos, bailamos, a veces nos interesa un carajo el sufrimiento del vecino. Otras, nos abrazamos al surgir temores, especialmente cuando se avecina el famoso “patio de los callados”.
Al traer al presente este patio, llegan a la mente poetas que se han entregado a la nueva vida del silencio. Han sido varios. El año pasado en Valparaíso se suicidó una poeta, meses después muere otro que había dejado su legado a los niños. Todos, de alguna manera, insertaron su arte en regiones.
Al repasar las fotos de quienes ya no están, sus voces en algunos videos, creemos, precisamente, en el sueño de la vida (Calderón de la Barca).
Gracias al avance de las comunicaciones, el Internet, la población, los amantes de la palabra, se enteran aun más de los fallecimientos de quienes se consagraron con su verbo en provincias. Antes no era posible, sólo se podía recurrir a los medios de comunicación que no alcanzaban el tiraje nacional, es decir, quedaban en el olvido absoluto.
Pero mueren los seres a cada momento. Esto es cierto, nacemos para morir, o morimos para vivir.
Hay quienes, curiosamente, he logrado conocer casi al final de sus vidas. Es el caso del poeta Eduardo Díaz Espinoza, el “Pelao”, como le decían sus cercanos y sobretodo en la lejana Antofagasta. Amigo de Sabella, de Bahamonde, de Rivera Letelier y de casi todos los que desde ese puerto se movilizan con sus letras.
Por razones de haberme metido al tema gremial desde 2003 hasta el 2007, como presidente de la SECH Valparaíso, tuve que asistir a varios encuentros de filiales en la casona histórica de Almirante Simpson 7 de Santiago.
Es probable que a Eduardo lo haya contactado en la década del 80, pero en ese tiempo andábamos todos en otras cosas, y a veces los nombres van quedando traspapelados. Promotor de generaciones, incansable conversador, “el pelao” se las ingenió para dejar su nombre en el norte. Si bien su obra no fue extensa, era poseedor de conocimientos extraordinarios, herencia, por cierto, de Sabella.
En la vieja casona de los escritores en Santiago, cuando nos encontrábamos con Díaz Espinoza, su voz retumbaba en todas las paredes. Tenía ese sonsonete típico de los antofagastinos, una combinación de aire y tierra.
Por ese tiempo el pelao ya había pasado los 66 años y en su físico se veía venir alguna enfermedad que lo maltrataría hasta el año 2009 (enero) momento en que falleció.
Casi por el 2006 lo recuerdo con una diabetes que lo carcomía. Debía pincharse los dedos de las manos cada ciertas horas para saber su estado de azúcar en la sangre. Esa situación, a veces, me parecía humorística, porque su olvido lo hacía trasladarse al hotel donde hospedábamos en calidad de emergencia.
Entendí, tras varios años asistiendo a encuentros literarios donde estábamos todos los presidentes de filiales que, con “el pelao”, había que ser amigo, nunca contradecirlo, porque poseía un diálogo casi flamígero.
Eduardo Díaz hablaba fuerte y se agarraba la mesa cuando estaba en desacuerdo con alguna postura gremial. También, por cierto, tenía cierto dejo de humildad. Aprendí a conocerlo bien en sus estados de diálogos. Cuando agarraba la metralleta no había quién saliera vivo de la sala.
Me invitó un día a Antofagasta. Esa ciudad siempre me había dejado el recuerdo de un premio nacional de poesía del año 1979, juntos a Alicia Enríquez y Juan Mihovilovic. Acepté el reto y viajé en bus por el desierto. Era el 2004. Allí se realizaba una mini feria del libro en la Casa de la Cultura, donde ya se exponían algunas cosas del fallecido Andrés Sabella: su catre, sus libros, casi todas cosas humildes.
Caminé por las calles de la ciudad junto a Eduardo. Conocí a su familia. Almorcé en su casa. Fueron tres días donde pude recorrer mi pasado. Eduardo Díaz fue gentil conmigo, al margen de su personalidad avasalladora de sus finales.
Después de compartir varios otros encuentros en el hotel España de Santiago, un día cualquiera, Eduardo se encuentra conmigo de nuevo en la capital de Chile y no me da la cara, me gritonea, me descalifica. Nunca supe el motivo. Traté de averiguar. Nada obtuve.
Tres meses antes de morir (octubre de 2008) me llega un mail de él seguramente desde su cama de moribundo: “ Carlos Amador, lamento mi mal proceder para contigo. Tal vez estas líneas nos sirvan de despedida, un abrazo fraterno, el tiempo de mi vida se acorta aceleradamente y lamentablemente ya no lo puedo detener (Eduardo Díaz, 30 de octubre de 2008). Acepté este “perdón” que me trajo un nuevo aire mientras él moría. Me dio a entender que él junto a su familia eran seres valiosos.
Las muertes están en cada espacio. Por eso cuando recorro Santiago voy mirando sus calles y sus hoteles, en cada uno de esos rincones respiran los hombres que ya no están.
Estoy hablando de dirigentes SECH a lo largo del país, en consecuencia, no de sus obras ni de sus talentos.
Dinko Pavlov también murió hace unos días. Como presidente SECH Magallanes lo conocí en un encuentro primero del 2005. En un hotel a pasos de la Casa Gremialista, compartió mi pieza que tenía tres camas. Recuerdo haber entrado a la habitación a eso de las cinco de la tarde. Dejé mis cosas, mis maletas, pero sobre el tercer lecho vi una cantidad de libros. Transcurrieron las horas y, estricto en temas de privacidad, casi al mediar las 12 de la noche me celebré estar solo en esa amplia sala. Precisamente a las 12 y cuarto alguien golpeteó la puerta. Me levanté y abrí. Me encontré con un hombre de casi dos metros, de mirada fantasmal. Me dijo: “Soy Dinko Pavlov y debo dormir aquí..¿quién eres tú?. Le di mis señas y entró. Conversamos quince minutos y una vez que me conoció criticó estar acostado “demasiado temprano”. Lo mismo desembocó en ponerme ropas y seguirlo al bar del hotel. Cinco horas conversamos en medio de vinos y cigarros.
Con Pavlov alternamos en otros varios encuentros de escritores. Siempre en las reuniones se sentaba junto “al pelao” Díaz y ambos hacían de las reuniones un sin fin de controversias.
Estas mismas fueron “empapelando” los mail en la actual tecnología comunicacional.
Recuerdo en uno de los encuentros gremiales haber trasladado las cenizas del poeta Rolando Cárdenas.
La ánfora estuvo en una de las mesas de los salones de la SECH al finalizar el año 2005. La idea era llevar estas cenizas al sur de Chile, lugar donde nació el poeta. La idea, por otra parte, de Pavlov, fue salir con la ánfora hasta la “Unión Chica” lugar de encuentros de artistas y escritores. Hacia allá fuimos todos. Ese momento me pareció terrible. Creí llevar a un difunto por las calles de Santiago, a aquel que habló, recitó, bailó, gritó, y que ahora estaba transformado en cenizas.
En “La Unión Chica” los poetas, en medio de la cara de extrañeza de la gente, recitaron, reían, conversaron. La ánfora estaba sobre la mesa. En esa misma mesa junto a ella, se pusieron vasos de vinos, botellas, comidas y el cadáver del poeta en cenizas estaba junto a los comensales. Todo era natural. Para mí esos momentos fueron de reflexión sobre la vida.
Finalmente, saliendo del lugar de tertulia, alguien sacó fotos del momento. Todos quisieron ponerse para salir elevando la ánfora de Cárdenas.
Pavlov y el “Pelao” Díaz también fueron cremados. Las cenizas de Pavlov, el mismo de la idea de llevar la ánfora a” La Unión Chica”, fueron lanzadas al océano del Estrecho de Magallanes, otra parte a La Serena. No tengo noticias de las del “Pelao” Diaz”.
Estamos hablando de la vida. De los que se fueron. De los que hicieron cosas en provincia, de los que hablaron de ser y no ser, de los que llevaron las cenizas de alguien y que al final también se transformaron en ellas.


sábado, 8 de mayo de 2010

EL TIEMPO JUNTO A LA QUEBRADA

5/08/2010 08:53:00 a. m.



Escribe: Carlos Amador Marchant


Hoy o hace unos días viajé a un lugar inimaginable. Caminé entre ese polvo, frente a las casas, las verdaderas casas del campo. Pensé si ahí, en el sitio, en esos sitios, cuando nunca antes carreteras asfaltadas, caballos y burros y jinetes, imaginarían llegar casi intactos a este siglo 21.

El polvo, en cambio, sigue siendo el mismo, me dije. Este espacio, es Quebrada Alvarado, me dijeron.

Al paso de minutos creí ver a los hombres antiguos de esta tierra, a los silenciosos.

Yo estuve esa tarde, ese sábado sin sol, degustando la tierra.

Quebrada Alvarado es un sitio donde llegó el turismo galopando a cien por hora. Sus montañas y las casas son merecedoras de esta turba por lo hermoso de sus rincones. Aquí parece que cada morador, cada campesino han puesto su mano de artista, los colores, los adornos, el silencio de sus calles de tierra, las cumbres cubiertas de vegetación.

Esa mañana había estado releyendo a García Márquez, a Tim O´Brien, a Greene. Y en medio de mis ojos lejanos tras la lectura, esta fortuita invitación de la familia a dejar la ciudad, la turbulencia de noticias, el terremoto en el sur de Chile y sus consecuencias, la llegada del Primero de Mayo y sus celebraciones y controversias, hicieron entregar una respuesta inmediata y afirmativa.

Sometido ya a ese territorio más allá de Olmué, a esa quebrada donde muchos han dejado su historia y pasos, fue como volver al pasado atrapado en muchos libros de campos. Salir abruptamente de la costa y sumergirse ahora en la espesura de la tierra, fue como un soplo repentino que golpeó el rostro.

Ese silencio de sus calles en donde los moradores parecen estar ausentes, es como si la historia se escondiera tras las paredes de una vida que nunca ha desaparecido, que más bien se mantiene agazapada.

Casi siempre cuando transito en bus por esos lugares comento respecto a retroceder en el tiempo, a ver todas esas casas, esas haciendas, esos pueblos escarpados y sumergidos en medio del silencio, sólo a huellas de carretas, sólo trasladándose a caballo. Y cuando observo a lo lejos viviendas que se mantienen aun más allá de un siglo, imagino a sus habitantes, las miles de vidas dejadas en la tierra, en las piedras.

Pero al paso de los años, más allá del siglo 20, la selva de cemento se ha adueñado de la vegetación, y las carreteras y los puentes relucen y brillan en cada espacio del territorio. Entonces, para instalarse de nuevo en lo natural de la vida, la misma dejada por nuestros antepasados, quedan las fotos, los libros apretujados en los rincones de la biblioteca, aquéllos que muchas veces parecen escondidos esperando un nuevo turno.

Aunque estoy hablando de la Quinta Región, Quebrada Alvarado me trajo las escrituras de Luis Vulliamy, los recónditos parajes entrelazados con aventuras de pueblos, de tierras y agresiones más al sur de Chile. El olor a frutas en los costados de todas las paredes de pueblos, y las andanzas también de un sin fin de aventureros de los comienzos del siglo 20 en nuestra patria. O Luis Durand almacenando episodios en su “Frontera”, con un estilo distinto al de Vulliamy, trasluciendo el primero ese siempre “Paraíso de los Malos”.

Pero no es esto lo que me convoca con Quebrada Alvarado, sino más bien traer el olor a la tierra, a sus animales, a los árboles, a las comidas.

Sin ser un sibarita junto a la familia nos adentramos en uno de los restaurantes más tradicionales del lugar. El sitio en cuestión, con todos los manjares campesinos, con la tradición impregnada en las paredes, con ese lujo campestre en donde ni un detalle escapa, ni siquiera el piso de tierra, me trajo la imagen de De Rokha.

Por los inmensos ventanales podíamos observar paltos, uvas, aceitunas. Y en medio de centenares de turistas ya parapetados y ubicados en sus mesas, los garzones buscando y trayendo un cuanto hay en comidas campestres:

“Y, ¿qué me dicen ustedes de un costillar de chancho con ajo, picantísimo, asado en el asador de maqui, en junio, a las riberas del peumo o la patagua o el boldo que resumen la atmósfera dramática del atardecer lluvioso….”. “Los pavos cebados, que huelen a verano y son otoños de nogal o de castaño casi humano, los como en todo el país, y en Santiago os beso, como a las tinajas en donde suspira la chicha como la niña más linda de Curicó levantándose los vestidos debajo del manzano parroquial………”(Pablo De Rokha, Epopeya de las Comidas y las Bebidas de Chile).

En medio de la mesa larga, me pareció que este hombre de Licantén, este Carlos Díaz Loyola, este vendedor de libros, este poeta incansable que fue De Rokha, estaba sentado al lado de nosotros.

Entiendo que por esta razón, mientras el resto prefirió el lomo, lengua, el pastel de choclos, entrañas y filetes, yo me incliné por degustar un conejo de la zona.

Creo que todos miraban el plato, ese conejo de patas abiertas sobre la vajilla. Entonces opté por explicarles que mi padre fue un criador de este mamífero en el norte de Chile. Mi ahora anciano progenitor los crió al aire libre sobre el patio de la casa. Hacían cuevas interminables, se paseaban de un lado a otro. Eran negros, blancos, mestizos y de todos los tamaños. Y fue tal la proliferación, fueron tantas las cuevas, que la casa estuvo al borde del derrumbe. Ese fue el final de la crianza, la misma que nos había abastecido de alimento por largos años.

Pues bien, en Quebrada Alvarado, sentí el retorno de un pasado que debo tener impregnado como el mar. ¿De dónde soy?, me pregunté. Y en medio de caballos y campesinos que comenzaban a deambular a la hora de un término de día, me di cuenta que la vida que llevamos está llena de fantasmas, los mismo que se nos suben a la espalda en las horas de sueños.

Curiosamente, a lo lejos, sentí el patio de mi casa del norte de Chile. Y en medio, en los alrededores de un riachuelo casi seco, la familia recordaba haber estado allí hace tres lustros, reconociendo que ya no eran los mismos. Quebrada Alvarado se alejaba ya de nosotros. Y nos dimos cuenta que Pablo De Rokha, seguía sentado en una de las mesas del restaurant.


domingo, 7 de febrero de 2010

IQUIQUE Y EL VALS DE LOS RECUERDOS

2/07/2010 03:05:00 p. m.









1.- Vista de la actual caleta de Iquique (atrás los cerros Cordillera de la Costa)
2.- El Edificio Colectivo de la calle Patricio Lynch.
3.- Frontis del actual Palacio Astoreca (ex Intendencia Regional).
4.- Entrando al avión rumbo a Santiago, en el aeropuerto Diego Aracena.
5.- Frontis de la abandonada Escuela Santa María.
6.- Parte trasera de la escuela, frente al monolito a los obreros mártires

IQUIQUE Y EL VALS DE LOS RECUERDOS

Escribe Carlos Amador Marchant

Treinta años sin visitar la ciudad donde nací produjo una opción difícil de asumir.¿Es bueno volver al pasado?. No supe responderme.
Reencontrar a Iquique fue el desafío.

Me decían que ahora es cosmopolita de grandes edificios frente a la costa, de casas que se extienden hasta el Cerro El Dragón, el lejano, aquel que parecía vigilar la ciudad sufrida por la historia.

De tantos dichos, entonces, fue necesario tomar un avión y visitar de nuevo este reducto minero, este sitio de mar azul, de cerros interminables, de soledades, de rocas sulfurosas.

Si atravesar el desierto en tren, en el antiguo Longino (longitudinal norte), era una proeza, sólo los pampinos y allegados a esas soledades, se arriesgaban al azote quemante de la pampa. Hernán Rivera Letelier narra con genialidad esta travesía en “Los trenes se van al purgatorio”, libro editado el año 2000. Lo concreto es que, al margen de tanta miseria y sacrificio, en esos dos días y dos noches asfixiados en aquellos pequeños vagones, por lo menos existía “el encanto” en cuanto a que los pasajeros se las ingeniaban para vivir de manera intensa dentro de la caldera. Cantos, risas, amores, no faltaban. Tampoco vino tinto y del otro. Tampoco las empanadas. Tampoco el llanto. Era el sufrimiento hecho risa.

De esos tiempos, hasta cercana la década del setenta, una vez que las flotas de buses se adueñan de las nuevas carreteras eliminando a los trenes y los rieles que subían por el gran cerro de la costa alcanzando al desolado Alto Hospicio (hoy comuna), se inicia otra nueva insondable travesía, la asfixiante, la traumática. Sin duda, en esos años los buses representaron la nueva atracción, se hablaba de un mayor confort, donde el petróleo daba paso al exterminio de las locomotoras a carbón.

Con el paso de los lustros, quienes nos transformamos en asiduos viajeros, fuimos percatándonos (nos percatamos ahora) que aquellos medios de locomoción ya no representan el gran confort para el desierto. Las distancias largas, las 17 o más horas de viaje encerrados entre cuatro latas, desayunando y almorzando y cenando, con un baño sin gran ventilación, hacen de estos viajes pesadillas poco higiénicas. Por estas u otras razones, hay quienes añoran la vuelta de los trenes, pero los de ahora, los trenes rápidos, con más tecnología.

Si bien queríamos en esta ocasión llegar rápido a destino, las dos horas del avión entre Santiago a Iquique sólo nos permitió observar la pampa a través de aquella minúscula ventanilla.

30 años habían pasado sin regresar a esta que es mi tierra y sólo en dos horas me fundía con el pasado. Dos escasas horas sin saber de nadie, sin siquiera percatarme si los de mi generación estaban en ese sitio o habían emigrado a otros lugares de Chile, sin saber si los que estuvieron y caminaron conmigo en la década del 60 estaban enfermos, ancianos o se habían muerto.

Curiosamente, antes del viaje, casi intuitivamente, como deseando no encontrarme con nadie, sino más bien con la ciudad histórica, sabiendo que no me contestarían un tímido mail que hice llegar a un poeta que sé no se comunica mucho por este medio, anuncié mi visita. Dicho y hecho. No fue contestado el anuncio y en consecuencia mi retorno se realizaría como lo deseé en un comienzo, sin que nadie se percatara de éste.

Durante el viaje, observando desde más de 11 mil metros de altura el inmenso panorama del desierto con algunas minúsculas rayas de ríos endebles, se echa de menos que desde la cabina o por algún sistema de audio interno se entregue alguna información sobre los lugares por donde se va volando. Una mujer de edad se lo hizo saber a la azafata y ésta la miró con sorpresa.
Volar a esas alturas por la pampa me trajo al mismo tiempo la travesía de Pedro de Valdivia en 1540, quien saliendo desde Tacana (actual Tacna-Perú), llegó con escasos hombres hasta Cosayapu (actual Copiapó-Chile). Sobre el tema del cronista Gerónimo de Bibar ya escribí en “Extramuris83” (actual revista virtual), pero me ha interesado recoger este enlace antes de entrar al tema de la histórica ciudad de Iquique, por la connotación de los pueblos precordilleranos que fueron fundando al paso de los años. Lo concreto es que por el sector de la precordillera se van entrelazando poblados entre Arica, Pisagua e Iquique. La trascendencia de esto, y por eso la reflexión, es que este puñado de hombres entró por el valle de Lluta y fue fundando pueblitos como Socoroma, Putre que están a más de tres mil metros de altura. Y más tarde Belén, subiendo y bajando, Ticnamar, Codpa, Esquiña, Camiña, Tarapacá, Pachica, Pica. Y mucho más tarde, emprendiendo hasta Copiapó. Eran hombres de a caballo y de a pie, que con su sed de riquezas doblegaron a los originarios. Sólo esa sed los guió por estos inhóspitos territorios. Desde las alturas logro divisar el desierto pleno y pienso, pienso, en ese otro pasado terrible para los que habitaban estas tierras y también para los que llegaron a dominarla.


Por los senderos del Iquique antiguo

La primera visión desde el avión al situarnos sobre el aeropuerto Diego Aracena, distante a 45 kilómetros de la ciudad de Iquique, es el mar de un azul sorprendente. Al lado el color café de la pampa. Café y azul son dos colores que dan el retorno a este sitio. Si bien El Aracena se encuentra en remodelación, deja ver el contraste. Aquí se observa la pampa, el sol que golpea las espaldas, la piedra de los cerros pelados y la gente que se traslada de un lugar a otro en forma distinta. Recuerdo que su nombre antiguo era Chucumata.

El transporte hasta llegar a Iquique es viendo el mar del lado sur del puerto, y tras 30 minutos de camino comienzo a divisar el inmenso panorama de la Cordillera de la Costa, el Cerro El Dragón lejano, sólo que ahora terriblemente poblado.

El conductor del auto me va conversando sobre los adelantos de la ciudad, los grandes edificios, el balneario y sus lujos recientes, las lejanías que ahora son cercanías de espacios. Y sin embargo no digo nada, no aporto nada, parece que sólo me interesara el pasado de Iquique, el remoto, el de las casas viejas, el escenario doblegado por los recuerdos de las salitreras en desmedro, de las pesqueras de la década del 60, de los obreros y sus recuerdos, de las casas donde la madera habla.

Así pues culminé mi presuroso primer día en el Iquique legendario. Abracé a mis padres ancianos, conversé con ellos, con mi hermana, divisé desde los ventanales de la casa el árido panorama sin atreverme aún a salir a la calle.

Volveré a Iquique me dije un día. Esa noche todavía no estaba seguro si me encontraba en la ciudad donde nací en la primera mitad del siglo 20. No estaba seguro.

Por esta razón, a la mañana siguiente, acompañado de familiares, pedí me trasladaran al lugar donde inicié mis estudios primarios: La Escuela Santa María.

En el trayecto, mientras nos internábamos en el casco viejo de Iquique, no reconocí el nombre de numerosas calles, sólo la madera me fue transportando a un pasado lejano aunque reciente para el tiempo del universo.

La llegada sorpresiva al sitio, las calles asfixiadas por el calor, la madera entreverada con el adelanto, no me permitieron identificar el establecimiento. Asentados en la calle Barros Arana, en una esquina, me expresaron que la escuela estaba al frente.
Salí del vehículo acompañado de mi máquina fotográfica. Apresurado crucé la calle. Antes, mi hermana me había dicho que era necesario eternizar esas paredes, porque posiblemente el establecimiento sería demolido. Recorrí la edificación, ahora transformada en un sitio pintarrajeado con consignas políticas, descascarado, por todos los contornos, por las calles Barros Arana, Zegers, Latorre y Amunátegui. De improviso me situé en el pasado, en aquel lugar donde entraba con mi bolsón de escolar y mis carnes nuevas, mis cuadernos impecables, los pantalones cortos. Recordé al profesor Alberto Chang que no sé si vivirá aún, las largas jornadas en salas limpias y pasillos encerados. Quise recorrer sus salas, el salón de actos donde alguna vez representamos a los Beatles como humorada estudiantil. Me situé en el frontis de la calle Zegers y recordé esa escalera por donde bajaban los estudiantes en escuadrones para los ensayos del desfile del 21 de Mayo. Quise subir de nuevo esas escalas, pero me encontré con enrejados metálicos, los mismos de la década del 60, sólo que ahora estaban oxidados, las puertas interiores descascaradas y sucias, los vidrios de las ventanas quebrados. Vi salir por ahí a los personajes de mis novelas, el Rojitas y el Matus, los mismos que seguirán vivos en otras aventuras novelísticas. Esa escuela, esa escuela impecable, esa edificación con su historia, ahora estaba abandonada.
Este sitio, el mismo, el mismísimo donde fueron acribillados más de 3.000 obreros de la pampa salitrera en 1907. Este lugar, esta tierra donde corrió la sangre y donde los gritos se entreveraban, los gritos de espanto, ahora estaba abandonado.
Entonces, en esos no más de 30 minutos en que saqué fotos y sudé, me transporté desde la época de estudiante de 6 años a los obreros que fueron hacinados y engañados tras recorrer el desierto y bajar por el inmenso cerro que acorrala a Iquique.
Me pareció ver al Intendente Carlos Eastman, desesperado y eufórico, gritando a los cuatro vientos, dialogando con los adinerados, vociferando que los pampinos, que los llamados delincuentes, que los insurrectos, habían caminado en masas por el desierto adueñándose del puerto, que era posible que saquearan las casas, que violaran a las mujeres, incendiaran la calle Baquedano. Y me pareció escuchar la voz del Presidente Montt conversando con el Ministro Rafael Sotomayor, dando órdenes al General Silva Renard, todos macabros personajes.
Y observé a la tracalada ser conducida a esta escuela, a ese reducto de madera de la época, a este sitio donde me encontraba ahora tras treinta años de ausencia.
Mi hermana miraba absorta. Ahora me encontraba sacando fotos al monolito de los caídos. Al monolito de los que habían bajado al puerto a pedir sólo un mejor trato laboral.
El sol quemaba, como quemó en esos años a los pampinos, acostumbrados a esas calderas del norte.

El edificio en cuestión, el actual reducto abandonado, no fue precisamente el que albergó a los obreros de la pampa antes de ser masacrados. La tierra donde fue construido, en cambio, es el mismo cimiento donde la sangre, donde los cadáveres se hacinaron en la época. El antiguo era un caserón de madera que alcanzaba incluso hasta el Mercado Centenario, levantado en maderas en 1883 ad porta de la Guerra Civil del 91. Dicha construcción, más allá de los acontecimientos narrados, alcanzó a mantenerse en pie hasta 1928, año en que fue consumida en gran incendio un día 7 de marzo. 8 años más tarde, en 1936 se levantó el actual edificio en abandono con un material más sólido y por donde pasaron numerosas generaciones de estudiantes.
Tanta historia encerrada en estas paredes que ahora se encuentran rayadas con consignas políticas. Tanto abandono en ese monolito ubicado a un costado del edificio. Me pregunté qué pudo haber pasado. Fueron varios días consultándome, indagando. La realidad es que hasta el año 2005, tras el terremoto del 15 de junio quedó inutilizable, y en consecuencia, abandonada como centro estudiantil. En el frontis, en medio de la hediondez del entorno, se mantiene un lienzo que anuncia matrículas para el presente año 2010, designando un nuevo lugar transitorio de docencia: la Avenida Salvador Allende, casi a las laderas del cerro El Dragón. De acuerdo a algunas informaciones de prensa, la restauración del edificio se realizaría el año 2012, tras ser tramitados fondos para estos efectos por el Consejo Regional de la zona. El dilema es si se mantendrá como escuela o si se transformará en museo histórico. Hay quienes se inclinan por la segunda opción. Habrá que esperar.

La Escuela Santa María no sólo se caracterizó por ser un lugar donde se entregaba una excelente educación, sino también por los fenómenos paranormales que se producían. En la década del 60, tiempo en que me tocó estudiar, era común escuchar voces y ruidos de seres invisibles que deambulaban por los pasillos a eso de las 7 de la tarde, cuando el profesor nos castigaba por mala conducta. Más tarde las generaciones posteriores, los guardias del establecimiento, fueron narrando cosas similares, lo que se transformó en pan de todos los días, golpeteos de puertas, lamentos a altas horas de la noche.

Mi hermana estaba absorta. Yo seguía sacando fotos. Los obreros masacrados, los más de 3 mil, no han podido descansar.


Las calles de antaño y sitios de mi infancia


Ignoro si hay otro centro comercial en la ciudad. Es posible.
Como dije al comienzo, me interesaba recorrer las calles antiguas, las casas de maderas que se mantienen desde el siglo 19. Iquique es hoy, sin duda, una ciudad que ha alcanzado un alto nivel de construcciones nuevas al lado sur.
Los lugares de mi infancia transcurrieron en el sector de los colectivos O´Higgins con Patricio Lynch, al frente de lo que es hoy el Palacio Astoreca, edificio construido en pino oregón y que funcionó como Intendencia Regional a partir de 1909. La mandó a diseñar Juan Higinio Astoreca, dueño, además, de tres oficinas salitreras. Ahí vivió junto a su familia hasta 1904.

Los colectivos dejaron de construirse al mediar 1942. Se caracterizan por ser dos edificios con caracoles y de cemento duro, apto para la zona norte y capaz de resistir terremotos. Fueron ejecutados por el arquitecto Luciano Kulczewsky, quien además fue administrador de la Caja de Seguro Obligatorio. En los tiempos de depresión por los que pasaba el Norte Grande de Chile, tras la crisis salitrera, curiosamente fueron edificados para los asegurados del sector en las ciudades de Arica, Iquique, Antofagasta y Tocopilla. En ningún otro lugar se verán construcciones como éstas. Vienen siendo verdaderas reliquias.
En mis tiempos de niñez veía todo casi lejano. Desde el Colectivo al Mercado Centenario, a la Escuela Santa María, a la Avenida Balmaceda. En este retorno me siento en la obligación de decir que todo es cercano, es decir, son sólo caminatas de minutos.
Mi vida transcurría entre los colectivos, la Plaza Brasil, la calle Baquedano, la Plaza Prat, el mercado, la escuela, el Liceo de Hombres, el de Niñas, la Plaza Condell, la Playa Cavancha, el Micro Estadio, la Plaza Condell, el Barrio El Morro, el Norteamérica, la calle Vivar, la calle Tarapacá, la Radio Esmeralda, La Patricio Lynch, El Salitre. En esa semana de visita al puerto histórico me convocaba revivir todos estos sitios, los mismos donde se generaba la actividad social y política del puerto.

En mi Juventud Iquique estaba pisoteado por las pesqueras y su hedor diario. La ciudad invadida por las pestilencias, la ciudad, incluso, de las banderas negras por la depresión. La proliferación de locos por las calles, las huelgas estudiantiles que partían siempre del Liceo de Hombres y que muchas veces fueron apoyadas por el jovencito choro Soria de la época. De pueblo sufriente, de pueblo de sudor, aún se conservan muchas construcciones, aunque le han puesto el timbre de los nuevos tiempos.

Mi infancia transcurrió en la Plaza Brasil (ahora tiene otro nombre) ubicada al frente de los Colectivos. Era una plaza amplia con palmeras. Ahí lanzábamos piedras para comer dátiles. Hoy es pequeña sin mucha vegetación y los escasos árboles que se conservan, han sido invadidos por los patos yecos que los destruyen día a día con su excremento. El mismo avance urbano de la ciudad ha sido el culpable de esta proliferación. Le han robado el hábitat y no les ha quedado más remedio que entrar a la ciudad.

Los recovecos de la calle Lynch con sus almacenes ya no son los mismos, han sido invadidos por construcciones nuevas. Busqué reconocer contornos de la calle Vivar con Tarapacá. Hay muchas construcciones de la época que se esconden tras la nueva urbanización.

Me senté en la Plaza Brasil a rescatar mi niñez y ahí estuve tristemente varias horas. Busqué no sentirme abandonado, sólo quise mirar el entorno. Vi deambular niños de este tiempo y sentí que por mis venas corría el pasado, fuerte e histórico, que no podrá ser acallado mientras exista el verbo y la palabra.

Me fui a la costa a respirar el mismo mar de la década del 60. La juventud, los muchachos y muchachas sobre las rocas, en las orillas de playa, me dijeron en silencio que estábamos en otro Iquique, aunque la historia hace la vida y a la inversa.

Quise retornar a mi Iquique sin que nadie se percatara. La verdad, la página del tiempo se encargó de eso.

Pero atrás está el inmenso cerro de la Cordillera de la Costa, el Cerro El Dragón con su arena eterna, rodeado de casas pero aun vivos. Ellos han sido los que han observado la historia en silencio. Son ellos los que parecen guiñar un ojo, como diciendo que todo lo sufrido queda y que toda alegría se canta.

Me pregunté si Iquique no es el mismo o yo no soy el de antes.
Y tomé mi avión de retorno a Santiago estudiando esta pregunta.