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jueves, 13 de septiembre de 2012

El fracaso filial en El orden de las familias [por Aldo Astete Cuadra]

9/13/2012 05:01:00 p. m.

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El fracaso filial en  “El orden de las familias”
Un cuento de Jorge Edwards.
Aldo Astete Cuadra
Universidad Austral de Chile, Magíster en literatura Hispanoamericana Contemporánea.
Este artículo analiza el cuento El orden de las familias de Jorge Edwards, y su vinculación con el fracaso filial. Su intento es identificar actitudes vinculadas a la lealtad y parentalización en las situaciones vividas por los protagonistas. Por lo tanto, lo central de este estudio será reconocer las implicancias psicológicas expuestas en el relato, mediante el comportamiento de los hermanos y el resto de su familia. En este artículo además, se destacan los aportes realizados por los autores Boszormenyi-Nagy e Iván y G. Spark y Roberto Chacana a la psicología sistémica los primeros y a la relación de ésta con la literatura del segundo; aportes que sustentarán teóricamente este estudio.
Palabras clave: Lealtad,  parentalización, familia, fracaso filial, incesto.

0.- INTRODUCCIÓN
A partir de la psicología sistémica, aplicada a la familia y sus problemáticas podemos escudriñar textos literarios en busca de elementos comunes y afines a los que este campo de estudio analiza.
En el contexto de la psicología, el concepto de “Enfoque sistémico” alude a una serie de modelos o escuelas de terapia familiar surgidas a partir de los estudios precursores de investigadores del funcionamiento familiar, quienes, en desacuerdo con el énfasis que el modelo psicoanalítico atribuía a los aspectos intrapsíquicos del individuo, diseñaron nuevos modelos psicológicos capaces de esclarecer las variables interaccionales que podrían hacer posible que, en determinado momento, un individuo desarrollase un trastorno psíquico. (Chacana, 2004: 214)

En literatura es posible observar en ciertas narrativas aspectos relacionados con los problemas de los hijos al interior de su núcleo familiar. Quizás los más conocidos estén en la obra de Franz Kafka, problemas que atormentan a los personajes de novelas y cuentos convirtiendo a la literatura en un campo de estudio propicio para la psicología sistémica familiar, intentando explicar mediante sus postulados comportamientos de los personajes en torno a sus relaciones familiares y no como lo hace el psicoanálisis, centrado en su interioridad o subconsciente.
El orden de las familias es un relato que se presta para este análisis, al encontrar en él una serie de factores relacionados como: una familia que se disgrega, un protagonista que lucha por la lealtad de su hermana hasta el punto de intentar evitar que esta contraiga matrimonio; una madre que, al contrario, alienta las nupcias viendo en éstas la posibilidad de salvar a la familia, y una hija-hermana que se sacrifica para intentar la redención familiar. En este relato la parentalización y las lealtades van emergiendo para conseguir objetivos egoístas y tendientes al beneficio propio mediante el sacrificio de uno de los integrantes, en este caso Cristina.
Los dos principales conceptos que utilizaremos para este análisis literario de la obra El orden de las familias de Jorge Edwards corresponden a la lealtad y parentalización, que nos ayudarán a comprender en parte el comportamiento de los personajes. Estos conceptos actuarán como determinantes en las acciones y decisiones de los protagonistas a lo largo del relato. “La lealtad hace referencia a lo que Buber denominó El orden del universo humano. Su marco de referencia es la confianza, el mérito, el compromiso y la acción, más que las funciones psicológicas del sentir y el conocer” (Boszormenyi-Nagy, Iván y G. Spark, 1983: 54)
En El orden de las familias la lealtad del protagonista hacia su hermana llega a límites insospechados y rayanos con lo incestuoso. Observamos nítidamente como la autodestrucción se hace patente en el discurso conmemorativo o revisionista del hermano. Según los autores citados “las relaciones incestuosas tienen una motivación destructiva, devoradora, más que heterosexual de modo auténtico” (Boszormenyi-Nagy, et al, 1983: 184).
La lealtad del protagonista será incondicional todo el tiempo, sin embargo, la de su hermana sufrirá una serie de complicaciones y confusiones debido a que será parentalizada por su madre, con la clara intención de que ésta se case y desahogue la situación económica en que se encuentra sumida la familia por culpa de un padre incapaz de aprovechar los contactos y posibilidades que tuvo mientras fue joven. Ahora, enfermo y viejo, su situación es delicada tanto en lo económico como en la salud…
La parentalización implica la distorsión subjetiva de una relación, como si en ella la propia pareja o incluso los hijos, cumplieran el papel de padre. Dicha distorsión puede efectuarse en la fantasía, como expresión de deseos, o, de modo más notorio, mediante una conducta de dependencia. (Boszormenyi-Nagy, et al, 1983:182)

De acuerdo a Boszormenyi-Nagy, lo que es obvio es que los padres parentalizan, sin embargo, para hablar de parentalización es necesario que se produzca una distorsión o manipulación del progenitor con tal de conseguir algún objetivo personal o familiar.
La insistencia materna por comprometer en matrimonio a la hija se convertirá en el conflicto central de este relato. Cristina se verá obligada a dejar de lado los planes de llevar una vida junto a su hermano, a cambio de una vía insospechada para ella hasta ese momento; el matrimonio con José Raimundo y el consiguiente sacrificio que esto conlleva.
Sin embargo, ambos hermanos lucharán por mantener sus lealtades intactas y en esta porfía el protagonista es quien más se esforzará, dejando en evidencia el estar sometido a una parentalización indirecta, que no tiene que ver con los padres, sino que con Cristina. Como es mencionado en Lealtades invisibles[1] “Si un adulto parentaliza a otro, por lo común la distorsión se da mediante una regresión fantaseada y a menudo inconciente del sí-mismo hacia una condición infantil […] Una imaginaria dependencia infantil respecto de la persona del otro puede gratificar las propias necesidades de seguridad” (Boszormenyi-Nagy, et al, 1983:183).
El protagonista recurre una y otra vez a sus recuerdos, que se remontan a cinco años en la adolescencia, recreando imágenes placenteras que saturan y dan sentido a su vida, a sus esperanzas.
Los vaivenes de la micro me ayudaron a olvidar la exasperación, que fue reemplazada por una sensación de vacío, de aridez irremediable. Pensaba, al desvestirme, en nuestro paseo en balsa, en tus chillidos de susto. Abracé la almohada para protegerte. No eras la misma con la que había conversado antes de comer […] La convicción de que te habías ausentado, probablemente para siempre, engendraba ese vacío, esa comezón que trataba, con palabras secretas junto a la cabecera, de apaciguar, de engañar. (192)
Sin embargo, es Cristina quien se verá más complicada con esta situación de lealtad y deslealtad, pues sus decisiones se enfrentarán a valoraciones en torno a su lealtad y a sus sentimientos. Cristina se encuentra ante una triada de decisiones en que la presión personal, fraternal y filial le lleva a actuar de manera ambigua en gran parte de la obra, hasta que, finalmente, su decisión cambiará para siempre el destino de la familia y sus integrantes.
“El miembro leal [en este caso Cristina] lucha por alinear su propio interés con el del grupo. No sólo participa en la consecución de los fines de su grupo y comparte su punto de vista, sino que también adherirá a su código ético de conducta, o al menos lo considerará con sumo cuidado”. (Boszormenyi-Nagy, et al, 1983:59). Esto es lo que sucede a Cristina, pero irá en desmedro de su hermano, ya que éste actuará movido por intenciones egoístas que sólo contemplan su bienestar y no el del grupo.
 Los protagonistas se darán cuenta que intentar cambiar el orden establecido de las familias, es imposible, pese a los anhelos y sueños que puedan albergar en su etapa temprana, en el inicio de la madurez; teniendo que asumir las consecuencias de sus actos y omisiones, lealtades y ambiciones.

1.- COMPOSICIÓN FAMILIAR, LEALTAD Y PARENTALIZACIÓN
El cuento se desarrolla al interior de una familia de clase acomodada que se encuentra venida a menos por los malos negocios realizados por el padre, quien además padece una enfermedad degenerativa mental, que bien podría ser esclerosis o Alzheimer.
Quien narra la historia es el propio protagonista, que en todo momento se refiere a un interlocutor ausente, su hermana. A ella está dirigida la historia, su historia, la que lo tiene en un deplorable estado al sentir la traición y el incumplimiento de las promesas hechas por ambos en la adolescencia, cinco años antes.
Decías que te gustaría vivir en una provincia tranquila; hacer tus clases allá […] Vivir, por ejemplo, en uno de los valles del norte. Hacer las clases y habitar una casa con gallinas, con hortalizas, con perros “¿Y yo? ¿Cómo vamos a estar juntos entonces?” “Tú te vas conmigo” (184)
De este modo nos vamos enterando de la compleja situación familiar, mediante un flashback de unas vacaciones en el campo de Verónica, amiga de la familia, donde asisten los dos hermanos ante la imposibilidad de realizar el viaje en familia, por lo complicado de la situación económica y la enfermedad del padre. No obstante, este viaje  parece ser calculado y planeado por la madre, quien ya presume lo delicado de su situación familiar, pero centrará todas sus apuestas en un matrimonio conveniente para Cristina y que de paso sea beneficioso para todos.
Este viaje al campo marcará una ruptura en la relación familiar, produciéndose una pugna descarnada entre la madre y el protagonista. Las intenciones nupciales sugeridas por la madre detonarán el conflicto entre los hermanos.  Esto se justifica plenamente, pues de acuerdo a la psicología sistémica “Un progenitor proclive al martirio y el autosacrificio (con mayor frecuencia, la madre) posiblemente resulte ser la fuerza de mayor cohesión y la influencia que más control ejerce dentro de la familia” (Boszormenyi-Nagy, et al, 1983:188) y la cohesión, en este caso, no contempla una lealtad de la madre hacia su hijo, sino que una decisión arbitraria y fría que desde la perspectiva del protagonista, es netamente comercial y por conveniencia.
Después supimos que mi madre lo había arreglado todo. Mi madre tenía bastante confianza en la familia de Verónica, desde sus buenos tiempos; además, era experta en arreglar asuntos de esta clase. En esos días mi padre no se sentía nada de bien; estaba pálido, desencajado y se le olvidaban las cosas […] Y tú me dijiste, a parte, en un tono desacostumbradamente serio, que no había que insistir en lo del veraneo en Viña. Asentí con la cabeza y te miré a los ojos, en silencio, mostrando que comprendía que la situación era grave. (174)
Hasta este momento, lo que podemos observar es una completa lealtad y comprensión entre ambos hermanos. Se conocen bien, poseen un lenguaje común, lleno de detalles, que sólo ellos conocen y que les permiten complicidad y aceptación, haciendo de esta lealtad un terreno fértil para crear realidades paralelas futuras en las que decidirán soberanamente sobre el curso de sus vidas. De esta situación anómala entre hermanos se infiere la falta de seguridad que éstos sienten hacia sus padres y en especial hacia su padre, más aún en el último período en que actúa errático producto de su enfermedad, llevándolos a una mutua dependencia que, de acuerdo a lo planteado por Boszormenyi-Nagy,  “puede impedir que sean dañados por la conducta infantil de padres inmaduros. En esas familias, el desarrollo de la confianza básica se afirma en funciones de parentalización recíproca entre los hermanos, más que en el desempeño de los padres” (et al, 1983:187)
 Esta cercanía entre hermanos llega a tal punto que es vislumbrada por Verónica, la anfitriona en el campo: “¿Por qué no pololeas con él?, dijo Verónica; “¡Qué importa! Le pedimos permiso al Papa… Se tendió en la cama, riéndose” (176). Esta insinuación, no está tan alejada de lo que ambos hermanos pretendían hacer con sus vidas. Si bien el detalle del pololeo era un pensamiento más bien dicho a la ligera, en el fondo ambos hermanos pretendían saltarse las convenciones sociales en torno a la supuesta felicidad matrimonial, “felicidad” que ambos ya conocían, teniendo como ejemplo a sus padres. Ellos podrían ser felices apelando a la hermandad y a la renuncia de lo establecido.
Esta situación es similar a la vivida por la pareja de hermanos en Casa Tomada, de Julio Cortázar, hermanos que viven tranquilos, en su propio mundo, bajo sus normas, desafiando con su convivencia el tipo de familia establecido, en que lo único que importa realmente, es que cada quien tenga su espacio para hacer lo que le venga en gana, pero que en definitiva, se traduce en pasar tiempo juntos.
Recluidos al interior de la casa, en donde parecen encontrar la satisfacción de todas sus necesidades, los hermanos viven sumidos en una relación de índole endogámica dejando escapar las posibilidades de formar pareja: ella ha rechazado sin mayor motivo a dos pretendientes, y a él se le murió una novia. Sin embargo, no parece que estén preocupados al respecto, sino todo lo contrario: disfrutan de su vida al interior de la casa familiar, la cual guarda los recuerdos de las generaciones anteriores. (Chacana, 2004: 214)


Los anhelos por este tipo de relación endogámica son exacerbados por el protagonista de El orden de las familias, ya que es él quien más ansía que lo acordado en aquellas ensoñaciones adolescentes se transforme en un futuro real, en una vida de lealtad y afecto fraterno que desplace la estructura familiar común. Sin embargo, esta convicción comenzará a debilitarse en Cristina, cediendo ante los requerimientos de la madre y José Raimundo, mientras tanto su hermano se sumerge en una especie de hibernación temporoespacial, rememorando la época en que aún eran felices juntos.
La psicología sistémica se refiere al individuo parentalizado como un “ser ávido por conseguir aceptación, atención, amor y reconocimiento, en vez de un ser que realiza su capacidad para plantearse metas más maduras e independientes en la vida” (Boszormenyi-Nagy, et al, 1983:55). Tan crítica es la situación del protagonista, que se apoderará de él una imposibilidad de crecimiento y madurez, relegando su existencia a observar la vida de su hermana desde la distancia, con recelo y esperanzas de retomar lo planeado entre ellos, y que lo salve de la abulia y el fracaso.
Decías que te cargaban los hombres, que jamás te casarías, que todas las insinuaciones y los desvelos de mi madre te producían un efecto exactamente contrario al que ella buscaba […] Declaré que tampoco deseaba casarme. Quizás podríamos vivir juntos; aunque no ganáramos gran cosa, se juntarían dos sueldos […] Algo fundamental sería la independencia; un pacto riguroso; nadie trataría de imponer reglamentos, fijar horas de llegada, rituales de cualquier especie. Las preguntas se prohibirían. Íbamos a contradecir el orden que procuraba establecer, por lo demás sin éxito, en medio de lamentaciones estériles, mi madre. Llevaríamos la negación de ese orden, hasta las últimas consecuencias. “¿No te parece?” ¿No estabas completamente segura? Decías que sí, que por supuesto. “¡Formidable!”, gritaba yo, levantando los brazos exaltado. (181)

El suceso que modificará las lealtades entre los hermanos y que la reorientará hacia la madre (en el caso de Cristina), es la aparición de un personaje antagonista como José Raimundo en la casa de campo. La narración, en las primeras líneas, se refiere a cómo la madre coordina todo para que este encuentro se produzca. En una “jugada”, la madre había iniciado el proceso de parentalización en su hija, proceso que no tenía más objetivo que conseguir que Cristina terminara casándose con José Raimundo. Pareciera ser que la intención maternal es que la hija se sacrifique por la familia, sacándolos de la situación compleja en que se encuentran.
José Raimundo aparece en escena sin causar demasiada impresión en Cristina. No tiene muchos atributos que le sean atractivos, a excepción del dinero y su buena educación. Sólo este hecho bastará para que el mundo de lealtades entre hermanos comience a desestabilizarse y a peligrar: Para ti, como para todas las mujeres que conozco, lo que cuenta de verdad es el dinero, el éxito mundano, por cualquier camino que venga.” (195)
Será el protagonista quien dé una dura pelea con tal de que sus sueños familiares alternativos no decaigan y puedan ser llevados a cabo. Pero está muy lejos de conseguirlo,  sus lealtades se perderán irremediablemente a causa del comportamiento dubitativo de su hermana. Él intuirá que los planes de la madre no lo contemplan y que de alguna manera lo excluyen, transformándose en un obstáculo para el aparente sacrificio liberador de su hermana.
La madre está tan segura  de lo que quiere y de que puede obtenerlo que tendrá que posponer al hermano menor en todo sentido, social, económico, familiar y afectivo, con tal de que Cristina se convenza y se convierta en esposa de José Raimundo. La parentalización comienza a dar sus frutos, la alegría de la madre va en aumento en contraposición con los sentimientos del protagonista, pues cada vez se siente más desplazado, traicionado y siente que su vida comienza a perder sentido y esto lo lleva a dudar a tener miedo de lo que se vendrá una vez confirme sus temores, que no son más que la pérdida de su hermana. “Desde el punto de vista psicológico, “vivimos” de relaciones y estamos tan seguros como lo permitan nuestras relaciones con otras personas. La pérdida de una relación significativa implica siempre la desconfirmación óntica de la propia persona”. (Boszormenyi-Nagy, et al,1983:185)
Él intentará enfrentarse al orden de las familias realizando distintas estrategias con tal de que sus sueños no decaigan. Tramará junto a Verónica un plan para evitar que continúen saliendo Cristina y su enamorado, hablará derechamente con su madre e intentará convencer a Cristina de que continúen con lo planeado, que no hay mejor porvenir que ese, en el que ambos sean felices, ya que en un desenlace distinto, él está seguro de su desdicha, tal como lo explica Boszormenyi-Nagy:  La mayor satisfacción del hombre tiene lugar al forjar una relación, y su mayor dolor está vinculado a su falta de relación o a la amenaza de perder una relación importante (et al,1983:184). Esta relación está materializada en Cristina, su obsesión es su hermana, no necesita nada más para ser feliz y la posibilidad de perderla hace que se desespere y busque alianzas donde no las hay.
No se te ocurrirá casarte con José Raimundo, supongo… “Te enderezaste  de golpe, indignada. “Digo, no más; como le ves tanto, ahora, y mi mamá lo cultiva en esa forma…” “¡Se te ocurre! Además, le dije a mi mamá, si quieres saberlo, que no le hiciera tantas zalamerías. Llega a dar vergüenza ajena” “Dile que no tienes la menor intención de casarte, con él ni con nadie. Que no se haga ilusiones” “Le dije” “¿Y qué te respondió?” “Nada, las mismas cosas de siempre”[…] “¿Por qué no lo dejas esperando? ¡Qué te importa!” “No puedo, ya me comprometí” “Yo que tú lo dejaba plantado, sería la mejor manera de librarse de él”. “No puedo”,  repetías e iniciaste la bajada con pasos enérgicos, sin prestar más oído a mis argumentaciones. (185)
En un momento Cristina, presionada por su hermano a hablar de sus sentimientos, se mostrará dubitativa ante lo que siente por su enamorado, otorgándole ilusiones a su hermano, dándole nuevos bríos para recuperarla. También percibirá que está siendo utilizada y que es víctima de de lo que aquí hemos denominado parentalización por parte de su madre. Negará a su hermano toda posibilidad de traición a sus convicciones, negará el amor y el matrimonio e intentará seguir pensando en un porvenir juntos, pero este intento será en vano, ya que la lealtad hacia la madre y hacia su función sacrificial será más fuerte, terminando por ceder y hacer lo que manda el orden establecido de las familias, aunque este sacrificio termine por separar a todos los miembros, frente al evidente fracaso de las filiaciones y el abandono en que queda la madre una vez se consuma el matrimonio de Cristina.
 “José Raimundo me pasa a buscar a las seis y media para ir al concierto” dijiste; “pero no tengo nada de ganas de ir”. “¡No vayas pues!” “No tengo nada de ganas de ir”, repetiste, reflexiva, con la vista fija en un cielo azul desteñido, estacionario [...]
“¡Estás loco!”, dijiste; “¿de dónde se te ha metido esa idea en la cabeza?” “Estoy seguro. Sobre todo ahora que murió mi padre” […] “Mi madre terminará saliendo con la suya. Y más que nunca ahora, que hemos quedado sin un peso”. (184 y 190)

El protagonista se da cuenta de la situación que está viviendo o que vivió durante el proceso en que la parentalización maternal ejerció su dominio y Cristina se encuentra en medio, teniendo que compensar con su lealtad a madre y hermano.
La madre claramente hace lo que puede por dar una buena impresión a José Raimundo y, para lograrlo, vende la ropa que dejara el difunto esposo, obteniendo lo suficiente como para comprarle vestidos a Cristina e invitar al pretendiente a suculentas cenas. Tan seguro está el protagonista de la manipulación materna, que lo expresa con observaciones irónicas y claras, aunque sin perder el respeto por su madre. Se trata de una pugna de fuerzas por conseguir la lealtad de Cristina. Para el protagonista también existe un interés egoísta a pesar de las declaraciones culposas hacia la madre “el capital de mi madre eres tú” no obstante, soslaya que para él también ella es importante como objeto de deseo, que sin ella no podrá ser feliz en ningún momento y lugar, que todo depende de su lealtad. En definitiva, esta pugna parentalizadora y de lealtades obedece a necesidades distintas para concepciones familiares opuestas. “Al terminar ese invierno empezaste a salir más seguido con él. Mi madre sonreía, complacida; Verónica te hacía bromas, y tú no las rechazabas con la convicción de antes. Nuestra comunicación habitual se había interrumpido” (191).
Cristina poco a poco se dejará seducir e irá inclinando su lealtad hacia la madre. El hermano, en cambio, quedará relegado y sin más opción que  observar la evolución de los acontecimientos, sintiendo cómo su felicidad le rehúye.  Él siente que su hermana le oculta la verdad, la increpa a admitir su deslealtad, no logra cambiar su centro. Pensar en la posibilidad de enamorarse de una mujer distinta, fuera de su familia no le resulta, pues es su hermana a quien quiere, es ella la que puede darle todo cuanto necesita y ansía poseer.
Esta conducta es explicada por Boszormenyi-Nagy, (et al,1983) de acuerdo a dos objetivos, uno cuantitativo y otro cualitativo:
“En el aspecto cuantitativo, uno puede comprometerse en exceso a raíz de haber “invertido” menos en otras relaciones, en un momento determinado. En lo cualitativo, uno también puede comprometerse en exceso por carecer de la capacidad o la libertad necesaria para modificar los compromisos, o incluso para convertirse en una persona independiente. La gente con una identidad amorfa tiende a verse atada de manera permanente a relaciones simbióticas e inalterables […]” (195)

Finalmente, la parentalización y, por ende, la lealtad filial hacia la madre se inclinarán hacia esta en detrimento del protagonista. Cristina terminará comprometiéndose con José Raimundo a espaldas de su hermano. Éste sentirá el golpe de la traición aunque jamás dejará a su hermana, se sumirá en un estado depresivo que lo llevará a desentenderse de todo, produciéndose para el protagonista el fracaso filial, principalmente por no ser capaz de contribuir a la felicidad familiar como a la propia, quedando ésta relegada a las sombras de su cuarto y a los recuerdos.
Lo del anillo vino poco después, en una escena impregnada de beatitud hogareña: el ingreso al orden de las familias por la puerta ancha […] Todo debía de haberse conversado a espaldas mías, porque pronto llegó Verónica, enteramente sobre aviso, y hubo una comida muy buena […]
Mi madre había conseguido lo que se proponía, después de un año de espera paciente, astuta, y la euforia no tenía cabida en ella; sólo una satisfacción serena, profunda en apariencia, pero posiblemente asaltada desde entonces quizás por qué fantasma. (192 y 193)
Su vida se transforma en una añoranza permanente de lo vivido. El protagonista no renuncia a su pasado trayéndolo una y otra vez junto a él. Es la ilusión de volver a conseguir algo que no sucedió, que quedó trunco para siempre lo que da fuerzas a su ánimo y mantiene las esperanzas de que algún día lo planeado por ambos se concrete. Sin embargo, esta esperanza lo va destruyendo, pues al llegar la noche espera pacientemente en la oscuridad de su habitación el arribo de su hermana; mientras tanto él se consuela con materializarla en la almohada.
Pienso después en la balsa, en el agua tranquila y engañosa, en tus chillidos. Avanzas en la oscuridad, en el traje de baño de entonces. Tus muslos duros, blancos, en contraste con la tela negra y elástica. La verdad, no voy a salir; prefiero hundirme en la cama y esperar que llegues. Pero no llegas nunca. Te demoras interminablemente en llegar […] En vez de dormir, permanecí con los ojos abiertos en la oscuridad, esperándote. Igual que ahora. A sabiendas que no ibas a llegar, de que la oscuridad permanecería idéntica, deshabitada, sin engendrar milagros. (197)

2.- CONCLUSIÓN
En el relato de Edwards queda en evidencia lo que aquí hemos llamado Fracaso filial, que en definitiva no es más que la imposibilidad de los hijos por emanciparse del todo de sus padres y sus influencias.
En El orden de las familias los sacrificios hechos por Cristina, a causa de la parentalización, no condujeron a una mejora en la situación familiar como lo esperaba la madre. Al casarse Cristina con José Raimundo perdieron todos los integrantes de la familia originaria, pues nadie obtuvo lo esperado, pese a que la parentalización dio los resultados previamente esperados por la madre en relación al matrimonio de Cristina con José Raimundo y que la lealtad finalmente se inclinó hacia la progenitora.
La madre, incapaz de vivir la realidad que le ha tocado junto a su marido ya difunto, se refugia en el alcohol, su hija no la visita y la rehúye aparentando un inmenso rechazo. La madre se encuentra sola, aunque acompañada en cierta forma por el protagonista, que dicho sea de paso es el que más pierde o fracasa en este relato. Él termina viviendo en la casa familiar con su madre, con un trabajo burocrático que no le satisface y una madre ebria la mayor parte del tiempo.
La hermana es descrita en su posición de esposa como pasiva e indolente debido a la tranquilidad de ejecutar un papel en el que no debe realizar mayor esfuerzo, pero por la descripción del protagonista, ella tampoco es feliz, sólo está resignada a llevar la vida que le ha tocado. “Aceptas que José Raimundo es un buen marido, y aceptas que tu vida está bien, que más no puede pedirse […] Y noto, por enésima vez, que a mí no me respetas, que sólo tienes por mí una tolerancia hermanable, vagamente nostálgica.”  (194)
La psicología sistémica, en este punto, nos permite entender las relaciones de lealtad y parentalización que se dan al interior de una familia, ya sea ésta real o ficcionada, pero al ser el cuento un relato que busca verosimilitud y una representatividad de la realidad nos permite entender el funcionamiento al interior del grupo y cuáles serán sus reacciones y acciones ante el desarrollo de los acontecimientos.
El fracaso filial se ve representado en todo su esplendor por el protagonista que es incapaz de salir del alero de la madre, pues ha perdido lo que le motivaba para buscar la independencia. Ya no puede formar una vida junto a Cristina. Ese proyecto ideado y visualizado no se pudo concretar. Todos sus sueños han quedado sepultados en el matrimonio de Cristina y las posibilidades de ser feliz no están más que en sus recuerdos y fantasías. Ha perdido tanto, que hasta se le hace imposible retornar a la realidad y desarrollarse social y afectivamente. Vive en el recuerdo.
Pareciera ser que lo que el protagonista desarrolla es una fantasía incestuosa, sin embargo, se trata de otro tipo de parentalización que se da entre estos dos hermanos. Es él parentalizado por su hermana, el que sucumbe en este relato y quien terminará haciendo el mayor sacrificio por la familia; terminará guardando silencio, ocultando sus sentimientos. Es Cristina quien representa para el protagonista lo filial, lo que necesita; seguridad, conducción y lealtad. “Pese a que la conoces tan bien como yo, prefiero no repetirte estas cosas. Para qué. A veces pienso que reaccionas con una rabia sorda, como si no midieras  de quién viene la ofensa. Sueles revelar, de pronto, una suerte de porfiada dignidad, un sentido matriarcal intocable y extraño”. (Pág. 177)
No se puede ser enfático en relación a la presunta deslealtad de Cristina, pues queda la sensación de que siguió el camino más obvio, el orden establecido para la conformación de una familia, renunció a sus sueños, pues tal vez, se dio cuenta de que ir en contra de lo establecido no los llevaría a ningún lado. Actuó creyendo hacer lo mejor para todos. En cierto modo esa es también la intención de la madre con los planes de matrimonio, pero no resultó, el fracaso terminó manchando a todos los integrantes. En definitiva,  El orden de las familias, ha sido un fracaso filial completo.


BIBLIOGRAFÍA

BOSZORMENYI-NAGY, Iván y G. Spark (1983). Lealtades invisibles. Buenos Aires: Amorrortu.
CHACANA ARANCIBIA, Roberto (2005). Emancipación de la familia de origen: Lealtad, traición y sacrificio filial en Franz Kafka y Julio Cortázar. Madrid: Tesis doctoral
EDWARDS, Jorge (1969). Temas y variaciones; antología de relatos. Santiago: Universitaria.


[1] Boszormenyi-Nagy, Iván y G. Spark (1983). Lealtades invisibles. Buenos Aires: Amorrortu.

sábado, 7 de marzo de 2009

JORGE EDWARDS: El orden de las familias

3/07/2009 11:53:00 p. m.


JORGE EDWARDS

El orden de las familias

Je dis seulement, chose générale dans le monde,
que les femmes conservent l'ordre existant, bon ou mauvais.
S'il est mauvais, c'est bien dommage.
Et s'il est bon, c'est probablement encore dommage.

HENRI MICHAUX

Ahora recuerdo que nos pareció muy natural, a pesar de lo poco que nos conocíamos, la invitación de Verónica al campo. Después supimos que mi madre lo había arreglado todo. Mi madre tenía bastante confianza con la familia de Verónica, desde sus buenos tiempos; además, era experta en arreglar asuntos de esta clase. En esos días, mi padre no se sentía nada de bien; estaba pálido, desencajado, y se le olvidaban las cosas Poco antes de que partiéramos le vino una fatiga, a medianoche Dormía mal y se pasaba las noches caminando por la casa. Decía que el mejor descanso, para él, era veranear en Santiago; pero nosotros adivinamos, a través de una conversación de mi madre con José Ventura, que había hecho malos negocios y no podía pagar el arriendo de una casa en Viña. Mi madre dijo que José Ventura se había portado muy bien; el único de la familia que se había portado bien. Y tú me dijiste, aparte, en un tono desacostumbradamente serio, que no había que insistir en lo del veraneo en Viña. Asentí con la cabeza y te miré a los ojos, en silencio, mostrando que comprendía que la situación era grave. "A lo mejor es bonito allá", agregaste, conciliadora "A lo mejor", dije; "seguro". Me acuerdo que desperté una noche y mi padre estaba en el dormitorio. Había encendido la luz y revisaba la mesa llena de libros. "¿No tienes aquí el guía de teléfonos, por casualidad?" ¡Qué idea! Nunca he guardado en la pieza el guía de teléfonos. "Es que ando buscando una dirección", dijo él Con las manos en los bolsillos del pijama, la mirada errática, el pelo en desorden, los pantalones medio caídos, salió al corredor, donde también tenía la luz encendida. Tuve que levantarme, apagar la luz de mi pieza y cerrar la puerta. Escuché su voz a través del muro, haciéndote la misma pregunta .

¡Pensar que van a hacer cinco años de eso!

Verónica, desde el primer instante, fue extremadamente acogedora y cálida; nos hizo entrar de inmediato en confianza. Nos indicó nuestros dormitorios y después nos mostró las casas, las bodegas y la capilla del fundo. Tú dijiste que te encantaba el olor de las bodegas. Al entrar a la capilla te persignaste en forma mecánica y contemplaste las vigas del techo, sin hacer comentarios. Las casas, de estilo colonial, estaban refaccionadas, llenas de adelantos modernos, agua caliente a chorros, timbres, refrigerador, hasta un citófono para llamar al repostero. Yo no salía de mi asombro y tú, seguramente, pese a que habías visto más cosas en tu vida, tampoco, pero actuábamos como si nada nos llamara mucho la atención. En la tarde salimos a caminar y Verónica contó que se aburría como ostra en el campo; era una suerte que hubiéramos ido; era una suerte, también, que sus padres no estuvieran; su presencia imponía toda clase de limitaciones. "Llegan el sábado, con José Raimundo, un primo mío que es un plomo. Los compadezco a ustedes", añadió, dirigiéndonos una mirada de conmiseración. Nosotros sonreímos. Los anuncios de Verónica no conseguían alarmarnos; estábamos en jauja, y el sábado nos parecía demasiado lejos. "Deben de ser riquísimos", te dije esa noche, en un momento en que Verónica había partido a buscar más hielo. "Supongo", dijiste, sin demostrar interés por el tema, levemente irritada. Mi observación destruía cierto clima irreal en que te habías instalado muy a tu gusto. Volvió Verónica del repostero y reanudaste el diálogo con ella, desvinculada de mis acotaciones triviales.

—Y por fin—preguntas—, ¿te subieron el sueldo?
—No—digo yo—. Era una falsa alarma.

Bajas la vista, decepcionada, y continúas cosiendo. Eran cosas del ayudante de contabilidad; en su optimismo inveterado, creyó oír que le daban un aumento a toda la sección. "¡Cuándo se ha visto que den aumentos por puro gusto!" El ayudante se puso a discutir, exaltado, y en el calor de la discusión se convenció definitivamente de que había oído bien. Esa noche vine a comer aquí y te hice el anuncio. Por darte, alguna vez, una buena noticia. Con la diferencia compraría, por mensualidades, un pasaje de avión a México. "Un viaje de consuelo. Ya que no se puede ir hasta Europa...". Tú celebraste la ocurrencia. "A mí también me convendría un viaje", dijiste; "pero, ¿cómo? ¿Con quién dejo al niño?" "Con mi madre ni hablar", dije yo. Te encogiste de hombros. ¡Ni hablar! Después llegó Verónica y le comunicaste la buena noticia y me felicitó. Brindamos con un vaso de pisco puro. Quise que probaras un sorbo y tuviste un gesto de repulsión. " ¡Cómo pueden tomar esa mugre! " Verónica se repitió la dosis y quedó achispada, eufórica. "¿Se acuerdan de la mona que nos pegamos en el campo?" Tú sonreíste, pese a que el tema del alcohol no te hace la menor gracia. Increíble que hayan pasado cinco anos. Verónica y yo cantábamos a voz en cuello, sin entonación ninguna, y tú nos llevabas del brazo, firmemente. Los ocupantes de una casa de inquilinos salieron a mirar; al ver que la hija de los patrones vociferaba una canción obscena, regresaron al interior, inexpresivos. Menos mal que a los padres de Verónica no se les ocurrió llegar esa noche. Tú nos metiste la cabeza debajo de la ducha, a empujones y pellizcos encarnizados. Verónica, en la ducha, siguió cantando. Yo me serené, me sequé la cabeza y te quise besar. "¡Perdón, hermanita!" Retrocedías y yo trataba de alcanzarte en la oscuridad, conmovido. Al fin me toleraste un beso en los dedos de la mano izquierda. "¿Por qué no pololeas con él?", dijo Verónica; " ¡qué importa! Le pedimos permiso al Papa...". Se tendió en la cama, riéndose. Parece que la pieza, de repente, empezó a darle vueltas. Se levantó con la cara contraída, con una mano en el estómago, y corrió medio agachada al baño. El chorro cayó en las baldosas, antes de alcanzar el lavatorio. Acudiste a sostenerle la frente, con esa eficacia que siempre me asombra, a prueba de repulsiones. A menudo pienso que habrías sido un buen médico; ante el espectáculo de la miseria corporal despliegas energías insospechadas. También me hubiera gustado estudiar medicina, pero a mí me repele demasiado ver sangre.

—¿Y cómo está mi mamá?—preguntas, volviendo a levantar la vista. —Bien... Bastante tranquila.

—No he tenido un minuto para ir a verla—dices—. Mañana voy sin falta. —¡Anda!—digo yo.

Se ha estado quejando de ti, últimamente; dice que eres una ingrata, que la dejas botada como un perro. Es grande, cada vez mayor, su afición a las frases melodramáticas, como si le procuraran una diversión secreta y perversa. "¡Qué tristeza!", exclama; "¡qué desolación la vida de una mujer sola!" "Y yo, ¿no cuento para nada?" "Eres el único consuelo de mi vejez", declara; "¡lo que es la otra!" "No hables así; se ha portado muy bien contigo". "¿Bien conmigo? ¿Bien conmigo? ¡Cria cuervos, y te sacarán los ojos!"

Pese a que la conoces tan bien como yo, prefiero no repetirte estas cosas. Para qué. A veces sospecho que reaccionas con una rabia sorda, como si no midieras de quién viene la ofensa. Sueles revelar, de pronto, una especie de porfiada dignidad, un sentido matriarcal intocable y extraño.

El sábado, tal como había dicho Verónica, llegó la familia: los padres, una tía menuda y opinante, y un niño de unos diez años, con algo de monstruo en la cara. Verónica ya nos había advertido que su hermano menor era un monstruo. Detrás de ellos, en un convertible último modelo llegó José Raimundo. Me cayó desagradable de partida. Bajo, mofletudo, daba la impresión de un muchacho mimado, blando y despótico a la vez. Toda su vestimenta de campo parecía recién sacada de la tienda. Lo veo bajar del automóvil, sacudirse las manos y saludar a todo el mundo por igual, con una inclinación y una sonrisa mecánica.

No demostró ninguna preferencia por ti, en ese momento. Tampoco en la tarde, cuando salimos a caminar acompañados por la tía y por el monstruo. Pero en la tarde siguiente noté que se quedaba cerca tuyo y trataba de hacer chistes y bromas, que tú celebrabas sin entusiasmo. Felizmente, anunció después de comida que debía regresar a Santiago. "Por desgracia", dijo, "tengo unos asuntos en Santiago mañana a primera hora". Esperamos escuchar el motor del automóvil y entonces, Verónica y yo celebramos su partida; Verónica, bulliciosamente, yo, con más discreción por no ser de la casa. Charito, la tía saltó a la defensa de José Raimundo; dijo que era "un talento", siempre el mejor alumno de su curso, en el colegio y la universidad; y era mucho mayor gracia por tratarse de un hijo único, regalón de una familia rica. "Por lo demás", agregó la tía Charito, dirigiéndose a ti maliciosamente, "me pareció notar que te hacía bastante fiesta". Rechazaste con energía, algo ruborizada, la suposición de la tía Charito. "¡Pobre Cristina!", exclamó Verónica. "¡El enamorado que le fue a tocar!" "¿Por qué pobre?", preguntó Charito. "¡Un gran partido! ¡Qué mejor se quiere!" "Dime", preguntó Verónica, exasperada, apelando a tu testimonio directo: "¿cómo encontraste a mi primo? ¡Dilo francamente!" "No es tan pesado", respondiste, conciliadora, y tanto Verónica como la tía Charito estimaron que tu respuesta les daba la razón. "¡Ven ustedes!", exclamó la tía, y Verónica afirmó, con plena seguridad, que hablabas así de puro bien educada. No me cupo duda, por mi parte, de que Verónica estaba en lo cierto. Con su gordura fofa, sus modales estereotipados, su ropa impecable, José Raimundo correspondía exactamente al tipo de persona que mirábamos en menos, que nunca tendría acceso a la cofradía que formábamos entonces. Podíamos diferir en muchas cosas, tú, Verónica, cuya afinidad se nos había revelado en pocos minutos, y yo, pero un desacuerdo en esta materia no nos parecía concebible. La discusión sobre José Raimundo se prolongó durante un buen rato y al final la tía Charito se retiró a su pieza, molesta, declarando enfáticamente que en esa casa nadie se libraba del pelambre. "No me rajen, por favor", dijo, llena de resentimiento antes de salir del salón, y apenas traspuso el umbral, Verónica lanzó uná carcajada que debe de haberle ardido en las orejas.

Lo pasamos muy bien con Verónica, no se puede negar. Hacía mucho tiempo que no lo pasábamos tan bien. El monstruo molestaba un poco, a veces pero era más bien pacífico... Pálido, con una expresión malsana y odiosa, se pasaba refregando contras las faldas de su madre, que le toleraba los caprichos más absurdos. Una vez tuvo una pataleta en el comedor y agarró el bistec con la mano y lo botó al suelo. Me dieron ganas de molerlo a palos. Pero, en general, no se metía con nosotros; andaba a la siga de su madre. En cambio, a la tía Charito le gustaba entrometerse y opinar. Después de esa primera discusión, sin embargo estuvo más discreta. No volvió a mencionar, desde luego, el tema de José Raimundo. En los paseos de las tardes se ponía filosófica y hablaba de la religión y de la muerte. Miraba, por ejemplo, la puesta del sol y decía: "¡Cómo puede haber gente que no crea en la existencia de Dios! Es impósible que haya un ateo sincero. ¡Imposible!" Me atreví a discutirle; no todo el mundo ha recibido la gracia, que permite creer; la misma doctrina católica lo sostiene. . . "Cierto", decía ella, y no obstante, el crepúsculo, el horizonte inmenso, lleno de nubes rojas, que contemplaba de brazos cruzados, en éxtasis. . . Nosotros guardábamos silencio. Por momentos, la exaltación de la tía Charito se nos contagiaba.

—¿Qué hora tienes?—preguntas tú, sin despegar los ojos de la costura.

—Todavía es temprano. Cinco para las nueve.

Estábamos en la cumbre de una colina y al fondo se veía el estero angosto, de aguas profundas, que lamían con lentitud las ramas de los sauces. Una tarde nos metimos en una balsa de maderos podridos, en traje de baño, y la tía Charito, desde la orilla, se puso a gritar, histérica, que volviéramos, que la balsa podía partirse. Por molestarla, Verónica, que era muy buena nadadora, empezó a balancear la balsa, y te aferraste a mí, chillando de susto. Nado perfectamente, pero esa tarde tenía miedo, me producía miedo y repulsión la idea de caer al agua fría, lenta, llena de peces que de pronto saltaban cerca de nosotros sin que alcanzáramos a verlos (sólo veíamos el círculo en la superficie; en la profundidad adivinábamos seres viscosos, guarisapos, larvas, el barro de la orilla se desintegraría cuando intentáramos salir, raíces carcomidas por la humedad, parecidas a serpientes). Verónica adivinó ese miedo y prolongó el paseo, llena de alegría sádica. Sólo tus lamentaciones lograron conmoverla, por fin, y acercó la balsa a tierra. "No vuelvan a repetir esa broma", suplicó Charito, desencajada por los nervios. Verónica, sin prestarle la menor atención, se sumergió de un salto y nadó hasta la ribera opuesta. "¡Métanse!", gritó desde ahí, aferrada a unas raíces, pero tú dijiste que nadabas muy mal y yo no me quise meter. El barro del estero me daba un asco insuperable.

—¡Qué raro!—dices— Se ha hecho bastante tarde.

Haces ademán de abandonar la costura. Miras en dirección al comedor. Después resuelves que no tienes otra cosa que hacer, que ese trabajo es lo mejor para calmar la impaciencia. El reloj, con algunos minutos de retraso, da las nueve campanadas.

—¿Ves?—digo. No es tan tarde.

Cuando regresamos a Santiago, mi padre había empeorado mucho. El insomnio le impedía todo descanso. En la mesa del comedor tamborileaba con los dedos y clavaba la vista en el vacío. Por momentos, el ritmo crecía y se tornaba inquietante. Las comidas le parecían insípidas; después de probar dos o tres bocados, apartaba el plato con un gesto de repugnancia. "Si no te gusta, no comas, pero no dejes los platos al medio de la mesa". Como única respuesta, el ritmo ascendente de los dedos. No es que no quisiera responder; es que no había escuchado una sola sílaba. Olvidaba las cosas más elementales—ponerse la corbata, abrocharse los botones del marrueco, y hablaba con escasa ilación. Su costumbre de pasear durante la noche por los corredores y de entrar intempestivamente a los dormitorios se había acentuado. Ya no dejaba dormir a nadie. Una vez que me despertó a las tres de la mañana discutimos acerbamente; le cerré mi puerta con llave en las narices, temblando de furia. Tengo la impresión de que estuvo largo rato al otro lado de la puerta, lelo, sin atinar a moverse, recordando de manera confusa que había discutido con alguien, con quién, sobre qué...

Echábamos de menos a Verónica, que seguía en el campo. Sólo ella podía salvarnos del aburrimiento infinito, antes de que empezaran las clases, sin un centavo (nunca había dinero en la casa). Recorrimos la ciudad a pie en todas direcciones, hasta llegar muchas veces a los cerros vecinos o al campo raso. En las tardes que comenzaban a acortarse, extraviados en un bosque o en terreno donde los trabajos de urbanización trazaban las huellas de calles futuras o en los faldeos de un cerro, pasábamos revista a todos los temas imaginables. Decías que te cargaban los hombres, que jamás te casarías, que todas las insinuaciones y los desvelos de mi madre te producían un efecto exactamente contrario al que ella buscaba. Estaba resuelto tu ingreso a la Universidad y anunciabas que te ibas a ganar la vida haciendo clases. Por mal pagadas que fueran. Necesitabas poco para vivir. Declaré que tampoco pensaba casarme. Quizás podríamos vivir juntos; aunque no ganáramos gran cosa, se juntarían dos sueldos. Habría que dejar un fondo mensual para viajes, eso sí. Encontrabas que lo del fondo para viajes no era mala idea. No estaba mal. Aunque uno ganara más que el otro, tú más que yo, el dinero sería común y el fondo para viajes lo utilizaríamos en partes iguales . "O distintas . Si uno quiere viajar y el otro no quiere . . . " . Distintas. Algo fundamental sería la independencia; un pacto riguroso; nadie trataría de imponer reglamentos, fijar horas de llegada, rituales de cualquier especie. Las preguntas se prohibirían. Íbamos a contradecir el orden que procuraba establecer, por lo demás sin éxito, en medio de lamentaciones estériles, mi madre. Llevaríamos la negación de ese orden hasta sus últimas consecuencias. "¿No te parece?" ¿No estabas completamente segura? Decías que sí, que por supuesto. "¡Formidable!", gritaba yo, levantando los brazos, exaltado. La noche llegaba demasiado pronto, el viento frío de la cordillera, y proponías volver. El hambre nos estaba asediando. Imaginábamos de antemano una decepcionante sopa de letras o un plato de espinacas; un huevo frito sobre las espinacas habría sido mucho lujo, en ese tiempo.

Me gustaría saber si todavía recuerdas esas conversaciones.

Una tarde encontré a José Raimundo en el living de la casa. Se había dejado caer de sorpresa. Mi madre, muy animada y algo relamida, como si la naturalidad, entre nosotros, se perdiera junto con el dinero, sostenía la conversación. Me senté frente a José Raimundo y no abrí la boca. No estaba dispuesto a hacer la menor concesión. Al poco rato entraste y lo saludaste con amabilidad, aunque sin entusiasmo. Se habló de las vacaciones que terminaban. José Raimundo dijo que venía de Pucón . "Me gusta mucho la pesca", dijo. "¿Y a ustedes?" "A mí me encanta", dijiste, y te miré con furia. Pucón, la pesca, todas esas cosas, estaban fuera de nuestro alcance. Mi madre insistió para que José Raimundo se quedara a comer. Salió del living y mandó rápidamente a Domitila a comprar jamón y vino; me asomé al repostero y vi a Domitila, que no estaba para esos trotes, que últimamente vivía cansada, partir rezongando. "¿Por qué lo convidaste?", susurré. "¡Ya ti qué te importa!", contestó mi madre en voz baja, enrojeciendode ira. "¿Eres tú, ahora, el llamado a decirme a quién debo invitar a mi casa?" "A Cristina le carga", dije; "no puede aguantarlo". "¡No es verdad!", replicó mi madre; "¿de dónde sacas eso? Es un muchacho muy simpático. Y muy caballeroso. ¿Por qué motivo le va a cargar?" "¡Es un perfecto imbécil!", exclamé, sin controlar por completo el tono de la voz, y salí del repostero para no escuchar la respuesta .

En el salón, José Raimundo, a sus anchas, hablaba de música. Era perfectamente insensible a la hostilidad ajena; tenía piel de elefante. Se las daba de conocedor y decía que los cuartetos de Beethoven eran lo más extraordinario que se había escrito. "¿A ti te gustan?" "Algo", dijiste, impávida. ¿A ti? Quise gritar a voz en cuello que no los habías escuchado en tu perra vida, que no salías de las canciones de moda, que por mi parte prefería mil veces las sonatas, y Bach, y las óperas de Wagner, qué sé yo, pero me contuve y opté por decir que me gustaba Stravinsky, la Consagración de la Primavera. José Raimundo hizo una mueca. "¡Es formidable!", insistí. En vez de abrir camino a la discusión, José Raimundo guardó silencio. "A mí no me gusta mucho", dijiste; mostrando que estabas resuelta a opinar a toda costa, con absoluta impudicia. "Lo que más me gusta es la novena sinfonía. Encuentro que la parte de los coros es fantástica". José Raimundo apoyó tu afirmación gravemente y aprovechó el momento para anunciar que iba a invitarte a un concierto. "En pocos días más hay uno que vale la pena". Te observé de reojo, a ver cómo te las arreglabas, pero permanecías inexpresiva, neutra; no adelantabas ninguna clase de respuesta. Te pregunté si te gustaban los conciertos, para darte la oportunidad de contestar que no, que no eras muy aficionada, que en realidad, es cierto, cualquier frase desalentadora. Y dijiste, sorprendentemente, lo contrario: "Sí, sí me gustan". En un tono que daba a entender que no te gustaban mucho, pero que tampoco te disgustaban, no del todo, sin confesar, por lo demás, que habías ido una sola vez, cuando fuimos con mi padre, años antes, y te aburriste mortalmente, aunque te negaste obstinadamente a confesarlo, nunca diste tu brazo a torcer.

"¡Es un imbécil!", volví a decir, apenas se hubo retirado esa noche. "No es mal tipo", dijiste; "un poco farsante, nada más". "¡Un farsante de porquería! Venir a cachiporrearse con sus idas a Pucón. . . ¡Qué nos importa! Y tú, ¿cuándo has salido a pescar, para que digas que la pesca te encanta?" "Nunca", dijiste; "no he salido nunca. Pero me encantaría hacerlo". "¡Estúpida!" "¡Tú serás estúpido!" Estabas súbitamente roja como un tomate, y tu ira me provocó una sonrisa: "Dame un besito de buenas noches". "¡Quítate! ¡No seas cargante!" Mi padre se asomó en mangas de camisa, con expresión extraviada. "¿Se fue ese muchacho?", preguntó. "¿Qué hace?", preguntó después. "¡Nada! ¡Es un hijito de su papá ! Tiene autos y toda clase de cuestiones" . Mi padre se alejó y regresó al instante: "¿Apagaron lás luces de abajo?" "Sí". "¿Están seguros?" "Sí", dije, irritado "las apagué yo mismo". "¿Estás seguro? Voy a mirar un poco". Y bajó a inspeccionar. Lo escuchamos golpearse contra una silla. "¡Miéchica!", exclamó, en la oscuridad del salón. "Ojalá que nos deje dormir", dijiste; "tanto que se preocupa de las luces ahora, y después, cuando le baja el insomnio. . .". "¡Adiós, hermanita!", te dije, y sonreíste con la comisura de los labios. "Parece que todas estaban apagadas", dijo mi padre, subiendo la escalera con expresión desanimada adolorida sobándose una rodilla. Al llegar al corredor se detuvo, boquiabierto. "¿Quién era ese muchacho?", preguntó de repente. "Un estúpido, ¿no te digo? Pero mi mamá le hace fiesta porque tiene plata". Mi padre levantó las cejas, como si comprendiera confusamente. "A ver si duermo", dijo, sobándose el rostro; "lo dudo mucho". Suspiró y cammó a su pieza con lentitud, con pasos inestables. "Buenas noches", dijo, sin darse vuelta, levantando un brazo con vaguedad .

Un viernes en la tarde salimos a caminar al cerro San Cristóbal. Las clases comenzaban el lunes. Nosotros aprovechábamos nuestros últimos instantes de libertad. "José Raimundo me pasa a buscar a las seis y media para ir al concierto", dijiste; "pero no tengo nada de ganas de ir". "¡No vayas, pues!" "No tengo nada de ganas de ir", repetiste, refiexiva, con la vista fija en un cielo azul destenido, estacionario. Nos llegaba de la ciudad, abajo, una especie de vibración, un rumor sordo, de algo que bullía y era triturado continuamente. Decías que te gustaría vivir en una provincia tranquila; hacer tus clases allá. El ruido de las grandes ciudades, todo ese ajetreo rechinante en medio del calor, del polvo, te alteraba los nervios. Vivir, por ejemplo, en uno de los valles del norte. Hacer las clases y habitar una casa con gallinas, con hortalizas, con perros. "¿Y yo? ¿Cómo vamos a estar juntos, entonces?" "Tú te vas conmigo". "Es que a mí las ciudades grandes me gustan. La provincia está muy bien vista de lejos. Allá, el aburrimiento, las mentalidades estrechas...". Hablabas, sin escuchar mis objeciones, de comer el pan y la mantequilla del campo; de tomar la leche al pie de la vaca. "Estás bucólica". "Hoy día me siento bucólica". Echaste atrás la cabeza, risueña, mostrando tu cuello fuerte, curvo, bronceado por el verano. Tenías un olor especial que quise comparar con el de los arbustos fioridos, con el de las plantas sobre la tierra recién regada, en las tardes del mes de febrero. "No se te ocurrirá casarte con José Raimundo, supongo...". Te enderezaste de golpe, indignada. "Digo, no más; como lo ves tanto, ahora, y mi mamá lo cultiva en esa forma . . . " . " ¡Se te ocurre! Además, le dije a mi mamá, si quieres saberlo, que no le hiciera tantas zalamerías. Llega a dar vergüenza ajena". "Dile que no tienes la menor intención de casarte, con él ni con nadie. Que no se haga ilusiones". "Le dije". "¿Y qué te respondió?" "Nada. Las mismas cosas de siempre".

Me levanté y me puse a lanzar piedras. Trataba de golpear un peñasco situado a unos quince metros de distancia, cerro abajo. El peñasco era un acorazado enemigo; cuando le pegara tres veces, en pleno centro, se hundiría. Eso significaría que el camino estaba despejado, que no había obstáculos. Contemplabas, entretanto, el paisaje gris, absorta, con las manos cruzadas delante de las rodillas. Me aburrí de disparar y quise jugar con el pelo que te caía, suelto, por la espalda. "Vamos". "¿Por qué tan luego?" "Este tipo pasa a buscarme a las seis y media. ¿Qué hora es?" Mi reloj, que por lo demás se atrasaba mucho, marcaba cinco para las seis. "¡Tenemos que correr!", exclamaste, preocupada. "¿Por qué no lo dejas esperando? ¡Qué te importa!" "No puedo. Ya me comprometí". Me puse nuevamente a lanzar piedras contra el peñasco, que no se hundía; las piedras se obstinaban en no tocar el centro sensible. "Yo que tú lo dejaba plantado. Sería la mejor manera de librarse de él". "No puedo", repetías, e iniciaste la bajada con pasos enérgicos, sin prestar más oído a mis argumentaciones.

En la casa, le hice compañía a José Raimundo mientras te arreglabas. No habría tenido ningún escrúpulo en salir del salón con cualquier pretexto, pero prefería observarlo de cerca, tratar de sonsacarle cosas, ver qué puntos calzaba. No es mucho lo que esa vez, o en ocasiones posteriores, saqué en limpio. Él me miraba con ostensible desaprensión, como si no valiera la pena conversar conmigo. Eso, y sus zapatos de gamuza, sus camisas de seda, el entretejido de sus corbatas, sus manos blandas, rechonchas, me volaban de furia. Recuerdo el sufrimiento agudo de que aparecieras hermosa, de labios rojos, con un vestido blanco que Verónica te había prestado, y de que partieran al concierto mientras me quedaba en esa casa donde empezaba a bajar la oscundad. Esa tarde, la única que permanecía en la casa era Domitila y me fui al repostero a conversar con ella. "Hay que hacer algo", le dije; "mi mamá le mete todo el tiempo a ese imbécil por las narices". "Querrá que se case con él", dijo Domitila. "¡Justamente! Por eso hay que hacer algo". "¡Que se casen, pues!", dijo Domitila; "si la niña lo quiere...". El solo hecho de que Domitila aceptara esta idea como algo no imposible, de que se permitiera enunciarla, lo que significaba que no era absurda en sí misma, al menos para Domitila, y por lo tanto, que no era totalmente absurda, me produjo un malestar físico. Me alejé de Domitila con el ánimo por los suelos, y se me ocurrió que podía visitar a Verónica. Hacía cinco o seis días que había regresado del campo.

Me vio desde una de las ventanas, mientras yo atravesaba el jardín lleno de dalias y rosas, con la estatua de Diana la Cazadora en una glorieta cubierta de enredaderas, envuelta en la penumbra del atardecer de marzo. Me gritó que ya bajaba, que la esperara dos segundos. El mozo me hizo pasar a un salón pequeño, atiborrado de sillas estrechas y adornos de porcelana, con estanterías atestadas de libros en las paredes. Esperé inmóvil, sentado en la punta de una de las sillas, sin respirar casi. Había vislumbrado, al entrar, una galería de mármol, las barandas de fierro forjado de una escalinata, salones espaciosos invadidos prematuramente por la oscuridad. Los libros de las estanterías, en su mayor parte, eran inventarios inútiles, recopilaciones en latín, catastros, algunos textos clásicos, encerrados en volúmenes diminutos. Extravagancias de la gente rica, pensé, y en ese instante entró Verónica y me preguntó, antes que ninguna cosa, por ti. Ella sabía que mi visita no podía tener otro motivo. Levanté las cejas, con expresión preocupada: "Vine para hablarte de ella, precisamente". El sentido del ridículo me impediría, ahora, una actitud así; pero éramos aficionados, en ese tiempo, yo y tú también, a los ademanes teatrales. "¿Qué pasa?", preguntó Verónica, con alarma. "Dime primero", interrogué, para graduar los efectos: "¿Alguien lee estos libros?" "Nadie", dijo Verónica; "pero cuéntame: ¿Qué pasa con Cristina?" "Nada. No pasa nada". Después de un silencio, agregué: "Lo que hay es que si no hacemos algo, va a terminar casándose con José Raimundo". "¿Tú crees?" "Así me lo temo". "Debemos hacer algo, entonces", dijo Verónica, pensativa: "le voy a hablar". "No sacarás mucho con hablarle, te aseguro. No va a confesarte nunca que le gusta ese tipo". "¿Tú crees que le gusta? ¡No puede ser!", exclamó Verónica; "sería absurdo. Estoy segura de que no le gusta". "Yo no estoy tan seguro. En todo caso, tú puedes hablarle mejor que yo. Te dejo la tarea...".

El infarto de mi padre se produjo el día miércoles de la semana siguiente, cuando me levantaba para ir al colegio. Desde el cuarto de baño escuché carreras, portazos, la voz de mi madre, extrañamente ronca y tensa, el disco del teléfono donde alguien marcaba un número, cortaba, impaciente, antes de haber terminado de marcarlo. Marcaba otra vez. Al rato, la voz implorante, entrecortada, reprimida a duras penas, que de pronto levantaba su diapasón: "Es urgentísimo, le digo". Carreras de regreso. Diste tres golpes discretos pero enérgicos en la puerta del baño. Me sequé con cierto temblor que no conseguía reprimir y me vestí rápidamente. Se escucharon voces en el primer piso. Mi madre subió la escalera de prisa, pálida, seguida por un médico y un enfermero de la Asistencia Pública. Tú subías detrás. "Parece que ha tenido un infarto". Me asomé al dormitorio y alcancé a divisar, entre mi madre y los dos hombres de blanco, a mi padre tendido en la cama, con una mano en el pecho, la camisa del pijama abierta, una pierna recogida, lívido. La ráfaga súbita lo había dejado boquiabierto, estupefacto, como si los pequeños malestares, las pequenas miserias del último tiempo se hubieran estado acumulando, inadvertidos, y hubieran desbordado en una oleada quemante, sorpresiva, terriblemente destructora. Uno de los hombres de blanco cerró la puerta. "Tengo ganas de vomitar", dije. "No seas estúpido", dijiste; "aguanta". A los pocos minutos sonó el timbre y era el doctor Briceño, el médico de la familia. Nos saludó en voz baja y subió derecho a la pieza. La puerta se abrió, pero sólo vi formas blancas en movimiento, vislumbré el rostro contraído de mi madre, la cara de uno de los hombres que miraba por encima del hombro, y la puerta volvió a cerrarse. "¿Tú crees que es grave?", pregunté, por preguntar alguna cosa. "Muy grave", dijiste. Caminamos hasta el final del corredor y miramos el cielo por la ventana. En ese instante se abrió la puerta y el doctor Briceno se nos acercó. "Tengo una mala noticia que comunicarles". No pudiste reprimir una exclamación, mezcla de terror e incredulidad, llevándote los nudillos de la mano derecha a la boca. El doctor hizo un gesto de afirmación apesadumbrada. "No pudo resistir el ataque". Vi que la puerta permanecía entreabierta y que de adentro llegaban sollozos. "Hay que ser valiente", dijo el doctor, apretándote un brazo. Te desprendiste con impaciencia mal disimulada y avanzaste por el corredor, lentamente, mordiéndote uno de los nudillos. Habría querido acompañarte, pero me sentí importuno. El doctor Briceño me dio unos golpecitos amables en la espalda. "Voy a hablar con la Domitila", dijo. "Tu madre necesita un poco de valeriana".

Me asomé al umbral y vi que llorabas, de pie junto al lecho, con la cabeza baja. Llorabas en silencio, pero los sollozos te sacudían los hombros. A mi padre lo habían metido adentro de la cama. Me acordé de sus insomnios, de sus paseos nocturnos. También lo vi en sus buenos tiempos; junto al Chevrolet azul, colocándose la gorra y los guantes para manejar, sonriente, dueno del universo y de sí mismo. Recordé algunas entonaciones peculiares de su voz y un acceso de furia que tuvo porque no te quise prestar un juguete, cuando cumplí ocho años; me dio un coscacho a toda fuerza y las lágrimas me enceguecieron.

No sentía, por mi parte, el menor deseo de llorar; sólo una pesadez en el corazón, como si trabajar le costara un esfuerzo doble, como si los sucesos recientes y el cúmulo de los recuerdos lo aplastaran.

A las seis de la tarde llegó José Raimundo, vestido de gris oscuro, con cara de circunstancias. Habían encajonado a mi padre después de almuerzo y se lo llevaban en un rato más a la iglesia. "Muy sentido pésame", murmuró José Raimundo, y me miró a los ojos con intensidad. Agradecí vagamente y guardé silencio, incómodo. Menos mal que apareciste luego. José Raimundo te dijo una frase más larga, que no alcancé a escuchar. Tú tenías los ojos algo hinchados, pero actuabas con una naturalidad que me sorprendía. Le dijiste que se sentara y contaste cómo había sido el ataque, a qué hora, lo que había dicho el doctor Briceño sobre su escasa resistencia, su fatiga, el mal estado de sus nervios. Después llegó Verónica, elegante y seria, y le repetiste las mismas cosas. Ellos estaban a primera hora en la misa, a la mañana siguiente. Verónica te acompanó a la casa y José Raimundo siguió de cerca el entierro. Mis tíos lo reconocían y lo saludaban con lo que me pareció una secreta complicidad, con una complacencia que no lograban disimular del todo, abyecta... Había llegado el momento de hacer algo drástico; de lo contrario. . . Resolví hablarle, una noche, directamente.

—Ahí llegó—dices, cuando oyes el ruido del manojo de llaves al otro lado de la puerta. Das una puntada final a tu costura mientras salgo al vestíbulo. El reloj marca las nueve y diez minutos.
—¡Hola!—dice él.

Estoy a punto de hacerle una broma por los progresos de su calvicie. Al fin prefiero abstenerme. Podría caerle mal. Siempre es más seguro mantener las relaciones en un terreno neutro. Deja su cartapacio con papeles y te besa en una mejilla .

—¿Por qué te atrasaste tanto?—preguntas.

—¡Demasiado trabajo! exclama, dejándose caer en el asiento. Suspira ruidosamente— ¡Las secretarias que tengo son tan estúpidas!

Mueves la cabeza, significando que con esa gente no hay nada que hacer. —¿Y el niño?—pregunta.

—Durmiendo .

—Estoy demasiado cansado para subir a verlo—se queja él.

Para ahuyentar de la conciencia mi descanso, mis horarios de burócrata, con salida fija a las seis de la tarde, ofrezco preparar un trago.

Él pide whisky con un poco de hielo, sin agua.

—¿Y tú, Cristina?

—Yo, nada.

"¡Estás loco!", dijiste; "¿de dónde se te ha metido esa idea en la cabeza?"

"Estoy seguro. Sobre todo ahora que murió mi padre. Y Verónica, si quieres saberlo, ha llegado a pensar lo mismo" . "¿Verónica?" " ¡Claro! ¿Qué te extraña? Está convencida de lo mismo". "Ustedes están completamente locos". "Locos estaremos, pero cualquier día te veo llegar de anillo. Mi madre terminará saliendo con la suya. Y más que nunca ahora, que hemos quedado sin un peso".

Todo el dinero de la casa se gastaba en comprarte vestidos y en hacer comida las veces que venía José Raimundo. Mi madre, con tu aquiescencia tácita, vendió poco a poco los trajes de mi padre y algunos muebles; el segundo piso se fue desmantelando. Yo no pedía nada para mí. Dentro de dos años saldría del colegio y empezaría a trabajar. Eso era asunto decidido. Por lo demás, ninguna carrera universitaria me interesaba especialmente. El capital de mi madre eras tú; no había cuestión de pagarme seis años de estudios. Me limité a hacer presente esta circunstancia para pedir, en compensación, un escritorio de caoba. Mi madre aceptó de inmediato, y sin chistar, mis razones; esa tarde, cuando entré a mi pieza, el escritorio estaba instalado en el sitio de honor, debajo de la ventana. Todavía continúa en el mismo sitio.

—¿Y?—pregunta él— ¿Te subieron el sueldo, por fin?

—Fue una falsa alarma.

Decepcionado, cambia de tema: .

—No se puede trabajar en este país—dice—. Los impuestos, las tramitaciones... La gente que produce no siente ningún estímulo.

Lo miras y acatas. Llamas a la empleada para que sirva vino. El aire es insuficiente para respirar. ¿No se podría abrir un poco la ventana? La sangre caliente se agolpa en mi cabeza; no circula. Bebo vino y el calor en mi cabeza aumenta .

Al terminar ese invierno empezaste a salir más seguido con él. Mi madre sonreía, complacida; Verónica te hacía bromas, y tú no las rechazabas con la convicción de antes. Nuestra comunicación habitual se había interrumpido. Nos encontrábamos solos en el comedor de la casa, por ejemplo, y no teníamos nada que decirnos. "¡Cásate, entonces!", te lancé una vez, de improviso; "si quieres casarte, cásate". Severa, diste unos golpes en la mesa con el tenedor, sin responderme. "¡Cásate! Si el tipo te gusta... O si te gusta su plata", añadí, después de unos segundos; "para el caso da lo mismo". "Te voy a pedir un gran favor", dijiste, llena de ira contenida: "Te voy a pedir que no te metas en lo que no te importa. ¿Quieres hacerme ese favor?" "Muy bien", dije yo, "de acuerdo". Creo que las palabras me silbaban; lo cierto es que me sentía humillado, ridículo. "De acuerdo", repetí. Pero no hallaba qué cara poner, y escondí las manos, que me temblaban intensamente, debajo de la mesa. Entró mi madre con expresión satisfecha y sentí deseos de insultarla. Me faltó el pretexto. "¡Este choclo es una porquería!", exclamé, después de hundir los dientes en los granos humeantes, y alejé el plato que me acababan de servir. "¿Qué tiene?", preguntó mi madre, con ingenuidad. "¡Está duro como palo!" "¿No quieres un huevo a la copa?" " ¡No! " Me puse de pie, exasperado, y salí del comedor. De haber tenido un objeto contundente a mano, las habría emprendido contra los muebles del salón, contra la vitrina con adornos de porcelana. Salí a la calle y caminé largo rato, sin una noción exacta del tiempo. Era una noche cálida y la Alameda estaba llena de gente. Un muchacho que chacoteaba en un grupo, delante mío, retrocedió y me dio sin querer un violento empujón. "¡Imbécil!", estallé, desbordado por la furia. Los del grupo me miraron con caras desconcertadas, hostiles, y murmuraron algunos insultos. Entré a una fuente de soda y bebí una cerveza. Me bajó el cansancio; una relajación desanimada de los músculos. El camino de regreso parecía interminable. Pasó felizmente un micro medio desocupado y ahí me embarqué de vuelta. Los vaivenes del micro me ayudaron a olvidar la exasperaciónt que fue reemplazada por una sensación de vacío, de aridez irremediable. Pensaba, al desvestirme, en nuestro paseo en balsa, en tus chillidos de susto. Abracé la almohada para protegerte. No eras, definitivamente, la misma con que había conversado antes de comer, la que aparecería pronto exhibiendo el anillo de José Raimundo, traspasada por una felicidad imbécil (difícil encontrar una palabra menos dura). La convicción de que te habías ausentado, probablemente para siempre, engendraba ese vacío, esa comezón que trataba, con palabras secretas junto a la cabecera, de apaciguar, de engañar.

Lo del anillo vino poco después, en una escena impregnada de beatitud hogareña: el ingreso al orden de las familias, por la puerta ancha. Llegué a la casa, esa tarde, y encontré una atmósfera extraña en el salón, festiva y a la vez algo solemne. La sonrisa que me dirigiste fue ambigua, casi irónica. "¿Te gusta?" Observé el anillo con atención, dándome tiempo para responder. La sangre retrocedía y dejaba un cerebro anémico, cuyas palabras parecían de otra persona: "Muy bonito". "Precioso, ¿no?" Asentí con un gesto; ya sabes que la belleza de las joyas nunca me ha conmovido, y además, en este caso... Todo debía de haberse conversado a espaldas mías, porque pronto llegó Verónica, enteramente sobre aviso, y hubo una comida muy buena. Verónica te besó y abrazó con efusión y lanzó grandes exclamaciones admirativas al contemplar el anillo. "¿Para cuándo es el matrimonio?" Te ruborizaste. Mi madre intervino para sacarte de apuros: "Todavía no han fijado la fecha". "Ves", quise decirle a Verónica, "¿no te decía yo?", pero la frase habría caído en el vacío más completo. Era Verónica, precisamente, por raro que parezca, la que demostraba mayor euforia; quizás por mirar el asunto desde fuera, sin un interés inmediato. Mi madre había conseguido lo que se proponía, después de un año de espera paciente, astuta, y la euforia no tenía cabida en ella; sólo una satisfacción serena, profunda en apariencia, pero posiblemente asaltada desde entonces quizás por qué fantasmas. Porque desde la época de tu compromiso notamos que se encerraba en un silencio enigmático, y esa actitud, después del matrimonio, cuando ya no la sostenía la exigencia de llevar su faena a buen término, se acentuó; hasta que percibí una tarde, al regresar de la oficina, el aliento inconfundible y los ojos brillosos, extraviados.

Una vez oí que mi padre, con sus quijotadas, sus arrestos descontrolados de generosidad, sus negocios absurdos, había hecho desgraciada a mi madre. El resumen del comentario era que había sido un atolondrado, un ser insubstancial; las perspectivas brillantes de su juventud se habían malogrado con los años, por exclusiva culpa suya. En buenas cuentas, a pesar de su ingenio, de sus cualidades de círculo de amigos o de salón, cualidades sociales cuando mucho, se había revelado como un individuo inútil, incapaz de dar nada sólido a su mujer, a sus hijos o al resto del mundo, un narrador cuyas anécdotas encontraban oídos complacientes en los bares, pero de nada servían frente a desafíos más rigurosos que un círculo de auditores de buena voluntad: el de la pobreza, por ejempio; el de la caída vertical de una situación que parecía, en virtud de un espejismo alimentado desde la infancia, inexpugnablemente defendida por los mitos de la tribu. En esas conversaciones se omitía, en consideración a mi presencia, la palabra "tonto", la palabra "infeliz" o "pobre diablo", pero la ineficacia de los recursos histriónicos de mi padre surgía en su dimensión más patética.

También he oído colocar, inconscientemente y a menudo con plena conciencia, a José Raimundo en el otro extremo: el marido modelo, que ha logrado forjar tu felicidad. Todo esto es probablemente cierto, razonable. En cuanto a mí, a medida que pasan los años y se nota mejor que vegeto en un empleo mísero, se me instala con menos derecho a réplica en la barricada, mejor dicho, la trastienda, que ocupó mi padre. Pero volviendo a José Raimundo, no me parece que los buenos maridos hagan la felicidad de nadie. ¿A qué llaman felicidad? Otra cosa es que un mal marido puede hacer la desgracia de una mujer como sucedió con mi madre; que un mal marido hubiera podido hacer tu desgracia. No hay duda. La única certidumbre está en el lado negativo de la cuestión.

Pero tú eres indiferente a estas sutilezas; aceptas que José Raimundo es un buen marido, y aceptas que tu vida está bien, que más no puede pedirse. Entretanto, me veo entre la espada y la pared, abocado al silencio. El lenguaje que nos permitía comunicarnos a espaldas de los demás, salpicado de palabras en clave, de alusiones y subentendidos, se te ha olvidado. Procuro con majadería intercalarlo en nuestras conversaciones, pero es inútil, pasó a la condición de lengua muerta; pronto empezaré a olvidarlo, yo también.

José Raimundo da un bostezo.

—Llegas tan cansado—comentas—, que nunca podemos ir al biógrafo. Hace meses que no vamos.

¿Te acuerdas de cuando íbamos juntos? Me gustaba que pagaras la entrada, aunque fuera con dinero mío; que pasaras los boletos en la puerta y después escogieras tú misma el asiento. Sólo sentarme al lado tuyo y hundirme, esperando la oscuridad. Las luces se apagaban lentamente, las primeras imágenes alcanzaban a reflejarse en las cortinas que se abrían, y el placer sólo podía ser perturbado, más tarde, por la convicción melancólica de que la película iba a terminarse pronto.

Ahora, en la manera como hablas de su cansancio, noto un matiz de orgullo y de respeto. Y noto, por enésima vez, que a mí no me respetas, que sólo tienes por mí una tolerancia hermanable, vagamente nostálgica. Para ti, como para todas las mujeres que conozco, lo que cuenta de verdad es el dinero, el éxito mundano, por cualquier camino que venga. Antes no habías adquirido esta actitud, y pensé, ingenuamente, que podrías seguir viviendo en esa forma, fuera de esta conciencia. Pero entraste al orden sin muchas dificultades, con menos dificultades que otra gente. Sacrificar detalles como el cine en beneficio del descanso de tu marido es parte de tu rol actual, es la indispensable dosis de abnegación de tu personaje, que interpretas con maestría innata.

—Bueno—anuncio—. Me voy, entonces...

José Raimundo bosteza. otra vez y me da la mano.
—Buenas noches—dices—. Dile a mi mamá que mañana o pasado le hago una visita.

Camino hasta Providencia y tomo un micro hasta el centro. Ahí me bajo a estirar las piernas. La noche es cálida y las veredas están llenas de animación. Me detengo en las esquinas y miro pasar los automóviles. Veo rostros conocidos, habituados a la noche, pálidos. Para ellos debo ser otro rostro familiar, parte del paisaje de sus paseos nocturnos; alguien que no se sabe lo que hace, para qué existe. Permanezco un rato en los umbrales de los cafés, observando la concurrencia. De repente se oye una frenada estrepitosa y voces airadas, confusas; un motor que vuelve a partir, a toda máquina. Leo los títulos de los libros en los puestos de la feria.

Después de una hora de merodear, atravieso la plaza Bulnes y camino Alameda abajo. Quiero dar una vuelta frente a los prostíbulos de San Martín antes de recogerme. Vivimos en Manuel Rodríguez, no demasiado lejos. Las mujeres de grandes escotes y bocas redondas, rojas, me llaman desde las ventanas. Hay una que me habla en voz baja, con más intención que las otras, y alcanzo a detenerme; no consigo escuchar lo que dice, pero comprendo la mirada procaz y el llamado de los labios entreabiertos, carnosos. Sigo mi camino. Escucho un insulto y veo un gesto despreciativo; alguna que me ha visto pasar en ocasiones anteriores, y no entrar. Doblo y me interno en una callejuela. Desde una ventana en penumbra me solicita una voz de timbre ronco; me cogen un brazo, aprovechando un segundo de vacilación mía.

—Espérate. Voy a abrirte.

Murmuró una negativa, pero ya la mujer se ha precipitado a abrir. —Entra—dice, parada detrás de la puerta.

—No puedo.

—¡Entra! Aquí conversamos. —No puedo. No tengo plata. Sale del interior y me toma del brazo: —¡Entra, mijito!

—Te digo que no puedo. No tengo plata. —Me haces un cheque, si quieres.

—No tengo cheques, tampoco.
—¡Mentiroso!
—¡Te juro que no tengo!

Me desprendo con brusquedad y la mujer retrocede, con expresión dura. Agitado, emprendo viaje a mi casa, a paso rápido. Dos carabineros en la esquina me observan pasar indiferentes. Pronto estoy lejos del sector más concurrido. Contemplo un prostíbulo que funciona en un segundo piso; detrás de las ventanas iluminadas se escucha música, pero no se alcanza a divisar a la gente. Para que los llamados no se repitan, me disimulo detrás de un árbol. Después de un tiempo, sigo. Entro a calles solas, áridas, bordeadas de casas bajas y árboles miserables.

Domitila, en bata, con una mano en la cadera y un gesto de cansancio, arrastra los pies por el corredor.

—¿Mi mamá ya se acostó?

—Está durmiendo hace rato.

—¿Cómo estuvo?

—Bien—dice Domitila.

—¿No estuvo bebiendo?

—No dice Domitila—. Descubrí que había comprado una botella de pisco y se la escondí. Ni me preguntó por la botella.

—Está bien, entonces.

Antes de dormir, en la habitación oscura, pienso en los racimos de mujeres asomadas a las ventanas. Los vestidos se abren y surgen los pechos turgentes, los vientres redondos, marcados por la fatiga. Me hago la idea de levantarme y partir otra vez a buscarlas. Podría pagar con un cheque. Pienso después en la balsa, en el agua tranquila y engañosa, en tus chillidos. Avanzas en la oscuridad, en el traje de baño de entonces. Tus muslos duros, blancos, en contraste con la tela negra y elástica. La verdad, no voy a salir; prefiero hundirme en la cama y esperar que llegues. Pero no llegas nunca. Te demoras interminablemente en llegar. La otra noche entró mi madre, tartamudeando, fétida a alcohol, indignada contigo porque no vienes a visitarla nunca . "No es muy agradable venir a esta casa de visita", le dije, y soltó el llanto. Sollozaba y se estremecía entera. Me dio pena, pero tuve que expulsarla de la pieza para que me dejara dormir. En vez de dormir, permanecí con los ojos abiertos en la oscuridad, esperándote. Igual que ahora. A sabiendas de que no ibas a llegar, de que la oscuridad permaneceria idéntica, deshabitada, sin engendrar milagros.