miércoles, 18 de julio de 2012
El interregno [por Andrés Olave]
miércoles, 19 de octubre de 2011
LOS SINSABORES DEL VERDADERO POLICIA. [por Laura Broitman]

ROBERTO BOLAÑO. LOS SINSABORES DEL VERDADERO POLICIA.
Ed. Anagrama, Narrativas hispanicas, Barcelona 2011.
323 pág.
Desgraciadamente, el último libro de R. Bolaño, es póstumo, fue terminado y recopilado de sus apuntes y notas, después de su muerte ocurrida en el año 2003.
Bolaño, escritor chileno con una gran producción tanto en prosa como en poesía, despliega una imaginería tal que lo coloca entre los grandes de la literatura mundial. No sigue modas, las impone, y, recuerda en cierta medida a Cortázar en la creación y el trabajo de personajes, pero de un Cortázar mas autentico y creíble: si bien los personajes son, y buscan ser, únicos y diferentes, hay, en Bolaño, un distanciamiento en el tratamiento de estos que lo diferencian del mismo mecanismo utilizado por Cortázar. En qué sentido? En el de la autenticidad. Lo que en Cortázar suena a toma de partido epocal e individualizadora, en Bolaño es literatura.
Tanto es así que la característica de Bolaño, su marca de fábrica, es crear literatura de la literatura: literatura potenciada por la configuración de un mundo meta literario.
Es así que crea autores, obras de esos autores, críticas serias ficticias sobre estas obras, dando forma de verdad a la ficción. Ficción que es la protagonista y es la manera, la forma, de crear ese mundo literario. Entonces la literatura toma la forma de la realidad: la realidad es literaria.
Los personajes son recurrentes, los nombres se repiten, la literatura y el arte, en general, los caracterizan y les dan cohesión y realidad.
Los textos de Bolaño no tienen un genero definido, por momentos creemos estar frente a una novela de misterio (a él le gusta que creamos eso) pero al momento siguiente, el texto toma forma de ensayo erudito o poético. Nos engaña, no con el afán de vendernos pesado literatura, sino con la pretensión de que el lector este siempre alerta. Lo más importante es esto: lo que los textos de Bolaño provocan en el lector: ese continuo estado de alerta, prontos a cambiar nuestra manera de decepcionarlos, exigiéndonos una preparación y una militancia constante frente a la literatura.
Hablaremos de este, su último libro, "Los sinsabores del verdadero policía" que en realidad ha sido escrito a lo largo de treinta años. Con una genialidad loca y humorística que lo hermana con el mejor Cesar Aira, el autor hace, además de fragmentos de narrativa lineal, con protagonista casi tradicional, un resumen de la obra de J. M.G. Arcimboldi, autor ficticio del que nos cuenta su vida, nos habla de su obra (novelas, ensayos, teatro, poesía y traducciones), con una fidelidad en los títulos, anos y editoriales, que emulan perfectamente estudios verdaderos sobre autores reales.
Hay una síntesis de siete de sus novelas con detalle de argumento, estructura, numero de páginas en que aparecen determinados fragmentos (dándole la seriedad de citas literarias), etc. Así como la invención de relaciones epistolares y amistades de Arcimboldi con lujo de detalles; mezclando nombres ficticios con nombres reales del mundo literario menos popular y con mas relación con la propia obra de Bolaño (Raymond Queneau, George Perec).
La mezcla es esencial en la obra de Bolaño, la mezcla de géneros, la mezcla de realidad y ficción, la mezcla de autenticidad y falsedad, que redundan en una escritura iconoclasta, revulsiva y alejada de la linealidad tradicional.
LAURA BROITMAN
viernes, 19 de noviembre de 2010
De archivos viejos y futuros: Bolaño sigue en cartelera [por Rolando Gabrielli]
.....mi primera visión de Bolaño en México, como un joven salvaje al que yo no le atribuía mayores habilidades detectivescas, pero que acabó teniéndolas y formidables. Era un detective extraordinario. Carlos Monsivàis
Carlos Monsivàis tenía dibujado en su huellas dactilares el mapa de México. Al menos eso noté cuando le di la mano. Su obsesión era su México lindo y querido, donde se durmió finalmente, pero no ignoró las entrañas mismas de la nación ni fue un maquillador de la realidad o un ficcionador del alma azteca en todas sus interioridades, subjetividad y realidad. Croniqueò un México al desnudo, profundo. DeFoliò el distrito capitalino, cada día escribía una nueva hoja, página que no pasaba de moda, con todas sus moscas, aire enrarecido y amebas. Respiró con sus ensayos y por su gran patrimonio que es el pulmón histórico, vivo, cultural, de un país de dimensiones desconocidas para los propios mexicanos. Todo lo que olía a México le interesaba y de alguna manera registraba una visión crítica, creativa e ilustrada, con su palabra. Monsivàis formaba parte de la geografía popular mexicana. Su cuerpo y mente estaban hechos en México y de México. Dejó impresas las voces y ecos, la razón de ser, gozos y desencantos, tristezas, la creatividad, vida y muerte del pueblo azteca. México ha sido un imán para grandes escritores, artistas, músicos, intelectuales de varios continentes, ayer, hoy y mañana. En su geografía se escribieron Cien años de Soledad, El Volcán y Los Detectives salvajes, para no desmenuzar más de lo necesario.
No sé si Monsivàis escribió sobre este curioso fenómeno mexicano de atraer cultura, como si la que tuviera le fuera poco. Imposible olvidar la ola de españoles post Guerra Civil con León Felipe a la cabeza, quien hizo camino en el país azteca, entre decenas de artistas e intelectuales españoles.
No me he detenido en la inmensa, profunda y necesaria obra, el ejercicio diario sobre la vida que hizo y ejerció sistemáticamente Monsivàis sobre otros autores, en especial los extranjeros, algunos mencionados, pero si recogió con discreción absoluta, algunas opiniones sobre el chileno Bolaño, quien trabajó, a mi manera de ver, su literatura, como un viaje iniciàtico, obsesivo, en permanente renovación, sin fronteras ni concesiones. Bolaño cita de paso a Monsivàis en Los Detectives Salvajes y el cronista de México, comenta esa obra y dice de su autor: “La influencia de Bolaño al mismo tiempo resulta inevitable y sorprende. Es un autor que se ha ido destacando de forma acelerada. En los últimos años, se ha convertido a tal punto en una referencia y, por eso, me planteo la pregunta qué hay después de Bolaño".
Curiosamente es la misma pregunta que le hice a Piglia y fue censurada. La borraron en el diario y enganché con otra. Pero Piglia también está extrañado, no sabe que viene y si lo sabe, calla y si calla otorga algo de alguna manera, porque Bolaño trazó una tercera orilla.
La pregunta es válida, los provocadores en el buen sentido de la palabra, no abundan en estos tiempos. Más y más escritores se apegan cada día a la sorpresa del terror, al golpe efectista, a la banalidad envolvente y no a la literatura como fenómeno de reflexión. Están más cerca de la editorial y del agente que del lector.
Monsivàis recuerda al autor de 2666 "en actitudes de provocación que, en ese momento, me parecieron sólo provocaciones, pero que acabaron respondiendo a toda una estructura del pensamiento; siempre acompañado de otros jóvenes que igualmente parecían ser sólo irrupciones en el escenario." Bolaño no abandonó este talante, aunque con actuaciones menos de perfomance callejeras, no dejó de dispararle al establecimiento, al mono literario, en especial chileno. Le sobreviven a estos desplantes, su erudición, lecturas y la literatura escrita, que al final de cuentas es lo único que respalda a un escritor. Ese es su capital, en definitiva. Lo demás son deudas impagables. “Le recuerdo también, insiste Monsivàis, en conversaciones que tuve con él, como un hombre profundamente obsesionado con la literatura. Concretamente, con la idea de que no le iban a engañar; de que la literatura no era lo que le decían, sino lo que estaba ahí en la página." Eso lo demuestra su pulcritud ante la página en blanco y el ordenador, la revisión permanente de sus borradores, la selección de sus materiales, el repaso de sus papeles. Se erigió como un fiscal de su propia palabra, un juez kafkiano, pero que iba hasta el final o un detective bolañiano, minucioso, dedicado, insobornable.
Lo cierto es que Bolaño sigue en cartelera. Fue una idea notable crear La Cátedra Roberto Bolaño en la Universidad chilena Diego Portales. Casi un acierto frente a la mezquindad histórica con los escritores de la diáspora chilena, cuyo ejemplo más patético es el recobro de la Mistral a través del más grande puzzle de la historia literaria chilena, durante décadas, para que fuera conocida casi en su integridad en Chile.
Ignacio Echeverría, critico español, amigo de Bolaño y editor de 2666, acaba de visitar la Cátedra R. B., el pasado 11 de noviembre donde disertó sobre La Lengua de los novelistas. Nunca nos enteramos del contenido de estas conferencias. ¿No se editan? ¿Los diarios comentan los chismes, declaraciones vagas? ¿Son solo para iniciados? ¿Son el secreto mejor guardado de la literatura chilena? ¿Para qué sirve la tan alabada Internet? Bolaño, en su adolescencia literaria, tenía que robarse los libros de las librerías del D.F. Hoy Internet populariza un poco más la lectura, pero hace falta un empujón de mayor actualidad y selectividad. Para Echeverría la obra de Bolaño comenzó a conocerse primero en España, donde residía, que en América latina y después en Estados Unidos. Difiero, me parece que el gran detonante de Bolaño fue el Rómulo Gallegos, premio emblemático venezolano a su novela Los Detectives salvajes (1999), que ganaron los maestros del boom latinoamericano Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Y aún así le costó remontar en el reconocimiento en la península. El olfato de Herralde-Anagrama fue proverbial, soberbio, de lince en la llanura. Un año antes la había editado y se consagró en Caracas meses después. Sorprende que en su reciente visita a Chile, Nicanor Parra le haya dado a conocer a Echeverría al poeta Enrique Lihn, tan citado por Bolaño e importante en la toma de decisiones en su vida literaria. Además de la inmensidad poética de Lihn, editado en España hace décadas de décadas y vamos, no necesita presentación un intelectual de su nivel. Lihn también estuvo en Barcelona. Aunque, en poesía nada debiera sorprendernos, un género sospechoso, incierto, ninguneado, algo reiterativo, salvo honrosas excepciones.
Lo interesante es que se ha comenzado a escribir la primera biografía de Bolaño y está a cargo de la periodista y poeta argentina Mónica Maristain. Fue directora de Playboy para Latinoamérica. Seguramente nos presentará un Bolaño al desnudo y lo sacará como un conejito de su manga o sombrero. Son las sorpresas de la literatura y de autores míticos que disparan las más diversas opiniones y sensaciones entre sus lectores y detractores.
Monsivàis, no tenía complejos, decía lo que pensaba y escribía. Le llamó la atención la relación que calificó de áspera entre Bolaño y Paz, aunque no creo se vincularan mucho por la disparidad de edades y estatus. Pero Bolaño terminó por reconciliarse con el personaje mexicano de mayor reconocimiento internacional y peso específico en México. Con Neruda, Bolaño no dio tregua. Dijo que solo escribió tres libros válidos. Una boutade, porque la obra de Neruda es lo que es. Pedro Pàramo, le bastó a Rulfo para pasar a la inmortalidad; con Ficciones Borges; Cien años de Soledad, Gabriel García Márquez; Rayuela de Cortazar; Ulises de Joyce etc.
"Monsiváìs tenía su opinión sobre Los Detectives Salvajes, obra que aún no lee Carlos Fuentes. Dice él. Realmente, esa obra me pareció rápida, iconoclasta y consolidadora, escrita con esa furia que ahora, injustamente, se considera también la buena literatura, sin respeto por lo que entonces era canónico y sin saber que se convertiría en canónico”.
En el itinerario Bolaño, surge el mito, que según algunos fue prefabricado en Estados Unidos y que el autor de Estrella distante, es producto del mercado, de un cambio por el gusto de las lecturas latinoamericanas en Norteamérica. Se va más lejos en esta tesis, que circuló en una universidad de Nueva York y que sostiene que se ha reemplazado las lecturas sobre Isabel Allende e inclusive Gabriel García Márquez que copó la banca literaria en Estados Unidos durante décadas. El ex presidente Bill Clinton, le recitó de memoria pasajes al propio Garcia Márquez de 100 años de soledad, durante una visita del colombiano al país del norte. Esta tesis habla muy mal del público lector norteamericano, de las editoriales, de los manipuladores del mercado y refleja una suerte de estupidez colectiva. No olvidemos que el mercado norteamericano, sus editoriales, han privilegiado su propia literatura y la de habla inglesa, y que América latina, forma parte de la orilla que el río inunda y hace desaparecer.
El mito, según, esta visión se debe a su muerte prematura, biografía, experiencia personal en el golpe militar de Pinochet. El mismo Bolaño se encargó de restarle importancia a su incidente histórico con la dictadura militar, porque es ridículo ante los miles de muertos, secuestrados, torturados, desaparecidos, exiliados. "Los descubridores del mito Bolaño", dicen, apostaron a su pasado hippie, filosofía contestataria, (que dicho sea de paso la conservó hasta el final de sus días) y a una suerte de desadaptado joven intelectual en el DF y vagabundo por Europa, aunque todo eso tuvo sus tiempos limitados, porque en México leía como un condenado a muerte y en Europa escribía y leía como si fuera la ultima noche. Lo de la adicción a las drogas, un acento norteamericano al parecer indispensable para el glamour del escritor maldito, me parece bastante antojadizo y corre por cuenta del marketing descarado. No era un Rimabud latinoamericano, ni un Teillier, que vivió en el límite y una cuarta más. Algunas notas norteamericanas sobre la obra de Bolaño lo comparan con el cantante Kurt Cobain, quien fue una leyenda de la música, murió joven, se dice de un disparo por su propia mano en la cabeza y que sí vivía el mundo de las drogas. Susan Sontag, una de sus más grandes admiradoras, lectoras y descubridoras, recomendó traducir el Nocturno de Chile. (New Directions en Estados Unidos) Fue al meollo. El Bolaño chileno. Ahí hay que bucear y reconocerse en el Chile pinochetiano, y no por casualidad ese Nocturno se iba a llamar Tormenta de Mierda. Alguien maquilló el título como si pensara en José Asunción Silva, pero la mierda siguió cayendo durante largos 17 años y medio, hasta que por fin el mundo sacó paraguas.
Bolaño fue rebelde en México, etapa de su juventud, donde la mayoría lo es de alguna manera, lo vital es que noveló y bien esa época. Le dio un sentido a su vida y no estiró la cuerda hasta el final como su amigo el poeta co fundador del infrarrealismo, Mario Santiago Papasquiaro. (Ulises Lima en L.D.S). Murió en el mito, pero la obra no relumbró, fue más personaje que literatura.
Ciertamente se nota un deseo de presentar alguien más allá del escritor y su literatura. Algunos viajeros me comentan que es de snob leer a Bolaño en Estados Unidos y he dicho que es estùpido, porque es un escritor que va más allá de la moda o de un manoseo mercachifle. Lo interesante es leerlo. ¿Lo estarán leyendo? Hay 45 millones de personas que hablan español en Estados Unidos y los 260 millones restantes inglés, el mercado es por partida doble. Otros tantos son bilingües. la literatura de Bolaño puede ser interesante para cierto lector norteamericano porque es fronteriza, como ocurre con paisajes de Los Detectives salvajes y 2666, para no entrar en más detalles. Realidad vecina
Bolaño fue un parricida a tiempo completo, no solo un contestatario, más que un parriano. Enfiló sus cañones a los selectos hombres del boom latinoamericano, en especial los tres sobrevivientes, y al pope de la poesía chilena y latinoamericana: Neruda, ya fallecido, oleado y sacramentado por la crítica, el público lector y el pueblo. No tuvo reparos ni reparó en su cometido: descabezar e instalarse con su propia música, con menos refinamiento que Nicanor Parra, pero en su estilo. Le salvó lo escrito y su erudición, pero no disfrutó su merecida fama en vida, muy poco, alcanzó a olfatear mejores tiempos que se venían en una avalancha de nieve cálida. Por ahí hay mucho que biografiar, su estadía en España, no del todo satisfactoria para decir lo menos, incómoda. El mito hay que desmitificarlo y ahondar en sus realidades y época. Habría que hilvanar esos días en que firmó más de 20 contratos cuando le acechaba su ceremonia vikinga, su último cumpleaños, el viaje de despedida a Irlanda y la consagración que debió dispararle todos los sentidos como suele ocurrir en el último viaje, con millares de mariposas revoloteándole el estómago y un hígado moribundo.
A un autor del tamaño de Bolaño, de su impronta, le seguirán lloviendo halagos, criticas, denuestos, porque el espejo de la literatura depende del cristal con que se mire. Algunos hablarán del joven Bolaño de vida insurrecional, poética; del pendenciero, irascible, cagafiesta, porque dio un paso más allá del tradicional intelectual aguafiestas, del escritor doble perno, atornillado a sus obsesiones- enemigo de sus enemigos-; del trotskista-anarquista indefinible, mitad Lautreamont y Borges, en la doble ceguera de la videncia. Bolaño es un escritor chileno, hecho en México y España, pero de corte rioplatense, por su visión crítica, irónica, erudita, de tanto acercamiento a Cortázar, Borges, Lamborghini y con un lenguaje siempre "atemorizante" en la audacia personal, en la manera de ver la vida. A pesar de esta "ortodoxia literaria" de clásicos vivos y muertos, sobresalía en él una auténtica marginalidad, una búsqueda del otro en la ausencia de un todo. Su revolución estaba en el cambio permanente desde su esquina y sombra. Es allí donde boxeaba mejor. Daba sus mejores golpes. Hacía sentir el peso de sus palabras. Se descubrió asimismo como anarquista, de tanto arar por el centro de las orillas. En esta filosofía se identifica con Nicanor Parra, demoledor de sistemas establecidos y un francotirador que dispara a todo lo que se mueve. Detrás de toda la puesta en escena literaria de Roberto Bolaño, en definitiva está un poeta, el poeta que él fue irremediablemente.
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viernes, 26 de febrero de 2010
Todo cae por su propio peso: A propósito de ciertas lecturas aberrantes de escritor a escritor.
“Todo cae por su propio peso”. A propósito de ciertas lecturas aberrantes de escritor a escritor.
Autor: Daniel Rojas Pachas
Publicado originalmente en papel en Revista Vomitiva -La Serena
y en el Archivo Bolaño.
El presente artículo sin ánimo de polemizar o constituirse en una apología de Bolaño y sus obras, de modo más específico 2666, voz y escritura que habla por sí sola, además como diría un amigo -aquí todos somos grandecitos y cada cual puede defenderse solo- nace a raíz de la lectura de un texto publicado por Raúl Zurita allá por enero del 2008 en el periódico literario Carajo en su novena edición.
En el artículo titulado “2666 de Roberto Bolaño. Un asunto irresuelto” el autor de Purgatorio lanza unas aventuradas opiniones acerca de la novela mamut del desaparecido escritor, mismas que a la fecha, si consideramos el año de publicación del artículo en cuestión “
Este peculiar fenómeno e inusual moda, circunstancial a la escritura y su calidad, aunque claro, regularmente va en desmedro de ella pues no es el creador ya quien tiene la última palabra sobre su obra sino los editores y sus intereses, mantiene una importante relación no sólo con el texto de Zurita sino con el estado del arte de la narrativa latinoamericana y chilena y desde luego importa a la situación del libro como objeto dentro de las sociedades actuales y el tratamiento general que estas dan al arte. Recordemos que Bolaño pensó entregar originalmente 2666 como cinco novelas interdependientes, ligadas por vasos comunicantes como Archimboldi, la vida y obra de éste ficticio escritor europeo y claro, Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez. Interesante hubiese sido ver cuán diferente pudo ser el destino de la obra, su recepción critica, la distribución, el juego de las expectativas, el precio de los libros, su impacto y quizá lo más importante, la interacción de los destinatarios entre cada parte mas allá de la linealidad a la que nos somete el mamotreto preparado por Echevarría. Hoy todo lo expuesto se podría argumentar a cabalidad en torno al Tercer Reich o los textos recientes de Donoso y los que de seguro vendrán de Salinger, pero ese factor no se cuestiona o considera en lo absoluto en el articulo del ex miembro de CADA lo cual es injusto ante una aseveración como la que usa para abrir su comentario acerca de 2666, marcando de inmediato la tónica y talante que desarrollará en extenso a la manera de aquellos emperadores romanos dirimiendo la vida de sus esclavos en una justa de circo: 2666 me intriga, y no porque sea una obra maestra, por el contrario, es una novela convencional que tiene un problema grave y sin solución intermedia: o le sobraron 800 páginas o le faltaron 800 páginas.
La pose de crítico demoledor y antojadizo no escatima en artillería y de modo caprichoso pone en tela de juicio la calidad autoral de Bolaño, sobre todo la de su poesía, tal como demuestra la siguiente cita: Su transacción fue un triunfo personal pero, más que eso, es el triunfo de la economía: era finalmente lo suficientemente bueno como para que tuviera que transar. Tampoco se trataba de que se dedicase a escribir poemas, para eso Bolaño era tan poco dotado como Cortázar, Faulkner y Joyce.
Faltó considerar aquí lo poético que dentro de su prosa es Bolaño, a la manera de Woolf, Rulfo y el mismo Joyce, además fuera de lo discursivo el logro de la obra en juicio y su ambiciosa propuesta está en la solución que da a su trama y
Por ello la crítica no da la talla al señalar el fracaso de
En todo caso, dichos como estos sólo tienen un valor secundario, anecdótico y que solo hay que tocarlos de modo tangencial y cuando sea exclusivamente necesario, vale más priorizar ciertos temas del artículo del autor de Anteparaíso que se pueden rescatar, los que sin embargo, al igual que aquellos que penetran en el ámbito de la opinión personal sobre el valor del escritor y su integridad más que al argumento y critica, se deben aterrizar y pasarlos por un tamiz que los libere y dote del valor de fondo que se proponían y pudieron tener. Algunos de estos apartados desarrollados a medias por Zurita son por ejemplo la ya mencionada disyuntiva realidad ficción y el peso que la primera tiene en relación a un tema no menor e irresoluto como la grotesca ola de femicidios en Ciudad Juárez (leitmotiv en la ficticia Santa Teresa) y como el arte, no digo que este sea el caso, puede tender a trivializar o ser un espejo superficial de lo que se pretende representar. Tal como diría Avelar: El problema para el sujeto testimoniante se complica en tanto que el sólo hecho de incluir lo vivido en una secuencia temporal y narrarlo, supone de por sí una traición a la experiencia. La inconmensurable distancia que media entre ésta y su relato implica una profunda resistencia a la metáfora: la pérdida no puede traducirse en lenguaje y mucho menos cuenta con un auditorio capaz de traducir estas palabras en algo visible y/o tangible. De cualquier modo a riesgo de sonar majadero la banalización de los medios y entre ellos la novela, no excluye a la poesía, dotándola de una sacramentalidad a prueba de fuego.
Pero no excluyamos por ello un tema de interés y que pudo aprovechar Zurita en su artículo y que sutilmente llego a rozar, se trata de la critica a las editoriales y su manipulación, sobre todo en el tema difusión y la creación de una imagen, esa tarea que inunda las micros con pancartas, genera artículos en las revistas de las aerolíneas y ampara la creación de consabidos slogans que tienden a agrupar autores por temáticas, droga, sexo, contracultura y reducirlos a una colección colorida para lectores adolescentes o trasnochados admiradores de las vanguardias y su rupturismo, así en la estantería de Herralde podemos ver casi en una mismo nivel El Almuerzo Desnudo y alguna obra de Bayly, a Navokov junto a Cueto entre otros pares inimaginables, y como obviar las citas de afiche hollywoodense “la mejor obra de los últimos 30 años” o “un carpetazo a…”, esos cuestionamientos Zurita apenas los atisba, uno debe intuirlos o sacarlos a sablazos del artículo pues se pierde en una diatriba política que apunta a las multinacionales lo cual recuerda los ilustrados discursos que Chávez dirigía a Mr Danger cito textual: El costo también fue alto: el de ser el "mejor novelista de su generación". Qué duda cabe, pero todo aquello que es "lo mejor de su generación" contiene algo siniestro, en realidad es la forma más grosera del menosprecio (¿fue Dante el mejor poeta de su generación?), y cuando el merchandising califica así a un creador recuerda el típico trato de los patrones de fundo a sus peones favoritos.
Sin embargo hay unos puntos altos en la reseña, creo que el poeta busco dar en el clavo al criticar a los lectores promedio de Bolaño y en general de toda la llamada mafia amarilla, caricaturizándolos del siguiente modo: Roberto Bolaño al optar por la novela optó por una transacción. Es decir: optó por no llevar las cosas a sus límites, por autolimitarse como artista, pero, a cambio, pudo decirles al menos algo a los lectores que decidió no perder. Se trata de un tipo de lector registrado en los manuales básicos de los estudios de mercado: literatoso, intelectualoso, eterno aspirante frustrado a ser Arthur Rimbaud. Lo trágico es que termina por echarse no sólo al bolsillo a los lectores de Bolaño sino a los de Auster, Sada, Fadanelli, Pauls, Piglia, Pedro Juan Gutiérrez, Rey Rosa, Puig, Bukowski, Faulkner y a los mismos autores que no tienen al final la culpa de quienes operan o lucran con el destino de sus obras o más aún, quienes las actualizan, ya sea en concordancia a lo que se proponía el texto o acorde al uso aberrante que cada cual puede dar a una obra al interpretarla, sobre todo si lo mismo dicho más arriba sobre la distinción de géneros opera aquí, si optamos por caricaturizar al lector de poesía como Zambra lo hace magistralmente en un texto titulado “Contra los Poetas”, pensemos sino en todos los huérfanos suicidas arroja versos que deliran buscando en Pizarnik a su madre-amante y en el transgresor de turno a un gurú a seguir, a su progenitor dispuesto a escribirle un prólogo que le abra el Olimpo.
Como cierre atiendo lo más importante a lo que nos puede llevar a reflexionar el texto original de Zurita, la técnica narrativa del autor y no tanto por presencia y detalle en el artículo sino porque la escamotea por completo a través de una abusiva y reduccionista comparación con Finnegans Wake, cito: pero ¿el más "revolucionario" autor de los últimos tiempos? ¿Y un lector de Joyce? ¿Y que conocía bien el Finnegans Wake? ¿Y en una novela de la ambición artística de 2666? No, allí hubo un problema económico; es evidente que si la obra hubiese sido construida en base a una lengua que incorporara el alemán, inglés, mexicano y ruso, concreta, materialmente, como tal vez lo habría hecho un artista radical, habría significado mínimos lectores o, en el peor de los casos, pasar a la categoría de "demente" Pasando por alto ese parangón innecesario se hace importante no eludir la debida mención a la ironía intertextual la metatextualidad, el doble código y el diseño del narrador y voces que se entrecruzan y que Bolaño detenta pues ahí está su herencia, no en una alucinada y mal entendida pretensión del autor de Los Detectives Salvajes por romper la literatura y la comunicación creando una antinovela o el experimento último de la narrativa latinoamericana, esa es una responsabilidad que el mismo creador jamás se puso encima y que en todo caso ya lo han intentado otros como Calvino, Perec, Beckett y muchos más. Bolaño sin negar la admiración a estos proyectos edifica su propuesta al menos en 2666 y en muchos otros de sus textos conforme a fines distintos, a favor de la novela buscando ser hiperbólico y dialogante, aglutina información y hace que el lector se disperse en una búsqueda incesante de fuentes como si se paseara por una hiper-biblioteca o fuese absorbido por el Aleph.
En lugar de tender a la mudez, busca la sobrecarga y eso se aprecia además en su poesía, en un paseo por la literatura o los neochilenos, no va contra la literatura y sus bordes y si eso se busca en el autor, quizá el proyecto más cercano a tal intención sea Amberes, una de las más alucinadas de sus prosas y que podría con esfuerzo entrar a cuestionarse bajo ese prisma mientras que 2666 y las otras obras buscan ampliar la idea de el escritor-lector con un soporte semiótico en el contenido y cuestionando en lo posible los simulacros de esta hiperrealidad llena de espectros y máscaras, y que otros como Zambra en Bonsái o recientemente Zuñiga en Camanchaca están explotando conscientes, agregando a su lectura de la realidad, maneras de los sistemas de masa, la inmediatez y fugacidad de la comunicación y la potencia que para algunos tiene una frase en el Twitter, un mensaje de texto, post de blog o estado de facebook en relación a la memoria personal y colectiva y la percepción de lo verosímil, lo cual Bolaño puso en el tapete de la narrativa acercando un público lector y escritor a los abismos de la cotidianeidad, siendo accesible en su quehacer pero no ingenuo o fácil al punto de ser calificado de espíritu decimonónico, pues bajo la superficie subyacen los rasgos de una postmodernidad tan cara a la literatura de hoy (incluida la llamada neo-vanguardia) que ha buscado y seguirá construyendo desde las ruinas de la sobreexplotación y el maniqueísmo, sus estrategias, mismas que no podemos medir como profesor de liceo a la luz del Quijote,
miércoles, 3 de febrero de 2010
Bolaño vs Bolaño
Bolaño vs Bolaño
rolando gabrielli
Por la ventana entra el rumor del mar mezclado con las risas de los ùltimos noctàmbulos, un ruido que tal vez sea el de los camareros recogiendo las mesas de la terraza, de vez en cuando un coche que circula con lentitud por el paseo marìtimo y zumbidos apagados e identificables que provienen de las otras habitaciones del hotel. Ingebor duerme; su rostro semeja el de un àngel al que nada turba el sueño..." El Tercer Reich
http://rolandogabrielli.
domingo, 8 de marzo de 2009
(Fragmento de Amuleto de Roberto Bolaño)
(Fragmento de Amuleto de Roberto Bolaño)
Salir por las noches con los poetas jóvenes mexicanos me dejaba exhausta o vacía o con ganas de llorar. Me cambié de cuarto de azotea. Viví en la Nápoles y en la Roma y en la Atenor Salas. Perdí mis libros y perdí mi ropa. Pero al poco tiempo ya tenía otra vez libros y también, aunque con menos celeridad, algo de ropa. Me dieron chambas sin importancia en la Universidad y me las quitaron. Todos los días, excepto por causas de fuerza mayor, yo estaba allí y veía lo que nadie veía. Mi adorada Facultad de Filosofía y Letras, con sus odios florentinos y sus venganzas romanas. De vez en cuando me encontraba a Lilian Serpas en el café Quito o en algún otro local de la avenida Bucareli y, como era natural, nos saludábamos, pero nunca volvimos a hablar de su adorado hijo (aunque algunas noches yo hubiera dado lo que fuera para que Lilian me pidiera otra vez que fuera a su casa y le dijera a su hijo que aquella noche no iba a volver), hasta que un día dejó de aparecer como el fantasma de los vendavales por los lugares que yo frecuentaba y nadie preguntó por ella ni yo quise hacer averiguaciones con respecto a su paradero, tal era la fragilidad que se había instalado en mi espíritu, la falta de curiosidad, precisamente una de mis características, antaño, más notables.
Poco después me dio por dormir. Antes yo nunca dormía. Era la insomne de la poesía mexicana y todo lo leía y lo celebraba y no había brindis en donde yo no estuviera. Pero un día, algunos meses después de haber visto por primera y última vez a Carlos Coffeen Serpas, me quedé dormida en un asiento del camión que me llevaba a la Universidad y sólo me desperté cuando unos brazos me cogieron de los hombros y me movieron como si intentaran poner en marcha un péndulo averiado. Desperté sobresaltada. Quien me había despertado era un muchachito de unos diecisiete años, un estudiante, y al ver su rostro tuve que hacer un esfuerzo muy grande para evitar ponerme a llorar ahí mismo. Desde aquel día dormir se convirtió en un vicio. No quería pensar en Coffeen ni en la historia de Erígone y Orestes. No quería pensar en mi historia ni en los años que me quedaban de vida.
Así que dormía, estuviera donde estuviera, generalmente cuando estaba sola (detestaba quedarme sola, cuando me quedaba sola me sumergía en el sueño de inmediato), pero con el paso del tiempo el vicio se hizo crónico y me dormía incluso cuando estaba acompañada, acodada en la mesa de un bar o incómodamente sentada en una función de teatro universitario.
Por las noches una voz, la del ángel de la guarda de los sueños, me decía: che, Auxilio, has descubierto adonde fueron a parar los jóvenes de nuestro continente. Cállate, le contestaba. Cállate. No sé nada. De qué jóvenes me hablas. Yo no sé nada de nada. Y entonces la voz murmuraba algo, decía mmm, una cosa así, como si no estuviera muy convencida de mi respuesta, y yo decía: todavía estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad de Filosofía y Letras y la luna derrite una por una todas las baldosas de la pared hasta abrir un boquete por donde pasan imágenes, películas que hablan de nosotros y de nuestras lecturas y del futuro rápido como la luz y que no veremos.
Y luego soñaba profecías idiotas.
Y la vocecita me decía che, Auxilio, ¿qué ves?
El futuro, le contestaba, puedo ver el futuro de los libros del siglo XX.
¿Y podes hacer profecías?, me preguntaba la voz con un dejecito misterioso, pero en donde no había nada de irónico.
Profecías, profecías, lo que se dice profecías, no sé, pero puedo hacer algún que otro pronóstico, contestaba yo con la voz pastosa de los sueños.
Hacelas, hacelas, decía la vocecita francamente entusiasmada.
Estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad y puedo ver el futuro, decía yo con voz de soprano y como si me hiciera de rogar.
Ya lo sé, decía la voz del sueño, ya lo sé, tú empezá con las profecías que yo las anoto.
Las voces, decía yo con voz de barítono, no anotan nada, las voces ni siquiera escuchan. Las voces sólo hablan.
Te equivocas, pero es igual, tú di lo que tengas que decir y procura decirlo fuerte y claro.
Entonces yo tomaba aliento, dudaba, ponía la mente en blanco y finalmente decía: mis profecías son éstas.
Vladímir Maiakovski volverá a estar de moda allá por el año 2150. James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124. Thomas Mann se convertirá en un farmacéutico ecuatoriano en el año 2101.
Marcel Proust entrará en un desesperado y prolongado olvido a partir del año 2033. Ezra Pound desaparecerá de algunas bibliotecas en el año 2089. Vachel Lindsay será un poeta de masas en el año 2101.
César Vallejo será leído en los túneles en el año 2045. Jorge Luis Borges será leído en los túneles en el año 2045. Vicente Huidobro será un poeta de masas en el año 2045.
Virginia Woolf se reencarnará en una narradora argentina en el año 2076. Louis Ferdinand Céline entrará en el Purgatorio en el año 2094. Paul Eluard será un poeta de masas en el año 2101.
Metempsicosis. La poesía no desaparecerá. Su no-poder se hará visible de otra manera.
Cesare Pavese se convertirá en el Santo Patrón de la Mirada en el año 2034. Pier-Paolo Pasolini se convertirá en el Santo Patrón de la Fuga en el año 2100. Giorgio Bassani saldrá de su tumba en el año 2167.
Oliverio Girondo encontrará su lugar como escritor juvenil en el año 2099. Roberto Arlt verá toda su obra llevada al cine en el año 2102. Adolfo Bioy Casares verá toda su obra llevada al cine en el año 2105. Arno Schmidt resurgirá de sus cenizas en el año 2085. Franz Kafka volverá a ser leído en todos los túneles de Latinoamérica en el año 2101. Witold Gombrowicz gozará de gran predicamento en los extramuros del Río de la Plata allá por el año 2098.
Paul Celan resurgirá de sus cenizas en el año 2113. André Bretón resurgirá de los espejos en el año 2071. Max Jacob dejará de ser leído, es decir morirá su último lector, en el año 2059.
¿En el año 2059 quién leerá a Jean-Pierre Duprey? ¿Quién leerá a Gary Snyder? ¿Quién leerá a Ilarie Voronca? Éstas son las cosas que yo me pregunto.
¿Quién leerá a Gilberte Dallas? ¿Quién leerá a Rodolfo Wilcock? ¿Quién leerá a Alexandre Unik?
Nicanor Parra, sin embargo, tendrá una estatua en una plaza de Chile en el año 2059. Octavio Paz tendrá una estatua en México en el año 2020. Ernesto Cardenal tendrá una estatua, no muy grande, en Nicaragua en el año 2018.
Pero todas las estatuas vuelan, por intervención divina o más usualmente por dinamita, como voló la estatua de Heine. Así que no confiemos demasiado en las estatuas.
Carson McCullers, sin embargo, seguirá siendo leída en el año 2100. Alejandra Pizarnik perderá a su última lectora en el año 2100. Alfonsina Storni se reencarnará en gato o león marino, no lo puedo precisar, en el año 2050.
El caso de Antón Chéjov será un poco distinto: se reencarnará en el año 2003, se reencarnará en el año 2010, se reencarnará en el año 2014. Finalmente volverá a aparecer en el año 2081. Y ya nunca más.
Alice Sheldon será una escritora de masas en el año 2017. Alfonso Reyes será definitivamente asesinado en el año 2058 pero en realidad será Alfonso Reyes quien asesine a sus asesinos. Marguerite Duras vivirá en el sistema nervioso de miles de mujeres en el año 2035.
Y la vocecita decía qué curioso, qué curioso, algunos de los autores que nombras no los he leído.
¿Como cuál?, preguntaba yo.
Y, la Alice Sheldon esa, por ejemplo, no tengo idea de quién es.
Yo me reía. Me reía durante un buen rato. ¿De qué te reís?, decía la vocecita. De haberte pillado a vos, que sos tan culta, contestaba yo. Culta, culta, lo que se dice culta, no sé, decía ella, pero he leído. Qué extraño, decía yo como si de pronto el sueño hubiera dado un giro de 180 grados y me encontrara ahora en una región fría, de Popocatépetles e Ixtaccíhuatles multiplicados. ¿Qué te resulta extraño?, decía la voz. Tener un ángel de los sueños de Buenos Aires siendo yo uruguaya. Ah, bueno, pero eso es muy corriente, decía ella. Alice Sheldon firma sus libros con el seudónimo de James Tiptree Jr., decía yo temblando de frío. No lo he leído, decía la voz. Escribe cuentos y novelas de ciencia ficción, decía yo. No lo he leído, no lo he leído, decía la voz y yo podía oír claramente cómo le castañeteaban los dientes. ¿Tenes dientes?, le preguntaba asombrada.
Dientes, lo que se dice dientes propiamente dichos, no, contestaba ella, pero si estoy contigo me castañetean los dientes que vos perdiste. ¡Mis dientes!, pensaba yo con un poco de cariño pero ya sin nostalgia ninguna. ¿No te parece que hace demasiado frío?, decía mi ángel de la guarda. Mucho, mucho, decía yo. ¿Qué te parece si nos vamos yendo de este lugar tan gélido?, decía la voz. Me parece estupendo, decía yo, pero no sé cómo lo vamos a conseguir. Hay que ser alpinista para salir de aquí sin romperse la crisma.
Durante un rato nos movíamos por los hielos intentando divisar a lo lejos el DF.
Esto me recuerda un cuadro de Caspar David Friedrich, decía la vocecita. Eso era inevitable, le contestaba yo. ¿Qué querés insinuar?, decía ella. Nada, nada.
Y luego, horas o meses después, la vocecita me decía tenemos que salir de aquí caminando, nadie nos va a venir a rescatar. Y yo le decía: no podemos, nos romperíamos (o más bien me rompería yo) la crisma. Además, me empiezo a acostumbrar al frío, a la pureza de este aire, es como si volviéramos a vivir en la región más transparente del Dr. Atl, pero a lo bestia. Y la vocecita me miraba con un sonido tan triste y tan cristalino como el poema de las vocales de Rimbaud y me decía: te acostumbraste.
Y luego, tras otro silencio de meses o tal vez de años, me decía: ¿te acordás de esos compatriotas tuyos que tuvieron un accidente aéreo? ¿Qué compatriotas?, decía yo, harta ya de que la voz interrumpiera mis sueños de nada. Esos que cayeron en los Andes y que todo el mundo dio por muertos y que se pasaron como tres meses en la cordillera comiéndose a los cadáveres para no morirse de hambre, creo que eran jugadores de fútbol, dijo la vocecita. Eran jugadores de rugby, dije yo. ¿Eran jugadores de rugby? Quién lo hubiera dicho, yo pensaba que eran jugadores de fútbol. Bueno, entonces te acordás, ¿no? Sí, me acuerdo, decía yo, los jugadores de rugby caníbales de los Andes. Pues debes imitarlos, decía la vocecita.
¿A quién querés que me coma?, decía yo buscando su sombra que sonaba tan enfática y tan bonita como el poema Marcha Triunfal de Rubén Darío. A mí no, a mí no me podes comer, decía la vocecita. ¿A quién podría comerme entonces? Aquí estoy sola. Estamos tú y yo y los miles de Popocatépetl e Ixtaccíhuatl y el viento helado y nada más, decía yo mientras caminaba por la nieve y miraba el horizonte buscando una señal cualquiera de la ciudad más grande de Latinoamérica. Pero el jodido DF no se veía por ninguna parte y lo que en realidad quería era volver a dormir otra vez.
Entonces la vocecita se ponía a hablar del final de una novela de Julio Cortázar, aquella en la que el personaje está soñando que está en un cine y llega otro y le dice despierta. Y luego se puso a hablar de Marcel Schwob y de Jerzy Andrzejewski y de la traducción que hizo Pitol de la novela de Andrzejewski y yo dije alto, menos bla-bla-bla, yo todo eso lo conozco, mi problema, si es que hubiera algún problema, no es despertar sino no volver a quedarme dormida, cosa bastante improbable pues los sueños que tengo son buenos y no hay ser humano que desee despertar de un buen sueño. A lo que la vocecita me replicaba con una jerga psicoanalítica que claramente la identificaba (por si aún me quedaba alguna duda) como vocecita porteña y no montevideana. Entonces yo le decía: qué curioso, mis escalofríos suelen ser uruguayos, pero mi ángel de la guarda de los sueños es argentino.
Y ella, con tono profesoral, me corregía: argentina, en femenino, argentina.
Y luego nos quedábamos en silencio mientras el viento levantaba a rachas collares de hielo que quedaban suspendidos en el aire durante unos segundos y luego desaparecían, mirando, las dos, el horizonte inmaculado, por si veíamos aparecer por alguna parte la sombra del DF, aunque, a decir verdad, sin mucha esperanza de que apareciera.
Hasta que la vocecita decía: che, Auxilio, creo que me voy a ir. ¿Adonde?, le preguntaba yo. A otro sueño, decía ella. ¿A qué sueño?, le decía yo. A otro cualquiera, decía ella, aquí me muero de frío. Esto último lo decía con tanta sinceridad que yo buscaba su rostro entre la nieve y cuando por fin lo encontraba su carita sonaba igual que un poema de Robert Frost que habla de la nieve y del frío y eso me daba mucha pena porque la vocecita no me mentía y era verdad que se estaba congelando, pobrecita.
domingo, 11 de enero de 2009
El dentista de Bolaño y la irónica intertextualidad del viaje sin retorno

El dentista de Bolaño y la irónica intertextualidad del viaje sin retorno. Perpretado por Violeta Fernández Riquelme.
En su obra el dentista (publicada en el libro de cuentos Putas asesinas) Roberto Bolaño como en el grueso de su obra, narrativa, poética y ensayística, realiza un despliegue de ironía intertextual increíble, esta categoría es señalada por Umberto Eco en sus comentarios sobre lo denominado novela posmoderna por autores como McHale, o Hutcheon, como un rasgo esencial de aquellos diseños narrativos experimentales que pretenden llevar el dialogismo e hibridismo discursivo a otro estatus. Bolaño nos tiene acostumbrados a ello tanto en sus mega-sagas los detectives salvajes y 2666 como en sus breves textos, incluidos los póstumos e inconclusos (El secreto del mal)
Esta estrategia textual representa un desafió pero así mismo un atractivo cebo para el lector, le permite al autor, en este caso a Bolaño, expresarse en dos niveles al mismo tiempo, algo así como ocurre con en el double codding, otra categoría señalada por Eco, mediante la cual el creador se permite estructurar el discurso y diégesis para un público más experimentado, con cierto conocimiento formal de la literatura y sus códigos, en Dentista están todas las alusiones a Rimbaud, a Elizondo, a ese realvisceralismo poético de los jóvenes mexicanos, intelectualidad universitaria que vemos en decadencia y aburguesada en los protagonistas, los que a su vez se empapan del sentir de malditismo artístico, de anonimato creativo, de esplendor y fugacidad del talento representado por aquel joven indio Ramírez que no es el bello Arthur como explicita desde un principio el texto, No era Rimbaud, sólo era un niño indio. Hay que contar además las aproximaciones estéticas camufladas en forma de digresiones o diálogos entre ebrios “El arte, dijo, es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, dijo, es la historia particular. Es la única historia particular posible. Es la historia particular y es al mismo tiempo la matriz de la historia particular. ¿Y qué es la matriz de la historia particular?, dije. Acto seguido pensé que me respondería: el arte. Y también pensé, y ése fue un pensamiento afable, que ya estábamos borrachos y que era hora de volver a casa. Pero mi amigo dijo: la matriz de la historia particular es la historia secreta.”
En este ejercicio no podemos ignorar todos los recursos formales, los mecanismos anticlimáticos, la intención de dejar hilos abiertos (lo que se conoce como dato escondido), además de la transtextualidad en todas sus variantes y en otros casos, no este en particular, la metalepsis, la trasgresión de los niveles de narración. En fin, todo en una misma historia, tal como dice el personaje de Dentista… “y luego mi amigo empezó a contarme un cuento de Ramírez, un cuento sobre un niño que tenía muchos hermanos pequeños que cuidar, ésa era la historia, al menos al principio, aunque luego el argumento daba un giro y se pulverizaba a sí mismo, el cuento se convertía en una historia sobre el fantasma de un pedagogo encerrado en una botella, y también en una historia sobre la libertad individual, y aparecían otros personajes, dos merolicos más bien canallas, una veinteañera drogadicta, un coche inútil abandonado en la carretera que servía de casa a un tipo que leía un libro de Sade. Y todo en un cuento, dijo mi amigo”.
Y es que el detective salvaje, Arturo Belano para los amigos, a la par que cohesiona esta fina trama, se dirige a un público más masivo, centrado en el contenido y ciertas temáticas que engolosinan al morbo mayoritario. La violencia inmanente, el terror y tensión que se esnifa en esos rincones y lapsos solitarios que confrontan los personajes, el mentado derrotero sentimental del narrador y la presumible homosexualidad pederasta del dentista amante de la pintura y que se culpa de la muerte accidental de una vieja indígena en su sala de operaciones a manos de un practicante, que en su ausencia le intervino un cáncer en la encía a la vieja, insisto… todo en un mismo cuento, por ello podríamos decir en síntesis que Bolaño liga lo culterano, lo excesivamente elitista con lo que a todos nos despierta curiosidad, logrando que su trabajo sea como el mismo dice: “Mi literatura es legible, pero no es fácil”.
Esto hay que relacionarlo con la tan mentada ironía intertextual, esta se caracteriza frente al doble código en que la escisión o distancia entre los dos niveles que el autor trabaja, ya no se presenta tan sólo en función de cualquier acerbo, preferencia de temáticas o conocimiento popular, sino que se pronuncia de forma más específica, especializada podríamos decir, pues se focaliza en una necesidad primordial, el dominio de ciertos ideolectos o enciclopedia del destinatario, esto en español y para todos los lectores no estrictamente imbuidos en la terminología de Eco, significa, que la obra exige un conocimiento especial que es la misma obra del autor, sus propios códigos o fetiches como prefiero llamarlos, aquí Bolaño dialoga con bolaño, lo cual permite que el goce estético sea mayor para quien comulga y conoce las otras voces, esas señales de ruta ocultas, temáticas todas, transversales para el Chileno y que se aprecian no sólo en la repetición de su estilo, en el cómo y qué aborda, sino en la creación de un universo que se comunica y retroalimenta constantemente, desde su obra con Porta escrita a cuatro manos, Los Consejos, hasta las que no llegó a concluir. Esto de cualquier modo no es novedad, un lector de Bolaño al leer dentista, entiende en profundidad guiños simples como aquella alusión a Sade o los delirios sexuales del pintor Cavernas y su repentina violencia amparada por guaruras, para que hablar de la constitución de la personalidad de los actantes, el estudioso de letras descorazonado, el hombre que en su normalidad esencial, de dentista aburguesado oculta toda una maraña de sentimientos oscuros paradojalmente ligados al arte, similar a Quim Font, a eso hay que añadir los parajes, vehículos y atmósferas, esto no implica que Bolaño se repita, sino que Bolaño nos invita a recorrer muchas veces los mismos caminos, nos obliga a perdernos en la búsqueda frenética de saltos y retornos que implican un Aleph o Rayuela, esa biblioteca infinita llena de citas a otros y si mismo, y en el anhelo por una respuesta o una bitácora convincente, nos topamos con un viaje que en realidad jamás termina pues las vías paralelas llevan a otras aparentemente distanciadas, como podría ser el caso de su poesía frente a su narrativa pero no es así pues todo esta unido solidariamente. Por ello en el afán por alcanzar a fantasmas Caborquianos, al llegar al punto de partida, o a algún punto antes recorrido o reseñado por el lector, este ya cambio pues nosotros cambiamos en el viaje y salto que implica una re-lectura, por ello, después de leer Dentista, y repensar el diálogo de bar, acerca de cómo el arte es parte de la historia particular, me veo forzada a volver a leer los detectives, 2666, estrella distante y temo por lo que voy a encontrar o no vuelva a leer.
Autora: Violeta Fernández Riquelme
Publicado en: La Santísima Trinidad de las cuatro Esquinas.
jueves, 1 de enero de 2009
Dentista: Cuento completo de Bolaño
No era Rimbaud, sólo era un niño indio.
Lo conocí en 1986. En aquel año, por motivos que no vienen a cuento o que ahora me parecen banales, estuve unos días en Irapuato, la capital de las fresas, en casa de un amigo dentista que estaba pasando por un mal trance. En realidad, el que estaba mal era yo (mi novia había decidido romper abruptamente nuestra ya prolongada relación), pero cuando llegué a Irapuato, en donde supuestamente iba a tener tiempo para pensar en mi futuro y tranquilizarme, me encontré a mi amigo dentista, siempre tan discreto y ponderado, al borde de la desesperación.
Diez minutos después de haber llegado me contó que había matado a una paciente. Como no me cabía en la cabeza que un dentista pudiera matar a alguien, le rogué que se tranquilizara y me contara toda la historia. Ésta era simple, hasta donde pueden ser simples las historias de esta naturaleza, y de la narración más bien deshilvanada que de ella hizo mi amigo deduje que en modo alguno se le podía imputar la muerte de nadie.
La historia me pareció, por otra parte, extraña. Mi amigo, además de trabajar en una clínica dental privada, que le producía sustanciosos dividendos, hacía horas extra en una especie de cooperativa médica abierta a los pobres y a los indigentes, que parece lo mismo, pero que para mi amigo, y sobre todo para los ideólogos de esta suerte de organismo benéfico de la salud, no era lo mismo. En la cooperativa sólo había dos dentistas y el trabajo era arduo. Como la cooperativa carecía de consultorio dental, atendían en sus respectivas consultas, en horarios no comerciales (fue la palabra que él empleó), mayormente de noche, y se hacían auxiliar por estudiantes de odontología solidarios, la mayoría izquierdistas, y con ganas de practicar.
La mujer muerta era una india vieja que acudió una noche con un absceso en la encía. Mi amigó no operó el absceso, pero la operación se realizó en su consultorio. El responsable fue un estudiante y la mujer se desmayó y al estudiante le dio un ataque de nervios. Otro estudiante llamó a mi amigo por teléfono. Cuando mi amigo llegó al consultorio y quiso saber qué ocurría se encontró con un cáncer de encía sajado por una mano torpe, y rápidamente se dio cuenta de que ya no podía hacer nada. Hospitalizaron a la mujer en el Hospital General de Irapuato, en donde murió al cabo de una semana.
Estos casos eran, por lo que me contó, bastante raros, digamos uno entre diez mil, y ningún dentista en su sano juicio espera encontrarlos en su vida. Le dije que lo entendía, aunque la verdad es que no entendía nada, y esa noche salimos a tomar copas. Mientras recorríamos los bares de la ciudad, bares más bien de clase media alta, yo no podía dejar de pensar en la india vieja y en el cáncer que le estaba royendo la encía.
Mi amigo me volvió a explicar la historia, con algunos cambios sustanciales que atribuí al alcohol que por entonces habíamos ingerido, y luego nos subimos a su Volkswagen y nos fuimos a comer a una fonda de comidas corridas en los suburbios de Irapuato. El cambio de escenario era notable. Si antes nos habíamos codeado con profesionales, funcionarios y comerciantes, ahora estábamos rodeados por obreros, desempleados, mendigos.
La melancolía de mi amigo, por otra parte, iba en aumento. A las doce de la noche comenzó a despotricar contra Cavernas. El pintor. Hacía algunos años mi amigo había comprado dos grabados suyos que lucía en un sitio de honor en una de las paredes de la sala de su casa. Un día en que por azar coincidió con el ubérrimo artista en una fiesta que daba otro dentista en su residencia de la Zona Rosa, un dentista dedicado, si no recuerdo mal, a recomponer la sonrisa de las estrellas del séptimo arte mexicano (en palabras de mi amigo), intentó hablar con él.
Al principio, Cavernas no sólo accedió a platicar sino que incluso, según mi amigo, lo hizo confidente involuntario de algunas intimidades de su vida. En algún momento de la noche Cavernas propuso compartir a una jovencita que, irrazonablemente, parecía más prendada del dentista que del artista. A mi amigo la jovencita le importaba un carajo y así se lo hizo saber. Al contrario, lo que quería no era una noche de amor a tres sino comprarle otro grabado a Cavernas, directamente, sin intermediarios, el que el pintor quisiera y al precio que el pintor pusiera, siempre y cuando el grabado contuviera una dedicatoria personal, del tipo «a Pancho, en recuerdo de una noche loca» o algo así.
A partir de ese momento la actitud de Cavernas cambió. Me empezó a mirar con ojos cruzados, comentó mi amigo. Me dijo que los dentistas no entendíamos una chingada de arte. Me preguntó si era maricón a secas o si por el contrario aquello era más bien una frivolidad pasajera. Mi amigo, por supuesto, tardó en darse cuenta de que Cavernas lo estaba insultando. Cuando quiso reaccionar, explicarle al pintor que su admiración era meramente la que sentía un amante del arte por la obra de un genio incomprendido de la pintura universal, Cavernas ya no estaba junto a él.
Tardó en encontrarlo. Mientras lo buscaba iba repasando mentalmente lo que pensaba decirle. Lo divisó en el balcón de la casa, en compañía de dos tipos con pinta de gángsters. Cavernas lo vio venir y les dijo algo a sus acompañantes. Mi amigo dentista sonrió. Los acompañantes de Cavernas también sonreían. Probablemente mi amigo estaba algo más borracho de lo que pensaba, de lo que quería recordar. Lo cierto es que el pintor lo recibió con un insulto y sus acompañantes lo cogieron de los brazos y de la cintura y lo suspendieron en el vacío. Mi amigo se desmayó.
Entre brumas recordaba que Cavernas había vuelto a llamarlo maricón, las risas de los hombres que lo sostenían, los automóviles aparcados en el cielo, un cielo gris parecido a la calle Sevilla. La certidumbre de que te mueres y de que te mueres por nada, por estupideces, y de que tu vida, la vida que estás a punto de perder, es también una sucesión de estupideces, es nada. Y hasta la certidumbre carece de dignidad.
Eso me dijo mientras bebíamos tequila en la fonda de comidas corridas, que por supuesto carecía de permiso para expender bebidas alcohólicas, en uno de los barrios bajos de Irapuato. Después se extendió en una argumentación cuyo eje central era el descrédito del arte. Los grabados de Cavernas, yo lo sabía, aún estaban colgados en su sala y no tenía noticias de que mi amigo hubiera realizado ningún gesto encaminado a venderlos. Cuando quise argüir que su affaire con Cavernas pertenecía a la historia particular y no a la historia del arte y que por lo tanto podía utilizar esa historia para el descrédito de los seres humanos pero no para el descrédito de los artistas y menos aún para el descrédito del arte, mi amigo puso el grito en el cielo.
El arte, dijo, es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, dijo, es la historia particular. Es la única historia particular posible. Es la historia particular y es al mismo tiempo la matriz de la historia particular. ¿Y qué es la matriz de la historia particular?, dije. Acto seguido pensé que me respondería: el arte. Y también pensé, y ése fue un pensamiento afable, que ya estábamos borrachos y que era hora de volver a casa. Pero mi amigo dijo: la matriz de la historia particular es la historia secreta.
Durante unos instantes me miró con los ojos brillantes. Pensé que la muerte de la india con el cáncer en la encía le había afectado mucho más de lo que en principio creí.
¿Y tú te preguntarás qué es la historia secreta?, dijo mi amigo. Pues la historia secreta es aquella que jamás conoceremos, la que vivimos día a día, pensando que vivimos, pensando que lo tenemos todo controlado, pensando que lo que se nos pasa por alto no tiene importancia. ¡Pero todo tiene importancia, buey! Lo que pasa es que no nos damos cuenta. Creemos que el arte discurre por esta acera y que la vida, nuestra vida, discurre por esta otra, y no nos damos cuenta de que es mentira.
¿Qué hay entre una acera y otra acera?, me preguntó. Algo le debí de responder, supongo, aunque no me acuerdo de qué dije porque en ese momento mi amigo vio a un conocido y lo saludó con la mano, desentendiéndose de mí. Recuerdo que el local en el que estábamos se había ido llenando de gente. Recuerdo las paredes con baldosas verdes, como si se tratara de un urinario público, y la barra en donde antes no había nadie y que ahora estaba llena de personajes de aspecto cansado o festivo o patibulario. Recuerdo a un ciego cantando una canción en una esquina del local o una canción que hablaba de un ciego. El humo, antes inexistente, flotaba por encima de nuestras cabezas. Entonces el amigo al que mi amigo había saludado con un gesto se acercó a nuestra mesa.
No tenía más de dieciséis años. Aparentaba menos. Era más bien bajo y su figura, que podía ser fuerte, tendía hacia lo redondo, hacia la eliminación de aristas. Vestía pobremente, aunque algo había en su ropa que no terminaba de cuajar, una cualidad movediza, como si la ropa estuviera diciendo algo incomprensible desde distintos sitios a la vez, y llevaba unos tenis gastados de tanto andar, unos tenis que en el círculo de mis amistades o mejor dicho en el círculo de los hijos de algunas de mis amistades, estarían desde hace mucho tiempo sepultados en el closet o abandonados en un basurero.
Se sentó a nuestra mesa y mi amigo le dijo que pidiera lo que quisiera. Fue la primera vez que sonrió. No puedo decir que tuviera una bonita sonrisa sino más bien todo lo contrario: era la sonrisa de alguien desconfiado, la sonrisa de quien espera pocas cosas de los demás y todas malas. En ese momento, cuando el adolescente se sentó con nosotros y exhibió su sonrisa fría, se me pasó por la cabeza la posibilidad de que mi amigo, que era un soltero empedernido y que pudiendo haberse radicado desde hacía años en el DF había preferido no abandonar su ciudad natal de Irapuato, se hubiera vuelto homosexual o que siempre lo hubiera sido y sólo esa noche, precisamente la noche en que habíamos hablado de la muerte de la india y del cáncer en la encía, aflorara, fuera de toda lógica, una verdad oculta durante años. Pero pronto deseché esta idea y me concentré en el recién llegado o tal vez fueron sus ojos, en los que no había reparado hasta entonces, los que me obligaron a dejar a un lado mis temores (pues la posibilidad, incluso remota, de que mi amigo fuese homosexual en ese entonces me atemorizaba) y a dedicarme a la observación de aquel ser que parecía fluctuar entre la adolescencia y una niñez de espanto.
Sus ojos, cómo decirlo, eran potentes. Ése fue el adjetivo que se me ocurrió entonces, un adjetivo que evidentemente no ahondaba en la impresión real que sus ojos dejaban en el aire, en la frente de quien le sostuviera la mirada, una especie de dolor entre las cejas, pero no encuentro otro que sirva mejor a mis propósitos. Si su cuerpo tendía, como ya he dicho, a una redondez que los años acabarían concediéndole con rotundidad, sus ojos tendían hacia lo afilado, lo afilado en movimiento.
Mi amigo me lo presentó con no disimulada alegría. Se llamaba José Ramírez. Le tendí la mano (no sé por qué, no soy dado a estos formalismos, al menos no en un bar y de noche) y él vaciló antes de darme la suya. Cuando se la estreché mi sorpresa fue mayúscula. Su diestra, que esperaba suave y vacilante como la de cualquier adolescente, exhibía al tacto una acumulación de callosidades que le daba una apariencia de hierro, una mano no demasiado grande, de hecho, ahora que lo pienso, ahora que vuelvo a aquella noche en los suburbios de Irapuato, lo que aparece ante mis ojos es una mano pequeña, una mano pequeña rodeada u orlada por los exiguos resplandores del bar, una mano que surge de un lugar desconocido, como el tentáculo de una tormenta, pero dura, durísima, una mano forjada en el taller de un herrero.
Mi amigo sonreía. Por primera vez en aquel día le vi en el rostro un atisbo de felicidad, como si la presencia tangible (con su figura redonda, sus ojos afilados y sus manos duras) de José Ramírez ahuyentara la culpa de la india con el cáncer en la boca, el malestar recurrente que el recuerdo del pintor Cavernas le provocaba. Como si adivinara la pregunta que estaba tentado de hacer y que sin embargo por una elemental cuestión de educación no haría, mi amigo dijo que había conocido a José Ramírez de forma profesional.
Tardé en entender que se refería a su consulta odontológica. Gratis, dijo entonces el muchacho, con una voz que, como sus manos y sus ojos, también se desdecía del resto de su cuerpo. En la consulta de la cooperativa, dijo mi amigo. Le empasté siete muelas, un trabajo fino. José Ramírez asintió y bajó los ojos. Fue como si de nuevo se transformara en lo que de verdad era, un muchacho de dieciséis años. Recuerdo que después pedimos más bebidas y que José Ramírez se comió un plato de chilaquiles (no quiso comer nada más aunque mi amigo insistió en que pidiera lo que quisiera, que él invitaba).
Durante todo el rato que aún permanecimos en la fonda la conversación se mantuvo entre ellos dos y yo me quedé al margen. A veces oía sus palabras: hablaban de arte, es decir mi amigo había retomado la historia de Cavernas, que mezclaba arbitrariamente con la india muerta en una cama de hospital, en medio de dolores espantosos, o tal vez no, tal vez había sido anestesiada, tal vez alguien le aplicaba morfina regularmente, pero la imagen era ésa, la india, apenas un bulto minúsculo, abandonada en una cama de hospital en Irapuato, y la risa de Cavernas y sus grabados que colgaban perfectamente enmarcados en la sala del dentista, una sala, y por ende una casa, que el joven Ramírez había visitado, según deduje de las palabras de mi amigo, y donde había visto los grabados de Cavernas, las joyas de su pinacoteca particular, y le habían gustado.
En algún momento nos fuimos de allí. Mi amigo pagó y encabezó la marcha hacia la puerta de salida. No estaba tan borracho como yo creía y no hizo falta que le sugiriera que cambiáramos de asiento, que me dejara conducir a mí. Recuerdo otros lugares, lugares en los que no nos quedábamos demasiado tiempo, y finalmente recuerdo un enorme lote baldío, una calle sin pavimentar que terminaba en el campo y en donde José Ramírez se bajó del coche y se despidió de nosotros sin darnos la mano.
Dije que me parecía extraño que el muchacho viviera allí, donde no había casas, sólo oscuridad y tal vez la silueta de un cerro, al fondo, apenas recortada por la luna. Dije que lo acompañáramos un trecho. Mi amigo (al hablar no me miró, tenía las manos sobre el volante y su actitud era de cansancio y calma) replicó que no podíamos acompañarlo, que no me preocupara, que el chavo conocía muy bien el camino. Luego encendió el motor, puso las luces largas y pude ver, antes de que el coche empezara a recular, un paisaje irreal, como en blanco y negro, compuesto de árboles raquíticos, malezas, una senda de carretas, un híbrido entre el basurero y la estampa bucólica típicamente mexicana.
Ni rastro del muchacho.
Después volvimos a casa y a mí me costó conciliar el sueño. En la habitación de huéspedes había un cuadro de un pintor irapuatense, un paisaje impresionista en donde se adivinaba una ciudad y un valle y en donde predominaba una extensa gama de amarillos. Creo que el cuadro tenía algo maligno. Recuerdo que daba vueltas en la cama, cansado e insomne, y que por la ventana entraba una débil luz que literalmente encendía el paisaje y lo hacía ondular. No era un buen cuadro. No era el cuadro el que me obsesionaba, el que no me dejaba dormir, el que me llenaba de una tristeza imprecisa e irremediable, aunque de buena gana me hubiera levantado a descolgarlo y a ponerlo de cara a la pared. De buena gana hubiera regresado esa misma noche al DF.
Al día siguiente me levanté tarde y no vi a mi amigo hasta la hora de la comida. En la casa sólo estaba la mujer que iba cada día a hacerle la limpieza y decidí que lo mejor era salir y dar una vuelta por la ciudad. Irapuato no es una ciudad hermosa, pero nadie puede negar el encanto de sus calles, la atmósfera de tranquilidad que se respira en el centro, en donde los irapuatenses fingen preocupaciones que a los nativos del DF nos parecen meras distracciones. Como no tenía nada que hacer, después de desayunar un jugo de naranja en una cafetería me dediqué a leer el periódico sentado en un banco, mientras a mi lado pasaban estudiantes de secundaria o empleados públicos con una clara vocación para el ocio y la conversación irrelevante.
Qué lejos me parecieron entonces, y por primera vez desde que había iniciado el viaje, mis problemas sentimentales del DF. Hasta pájaros había en aquella plaza de Irapuato. Más tarde pasé por una librería (me costó encontrar una), en donde compré un libro con ilustraciones de Emilio Carranza, un paisajista nacido en El Hospital, una aldea o un ejido cercano a Irapuato, y que supuse le haría gracia a mi amigo dentista, a quien pensaba regalárselo.
Nos encontramos a las dos de la tarde. Fui a buscarlo a su consulta. La secretaria me pidió amablemente que lo esperara, que a última hora había tenido una visita imprevista y que no tardaría en desocuparse. Me senté en la sala de espera y me puse a leer una revista. No había nadie. El silencio, no ya sólo en la consulta de mi amigo sino en todo el edificio, era casi total. Por un momento pensé que lo que había dicho la secretaria era una mentira, que mi amigo no estaba allí, que había ocurrido algo malo y que las instrucciones expresas que había dejado antes de salir a toda prisa eran de no darme motivos de alarma. Me levanté, di unos pasos por la sala de espera, me sentí, como era lógico, ridículo.
En la recepción la secretaria ya no estaba. Quise coger el teléfono y hacer una llamada, pero fue un impulso del todo automático, pues ¿a quién iba a llamar en una ciudad en donde no conocía a nadie? Me arrepentí mil veces de haber ido a Irapuato, maldije mi sensibilidad atrofiada, me prometí que nada más volver al DF encontraría una mujer inteligente y hermosa, pero sobre todo práctica, con la que me casaría al cabo de un noviazgo corto, exento de gestos desmesurados. Me senté en la silla de la secretaria y traté de calmarme. Durante un rato contemplé la máquina de escribir, el libro en donde estaban anotadas las visitas, un recipiente de madera lleno de lápices, clips y gomas de borrar que parecían estar en perfecto orden, lo que me pareció imposible pues nadie en su sano juicio ordena clips (lápices y gomas, sí, pero no clips), hasta que la visión involuntaria de mis manos temblando sobre la máquina de escribir propició que me levantara de un salto y, ya sin dudarlo, acudiera a buscar, con el corazón batiéndome el pecho, a mi amigo.
La educación, sin embargo, es a veces más fuerte que un repentino ataque de nervios. Mientras abría puertas y arremetía hacia el interior del consultorio llamándolo en voz alta, recuerdo que al mismo tiempo iba pensando en la excusa que le iba a dar cuando lo encontrara, si es que lo encontraba. Aún hoy no sé qué me pasó aquella tarde. Probablemente fue la última manifestación exterior de mi malestar o de mi tristeza, malestar y tristeza que traía del DF y que se evaporó en Irapuato.
Mi amigo, por supuesto, estaba en su consulta, y junto con él vi a una paciente, una mujer de unos treinta años, de porte distinguido, y su enfermera, una muchacha de pequeña estatura, de rasgos mestizos, a la que hasta ese momento no había visto. Ninguno de los tres pareció sorprenderse de mi aparición. Ahorita termino, dijo mi amigo sonriéndome.
Más tarde, al explicarle lo que había sentido en su consulta (es decir: aprensión, miedo, una angustia que subía incontrolada), mi amigo declaró que a él solía ocurrirle algo parecido en los edificios aparentemente vacíos. Comprendí que sus palabras eran básicamente benévolas conmigo y traté de no pensar más en ello. Pero cuando mi amigo se ponía a hablar no había quien lo parara y durante la comida, que duró de las tres hasta las seis de la tarde, se dedicó a darle vueltas al tema: los edificios aparentemente vacíos, es decir los edificios que uno cree que están vacíos, y uno cree eso porque no oye ruido alguno, pero que en realidad no están vacíos, y eso uno también lo sabe, aunque los sentidos, el oído, la vista, le digan que está vacío. Y entonces la angustia, el miedo, no obedecen a lo que uno cree que obedecen, es decir al hecho de encontrarse en el interior de un edificio vacío, ni siquiera al hecho, nada fantástico, de creerse atrapado o encerrado en el interior de un edificio vacío, sino a que uno sabe, en lo más profundo uno sabe, que no existen edificios vacíos, que en los chingados edificios vacíos siempre hay alguien que se nos hurta a nuestra mirada y que no hace ruidos, y a eso se reduce todo, a que no estamos solos, dijo mi amigo dentista, a que ni siquiera estamos solos cuando todo nos indica de forma razonable que lo estamos.
Y después dijo: ¿sabes cuándo estamos solos de verdad? En las multitudes, le dije pensando que así le seguía la corriente, pero no, no era en las multitudes, eso debí de imaginarlo, sino tras la muerte, la única soledad mexicana, la única soledad de Irapuato.
Esa noche nos emborrachamos. Le entregué mi regalo, dijo que no conocía al pintor Carranza, salimos a comer y nos emborrachamos.
Empezamos con las cantinas del centro de la ciudad y luego volvimos al extrarradio, en donde habíamos estado la noche anterior y donde habíamos encontrado al joven Ramírez. Recuerdo que en algún momento de nuestro errático periplo pensé que mi amigo buscaba a Ramírez. Se lo dije. Respondió que no era cierto. Le dije que conmigo podía hablar con franqueza, que cualquier cosa que me dijera iba a quedar entre nosotros dos. Dijo que siempre había hablado con franqueza conmigo y al cabo de un rato añadió mirándome a los ojos que no tenía nada que ocultar. Le creí. Pero la impresión de que buscaba al joven campesino persistió. Esa noche nos acostamos tarde, cerca de las seis de la mañana. En algún momento mi amigo dentista se puso a recordar nuestra juventud, cuando ambos estudiábamos en la UNAM y ambos admirábamos la obra de Elizondo con un fervor ciego. Yo estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras y él en Odontología y nos conocimos en el cineclub de mi facultad, durante el coloquio posterior a una película de un director boliviano, supongo que sería Sanjinés.
Durante el coloquio mi amigo se levantó y fue no sé si el único pero sí el primero en decir que la película no le había gustado y en decir por qué. A mí tampoco me había gustado, pero entonces jamás lo hubiera admitido. La amistad entre ambos fue espontánea: esa misma noche supe de su admiración por Elizondo, que yo también profesaba, y durante el segundo verano ambos quisimos emular a los personajes de Narda o el verano alquilando una casita cerca del mar en Mazatlán, que si bien no era la costa italiana, con un poco de imaginación y voluntad podía llegar a parecérsele.
Después crecimos y nuestras aventuras juveniles nos parecieron más bien detestables. Los jóvenes mexicanos de clase media alta estamos condenados a imitar a Salvador Elizondo que a su vez imita a un inimitable Klossowski o a engordar lentamente en el comercio o en la burocracia o a dar palos de ciego en organizaciones vagamente de izquierdas, vagamente caritativas. Entre Elizondo, cuya obra ya no releía, y el pintor Cavernas, se consumía nuestra hambre inagotable, y con cada bocado que dábamos éramos más pobres, más flacos, más feos, más ridículos. Después mi amigo volvió a Irapuato y yo me quedé en el DF y de alguna manera ambos procuramos desinteresarnos del lento naufragio de nuestras vidas, del lento naufragio de la estética, de la ética, de México y de nuestros chingados sueños.
Pero conservamos la amistad y eso importaba. Y ahí estábamos hablando de nuestra juventud, bastante borrachos, y de repente mi amigo recordó a la india vieja que se le había muerto de cáncer en la encía y recordó nuestra conversación sobre la historia del arte y la historia particular y habló de las dos aceras (un tema del que yo apenas recordaba nada) y finalmente llegó a la fonda de comidas corridas en donde habíamos encontrado a José Ramírez, que era precisamente adonde quería llegar, y me preguntó qué pensaba de él, aunque lo preguntó de tal forma que yo no supe si se refería al adolescente indio o a sí mismo, y para curarme en salud le dije que no pensaba nada, o tal vez hice un gesto que podía significar cualquier cosa, y mi amigo acto seguido me preguntó si creía, si se me había pasado por la cabeza la idea de que entre José Ramírez y él pudiera haber algo, esos sobrentendidos atroces y tan mexicanos, y yo dije no por Dios, mano, cómo se te ocurre, no te azotes, tal vez ahora exagero, mi memoria exagera, tal vez no exagero, tal vez entonces se abrió el agujero real, el que había presentido en el edificio falsamente vacío, el que había entrevisto cuando el indio adolescente se acercó a nosotros la primera vez, justo mientras hablábamos o mi amigo hablaba o peroraba sobre la india muerta, ese cadáver cada vez más pequeño, y entonces todo se me cruzó, posiblemente debido a la borrachera, nuestra juventud evocada, nuestras lecturas, Narda o el verano, de Elizondo, una gloria nacional, nuestro verano imaginario y voluntarioso en Mazatlán, mi novia que sorpresivamente decidía torcer el rumbo a su soberana discreción, los años, Cavernas y la pinacoteca de mi amigo, mi viaje a Irapuato, las calles de Irapuato tan tranquilas, la misteriosa decisión de mi amigo de radicarse allí, de ejercer allí, en la ciudad natal, cuando lo normal hubiera sido...
Y entonces él dijo: tienes que conocer a José. Hizo hincapié en el verbo conocer. Tienes que conocerlo. Y: yo no soy. No soy de ésos. Ya sabes. Yo no. Y luego habló de la india muerta y del trabajo en la cooperativa. Y dijo: yo no. Yo no, por supuesto, ¿verdad? Verdad, dije yo. Y luego cambiamos de bar y en el camino él dijo: mañana. Y yo supe que no era su borrachera, que mañana lo recordaría y que una promesa era una promesa, ¿verdad? Verdad. Y entonces, buscando para variar otro tema, le referí una ocasión, cuando yo era niño, en que me quedé encerrado en el elevador de mi edificio. Entonces estuve solo de verdad, dije. Y mi amigo me escuchó con una sonrisa, como diciéndose vaya pendejete estás hecho, qué hubo con todo ese titipuchal de años en el DF, con todo ese titipuchal de libros leídos y estudiados y enseñados en donde quiera que tú enseñes. Pero yo insistí. Estuve solo. Durante mucho tiempo. A veces todavía siento (muy raramente, para qué más que la verdad) lo que sentí en el interior del elevador. ¿Y sabes por qué? Mi amigo hizo un gesto que quería decir que prefería no saberlo. Igual se lo dije: porque era niño. Recuerdo su respuesta. Me daba la espalda, buscaba el lugar en donde había dejado estacionado el coche. Pendejadas, dijo. Mañana vas a ver lo que es bueno de verdad.
Y al día siguiente no había olvidado nada. Al contrario, recordaba cosas que yo ya había olvidado. Por la forma como habló de José Ramírez parecía su tutor. Recuerdo que esa noche nos vestimos como si fuéramos a ir de putas o de cacería, mi amigo con una chaqueta de pana marrón y yo con una chaqueta de cuero que traje pensando en alguna excursión al campo.
Iniciamos el recorrido tomando un par de whiskys en el centro, en un local en penumbra que olía a after-shave. Después nos fuimos directamente a los barrios que solía frecuentar José Ramírez. Estuvimos en un par de cafeterías ruinosas, en la fonda de comidas corridas (en donde intentamos comer aunque ninguno de los dos tenía hambre), en una cantina llamada El Cielo. Ni rastro del adolescente indio.
Cuando ya habíamos dado la noche por perdida, una noche extraña en la que casi no habíamos cruzado palabra, lo vimos o lo adivinamos caminando por una acera mal iluminada. Mi amigo tocó el claxon y dio la vuelta con una maniobra temeraria. Ramírez nos esperaba quieto en una esquina. Bajé la ventanilla y lo saludé. Por encima de mí salió la cabeza de mi amigo y lo invitó a subir. El adolescente entró en el coche sin decir una palabra. Mis recuerdos del resto de aquella noche son festivos. Irreflexivamente festivos. Parecía que celebráramos el cumpleaños del joven que iba con nosotros. Parecíamos sus padres. Parecíamos sus padrotes.
Parecíamos dos mexicanos blancos tristes guardando las espaldas de un mexicano indio incomprensible. Nos reíamos. Bebíamos y nos reíamos y nadie osó acercarse a nosotros o burlarse de nosotros porque si mi amigo no lo hubiera matado lo hubiera hecho yo.
Y oímos la historia o los retazos de historia de José Ramírez, una historia que entusiasmaba a mi amigo y que a mí, pasados los primeros momentos de perplejidad, también me entusiasmó, pero que luego, a medida que llegábamos a las vertientes desconocidas de la noche, como dice un poema de Poe, se fue desdibujando, como si las palabras del adolescente indio no encontraran un asidero válido en nuestra memoria, y es por eso que apenas recuerdo sus palabras. Sé, porque lo dijo él, que había participado en un taller de poesía, un taller de poesía gratuito, más o menos como la cooperativa medica de los pobres, solo que en versión literaria, y que Ramírez no escribió ni un solo poema, algo que hizo retorcerse de risa a mi amigo dentista y que yo no entendí, no le veía la gracia, hasta que me explicaron que Ramírez escribía narrativa. Cuentos, no poemas. Entonces pregunté por qué no se había matriculado en un taller de narrativa. Y mi amigo dentista dijo: porque no había ningún taller de narrativa. ¿Comprendes? En este pueblo de mierda sólo se enseña gratis la poesía. ¿Comprendes?
Y luego Ramírez habló de su familia, o tal vez fue el dentista el que habló de la familia de Ramírez, y sobre ésta no había nada que decir. ¿Comprendes? Nada. Y yo no entendí gran cosa, aunque por no quedarme al margen hablé de los edificios vacíos y del engaño, pero mi amigo me hizo callar con un gesto. Nada que decir. Campesinos. Muertos de hambre. Ni una sola señal. ¿Comprendes? Y yo dije que sí con la cabeza, por no llevar la contraria, pero en realidad no comprendía nada. Y luego mi amigo afirmó que pocos escribían como escribía el joven que estaba a nuestro lado. Verdad de Dios: muy pocos. Y a partir de ese momento se embarcó en una exégesis de Ramírez que me dejó helado.
Superior a todos, dijo. Los narradores mexicanos parecían niños de pecho comparados con este adolescente más bien gordo e inexpresivo y con las manos endurecidas por el trabajo en el campo. ¿Pero qué campo?, dije yo. El campo que nos rodea, dijo el dentista y con su mano hizo un movimiento circular, como si Irapuato fuera una avanzada en tierra salvaje, un fuerte en medio del territorio apache. Y entonces yo miré de reojo al adolescente, lo miré con miedo, y vi que estaba sonriendo, y luego mi amigo empezó a contarme un cuento de Ramírez, un cuento sobre un niño que tenía muchos hermanos pequeños que cuidar, ésa era la historia, al menos al principio, aunque luego el argumento daba un giro y se pulverizaba a sí mismo, el cuento se convertía en una historia sobre el fantasma de un pedagogo encerrado en una botella, y también en una historia sobre la libertad individual, y aparecían otros personajes, dos merolicos más bien canallas, una veinteañera drogadicta, un coche inútil abandonado en la carretera que servía de casa a un tipo que leía un libro de Sade. Y todo en un cuento, dijo mi amigo.
Y yo, que por educación hubiera podido decir que estaba bien, que sonaba interesante, dije que era necesario leerlo para poder formarme una opinión cabal. Eso fue lo que dije, pero igual hubiera podido decir lo contrario y me habría salvado. Y entonces mi amigo se levantó y le dijo a Ramírez que fuéramos a buscar los textos. Recuerdo que Ramírez lo miró, sin levantarse, y luego me miró a mí y luego sin decir nada se levantó. Yo hubiera podido protestar. Hubiera podido decir que no era necesario. Pero para entonces ya estaba helado y nada me importaba, aunque desde dentro, desde muy adentro, veía los gestos que hacíamos, los gestos que orquestábamos con una perfección casi sobrenatural, y aunque sabía que la dirección hacia la que éstos nos empujaban no entrañaba un peligro real para nosotros, también sabía que de alguna manera entrábamos en un territorio en donde éramos vulnerables y de donde no saldríamos sin haber pagado un peaje de dolor o de extrañamiento, un peaje que a la larga íbamos a lamentar.
Pero nada dije y salimos del bar y montamos en el coche de mi amigo y nos perdimos por las calles que marcaban los límites de Irapuato, calles sólo recorridas por coches de la policía y por autobuses nocturnos y que, según mi amigo, que conducía en un estado de exaltación, Ramírez recorría a pie cada noche o cada amanecer, cuando volvía a casa después de sus incursiones urbanas. Yo preferí no añadir ni un sólo comentario más y me dediqué a mirar las calles débilmente iluminadas y la sombra de nuestro coche que a fogonazos se proyectaba en los altos muros de fábricas o almacenes industriales abandonados, vestigios de un pasado ya olvidado en el que se intentó industrializar la ciudad. Luego salimos a una especie de barrio añadido a aquel amasijo de edificios inútiles. La calle se estrechó. No había alumbrado público. Oí el ladrido de los perros. Puro hijos de Sánchez, ¿no, mano?, dijo el dentista. No le respondí. Detrás de mí oí la voz de Ramírez que decía que doblara a la derecha y que siguiera recto.
Las luces del coche barrieron dos casuchas miserables protegidas por una cerca de madera y alambre y un camino de tierra y en un segundo ya estábamos en algo que parecía el campo pero que también hubiera podido ser un basurero. A partir de allí seguimos a pie, en fila india, con Ramírez abriendo la marcha, seguido por el dentista y por mí. A lo lejos distinguí una carretera, las luces de los coches que se deslizaban irremediablemente ajenos a nosotros, aunque en sus desplazamientos lejanos creí encontrar una similitud —atroz, ciertamente— con nuestro destino. Vi la silueta de un cerro. Intuí un movimiento en la oscuridad, entre unos arbustos, y sin dudarlo lo atribuí a ratas cuando muy bien hubieran podido ser pájaros. Después salió la luna y vi casitas solitarias que se alzaban en las faldas del cerro y más allá de éste un campo oscuro, labrado, que se extendía hasta un recodo de la carretera en donde, como una protuberancia artificial, se alzaba un bosque. De pronto oí la voz del adolescente que le decía algo a mi amigo y nos detuvimos. De la nada había surgido su casa, una casa de muros amarillos o blancos, con el techo bajo, como todas las tristes casas que soportaban la noche en las afueras de Irapuato.
Durante un instante los tres nos quedamos quietos, yo diría que hechizados, contemplando la luna o mirando compungidos la exigua vivienda del adolescente o tratando de descifrar los objetos que se amontonaban en el patio: sólo distinguí con certeza un huacal. Después entramos en un cuarto de techo bajo que olía a humo y Ramírez encendió una luz. Vi una mesa, aperos de campo apoyados en la pared, un niño durmiendo en un sillón.
El dentista me miró. Sus ojos brillaban de excitación. En aquel instante me pareció indigno lo que estábamos haciendo: un pasatiempo nocturno sin otra finalidad que la contemplación de la desgracia. La ajena y la propia, reflexioné. Ramírez arrimó dos sillas de madera y luego desapareció tras una puerta que parecía abierta a golpes de hacha. No tardé en comprender que aquella habitación era un añadido reciente en la vivienda. Nos sentamos y esperamos. Cuando volvió a aparecer cargaba una resma de papeles de más de cinco centímetros de grosor. Con aire reconcentrado se sentó junto a nosotros y nos alcanzó los papeles. Lean lo que quieran, susurró. Miré a mi amigo. Este ya había cogido un cuento de entre los papeles y ordenaba cuidadosamente las hojas. Le dije que me parecía más indicado llevarnos los textos y leerlos en el confort de su casa. Probablemente no fuera así. Pero eso es lo que pienso ahora, no consigo ver la escena de otra manera, yo diciendo que mejor nos fuéramos, que pospusiéramos la lectura a un ambiente más agradable, y el dentista como un condenado a muerte mirándome con dureza y ordenándome que escogiera un cuento al azar y que de una chingada vez me pusiera a leer.
Y eso hice. Bajé los ojos avergonzado y escogí un cuento y me puse a leer. El cuento tenía cuatro páginas, tal vez lo escogí por eso, por su brevedad, pero cuando lo acabé tenía la impresión de haber leído una novela. Miré a Ramírez. Estaba sentado frente a nosotros y daba cabezadas de sueño. Mi amigo siguió mi mirada y susurró que el joven escritor se levantaba muy temprano cada día. Asentí con la cabeza y cogí otro cuento. Cuando volví a mirar a Ramírez éste dormía con la cabeza apoyada en los brazos. Yo también había sentido ramalazos de sueño, pero ahora me sentía completamente despierto, completamente sobrio. Mi amigo me alcanzó otro cuento. Lee éste, susurró. Lo dejé a un lado. Terminé el que estaba leyendo y me puse a leer el que me había dado el dentista.
Cuando estaba acabando el último de los cuentos que leí aquella noche se abrió la otra puerta y apareció un tipo que debía de tener nuestra edad pero que parecía mucho mayor y que nos sonrió antes de salir al patio con andares silenciosos. Es el papá de José, dijo mi amigo. Oí fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos, el ruido de alguien que orina al aire libre. En otra situación esto hubiera bastado para que permaneciera alerta, absorto únicamente en descifrar y en cierta manera en conjurar aquellos sonidos, pero lo que hice fue seguir leyendo.
Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. Pero, en fin, digamos, para entendernos, que en un momento dado yo di por finiquitada mi lectura. Mi amigo ya hacía rato que no leía. Su apariencia traslucía cansancio. Le dije que podíamos irnos. Antes de levantarnos los dos miramos el plácido sueño de Ramírez. Al salir vimos que estaba amaneciendo. En el patio no había nadie y los campos de alrededor parecían yermos. Me pregunté dónde estaría el padre. Mi amigo me indicó su coche y me hizo notar lo extraño que resultaba que el coche no resultara extraño en aquel marco. Un marco incomparable, dijo ya no en un susurro. Su voz me sonó extraña: se había enronquecido, como si hubiera pasado la noche dando gritos. Vamos a desayunar, dijo. Asentí. Vamos a hablar sobre lo que nos ha pasado, dijo.
Al abandonar esos andurriales comprendí, sin embargo, que poco era lo que podíamos decir sobre nuestra experiencia de aquella noche. Ambos nos sentíamos felices, pero supimos sin asomo de duda —y sin necesidad de decírnoslo— que no éramos capaces de reflexionar o de discernir sobre la naturaleza de lo que habíamos vivido.
Cuando llegamos a casa, mientras yo servía dos whiskys antes de irnos a dormir, mi amigo se quedó quieto mirando sus Cavernas colgados de la pared. Puse su vaso en la mesa y me estiré en el sillón. No dije nada. El dentista observó sus grabados primero con los brazos en jarra y luego con una mano apoyada en el mentón y finalmente meciéndose el pelo. Me reí. Él también se rió. Por un momento se me pasó por la cabeza que iba a coger el cuadro e iba a proceder a destrozarlo meticulosamente. Pero en lugar de eso se sentó junto a mí y se bebió su whisky. Luego nos fuimos a dormir.
No mucho. Unas cinco horas. Y yo soñé con la casa del joven Ramírez. La vi erguirse en medio del erial y del basurero y del páramo mexicano, tal cual era, desposeída de todo ornato. Tal como la había entrevisto durante esa noche decididamente literaria. Y comprendí durante un segundo escaso el misterio del arte, su naturaleza secreta. Pero luego apareció en el mismo sueño el cadáver de la vieja india muerta de un cáncer en la encía y olvidé todo. Creo que la estaban velando en la casa de Ramírez.
Cuando me levanté le conté el sueño o lo que recordaba del sueño al dentista. Tienes mala cara, me dijo. En realidad el que tenía mala cara era él, aunque yo preferí no decirle nada. Pronto descubrí que estaba mejor solo. Al anunciarle que iba a dar una vuelta por la ciudad vi una expresión de alivio en su rostro. Esa tarde fui al cine y me dormí en mitad de la película. Soñé que nos suicidábamos o que obligábamos a otros a suicidarse. Cuando llegué a casa mi amigo me estaba esperando. Salimos a cenar y tratamos de hablar de lo que nos había pasado el día anterior. Fue en vano. Terminamos hablando de algunos amigos del DF, gente que creíamos conocer y que en realidad eran unos perfectos desconocidos. La cena, contra todo pronóstico, fue placentera.
Al día siguiente, era un sábado, lo acompañé a su consultorio, en donde tenía que trabajar para la cooperativa médica de los pobres durante un par de horas. Es mi aportación a la comunidad, mi trabajo voluntario, me dijo con resignación mientras subíamos a su coche. Yo pensaba marcharme el domingo para el DF y algo en mi interior me decía que pasara junto a mi amigo el máximo de horas posible pues no sabía cuánto tiempo iba a transcurrir hasta que lo volviera a ver.
Durante mucho rato (un tiempo que ya no me atrevo a medir) estuvimos esperando, el dentista, un estudiante de odontología y yo, a que apareciera un cliente, pero nadie apareció.




