jueves, 12 de febrero de 2009

Poemas de Waldo Rojas

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Príncipe de naipes

Helo aquí, barquiembotellado en la actitud de su gesto más corriente,
es el soberano de su desolación,
sus diez dedos los únicos vasallos.
Silencioso como el muro que su sombra transforma en un espejo,
nada cruza a través de la locura
de este príncipe de naipes,
este convidado de piedra de sí mismo, el último en la mesa
-frente a los despojos-
cuando ya todos se han ido.
Aquí se detuvo la soledad de la adolescencia con un fuerte silencio
retumbante,
y aquí yace él sobre sus ojos como el único brillo:
.......... un Arlequín de Picasso, se diría, pero menos sublime
.......... y con la espada de Damocles en la mano.

Él es el Príncipe del Naipe, "después de mí un Diluvio de agua
hirviente,
... y aun todas las aguas errantes del planeta
que nunca nadie llevará hasta mi molino".





Ajedrez

Antonius Block jugaba al ajedrez con la Muerte junto al mar
sobre la arena salpicada de alfiles y caballos derrotados.
Su escudero Juan, mientras tanto, contaba con los dedos las jugadas,
sin saberlo,
en la creencia de que lo que contaba eran peregrinos de una extraña
caravana.

(Y a mí que no me gusta el ajedrez sino en raras
circunstancias.
Yo, que pude luego de perder estruendosamente una partida
beberme una botella con el ganador y sostenerle el puño en alto).

Pero Antonius Block sin duda era un eximio ajedrecista
no obstante haber perdido el último partido de su vida.
Antonius Block, quién volvía de las Cruzadas, no tuvo en cuenta
que a Dios no le habría gustado el ajedrez
aun cuando de veras hubiera algún día existido.

Afortunadamente todo esto sucedía en una sala de cine.
El mundo en miniatura en tres metros cuadrados a lo más.
Los otros personajes han pagado las consecuencias al terminar la función.

Sería bueno sostener ahora que el ajedrez está algo pasado de moda.
A pesar de la costumbre por los símbolos
y de los cuadraditos blancos y negros irreconciliables
en que se debate la vida

....................................... a coletazos.

Moscas

Vivíamos la tarde de un domingo abrumador.
Era verano en el hemisferio que pisábamos, según el orden de los astros.
Enredados en el ocio paseábamos de silla en silla a tropezones.
Era Verano por la tarde y el resto del cuadro lo ponían
las moscas.

Había un Universo disperso por la pieza:
....................................... botellas vacías,
hojas de algún diario, un plumero impotente entregado al polvo,
y bostezando hasta quejarse ardía el aire por los cuatro costados.

"No hay peor poema que el que no se escribe", me dije callado
gritándome al oído,
y lo único real, consistente en sí mismo, eran las moscas.
Muchas moscas, torpes moscas cayéndonos encima en arribos
sucesivos y despegues.

Ardía el aire por los cuatro costados y nos sobraba un par de brazos,
estaban de más las piernas y todo el cuerpo era lujo inútil,
artículo suntuario adquirido a la fuerza
en virtud de la artimaña de un hábil vendedor.

Saltimbanquis del aire, trapecistas, migajas de un gran demonio pulverizado,
esas tiernas, sucias moscas, diminutos ídolos del asco universal.

No habíamos sobrevivido a nuestra fábula feroz:
un joven matrimonio derretido sobre el suelo, melaza pura
a merced de un día de Verano, a merced de la estrategia
de las moscas.
Y era domingo como cien veces más fue domingo en los veranos
desde aquel día,
y desde cada día en que el sol encendía el aire
y un zumbido tañía en los vidrios y crecía una inquietud por todas partes.
Algo que desde afuera penetraba, un cierto líquido agresivo,
un licor cáustico que diluía la carne o la memoria,
algo que le pasaba al tiempo no nos tenía conformes.

¿Quién detiene el cauce de las cosas y los hechos
en este punto, como un puente que se desploma,
mientras pasa el día mutilado arrastrando los miembros trabajosamente?

No hay peor poema que el que no se escribe, me dije,
entretanto
la poesía rescataba a sus heridos de los dientes para adentro;
de los ojos para afuera lo único real eran las moscas.


A este lado de la verdad


A este lado de la Verdad
donde me quedo a ver si nazco,
el Río, símbolo de nada,
zanja el fluyente rencor
de las piedras y del cieno,
trenza el limo su lechosidad
en la que cuaja el verdor de la
alimaña,
y yo, que digo un límite
para todo lo que repta, corre o pasa,
sueño un sueño en el que nombro
a ls cosas por su muerte
y muerdo aquello que se agita
cual el filamento del limo
en el agua destrenzada,
así de limpia, así de pulcra,
puesto que aves ahí mismo vuelan
sus distintos vuelos,
helechos aguardan repetir su clave
y es posible que peces sobrenaden
a la emboscada del copioso desove.

Cuanto existe en este Lado
capaz de estertor o movimientos
se yergue, se entierra, se encrespa o reaparece
a despecho de cualquier fiereza
en tanto el aire, el virginal, el cauto,
en mi boca despereza su espasmo de guadaña.

A este lado de la verdad, verdor y landas,
descorro yo la gasa pálida,
contemplo el estupor de lo que veo
como desde adentro de una pulsante llaga,
o es que veo que me miran mientras digo
lo que hago y callo lo que muerdo,
y es por eso esta apostura vergonzante
y es por eso, además, que ahora pasa
a grandes voces como el cortejo de un ajusticiado
toda esta agua indigna de su solemnidad,
que sopla una brisa de inocencia abyecta,
que rompe el pétalo la luz que vivifica
y desde el fondo de esa linfa de putrefacciones
-símbolo de todo cuanto pasa-
muerde el hongo a traición su hueso algodonoso,
y tanta calma, tanta,
........................... (Ahh, Realidad Espejeante)

que las palabras me van pesando
con la fuerza obtusa de un cerrojo
.................................... herrumbrado.



San Juan de Pirque, Chile, septiembre/octubre de 1973.



De rerum natura

Ciel, air et monts découverts.
Tertres vineux et forêts verdoyantes...
RONSARD

Cosas de la naturaleza que hablaron para nadie,
nuevamente resulta que enmudecen, para vergüenza mía,
con una mudez cuánto más clara.
Ya no podría asegurar que soy el que contempla,

........................................ totalidades de mi nada,

la suma interminable o el diezmo sin rencores
a cuya sombra recrudecen nuestras ruinas.

A la manera de una cifra impávida
cruza nuestro tiempo por la urdimbre de esas confabulaciones,

germinaciones, metamorfosis, quietudes,

actos sin más potencia que el oscuro sí mismo
para el que ajenas a cualquier Voz indócilmente trabajan.

..... Porque,
..... piedra, agua, más los verdores de pronto irisados
..... por la flor que anuncia el ortigal silvestre,
..... no me dicen que alguien pueda nombrarlos de otro modo.

Ni siquiera están pidiendo congregarse
a la emboscada de otro Reino que este mismo paraje
en el que inmóviles o apenas agitados
dialogan mutuamente y se acercan sin lenguajes.

Aquí donde me hallan, reducido por el Arte Falaz de la Palabra
a imitar el remedo brutal con que replican al acoso de nuestras imitaciones,
el guijarro del remanso seguirá llamando al agua
reteniéndola en su signo inaplacable.



Mascarada final


Toda esa alegría mojada por las lágrimas de la araña vienesa,
y como las hojas sobre las hojas caídas desde siempre
encima del guijarro del bosque artificial,
máscaras calzadas sobre máscaras.
Toda esa locura de voces que sonríen, de risas que repliegan
un silencio de labios encarnados,
.......................................... para ti,
que estás contigo mismo como una pesadilla
con su víctima.

A la espera por las habitaciones, en mitad del baile interminable
donde el gesto emblemático del antifaz y el guante
desata las reptaciones de la seda,
el vuelo inflamado del tul al capricho del vals.
Metalizado el aire por los bronces,
el agua de la fuente luminosa crispada en su rencor
privado de poderes.
Tu aliento por la boca como un cuerpo retráctil,
mientras -promesa o amenaza, qué más da-
bien pudiera el palacio estallar en trizas
sólo a causa del brillo de sus luces interiores.
Pero no.

..... Oscuro paraje, oscuridad, el dorso de la luz,
..... su moneda ciega.

Es así como vienes a mi encuentro, Damisela, oculta y presente como ellos,
pero bajo otra forma del temblor del mismo velo,
tu paso esponjado, inconmovible, distinta del color de tanto Paje,
tanto Rey, tanto Bufón, Gitana, Arlequín,
Verdugo,
tanto Corsario, Cazador, Obispo
................................................ contra mi desnudez.

Aquí es donde me tienes, cual una mancha o un fauno de marmolería,
confundido en un rincón con el muérdago del muro empapelado,
y así de real como lo quiere tu visita,
más que nunca.
..................... Libre esta vez de azar o miedo
a causa de tu celo irremediable, a merced suya.
Ya ves como coinciden mi beso y tus cambiantes deseos,
porque ya no podría razonar.
Me limito pues a mantener sobre mis labios
la quemadura o el hielo del mucílago de tu beso,
..................................... ardida, escarchada Dama Negra.




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