miércoles, 26 de enero de 2011

Baker y Millán caminan de nuevo por las calles [por Carlos Amador Marchant]




Baker y Millán caminan de nuevo por las calles.


Escribe Carlos Amador Marchant

Cuando se extravían crónicas por lo menos de dos décadas. ¿será posible retomar el ritmo de éstas y rescatarlas con una nueva visión?.

Me sucedió con Josephine Baker, conocida en la primera mitad del siglo 20 como “El trompo negro” sobre los escenarios parisinos. Ella, a quien no palpé ni conocí obviamente por asuntos generacionales, siempre la sentí por mis venas, la sentí correr con su agilidad felina, y al mismo tiempo la vi posarse en mi rostro con sus ojos grandes y su negrura bella.

La Baker, proveniente de una familia pobre de los Estados Unidos, sumida en constantes sufrimientos, se levanta de repente como una bailarina promisoria en bares y restaurantes de la época. Pero el país del norte con un exacerbado racismo nunca la miró con buenos ojos. París sería entonces el sitio donde la esperaría la fama, ese París atestado de gente deseosa de ver cosas nuevas en el arte, en la expresión más elocuente del ser humano.

Muy jovencita, cercana a los veinte años, sería parte de la innovadora revista negra (Revue Nègre), algo tal vez nunca visto en esos lugares donde parecía brillar la vida en todas sus dimensiones.

En la primera crónica que hice sobre Josephine, no tuve la suerte de verla (en videos) más de una vez actuando. Esto fue cuando asistí a una breve reunión con muestrarios de cine-arte (1984). Ahora es distinto, hay más material donde podemos observarla en sus más variadas poses y donde la agilidad del “trompo negro” parece tirar por el suelo al mismísimo Michael Jackson (sin dejarlo fuera de combate, por cierto).

Y es que en el caso de este personaje las cosas se dieron de una manera distinta. Ella traía en su cuerpo el ritmo y la danza africana. Parece haber sido sacada de esos lugares (espíritu vivo) o de antepasados que se impregnaron muy fuerte en ella.

Se vestía con atuendos de su cosmovisión originaria e incluía animales de distintas especies. Las grandes salas atestadas de público la aplaudían de pie. Los palcos con los señores más portentosos se inclinaban para saludarla. Fue una carta segura para el Music-Hall de París, como bailarina estable. Los grandes carteles se introducían por las principales calles de la capital gala. Era ella, con sus movimientos salvajes, con sus ritmos que parecían acelerar la vida.

Extraordinario resulta ver las imágenes donde la fiera rítmica se adueña de todas las más importantes salas de la capital francesa. Artistas famosos se acercan y son sus amigos por largo tiempo. La admiraban. Langston Hughes, Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald, por nombrar algunos escritores. También el mundo del arte visual se aferra a su presencia: el pintor Pablo Picasso y el arquitecto Le Courbusier, entre muchos otros. La princesa de Mónaco es una de sus más cercanas admiradoras. Pero el mundo de EE.UU. se mantiene ciego a ella.

No importa, la reina de color sigue haciendo de las suyas y amalgama influencias. Se hace también partícipe de movimientos que tienen que ver con los derechos de los hombres. Se introduce en marchas junto nada menos que a Martin Luther King. También podemos verla en la Segunda Guerra Mundial dar su voz contraria al nazismo y lucha incansablemente en su calidad de teniente. Por estas acciones, una vez que finaliza el terror impuesto por los alemanes de entonces, es condecorada por el general De Gaulle.

A Josephine Baker la seguí por largo tiempo. Es increíble auscultar a alguien que pertenece a una época distinta. Es como buscar lo intangible. En tiempos de ahora, tener contactos por messenger sin conocer a la persona. Fue, sin embargo, algo que atrajo sobremanera mi juventud, era la etapa en que buscaba cosas nuevas, la extravagancia y la sensibilidad al mismo tiempo, el deseo de escapar de la pobreza (ella) para situarse, con sus condiciones, en otro mundo, el mundo que sabe apreciar lo nuevo.

En poesía, en autores chilenos me ocurrió algo parecido. Admirador de la Generación Dispersa, cuando cumplía los 18 años, ya conocedor de la poética de Welden, de Lara, de Galaz, Pérez, Rojas, Quezada, Schopf, Lavín Cerda, Valdés, entre varios otros, siempre busqué la creación de ese poeta que daba la sensación que siempre se nos perdía (no así su obra); que estaba aquí y allá, casi como sabiéndose el más jovencito, el disparatado, el rebelde, el que era capaz de hacer creaciones que jugaban con el presente y lo movilizaba al pasado. Este Gonzalo Millán que cuentan sus amistades tenía pinta de niño bien, que reía y que luego, al paso de los años dejó la risa para transformarse en un hombre de mirada dura, perdida. Este Millán que en la década del 80 traté de contactar, pero siempre estaba lejos. Decían que andaba en Costa Rica, más tarde en Canadá, otro tanto en Holanda.

Este hombre que buscó escribir una novela que nunca fue publicada con las anotaciones que Welden (muy joven aun) le dio de su experiencia en pesquerías del litoral de Iquique. Este poeta poderoso que al fin acuñó lo que siempre fue, un poeta de fuste.

En Trilce número 29 le dedican palabras certeras Manuel Silva Acevedo, Francisco Leal, Oliver Welden, Alexis Figueroa, Leonidas Morales, Walter Hoefler, Juan Cameron y Alejandro Zambra, a cinco años de su muerte tras un cáncer.

Me suceden cosas curiosas con quienes trato de ubicar en el tiempo. El año 2005, en La Sebastiana (Casa de Neruda), a minutos antes de dar una charla y una lectura de sus poemas, me lo encuentro en el cafetín que está a la entrada del lugar. Intercambio unas cuantas palabras, hablamos de sus amigos y mi relación con el norte de Chile. Fuma un cigarro tras otro y bebé un café cargado. Logro conocer la mirada de Millán, una mirada fuerte y penetrante, una mirada cargada de poesía, de la poesía que gatilla y cala.

Si bien los poetas son seres de mucha inteligencia, en Millán ésta se duplicaba. Estoy seguro que su obra va a agarrar una connotación más allá de lo que imaginamos.

A escaso tiempo de su muerte, ya llevándola cargada como una mochila, le expresa a Manuel Silva Acevedo que no sentía miedo de morir: “Curiosidad es lo que siento, por fin voy a conocer el gran misterio”.

Precisamente, a unos días de su fallecimiento, yo me encontraba junto a otros poetas, realizando un taller para jóvenes reclusos en el centro penitenciario de Limache. En la oportunidad, frente a muchachos inquietos y agresivos, el poeta Tito Valenzuela, con su voz pausada y mesiánica logra adormecer a las fieras. Su tema en el momento fue precisamente, Gonzalo Millán. Leyó sus mejores creaciones que entusiasmaron e hicieron reír a los internos. En un lapso, en donde produjo un silencio inusual en la sala, señaló que el poeta Millán estaba muy enfermo y que según noticias recientes era posible que muriera en esos días. Y así fue. Cuarenta y ocho horas más tarde, Gonzalo Millán se nos fue nuevamente, pero esta vez a un lugar desconocido.

Josephine Baker, quien además de filmar ocho películas y mostrar no sólo su talento físico sino también vocal y que la transformó en la primera mujer de color que triunfa en suelos europeos, queda en la ruina por malos manejos económicos. En 1975 y casi cercana a cumplir los setenta años de edad, buscan formas de ayudarla y le preparan un musical para recordar diez lustros de vida sobre los escenarios. Fue en ese preciso momento cuando cae víctima de un derrame cerebral. Sus restos descansan en Mónaco tras cientos y cientos de homenajes.

Al comienzo señalé si era posible tomar el ritmo adecuado de crónicas extraviadas por mucho tiempo, y por supuesto que me respondo afirmativamente. Porque (los dos) fueron personajes que siempre busqué en mis etapas de juventud y siempre escapaban. Fueron, por otra parte, rebeldes disímiles, que murieron cargando sonrisas y a la vez trizaduras, las mismas que otorga la sociedad circundante, las calles con sus gritos y atrofias, las piedras que muchas veces no nos dejan avanzar, el grito espeluznante de la ira, la masacre de los exilios obligados.


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