jueves, 6 de enero de 2011

Árboles estupefactos observan a Joaquín Edwards Bello





Árboles estupefactos observan a Joaquín Edwards Bello


Escribe Carlos Amador Marchant

Decir “no soy el de antes” es dar cabida a tinieblas, a las que nunca más entraremos en forma victoriosa.

Mi padre, a minutos de morir, esbozó una canción mexicana y dijo que afuera el cielo estaba hermoso y los ramajes de los arbustos se mecían como nunca antes.

Joaquín Edwards Bello, a minutos antes de suicidarse, cantó un repertorio francés de los que atesoraba.

Mucho antes de leer “La Chica del Crillón”, hace bastante tiempo, don Joaco me atrajo. No sólo por las posteriores peripecias de Teresa Iturrigorriaga, su protagonista, sino la demarcación y escenas de la alta sociedad santiaguina de comienzos del siglo veinte, sus inclinaciones e ideas que siguen pesando y penando al rictus territorial.

Y entonces acá nos detenemos. Nos ponemos a mirar a lo lejos, a lo más lejano, no para defender ni menos para increpar al Premio Nacional de Periodismo y Premio Nacional de Literatura, sino para analizarlo en su forma, en su contexto, y por qué no decirlo, en su decisión de ser un inclemente a costa de todo.

Frente a ese panorama de ideas alienadas sin estar acorde con el avance social, ortodoxas por decir lo menos, ¿acaso era un tema menor para Edwards Bello salir de la escafandra de su apellido, ligado, pegado, como garrapata (perdonando la expresión) a la oligarquía chilena?

Ese apellido (éste) escamoteado en los más disímiles conflictos sociales, apostador y ganador de un cuanto hay de prebendas políticas o antipolíticas, en fin. Pero ganador después de todo.

Sin embargo, no estoy acá para hablar del apellido “Edwards” en especial, sino para ver la fortaleza del hombre cuando quiere (busca) en su subconsciente, salir de estos ramales.
Ese fue para mí, Joaquín Edwards Bello.

No estoy aquí para hablar del apellido, repito, ¿y cómo no?, si por más de dos siglos, tras la llegada del primer Edwards a suelo chileno en barco pirata, pasando por la descendencia y su incursión en la minería, en temas bancarios, periodísticos, la mano decidora en la Guerra del Pacífico, la voz opositora contra Balmaceda y la posterior Guerra Civil del 91 y, por favor, no sigamos contando, porque el mismo Premio Nacional de Literatura se avergonzaría de tanta estupidez en pleno siglo 20 y más allá de éste.

Jugador empedernido, Joaquín Edwards Bello, capaz de diluir toda su fortuna en los casinos, en las mujeres, en sus viajes a Paris, fue un escritor pleno, que plasmó sin lugar a dudas todo lo concerniente a la vida nacional.

Dicotómico, como el que busca salir del seno abismal y no puede o no quiere, que se revuelca en dos aguas y se desplaza amando más a una que a otra.

Estamos (estoy) hablando del hombre que hizo de su vida una desesperación, acompañado desde joven de una pistola colt que al final hizo funcionar a sus ochenta años, el 19 de febrero de 1968.

Su pariente sanguíneo, Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes, Jorge Edwards, expresó que la obra de Joaquín fue autobiográfica casi total, disfrazando nombres de sus personajes, dándoles vida y escondiéndolas dentro de su propia vida.

Y entonces no es complicado, ni siquiera vale la pena indagar sobre su caminar por este mundo, porque interpone él mismo, en las obras, su vida electrizante, caótica, apremiante, llena de ultrajes y sinsabores.

He terminado por considerar a este hombre como “heroico” y a quien, al mismo tiempo, se le podrá dibujar miles de apelativos degradantes.

Me parece, desde la ficción y/ó realidad en “El inútil de la familia”, de Jorge Edwards, verlo caminar (correr) con sus bolsillos repletos de dinero entrando en los casinos. También observando los traseros de hembras de pueblo, sean éstas lavanderas, feriantes, no importa, lo real era que tuvieran exuberantes culos y caderas por donde se pudiera afincar. Es decir, por la carne de las mujeres de alcurnia no iba la cosa. O bien escondiéndose tras haber publicado su conflictivo libro “El inútil”, entrando en casas amigas, saliendo del país, hasta que pasara la tormenta y la ira de la casta, la misma de llevaba en su sangre.

El Joaquín destemplado siempre observado por los hombres de sociedad, a los que soportaba por cortesía, mientras por sus caminos, parecía que por su sangre, por sus ojos le electrizaban las calles polvorientas y de hedores, las cantinas, la bohemia de grandes risas, de risas alocadas.

Confecciona bien Jorge Edwards este libro donde en ocasiones parece que apaleara a su tío. Y sin embargo, casi con ironía busca reencontrarlo, acercarlo a sus propios caminos. Y es preciso, incluso, para entender un poco mejor la vida de Joaquín Edwards Bello, releer estos textos que a Jorge debió haberle costado ordenar en el más estricto rigor de enaltecer, dentro de la supuesta denostación, a un pariente y su validez.

Este Edwards Bello (también bisnieto de Andrés bello) con dos apellidos poderosos, observado en la más decadente aventura de la vida, quedar en ocasiones con los bolsillos pelados, casi hipotecando hasta su alma, haciendo, por cierto, de esa existencia sus escritos y hallando el valor en la literatura, lectores por miles lo rescatan, sin embargo, de la muerte prematura.

Nos permite Jorge Edwards, como dijimos anteriormente, orientarnos en lo autobiográfico de su pariente, hasta “suponer” vida desgarrada y situaciones relatadas en los textos, y que a la larga pasan a ser o pertenecen a la realidad. Hijos, por ejemplo, de su primer matrimonio, robándole escritos y hasta su colt que le permitió el suicidio. O la misma Mayita, su última mujer que lo coronó como el gran personaje dándole un golpe en el mentón, un sorpresivo golpe de cachetada, a la alta sociedad que prácticamente escupió, humilló, marginó, a este hombre que lo único que hizo fue rebelarse frente a un mundo al que creyó no pertenecer.

Dos temas relevantes para degustar este asunto del apellido Edwards. Por un lado el hermano de Joaquín, Emilio, había sido embajador de Chile en Cuba en los tiempos antes de la revolución de Fidel Castro y hasta cuando Chile cortó relaciones con la isla. Enamorado de ésta tuvo que emigrar a Miami con su familia. Más tarde, en 1970, una vez que el gobierno de Salvador Allende, al reanudar relaciones con ese país envía a su primer nuevo embajador, Jorge Edwards ocupa ese cargo. Frente a esta situación que fue más que nada coincidencia alejada de planificación, el embajador de Cuba en México, señaló: “Parece que esta familia es inmortal. El último representante del antiguo régimen pertenecía a ella. Y el primer representante de la revolución, también. ¡Es, no cabe duda, una familia inmortal!.

Mayita, por otra parte, tras el suicidio de Joaquín Edwards Bello, consigue hacer una especie de circunvolución con nuestro personaje, es decir, hace que en los funerales no sólo el pueblo salga a las calles, sino que altas instituciones como la Universidad de Chile facilitaran el Salón de Honor para el velatorio, la gran Casa de Bello, donde el bisnieto ya era merecedor de todos los grandes honores. Antes de llegar al Cementerio General, además, se hizo un alto en donde la totalidad del personal hasta altas autoridades del diario La Nación, homenajearon al Premio Nacional de Literatura, al mismo que hizo más famoso al matutino con sus crónicas semanales. Era 1968.
Mientras los más conspicuos escritores de la época entregaban emotivas palabras por el hombre que se había suicidado, Joaquín Edwards Bello dejaba estampadas estas palabras antiguas: “Cambié de barrio, de clase social, de familia. Cambié de sangre. Cambié de pasado. Soy feliz. Este otro mundo me admira. En la clase alta yo no pude ser algo. En esta otra clase, descubierta por mí, he vuelto a ser un hombre con esperanza”.

Curiosamente, al finalizar estos escritos, me trasladé por asuntos de trámites hacia un cerro popular de Valparaíso, el cerro Rodelillo. Cuando el vehículo de la locomoción colectiva fue pasando a la altura del paradero 20, me percaté que en un establecimiento educacional había un letrero. Esto es lo que decía: “Matrículas abiertas 2011. Colegio Joaquín Edwards Bello”. Sin comentario.

Al comienzo de esta crónica hice una rápida relación con dos hombres que cantaron antes de morir. Mi padre, quien no fue un escritor ni tampoco se suicidó, hizo de su vida una novela. Lo despedí en Iquique, en el cementerio número 3, frente a una escasa concurrencia, y precisamente, hablé sobre su vida novelística. Joaquín Edwards Bello, por su parte, vivió y pervivió para novelar. Vivió, en consecuencia, para desgarrar su pellejo hasta lograr un objetivo, mientras el aire que respiró, ese aire intrépido, sigue remeciendo muchos árboles estupefactos.

Pero ambos cantaron a su estilo.



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