sábado, 7 de marzo de 2009

JORGE EDWARDS: El orden de las familias

3/07/2009 11:53:00 p. m.


JORGE EDWARDS

El orden de las familias

Je dis seulement, chose générale dans le monde,
que les femmes conservent l'ordre existant, bon ou mauvais.
S'il est mauvais, c'est bien dommage.
Et s'il est bon, c'est probablement encore dommage.

HENRI MICHAUX

Ahora recuerdo que nos pareció muy natural, a pesar de lo poco que nos conocíamos, la invitación de Verónica al campo. Después supimos que mi madre lo había arreglado todo. Mi madre tenía bastante confianza con la familia de Verónica, desde sus buenos tiempos; además, era experta en arreglar asuntos de esta clase. En esos días, mi padre no se sentía nada de bien; estaba pálido, desencajado, y se le olvidaban las cosas Poco antes de que partiéramos le vino una fatiga, a medianoche Dormía mal y se pasaba las noches caminando por la casa. Decía que el mejor descanso, para él, era veranear en Santiago; pero nosotros adivinamos, a través de una conversación de mi madre con José Ventura, que había hecho malos negocios y no podía pagar el arriendo de una casa en Viña. Mi madre dijo que José Ventura se había portado muy bien; el único de la familia que se había portado bien. Y tú me dijiste, aparte, en un tono desacostumbradamente serio, que no había que insistir en lo del veraneo en Viña. Asentí con la cabeza y te miré a los ojos, en silencio, mostrando que comprendía que la situación era grave. "A lo mejor es bonito allá", agregaste, conciliadora "A lo mejor", dije; "seguro". Me acuerdo que desperté una noche y mi padre estaba en el dormitorio. Había encendido la luz y revisaba la mesa llena de libros. "¿No tienes aquí el guía de teléfonos, por casualidad?" ¡Qué idea! Nunca he guardado en la pieza el guía de teléfonos. "Es que ando buscando una dirección", dijo él Con las manos en los bolsillos del pijama, la mirada errática, el pelo en desorden, los pantalones medio caídos, salió al corredor, donde también tenía la luz encendida. Tuve que levantarme, apagar la luz de mi pieza y cerrar la puerta. Escuché su voz a través del muro, haciéndote la misma pregunta .

¡Pensar que van a hacer cinco años de eso!

Verónica, desde el primer instante, fue extremadamente acogedora y cálida; nos hizo entrar de inmediato en confianza. Nos indicó nuestros dormitorios y después nos mostró las casas, las bodegas y la capilla del fundo. Tú dijiste que te encantaba el olor de las bodegas. Al entrar a la capilla te persignaste en forma mecánica y contemplaste las vigas del techo, sin hacer comentarios. Las casas, de estilo colonial, estaban refaccionadas, llenas de adelantos modernos, agua caliente a chorros, timbres, refrigerador, hasta un citófono para llamar al repostero. Yo no salía de mi asombro y tú, seguramente, pese a que habías visto más cosas en tu vida, tampoco, pero actuábamos como si nada nos llamara mucho la atención. En la tarde salimos a caminar y Verónica contó que se aburría como ostra en el campo; era una suerte que hubiéramos ido; era una suerte, también, que sus padres no estuvieran; su presencia imponía toda clase de limitaciones. "Llegan el sábado, con José Raimundo, un primo mío que es un plomo. Los compadezco a ustedes", añadió, dirigiéndonos una mirada de conmiseración. Nosotros sonreímos. Los anuncios de Verónica no conseguían alarmarnos; estábamos en jauja, y el sábado nos parecía demasiado lejos. "Deben de ser riquísimos", te dije esa noche, en un momento en que Verónica había partido a buscar más hielo. "Supongo", dijiste, sin demostrar interés por el tema, levemente irritada. Mi observación destruía cierto clima irreal en que te habías instalado muy a tu gusto. Volvió Verónica del repostero y reanudaste el diálogo con ella, desvinculada de mis acotaciones triviales.

—Y por fin—preguntas—, ¿te subieron el sueldo?
—No—digo yo—. Era una falsa alarma.

Bajas la vista, decepcionada, y continúas cosiendo. Eran cosas del ayudante de contabilidad; en su optimismo inveterado, creyó oír que le daban un aumento a toda la sección. "¡Cuándo se ha visto que den aumentos por puro gusto!" El ayudante se puso a discutir, exaltado, y en el calor de la discusión se convenció definitivamente de que había oído bien. Esa noche vine a comer aquí y te hice el anuncio. Por darte, alguna vez, una buena noticia. Con la diferencia compraría, por mensualidades, un pasaje de avión a México. "Un viaje de consuelo. Ya que no se puede ir hasta Europa...". Tú celebraste la ocurrencia. "A mí también me convendría un viaje", dijiste; "pero, ¿cómo? ¿Con quién dejo al niño?" "Con mi madre ni hablar", dije yo. Te encogiste de hombros. ¡Ni hablar! Después llegó Verónica y le comunicaste la buena noticia y me felicitó. Brindamos con un vaso de pisco puro. Quise que probaras un sorbo y tuviste un gesto de repulsión. " ¡Cómo pueden tomar esa mugre! " Verónica se repitió la dosis y quedó achispada, eufórica. "¿Se acuerdan de la mona que nos pegamos en el campo?" Tú sonreíste, pese a que el tema del alcohol no te hace la menor gracia. Increíble que hayan pasado cinco anos. Verónica y yo cantábamos a voz en cuello, sin entonación ninguna, y tú nos llevabas del brazo, firmemente. Los ocupantes de una casa de inquilinos salieron a mirar; al ver que la hija de los patrones vociferaba una canción obscena, regresaron al interior, inexpresivos. Menos mal que a los padres de Verónica no se les ocurrió llegar esa noche. Tú nos metiste la cabeza debajo de la ducha, a empujones y pellizcos encarnizados. Verónica, en la ducha, siguió cantando. Yo me serené, me sequé la cabeza y te quise besar. "¡Perdón, hermanita!" Retrocedías y yo trataba de alcanzarte en la oscuridad, conmovido. Al fin me toleraste un beso en los dedos de la mano izquierda. "¿Por qué no pololeas con él?", dijo Verónica; " ¡qué importa! Le pedimos permiso al Papa...". Se tendió en la cama, riéndose. Parece que la pieza, de repente, empezó a darle vueltas. Se levantó con la cara contraída, con una mano en el estómago, y corrió medio agachada al baño. El chorro cayó en las baldosas, antes de alcanzar el lavatorio. Acudiste a sostenerle la frente, con esa eficacia que siempre me asombra, a prueba de repulsiones. A menudo pienso que habrías sido un buen médico; ante el espectáculo de la miseria corporal despliegas energías insospechadas. También me hubiera gustado estudiar medicina, pero a mí me repele demasiado ver sangre.

—¿Y cómo está mi mamá?—preguntas, volviendo a levantar la vista. —Bien... Bastante tranquila.

—No he tenido un minuto para ir a verla—dices—. Mañana voy sin falta. —¡Anda!—digo yo.

Se ha estado quejando de ti, últimamente; dice que eres una ingrata, que la dejas botada como un perro. Es grande, cada vez mayor, su afición a las frases melodramáticas, como si le procuraran una diversión secreta y perversa. "¡Qué tristeza!", exclama; "¡qué desolación la vida de una mujer sola!" "Y yo, ¿no cuento para nada?" "Eres el único consuelo de mi vejez", declara; "¡lo que es la otra!" "No hables así; se ha portado muy bien contigo". "¿Bien conmigo? ¿Bien conmigo? ¡Cria cuervos, y te sacarán los ojos!"

Pese a que la conoces tan bien como yo, prefiero no repetirte estas cosas. Para qué. A veces sospecho que reaccionas con una rabia sorda, como si no midieras de quién viene la ofensa. Sueles revelar, de pronto, una especie de porfiada dignidad, un sentido matriarcal intocable y extraño.

El sábado, tal como había dicho Verónica, llegó la familia: los padres, una tía menuda y opinante, y un niño de unos diez años, con algo de monstruo en la cara. Verónica ya nos había advertido que su hermano menor era un monstruo. Detrás de ellos, en un convertible último modelo llegó José Raimundo. Me cayó desagradable de partida. Bajo, mofletudo, daba la impresión de un muchacho mimado, blando y despótico a la vez. Toda su vestimenta de campo parecía recién sacada de la tienda. Lo veo bajar del automóvil, sacudirse las manos y saludar a todo el mundo por igual, con una inclinación y una sonrisa mecánica.

No demostró ninguna preferencia por ti, en ese momento. Tampoco en la tarde, cuando salimos a caminar acompañados por la tía y por el monstruo. Pero en la tarde siguiente noté que se quedaba cerca tuyo y trataba de hacer chistes y bromas, que tú celebrabas sin entusiasmo. Felizmente, anunció después de comida que debía regresar a Santiago. "Por desgracia", dijo, "tengo unos asuntos en Santiago mañana a primera hora". Esperamos escuchar el motor del automóvil y entonces, Verónica y yo celebramos su partida; Verónica, bulliciosamente, yo, con más discreción por no ser de la casa. Charito, la tía saltó a la defensa de José Raimundo; dijo que era "un talento", siempre el mejor alumno de su curso, en el colegio y la universidad; y era mucho mayor gracia por tratarse de un hijo único, regalón de una familia rica. "Por lo demás", agregó la tía Charito, dirigiéndose a ti maliciosamente, "me pareció notar que te hacía bastante fiesta". Rechazaste con energía, algo ruborizada, la suposición de la tía Charito. "¡Pobre Cristina!", exclamó Verónica. "¡El enamorado que le fue a tocar!" "¿Por qué pobre?", preguntó Charito. "¡Un gran partido! ¡Qué mejor se quiere!" "Dime", preguntó Verónica, exasperada, apelando a tu testimonio directo: "¿cómo encontraste a mi primo? ¡Dilo francamente!" "No es tan pesado", respondiste, conciliadora, y tanto Verónica como la tía Charito estimaron que tu respuesta les daba la razón. "¡Ven ustedes!", exclamó la tía, y Verónica afirmó, con plena seguridad, que hablabas así de puro bien educada. No me cupo duda, por mi parte, de que Verónica estaba en lo cierto. Con su gordura fofa, sus modales estereotipados, su ropa impecable, José Raimundo correspondía exactamente al tipo de persona que mirábamos en menos, que nunca tendría acceso a la cofradía que formábamos entonces. Podíamos diferir en muchas cosas, tú, Verónica, cuya afinidad se nos había revelado en pocos minutos, y yo, pero un desacuerdo en esta materia no nos parecía concebible. La discusión sobre José Raimundo se prolongó durante un buen rato y al final la tía Charito se retiró a su pieza, molesta, declarando enfáticamente que en esa casa nadie se libraba del pelambre. "No me rajen, por favor", dijo, llena de resentimiento antes de salir del salón, y apenas traspuso el umbral, Verónica lanzó uná carcajada que debe de haberle ardido en las orejas.

Lo pasamos muy bien con Verónica, no se puede negar. Hacía mucho tiempo que no lo pasábamos tan bien. El monstruo molestaba un poco, a veces pero era más bien pacífico... Pálido, con una expresión malsana y odiosa, se pasaba refregando contras las faldas de su madre, que le toleraba los caprichos más absurdos. Una vez tuvo una pataleta en el comedor y agarró el bistec con la mano y lo botó al suelo. Me dieron ganas de molerlo a palos. Pero, en general, no se metía con nosotros; andaba a la siga de su madre. En cambio, a la tía Charito le gustaba entrometerse y opinar. Después de esa primera discusión, sin embargo estuvo más discreta. No volvió a mencionar, desde luego, el tema de José Raimundo. En los paseos de las tardes se ponía filosófica y hablaba de la religión y de la muerte. Miraba, por ejemplo, la puesta del sol y decía: "¡Cómo puede haber gente que no crea en la existencia de Dios! Es impósible que haya un ateo sincero. ¡Imposible!" Me atreví a discutirle; no todo el mundo ha recibido la gracia, que permite creer; la misma doctrina católica lo sostiene. . . "Cierto", decía ella, y no obstante, el crepúsculo, el horizonte inmenso, lleno de nubes rojas, que contemplaba de brazos cruzados, en éxtasis. . . Nosotros guardábamos silencio. Por momentos, la exaltación de la tía Charito se nos contagiaba.

—¿Qué hora tienes?—preguntas tú, sin despegar los ojos de la costura.

—Todavía es temprano. Cinco para las nueve.

Estábamos en la cumbre de una colina y al fondo se veía el estero angosto, de aguas profundas, que lamían con lentitud las ramas de los sauces. Una tarde nos metimos en una balsa de maderos podridos, en traje de baño, y la tía Charito, desde la orilla, se puso a gritar, histérica, que volviéramos, que la balsa podía partirse. Por molestarla, Verónica, que era muy buena nadadora, empezó a balancear la balsa, y te aferraste a mí, chillando de susto. Nado perfectamente, pero esa tarde tenía miedo, me producía miedo y repulsión la idea de caer al agua fría, lenta, llena de peces que de pronto saltaban cerca de nosotros sin que alcanzáramos a verlos (sólo veíamos el círculo en la superficie; en la profundidad adivinábamos seres viscosos, guarisapos, larvas, el barro de la orilla se desintegraría cuando intentáramos salir, raíces carcomidas por la humedad, parecidas a serpientes). Verónica adivinó ese miedo y prolongó el paseo, llena de alegría sádica. Sólo tus lamentaciones lograron conmoverla, por fin, y acercó la balsa a tierra. "No vuelvan a repetir esa broma", suplicó Charito, desencajada por los nervios. Verónica, sin prestarle la menor atención, se sumergió de un salto y nadó hasta la ribera opuesta. "¡Métanse!", gritó desde ahí, aferrada a unas raíces, pero tú dijiste que nadabas muy mal y yo no me quise meter. El barro del estero me daba un asco insuperable.

—¡Qué raro!—dices— Se ha hecho bastante tarde.

Haces ademán de abandonar la costura. Miras en dirección al comedor. Después resuelves que no tienes otra cosa que hacer, que ese trabajo es lo mejor para calmar la impaciencia. El reloj, con algunos minutos de retraso, da las nueve campanadas.

—¿Ves?—digo. No es tan tarde.

Cuando regresamos a Santiago, mi padre había empeorado mucho. El insomnio le impedía todo descanso. En la mesa del comedor tamborileaba con los dedos y clavaba la vista en el vacío. Por momentos, el ritmo crecía y se tornaba inquietante. Las comidas le parecían insípidas; después de probar dos o tres bocados, apartaba el plato con un gesto de repugnancia. "Si no te gusta, no comas, pero no dejes los platos al medio de la mesa". Como única respuesta, el ritmo ascendente de los dedos. No es que no quisiera responder; es que no había escuchado una sola sílaba. Olvidaba las cosas más elementales—ponerse la corbata, abrocharse los botones del marrueco, y hablaba con escasa ilación. Su costumbre de pasear durante la noche por los corredores y de entrar intempestivamente a los dormitorios se había acentuado. Ya no dejaba dormir a nadie. Una vez que me despertó a las tres de la mañana discutimos acerbamente; le cerré mi puerta con llave en las narices, temblando de furia. Tengo la impresión de que estuvo largo rato al otro lado de la puerta, lelo, sin atinar a moverse, recordando de manera confusa que había discutido con alguien, con quién, sobre qué...

Echábamos de menos a Verónica, que seguía en el campo. Sólo ella podía salvarnos del aburrimiento infinito, antes de que empezaran las clases, sin un centavo (nunca había dinero en la casa). Recorrimos la ciudad a pie en todas direcciones, hasta llegar muchas veces a los cerros vecinos o al campo raso. En las tardes que comenzaban a acortarse, extraviados en un bosque o en terreno donde los trabajos de urbanización trazaban las huellas de calles futuras o en los faldeos de un cerro, pasábamos revista a todos los temas imaginables. Decías que te cargaban los hombres, que jamás te casarías, que todas las insinuaciones y los desvelos de mi madre te producían un efecto exactamente contrario al que ella buscaba. Estaba resuelto tu ingreso a la Universidad y anunciabas que te ibas a ganar la vida haciendo clases. Por mal pagadas que fueran. Necesitabas poco para vivir. Declaré que tampoco pensaba casarme. Quizás podríamos vivir juntos; aunque no ganáramos gran cosa, se juntarían dos sueldos. Habría que dejar un fondo mensual para viajes, eso sí. Encontrabas que lo del fondo para viajes no era mala idea. No estaba mal. Aunque uno ganara más que el otro, tú más que yo, el dinero sería común y el fondo para viajes lo utilizaríamos en partes iguales . "O distintas . Si uno quiere viajar y el otro no quiere . . . " . Distintas. Algo fundamental sería la independencia; un pacto riguroso; nadie trataría de imponer reglamentos, fijar horas de llegada, rituales de cualquier especie. Las preguntas se prohibirían. Íbamos a contradecir el orden que procuraba establecer, por lo demás sin éxito, en medio de lamentaciones estériles, mi madre. Llevaríamos la negación de ese orden hasta sus últimas consecuencias. "¿No te parece?" ¿No estabas completamente segura? Decías que sí, que por supuesto. "¡Formidable!", gritaba yo, levantando los brazos, exaltado. La noche llegaba demasiado pronto, el viento frío de la cordillera, y proponías volver. El hambre nos estaba asediando. Imaginábamos de antemano una decepcionante sopa de letras o un plato de espinacas; un huevo frito sobre las espinacas habría sido mucho lujo, en ese tiempo.

Me gustaría saber si todavía recuerdas esas conversaciones.

Una tarde encontré a José Raimundo en el living de la casa. Se había dejado caer de sorpresa. Mi madre, muy animada y algo relamida, como si la naturalidad, entre nosotros, se perdiera junto con el dinero, sostenía la conversación. Me senté frente a José Raimundo y no abrí la boca. No estaba dispuesto a hacer la menor concesión. Al poco rato entraste y lo saludaste con amabilidad, aunque sin entusiasmo. Se habló de las vacaciones que terminaban. José Raimundo dijo que venía de Pucón . "Me gusta mucho la pesca", dijo. "¿Y a ustedes?" "A mí me encanta", dijiste, y te miré con furia. Pucón, la pesca, todas esas cosas, estaban fuera de nuestro alcance. Mi madre insistió para que José Raimundo se quedara a comer. Salió del living y mandó rápidamente a Domitila a comprar jamón y vino; me asomé al repostero y vi a Domitila, que no estaba para esos trotes, que últimamente vivía cansada, partir rezongando. "¿Por qué lo convidaste?", susurré. "¡Ya ti qué te importa!", contestó mi madre en voz baja, enrojeciendode ira. "¿Eres tú, ahora, el llamado a decirme a quién debo invitar a mi casa?" "A Cristina le carga", dije; "no puede aguantarlo". "¡No es verdad!", replicó mi madre; "¿de dónde sacas eso? Es un muchacho muy simpático. Y muy caballeroso. ¿Por qué motivo le va a cargar?" "¡Es un perfecto imbécil!", exclamé, sin controlar por completo el tono de la voz, y salí del repostero para no escuchar la respuesta .

En el salón, José Raimundo, a sus anchas, hablaba de música. Era perfectamente insensible a la hostilidad ajena; tenía piel de elefante. Se las daba de conocedor y decía que los cuartetos de Beethoven eran lo más extraordinario que se había escrito. "¿A ti te gustan?" "Algo", dijiste, impávida. ¿A ti? Quise gritar a voz en cuello que no los habías escuchado en tu perra vida, que no salías de las canciones de moda, que por mi parte prefería mil veces las sonatas, y Bach, y las óperas de Wagner, qué sé yo, pero me contuve y opté por decir que me gustaba Stravinsky, la Consagración de la Primavera. José Raimundo hizo una mueca. "¡Es formidable!", insistí. En vez de abrir camino a la discusión, José Raimundo guardó silencio. "A mí no me gusta mucho", dijiste; mostrando que estabas resuelta a opinar a toda costa, con absoluta impudicia. "Lo que más me gusta es la novena sinfonía. Encuentro que la parte de los coros es fantástica". José Raimundo apoyó tu afirmación gravemente y aprovechó el momento para anunciar que iba a invitarte a un concierto. "En pocos días más hay uno que vale la pena". Te observé de reojo, a ver cómo te las arreglabas, pero permanecías inexpresiva, neutra; no adelantabas ninguna clase de respuesta. Te pregunté si te gustaban los conciertos, para darte la oportunidad de contestar que no, que no eras muy aficionada, que en realidad, es cierto, cualquier frase desalentadora. Y dijiste, sorprendentemente, lo contrario: "Sí, sí me gustan". En un tono que daba a entender que no te gustaban mucho, pero que tampoco te disgustaban, no del todo, sin confesar, por lo demás, que habías ido una sola vez, cuando fuimos con mi padre, años antes, y te aburriste mortalmente, aunque te negaste obstinadamente a confesarlo, nunca diste tu brazo a torcer.

"¡Es un imbécil!", volví a decir, apenas se hubo retirado esa noche. "No es mal tipo", dijiste; "un poco farsante, nada más". "¡Un farsante de porquería! Venir a cachiporrearse con sus idas a Pucón. . . ¡Qué nos importa! Y tú, ¿cuándo has salido a pescar, para que digas que la pesca te encanta?" "Nunca", dijiste; "no he salido nunca. Pero me encantaría hacerlo". "¡Estúpida!" "¡Tú serás estúpido!" Estabas súbitamente roja como un tomate, y tu ira me provocó una sonrisa: "Dame un besito de buenas noches". "¡Quítate! ¡No seas cargante!" Mi padre se asomó en mangas de camisa, con expresión extraviada. "¿Se fue ese muchacho?", preguntó. "¿Qué hace?", preguntó después. "¡Nada! ¡Es un hijito de su papá ! Tiene autos y toda clase de cuestiones" . Mi padre se alejó y regresó al instante: "¿Apagaron lás luces de abajo?" "Sí". "¿Están seguros?" "Sí", dije, irritado "las apagué yo mismo". "¿Estás seguro? Voy a mirar un poco". Y bajó a inspeccionar. Lo escuchamos golpearse contra una silla. "¡Miéchica!", exclamó, en la oscuridad del salón. "Ojalá que nos deje dormir", dijiste; "tanto que se preocupa de las luces ahora, y después, cuando le baja el insomnio. . .". "¡Adiós, hermanita!", te dije, y sonreíste con la comisura de los labios. "Parece que todas estaban apagadas", dijo mi padre, subiendo la escalera con expresión desanimada adolorida sobándose una rodilla. Al llegar al corredor se detuvo, boquiabierto. "¿Quién era ese muchacho?", preguntó de repente. "Un estúpido, ¿no te digo? Pero mi mamá le hace fiesta porque tiene plata". Mi padre levantó las cejas, como si comprendiera confusamente. "A ver si duermo", dijo, sobándose el rostro; "lo dudo mucho". Suspiró y cammó a su pieza con lentitud, con pasos inestables. "Buenas noches", dijo, sin darse vuelta, levantando un brazo con vaguedad .

Un viernes en la tarde salimos a caminar al cerro San Cristóbal. Las clases comenzaban el lunes. Nosotros aprovechábamos nuestros últimos instantes de libertad. "José Raimundo me pasa a buscar a las seis y media para ir al concierto", dijiste; "pero no tengo nada de ganas de ir". "¡No vayas, pues!" "No tengo nada de ganas de ir", repetiste, refiexiva, con la vista fija en un cielo azul destenido, estacionario. Nos llegaba de la ciudad, abajo, una especie de vibración, un rumor sordo, de algo que bullía y era triturado continuamente. Decías que te gustaría vivir en una provincia tranquila; hacer tus clases allá. El ruido de las grandes ciudades, todo ese ajetreo rechinante en medio del calor, del polvo, te alteraba los nervios. Vivir, por ejemplo, en uno de los valles del norte. Hacer las clases y habitar una casa con gallinas, con hortalizas, con perros. "¿Y yo? ¿Cómo vamos a estar juntos, entonces?" "Tú te vas conmigo". "Es que a mí las ciudades grandes me gustan. La provincia está muy bien vista de lejos. Allá, el aburrimiento, las mentalidades estrechas...". Hablabas, sin escuchar mis objeciones, de comer el pan y la mantequilla del campo; de tomar la leche al pie de la vaca. "Estás bucólica". "Hoy día me siento bucólica". Echaste atrás la cabeza, risueña, mostrando tu cuello fuerte, curvo, bronceado por el verano. Tenías un olor especial que quise comparar con el de los arbustos fioridos, con el de las plantas sobre la tierra recién regada, en las tardes del mes de febrero. "No se te ocurrirá casarte con José Raimundo, supongo...". Te enderezaste de golpe, indignada. "Digo, no más; como lo ves tanto, ahora, y mi mamá lo cultiva en esa forma . . . " . " ¡Se te ocurre! Además, le dije a mi mamá, si quieres saberlo, que no le hiciera tantas zalamerías. Llega a dar vergüenza ajena". "Dile que no tienes la menor intención de casarte, con él ni con nadie. Que no se haga ilusiones". "Le dije". "¿Y qué te respondió?" "Nada. Las mismas cosas de siempre".

Me levanté y me puse a lanzar piedras. Trataba de golpear un peñasco situado a unos quince metros de distancia, cerro abajo. El peñasco era un acorazado enemigo; cuando le pegara tres veces, en pleno centro, se hundiría. Eso significaría que el camino estaba despejado, que no había obstáculos. Contemplabas, entretanto, el paisaje gris, absorta, con las manos cruzadas delante de las rodillas. Me aburrí de disparar y quise jugar con el pelo que te caía, suelto, por la espalda. "Vamos". "¿Por qué tan luego?" "Este tipo pasa a buscarme a las seis y media. ¿Qué hora es?" Mi reloj, que por lo demás se atrasaba mucho, marcaba cinco para las seis. "¡Tenemos que correr!", exclamaste, preocupada. "¿Por qué no lo dejas esperando? ¡Qué te importa!" "No puedo. Ya me comprometí". Me puse nuevamente a lanzar piedras contra el peñasco, que no se hundía; las piedras se obstinaban en no tocar el centro sensible. "Yo que tú lo dejaba plantado. Sería la mejor manera de librarse de él". "No puedo", repetías, e iniciaste la bajada con pasos enérgicos, sin prestar más oído a mis argumentaciones.

En la casa, le hice compañía a José Raimundo mientras te arreglabas. No habría tenido ningún escrúpulo en salir del salón con cualquier pretexto, pero prefería observarlo de cerca, tratar de sonsacarle cosas, ver qué puntos calzaba. No es mucho lo que esa vez, o en ocasiones posteriores, saqué en limpio. Él me miraba con ostensible desaprensión, como si no valiera la pena conversar conmigo. Eso, y sus zapatos de gamuza, sus camisas de seda, el entretejido de sus corbatas, sus manos blandas, rechonchas, me volaban de furia. Recuerdo el sufrimiento agudo de que aparecieras hermosa, de labios rojos, con un vestido blanco que Verónica te había prestado, y de que partieran al concierto mientras me quedaba en esa casa donde empezaba a bajar la oscundad. Esa tarde, la única que permanecía en la casa era Domitila y me fui al repostero a conversar con ella. "Hay que hacer algo", le dije; "mi mamá le mete todo el tiempo a ese imbécil por las narices". "Querrá que se case con él", dijo Domitila. "¡Justamente! Por eso hay que hacer algo". "¡Que se casen, pues!", dijo Domitila; "si la niña lo quiere...". El solo hecho de que Domitila aceptara esta idea como algo no imposible, de que se permitiera enunciarla, lo que significaba que no era absurda en sí misma, al menos para Domitila, y por lo tanto, que no era totalmente absurda, me produjo un malestar físico. Me alejé de Domitila con el ánimo por los suelos, y se me ocurrió que podía visitar a Verónica. Hacía cinco o seis días que había regresado del campo.

Me vio desde una de las ventanas, mientras yo atravesaba el jardín lleno de dalias y rosas, con la estatua de Diana la Cazadora en una glorieta cubierta de enredaderas, envuelta en la penumbra del atardecer de marzo. Me gritó que ya bajaba, que la esperara dos segundos. El mozo me hizo pasar a un salón pequeño, atiborrado de sillas estrechas y adornos de porcelana, con estanterías atestadas de libros en las paredes. Esperé inmóvil, sentado en la punta de una de las sillas, sin respirar casi. Había vislumbrado, al entrar, una galería de mármol, las barandas de fierro forjado de una escalinata, salones espaciosos invadidos prematuramente por la oscuridad. Los libros de las estanterías, en su mayor parte, eran inventarios inútiles, recopilaciones en latín, catastros, algunos textos clásicos, encerrados en volúmenes diminutos. Extravagancias de la gente rica, pensé, y en ese instante entró Verónica y me preguntó, antes que ninguna cosa, por ti. Ella sabía que mi visita no podía tener otro motivo. Levanté las cejas, con expresión preocupada: "Vine para hablarte de ella, precisamente". El sentido del ridículo me impediría, ahora, una actitud así; pero éramos aficionados, en ese tiempo, yo y tú también, a los ademanes teatrales. "¿Qué pasa?", preguntó Verónica, con alarma. "Dime primero", interrogué, para graduar los efectos: "¿Alguien lee estos libros?" "Nadie", dijo Verónica; "pero cuéntame: ¿Qué pasa con Cristina?" "Nada. No pasa nada". Después de un silencio, agregué: "Lo que hay es que si no hacemos algo, va a terminar casándose con José Raimundo". "¿Tú crees?" "Así me lo temo". "Debemos hacer algo, entonces", dijo Verónica, pensativa: "le voy a hablar". "No sacarás mucho con hablarle, te aseguro. No va a confesarte nunca que le gusta ese tipo". "¿Tú crees que le gusta? ¡No puede ser!", exclamó Verónica; "sería absurdo. Estoy segura de que no le gusta". "Yo no estoy tan seguro. En todo caso, tú puedes hablarle mejor que yo. Te dejo la tarea...".

El infarto de mi padre se produjo el día miércoles de la semana siguiente, cuando me levantaba para ir al colegio. Desde el cuarto de baño escuché carreras, portazos, la voz de mi madre, extrañamente ronca y tensa, el disco del teléfono donde alguien marcaba un número, cortaba, impaciente, antes de haber terminado de marcarlo. Marcaba otra vez. Al rato, la voz implorante, entrecortada, reprimida a duras penas, que de pronto levantaba su diapasón: "Es urgentísimo, le digo". Carreras de regreso. Diste tres golpes discretos pero enérgicos en la puerta del baño. Me sequé con cierto temblor que no conseguía reprimir y me vestí rápidamente. Se escucharon voces en el primer piso. Mi madre subió la escalera de prisa, pálida, seguida por un médico y un enfermero de la Asistencia Pública. Tú subías detrás. "Parece que ha tenido un infarto". Me asomé al dormitorio y alcancé a divisar, entre mi madre y los dos hombres de blanco, a mi padre tendido en la cama, con una mano en el pecho, la camisa del pijama abierta, una pierna recogida, lívido. La ráfaga súbita lo había dejado boquiabierto, estupefacto, como si los pequeños malestares, las pequenas miserias del último tiempo se hubieran estado acumulando, inadvertidos, y hubieran desbordado en una oleada quemante, sorpresiva, terriblemente destructora. Uno de los hombres de blanco cerró la puerta. "Tengo ganas de vomitar", dije. "No seas estúpido", dijiste; "aguanta". A los pocos minutos sonó el timbre y era el doctor Briceño, el médico de la familia. Nos saludó en voz baja y subió derecho a la pieza. La puerta se abrió, pero sólo vi formas blancas en movimiento, vislumbré el rostro contraído de mi madre, la cara de uno de los hombres que miraba por encima del hombro, y la puerta volvió a cerrarse. "¿Tú crees que es grave?", pregunté, por preguntar alguna cosa. "Muy grave", dijiste. Caminamos hasta el final del corredor y miramos el cielo por la ventana. En ese instante se abrió la puerta y el doctor Briceno se nos acercó. "Tengo una mala noticia que comunicarles". No pudiste reprimir una exclamación, mezcla de terror e incredulidad, llevándote los nudillos de la mano derecha a la boca. El doctor hizo un gesto de afirmación apesadumbrada. "No pudo resistir el ataque". Vi que la puerta permanecía entreabierta y que de adentro llegaban sollozos. "Hay que ser valiente", dijo el doctor, apretándote un brazo. Te desprendiste con impaciencia mal disimulada y avanzaste por el corredor, lentamente, mordiéndote uno de los nudillos. Habría querido acompañarte, pero me sentí importuno. El doctor Briceño me dio unos golpecitos amables en la espalda. "Voy a hablar con la Domitila", dijo. "Tu madre necesita un poco de valeriana".

Me asomé al umbral y vi que llorabas, de pie junto al lecho, con la cabeza baja. Llorabas en silencio, pero los sollozos te sacudían los hombros. A mi padre lo habían metido adentro de la cama. Me acordé de sus insomnios, de sus paseos nocturnos. También lo vi en sus buenos tiempos; junto al Chevrolet azul, colocándose la gorra y los guantes para manejar, sonriente, dueno del universo y de sí mismo. Recordé algunas entonaciones peculiares de su voz y un acceso de furia que tuvo porque no te quise prestar un juguete, cuando cumplí ocho años; me dio un coscacho a toda fuerza y las lágrimas me enceguecieron.

No sentía, por mi parte, el menor deseo de llorar; sólo una pesadez en el corazón, como si trabajar le costara un esfuerzo doble, como si los sucesos recientes y el cúmulo de los recuerdos lo aplastaran.

A las seis de la tarde llegó José Raimundo, vestido de gris oscuro, con cara de circunstancias. Habían encajonado a mi padre después de almuerzo y se lo llevaban en un rato más a la iglesia. "Muy sentido pésame", murmuró José Raimundo, y me miró a los ojos con intensidad. Agradecí vagamente y guardé silencio, incómodo. Menos mal que apareciste luego. José Raimundo te dijo una frase más larga, que no alcancé a escuchar. Tú tenías los ojos algo hinchados, pero actuabas con una naturalidad que me sorprendía. Le dijiste que se sentara y contaste cómo había sido el ataque, a qué hora, lo que había dicho el doctor Briceño sobre su escasa resistencia, su fatiga, el mal estado de sus nervios. Después llegó Verónica, elegante y seria, y le repetiste las mismas cosas. Ellos estaban a primera hora en la misa, a la mañana siguiente. Verónica te acompanó a la casa y José Raimundo siguió de cerca el entierro. Mis tíos lo reconocían y lo saludaban con lo que me pareció una secreta complicidad, con una complacencia que no lograban disimular del todo, abyecta... Había llegado el momento de hacer algo drástico; de lo contrario. . . Resolví hablarle, una noche, directamente.

—Ahí llegó—dices, cuando oyes el ruido del manojo de llaves al otro lado de la puerta. Das una puntada final a tu costura mientras salgo al vestíbulo. El reloj marca las nueve y diez minutos.
—¡Hola!—dice él.

Estoy a punto de hacerle una broma por los progresos de su calvicie. Al fin prefiero abstenerme. Podría caerle mal. Siempre es más seguro mantener las relaciones en un terreno neutro. Deja su cartapacio con papeles y te besa en una mejilla .

—¿Por qué te atrasaste tanto?—preguntas.

—¡Demasiado trabajo! exclama, dejándose caer en el asiento. Suspira ruidosamente— ¡Las secretarias que tengo son tan estúpidas!

Mueves la cabeza, significando que con esa gente no hay nada que hacer. —¿Y el niño?—pregunta.

—Durmiendo .

—Estoy demasiado cansado para subir a verlo—se queja él.

Para ahuyentar de la conciencia mi descanso, mis horarios de burócrata, con salida fija a las seis de la tarde, ofrezco preparar un trago.

Él pide whisky con un poco de hielo, sin agua.

—¿Y tú, Cristina?

—Yo, nada.

"¡Estás loco!", dijiste; "¿de dónde se te ha metido esa idea en la cabeza?"

"Estoy seguro. Sobre todo ahora que murió mi padre. Y Verónica, si quieres saberlo, ha llegado a pensar lo mismo" . "¿Verónica?" " ¡Claro! ¿Qué te extraña? Está convencida de lo mismo". "Ustedes están completamente locos". "Locos estaremos, pero cualquier día te veo llegar de anillo. Mi madre terminará saliendo con la suya. Y más que nunca ahora, que hemos quedado sin un peso".

Todo el dinero de la casa se gastaba en comprarte vestidos y en hacer comida las veces que venía José Raimundo. Mi madre, con tu aquiescencia tácita, vendió poco a poco los trajes de mi padre y algunos muebles; el segundo piso se fue desmantelando. Yo no pedía nada para mí. Dentro de dos años saldría del colegio y empezaría a trabajar. Eso era asunto decidido. Por lo demás, ninguna carrera universitaria me interesaba especialmente. El capital de mi madre eras tú; no había cuestión de pagarme seis años de estudios. Me limité a hacer presente esta circunstancia para pedir, en compensación, un escritorio de caoba. Mi madre aceptó de inmediato, y sin chistar, mis razones; esa tarde, cuando entré a mi pieza, el escritorio estaba instalado en el sitio de honor, debajo de la ventana. Todavía continúa en el mismo sitio.

—¿Y?—pregunta él— ¿Te subieron el sueldo, por fin?

—Fue una falsa alarma.

Decepcionado, cambia de tema: .

—No se puede trabajar en este país—dice—. Los impuestos, las tramitaciones... La gente que produce no siente ningún estímulo.

Lo miras y acatas. Llamas a la empleada para que sirva vino. El aire es insuficiente para respirar. ¿No se podría abrir un poco la ventana? La sangre caliente se agolpa en mi cabeza; no circula. Bebo vino y el calor en mi cabeza aumenta .

Al terminar ese invierno empezaste a salir más seguido con él. Mi madre sonreía, complacida; Verónica te hacía bromas, y tú no las rechazabas con la convicción de antes. Nuestra comunicación habitual se había interrumpido. Nos encontrábamos solos en el comedor de la casa, por ejemplo, y no teníamos nada que decirnos. "¡Cásate, entonces!", te lancé una vez, de improviso; "si quieres casarte, cásate". Severa, diste unos golpes en la mesa con el tenedor, sin responderme. "¡Cásate! Si el tipo te gusta... O si te gusta su plata", añadí, después de unos segundos; "para el caso da lo mismo". "Te voy a pedir un gran favor", dijiste, llena de ira contenida: "Te voy a pedir que no te metas en lo que no te importa. ¿Quieres hacerme ese favor?" "Muy bien", dije yo, "de acuerdo". Creo que las palabras me silbaban; lo cierto es que me sentía humillado, ridículo. "De acuerdo", repetí. Pero no hallaba qué cara poner, y escondí las manos, que me temblaban intensamente, debajo de la mesa. Entró mi madre con expresión satisfecha y sentí deseos de insultarla. Me faltó el pretexto. "¡Este choclo es una porquería!", exclamé, después de hundir los dientes en los granos humeantes, y alejé el plato que me acababan de servir. "¿Qué tiene?", preguntó mi madre, con ingenuidad. "¡Está duro como palo!" "¿No quieres un huevo a la copa?" " ¡No! " Me puse de pie, exasperado, y salí del comedor. De haber tenido un objeto contundente a mano, las habría emprendido contra los muebles del salón, contra la vitrina con adornos de porcelana. Salí a la calle y caminé largo rato, sin una noción exacta del tiempo. Era una noche cálida y la Alameda estaba llena de gente. Un muchacho que chacoteaba en un grupo, delante mío, retrocedió y me dio sin querer un violento empujón. "¡Imbécil!", estallé, desbordado por la furia. Los del grupo me miraron con caras desconcertadas, hostiles, y murmuraron algunos insultos. Entré a una fuente de soda y bebí una cerveza. Me bajó el cansancio; una relajación desanimada de los músculos. El camino de regreso parecía interminable. Pasó felizmente un micro medio desocupado y ahí me embarqué de vuelta. Los vaivenes del micro me ayudaron a olvidar la exasperaciónt que fue reemplazada por una sensación de vacío, de aridez irremediable. Pensaba, al desvestirme, en nuestro paseo en balsa, en tus chillidos de susto. Abracé la almohada para protegerte. No eras, definitivamente, la misma con que había conversado antes de comer, la que aparecería pronto exhibiendo el anillo de José Raimundo, traspasada por una felicidad imbécil (difícil encontrar una palabra menos dura). La convicción de que te habías ausentado, probablemente para siempre, engendraba ese vacío, esa comezón que trataba, con palabras secretas junto a la cabecera, de apaciguar, de engañar.

Lo del anillo vino poco después, en una escena impregnada de beatitud hogareña: el ingreso al orden de las familias, por la puerta ancha. Llegué a la casa, esa tarde, y encontré una atmósfera extraña en el salón, festiva y a la vez algo solemne. La sonrisa que me dirigiste fue ambigua, casi irónica. "¿Te gusta?" Observé el anillo con atención, dándome tiempo para responder. La sangre retrocedía y dejaba un cerebro anémico, cuyas palabras parecían de otra persona: "Muy bonito". "Precioso, ¿no?" Asentí con un gesto; ya sabes que la belleza de las joyas nunca me ha conmovido, y además, en este caso... Todo debía de haberse conversado a espaldas mías, porque pronto llegó Verónica, enteramente sobre aviso, y hubo una comida muy buena. Verónica te besó y abrazó con efusión y lanzó grandes exclamaciones admirativas al contemplar el anillo. "¿Para cuándo es el matrimonio?" Te ruborizaste. Mi madre intervino para sacarte de apuros: "Todavía no han fijado la fecha". "Ves", quise decirle a Verónica, "¿no te decía yo?", pero la frase habría caído en el vacío más completo. Era Verónica, precisamente, por raro que parezca, la que demostraba mayor euforia; quizás por mirar el asunto desde fuera, sin un interés inmediato. Mi madre había conseguido lo que se proponía, después de un año de espera paciente, astuta, y la euforia no tenía cabida en ella; sólo una satisfacción serena, profunda en apariencia, pero posiblemente asaltada desde entonces quizás por qué fantasmas. Porque desde la época de tu compromiso notamos que se encerraba en un silencio enigmático, y esa actitud, después del matrimonio, cuando ya no la sostenía la exigencia de llevar su faena a buen término, se acentuó; hasta que percibí una tarde, al regresar de la oficina, el aliento inconfundible y los ojos brillosos, extraviados.

Una vez oí que mi padre, con sus quijotadas, sus arrestos descontrolados de generosidad, sus negocios absurdos, había hecho desgraciada a mi madre. El resumen del comentario era que había sido un atolondrado, un ser insubstancial; las perspectivas brillantes de su juventud se habían malogrado con los años, por exclusiva culpa suya. En buenas cuentas, a pesar de su ingenio, de sus cualidades de círculo de amigos o de salón, cualidades sociales cuando mucho, se había revelado como un individuo inútil, incapaz de dar nada sólido a su mujer, a sus hijos o al resto del mundo, un narrador cuyas anécdotas encontraban oídos complacientes en los bares, pero de nada servían frente a desafíos más rigurosos que un círculo de auditores de buena voluntad: el de la pobreza, por ejempio; el de la caída vertical de una situación que parecía, en virtud de un espejismo alimentado desde la infancia, inexpugnablemente defendida por los mitos de la tribu. En esas conversaciones se omitía, en consideración a mi presencia, la palabra "tonto", la palabra "infeliz" o "pobre diablo", pero la ineficacia de los recursos histriónicos de mi padre surgía en su dimensión más patética.

También he oído colocar, inconscientemente y a menudo con plena conciencia, a José Raimundo en el otro extremo: el marido modelo, que ha logrado forjar tu felicidad. Todo esto es probablemente cierto, razonable. En cuanto a mí, a medida que pasan los años y se nota mejor que vegeto en un empleo mísero, se me instala con menos derecho a réplica en la barricada, mejor dicho, la trastienda, que ocupó mi padre. Pero volviendo a José Raimundo, no me parece que los buenos maridos hagan la felicidad de nadie. ¿A qué llaman felicidad? Otra cosa es que un mal marido puede hacer la desgracia de una mujer como sucedió con mi madre; que un mal marido hubiera podido hacer tu desgracia. No hay duda. La única certidumbre está en el lado negativo de la cuestión.

Pero tú eres indiferente a estas sutilezas; aceptas que José Raimundo es un buen marido, y aceptas que tu vida está bien, que más no puede pedirse. Entretanto, me veo entre la espada y la pared, abocado al silencio. El lenguaje que nos permitía comunicarnos a espaldas de los demás, salpicado de palabras en clave, de alusiones y subentendidos, se te ha olvidado. Procuro con majadería intercalarlo en nuestras conversaciones, pero es inútil, pasó a la condición de lengua muerta; pronto empezaré a olvidarlo, yo también.

José Raimundo da un bostezo.

—Llegas tan cansado—comentas—, que nunca podemos ir al biógrafo. Hace meses que no vamos.

¿Te acuerdas de cuando íbamos juntos? Me gustaba que pagaras la entrada, aunque fuera con dinero mío; que pasaras los boletos en la puerta y después escogieras tú misma el asiento. Sólo sentarme al lado tuyo y hundirme, esperando la oscuridad. Las luces se apagaban lentamente, las primeras imágenes alcanzaban a reflejarse en las cortinas que se abrían, y el placer sólo podía ser perturbado, más tarde, por la convicción melancólica de que la película iba a terminarse pronto.

Ahora, en la manera como hablas de su cansancio, noto un matiz de orgullo y de respeto. Y noto, por enésima vez, que a mí no me respetas, que sólo tienes por mí una tolerancia hermanable, vagamente nostálgica. Para ti, como para todas las mujeres que conozco, lo que cuenta de verdad es el dinero, el éxito mundano, por cualquier camino que venga. Antes no habías adquirido esta actitud, y pensé, ingenuamente, que podrías seguir viviendo en esa forma, fuera de esta conciencia. Pero entraste al orden sin muchas dificultades, con menos dificultades que otra gente. Sacrificar detalles como el cine en beneficio del descanso de tu marido es parte de tu rol actual, es la indispensable dosis de abnegación de tu personaje, que interpretas con maestría innata.

—Bueno—anuncio—. Me voy, entonces...

José Raimundo bosteza. otra vez y me da la mano.
—Buenas noches—dices—. Dile a mi mamá que mañana o pasado le hago una visita.

Camino hasta Providencia y tomo un micro hasta el centro. Ahí me bajo a estirar las piernas. La noche es cálida y las veredas están llenas de animación. Me detengo en las esquinas y miro pasar los automóviles. Veo rostros conocidos, habituados a la noche, pálidos. Para ellos debo ser otro rostro familiar, parte del paisaje de sus paseos nocturnos; alguien que no se sabe lo que hace, para qué existe. Permanezco un rato en los umbrales de los cafés, observando la concurrencia. De repente se oye una frenada estrepitosa y voces airadas, confusas; un motor que vuelve a partir, a toda máquina. Leo los títulos de los libros en los puestos de la feria.

Después de una hora de merodear, atravieso la plaza Bulnes y camino Alameda abajo. Quiero dar una vuelta frente a los prostíbulos de San Martín antes de recogerme. Vivimos en Manuel Rodríguez, no demasiado lejos. Las mujeres de grandes escotes y bocas redondas, rojas, me llaman desde las ventanas. Hay una que me habla en voz baja, con más intención que las otras, y alcanzo a detenerme; no consigo escuchar lo que dice, pero comprendo la mirada procaz y el llamado de los labios entreabiertos, carnosos. Sigo mi camino. Escucho un insulto y veo un gesto despreciativo; alguna que me ha visto pasar en ocasiones anteriores, y no entrar. Doblo y me interno en una callejuela. Desde una ventana en penumbra me solicita una voz de timbre ronco; me cogen un brazo, aprovechando un segundo de vacilación mía.

—Espérate. Voy a abrirte.

Murmuró una negativa, pero ya la mujer se ha precipitado a abrir. —Entra—dice, parada detrás de la puerta.

—No puedo.

—¡Entra! Aquí conversamos. —No puedo. No tengo plata. Sale del interior y me toma del brazo: —¡Entra, mijito!

—Te digo que no puedo. No tengo plata. —Me haces un cheque, si quieres.

—No tengo cheques, tampoco.
—¡Mentiroso!
—¡Te juro que no tengo!

Me desprendo con brusquedad y la mujer retrocede, con expresión dura. Agitado, emprendo viaje a mi casa, a paso rápido. Dos carabineros en la esquina me observan pasar indiferentes. Pronto estoy lejos del sector más concurrido. Contemplo un prostíbulo que funciona en un segundo piso; detrás de las ventanas iluminadas se escucha música, pero no se alcanza a divisar a la gente. Para que los llamados no se repitan, me disimulo detrás de un árbol. Después de un tiempo, sigo. Entro a calles solas, áridas, bordeadas de casas bajas y árboles miserables.

Domitila, en bata, con una mano en la cadera y un gesto de cansancio, arrastra los pies por el corredor.

—¿Mi mamá ya se acostó?

—Está durmiendo hace rato.

—¿Cómo estuvo?

—Bien—dice Domitila.

—¿No estuvo bebiendo?

—No dice Domitila—. Descubrí que había comprado una botella de pisco y se la escondí. Ni me preguntó por la botella.

—Está bien, entonces.

Antes de dormir, en la habitación oscura, pienso en los racimos de mujeres asomadas a las ventanas. Los vestidos se abren y surgen los pechos turgentes, los vientres redondos, marcados por la fatiga. Me hago la idea de levantarme y partir otra vez a buscarlas. Podría pagar con un cheque. Pienso después en la balsa, en el agua tranquila y engañosa, en tus chillidos. Avanzas en la oscuridad, en el traje de baño de entonces. Tus muslos duros, blancos, en contraste con la tela negra y elástica. La verdad, no voy a salir; prefiero hundirme en la cama y esperar que llegues. Pero no llegas nunca. Te demoras interminablemente en llegar. La otra noche entró mi madre, tartamudeando, fétida a alcohol, indignada contigo porque no vienes a visitarla nunca . "No es muy agradable venir a esta casa de visita", le dije, y soltó el llanto. Sollozaba y se estremecía entera. Me dio pena, pero tuve que expulsarla de la pieza para que me dejara dormir. En vez de dormir, permanecí con los ojos abiertos en la oscuridad, esperándote. Igual que ahora. A sabiendas de que no ibas a llegar, de que la oscuridad permaneceria idéntica, deshabitada, sin engendrar milagros.




jueves, 5 de marzo de 2009

Mujer, Frontera y Delito por Diamela Eltit

3/05/2009 09:24:00 p. m.

Mujer, Frontera y Delito

El crimen pasional cometido por mujeres ha recobrado actualidad con la publicación de un libro y de programas de televisión sobre el caso Ema Pinto; y recientemente la directora Jacqueline Roumeau ha anunciado un nuevo montaje teatral inspirado en los caos de Gabriela Lehman, María Carolina Geel y la misma Ema Pinto. En este ensayo, la autora analiza el texto publicado en 1956 por Geel, "Cárcel de Mujeres"

por Diamela Eltit

La pasión, como uno de los territorios en los que se confrontan los límites humanos, constituye una constante tras la que se articulan los materiales privilegiados del arte y particularmente de la literatura. La escritura que narra el drama sentimental inexplicable, artero, incontrolable ha sido magistralmente abordada en las obras principales que conforman el trazado de la literatura occidental. Ya con Edipo Rey y su irreversible sino trágico nos recorre la amplia gama de transgresiones familiares pensables y posibles, y desde allí se puede registrar la emergencia del sujeto en crisis -siempre ajeno y culpable a la vez- que se configuró como un espacio extremo al que podía arribar el relato literario.
... Precisamente por el poder simbólico que porta la literatura es que la última transgresión posible, como es la acción criminal, ha podido traspasar la barrera del legítimo horror que provoca una determinada realidad sin mediaciones, para reponerse en otra vertiente de legibilidad que otorga la ficción literaria, porque nos permite atisbar la parte dramática en la que se articula una determinada poética de las emociones.
... El sujeto femenino históricamente signado y consignado por la cultura como el sujeto de la pasión por excelencia, debido a la distancia con que la misma cultura la separó del pensamiento científico y de la conciencia racionalista del mundo, ha sido protagonista de innumerables secuencias pasionales, ligadas mayoritariamente al suicidio. Por otra parte, un número considerable de obras narrativas escritas por mujeres ha optado por hacer de su centro narrativo la sentimentalidad y allí el destino fatal de un amor imposibilitado de consolidarse.
... Quiero detenerme en un libro que se cierra sobre un único universo: mujer y delito. Cárcel de mujeres, publicado en 1956 por Editorial Zig-Zag en Santiago, es una obra de género incierto. A medio camino entre el testimonio, la autobiografía y la ficción, recoge la experiencia carcelaria de María Carolina Geel, escritora, mientras purga su condena por haber asesinado a su amante en el salón de té de un lujoso hotel santiaguino de la época. Este crimen pasó a formar parte de la historia de la crónica roja chilena por la espectacularidad pública con que se llevó a cabo y, muy especialmente, porque incriminaba a una renombrada escritora nacional. Con la publicación de Cárcel de mujeres, el delito cometido por María Carolina Geel alcanzó un nuevo formato y puso a su autora en el espacio mediador de la literatura, vale decir, el crimen se resguardó tras el prestigio editorial que le otorgaba el objeto libro, publicado por la editorial de mayor prestigio de su tiempo.

Un prólogo peculiar

Se trata, sin lugar a dudas, de un libro particular en varios sentidos. En primer término, habría que detenerse en el prólogo realizado por un influyente crítico chileno que ejerciera su labor desde el diario más poderoso y conservador del país, El Mercurio. Hernán Díaz Arrieta -Alone- alcanzó un enorme poder cultural desde la tribuna de El Mercurio, ya canonizando o desautorizando obras literarias, hasta transformarse en un juicio imprescindible a la hora de establecer jerarquías y valoraciones en el transcurrir de la literatura nacinal. Este es el mismo crítico que se encarga de prologar el libro Cárcel de mujeres y su gesto excede el mero trabajo de presentación para establecerse, en cierto modo, como protector o defensor no sólo de los materiales que el libro va a contener, sino especialmente avalando a su autora María Carolina Geel para reponerla en el estatuto de escritora, volviendo ambiguo y ficcional su acto criminal.
... Una lectura atenta a este prólogo, escrito en la década de 1950, por un crítico filiado al pensamiento conservador, va revelando la fascinación que a éste le produce la conexión entre crimen, escritura y cárcel. Subliminando el espacio carcelario, Alone vislumbra la reclusión como el sitio idílico para la producción literaria, cuando compara la situación de Geel con la de Oscar Wilde o Cervantes. Desde estas referencias, el crítico incita a la narradora reclusa a escribir, amparándose en ejemplos extraídos de la alta cultura europea: "Escriba, cuente, diga simplemente cuanto sepa; porque, aunque se trate de usted misma, usted no lo sabe todo".

... Apelando a un tono no exento de dramatismo, Alone se hace parte de la épica de María Carolina Geel en la cárcel y a su vez su propia épica radica en que esta escritora reclusa produzca un texto que recoja el "privilegio" de escribir en la cárcel, privilegio que corresponde al espacio ensoñado por Alone, así como su deseo de impulsar una obra carcelaria. De hecho, según el prólogo de Alone, él es el receptor primero de las páginas informes que luego van a dar origen al libro, libro dictado por el deseo de Aone o bien el libro como resultado de un pacto cultural entre el crítico y la escritora, para soslayar así la sanción social que provocara la transgresión misma del crimen.
... A medio camino entre la disquisición filosófica y la disposición de conceptos provenientes de la sicología, la presentación de Alone se empeña en aludir a la pluralidad que porta el sujeto, a ese remanente fatal e imprevisible que se aloja en uno de sus resquicios y que lo vuelve irresponsable de sus actos. En ese lugar de irresponsabilidad y de misterio ontológico ubica Alone a María Carolina Geel.
... Alone alude a un cierto "sonambulismo" (como lo tenue, lo ensoñado) que atraviesa al texto y a la vez, paradójicamente, le otorga al libro Cárcel de mujeres una lógica que estaría reñida con el caos de la locura criminal. Este prólogo excede la presentación tradicional en la medida que el crítico se pone en varios lugares a la vez. Desde la filosofía llega a la sicología hasta erigirse como el propulsor del texto mismo, un libro híbrido, escrito por el pedido epistolar de Alone, quien "convence" a la autora de la necesariedad de redimirse y así redimir el crimen por la escritura.
... Insiste el escritor del prólogo en que María Carolina Geel al asesinar al amante, en realidad se ocasionó su propia muerte, pues se retrotrajo hacia un lugar indeterminado de "senderos irreales, desprendida, entre calle y casas de fantasmagorías". Y entonces es a él a quien le corresponde actuar porque "los que permanecen vivos tienen esa obligación de tender la mano a quienes van hundiéndose, sin ánimo ya ni deseo de remontar el aire para respirar". Pero por la posición del prólogo que forma parte concretamente del libro, el crítico es un participante de la cárcel de mujeres, se introduce en el espacio del delito y de lo convencional femenino, ya como poder masculino o bien como una palabra sentimentalizada que lo transforma, en el interior del libro, en un femenino más.
El poder de la escritura
... Luego, aparece la voz híbrida de la naradora, una voz que rehúsa darse un nombre y que se va a abocar a dos tareas: por una parte a describir a las mujeres internas de la cárcel y, por otra, en una aguda tarea diferenciadora, a ubicarse a sí misma como aquella atrapada desde siempre en el interior de la cárcel de su propia mente.
... El libro no pasa por el espacio previsible de la confesión y el arrepentimiento para llegar al perdón por su falta. De hecho el texto evade de manera sistemática la palabra "asesinato". Se trata más bien de instalar el poder de la escritura como arma y estrategia para obtener un determinado salvamento social.
... La voz de la protagonista del relato va a revelar su carácter letrado en el interior de uno de los espacios más frecuentados por el sujeto subordinado, como es el espacio carcelario que congrega a las delincuentes comunes. Contra la arreflexividad con la que convencionalmente se define lo lumpen, en cuanto a zona de pulsiones y de rencores, surge esta voz dotada de saberes, de éticas y estéticas, para organizar así una interioridad violentamente diversa a los seres que pueblan su entorno.
... La diferencia, desde luego, radica en la escritura, en el poder total que le otorga el construir un sujeto que se dota de una subjetividad plena, mientras escribe a las otras desde una mirada externa y premeditadamente superficial. Así, la protagonista se organiza dualmente no sólo en cuanto narradora del relato, sino además por la distancia conceptual que la separa del resto de las asiladas: un microespacio recorrido por rateras, prostitutas, alcohólicas, cuyo hacer o mal hacer es idéntico a su ser, puesto que de cada personaje se extrae una identidad burda y tosca que la va ratificando en un lugar social fijo y subordinado.

La ficción del convento

Pero más allá de las estrategias textuales, la cárcel constituye un lugar de iniciación para la narradora. Iniciación múltiple y compleja, pues la protagonista, escindida, experimenta la cárcel como material de escritura, a partir de su observación de las demás, y por su posición social -ella está en una sección especial del reclusorio, el pensionado- puede escoger, a su vez, la autoexclusión que le permite aislarse de la convivecia diaria con las otras prisioneras. Habita así en una especie de cárcel dentro de la cárcel y este juego de reclusiones le permite una ficción del encierro que resulta más afín a la experiencia conventual que a la relidad carcelaria.
... No obstante, es a partir de esta ficción del convento donde se permuta la cárcel por el claustro. Un claustro desde donde atisba el mundo degradado de las mujeres de la cárcel. Una degradación que pasa a formar parte de su propio proceso de expiación, que consiste en la obligación a observar este universo impuro e imperfecto que le recuerda la dimensión del delito que la lleva a esta experiencia.
... No es la reclusión el síntoma que provoca más angustia en la narradora, sino tener que coexistir, aun en la distancia, con las otras desde sí misma, las delincuentes que, anecdotizadas y caricaturizadas por la narradora, se vuelven figuras monstruosas no en tanto representantes del "mal", en el sentido más sagrado del término, sino por el carácter de inferioridad psíquica y social que la escritura va demarcando.
... De esta manera se establece con fuerza la óptica burguesa centrada en el clasismo y en la calidad de una determinada interioridad. El femenino que la obra construye radica en la sensibilidad extrema, en la extrema discreción y aun en la inteligencia de ir asumiendo el nuevo contexto precisamente para construir la integridad del propio texto. La cuota de horror que le provocan los nuevos saberes que la cárcel va entregando es vivida con serenidad y hasta comprensión de los nuevos hábitos. Una fina ironía recorre la escritura cuando describe a las otras, donde la gran paradoja parece ser el drama de enfrentarse, aun en su oblicuidad, a seres dotados de una moral rudimentaria. La gran épica que atraviesa el libro es entonces el castigo de permanecer junto a lo más excedencial que convoca el sujeto femenino.
... El alter ego de la narradora lo va a constituir la figura de la monja, pues el reclusorio es manejado por la congregación religiosa del Buen Pastor. Las monjas son descritas como "mujeres que deben acorazar sus pudores y la finura de sus costumbres, de raigambre aristocrática, frente a las otras, para cuya gran mayoría no hay más ley que la violencia,ni más principio que el deseo".
... Dentro de este grupo de religiosas, la narradora encuentra su paridad en la madre Anunciación, quien intenta introducir a la protagonista en el amor a Cristo. Pero, más allá de la imposibilidad de un encuentro con Dios, porque es agnóstica, la protagonista ve en la monja un "espíritu" semejante al suyo en tanto víctima de las otras mujeres de la cárcel. La protagonista se detiene en el sacrificio de la monja -donde lo sacrificado es el halo aristocrático- para donarlo al servicio "sin tregua con seres que la vida situó exactamente en el cabo opuesto de los mandatos morales".
... De esta manera, se configura una alianza entre la reclusa y la monja. La monja en la cárcel tiene una doble función: se presenta como la redentora moral a través del catolicismo, pero también es la encargada de que se cumplan las leyes penitenciarias. Desde un doble poder sagrado y civil, la monja encarna la ley de Dios y los códigos de justicia cuando se convierte en la carcelera. Así la monja, subordinada al poder masculino, se hace la representante de ese poder ante el universo de mujeres que caen bajo su estricta vigilancia. La protagonista se alía a esa figura subordinada a los poderes centrales, pero que aun en su subordinación se erige en la figura dominante del espacio de la cárcel.
... De esta manera, la protagonista se territorializa junto a la monja y esta ubicación no está conectada con la religiosidad, puesto que no es creyente, sino más bien se trata de una idéntica relación con el poder que es el de la clase. En ese sentido, su formación dentro de la más estricta cultura burguesa le permite organizarse detrás de una actitud que bordea el misticismo cuando opta por aislarse en su propio claustro del pensamiento. Pero esta mísica que atraviesa el libro -su doble retiro de la cárcel a la ficción del claustro- mantiene fuertes nexos con lo profano.

Un panóptico

La protagonista, doble o triplemente aislada, conserva sin embargo una visión controladora sobre los sujetos femeninos que pueblan la cárcel. Su mirada se transforma en un panóptico (siguiendo el pensamiento de Michel Foucault en su obra Vigilar y castigar) cuando su mirada se hace un foco poderoso y omnipotente que observa los cuerpos prisioneros incesantemente sin que a su vez sea vista por nadie. Una visión que controla, clasifica y captura los cuerpos de las mujeres para repenalizarlos en un juicio permanente que se produce dentro del recinto.
... La simetría de la mirada le permite lo que la ley no le permite: juzgar sin ser juzgada. Su cuerpo no circula, se confina como haría una novicia, para observar como si estuviese detrás de una tupida reja las formas que caracterizan a la mujer de la cárcel. Esta mujer carcelaria va a transformarse en su material de escritura, en el texto que legitima la penuria de la cárcel. Quebrando el estatuto tradicional, no es la carcelera la figura estigmatizada a lo largo del relato, sino la de sus compañeras delincuentes, no por la dimensión de sus delitos, sino por la degradación psíquica y moral que las recorre de acuerdo con la mirada censora y persecutoria de la narradora.

Pudor y represión

... Desde luego, esta degradación está ligada a la sexualidad, una sexualidad que constituye la real iniciación de la protagonista en la cárcel. La homosexualidad recorre los cuerpos de las prisioneras y sumerge a la protagonista en la angustia de este nuevo saber. A pesar de que entiende el lesbianismo no como una opción, sino en tanto perversión que otorga una especie de sobrevivencia afectiva frente a la realidad carcelaria, la narradora establece un sello moral, como cuando después de escuchar una conversación erótica entre dos reclusas reflexiona: "Oprimí con violecia mis manos contra mis oídos... Por qué en el mundo hay sujetos que se ponen a sufrir por lo que a otros les es connatural".
... No quiere oír pero escucha, no quiere ver pero se estructura en la mirada. Más allá de lo que el texto explicita, existe en la protagonista una aguda curiosidad, un afán por enterarse de todo lo que ocurre en el penal, siempre resguardada de la mirada de las otras. Pero los nuevos saberes corresponden mayoritariamente a la esfera de la transgresión sexual con los modelos dominantes. Una sexualidad que a la protagonista la hiere por descarnada y que se transforma en el terror a la sexualidad propia : "... de súbito me llegó el golpe que me hirío a lo largo de toda mi vida: la mujer relataba un hecho sexual".
... Pudor y represión se funden en el relato para dar origen a la conjetura acerca de la homosexualidad latente de la protagonista. Efectivamente, cuando atisba, escucha, supone palabras o actos sexuales, la protagonista, de manera evasiva, muestra el recorrido de su propio deseo escondido detrás de su deseo manifiesto de "timidez, huida de la vulgaridad, temor del hombre, anhelo de un aticismo que no hallé jamás. Soledad".
... Es el temor al hombre y a la vulgaridad (la del hombre) lo que la lleva a refugiarse en el terreno pagano de la cárcel de mujeres, como si para llegar al espacio puramente femenino hubiera requerido del crimen como corte radical. Una cárcel signada y consignada por la evidencia explícita de la pulsión lésbica que al escribirse, al darle un nombre, se constituye en una forma de consumación. Pero darle nombre y forma implica a su vez degradar su propio deseo, dejar fluir la materia lésbica a partir del cuerpo otro de sí misma, a esa parte suya que el crítico, Alone, señala sabiamente: "aunque se trate de usted misma, usted no lo sabe todo".
... La homosexualidad va a ser la licencia que la cárcel permite una vez que las normativas sociales ya están transgredidas. Desde el centro mismo de la práctica homosexual, la narradora evoca al hombre que la llevó hasta el crimen. De manera reiterada, la protagonista insiste en la necesidad de aislamiento con la vida cotidiana que requirió a lo largo de su vida, y cómo el amante era el único nexo que le permitía una comunicación con el afuera. Pero la necesidad de aislarse no se debe a la timidez o al misticismo, sino que radica en que el afuera o la realidad es vista como un mundo mediocre, una realidad apenas soportada porque su transcurso carece de elegancia y de profundidad. El amante entonces forma parte de esa mediocridad, se hace el representante del afuera, se constituye en el hilo conector con la vida y de esa manera ella se sostiene en él, con la franja de mensoprecio que rodea a lo que se considera débil: "... y yo, sin percatarme, puse ilusión en la legitimidad de la ilusión de él, es decir, de esa inferioridad suya que en cierta forma lo hacía superior al mundo demoniáco de la inteligencia".

Un móvil difuso

... La inferioridad del amante, no inteligente, posiblemente no de clase, es tolerada mientras se respete el pacto que los convoca. Pero el pacto se rompe, cuando el amante, casado, queda viudo y, según la narradora, la solicita en matrimonio al que ella se niega, una vez más movilizada por "la espantosa miseria moral que el matrimonio logra infiltrar en los seres". A pesar de reconocer que el amante se iba a casar con una mujer joven, hecho que según la protagonista ignoraba, su relato descarta como movil este crucial acontecimiento, como si la pasión y los celos formaran parte de la indignidad del mundo al cual se rehúsa a sumarse.
... Cuando se niega a reconocer los celos como motivación del crimen -porque se vería envuelta en la órbita del conocido y común crimen pasional- las razones se vuelven ambiguas, difusas. Y en el interior de esta ambigüedad se teje la posibilidad de la fatalidad del destino, de un algo ya predeterminado y del cual los dos serían participantes. Entonces, el crimen se trataría de un acto compartido entre víctima y victimario, ya presagiado desde el encuentro cuando él la acompaña a comprar una pistola, hecho que marca el inicio de la relación entre ambos.
... La pistola triangula la relación; él elige acompañarla en su búsqueda para comprar un arma entre 400 hombres que trabajan con ella. Este hecho augural, teñido de elementos mágicos, va a formar parte del convencimiento de que el amante es el agente de su propia muerte, que ella no hace sino obedecer su deseo y en ese sentido es que se invierten los papeles, pues la frágil barrera entre víctima y victimarios se vuelve intercambiable. Pese a que no se concreta la primera compra, aunque en esa primera salida no se cumple el objetivo de la pistola, si da origen a una relación amorosa entre ellos en donde la pistola va a ser diferida para otro momento, cuando, sin razones aparentes, más que una vaga, buscada ruptura, se precipita el instante del disparo y junto con el disparo se concretiza el deseo antiguo de reclusión de la protagonista, ese deseo de pasar inadvertida.
... Pero para hacerlo, paradójicamente, necesita del escándalo y de la publicidad, requiere enfrentarse al juicio que le resulta siempre mediocre de los demás, para escribir en la cárcel el texto de la otra reclusa, de aquella movilizada por pasiones descontroladas y así borrar el descontrol propio, su propia pulsión criminal, esa masa de sentimientos humanos que no es capaz de reconocer que la habitan, ni menos de integrarlos balanceadamente a su estructura.
... Entonces, Cárcel de mujeres es el resultado de una experiencia radical, pero es también una operación desinada a escamotear las aristas que la narradora decide sortear. Sin embargo, la escritura como una práctica que se caracteriza por la ambigüedad que portan sus signos deja entrever, con relativa facilidad, las fragilidades en la construcción del relato que emprende. Allí se filtra la dirección de un ojo voyerista que, en el centro de la descalificación, deja transcurrir la dimensión del deseo del encuentro con esa mujer que le resulta despreciable porque, quizás, es su propio deseo homosexual lo que desprecia y por eso se encarniza no en la legitimidad de la diferencia, sino en el relato de una obstinada desigualdad. Esta política -digamos- reacconaria de la mirada se hace análoga a un determinado manejo de la memoria. Una memoria que está imposibilitada de reconocerse en el abandono y los celos como causa del crimen para politizar estas causas en tanto causa histórica femenina y develarlas como productos de una tecnología sabia y monotonamente inoculada por los sistemas dominantes. En cambio, la narradora más bien utiliza una vaga filosofía para enaltecerse y evadirse así del estallido de la pasión a la que la conduce su historizado, histerizado crimen pasional.



Del libro "Emergencias: escritos, sobre literatura, arte y política". Planeta/Ariel, 2000. María Carolina Geel es el seudónimo de Georgina Silva Jiménez, autora además de "Huida", 1961, "José o el Pequeño Arquitecto", (1956); "Soñaba y Amaba el Adolescente Perces" (1949). "Cárcel de Mujeres" ha sido recientemente reeditado por Editorial Cuarto Propio. La autora cita en el texto la tercera edición de Zig-Zag, de 1956.
en Artes y Letras de El Mercurio 9 de julio 2000.



miércoles, 4 de marzo de 2009

Germán Marín: Sacando viruta

3/04/2009 10:56:00 p. m.

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Sacando viruta
Cuento

Garmán Marín (Tomado de Historias de Mentes)


..... Esa mañana esperaba tranquilo la jornada en casa, al margen de las preocupaciones de la calle, dispuesto a continuar la novela que, casi a diario, escribía sin apuro de forma manuscrita. Una cuartilla al término de trabajo me dejaba satisfecho, aunque la cantidad no era excesiva, lo cual distaba de preocuparme pues más que nada me interesaba el proceso, la generación misma de inventar. El brillo del verano todavía estaba presente tras la ventana, pero si observaba el cielo con alguna detención, se advertía para mi desánimo como empezaba, siendo aún mediados de marzo, a formarse una densa niebla de esmog, cada vez más extensa, que persistía durante meses. Recordaba que el contorno nunca me había influido, ni siquiera cuando paraba en Buenos Aires en unas melancólicas piezas de hotel cuyas vistas daban casi siempre a patios interiores. No obstante hoy ese estado de ánimo era distinto debido quizás a la edad. En cualquier caso, gozaba todavía esa mañana de la posibilidad de contemplar los árboles de las casas vecinas, cargados de unas hojas que, frente al próximo cambio de estación, resultaban cada vez menos verdes y tiernas. Sin embargo, resplandecían bajo el sol, translúcidas aún. Esos momentos antes de sentarme a trabajar me provocaban cierta inquietud pues, a pesar de acmpañarme el deseo de retomar la escritura, algo extraño, torvo, me susurraba que dentro de un instante comprobaría que las palabras se habían secado en mí. No tendría nada más que decir, echado a este lado estéril de la vida, si es que alguna vez había poseído aquel don. El silencio que me rodeaba solo era interrumpido apagadamente por el ruido que venía del edificio en construcción a la vuelta de casa, en la cale Matilde Salamanca, pues acostumbrado desde meses a escuchar esos golpes monocordes y grises no hacía caso de ellos, como tampoco de la música populachera de una radio que, más o menos a esa hora, sintonizaba alguien del barrio. En fin. Empero respiraba satisfecho ese día a mitad de mañana, libre de todo compromiso laboral, sin obigación de salir a aturdirme, donde sentía cada vez con más fuerza el rechazo que me causaba Santiago. Evitaba incluso los cafés que me resultaban familiares ya que, aparte de considerarlos tediosos, de mal servicio al cliente, me topaba con unos grupillos de la movida que prefería eludir pues, al tanto de sus vidas, repetían las mismas monsergas. En consecuencia era mejor seguir de largo a casa, donde nadie me provocaría la ansiedad de preguntarme algo, de invadirme con su presencia inoportuna. El llamado telefónico interrumpió el soliloquio en que estaba sumido frente a la ventana y, a decir verdad, no solo representó cortarme el hilo de aquel momento de introspección sino que condujo principalmente a crearme un desordenado ovillo que, como se verá, no desenredé a través de las semanas. Todo se debió a una ligereza mía motivada por el imprevisto de ese llamado telefónico que nadie me obligaba a contestar. El representante de la Editorial Alfaguara, un señor Sandoval de quien no sabía nada, me expresó luego de las formalidades, quizá con algo de timidez, el interés de que participara en una antología literaria en preparación, dedicada por lo que entendí a ilustrar diversas enfermedades mentales. Fue así como pensé en los casos de Nietzsche, de Artaud, en un repaso a los mitos que admiraba. Me habló de una fobia social que podía desarrollar, agregándome que, para una mejor información acerca de esta, tomara contacto con el doctor Patricio Olivos mientras yo decía cómo no, claro, sin atreverme a dar una respuesta negativa, él me documentaría ampliamente en una charla en su consultorio. En seguida se refirió cada vez más seguro de sí mismo, a causa tal vez de mi retracción, luego de señalarme los honorarios por derecho de autor, que debía entregar el cuento hacia el 30 del mes siguiente. Le queda tiempo me acotó la persona, de quien conocía solo la voz, pero que, a través del diálogo, empezaba a imaginar su persona. Cuando colgué el teléfono advertí que, aparte de haber dicho que sí contra mi voluntad, deseoso de ponerle término a la conversación, sentía en la boca una sequedad como si hubiera cruzado el desierto. Había asumido un compromiso que podía llevar a un desenlace humillante, a una página en blanco digamos, porque nunca había escrito por encargo acerca de un tema determinado. Tranquilo como estaba esa mañana de marzo, dispuesto a proseguir en la escritura de la novela, de pronto había sido conducido a algo ajeno, distante, que me exponía por el pedido a un juicio personal. Bajo el propósito de superar la interrupción indeseada, abrí el cuaderno escolar de líneas cuadriculadas donde pacientemente, aislado del mundo en un pequeño departamento, pergueñaba de a poco el original titulado Cartago de manera provisoria. Tras intentar engancharme en este, después de consumir un segundo o tercer cigarrillo, advertí que la molestia se colaba en mi inetrior y que, no obstante el propósito de rechazarla, se adhería pegajosamente al recordarme el cometido a efectuar. Siempre he sido un tanto obsesivo al grado de que, mientras pensaba en dicha persona desconocida, empecé a construir un retrato de esta, gravitante como ya se observará. Está demás que lo esboce en el marco de una fotorafía pues, aparte del ceño entrejunto que imaginé en el posible rostro de aquel señor Sandoval, semejante por su anonimato al de cualquier mortal que divisara por la calle, exhibía un gesto desdeñoso fácil también de encontrar frente a uno en la vida diaria, debido a lo cual esos rasgos inventados me hacían identificarlo, pero, a la vez, volver conjeturable su imagen, tornadiza en la otra punta de la línea telefónica, como fue agregarle por momentos una tibia sonrisa que veía amarilla. Ahora bien. Molesto conmigo mismo bajo el efecto de la interrupción, la mañana transcurrió lentamente frente a la ventana, prosiguiendo hasta donde podía con el original de la novela al escurrirse lo que pretendía fijar, aunque esto no era una novedad. A veces me sucedía en unos raros desplazamientos. El mal sabor del imprevisto se diluyó durante el día hasta solo constituir algo así como un hilo de tabaco en los labios que despedí sin darme cuenta. A esa jornada en casa vino la siguiente, dedicada afuera a diversos trajines algunos postergados, entre los cuales, si hago memoria, debía asistir a última hora a un acto social ineludible organizado por una sociedad de beneficiencia, lleno de gente el salón de fiesta del que salí ahogado escapando a la primera. Dichas reuniones, formadas de pequeños grupos, me hacen daño, pues aunque reconozca a algunos invitados me siento intimidado, evitando acercarme. Fue así como quedó atrás el llamado del señor Sandoval al olvidarme por completo de él, arrinconándolo en la oscuridad a medida que pasaban los días, envuelto en la preocupación de mis cosas cuyos altibajos me resultaban sabidos, aun cuando a diferencia del lapso de la semana anterior, la vida tendía ahora, no sé por qué, a transcurrir de un modo más fácil, incluso más placentero, debido tal vez a la presencia de Mónica. Había regresado a Chile hacía poco tiempo y, alojada en casa de una prima, me juntaba con ella llevándola a visitar, gracias a las tardes aún gratas, levemente tibias y rosadas, los viejos lugares de antaño tales como el Parque Cousiño. La ciudad le resultaba casi desconocida al volver después de treinta años y prefería, como me indicara, caminar por donde latían los recuerdos de su adolescencia, pues el otro Santiago, modificado o desarrollado durante esta ausencia, la hacía sentirse extranjera. Mónica me agregaría que los años pasados en Bélgica sin acontecimientos, en blanco de pronto, le parecían robados de su vida. A esta altura de los hechos cabe destacar que cierta noche, luego de ir a dejar a Mónica, tuve un sueño digamos más bien ridículo, aunque a la vez inquietante, que, entre otros aspectos, me trajo la posible imagen del señor Sandoval, quien estaba bajo el dintel de una puerta que daba aparentemente a cierto patio de colegio, custodiado desde arriba por unas garitas de vigilantes. Yo permanecía en una larga cola a la espera de entrar a clases. Más que sorprenderme la austera presencia de este, dedicado como inspector a controlar el orden, me llamaba la atención aparecer confundido en medio del grupo de escolares, a mi vuelta al colegio según deducía de la escena que soñaba. Seguido por esa mirada acusadora a la que rehuía, avanzaba paso a paso encadenado por la vergüenza, pues regresar a ese comienzo de la vida significaba muchas cosas, entre otras la impostura mantenida como adulto y no digamos como escritor. El patio desolado cubierto de grava, semejante al que llamaban La Siberia en el Internado Barros Arana, donde había sido alumno, se divisaba envuelto en la niebla de un día de invierno, emanado al parecer de muchos años atrás. Fue un alivio despertar de esa angustia, volver a mí mismo sin el peso del fracaso, en que junto con sentirme un anciano irremediable en esa fila de colegiales me sentía ridículo, casi obsceno, ya que no podía contener cierto temblor que acusaban las manos. El aspecto que la pesadilla dejaría como recuerdo era la intranquilidad de haber asomado la figura de aquel señor Sandoval, a quien yo considerara desterrado de mis preocupaciones. Ahora a la luz del día tenía presente otra vez, sino la persistencia de su mirada en la helada galería del patio, al menos la voz por el teléfono que, sin decir mucho, había logrado comprometerme en algo que estaba lejos de los propósitos que me guiaban. Él constituía el prójimo desconocido al que no deseaba acercarme. Puestas así las cosas me di cuenta de que, si algo debía escribir para sacarme de encima la molestia del encargo, podía ser el relato de aquel sueño tenido hacía pocas noches a fin de demostrar, de cara al tema del libro, que a mí también me zumbaba algo. Redacté el texto con mayores o menores detalles y le puse como título Sacando viruta, expresión acerca de quien arranca. Sobre todo me preocupé de reseñar el secreto, obvio cuando desperté, entre la mirada acusatoria del señor Sandoval y la confusión que me embargaba, dispuesto a desaparecer de la fila que avanzaba de manera irremediable hacia la puerta. Dudoso del resultado literario, abandoné las cuartillas en un cajón del escritorio, dispuesto a olvidarme de estas ya que, como además pensaba, solo eran cristalizaciones de un mal sueño, residuos de una noche dejada a la zaga. Como advertía cada mañana a través de la ventana, adonde dirigía mi mirada para constatar el giro de la rueda de la vida, el otoño avanzaba en una progresiva opacidad asomando los primeros grises de la extinción. Sin embargo, no había podido hasta ese instante borrar de la mente a quien me llamara por teléfono, preocupado de la incapacidad de zafarme de él, pastoso como sentía su recuerdo a pesar de las semanas, pronto a cumplirse el plazo que había determinado para que entregara el dichoso cuento. Seguro de que este tal cual quedara no llegaría a sus manos, decidí escribir algo más amplio que por caso recogiera la vigilia existente hasta ahí pues, aun cuando deseara hacerlo invisible, aquel señor Sandoval proseguía siendo real y, en los próximos días, debería conocerlo en persona en su oficina. No me sería fácil luego de todo lo ocurrido.



Santiago, 27 de abril de 2001




martes, 3 de marzo de 2009

Balance de las lecturas y diálogo poético: La noche de las letras sagradas.

3/03/2009 03:13:00 p. m.

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El pasado sábado 28 de febrero se realizó en la Casa del Arte, Baquedano esquina con Sotomayor, un recital poético y diálogo en torno a temas que conciernen a los escritores de la región. La actividad fue motivada por el grupo literario MAL y La revista Digital Cinosargo. Afortunada o desafortunadamente titulada para algunos, La noche de las Letras Sagradas, la actividad contó además, en materia de difusión nacional, con el apoyo del movimiento Descentalización Poética. El objetivo de la reunión era generar un espacio de lectura y diálogo en torno a las propuestas de los autores independientes y agrupaciones literarias del norte grande, específicamente enfocado en la producción poética de la XV región.

La actividad pretendía establecer una comunicación abierta y fluida que comprometiese activamente al público y a los mismos creadores, interviniendo su percepción con respecto al proceso escritural y la comunicación que establecen con el texto, consigo mismos y sus eventuales lectores.

Además de lo estrictamente creativo y la muestra, presente a través de la hora y media de lectura en que más de 20 autores entregaron una breve exposición de sus trabajos con dos o tres poemas por declamador, la conversación se extendió desde las veinte horas hasta cerca de las veintitrés treinta, arguyendo como principales tópicos, la proyección de sus letras, el legado posible de cada una de sus creaciones, el tema de difusión, las consabidas diferencias, expectativas u oposición con la capital, y la falta de interés o distanciamiento de las políticas locales frente al quehacer literario y desde luego, la creciente e inminente necesidad de una editorial.

En definitiva la velada tuvo como principal logro congregar a una variada generación de escritores, desde poetas que bordean los veinte años hasta escritores que superan los sesenta, asimismo se destaca el que estos pudieran en algunos casos conocerse y confrontar voces. Que aquellos que han desarrollado un trabajo por años se reconozcan ante creadores noveles, que con mayor o menor consecuencia y compromiso, han asumido la literatura desde una dirección diametralmente opuesta. Lo primero que salta a la vista, independiente de la edad y las invocadas trayectorias, es la diferencia de estilo, prolijidad en los trabajos, nivel de autocrítica, experimentación y la consciencia de riesgo en lo creativo, necesaria para una apertura tanto en lo que concierne a la exploración y edificación de una voz como a la posibilidad de afrontar los cambios en materia de producción editorial, publicación y difusión, afectada hoy en día por los medios de masas y digitales.

Lo que queda en claro es una noción agonal y de abierta ruptura.


Pues la muestra propuso lecturas, visiones e inquietudes disímiles, lo cual es provechoso y saludable como diagnostico del estado de salud de la literatura en nuestras fronteras. Ello, en la medida que se nota ante cierta línea de producción, considerada por algunos agotada, un salto y necesidad de desterritorializar la poesía, abandonar ciertos feudos seguros y arcaizantes, tanto en la forma como diseño textual, esta última parte es la que más se extraña pues en lugar de reflexionar y analizar el proceso y las estrategias del autor, se siguen invocando a las musas, a la poesía como instrumento del bien común y la cantaleta de denuncia y reprobación moral, como si la poesía acabase en el yo y la mera sensibilidad.

Lo que indefectiblemente en la instancia final del debate, derivo a las acostumbradas preguntas retóricas acerca del ¿por qué se escribe?, relativización de cualquier objetivo a corto plazo y a las usuales polarizaciones y sectarismos que son necesarios de superar para lograr fundamentalmente, un progreso en cuanto a gestión y giro en la percepción que se tiene en nuestra ciudad con respecto a la poesía, especialmente por parte de los jóvenes lectores o lectores en formación; si es que en verdad, podemos convenir, que hay una percepción real de la existencia de una literatura local.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en Trinidad de las cuatro esquinas


lunes, 2 de marzo de 2009

Monumental cobertura de los medios a encuentro poético la noche de las letras sagradas

3/02/2009 09:43:00 p. m.

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Nota original de la Estrella de Ariaka que goza de algunas peculiaridades, pues no es la primera actividad organizada por MAL y Cinosargo en la ciudad. En cuanto al número de lecturas, esta fue mayor a 20 y con un abismo de diferencias en cuanto a estilo, riesgo en las propuestas, prolijidad de los textos, etc (subiremos los videos a la brevedad), y aunque sí existió una brecha generacional bastante marcada entre los participes, no hubo tanto amor como señala la nota, sino algo de tensión, diálogo, debate, ensimismamiento, abulia, un par de alusiones a la autofelación, risas, su cuota de Neruda llanto, sangre... En cuanto a los temas de las obras, faltó señalar la crisis en la exportación de aceitunas de Azapa, el proyecto de parque acuático de Sankán, los patos yecos, al lapicera bic de lady becerra y los poemas cinéfilos dedicados al programa de nuestro querido y exquisito cine Colón. Finalmente el cierre del artículo suena como al aludido plan maestro que alguien propuso, de construir un nuevo Matarangui e irnos via marítima a Santiago, recitando en conjunto y tomados de la mano las coplas de Jorge Manrique.


domingo, 1 de marzo de 2009

Hacia una interpretación Lihn-güística de: Entre Caín y Abel

3/01/2009 11:42:00 p. m.

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El cuento entre Caín y Abel publicado en la colección La República Independiente de Miranda" editada por Sudamericana en el año 89 nos presenta como posible lectura, una historia o más bien un testimonio emanado del interior de una mente atiborrada, profusa y lúcidamente crítica cuyo discurso está compuesto por una serie de intertextos cruzados que procuran generar dentro de la unidad del relato, gracias a sus estrategias transtextuales, recursos polifónicos (multiplicidad de voces) e ironía, una condición de descreimiento, fragmentación, y desacralización del mito en general. En otras palabras, el autor, valiéndose del lenguaje busca desde la propia literatura y narrativa (dos de los mayores mitos humanos) combatir, la noción de totalidad, integración y autonomía idéntica a si misma, que todo texto pueda tener.

Para comprender esto de mejor manera, vale la pena señalar lo que Barthes entiende por intertexto:

La intertextualidad en la que está inserto todo texto, ya que él mismo es el entretexto de otro texto, no debe confundirse con ningún origen del texto: buscar las 'fuentes', las 'influencias' de una obra es satisfacer el mito de la filiación, las citas que forman un texto son anónimas, ilocalizables y, no obstante, ya leídas antes: son citas sin entrecomillado. (El susurro del lenguaje. "De la obra al texto")

Esta noción del teórico francés debemos relacionarla además con la concepción que en su teoría, tiene el sujeto, visto también como un texto, como realidad atravesada por una multiplicidad de discursos, los cuales se confrontarán en la interpretación, con las voces no menos disímiles que subyacen en el relato: (...) yo no es un sujeto inocente, anterior al texto, que lo use luego como un objeto por desmontar o un lugar por investir Ese 'yo' que se aproxima al texto es ya una pluralidad de otros textos, de códigos infinitos, o más exactamente perdidos (cuyo origen se pierde).

Esto sin duda afecta al fenómeno mismo de lectura-escritura, pues no estamos ante textos como códices irrestrictos y cerrados sino ante verdaderos mundos posibles y complejos que se actualizarán de acuerdo a un proceso que tiene una variedad de filtros y cristalizaciones, lo cual no es menor pues refuerza la tarea activa del lector y hace imposible apelar a un criterio tajante que por autoridad, sustente una mejor lectura o teoría. Barthes agrega al respecto que el valor de una lectura está por verse. Por su parte Lihn, como sujeto ultra-consciente, como intelectual que combate sus propios razonamientos y su rol como creador, debatiendo en sus páginas el proceso de escribir y asimismo el poder ambiguo y tantas veces reduccionista de la palabra. Se pregunta: ¿Cómo esta afecta su identidad y la de los otros?, ¿Cómo se desdobla su persona y cómo cada texto, poema o narración, en su calidad de ficción crónica testimonial, dialécticamente atrapa una porción de vida, un lugar, una imagen, y a su vez nos re-escribe, desterritorializa o diluye? Al respecto, Roberto Bolaño en un artículo titulado “Unas pocas palabras para Enrique Lihn” señaló sobre su compañero escritor y su voz; lo siguiente:

Esa voz, sin embargo, no sale del infierno, ni de las profecías milenaristas, ni siquiera de un ego profético, sino que es la voz del ciudadano ilustrado, un ciudadano que espera llegar a la modernidad o que es resignadamente moderno.

Enrique Lihn asume con integridad su condición de ser pensante, ello lo lleva a cuestionar hasta el hartazgo y con un pesimismo no de fatalidad, sino de urgente lucidez, su época, el mundo, su propia existencia; la realidad en su completa dimensión. Lihn es por antonomasia, un gran desmitificador. Ello lo ubica en una posición inusual en las letras de América y sobre todo en Chile, al punto que incluso hoy; resulta una figura de capital extrañeza frente al ordinario interés de los escribidores que ponderan como feudo seguro y sustentador de su formula, el exponer y destilar vivencias, lugares y personajes. Un imperar de tópicos y comunes asentamientos por encima de siquiera una ligerísima exploración e inmersión en los avatares del mismo acto creativo. Suerte de obsesión meta-literaria que en lo absoluto se sustrae de la vida de forma burguesa y auto contemplativa sino que por el contrario, somete al universo en su completitud, bajo una óptica cínica conjugando con hondura diseño, trama y diégesis en un verdadero desafió al lector y por sobre todo, como un reto para el creador y su quehacer cual último interprete y decodificador de lo que se entiende por verdad. Así lo demuestra el cuento “Entre Caín y Abel”, cruzando toda superficialidad y petrificación.

En el relato, Lihn alude no sólo a la historia clásica de fratricidio sino también a otras parábolas, narraciones interconectadas como la que atañe a la expulsión y exilio del paraíso. En concreto, al génesis y nacimiento posterior de la utopía, concepto platónico y símbolo de un lugar idílico que la mente humana enarbola desde la caída de Adán y Eva.

Vivo a empavorecida distancia de las ruinas del paraíso. Este se convirtió, obvio es decirlo, en el lugar que no hay.

El autor chileno se refiere al surgimiento del ideal, Arcadia que hasta el día de hoy, el hombre sostiene hacia aquel espacio que no existe, el no lugar que nos persigue en los más secretos anhelos y febriles delirios producto de la razón. Pues la causa directa y recriminada por el mismo narrador a sus padres, es la tentación sufrida por los llamados progenitores de la especie y que les condujo indefectiblemente a morder del árbol de la ciencia. En definitiva, la pérdida de la pureza en Adán y Eva; creó la “muerte” esa nada que tanto inquieta al autor, y a la cual suele robar ciertos secretos con su oficio de escritor, en cuanto a Caín, al atentar este contra su hermano dio sustento al crimen.

El primer párrafo del texto exalta literalmente estos correlatos del alejamiento de la gracia y perfección divina, de esta forma y apoyado en el título, la narración nos contextualiza nos remite a los mitos bíblicos: Desde que mis padres inventaron la muerte y yo el crimen, no ha pasado una eternidad: ha pasado, en poco tiempo, cientos de años Sin embargo, rápidamente Lihn da rienda a su juego de desmitificación al plantearnos la atmósfera en que verdaderamente discurre la historia y discurso de Caín, no cualquier Caín sino Caín González de la Sota cuyo espacio vital es propio de un hombre moderno, ligado en gran medida a los cuestionamientos de un intelectual errabundo y cosmopolita de paso por los Estados Unidos. La alusión a calles, universidades y el empleo de ciertos extranjerismos, nos remontan a la poesía que el autor presenta en A Partir de Manhattan y otros libros de su autoría como Pena de extrañamiento.

A la re-interpretación de los mitos hay que agregar, aún dentro de la esfera familiar del personaje, la relación afectiva que sostiene con sus progenitores, nexo que se orienta en un sentido Edípico. Lihn congrega un nuevo mito al erotizar la figura de la madre. Eva aparece como un idilio frustrado que se libra a través del amor carnal, autodestructivo e imposible frente a la imagen del padre que funge como símbolo estigmatizante y estigmatizado que remite a ausencia y degradación. Fácilmente se puede afirmar que los códigos propios de Lihn, poeta de paso, ultra-consciente y sumamente crítico, se suman a la condición de decadencia del personaje, con las desviaciones y requerimientos, que ha edificado en una personalidad a fin de enfrentar el esqueleto temático y motivos ulteriores que los antiguos relatos proveen.

De la especial ecuación emerge bajo una satírica mirada; la alusión a un sistema de vida degradado y autodestructivo: prostitutas, depresión, quiebra monetaria, vida disipada que en un sentido dionisiaco y en abierto contraste se entrelaza complementando aquellos parajes y momentos de la escritura, propios de los textos fundacionales.

(…) yo era un becario de la Universidad de Columbia. Aprendía el inglés, me distraía de mi desesperación frecuentando, con una Biblia en el bolsillo, los bares y prostíbulos, si así pueden llamarse a esas sucursales en el Village de Sodoma y Gomorra, en las cuales existe un margen de gratuidad, hasta de inocencia.

La oposición es evidente, Sodoma y Gomorra y lo que estos nombres comprenden connotativamente se mezcla con el estilo de vida de esta versión de Caín; sus costumbres y las calles perdidas y periféricas que recorre en la ciudad o en los extramuros del paraíso como declara para luego, tras aludir una vez más a la inocencia perdida, achacar a sus padres el jamás haber gozado de aquel espacio de sueño, pues él, es propio de una segunda generación, la de los exiliados.

(…)perdí ese misterio, ese espectáculo. Ella me habría impedido disfrutarlo, dócil a la voluntad (ahora rota o nula) del agonizante que me había arrojado a un exilio en segundo grado: no ya del Paraíso sino de sus extramuros. Y al trabajo.

Esta condición de víctima o producto del fin de todo esplendor lo hace formar parte consciente de una generación que vive asumiendo la razón como descreimiento. Una mente que analiza y está al tanto del fracaso que ha sufrido el proyecto ilustrado en todas sus aristas.

No hice mi master en Nueva York, perdí el doctorado, la Academia. Desistí, por quiebra moral, de los negocios: Importadora de Frutos Tropicales de Caín y Abel and Company. Me fui empobreciendo hasta la miseria, acepté el werfare. Envejezco de una manera ruin. No he publicado nunca un libro. Mis hijos no quieren saber nada de mí.

Con certeros ribetes postmodernos esta re-escritura que Lihn hace de Caín, revisa a través de un cínico discurrir el proyecto racionalista, la otra gran utopía, el sueño de Rosseau y su evidente caída.

Se supone que el arrepentimiento y la tentación me han enloquecido. Que mi existencia es un suicidio diferido y consumado a la vez, de día en día.

A fin de cerrar su discurso, el texto presenta dos afirmaciones que nos envuelven a todos como parte de la misma trágica broma, como parte intrínseca de un mundo en decadencia. Pese a cualquier tipo de evasión o negativa que pretendamos oponer, formamos parte del decurso de Caín, de su escritura de la realidad.

Es así pero de otra manera. En alguna parte soy una celebridad; he escrito libros que todos leen sin saberlo, impresos en el aire. Sin embargo bajo la misma premisa y antes de concluir, esta consciencia vuelve a la escritura señalando el proceso como un aliciente inevitable, destaca la atadura del lenguaje y la historia humana, frente a la indefinible y absurda locura de existir Me retiene en esta ciudad -la de mi ruina- contra el amor fulminante una elaborada forma de la muerte: el despreciable pero invicto decurso y discurso de la literatura.

Finalmente el relato sintetiza la intención de Lihn por contradecir el principio totalizador e integral de los proyectos y discursos de corte mítico estableciendo vasos comunicantes con uno de los maestros de la ironía intertexual y del palimpsesto a nivel universal, con la frase: A la manera de Borges.

Pues no por casualidad se alude en la historia al escritor argentino maestro del palimpsesto, Borges produce su literatura de modo hipertextual, como “una red potencialmente infinita de conexiones”. Según escribe Jaime Alazraki en su ensayo “El texto como palimpsesto. Lectura intertextual de Borges”, las obras de Borges funcionan como espejo que invierte o revierte historias ya contadas. Para Borges escribir es releer un texto anterior, es reescribirlo.

Las historias (hipotextos) que Lihn conecta y nos plantea desde otra óptica, no pierden su hondura, la profundidad del sentir que originalmente proponen, al contrario alcanzan nuevas cuotas gracias al hipertexto, el cual arroja nuevas luces, nuevas lecturas que amplían el sentido o en algunos casos lo restringen para conveniencia del creador y el diálogo y caminos a los que pretende orientar a su posible receptor. Volviendo a Borges, nos queda más clara la noción de re-escritura si observamos como señala, Mariel Ortolono la siguiente cita: En la prosa Los cuatro ciclos de El Oro de los tigres Borges afirma que la literatura narra eternamente las mismas cuatro historias: la historia de una guerra inútil_ la Ilíada_ , la historia de un regreso _la Odisea_ , la historia de una búsqueda condenada al fracaso_ la de Jasón y el Vellocino o la de los caballeros de Arturo que buscan el Grial en vano; por último, la historia del sacrificio de un dios_ Odín sacrificado a Odín; Cristo, sacrificado por los romanos, El mismo a Sí mismo, reflexiona Borges. El germen de todas las historias reside en esas cuatro historias y la literatura no hace más que re-contarlas, reformularlas, transmutar sus motivos, sus valores, pero, en esencia, siguen siendo las mismas.

En base al cuento de Lihn podemos plantear que el hombre en sus grandes discursos e historias, y en sus acciones orientadas por esos grandes mitos, aparece cautivo, entre Caín y Abel, entre la razón y la inocencia, descreído, absorto en el eterno retorno que todos los hijo de la razón, exiliados del paraíso cumplen al asesinar a su arquetipo fraterno de inocencia. Todos llamados a matar a su Abel al ser contaminados por el lenguaje y sus laberintos, por la conciencia y la re-escritura del mismo mal hasta el infinito. Como dice el narrador, estoy cautivo en… las murallas de adentro y de afuera (…) páginas de un libro de blasfemias que se escribe y reescribe como un palimpsesto, noche y noche.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en:Revista Cinosargo