sábado, 7 de marzo de 2009

JORGE EDWARDS: El orden de las familias



JORGE EDWARDS

El orden de las familias

Je dis seulement, chose générale dans le monde,
que les femmes conservent l'ordre existant, bon ou mauvais.
S'il est mauvais, c'est bien dommage.
Et s'il est bon, c'est probablement encore dommage.

HENRI MICHAUX

Ahora recuerdo que nos pareció muy natural, a pesar de lo poco que nos conocíamos, la invitación de Verónica al campo. Después supimos que mi madre lo había arreglado todo. Mi madre tenía bastante confianza con la familia de Verónica, desde sus buenos tiempos; además, era experta en arreglar asuntos de esta clase. En esos días, mi padre no se sentía nada de bien; estaba pálido, desencajado, y se le olvidaban las cosas Poco antes de que partiéramos le vino una fatiga, a medianoche Dormía mal y se pasaba las noches caminando por la casa. Decía que el mejor descanso, para él, era veranear en Santiago; pero nosotros adivinamos, a través de una conversación de mi madre con José Ventura, que había hecho malos negocios y no podía pagar el arriendo de una casa en Viña. Mi madre dijo que José Ventura se había portado muy bien; el único de la familia que se había portado bien. Y tú me dijiste, aparte, en un tono desacostumbradamente serio, que no había que insistir en lo del veraneo en Viña. Asentí con la cabeza y te miré a los ojos, en silencio, mostrando que comprendía que la situación era grave. "A lo mejor es bonito allá", agregaste, conciliadora "A lo mejor", dije; "seguro". Me acuerdo que desperté una noche y mi padre estaba en el dormitorio. Había encendido la luz y revisaba la mesa llena de libros. "¿No tienes aquí el guía de teléfonos, por casualidad?" ¡Qué idea! Nunca he guardado en la pieza el guía de teléfonos. "Es que ando buscando una dirección", dijo él Con las manos en los bolsillos del pijama, la mirada errática, el pelo en desorden, los pantalones medio caídos, salió al corredor, donde también tenía la luz encendida. Tuve que levantarme, apagar la luz de mi pieza y cerrar la puerta. Escuché su voz a través del muro, haciéndote la misma pregunta .

¡Pensar que van a hacer cinco años de eso!

Verónica, desde el primer instante, fue extremadamente acogedora y cálida; nos hizo entrar de inmediato en confianza. Nos indicó nuestros dormitorios y después nos mostró las casas, las bodegas y la capilla del fundo. Tú dijiste que te encantaba el olor de las bodegas. Al entrar a la capilla te persignaste en forma mecánica y contemplaste las vigas del techo, sin hacer comentarios. Las casas, de estilo colonial, estaban refaccionadas, llenas de adelantos modernos, agua caliente a chorros, timbres, refrigerador, hasta un citófono para llamar al repostero. Yo no salía de mi asombro y tú, seguramente, pese a que habías visto más cosas en tu vida, tampoco, pero actuábamos como si nada nos llamara mucho la atención. En la tarde salimos a caminar y Verónica contó que se aburría como ostra en el campo; era una suerte que hubiéramos ido; era una suerte, también, que sus padres no estuvieran; su presencia imponía toda clase de limitaciones. "Llegan el sábado, con José Raimundo, un primo mío que es un plomo. Los compadezco a ustedes", añadió, dirigiéndonos una mirada de conmiseración. Nosotros sonreímos. Los anuncios de Verónica no conseguían alarmarnos; estábamos en jauja, y el sábado nos parecía demasiado lejos. "Deben de ser riquísimos", te dije esa noche, en un momento en que Verónica había partido a buscar más hielo. "Supongo", dijiste, sin demostrar interés por el tema, levemente irritada. Mi observación destruía cierto clima irreal en que te habías instalado muy a tu gusto. Volvió Verónica del repostero y reanudaste el diálogo con ella, desvinculada de mis acotaciones triviales.

—Y por fin—preguntas—, ¿te subieron el sueldo?
—No—digo yo—. Era una falsa alarma.

Bajas la vista, decepcionada, y continúas cosiendo. Eran cosas del ayudante de contabilidad; en su optimismo inveterado, creyó oír que le daban un aumento a toda la sección. "¡Cuándo se ha visto que den aumentos por puro gusto!" El ayudante se puso a discutir, exaltado, y en el calor de la discusión se convenció definitivamente de que había oído bien. Esa noche vine a comer aquí y te hice el anuncio. Por darte, alguna vez, una buena noticia. Con la diferencia compraría, por mensualidades, un pasaje de avión a México. "Un viaje de consuelo. Ya que no se puede ir hasta Europa...". Tú celebraste la ocurrencia. "A mí también me convendría un viaje", dijiste; "pero, ¿cómo? ¿Con quién dejo al niño?" "Con mi madre ni hablar", dije yo. Te encogiste de hombros. ¡Ni hablar! Después llegó Verónica y le comunicaste la buena noticia y me felicitó. Brindamos con un vaso de pisco puro. Quise que probaras un sorbo y tuviste un gesto de repulsión. " ¡Cómo pueden tomar esa mugre! " Verónica se repitió la dosis y quedó achispada, eufórica. "¿Se acuerdan de la mona que nos pegamos en el campo?" Tú sonreíste, pese a que el tema del alcohol no te hace la menor gracia. Increíble que hayan pasado cinco anos. Verónica y yo cantábamos a voz en cuello, sin entonación ninguna, y tú nos llevabas del brazo, firmemente. Los ocupantes de una casa de inquilinos salieron a mirar; al ver que la hija de los patrones vociferaba una canción obscena, regresaron al interior, inexpresivos. Menos mal que a los padres de Verónica no se les ocurrió llegar esa noche. Tú nos metiste la cabeza debajo de la ducha, a empujones y pellizcos encarnizados. Verónica, en la ducha, siguió cantando. Yo me serené, me sequé la cabeza y te quise besar. "¡Perdón, hermanita!" Retrocedías y yo trataba de alcanzarte en la oscuridad, conmovido. Al fin me toleraste un beso en los dedos de la mano izquierda. "¿Por qué no pololeas con él?", dijo Verónica; " ¡qué importa! Le pedimos permiso al Papa...". Se tendió en la cama, riéndose. Parece que la pieza, de repente, empezó a darle vueltas. Se levantó con la cara contraída, con una mano en el estómago, y corrió medio agachada al baño. El chorro cayó en las baldosas, antes de alcanzar el lavatorio. Acudiste a sostenerle la frente, con esa eficacia que siempre me asombra, a prueba de repulsiones. A menudo pienso que habrías sido un buen médico; ante el espectáculo de la miseria corporal despliegas energías insospechadas. También me hubiera gustado estudiar medicina, pero a mí me repele demasiado ver sangre.

—¿Y cómo está mi mamá?—preguntas, volviendo a levantar la vista. —Bien... Bastante tranquila.

—No he tenido un minuto para ir a verla—dices—. Mañana voy sin falta. —¡Anda!—digo yo.

Se ha estado quejando de ti, últimamente; dice que eres una ingrata, que la dejas botada como un perro. Es grande, cada vez mayor, su afición a las frases melodramáticas, como si le procuraran una diversión secreta y perversa. "¡Qué tristeza!", exclama; "¡qué desolación la vida de una mujer sola!" "Y yo, ¿no cuento para nada?" "Eres el único consuelo de mi vejez", declara; "¡lo que es la otra!" "No hables así; se ha portado muy bien contigo". "¿Bien conmigo? ¿Bien conmigo? ¡Cria cuervos, y te sacarán los ojos!"

Pese a que la conoces tan bien como yo, prefiero no repetirte estas cosas. Para qué. A veces sospecho que reaccionas con una rabia sorda, como si no midieras de quién viene la ofensa. Sueles revelar, de pronto, una especie de porfiada dignidad, un sentido matriarcal intocable y extraño.

El sábado, tal como había dicho Verónica, llegó la familia: los padres, una tía menuda y opinante, y un niño de unos diez años, con algo de monstruo en la cara. Verónica ya nos había advertido que su hermano menor era un monstruo. Detrás de ellos, en un convertible último modelo llegó José Raimundo. Me cayó desagradable de partida. Bajo, mofletudo, daba la impresión de un muchacho mimado, blando y despótico a la vez. Toda su vestimenta de campo parecía recién sacada de la tienda. Lo veo bajar del automóvil, sacudirse las manos y saludar a todo el mundo por igual, con una inclinación y una sonrisa mecánica.

No demostró ninguna preferencia por ti, en ese momento. Tampoco en la tarde, cuando salimos a caminar acompañados por la tía y por el monstruo. Pero en la tarde siguiente noté que se quedaba cerca tuyo y trataba de hacer chistes y bromas, que tú celebrabas sin entusiasmo. Felizmente, anunció después de comida que debía regresar a Santiago. "Por desgracia", dijo, "tengo unos asuntos en Santiago mañana a primera hora". Esperamos escuchar el motor del automóvil y entonces, Verónica y yo celebramos su partida; Verónica, bulliciosamente, yo, con más discreción por no ser de la casa. Charito, la tía saltó a la defensa de José Raimundo; dijo que era "un talento", siempre el mejor alumno de su curso, en el colegio y la universidad; y era mucho mayor gracia por tratarse de un hijo único, regalón de una familia rica. "Por lo demás", agregó la tía Charito, dirigiéndose a ti maliciosamente, "me pareció notar que te hacía bastante fiesta". Rechazaste con energía, algo ruborizada, la suposición de la tía Charito. "¡Pobre Cristina!", exclamó Verónica. "¡El enamorado que le fue a tocar!" "¿Por qué pobre?", preguntó Charito. "¡Un gran partido! ¡Qué mejor se quiere!" "Dime", preguntó Verónica, exasperada, apelando a tu testimonio directo: "¿cómo encontraste a mi primo? ¡Dilo francamente!" "No es tan pesado", respondiste, conciliadora, y tanto Verónica como la tía Charito estimaron que tu respuesta les daba la razón. "¡Ven ustedes!", exclamó la tía, y Verónica afirmó, con plena seguridad, que hablabas así de puro bien educada. No me cupo duda, por mi parte, de que Verónica estaba en lo cierto. Con su gordura fofa, sus modales estereotipados, su ropa impecable, José Raimundo correspondía exactamente al tipo de persona que mirábamos en menos, que nunca tendría acceso a la cofradía que formábamos entonces. Podíamos diferir en muchas cosas, tú, Verónica, cuya afinidad se nos había revelado en pocos minutos, y yo, pero un desacuerdo en esta materia no nos parecía concebible. La discusión sobre José Raimundo se prolongó durante un buen rato y al final la tía Charito se retiró a su pieza, molesta, declarando enfáticamente que en esa casa nadie se libraba del pelambre. "No me rajen, por favor", dijo, llena de resentimiento antes de salir del salón, y apenas traspuso el umbral, Verónica lanzó uná carcajada que debe de haberle ardido en las orejas.

Lo pasamos muy bien con Verónica, no se puede negar. Hacía mucho tiempo que no lo pasábamos tan bien. El monstruo molestaba un poco, a veces pero era más bien pacífico... Pálido, con una expresión malsana y odiosa, se pasaba refregando contras las faldas de su madre, que le toleraba los caprichos más absurdos. Una vez tuvo una pataleta en el comedor y agarró el bistec con la mano y lo botó al suelo. Me dieron ganas de molerlo a palos. Pero, en general, no se metía con nosotros; andaba a la siga de su madre. En cambio, a la tía Charito le gustaba entrometerse y opinar. Después de esa primera discusión, sin embargo estuvo más discreta. No volvió a mencionar, desde luego, el tema de José Raimundo. En los paseos de las tardes se ponía filosófica y hablaba de la religión y de la muerte. Miraba, por ejemplo, la puesta del sol y decía: "¡Cómo puede haber gente que no crea en la existencia de Dios! Es impósible que haya un ateo sincero. ¡Imposible!" Me atreví a discutirle; no todo el mundo ha recibido la gracia, que permite creer; la misma doctrina católica lo sostiene. . . "Cierto", decía ella, y no obstante, el crepúsculo, el horizonte inmenso, lleno de nubes rojas, que contemplaba de brazos cruzados, en éxtasis. . . Nosotros guardábamos silencio. Por momentos, la exaltación de la tía Charito se nos contagiaba.

—¿Qué hora tienes?—preguntas tú, sin despegar los ojos de la costura.

—Todavía es temprano. Cinco para las nueve.

Estábamos en la cumbre de una colina y al fondo se veía el estero angosto, de aguas profundas, que lamían con lentitud las ramas de los sauces. Una tarde nos metimos en una balsa de maderos podridos, en traje de baño, y la tía Charito, desde la orilla, se puso a gritar, histérica, que volviéramos, que la balsa podía partirse. Por molestarla, Verónica, que era muy buena nadadora, empezó a balancear la balsa, y te aferraste a mí, chillando de susto. Nado perfectamente, pero esa tarde tenía miedo, me producía miedo y repulsión la idea de caer al agua fría, lenta, llena de peces que de pronto saltaban cerca de nosotros sin que alcanzáramos a verlos (sólo veíamos el círculo en la superficie; en la profundidad adivinábamos seres viscosos, guarisapos, larvas, el barro de la orilla se desintegraría cuando intentáramos salir, raíces carcomidas por la humedad, parecidas a serpientes). Verónica adivinó ese miedo y prolongó el paseo, llena de alegría sádica. Sólo tus lamentaciones lograron conmoverla, por fin, y acercó la balsa a tierra. "No vuelvan a repetir esa broma", suplicó Charito, desencajada por los nervios. Verónica, sin prestarle la menor atención, se sumergió de un salto y nadó hasta la ribera opuesta. "¡Métanse!", gritó desde ahí, aferrada a unas raíces, pero tú dijiste que nadabas muy mal y yo no me quise meter. El barro del estero me daba un asco insuperable.

—¡Qué raro!—dices— Se ha hecho bastante tarde.

Haces ademán de abandonar la costura. Miras en dirección al comedor. Después resuelves que no tienes otra cosa que hacer, que ese trabajo es lo mejor para calmar la impaciencia. El reloj, con algunos minutos de retraso, da las nueve campanadas.

—¿Ves?—digo. No es tan tarde.

Cuando regresamos a Santiago, mi padre había empeorado mucho. El insomnio le impedía todo descanso. En la mesa del comedor tamborileaba con los dedos y clavaba la vista en el vacío. Por momentos, el ritmo crecía y se tornaba inquietante. Las comidas le parecían insípidas; después de probar dos o tres bocados, apartaba el plato con un gesto de repugnancia. "Si no te gusta, no comas, pero no dejes los platos al medio de la mesa". Como única respuesta, el ritmo ascendente de los dedos. No es que no quisiera responder; es que no había escuchado una sola sílaba. Olvidaba las cosas más elementales—ponerse la corbata, abrocharse los botones del marrueco, y hablaba con escasa ilación. Su costumbre de pasear durante la noche por los corredores y de entrar intempestivamente a los dormitorios se había acentuado. Ya no dejaba dormir a nadie. Una vez que me despertó a las tres de la mañana discutimos acerbamente; le cerré mi puerta con llave en las narices, temblando de furia. Tengo la impresión de que estuvo largo rato al otro lado de la puerta, lelo, sin atinar a moverse, recordando de manera confusa que había discutido con alguien, con quién, sobre qué...

Echábamos de menos a Verónica, que seguía en el campo. Sólo ella podía salvarnos del aburrimiento infinito, antes de que empezaran las clases, sin un centavo (nunca había dinero en la casa). Recorrimos la ciudad a pie en todas direcciones, hasta llegar muchas veces a los cerros vecinos o al campo raso. En las tardes que comenzaban a acortarse, extraviados en un bosque o en terreno donde los trabajos de urbanización trazaban las huellas de calles futuras o en los faldeos de un cerro, pasábamos revista a todos los temas imaginables. Decías que te cargaban los hombres, que jamás te casarías, que todas las insinuaciones y los desvelos de mi madre te producían un efecto exactamente contrario al que ella buscaba. Estaba resuelto tu ingreso a la Universidad y anunciabas que te ibas a ganar la vida haciendo clases. Por mal pagadas que fueran. Necesitabas poco para vivir. Declaré que tampoco pensaba casarme. Quizás podríamos vivir juntos; aunque no ganáramos gran cosa, se juntarían dos sueldos. Habría que dejar un fondo mensual para viajes, eso sí. Encontrabas que lo del fondo para viajes no era mala idea. No estaba mal. Aunque uno ganara más que el otro, tú más que yo, el dinero sería común y el fondo para viajes lo utilizaríamos en partes iguales . "O distintas . Si uno quiere viajar y el otro no quiere . . . " . Distintas. Algo fundamental sería la independencia; un pacto riguroso; nadie trataría de imponer reglamentos, fijar horas de llegada, rituales de cualquier especie. Las preguntas se prohibirían. Íbamos a contradecir el orden que procuraba establecer, por lo demás sin éxito, en medio de lamentaciones estériles, mi madre. Llevaríamos la negación de ese orden hasta sus últimas consecuencias. "¿No te parece?" ¿No estabas completamente segura? Decías que sí, que por supuesto. "¡Formidable!", gritaba yo, levantando los brazos, exaltado. La noche llegaba demasiado pronto, el viento frío de la cordillera, y proponías volver. El hambre nos estaba asediando. Imaginábamos de antemano una decepcionante sopa de letras o un plato de espinacas; un huevo frito sobre las espinacas habría sido mucho lujo, en ese tiempo.

Me gustaría saber si todavía recuerdas esas conversaciones.

Una tarde encontré a José Raimundo en el living de la casa. Se había dejado caer de sorpresa. Mi madre, muy animada y algo relamida, como si la naturalidad, entre nosotros, se perdiera junto con el dinero, sostenía la conversación. Me senté frente a José Raimundo y no abrí la boca. No estaba dispuesto a hacer la menor concesión. Al poco rato entraste y lo saludaste con amabilidad, aunque sin entusiasmo. Se habló de las vacaciones que terminaban. José Raimundo dijo que venía de Pucón . "Me gusta mucho la pesca", dijo. "¿Y a ustedes?" "A mí me encanta", dijiste, y te miré con furia. Pucón, la pesca, todas esas cosas, estaban fuera de nuestro alcance. Mi madre insistió para que José Raimundo se quedara a comer. Salió del living y mandó rápidamente a Domitila a comprar jamón y vino; me asomé al repostero y vi a Domitila, que no estaba para esos trotes, que últimamente vivía cansada, partir rezongando. "¿Por qué lo convidaste?", susurré. "¡Ya ti qué te importa!", contestó mi madre en voz baja, enrojeciendode ira. "¿Eres tú, ahora, el llamado a decirme a quién debo invitar a mi casa?" "A Cristina le carga", dije; "no puede aguantarlo". "¡No es verdad!", replicó mi madre; "¿de dónde sacas eso? Es un muchacho muy simpático. Y muy caballeroso. ¿Por qué motivo le va a cargar?" "¡Es un perfecto imbécil!", exclamé, sin controlar por completo el tono de la voz, y salí del repostero para no escuchar la respuesta .

En el salón, José Raimundo, a sus anchas, hablaba de música. Era perfectamente insensible a la hostilidad ajena; tenía piel de elefante. Se las daba de conocedor y decía que los cuartetos de Beethoven eran lo más extraordinario que se había escrito. "¿A ti te gustan?" "Algo", dijiste, impávida. ¿A ti? Quise gritar a voz en cuello que no los habías escuchado en tu perra vida, que no salías de las canciones de moda, que por mi parte prefería mil veces las sonatas, y Bach, y las óperas de Wagner, qué sé yo, pero me contuve y opté por decir que me gustaba Stravinsky, la Consagración de la Primavera. José Raimundo hizo una mueca. "¡Es formidable!", insistí. En vez de abrir camino a la discusión, José Raimundo guardó silencio. "A mí no me gusta mucho", dijiste; mostrando que estabas resuelta a opinar a toda costa, con absoluta impudicia. "Lo que más me gusta es la novena sinfonía. Encuentro que la parte de los coros es fantástica". José Raimundo apoyó tu afirmación gravemente y aprovechó el momento para anunciar que iba a invitarte a un concierto. "En pocos días más hay uno que vale la pena". Te observé de reojo, a ver cómo te las arreglabas, pero permanecías inexpresiva, neutra; no adelantabas ninguna clase de respuesta. Te pregunté si te gustaban los conciertos, para darte la oportunidad de contestar que no, que no eras muy aficionada, que en realidad, es cierto, cualquier frase desalentadora. Y dijiste, sorprendentemente, lo contrario: "Sí, sí me gustan". En un tono que daba a entender que no te gustaban mucho, pero que tampoco te disgustaban, no del todo, sin confesar, por lo demás, que habías ido una sola vez, cuando fuimos con mi padre, años antes, y te aburriste mortalmente, aunque te negaste obstinadamente a confesarlo, nunca diste tu brazo a torcer.

"¡Es un imbécil!", volví a decir, apenas se hubo retirado esa noche. "No es mal tipo", dijiste; "un poco farsante, nada más". "¡Un farsante de porquería! Venir a cachiporrearse con sus idas a Pucón. . . ¡Qué nos importa! Y tú, ¿cuándo has salido a pescar, para que digas que la pesca te encanta?" "Nunca", dijiste; "no he salido nunca. Pero me encantaría hacerlo". "¡Estúpida!" "¡Tú serás estúpido!" Estabas súbitamente roja como un tomate, y tu ira me provocó una sonrisa: "Dame un besito de buenas noches". "¡Quítate! ¡No seas cargante!" Mi padre se asomó en mangas de camisa, con expresión extraviada. "¿Se fue ese muchacho?", preguntó. "¿Qué hace?", preguntó después. "¡Nada! ¡Es un hijito de su papá ! Tiene autos y toda clase de cuestiones" . Mi padre se alejó y regresó al instante: "¿Apagaron lás luces de abajo?" "Sí". "¿Están seguros?" "Sí", dije, irritado "las apagué yo mismo". "¿Estás seguro? Voy a mirar un poco". Y bajó a inspeccionar. Lo escuchamos golpearse contra una silla. "¡Miéchica!", exclamó, en la oscuridad del salón. "Ojalá que nos deje dormir", dijiste; "tanto que se preocupa de las luces ahora, y después, cuando le baja el insomnio. . .". "¡Adiós, hermanita!", te dije, y sonreíste con la comisura de los labios. "Parece que todas estaban apagadas", dijo mi padre, subiendo la escalera con expresión desanimada adolorida sobándose una rodilla. Al llegar al corredor se detuvo, boquiabierto. "¿Quién era ese muchacho?", preguntó de repente. "Un estúpido, ¿no te digo? Pero mi mamá le hace fiesta porque tiene plata". Mi padre levantó las cejas, como si comprendiera confusamente. "A ver si duermo", dijo, sobándose el rostro; "lo dudo mucho". Suspiró y cammó a su pieza con lentitud, con pasos inestables. "Buenas noches", dijo, sin darse vuelta, levantando un brazo con vaguedad .

Un viernes en la tarde salimos a caminar al cerro San Cristóbal. Las clases comenzaban el lunes. Nosotros aprovechábamos nuestros últimos instantes de libertad. "José Raimundo me pasa a buscar a las seis y media para ir al concierto", dijiste; "pero no tengo nada de ganas de ir". "¡No vayas, pues!" "No tengo nada de ganas de ir", repetiste, refiexiva, con la vista fija en un cielo azul destenido, estacionario. Nos llegaba de la ciudad, abajo, una especie de vibración, un rumor sordo, de algo que bullía y era triturado continuamente. Decías que te gustaría vivir en una provincia tranquila; hacer tus clases allá. El ruido de las grandes ciudades, todo ese ajetreo rechinante en medio del calor, del polvo, te alteraba los nervios. Vivir, por ejemplo, en uno de los valles del norte. Hacer las clases y habitar una casa con gallinas, con hortalizas, con perros. "¿Y yo? ¿Cómo vamos a estar juntos, entonces?" "Tú te vas conmigo". "Es que a mí las ciudades grandes me gustan. La provincia está muy bien vista de lejos. Allá, el aburrimiento, las mentalidades estrechas...". Hablabas, sin escuchar mis objeciones, de comer el pan y la mantequilla del campo; de tomar la leche al pie de la vaca. "Estás bucólica". "Hoy día me siento bucólica". Echaste atrás la cabeza, risueña, mostrando tu cuello fuerte, curvo, bronceado por el verano. Tenías un olor especial que quise comparar con el de los arbustos fioridos, con el de las plantas sobre la tierra recién regada, en las tardes del mes de febrero. "No se te ocurrirá casarte con José Raimundo, supongo...". Te enderezaste de golpe, indignada. "Digo, no más; como lo ves tanto, ahora, y mi mamá lo cultiva en esa forma . . . " . " ¡Se te ocurre! Además, le dije a mi mamá, si quieres saberlo, que no le hiciera tantas zalamerías. Llega a dar vergüenza ajena". "Dile que no tienes la menor intención de casarte, con él ni con nadie. Que no se haga ilusiones". "Le dije". "¿Y qué te respondió?" "Nada. Las mismas cosas de siempre".

Me levanté y me puse a lanzar piedras. Trataba de golpear un peñasco situado a unos quince metros de distancia, cerro abajo. El peñasco era un acorazado enemigo; cuando le pegara tres veces, en pleno centro, se hundiría. Eso significaría que el camino estaba despejado, que no había obstáculos. Contemplabas, entretanto, el paisaje gris, absorta, con las manos cruzadas delante de las rodillas. Me aburrí de disparar y quise jugar con el pelo que te caía, suelto, por la espalda. "Vamos". "¿Por qué tan luego?" "Este tipo pasa a buscarme a las seis y media. ¿Qué hora es?" Mi reloj, que por lo demás se atrasaba mucho, marcaba cinco para las seis. "¡Tenemos que correr!", exclamaste, preocupada. "¿Por qué no lo dejas esperando? ¡Qué te importa!" "No puedo. Ya me comprometí". Me puse nuevamente a lanzar piedras contra el peñasco, que no se hundía; las piedras se obstinaban en no tocar el centro sensible. "Yo que tú lo dejaba plantado. Sería la mejor manera de librarse de él". "No puedo", repetías, e iniciaste la bajada con pasos enérgicos, sin prestar más oído a mis argumentaciones.

En la casa, le hice compañía a José Raimundo mientras te arreglabas. No habría tenido ningún escrúpulo en salir del salón con cualquier pretexto, pero prefería observarlo de cerca, tratar de sonsacarle cosas, ver qué puntos calzaba. No es mucho lo que esa vez, o en ocasiones posteriores, saqué en limpio. Él me miraba con ostensible desaprensión, como si no valiera la pena conversar conmigo. Eso, y sus zapatos de gamuza, sus camisas de seda, el entretejido de sus corbatas, sus manos blandas, rechonchas, me volaban de furia. Recuerdo el sufrimiento agudo de que aparecieras hermosa, de labios rojos, con un vestido blanco que Verónica te había prestado, y de que partieran al concierto mientras me quedaba en esa casa donde empezaba a bajar la oscundad. Esa tarde, la única que permanecía en la casa era Domitila y me fui al repostero a conversar con ella. "Hay que hacer algo", le dije; "mi mamá le mete todo el tiempo a ese imbécil por las narices". "Querrá que se case con él", dijo Domitila. "¡Justamente! Por eso hay que hacer algo". "¡Que se casen, pues!", dijo Domitila; "si la niña lo quiere...". El solo hecho de que Domitila aceptara esta idea como algo no imposible, de que se permitiera enunciarla, lo que significaba que no era absurda en sí misma, al menos para Domitila, y por lo tanto, que no era totalmente absurda, me produjo un malestar físico. Me alejé de Domitila con el ánimo por los suelos, y se me ocurrió que podía visitar a Verónica. Hacía cinco o seis días que había regresado del campo.

Me vio desde una de las ventanas, mientras yo atravesaba el jardín lleno de dalias y rosas, con la estatua de Diana la Cazadora en una glorieta cubierta de enredaderas, envuelta en la penumbra del atardecer de marzo. Me gritó que ya bajaba, que la esperara dos segundos. El mozo me hizo pasar a un salón pequeño, atiborrado de sillas estrechas y adornos de porcelana, con estanterías atestadas de libros en las paredes. Esperé inmóvil, sentado en la punta de una de las sillas, sin respirar casi. Había vislumbrado, al entrar, una galería de mármol, las barandas de fierro forjado de una escalinata, salones espaciosos invadidos prematuramente por la oscuridad. Los libros de las estanterías, en su mayor parte, eran inventarios inútiles, recopilaciones en latín, catastros, algunos textos clásicos, encerrados en volúmenes diminutos. Extravagancias de la gente rica, pensé, y en ese instante entró Verónica y me preguntó, antes que ninguna cosa, por ti. Ella sabía que mi visita no podía tener otro motivo. Levanté las cejas, con expresión preocupada: "Vine para hablarte de ella, precisamente". El sentido del ridículo me impediría, ahora, una actitud así; pero éramos aficionados, en ese tiempo, yo y tú también, a los ademanes teatrales. "¿Qué pasa?", preguntó Verónica, con alarma. "Dime primero", interrogué, para graduar los efectos: "¿Alguien lee estos libros?" "Nadie", dijo Verónica; "pero cuéntame: ¿Qué pasa con Cristina?" "Nada. No pasa nada". Después de un silencio, agregué: "Lo que hay es que si no hacemos algo, va a terminar casándose con José Raimundo". "¿Tú crees?" "Así me lo temo". "Debemos hacer algo, entonces", dijo Verónica, pensativa: "le voy a hablar". "No sacarás mucho con hablarle, te aseguro. No va a confesarte nunca que le gusta ese tipo". "¿Tú crees que le gusta? ¡No puede ser!", exclamó Verónica; "sería absurdo. Estoy segura de que no le gusta". "Yo no estoy tan seguro. En todo caso, tú puedes hablarle mejor que yo. Te dejo la tarea...".

El infarto de mi padre se produjo el día miércoles de la semana siguiente, cuando me levantaba para ir al colegio. Desde el cuarto de baño escuché carreras, portazos, la voz de mi madre, extrañamente ronca y tensa, el disco del teléfono donde alguien marcaba un número, cortaba, impaciente, antes de haber terminado de marcarlo. Marcaba otra vez. Al rato, la voz implorante, entrecortada, reprimida a duras penas, que de pronto levantaba su diapasón: "Es urgentísimo, le digo". Carreras de regreso. Diste tres golpes discretos pero enérgicos en la puerta del baño. Me sequé con cierto temblor que no conseguía reprimir y me vestí rápidamente. Se escucharon voces en el primer piso. Mi madre subió la escalera de prisa, pálida, seguida por un médico y un enfermero de la Asistencia Pública. Tú subías detrás. "Parece que ha tenido un infarto". Me asomé al dormitorio y alcancé a divisar, entre mi madre y los dos hombres de blanco, a mi padre tendido en la cama, con una mano en el pecho, la camisa del pijama abierta, una pierna recogida, lívido. La ráfaga súbita lo había dejado boquiabierto, estupefacto, como si los pequeños malestares, las pequenas miserias del último tiempo se hubieran estado acumulando, inadvertidos, y hubieran desbordado en una oleada quemante, sorpresiva, terriblemente destructora. Uno de los hombres de blanco cerró la puerta. "Tengo ganas de vomitar", dije. "No seas estúpido", dijiste; "aguanta". A los pocos minutos sonó el timbre y era el doctor Briceño, el médico de la familia. Nos saludó en voz baja y subió derecho a la pieza. La puerta se abrió, pero sólo vi formas blancas en movimiento, vislumbré el rostro contraído de mi madre, la cara de uno de los hombres que miraba por encima del hombro, y la puerta volvió a cerrarse. "¿Tú crees que es grave?", pregunté, por preguntar alguna cosa. "Muy grave", dijiste. Caminamos hasta el final del corredor y miramos el cielo por la ventana. En ese instante se abrió la puerta y el doctor Briceno se nos acercó. "Tengo una mala noticia que comunicarles". No pudiste reprimir una exclamación, mezcla de terror e incredulidad, llevándote los nudillos de la mano derecha a la boca. El doctor hizo un gesto de afirmación apesadumbrada. "No pudo resistir el ataque". Vi que la puerta permanecía entreabierta y que de adentro llegaban sollozos. "Hay que ser valiente", dijo el doctor, apretándote un brazo. Te desprendiste con impaciencia mal disimulada y avanzaste por el corredor, lentamente, mordiéndote uno de los nudillos. Habría querido acompañarte, pero me sentí importuno. El doctor Briceño me dio unos golpecitos amables en la espalda. "Voy a hablar con la Domitila", dijo. "Tu madre necesita un poco de valeriana".

Me asomé al umbral y vi que llorabas, de pie junto al lecho, con la cabeza baja. Llorabas en silencio, pero los sollozos te sacudían los hombros. A mi padre lo habían metido adentro de la cama. Me acordé de sus insomnios, de sus paseos nocturnos. También lo vi en sus buenos tiempos; junto al Chevrolet azul, colocándose la gorra y los guantes para manejar, sonriente, dueno del universo y de sí mismo. Recordé algunas entonaciones peculiares de su voz y un acceso de furia que tuvo porque no te quise prestar un juguete, cuando cumplí ocho años; me dio un coscacho a toda fuerza y las lágrimas me enceguecieron.

No sentía, por mi parte, el menor deseo de llorar; sólo una pesadez en el corazón, como si trabajar le costara un esfuerzo doble, como si los sucesos recientes y el cúmulo de los recuerdos lo aplastaran.

A las seis de la tarde llegó José Raimundo, vestido de gris oscuro, con cara de circunstancias. Habían encajonado a mi padre después de almuerzo y se lo llevaban en un rato más a la iglesia. "Muy sentido pésame", murmuró José Raimundo, y me miró a los ojos con intensidad. Agradecí vagamente y guardé silencio, incómodo. Menos mal que apareciste luego. José Raimundo te dijo una frase más larga, que no alcancé a escuchar. Tú tenías los ojos algo hinchados, pero actuabas con una naturalidad que me sorprendía. Le dijiste que se sentara y contaste cómo había sido el ataque, a qué hora, lo que había dicho el doctor Briceño sobre su escasa resistencia, su fatiga, el mal estado de sus nervios. Después llegó Verónica, elegante y seria, y le repetiste las mismas cosas. Ellos estaban a primera hora en la misa, a la mañana siguiente. Verónica te acompanó a la casa y José Raimundo siguió de cerca el entierro. Mis tíos lo reconocían y lo saludaban con lo que me pareció una secreta complicidad, con una complacencia que no lograban disimular del todo, abyecta... Había llegado el momento de hacer algo drástico; de lo contrario. . . Resolví hablarle, una noche, directamente.

—Ahí llegó—dices, cuando oyes el ruido del manojo de llaves al otro lado de la puerta. Das una puntada final a tu costura mientras salgo al vestíbulo. El reloj marca las nueve y diez minutos.
—¡Hola!—dice él.

Estoy a punto de hacerle una broma por los progresos de su calvicie. Al fin prefiero abstenerme. Podría caerle mal. Siempre es más seguro mantener las relaciones en un terreno neutro. Deja su cartapacio con papeles y te besa en una mejilla .

—¿Por qué te atrasaste tanto?—preguntas.

—¡Demasiado trabajo! exclama, dejándose caer en el asiento. Suspira ruidosamente— ¡Las secretarias que tengo son tan estúpidas!

Mueves la cabeza, significando que con esa gente no hay nada que hacer. —¿Y el niño?—pregunta.

—Durmiendo .

—Estoy demasiado cansado para subir a verlo—se queja él.

Para ahuyentar de la conciencia mi descanso, mis horarios de burócrata, con salida fija a las seis de la tarde, ofrezco preparar un trago.

Él pide whisky con un poco de hielo, sin agua.

—¿Y tú, Cristina?

—Yo, nada.

"¡Estás loco!", dijiste; "¿de dónde se te ha metido esa idea en la cabeza?"

"Estoy seguro. Sobre todo ahora que murió mi padre. Y Verónica, si quieres saberlo, ha llegado a pensar lo mismo" . "¿Verónica?" " ¡Claro! ¿Qué te extraña? Está convencida de lo mismo". "Ustedes están completamente locos". "Locos estaremos, pero cualquier día te veo llegar de anillo. Mi madre terminará saliendo con la suya. Y más que nunca ahora, que hemos quedado sin un peso".

Todo el dinero de la casa se gastaba en comprarte vestidos y en hacer comida las veces que venía José Raimundo. Mi madre, con tu aquiescencia tácita, vendió poco a poco los trajes de mi padre y algunos muebles; el segundo piso se fue desmantelando. Yo no pedía nada para mí. Dentro de dos años saldría del colegio y empezaría a trabajar. Eso era asunto decidido. Por lo demás, ninguna carrera universitaria me interesaba especialmente. El capital de mi madre eras tú; no había cuestión de pagarme seis años de estudios. Me limité a hacer presente esta circunstancia para pedir, en compensación, un escritorio de caoba. Mi madre aceptó de inmediato, y sin chistar, mis razones; esa tarde, cuando entré a mi pieza, el escritorio estaba instalado en el sitio de honor, debajo de la ventana. Todavía continúa en el mismo sitio.

—¿Y?—pregunta él— ¿Te subieron el sueldo, por fin?

—Fue una falsa alarma.

Decepcionado, cambia de tema: .

—No se puede trabajar en este país—dice—. Los impuestos, las tramitaciones... La gente que produce no siente ningún estímulo.

Lo miras y acatas. Llamas a la empleada para que sirva vino. El aire es insuficiente para respirar. ¿No se podría abrir un poco la ventana? La sangre caliente se agolpa en mi cabeza; no circula. Bebo vino y el calor en mi cabeza aumenta .

Al terminar ese invierno empezaste a salir más seguido con él. Mi madre sonreía, complacida; Verónica te hacía bromas, y tú no las rechazabas con la convicción de antes. Nuestra comunicación habitual se había interrumpido. Nos encontrábamos solos en el comedor de la casa, por ejemplo, y no teníamos nada que decirnos. "¡Cásate, entonces!", te lancé una vez, de improviso; "si quieres casarte, cásate". Severa, diste unos golpes en la mesa con el tenedor, sin responderme. "¡Cásate! Si el tipo te gusta... O si te gusta su plata", añadí, después de unos segundos; "para el caso da lo mismo". "Te voy a pedir un gran favor", dijiste, llena de ira contenida: "Te voy a pedir que no te metas en lo que no te importa. ¿Quieres hacerme ese favor?" "Muy bien", dije yo, "de acuerdo". Creo que las palabras me silbaban; lo cierto es que me sentía humillado, ridículo. "De acuerdo", repetí. Pero no hallaba qué cara poner, y escondí las manos, que me temblaban intensamente, debajo de la mesa. Entró mi madre con expresión satisfecha y sentí deseos de insultarla. Me faltó el pretexto. "¡Este choclo es una porquería!", exclamé, después de hundir los dientes en los granos humeantes, y alejé el plato que me acababan de servir. "¿Qué tiene?", preguntó mi madre, con ingenuidad. "¡Está duro como palo!" "¿No quieres un huevo a la copa?" " ¡No! " Me puse de pie, exasperado, y salí del comedor. De haber tenido un objeto contundente a mano, las habría emprendido contra los muebles del salón, contra la vitrina con adornos de porcelana. Salí a la calle y caminé largo rato, sin una noción exacta del tiempo. Era una noche cálida y la Alameda estaba llena de gente. Un muchacho que chacoteaba en un grupo, delante mío, retrocedió y me dio sin querer un violento empujón. "¡Imbécil!", estallé, desbordado por la furia. Los del grupo me miraron con caras desconcertadas, hostiles, y murmuraron algunos insultos. Entré a una fuente de soda y bebí una cerveza. Me bajó el cansancio; una relajación desanimada de los músculos. El camino de regreso parecía interminable. Pasó felizmente un micro medio desocupado y ahí me embarqué de vuelta. Los vaivenes del micro me ayudaron a olvidar la exasperaciónt que fue reemplazada por una sensación de vacío, de aridez irremediable. Pensaba, al desvestirme, en nuestro paseo en balsa, en tus chillidos de susto. Abracé la almohada para protegerte. No eras, definitivamente, la misma con que había conversado antes de comer, la que aparecería pronto exhibiendo el anillo de José Raimundo, traspasada por una felicidad imbécil (difícil encontrar una palabra menos dura). La convicción de que te habías ausentado, probablemente para siempre, engendraba ese vacío, esa comezón que trataba, con palabras secretas junto a la cabecera, de apaciguar, de engañar.

Lo del anillo vino poco después, en una escena impregnada de beatitud hogareña: el ingreso al orden de las familias, por la puerta ancha. Llegué a la casa, esa tarde, y encontré una atmósfera extraña en el salón, festiva y a la vez algo solemne. La sonrisa que me dirigiste fue ambigua, casi irónica. "¿Te gusta?" Observé el anillo con atención, dándome tiempo para responder. La sangre retrocedía y dejaba un cerebro anémico, cuyas palabras parecían de otra persona: "Muy bonito". "Precioso, ¿no?" Asentí con un gesto; ya sabes que la belleza de las joyas nunca me ha conmovido, y además, en este caso... Todo debía de haberse conversado a espaldas mías, porque pronto llegó Verónica, enteramente sobre aviso, y hubo una comida muy buena. Verónica te besó y abrazó con efusión y lanzó grandes exclamaciones admirativas al contemplar el anillo. "¿Para cuándo es el matrimonio?" Te ruborizaste. Mi madre intervino para sacarte de apuros: "Todavía no han fijado la fecha". "Ves", quise decirle a Verónica, "¿no te decía yo?", pero la frase habría caído en el vacío más completo. Era Verónica, precisamente, por raro que parezca, la que demostraba mayor euforia; quizás por mirar el asunto desde fuera, sin un interés inmediato. Mi madre había conseguido lo que se proponía, después de un año de espera paciente, astuta, y la euforia no tenía cabida en ella; sólo una satisfacción serena, profunda en apariencia, pero posiblemente asaltada desde entonces quizás por qué fantasmas. Porque desde la época de tu compromiso notamos que se encerraba en un silencio enigmático, y esa actitud, después del matrimonio, cuando ya no la sostenía la exigencia de llevar su faena a buen término, se acentuó; hasta que percibí una tarde, al regresar de la oficina, el aliento inconfundible y los ojos brillosos, extraviados.

Una vez oí que mi padre, con sus quijotadas, sus arrestos descontrolados de generosidad, sus negocios absurdos, había hecho desgraciada a mi madre. El resumen del comentario era que había sido un atolondrado, un ser insubstancial; las perspectivas brillantes de su juventud se habían malogrado con los años, por exclusiva culpa suya. En buenas cuentas, a pesar de su ingenio, de sus cualidades de círculo de amigos o de salón, cualidades sociales cuando mucho, se había revelado como un individuo inútil, incapaz de dar nada sólido a su mujer, a sus hijos o al resto del mundo, un narrador cuyas anécdotas encontraban oídos complacientes en los bares, pero de nada servían frente a desafíos más rigurosos que un círculo de auditores de buena voluntad: el de la pobreza, por ejempio; el de la caída vertical de una situación que parecía, en virtud de un espejismo alimentado desde la infancia, inexpugnablemente defendida por los mitos de la tribu. En esas conversaciones se omitía, en consideración a mi presencia, la palabra "tonto", la palabra "infeliz" o "pobre diablo", pero la ineficacia de los recursos histriónicos de mi padre surgía en su dimensión más patética.

También he oído colocar, inconscientemente y a menudo con plena conciencia, a José Raimundo en el otro extremo: el marido modelo, que ha logrado forjar tu felicidad. Todo esto es probablemente cierto, razonable. En cuanto a mí, a medida que pasan los años y se nota mejor que vegeto en un empleo mísero, se me instala con menos derecho a réplica en la barricada, mejor dicho, la trastienda, que ocupó mi padre. Pero volviendo a José Raimundo, no me parece que los buenos maridos hagan la felicidad de nadie. ¿A qué llaman felicidad? Otra cosa es que un mal marido puede hacer la desgracia de una mujer como sucedió con mi madre; que un mal marido hubiera podido hacer tu desgracia. No hay duda. La única certidumbre está en el lado negativo de la cuestión.

Pero tú eres indiferente a estas sutilezas; aceptas que José Raimundo es un buen marido, y aceptas que tu vida está bien, que más no puede pedirse. Entretanto, me veo entre la espada y la pared, abocado al silencio. El lenguaje que nos permitía comunicarnos a espaldas de los demás, salpicado de palabras en clave, de alusiones y subentendidos, se te ha olvidado. Procuro con majadería intercalarlo en nuestras conversaciones, pero es inútil, pasó a la condición de lengua muerta; pronto empezaré a olvidarlo, yo también.

José Raimundo da un bostezo.

—Llegas tan cansado—comentas—, que nunca podemos ir al biógrafo. Hace meses que no vamos.

¿Te acuerdas de cuando íbamos juntos? Me gustaba que pagaras la entrada, aunque fuera con dinero mío; que pasaras los boletos en la puerta y después escogieras tú misma el asiento. Sólo sentarme al lado tuyo y hundirme, esperando la oscuridad. Las luces se apagaban lentamente, las primeras imágenes alcanzaban a reflejarse en las cortinas que se abrían, y el placer sólo podía ser perturbado, más tarde, por la convicción melancólica de que la película iba a terminarse pronto.

Ahora, en la manera como hablas de su cansancio, noto un matiz de orgullo y de respeto. Y noto, por enésima vez, que a mí no me respetas, que sólo tienes por mí una tolerancia hermanable, vagamente nostálgica. Para ti, como para todas las mujeres que conozco, lo que cuenta de verdad es el dinero, el éxito mundano, por cualquier camino que venga. Antes no habías adquirido esta actitud, y pensé, ingenuamente, que podrías seguir viviendo en esa forma, fuera de esta conciencia. Pero entraste al orden sin muchas dificultades, con menos dificultades que otra gente. Sacrificar detalles como el cine en beneficio del descanso de tu marido es parte de tu rol actual, es la indispensable dosis de abnegación de tu personaje, que interpretas con maestría innata.

—Bueno—anuncio—. Me voy, entonces...

José Raimundo bosteza. otra vez y me da la mano.
—Buenas noches—dices—. Dile a mi mamá que mañana o pasado le hago una visita.

Camino hasta Providencia y tomo un micro hasta el centro. Ahí me bajo a estirar las piernas. La noche es cálida y las veredas están llenas de animación. Me detengo en las esquinas y miro pasar los automóviles. Veo rostros conocidos, habituados a la noche, pálidos. Para ellos debo ser otro rostro familiar, parte del paisaje de sus paseos nocturnos; alguien que no se sabe lo que hace, para qué existe. Permanezco un rato en los umbrales de los cafés, observando la concurrencia. De repente se oye una frenada estrepitosa y voces airadas, confusas; un motor que vuelve a partir, a toda máquina. Leo los títulos de los libros en los puestos de la feria.

Después de una hora de merodear, atravieso la plaza Bulnes y camino Alameda abajo. Quiero dar una vuelta frente a los prostíbulos de San Martín antes de recogerme. Vivimos en Manuel Rodríguez, no demasiado lejos. Las mujeres de grandes escotes y bocas redondas, rojas, me llaman desde las ventanas. Hay una que me habla en voz baja, con más intención que las otras, y alcanzo a detenerme; no consigo escuchar lo que dice, pero comprendo la mirada procaz y el llamado de los labios entreabiertos, carnosos. Sigo mi camino. Escucho un insulto y veo un gesto despreciativo; alguna que me ha visto pasar en ocasiones anteriores, y no entrar. Doblo y me interno en una callejuela. Desde una ventana en penumbra me solicita una voz de timbre ronco; me cogen un brazo, aprovechando un segundo de vacilación mía.

—Espérate. Voy a abrirte.

Murmuró una negativa, pero ya la mujer se ha precipitado a abrir. —Entra—dice, parada detrás de la puerta.

—No puedo.

—¡Entra! Aquí conversamos. —No puedo. No tengo plata. Sale del interior y me toma del brazo: —¡Entra, mijito!

—Te digo que no puedo. No tengo plata. —Me haces un cheque, si quieres.

—No tengo cheques, tampoco.
—¡Mentiroso!
—¡Te juro que no tengo!

Me desprendo con brusquedad y la mujer retrocede, con expresión dura. Agitado, emprendo viaje a mi casa, a paso rápido. Dos carabineros en la esquina me observan pasar indiferentes. Pronto estoy lejos del sector más concurrido. Contemplo un prostíbulo que funciona en un segundo piso; detrás de las ventanas iluminadas se escucha música, pero no se alcanza a divisar a la gente. Para que los llamados no se repitan, me disimulo detrás de un árbol. Después de un tiempo, sigo. Entro a calles solas, áridas, bordeadas de casas bajas y árboles miserables.

Domitila, en bata, con una mano en la cadera y un gesto de cansancio, arrastra los pies por el corredor.

—¿Mi mamá ya se acostó?

—Está durmiendo hace rato.

—¿Cómo estuvo?

—Bien—dice Domitila.

—¿No estuvo bebiendo?

—No dice Domitila—. Descubrí que había comprado una botella de pisco y se la escondí. Ni me preguntó por la botella.

—Está bien, entonces.

Antes de dormir, en la habitación oscura, pienso en los racimos de mujeres asomadas a las ventanas. Los vestidos se abren y surgen los pechos turgentes, los vientres redondos, marcados por la fatiga. Me hago la idea de levantarme y partir otra vez a buscarlas. Podría pagar con un cheque. Pienso después en la balsa, en el agua tranquila y engañosa, en tus chillidos. Avanzas en la oscuridad, en el traje de baño de entonces. Tus muslos duros, blancos, en contraste con la tela negra y elástica. La verdad, no voy a salir; prefiero hundirme en la cama y esperar que llegues. Pero no llegas nunca. Te demoras interminablemente en llegar. La otra noche entró mi madre, tartamudeando, fétida a alcohol, indignada contigo porque no vienes a visitarla nunca . "No es muy agradable venir a esta casa de visita", le dije, y soltó el llanto. Sollozaba y se estremecía entera. Me dio pena, pero tuve que expulsarla de la pieza para que me dejara dormir. En vez de dormir, permanecí con los ojos abiertos en la oscuridad, esperándote. Igual que ahora. A sabiendas de que no ibas a llegar, de que la oscuridad permaneceria idéntica, deshabitada, sin engendrar milagros.




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