jueves, 5 de julio de 2012

Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra [por Andrés Olave]



Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra.


La narrativa Zambreana ya todos la conocemos: hay una pérdida y un personaje dándole vueltas a la pérdida.  En este caso, es una amiga de la infancia (en La vida privada de los árboles era una novia, en Bonsai, otra novia). Ahora, por largas páginas Zambra nos habla de una chica que perdió de vista cuando era niño, y como para poner algo más, nos habla de la familia de esa chica.  La pérdida, por supuesto, ocurre porque la chica se cambia de casa (algo sumamente traumático), y el protagonista sufre porque la echa de menos y porque no es muy bueno para conocer nuevas chicas.   Moraleja: hay que tratar de hacer nuevos amigos, aunque cueste.   Punto.

Sin embargo, en Formas de Volver a Casa hay una subtrama harto más interesante, una pregunta que Zambra nunca menciona pero a la que incesantemente le busca una respuesta, a saber: ¿quién chucha son mis lectores?   Zambra no para de darle vueltas al asunto durante buena parte del libro, un misterio al cual no logra encontrar solución.   Si es un escritor, un escritor reconocido y que supuestamente alguien lee, entonces ¿quién es ese alguien?

 Hay una escena donde va a la clínica y el doctor se declara ferviente admirador.  “No he leído los libros porque no tengo tiempo, pero los he comprado”.   Algo es algo parece pensar Zambra.   Va a la casa de sus padres, quienes tienen sus libros, pero tampoco se los comentan.  Están más interesados en hablar de Alejandra Costamagna, autora que Zambra desprecia, pero que a la vez secretamente envidia (ella ha atrapado al lector que hay oculto dentro de sus padres, cosa que él no ha podido).   En otra ocasión le pide a una de sus novias que lea un manuscrito, pero esta no le hace mucho caso.  Por esto, Zambra sufre.

Hay más escenas de esta índole: una mujer en el avión que no lo conoce (otra puñalada al ego),  una conversación con otro escritor que es interrumpida por los pelotazos de unos niños que juegan cerca (más humillaciones), una mujer que lo recibe en su casa y lo trata de imbecil, etc, etc. 

El masoquismo a estas alturas es evidente.  Zambra se regodea en él.  A la vez que nos habla que tiene dinero, que trabaja poco o nada, que vive en La Reina, parece tener que pagar dichos privilegios con el hecho de sentirse un completo desconocido, un escritor de éxito casi inexplicable.  Esa turbación que sufre el autor es la que el libro trasmite continuamente y no la historia de la seudo familia de exiliados.  O como el propio Zambra dice:

Y el dolor era un libro interminable
Que alguna vez hojeamos por si acaso
Salían nuestros nombres al final

El problema, claro, está en que el libro pese a su brevedad se hace interminable.  Zambra y su dolor salen durante todas las paginas, una especie de pareja inquebrantable, un dolor que se profundiza a cada momento, dolor espiritual que posiblemente tendría una correcta solución si el protagonista bajara alguna vez de su limbo y recibiera un poco de dolor físico. 

Andrés Olave

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