domingo, 20 de diciembre de 2009

LA MUERTE BUSCA A LA VIDA



LA MUERTE BUSCA A LA VIDA
Escribe Carlos Amador Marchant



Buscando, rebuscando textos antiguos, lanzando al suelo otros que están encima y que no dejan ver a los que queremos hallar, de repente, sorpresivo, como un pequeño gran sol que aparece en el afán de no querer desaparecer, me encuentro con un libro de carátula roja. Qué podrá ser me pregunto, qué escritor duerme en esas hojas envejecidas por el paso del tiempo y la tecnología.
Me acerco más y me tropiezo con Nicomedes Guzmán. Pero quién es, quién fue este Guzmán agazapado, qué es esta “La Sangre y la Esperanza” que me mira como asustada y sonriente, como diciendo que ya era hora que la sacaran de la oscuridad más oscura, de estos caminos del silencio.
Y ahí está, la misma Quimantú de su primera edición salida en 1971. Hablo de tres tomos amarillosos que lanzan polvillos por las narices, aquel polvillo de los tiempos, recibido del implacable que cae en todos los rincones, en las paredes, y que deteriora los textos de más de cuatro décadas conservados en mínimas casas y bibliotecas privadas, donde en ocasiones son cuidados como verdaderos tesoros testimoniales.
Libros difíciles de leer por la toxicidad que emanan producto de la calidad del papel de edición. Buscando estrategias de lectura, me atrevo a decir que hay que usar mascarillas para poder seguir el curso de sus letras.
Sin embargo, quien tenga estas obras, puede sentirse afortunado en cuanto a poseer pequeñas reliquias de época y de convulsión social.
Guzmán, en su tiempo, provocó más de alguna apatía por su temática, me refiero a sectores contrarios a los suburbios y la miseria del tiempo. Es posible que muchas casas de Chile mantengan arrinconadas estas obras, las llamadas “de bolsillo” y que en la década del 70 eran llevadas en las manos por los transeúntes que subían a los micros.
Puede que se encuentren también en las librerías de viejos o en aquellas míseras imágenes de gente que se aposta en las ferias a vender obras de autores que descansaban en fétidos rincones de casas antiguas.
Hay quienes se preguntan cómo puede subsistir un vendedor de viejos en las ferias. Sin embargo, muchos recorren esos sectores del mundo aciago, recorren esos escondrijos meticulosamente y sacan lo que supuestamente a nadie debe interesar, adquiridos, al mismo tiempo, a valores ínfimos. Con todo, es mejor que esos textos abandonados tengan de nuevo un lugar de cobija antes que se sigan deteriorando en las sucias avenidas.
Vuelvo a Nicomedes Guzmán, a quien vivió tan sólo 50 años (1914) y que falleciera antes de la llegada del gobierno popular al poder (1964). Creador audaz y mordaz, proletario por esencia, representó a la generación del 38 no sólo participando de la vida literaria de nuestro país, sino también de su civilidad.
Observar un libro de esa época resulta algo curioso, transporta las tristezas de un momento, contradicciones que quedan estampadas en medio de un estupor. En todo caso Guzmán se concentró en narrar apasionadamente la miseria de suburbios, íntimamente identificado con personajes de vidas precarias, ladrones, prostitutas, trabajadores explotados, gangrena de ésa y lamentablemente de todas las épocas del ser humano.
Ricardo Latcham al referirse a “La Sangre y la Esperanza”, expresa: “Esta novela es un reflejo consciente del medio que circunda al autor y por eso se transforma en literatura tendenciosa, esto es, de tendencia en el más puro carácter que puede darle el rumbo objetivo del desenvolvimiento social”.
Cabe señalar que el naturalismo de Guzmán, la época y lo que imperaba en el mundo de comienzos del siglo 20, transforman al autor en algo valuable por la etapa del país y del continente.
Escritor avezado o no, eso importa poco. Para los efectos debo recordar una etapa de tertulia de hace unos años. En la oportunidad se me ocurre hablar de la narrativa de Nicomedes comparándola con la de otros escritores de su tiempo en Europa y nuestro continente. Recibí, por cierto, réplicas flamígeras por parte de los más viejos. Entendí que su nombre no había que tocarlo en el real contexto.
Latcham, quien prologa el libro de Quimantú, dice al respecto: “Guzmán domina muchas condiciones del buen escritor, pero no disciplina aún su estilo por hacer concesiones a la facilidad caudalosa. Pero la fuerza que lo sostiene y el sincero tono que exhala toda su narración hacen perdonar los agravios que, no siempre, inflige a la lengua”.
Leamos algo de esta obra: “Bajo, de una estatura que traicionaban apenas unos cuantos edificios de dos pisos, arrugado, polvoriento, el barrio era como un perro viejo abandonado por el amo. Si las lluvias y las nieves de aquellos años tuvieron para él azotes de inclemencia, el buen sol supo resarcirlo en su desamparo con las profundas caricias de sus manos afectuosamente calientes. Y hasta buscó, a la llegada de los crepúsculos, en los ojos turnios y legañosos de sus ventanas, el reflejo de sus largas barbas, antes de despedirse del mundo y de los hombres.
Era la vida. Era su rudeza. Y eran sus compensaciones.
Y nosotros, los chiquillos de aquella época, éramos el tiempo en eterno juego, burlando esa vida que, de miserable, se hacía heroica.”
A los textos publicados por el autor hay que resaltarle también su aporte editorial. Fue él quien estuvo a la cabeza de las Ediciones Cultura, que funcionaba en la calle Huérfanos 1165. Cosa curiosa, en un libro que le publicó al narrador nortino Mario Bahamonde, fechado en 1946 (que también conservo como una pequeña-gran reliquia) las Ediciones Cultura expone el teléfono que usaba en su oficina: 81291. Y la casilla 4130 de Santiago. Ahora inexistentes, sólo quedaron en el papel.
Fueron varios los autores que tuvieron el privilegio de ver publicadas sus obras bajo la batuta de Guzmán. Entre éstos: Francisco Coloane, Raúl Norero, Reinaldo Lomboy, Mario Bahamonde, Oscar Castro, Guillermo Valenzuela Donoso, Gonzalo Drago, Juan Donoso, Nicasio Tangol, Baltazar Castro, Andrés Sabella, Eduardo Elgueta Vallejos.
Mirado desde cualquier punto de vista, el haberme encontrado frente a frente con esta obra “La Sangre y la Esperanza”, buscando y rebuscando como dije inicialmente, sólo habla que este o estos libros quisieron reencontrarse con la vida, la vida de este tiempo sin dejar morir el pasado.


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