viernes, 8 de mayo de 2009

Juan Emar: Una alegoría del modernismo tardío por Daniel Rojas Pachas.

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Juan Emar (Chile 1893-1964)

Aquellos que han tenido la suerte de penetrar al universo Emariano y empaparse de su prosa, no les sorprende el ascenso a una realidad compleja y carácter post-vanguardista que nace desde las postrimerías, decadentismo del espíritu intelectual americano de los primeros años del siglo XX. Generación de poetas y narradores educados sentimentalmente a partir de manifiestos y revoluciones.

A esta cohorte de afectados artistas, nacidos en el seno de Paris, entre excesos y cabarets, Emar los desafía con su creación inesperada y extravagante; por ello, aún cuando lo encontremos calificado por la crítica como otro vástago de los ismos, “un surrealista al uso” debemos entender que su presencia es mucho más fecunda que lo que atañe a un capricho experimental o rupturista. Emar perturba por entero el canon literario de Chile y América con una producción que constituye un enigma visionario para el tiempo en que se gestó (el primer cuarto del 1900) incluso hoy, en pleno siglo XXI, podemos afirmar que su voz hermética se ramifica por encima del lector con un elitismo e ingenio mordaz.

Esto, Álvaro Yánez Bianchi mejor conocido bajo el seudónimo de Juan Emar, nombre tomado de la expresión francesa “J’ en ai marre” (estoy harto) , lo pagó con el silencio e indiferencia de un gran bloque del público y ante todo con la mirada desdeñosa de los especialistas, que en aquel entonces tenían la última palabra sobre el valor y pertinencia de una creación.

El caso del autor de Diez es paradigmático pues grafica lo que ocurre en Chile con cáusticos progresistas y exploradores de los límites que la palabra comprende. Su experiencia es similar a la que le tocó sufrir a Pablo de Rokha.

Al respecto, resulta ilustrativo el apelativo que un contemporáneo Neruda le da “El Kafka Chileno” cuando en realidad a Emar se le puede percibir mejor, como a “un Proust Latinoamericano” debido a las estrategias textuales con que irrumpe a través de su ambicioso proyecto prosaico, su novela mamut, Umbral, compuesta por cinco tomos monumentales denominados pilares. Estos están encabezados por el libro “El globo de cristal”, texto que a la fecha, recién se está considerando en su completitud. Algo similar ocurre con el resto de su obra, Un año, Miltín, Diez, Ayer.

Estas, de modo individual así como en conjunto, dadas sus relaciones intertextuales, hacen de Juan Emar, una revolución autónoma sin necesidad de adeptos y coaliciones. “Un universo en sí mismo”

El estilo que Emar propone en sus páginas, somete al lector a una interpretación descentrada y fragmentaria de la realidad. El género narrativo se deconstruye por completo, algo que puede más o menos ser usual, comprensible e incluso tolerable para un receptor informado a la fecha pero como señalara, difícilmente digerible para los interpretes y reduccionistas análisis de la década de los treinta.

Esto confirma la adversa y casi nula re-edición de su quehacer literario y el carácter mítico y de autor de culto que pesa sobre su imagen. Producto de todo lo dicho, Emar, se ha tornado un icono literario que nuevas generaciones de escritores y lectores, están gradualmente redescubriendo como “sondas proféticas enviadas desde otra dimensión”.

En síntesis lo que caracteriza al texto Emariano, es el goce estético que provoca la búsqueda, más no cualquier búsqueda, pues Emar no propende al encuentro de un sentido último y unívoco, sino a la búsqueda perse. El poder superar el plano evidente de lo enunciado y sus incoherencias, imbuyéndonos en las dimensiones del diseño, los niveles de enunciación del discurso y su conjunción ambigua de probabilidades.

A causa de esto, la lectura de Emar tiende a encerrarnos en el absurdo si no cooperamos con las múltiples estrategias de su estructura hiperconsciente, laberinto de espejos muy al estilo de Borges, sólo que pensado una década antes del padre de las ficciones.

Algunos de los subcódigos de la postvanguardía y postmodernidad que encontramos en los adelantados escritos de Emar, nos remiten a las concepciones que Eco y otros estudiosos de la semiótica y teoría literaria, han recopilado en base a los estudios, presupuestos y lecturas de investigadores y analistas como Hutcheon y Cesarini, esto a fin de dar corpus y arrojar luces en torno a una narratividad diferenciada, que no persigue la certeza y logicidad, sino la totalidad pero desde el desmembramiento y la libre pulsión del gramma creativo, algunas de estas formas que ya han sido estudiadas y merecen ser revisadas con mayor ahínco en un diálogo extensional con todo su panorama literario son la metanarratividad, exposición descarnada del andamiaje de la obra, esto rompe el pacto ficcional, las nociones de verosimilitud y genera alteraciones en la percepción del receptor debido a los cruces y saltos dentro de los niveles de narración, desde el autor que ingresa a la obra como personaje, a los personajes que tienen injerencia en la vida extratextual. El doble código por su parte, término adoptado de las nociones de Charles Jencks en arquitectura, crea un doble sistema comunicativo que conmina tanto al profano como informado lector, al rupturista como al tradicional, esto va perfilando en términos de Walter Banjamin, un espíritu alegórico de la voz Emariana, destrucción y creación en un maridaje sutil. De igual modo el dialogismo bajtiniano e ironía intertextual aparece como una visión ultraconsciente que va gestando redes citacionales que van más allá de la filiación y las influencias. La imbricación penetra a niveles más profundos, por tanto la comprensión del texto se libra en su relación comunicativa con cada elemento, hasta el más insignificante de lo que compone sus cuentos, ensayos y manifiestos. Emar apela a Emar y el lector queda atrapado en este juego de auto referencias que constituyen una universalidad intertextual. Es el juego que el Aleph nos plantea como incógnita y Rayuela como diseño, todo en la mente de un misántropo incomprendido que con justa razón se rebautizo, naciendo nuevamente a la vida, bajo el críptico anagrama españolizado de “estoy harto”.

Curioso en este aspecto, resulta la idea del pájaro verde en su cuento homónimo. Este relato breve, uno de los más accesibles del autor, forma parte de su colección de cuentos Diez, “El pájaro verde” se añade como parte integral de los cuatro animales, tres mujeres, dos sitios y vicio único del alcohol que en conjunto, sumados entregan como resultado el número que da nombre al libro. Este pájaro que es extirpado de su condición indomable para ser adiestrado por una serie de dueños que muestran el progreso y ruina de la civilización europea, es domesticado por curiosidad y capricho de un doctor, termina en manos de un descendiente militar para luego morir bajo el cuidado de un snob artista mientras es retratado como parte de una naturaleza muerta. Su regreso a América lo realiza como una reliquia embalsamada, pues Emar (autor y personaje), lo recibe como obsequio durante su estancia en Paris. Sus amigos, bohemios incorregibles procuran sorprender a su amigo chileno al encontrar este tótem inerte en la vitrina de una tienda de antigüedades. Pero el loro para estos jóvenes descarriados representa más que un adorno de salón, su aprecio nace de una frase, la lírica de un tango que se convierte en un ideolecto con que ellos resumen y compendian todo y a la vez nada.

Así, si alguno tenía una gran noticia que dar, un éxito, una conquista, un triunfo, frotábase las manos y exclamaba con rostro radiante: -¡Yo he visto un pájaro verde! Y si luego una preocupación, un desagrado se cernía sobre él, con voz baja, con ojos cavilosos, gachas las comisuras de sus labios, decía: -Yo he visto un pájaro verde... Y así para todo. En realidad no había necesidad para entendernos, para expresar cuanto quisiéramos, para hundirnos en nuestros más sutiles pliegues del alma, no había necesidad, digo, de recurrir a ninguna otra frase. Y la vida, al ser expresada de este modo, con este acortamiento y con tanta comprensión, tomaba para nosotros un cierto cariz peculiar y nos formaba una segunda vida paralela a la otra, vida que a ésta a veces la explicaba, a veces la embrollaba, a menudo la caricaturizaba con tal es especial agudeza que ni aun nosotros mismos llegábamos a penetrar bien a fondo en dónde y por dónde aquello se producía. (Emar 1971:16)

En estos términos, Emar concibe el pájaro verde como una hipertextualidad, como una alegoría de la creación, como una totalidad fragmentaria, ambigua, probable e incierta. Curioso que esta idea irracionalista y descreída, este representada por un significante que nace en América, una bestia selvática, verde, fértil, alada, que recorre el mundo, muere en Europa y revive al retornar a Chile, cumpliendo su destino al hacerse dueño desde su materialidad de la inmaterial consciencia del autor y por ende de sus destinatarios (todos sus hipotéticos lectores).

Como objeto podemos señalar que el pájaro intercambia miradas con un cuadro de Baudelaire y luego con un busto de Arturo Prat y culmina su transito como un violento arrebato al inesperadamente recobrar la vida y matar a picotazos al tío del autor-personaje, un hombre de ideas fuertes, inflexible, conservador que mira con malos ojos la creatividad, estancia en Europa y libertinaje experimental de su sobrino. El pájaro verde es un cuento sencillo, pero como toda obra de Emar, posee niveles de lectura insospechados, desafiantes, agudísimos y altamente recomendables para todo intérprete que este dispuesto a ir más allá de las fronteras de lo evidente que ha sido presentado como verdad única en los grandes discursos e instituciones de nuestro siglo.

Tomado en cuenta lo revisado, si como lectores nos sometemos al elitismo hermético de Bianchi, optando por recorrer a tranco largo su voz y literariedad a fin de ponernos al ritmo de sus particulares códigos que comprenden un extremo dialogismo, interrelación de cada uno de sus textos, actantes, situaciones y discursos; logramos experimentar como sensibilidad comunicativa, lo hipertextual y las dimensiones narrativas de una creación que trasciende los bordes de lo eminentemente referencial y diegético. Emar fisura la comprensión plana y lineal del mundo, se divorcia de modo violento del texto idéntico a sí mismo y cerrado que así como principia, acaba en el sentido irrestricto y artificial de una perfecta y pura unidad. Una literatura que este autor “resignadamente moderno” y consciente de su fracaso; ya en esos primeros años del siglo XX la concibió agotada y desecha, al igual que a la racionalidad luminosa e ilustrada sostenida por burdas mímesis, pactos ficcionales y naturalezas muertas.

Autor: Daniel Rojas Pachas.

Publicado en: Cinosargo

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