martes, 4 de diciembre de 2012

La escritura como cine B o como ese voyeur justificado.






La escritura como cine B o como ese voyeur justificado.

Sobre Cero Glamour de Markos Quisbert

(La liga de la justicia ediciones, 2011).



Por Pablo Lacroix



Escribir sobre lo no escrito, lo que no está dicho o lo que simplemente a nadie le importa. Representar escenas obscenas, morbosas, mundos fálicamente asquerosos, estilos de vida que succionan con rabia la teta deforme y arenosa de lo cotidiano. Escribir sobre lo no importante, escribir simplemente, para que importe cuando esté escrito. Al parecer faltaba una pluma norteña que triturara el papel con aquellos ecosistemas cuyo líquido amniótico es el tedio, biósferas que siempre han existido, pero que no existían como libro.

Markos Quisbert en Cero Glamour le da existencia a estos mundos con un manejo poético interesante, planteando en este libro los conflictos más obscuros y flemáticos de la sociedad actual, utilizando una lengua que ni tan poética ni tan retórica, cae a ratos en la prosa y el microcuento, dando a personajes como el mendigo, el borracho, el juvenil pornofílico, la vieja del barrio, el travesti, roles protagónicos en la conformación de un contexto cuya esencia, lo precario, se intensifica hasta sopesar los planos del hastío.

Dos tipos se reúnen en una ex estación de ferrocarril, ansiosos, después del trabajo. Le agarra su pene con desesperación y se lo chupa, lo chupa “con lágrimas en los anteojos” (pág. 60). En muchas ocasiones la voz asume cualidades omniscientes, como si fuese un narrador en vez de una voz poética. En muchas ocasiones, el trabajo de Quisbert parece una narrativa fragmentada, una episódica secuencia abrupta, cuyo hilo conductor sería la tónica patética, casi un slpeen Baudeleriano, una bilis negra que recorre y une cada página, una cámara silenciosa que trabaja para el cine B. Markos representa en este libro una fase y condición de la gama social chilena que no es siempre representada y la pregunta es por qué. Por qué un sujeto como Markos Quisbert, un ariqueño de 32 años decide representar y apreciar la vida del mendigo o del homosexual que observa porno. Por qué decide trabajar el amor y el desamor desde el asco, por qué incrustar palabras en inglés en sus titulares, por qué hablar de la webcam y el morbo-voyeur. La pregunta es por qué,  o más bien la pregunta es ¿por qué no?

Todos somos una piedra mohosa en el prostíbulo que ilumina con sus tubos de neón la palabra vida. Todos somos lame vergas de la condición social. Eso es los que nos dice al oído, levemente, la obra de Markos Quisbert. Porque eso es lo que somos, unos voyeristas de la vida ajena, unos faroles (que se juran Atalayas) que iluminan lo pueril del otro, lo lascivo, lo desagradable, lo bizarro. Lo iluminan, sí, lo iluminan por el simple morbo y porque simplemente nos gusta incursionar la otra vida ¿Por qué escribir sobre esto entonces? Porque habla concretamente de nuestra condición y nos dice, con una patada bien fuerte en el culo, lo desagradable que somos. Nos dice, con la punta del zapato metida en el trasero, que somos parte de una película típica del Cine B, película que por lógica, es cero glamour.


Uno de ellos se masturba,

El otro come papas fritas y pollo:

Ambos son hombres solitarios,

Sin trabajo, mujer o hijos,

Sin padres ni tribus urbana;

 Admiran a Ron Jeremy, a Jhon Holmes,

Charlas, se pajean,

Analizan las actuaciones de los actores.

Corrigen las escenas de sus propios cuerpos (Pág. 26).

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