viernes, 2 de marzo de 2012

Plano Inclinado, poética en un sentido amplio de Casa Azul [por Tirso Troncoso]

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Plano Inclinado, poética en un sentido amplio de Casa Azul

Tirso Troncoso
Profesor de Filosofía


Un par de lecturas de un texto como Plano Inclinado resultan siempre insuficientes, más cuando las voces reunidas son tan diversas y sus propuestas escriturales problematizan, justamente, su inscripción en un género determinado. La conjunción de seis artistas en una publicación es un gran desafío para el lector. Si se me permite un símil, es  muy semejante a la experiencia de quién visita Valparaíso por primera vez, son tantas las perspectivas y la superposición de planos que se hace necesario acostumbrar la mirada a lo próximo, desde “el plan”, como gusta a ellos llamar a la zona costera, hacia las alturas pobladas del puerto.
La textura, el formato, su portada, el trabajo de edición, dan cuenta de una esmerada labor que no produce estridencias, más bien se disimula, parece un libro viejo, pero todo eso es engañoso, con esos ropajes disfraza su total pertenencia al presente. Me recuerda esas cartas-bombas, que hieren o matan al ávido lector cuando  las abre. Bueno, este libro tiene algo de aquello: es la contemporaneidad trasvestida bajo los ropajes del pasado. Este libro utiliza el color del papel kraft comparativamente más tosco que cualquier otro al uso de impresión para estos casos, así de particularmente notorio por su resistencia para ser principalmente usado como envoltorio, enresmado y empaquetado, entre otros. Luego la portada (“El Pajarero” del pintor Patricio Bruna) apuesta a la monocromía, es decir al blanco —en este caso el color kraft de fondo— y al negro… en un carácter de impresión logrado como si fuese un dibujo al carboncillo —técnicamente se logra esto en el dibujo propiamente tal proporcionando una mezcla de agua y pigmento no-graso, más sucio y más difícil de retener en el papel, aunque mucho más fácil de difuminar y borrar, por ello que se utiliza para el estudio de luces y sombras—. Pareciera que la idea de esta estética así lograda es acercarnos a un libro Obj-Ethos, es decir un punto de partida, aparecer, inclinación… y a partir de ahí, su propia definición de personalidad… en eso de que siempre la forma termina delatando al contenido, pero que en este caso la correspondencia no es un “a pesar de”, peyorativa, sino que resulta de una voluntad programática totalmente intencionada.
Da inicio al conjunto de escritos los textos de Héctor Santelices, bajo el título de Crónico. A mi juicio, es quien asume una posición más contingente, a partir de la explicitación del ubi del texto, desde la marginalidad del hablante. Destaco de él la siguiente interrogante por sus implicancias metafísicas: “¿dónde es más barato acicalarse el alma?  Interrogante que deja establecida la precariedad desde la cual se interroga y la mercantilización puramente ornamental que se abre como respuesta. Cuando afirmo su filiación más contingente refiero a su disposición más militante “En Venezuela hay supermercados para los pobres con productos de alta calidad y pasan los bienes del Estado al pueblo”.
Teclas negras, que reúne textos de Jaime Villanueva, busca instalarse en la zona de los semitonos, en ese espacio de tránsito hacia otra cosa, a ese lugar puente entre las cosas y el lenguaje. “Vuelvo de golpe sobre la leche negra de los sueños”, esa condición nutricia de lo onírico  y por otra, su condición de indeterminación, de incertidumbre que generan la antítesis de imagen que cualifica los sueños –leche negra-, ese oscuro alimento de lo soñado proveniente de esa zona indeterminada del deseo.
Entre árboles y  niebla obra de Karen Rosentreter, es  poesía de la bruma,  “…y en sus manos  traía dos tristezas dibujadas”. Dolor, sometimiento, maltrato dan cuenta de esas historias silenciadas de lo domiciliario. Desde siempre, los árboles, bruma, bosques, son recurrentes en el imaginario poético femenino. En el mundo premoderno, el bosque es lugar del extravío, del deseo, pero también es el modo más habitual de referir a lo femenino.
Karina García en sus textos reunidos bajo el nombre ¿Dónde está la nuez para la ardilla? Busca alimentar lo que ella denomina poesía viva, es decir, aquella capaz de fundar mundos, sin duda que su concepto se relaciona con esa vieja disputa a propósito de la metáfora viva que Ricoeur y Derrida desarrollaron en sendas obras. Sin duda que su aguda poética alcanza verdaderos relámpagos llenos de significación: “Todos llevamos un cuerpo muerto que nos da ventaja”. Su densidad metafísica la aproxima a ese ser para la muerte que el existencialismo no supo decir de modo tan logrado como Karina García.
Moscas de Luis Retamales, nos recuerda el proyecto poético de Williams Carlos Williams, en su esfuerzo de fundar ese momento previo del poema, lo pre-poemático, la disposición abierta de las cosas para hacer posible el poema. Retamales nos habla de poemas paisajes. “La belleza envejece en un plato de arroz” o en “frente al espejo: dos cepillos de dientes,/ un frasco de pastillas/ un parche curita usado/ un envase de crema nívea”. Me recuerda aquel poema “todo depende de una  carreta de rojas ruedas junto a unos polluelos que distraídos se alimentan” de Williams. En tal sentido nos parece que “la verdad” del poema es allí donde no está, la poesía acontece en la esfera del ser, no del estar.
La Lengua es un ojo que en-calla, de Patricio Bruna, Da cuenta de una propuesta más deconstructiva, una tensión entre lenguaje y sus referentes. Su enigma se instala como destellos de lo que no llega a acontecer. “compañía, hay un registro,  inscripciones mudas/ aunque no las pedimos. Las tablas/dicen, sus mil pisadas, son…… este sueño vaciado. Godot no llegó. Nunca llegará. Godot es el poema que todos esperamos escribir”.  Aquí también los esfuerzos poéticos están al servicio de lo pre-poemático, el poema  es camino ontológico, solicitación y aventura.

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