miércoles, 6 de abril de 2011

LA PATRIA ASIGNADA [Por: Nataly González Díaz]

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LA PATRIA ASIGNADA

Por: Nataly González Díaz

Periodista y Magister en Cs. Sociales

El escritor y poeta copiapino, Víctor Munita Fritis, presentó hace tres meses su libro, “La Patria Asignada”, de la editorial Cuarto Propio, poesía social que nos muestra una realidad que muchas veces preferimos ignorar: el abuso sexual infantil. Al comenzar su lectura es inevitable el deseo de ir por más, para entregarse al cúmulo de emociones por el que te hace transitar. El libro nace de una investigación de casos, del estudio de la temática en sus aspectos sicológicos y sociales, y lo más importante, de la profunda convicción del autor de que algo hay que hacer y decir en torno a una de las más crueles manifestaciones de la violencia hacia los niños y niñas.

“Te canto mi balada oscura, esa que vive en los deprimentes paganos de mi patria, de aquellos tristes que recorren las calles tristes”. La Patria Asignada hace las veces de banda sonora de una niñez oculta, que sale a la luz en los desgarradores versos al principio de la obra. Como en una radio antigua, se va moviendo el dial de esta balada oscura, que llega al pleno corazón de la violencia sexual y emocional, tocando un tema que no queremos ver: la infancia abusada, vulnerada, dañada, por quienes se supone deben protegerla.

El grito contenido de un niño, una niña, y la imposición de una patria que marca el cuerpo, una patria como represión y no como espacio de libertad. ¿Qué se espera cuando el país se estrella contra el cuerpo?

Y sin embargo, el balance final del poemario no es el dolor, sino la rabia primero y la resignación después, como en las interpelaciones a Dios, a quien se le habla sin ceremonias ni respeto, sino como un cómplice de lo que pasa acá abajo.

Desde lo periodístico y lo cotidiano, la Patria Asignada nos remite a los casos de Alto Hospicio, a los asesinatos de tantas y tantos menores, al abuso encubierto, a la explotación sexual infantil, convirtiéndose en una cachetada directa al rostro, denuncia pero no panfleto, explorando el dolor, la soledad y también la aceptación de la víctima.

Ese vaho de violencia cotidiano se condensa aquí, en esta balada que sangra y que nos invita a bailar, cabeza gacha y lenta, mientras los juguetes de la niñez acumulan polvo por el poco uso.

FUENTE: DIARIO ATACAMA



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