miércoles, 26 de enero de 2011

Baker y Millán caminan de nuevo por las calles [por Carlos Amador Marchant]




Baker y Millán caminan de nuevo por las calles.


Escribe Carlos Amador Marchant

Cuando se extravían crónicas por lo menos de dos décadas. ¿será posible retomar el ritmo de éstas y rescatarlas con una nueva visión?.

Me sucedió con Josephine Baker, conocida en la primera mitad del siglo 20 como “El trompo negro” sobre los escenarios parisinos. Ella, a quien no palpé ni conocí obviamente por asuntos generacionales, siempre la sentí por mis venas, la sentí correr con su agilidad felina, y al mismo tiempo la vi posarse en mi rostro con sus ojos grandes y su negrura bella.

La Baker, proveniente de una familia pobre de los Estados Unidos, sumida en constantes sufrimientos, se levanta de repente como una bailarina promisoria en bares y restaurantes de la época. Pero el país del norte con un exacerbado racismo nunca la miró con buenos ojos. París sería entonces el sitio donde la esperaría la fama, ese París atestado de gente deseosa de ver cosas nuevas en el arte, en la expresión más elocuente del ser humano.

Muy jovencita, cercana a los veinte años, sería parte de la innovadora revista negra (Revue Nègre), algo tal vez nunca visto en esos lugares donde parecía brillar la vida en todas sus dimensiones.

En la primera crónica que hice sobre Josephine, no tuve la suerte de verla (en videos) más de una vez actuando. Esto fue cuando asistí a una breve reunión con muestrarios de cine-arte (1984). Ahora es distinto, hay más material donde podemos observarla en sus más variadas poses y donde la agilidad del “trompo negro” parece tirar por el suelo al mismísimo Michael Jackson (sin dejarlo fuera de combate, por cierto).

Y es que en el caso de este personaje las cosas se dieron de una manera distinta. Ella traía en su cuerpo el ritmo y la danza africana. Parece haber sido sacada de esos lugares (espíritu vivo) o de antepasados que se impregnaron muy fuerte en ella.

Se vestía con atuendos de su cosmovisión originaria e incluía animales de distintas especies. Las grandes salas atestadas de público la aplaudían de pie. Los palcos con los señores más portentosos se inclinaban para saludarla. Fue una carta segura para el Music-Hall de París, como bailarina estable. Los grandes carteles se introducían por las principales calles de la capital gala. Era ella, con sus movimientos salvajes, con sus ritmos que parecían acelerar la vida.

Extraordinario resulta ver las imágenes donde la fiera rítmica se adueña de todas las más importantes salas de la capital francesa. Artistas famosos se acercan y son sus amigos por largo tiempo. La admiraban. Langston Hughes, Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald, por nombrar algunos escritores. También el mundo del arte visual se aferra a su presencia: el pintor Pablo Picasso y el arquitecto Le Courbusier, entre muchos otros. La princesa de Mónaco es una de sus más cercanas admiradoras. Pero el mundo de EE.UU. se mantiene ciego a ella.

No importa, la reina de color sigue haciendo de las suyas y amalgama influencias. Se hace también partícipe de movimientos que tienen que ver con los derechos de los hombres. Se introduce en marchas junto nada menos que a Martin Luther King. También podemos verla en la Segunda Guerra Mundial dar su voz contraria al nazismo y lucha incansablemente en su calidad de teniente. Por estas acciones, una vez que finaliza el terror impuesto por los alemanes de entonces, es condecorada por el general De Gaulle.

A Josephine Baker la seguí por largo tiempo. Es increíble auscultar a alguien que pertenece a una época distinta. Es como buscar lo intangible. En tiempos de ahora, tener contactos por messenger sin conocer a la persona. Fue, sin embargo, algo que atrajo sobremanera mi juventud, era la etapa en que buscaba cosas nuevas, la extravagancia y la sensibilidad al mismo tiempo, el deseo de escapar de la pobreza (ella) para situarse, con sus condiciones, en otro mundo, el mundo que sabe apreciar lo nuevo.

En poesía, en autores chilenos me ocurrió algo parecido. Admirador de la Generación Dispersa, cuando cumplía los 18 años, ya conocedor de la poética de Welden, de Lara, de Galaz, Pérez, Rojas, Quezada, Schopf, Lavín Cerda, Valdés, entre varios otros, siempre busqué la creación de ese poeta que daba la sensación que siempre se nos perdía (no así su obra); que estaba aquí y allá, casi como sabiéndose el más jovencito, el disparatado, el rebelde, el que era capaz de hacer creaciones que jugaban con el presente y lo movilizaba al pasado. Este Gonzalo Millán que cuentan sus amistades tenía pinta de niño bien, que reía y que luego, al paso de los años dejó la risa para transformarse en un hombre de mirada dura, perdida. Este Millán que en la década del 80 traté de contactar, pero siempre estaba lejos. Decían que andaba en Costa Rica, más tarde en Canadá, otro tanto en Holanda.

Este hombre que buscó escribir una novela que nunca fue publicada con las anotaciones que Welden (muy joven aun) le dio de su experiencia en pesquerías del litoral de Iquique. Este poeta poderoso que al fin acuñó lo que siempre fue, un poeta de fuste.

En Trilce número 29 le dedican palabras certeras Manuel Silva Acevedo, Francisco Leal, Oliver Welden, Alexis Figueroa, Leonidas Morales, Walter Hoefler, Juan Cameron y Alejandro Zambra, a cinco años de su muerte tras un cáncer.

Me suceden cosas curiosas con quienes trato de ubicar en el tiempo. El año 2005, en La Sebastiana (Casa de Neruda), a minutos antes de dar una charla y una lectura de sus poemas, me lo encuentro en el cafetín que está a la entrada del lugar. Intercambio unas cuantas palabras, hablamos de sus amigos y mi relación con el norte de Chile. Fuma un cigarro tras otro y bebé un café cargado. Logro conocer la mirada de Millán, una mirada fuerte y penetrante, una mirada cargada de poesía, de la poesía que gatilla y cala.

Si bien los poetas son seres de mucha inteligencia, en Millán ésta se duplicaba. Estoy seguro que su obra va a agarrar una connotación más allá de lo que imaginamos.

A escaso tiempo de su muerte, ya llevándola cargada como una mochila, le expresa a Manuel Silva Acevedo que no sentía miedo de morir: “Curiosidad es lo que siento, por fin voy a conocer el gran misterio”.

Precisamente, a unos días de su fallecimiento, yo me encontraba junto a otros poetas, realizando un taller para jóvenes reclusos en el centro penitenciario de Limache. En la oportunidad, frente a muchachos inquietos y agresivos, el poeta Tito Valenzuela, con su voz pausada y mesiánica logra adormecer a las fieras. Su tema en el momento fue precisamente, Gonzalo Millán. Leyó sus mejores creaciones que entusiasmaron e hicieron reír a los internos. En un lapso, en donde produjo un silencio inusual en la sala, señaló que el poeta Millán estaba muy enfermo y que según noticias recientes era posible que muriera en esos días. Y así fue. Cuarenta y ocho horas más tarde, Gonzalo Millán se nos fue nuevamente, pero esta vez a un lugar desconocido.

Josephine Baker, quien además de filmar ocho películas y mostrar no sólo su talento físico sino también vocal y que la transformó en la primera mujer de color que triunfa en suelos europeos, queda en la ruina por malos manejos económicos. En 1975 y casi cercana a cumplir los setenta años de edad, buscan formas de ayudarla y le preparan un musical para recordar diez lustros de vida sobre los escenarios. Fue en ese preciso momento cuando cae víctima de un derrame cerebral. Sus restos descansan en Mónaco tras cientos y cientos de homenajes.

Al comienzo señalé si era posible tomar el ritmo adecuado de crónicas extraviadas por mucho tiempo, y por supuesto que me respondo afirmativamente. Porque (los dos) fueron personajes que siempre busqué en mis etapas de juventud y siempre escapaban. Fueron, por otra parte, rebeldes disímiles, que murieron cargando sonrisas y a la vez trizaduras, las mismas que otorga la sociedad circundante, las calles con sus gritos y atrofias, las piedras que muchas veces no nos dejan avanzar, el grito espeluznante de la ira, la masacre de los exilios obligados.


viernes, 21 de enero de 2011

viernes 21: LOS DESCONOCIDOS DE SIEMPRE y PRESENTACIÓN DE [SIC]




Queridos amigos, este viernes 21 continuamos con el proyecto de lecturas de poesía/ LOS DESCONOCIDOS DE SIEMPRE.en el Bar Estación Terminal.

En esta oportunidad nos reuniremos con los poetas:

Alejandra FRITZ
Christian AEDO
Karen HERMOSILLA
Cristián LAGOS
Arnaldo DONOSO
Karen DEVIA


la reunión es como siempre ahí en Ramón Carnicer / Tomás Andrews, metro PARQUE BUSTAMANTE




Esta semana la lectura comenzará a partir de las 22:00 horas ya que antes, desde las 19:30 nuestros amigos de La Calle Passy 061 realizarán la presentación de [sic] Poesía Chilena del siglo XX y nosotros estaremos visitandolos en esa actividad así que les invitamos a ir ese día también. La reunión es en el 3er piso de Balmaceda Arte Joven, ubicado en Av.Balmaceda 1215, metro Cal y Canto.

Como siempre: Los esperamos. Y no se olviden de difundir esta info.
un abrazo a todos.

::::::sigan en fuga!:::::

martes, 18 de enero de 2011

SAM SPADE O LA NOVELA NEGRA DEL VERSO [Sobre Novela Negra de Juan Podestá Barnao]

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SAM SPADE O LA NOVELA NEGRA DEL VERSO

[Sobre Novela Negra de Juan Podestá Barnao (Cinosargo 2010)]

Por Antonio Arroyo Silva




Aunque no se sabía

quiénes eran -yo y ello-

anfitrión e invitados

de aquel acto primero.

Ni, tampoco, el traidor.

Ni, siquiera, el primero.

Yo, el impar

y agorero

comensal, los miraba,

fijamente, en silencio.

Emeterio Gutiérrez Albelo, Enigma del invitado.


Cuando leemos el título de esta obra, Novela Negra, se produce un choque en los esquemas que tenemos preestablecidos como lectores de poesía. Un asombro atrayente. No en cuanto a la forma que, en principio, apreciamos en la versificación, sino en cuanto a la manera digamos diferente de afrontar el aludido material poético. Si el poeta francés Francis Ponge decía que en el resultado final del texto poético el lector debe encontrarse con todo el proceso de la creación para que pueda abordar el texto desde su propio individualismo, de manera que el yo lírico quede disuelto en un bosque de posibilidades, aquí el autor va más allá no sólo del vacío de la forma sino del vacío clasificatorio de los géneros. Ya no se trata de encerrar un conjunto de citas con ánimo culturalista o barroco, sino al contrario, crear una referencia no-lírica como revulsivo a la lírica al uso. Leer un texto como si fuera una novela negra, donde cada verso es un paso hacia la resolución final del asunto, parece sugerente. Pareciera también que el autor nos imbuye en una ficción, en una epicidad de lo cotidiano para escapar de la realidad, pero tampoco. No hay escape posible. Como en la novela negra, el autor-poeta-antipoeta “inventa” una realidad que bastante se asemeja a su entorno y estado anímico al paso que denuncia un sistema sociopolítico, y, en este caso, también textual, en cuanto a uso y en cuanto a expresión coloquial circundante en su crudeza y desasosiego. Un laberinto acaso sin salida y sin saber dónde está situado el minotauro.

La novela negra debe su nombre a que originalmente fue publicada en las revistas Black Mask de Estados Unidos y Série Noire de Francia, y a que los ambientes donde se sitúa la trama eran “oscuros” (un nombre de otro nombre: un texto de otro texto). La resolución del misterio no es el objetivo principal sino la observación del hecho de que en ese clima de crimen y violencia las divisiones entre el bien y el mal están bastante difuminadas. La mayor parte de sus personajes son individuos derrotados o en decadencia que buscan un atisbo de la verdad que no encuentran. La rabia, las ansias de poder, la envidia que causan un deterioro ético de la sociedad en donde se ven involucrados tanto el criminal como el investigador.

Si me he detenido a definir este tipo de novela es precisamente porque se aprecia que el autor del poemario Novela Negra, Juan Podestá B., domina a la perfección los registros de esta narrativa y su expansión en el cine. Y, sobre todo, para analizar el paralelismo que se manifiesta en su manera de poetizar y despoetizar la realidad. Sobre la página en blanco,


Se perpetra el asesinato de la palabra

Escenario del crimen

Lugar de los hechos

Área cercada por huinchas amarillas

Punto final: tiro de gracia en la

pantalla

El que sabemos guarda sus utensilios

No limpia huellas, no deja rápido el

lugar

No le interesa escapar

No tiene de qué escapar.


El poeta: el anonimato y el éxito literario. Sencillamente, la expresión teñida de móviles. Llenar la realidad de realidad escrita. La hoja en blanco: la posibilidad del paraíso o el infierno. El antipoeta de improviso, la rojez de su herida. El verso y la tinta sobre la nada. El cansancio flotando en su sangre digital. La materia del verso y el objeto de la materia. El texto vivido, hervido y servido. Pero alguien le ha hecho morder el polvo.

Alguien lo asesinó. Imposible resolver el caso desde la indagación lírica. Convertir los materiales de la poesía en personajes de novela negra. Transformar la esencia en presencia. Indagar en el crimen y en el proceso de la creación buscando las huellas. El qué cómo cuándo por qué. El quién. Y, sobre todo, la madre del cordero: la palabra, su víctima.

Todo y todos han conspirado a tal fin. No sabemos si el criminal es la misma persona que el investigador o si, acaso, fue la misma escritura la inductora del crimen. Tampoco sabemos el arma causante: Tres libros/ Un teclado con letras borrosas/Un disco de tangos dos caracolas/ Una foto que ya no dice nada/ Un disco duro que se pone lento. ¿La tradición o la modernidad? ¿El discípulo o el maestro? Misterio y cosecha roja del verso. Por ahí anda un Sam Spade levantando el cadáver de la palabra. Difícil resolución cuando la misma literatura ha sembrado su propio victimario sobre la tinta del verso. Ya no importa si la víctima fueron unas letras Georgia cuerpo 12 o una chica que decidió dejar al novio. Ya no importa el cansancio ni el agotamiento de la escritura o los valores que en ella subyacen. El asesino no quiere escapar porque no tiene de qué escapar y esto lo sabemos muy bien los lectores que respiramos la trama.

El escritor, el poeta, al final es el sospechoso principal. El que cae en su propia trampa de éxito o fracaso. Alguien lo vio, como en el cine, por su ventana indiscreta. Quizás la misma Poesía, la que siempre subsiste.

Poesía llena, más que de referencias, con referentes (action painting poético) de la novela negra, donde se respira casi la misma atmósfera que en dicho género y donde el poeta es un juguete rabioso de la realidad circundante plasmada en lo textual. Expresión también caracterizada por el lenguaje cinematográfico y esos libretos llenos de acotaciones. Acaso la poética de Juan Podestá B. sea una revisión indispensable de unas vanguardias viciadas por la repetición y los lugares comunes que, a fin de cuentas, parecen ser el verdadero asesino de la palabra. Revisión y paralelismo con los primeros poetas surrealistas que vieron en el cinematógrafo una nueva forma de poetizar, con un nuevo ritmo, e importando un tono necesario al poema. Emeterio Gutiérrez Albelo, poeta canario, surrealista puro y después adaptado al rigor de la dictadura franquista, en su obra Enigma del invitado de 1936, acaso se sintió o presintió Sam Spade bullir en el fotograma de su verso.



sábado, 8 de enero de 2011

CRACK UP, de Jaime Retamales: la franqueza de un guijarro ante la ruina del mundo

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CRACK UP, de Jaime Retamales:

la franqueza de un guijarro ante la ruina del mundo


Carlos Henrickson

http://henricksonbajofuego.blogspot.com/


Ante la tranquilizadora o impotente aceptación de lo que existe –característica en general de la ficción narrativa-, la viva certeza de que convivimos permanentemente con la ausencia de algo es uno de los fundamentos de lo que se da en llamar una emoción poética. De manera paradojal, incluso la absoluta indeterminación de eso que falta envuelve al poema de una dimensión característica que hasta el más lego reconoce dentro de la siempre vaga e inexplicable definición de poesía.

Crack up (Santiago: Libros La Calabaza del Diablo, 2010), quinto libro de Jaime Retamales (Santiago, 1958), le confirma como el decidido cultivador de una poética en que más acá del deslumbre formal o de pretensiones de verdad, toma privilegio la imposible empresa de retratar un estado de ánimo en que el sentimiento de ausencia es central. Más que algo que falte en lo que le rodea, acá esa carencia termina constituyendo al mismo hablante -éste padece de esa inquietante nostalgia que, sea en la constatación del paso del tiempo o en la anécdota romántica, termina llevándole a un conocimiento esencial, a una verdad poética. Así, el poema ROMPIMIENTO:


devuélveme mis inútiles objetos

mis ojos

y la calle donde Massino hizo un poema memorable

y Los cuatrocientos golpes de Truffaut

todos mis inútiles objetos


¡uno es el asunto que se escapa de las manos

y uno que se despide!


Cada una de estas ausencias y nostalgias enmascaran una dimensión de la cual sólo la poesía parece ser capaz de dar cuenta. Así, en la CANCIÓN ROMÁNTICA CON VARIACIONES, desde el principio se revela la absoluta conciencia de lo insuficiente de los medios a mano del hablante, ante una emoción que trasciende con mucho la anécdota de un quiebre amoroso:


y es que uno no debería pronunciar

palabras que desconoce

hacer la representación de un mundo ido


tus heridos ojos mejillas cansadas

inician el desborde


y ruedas por la ciudad de las noches rojas

bajo ese influjo poderoso del vudú

día y noche día y noche

sobre las crujientes hojas muertas


una mujer no es todo un hombre no es todo

no se puede rodar a los pies de los demás


(...)


Esta ciudad de las noches rojas sugiere un locus permanente dentro de la poética de Retamales –el espacio de una bohemia destructiva, en que el tiempo nocturno impone su privilegio. Este tiempo, en que no existe una productividad real y el deseo personal destierra toda otra posible ética, va mucho más allá de la figura de un eterno presente: también se da como un espacio más de habitación de la nostalgia, así el poema RESONANCIA NOCTURNA.


entonces pendíamos de la vanidad

sin mayor esfuerzo

se alzaron sucesivos ensayos diarios

esquirlas de una resonancia nocturna


vacíos y funestos trampolines donde vibramos

en un tenue velo de humo ilícito

plagiando en un arco puro

la caricatura de una descripción amable


creyendo la vida a nuestros pies

supuesta a perderse como si nada

insensatos ante la catástrofe



Ese entonces, si bien indeterminado, marcado por un desfondado coraje y el descuido de sí, resulta una de las marcas más firmes dentro de la poética de la que Retamales es un decidido continuador: me refiero a aquella conciencia escritural nacida en medio del pujante escenario del capitalismo de entreguerras dentro de la literatura en inglés, la Lost Generation, cuyos rasgos fundamentales son después legibles en el cine y la novela denominados negros, el Beat y autores como Raymond Carver y J.D. Salinger. Esta conciencia escritural, partiendo desde el supuesto de la defensa de un cierto realismo de elaboración intelectual simple, es capaz de plantearse la misión de presentar el sentido de vacío radical de un sistema social en que todo ha caído presa de un flujo cuantificador y espectacular, concentrando en el individuo que generalmente toma el rol central -y representa plenamente y sin tapujos la perspectiva del narrador- aquella carga marginal y conciente de aquel que se despoja, o es despojado con cierta violencia, del velo mistificador para contemplar la ruina absoluta de la posibilidad humana, y por ende de sí mismo. La huella de este momento de la historia de la cultura de masas –pues se trata decididamente de este ámbito- atraviesa buena parte de la producción literaria chilena de fines de los 80, como una reacción ante la defensa de cierta idealidad comunitaria o social dentro de lo que quedaba de los intelectuales y artistas comprometidos –mucho más ingenua y simple de elaborar intelectualmente de la que implicaría una militancia efectiva, o de lo que significaba plantear derechamente el descalabro de las utopías colectivas. Retamales es capaz de ubicarse dentro de este locus planteado desde este nuevo romanticismo de un individuo consciente en el corazón de la sociedad de la enajenación y el espectáculo, y desde esa perspectiva dar un índice sobre la situación del creador y el alcance y sentido de su acción que otros autores, tanto contemporáneos como actuales, sólo han logrado resolver en un solipsismo que llega hasta la autocomplacencia[1].

El quiebre posible de ese solipsismo se presenta en Crack up con absoluta evidencia: el poema no puede dejar de situarse y resituarse con respecto a la vida que le rodea y lo alimenta. El poema como tal aparece en varios de estos textos, señalando su poder de interactuar y delimitar el lugar y la pretensión del hablante:


nos apunta el poema

que ligeramente nos construye

sin saberlo


algunas cosas mueven su atención

ocultos detalles pasan a sus ojos


(de NOS APUNTA UN POEMA)


las personas dueñas de sí mismas son todas poetas

aunque no escriban un puto verso


se desarman y se arman cuando es necesario

arrojando sus vidas a la vida:

imperfectas amables e innecesarias.


(de LAS PERSONAS DUEÑAS DE SÍ MISMAS)


de algún modo llegamos hasta aquí

no sabes cuándo pero sucede

de hundir las narices

no en un poema o libro

sino en la vida que está en todas partes


(frag. de DE ALGÚN MODO LLEGAMOS HASTA AQUÍ)


Desde esta conciencia, el planteamiento del gesto decidido –e incluso violento- como necesario para superar una autosuficiencia del ser que pueda implicar su autoeliminación se encuentra desde el epígrafe mismo, de Eugenio Montale, y se reitera a lo largo de toda la poética presente en el libro. La evidente crisis que se produce entre la necesidad de esta fuerte voluntad y la obvia impotencia y soledad del hablante (la inminencia del doloroso crack up aludido desde el título y el poema homónimo) resulta, en este sentido, la fundamentación de una poética mucho más densa que la simple representación de una gestualidad desesperada o una afirmación absoluta y enfermiza de sí. Son importantes, en este sentido, los poemas referidos a Cuba, que ponen al hablante de Crack up frente al idealismo colectivo y la persistencia del pasado, definiéndole por negación como un habitante cazado en su situación en esa ruina del mundo que toca sus tambores de invierno.

Con Crack up, Retamales no sólo se confirma como una de las voces sobresalientes en ese vago ámbito que para los habitantes de la zona central de Chile se extiende al norte de Santiago, sino que se confirma en uno de los caminos más difíciles dentro de un país grandilocuente: el presentar una poética de fuerte carácter personal, que se propone nada menos y nada más que dar cuenta, a través de sí mismo, de un descalabro universal y permanente en nuestras formas de ver el mundo. Un pequeño paso que implica una de las mayores apuestas en la literatura.

Por otra parte, corresponde reconocer la solidez con que se ha ido construyendo el catálogo de poesía de Libros La Calabaza del Diablo, que los pasados años continuó creciendo con nuevas obras de Gladys González y Raúl Hernández, así como con la opera prima de Priscilla Cajales, Termitas. Siempre abiertos a lecturas políticas de alto riesgo –desde la vindicación nostálgica de la memoria hasta extremos francamente psiquiátricos-, Libros La Calabaza del Diablo no deja de representar una de las necesarias voces disonantes –y malsonantes- dentro de la falaz armonía heredada por veinte años de política de cartón.



[1] Como ejemplos de esto sobresalen en narrativa tanto la vacía y simplista pretensión de verdad de Marcelo Lillo o Marcelo Mellado, como la aplicación política mecánica de Roberto Ampuero, que tan sólo acaban generando máquinas de autopublicidad que piden para sí cierto vago y torcido privilegio ético. En el caso de la poesía, la crítica interna a la que se obligan las poéticas generadas desde los 80 hasta ahora hace que obras que acceden a este romanticismo de nuevo tipo no puedan dejar de mostrar la fisura que las constituye, con lo que hacen entrar en el texto la necesaria presencia de los otros: su ética (p. ej., Diego Maquieira).




jueves, 6 de enero de 2011

Árboles estupefactos observan a Joaquín Edwards Bello





Árboles estupefactos observan a Joaquín Edwards Bello


Escribe Carlos Amador Marchant

Decir “no soy el de antes” es dar cabida a tinieblas, a las que nunca más entraremos en forma victoriosa.

Mi padre, a minutos de morir, esbozó una canción mexicana y dijo que afuera el cielo estaba hermoso y los ramajes de los arbustos se mecían como nunca antes.

Joaquín Edwards Bello, a minutos antes de suicidarse, cantó un repertorio francés de los que atesoraba.

Mucho antes de leer “La Chica del Crillón”, hace bastante tiempo, don Joaco me atrajo. No sólo por las posteriores peripecias de Teresa Iturrigorriaga, su protagonista, sino la demarcación y escenas de la alta sociedad santiaguina de comienzos del siglo veinte, sus inclinaciones e ideas que siguen pesando y penando al rictus territorial.

Y entonces acá nos detenemos. Nos ponemos a mirar a lo lejos, a lo más lejano, no para defender ni menos para increpar al Premio Nacional de Periodismo y Premio Nacional de Literatura, sino para analizarlo en su forma, en su contexto, y por qué no decirlo, en su decisión de ser un inclemente a costa de todo.

Frente a ese panorama de ideas alienadas sin estar acorde con el avance social, ortodoxas por decir lo menos, ¿acaso era un tema menor para Edwards Bello salir de la escafandra de su apellido, ligado, pegado, como garrapata (perdonando la expresión) a la oligarquía chilena?

Ese apellido (éste) escamoteado en los más disímiles conflictos sociales, apostador y ganador de un cuanto hay de prebendas políticas o antipolíticas, en fin. Pero ganador después de todo.

Sin embargo, no estoy acá para hablar del apellido “Edwards” en especial, sino para ver la fortaleza del hombre cuando quiere (busca) en su subconsciente, salir de estos ramales.
Ese fue para mí, Joaquín Edwards Bello.

No estoy aquí para hablar del apellido, repito, ¿y cómo no?, si por más de dos siglos, tras la llegada del primer Edwards a suelo chileno en barco pirata, pasando por la descendencia y su incursión en la minería, en temas bancarios, periodísticos, la mano decidora en la Guerra del Pacífico, la voz opositora contra Balmaceda y la posterior Guerra Civil del 91 y, por favor, no sigamos contando, porque el mismo Premio Nacional de Literatura se avergonzaría de tanta estupidez en pleno siglo 20 y más allá de éste.

Jugador empedernido, Joaquín Edwards Bello, capaz de diluir toda su fortuna en los casinos, en las mujeres, en sus viajes a Paris, fue un escritor pleno, que plasmó sin lugar a dudas todo lo concerniente a la vida nacional.

Dicotómico, como el que busca salir del seno abismal y no puede o no quiere, que se revuelca en dos aguas y se desplaza amando más a una que a otra.

Estamos (estoy) hablando del hombre que hizo de su vida una desesperación, acompañado desde joven de una pistola colt que al final hizo funcionar a sus ochenta años, el 19 de febrero de 1968.

Su pariente sanguíneo, Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes, Jorge Edwards, expresó que la obra de Joaquín fue autobiográfica casi total, disfrazando nombres de sus personajes, dándoles vida y escondiéndolas dentro de su propia vida.

Y entonces no es complicado, ni siquiera vale la pena indagar sobre su caminar por este mundo, porque interpone él mismo, en las obras, su vida electrizante, caótica, apremiante, llena de ultrajes y sinsabores.

He terminado por considerar a este hombre como “heroico” y a quien, al mismo tiempo, se le podrá dibujar miles de apelativos degradantes.

Me parece, desde la ficción y/ó realidad en “El inútil de la familia”, de Jorge Edwards, verlo caminar (correr) con sus bolsillos repletos de dinero entrando en los casinos. También observando los traseros de hembras de pueblo, sean éstas lavanderas, feriantes, no importa, lo real era que tuvieran exuberantes culos y caderas por donde se pudiera afincar. Es decir, por la carne de las mujeres de alcurnia no iba la cosa. O bien escondiéndose tras haber publicado su conflictivo libro “El inútil”, entrando en casas amigas, saliendo del país, hasta que pasara la tormenta y la ira de la casta, la misma de llevaba en su sangre.

El Joaquín destemplado siempre observado por los hombres de sociedad, a los que soportaba por cortesía, mientras por sus caminos, parecía que por su sangre, por sus ojos le electrizaban las calles polvorientas y de hedores, las cantinas, la bohemia de grandes risas, de risas alocadas.

Confecciona bien Jorge Edwards este libro donde en ocasiones parece que apaleara a su tío. Y sin embargo, casi con ironía busca reencontrarlo, acercarlo a sus propios caminos. Y es preciso, incluso, para entender un poco mejor la vida de Joaquín Edwards Bello, releer estos textos que a Jorge debió haberle costado ordenar en el más estricto rigor de enaltecer, dentro de la supuesta denostación, a un pariente y su validez.

Este Edwards Bello (también bisnieto de Andrés bello) con dos apellidos poderosos, observado en la más decadente aventura de la vida, quedar en ocasiones con los bolsillos pelados, casi hipotecando hasta su alma, haciendo, por cierto, de esa existencia sus escritos y hallando el valor en la literatura, lectores por miles lo rescatan, sin embargo, de la muerte prematura.

Nos permite Jorge Edwards, como dijimos anteriormente, orientarnos en lo autobiográfico de su pariente, hasta “suponer” vida desgarrada y situaciones relatadas en los textos, y que a la larga pasan a ser o pertenecen a la realidad. Hijos, por ejemplo, de su primer matrimonio, robándole escritos y hasta su colt que le permitió el suicidio. O la misma Mayita, su última mujer que lo coronó como el gran personaje dándole un golpe en el mentón, un sorpresivo golpe de cachetada, a la alta sociedad que prácticamente escupió, humilló, marginó, a este hombre que lo único que hizo fue rebelarse frente a un mundo al que creyó no pertenecer.

Dos temas relevantes para degustar este asunto del apellido Edwards. Por un lado el hermano de Joaquín, Emilio, había sido embajador de Chile en Cuba en los tiempos antes de la revolución de Fidel Castro y hasta cuando Chile cortó relaciones con la isla. Enamorado de ésta tuvo que emigrar a Miami con su familia. Más tarde, en 1970, una vez que el gobierno de Salvador Allende, al reanudar relaciones con ese país envía a su primer nuevo embajador, Jorge Edwards ocupa ese cargo. Frente a esta situación que fue más que nada coincidencia alejada de planificación, el embajador de Cuba en México, señaló: “Parece que esta familia es inmortal. El último representante del antiguo régimen pertenecía a ella. Y el primer representante de la revolución, también. ¡Es, no cabe duda, una familia inmortal!.

Mayita, por otra parte, tras el suicidio de Joaquín Edwards Bello, consigue hacer una especie de circunvolución con nuestro personaje, es decir, hace que en los funerales no sólo el pueblo salga a las calles, sino que altas instituciones como la Universidad de Chile facilitaran el Salón de Honor para el velatorio, la gran Casa de Bello, donde el bisnieto ya era merecedor de todos los grandes honores. Antes de llegar al Cementerio General, además, se hizo un alto en donde la totalidad del personal hasta altas autoridades del diario La Nación, homenajearon al Premio Nacional de Literatura, al mismo que hizo más famoso al matutino con sus crónicas semanales. Era 1968.
Mientras los más conspicuos escritores de la época entregaban emotivas palabras por el hombre que se había suicidado, Joaquín Edwards Bello dejaba estampadas estas palabras antiguas: “Cambié de barrio, de clase social, de familia. Cambié de sangre. Cambié de pasado. Soy feliz. Este otro mundo me admira. En la clase alta yo no pude ser algo. En esta otra clase, descubierta por mí, he vuelto a ser un hombre con esperanza”.

Curiosamente, al finalizar estos escritos, me trasladé por asuntos de trámites hacia un cerro popular de Valparaíso, el cerro Rodelillo. Cuando el vehículo de la locomoción colectiva fue pasando a la altura del paradero 20, me percaté que en un establecimiento educacional había un letrero. Esto es lo que decía: “Matrículas abiertas 2011. Colegio Joaquín Edwards Bello”. Sin comentario.

Al comienzo de esta crónica hice una rápida relación con dos hombres que cantaron antes de morir. Mi padre, quien no fue un escritor ni tampoco se suicidó, hizo de su vida una novela. Lo despedí en Iquique, en el cementerio número 3, frente a una escasa concurrencia, y precisamente, hablé sobre su vida novelística. Joaquín Edwards Bello, por su parte, vivió y pervivió para novelar. Vivió, en consecuencia, para desgarrar su pellejo hasta lograr un objetivo, mientras el aire que respiró, ese aire intrépido, sigue remeciendo muchos árboles estupefactos.

Pero ambos cantaron a su estilo.



miércoles, 5 de enero de 2011

COMIENZA EL AÑO EN LOS DESCONOCIDOS DE SIEMPRE !!!





compañeros de armas:

Este viernes rompemos la atmósfera veraniega de Santiago de Chile con la lectura de LOS DESCONOCIDOS DE SIEMPRE, como siempre alojados en el Bar estación Terminal.


Para comenzar este año hemos invitado a los poetas Mariela Malhue, Elías Hienam y Carlos Cardani quienes además representan a las ediciones del Perro Negro, a Rudy Pradenas, al gran Oscar Saavedra y desde Argentina a la poeta Valeria Zurano.




la
junta es a las 20:00 horas en Tomás Andrews esquina con Ramón Carnicer ,
a pasos del Metro Parque Bustamante y de Metro Baquedano, ahí en el Parque Bustamante.

BAR ESTACION TERMINAL


Les esperamos nuevamente -y continuados todos los viernes- en el gran ciclo de LDDS versión 2011.


Difundan+asistan+peleen+escuchen


> fuga 2011 _



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Editorial FUGA
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