viernes, 31 de diciembre de 2010

TRÍADA por Alejandro Mamani (segundo lugar en el concurso de cuentos de la UCN)



I ESCRITOR

Lleva seis días sin comer. Está esperando la crítica de su quinta novela. No desea llamar la atención de terceros. Su despensa está llena y no tiene problemas económicos. Pero lleva seis días sin comer, seis días alimentándose de miles de letras a la espera de una crítica.
Nos acomodamos detrás. Está leyendo El arcoíris de gravedad de Thomas Pynchon. Por su ritmo de lectura, suponiendo que duerme ocho horas, puede que la termine en dos días. Acaba de pasar a la página 376. Bebe un sorbo de café frío y le dan ganas de vomitar. Se dirige hacia el baño, al llegar se le quitan las ganas. Piensa que necesita airearse un poco. Abre la ventana de su departamento. Son casi las nueve de la noche y el tráfico por la avenida es intenso. Los vehículos forman un taco en un semáforo averiado que está justo debajo de él. Aprovechando el momento emerge un adolecente con cuatro mazas haciendo malabarismo. De pronto comienzan a sonar las bocinas al unísono, es como si se hubiesen puesto de acuerdo por un director arisco que mueve la batuta desde el fondo. Nota que por el ruido de los autos el muchacho no se puede concentrar y tiene que agacharse varias veces a recogerlas. No importa —piensa— sigue intentándolo, el semáforo no cambiará. Entonces siente empatía por él y se dirige hacia su biblioteca. Saca cuatro ejemplares que tengan el mismo peso y tamaño —pero no la misma calidad, así reina el azar—: Hemingway, McCarthy, Auster y Faulkner. Vuelve a la ventana y se impone mezclarlos en el aire por más de cinco minutos sin que se le caiga ninguno. En eso radica su técnica y estilo, en la imposición. Una autoflagelación que lo condena al hambre y a la soledad. Logra su objetivo a las tres de la madrugada y el semáforo continua averiado. Repone los libros maltrechos en la quinta hilera de su biblioteca. Acompañando a los que han corrido similar suerte: algunos tienen las páginas ensangrentadas; otros están teñidos de secreciones oscuras; los mejores conservados llevan quemaduras de cigarrillo en el centro, hechas con tanta precisión que parecen apolillados. Lo más insólito es que la mayoría pertenece a sus propias creaciones… Antiguas vigilias, antiguas hambrunas, antiguas flagelaciones. No tiene sueño, vuelve a la página 370. No importa, sigue intentándolo, el semáforo no cambiará.
Todavía.
Siempre deja claro que no sufre bloqueo creativo. «Escoge tres objetos al azar y te haré un cuento, dime el número de palabras, el tipo de narrador, la técnica…», le dijo a su editor cuando aún era una promesa y le creyó. Pero aquellas pruebas de su talento juvenil pasaron a formar parte de una verdad que no vende. «Sabes, hay un contrato de por medio. Tenemos que respetar las fechas», le escribió al principio; después el tono de su mensaje cambió desde el plural a una singular amenaza: «¡Hay un contrato de por medio, DEBE respetar las fechas!». Pero él no estaba seguro, no. Cuántas veces se arrepintió de publicar por eso, por no estar seguro. Y es que la inseguridad es peor que la crítica, peor que las ventas, peor que el hambre. Sí, inseguridad y arrepentimiento, palabras ligadas a un pasado que se esmera en olvidar. Por eso no come, por eso se aísla, por eso lee a los que cree que no se han arrepentido. Pero, ¿cómo saberlo?
Lo que busca con su forzada inapetencia es su propia redención. Empezó una noche de invierno, cuando estuvo despierto hasta el amanecer esperando la crítica de La vigilia de un siamés, su segunda novela. Quería cerrarles la boca a todos esos escépticos que anunciaron el final de su suerte de principiante. Para mantenerse despierto comenzó a leer Infinite Jest de David Foster Wallace. La crítica —porque es una mujer— fue deliberada y milimétricamente cruel. Con menos de 800 palabras redujo su obra (de más de 350.000 mil) a un título encriptado bajo un eufemismo claro y repelente: «Estupidez colateral». ¿De dónde sacan los títulos?, qué mierda quiere decir con eso, que al leerla te volverás imbécil. Fue lo primero que le vino a la mente. Luego asomó la angustia extrema. La honestidad de su inexperiencia se corrompió violentamente. Habían dañado a su hijo. Lo arrinconaron y apalearon en una nota de final de página, precedida por el infaltable artículo farandulero que lo denigró más. Apagó su computador, desconectó el teléfono, clausuró la entrada a su departamento. Volvió al libro, se impuso leerlo ininterrumpidamente, sólo bebiendo café y levantándose al baño una vez al día. 1088 páginas en inglés leídas en tres días y medio. Todo un récord para la intrincada prosa Wallaciana, dispuesta siempre para una segunda lectura. No conforme con eso, en un desesperado intento por aliviar su dolor, volvió a internarse en uno de sus clásicos: La montaña mágica, de Thomas Mann. La terminó en un día, sobre todo porque la había leído tantas veces que incluso podía escribir su parte favorita de memoria, y lo hizo: Capítulo VI: Nieve. Esa semana bajó tres kilos alimentándose de las dos novelas más los cuentos completos de Maupassant. ¿Logró la redención?, sí. ¿Recuperó la fe en su talento?, sí. ¿Ignoró la saña de la crítica?, más o menos. ¿Se sentó nuevamente a escribir?... Sí. Esta vez lo haré con tiempo, no dejaré que me presionen: Crearé una obra perfecta.
Una tras otra sus publicaciones fueron vapuleadas por la crítica, no así por los lectores que aumentaron cada año. Esta contradicción de opiniones fugaces —fuerza desconocida que polariza la literatura—, nada tienen que ver con esa palabra noble e imperecedera que lo seduce desde la adolescencia, cuando soñó que sería escritor después de leer Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino: Trascendencia. Lo notable es que la lectura del libro y el linaje de la palabra —cuya ascendencia metafísica le era y aún le es incomprensible— le originaron un estado catártico que estimuló los sentimientos adormecidos en su interior, hasta transfigurarlos a esa otra palabra en la que nunca creyó y después le dio la fama al escribir su primera novela a los veintiséis años: Inspiración.
Ahora nos damos cuenta que hemos viajado más allá de su departamento. Con descaro hurgamos la intimidad de su mente y su pasado. Pero, ¿qué escritor no lo hace? ¿Podrá lograr la anhelada trascendencia, si es así, de quién va a depender, de él, de la crítica o del lector? Antes de irnos, leamos qué piensa mientras intenta leer la página 376 de El arcoíris de gravedad de Thomas Pynchon.
Resulta que el Imipolex G es un nuevo plástico –que nada tiene de siniestro-, un polímero heterocíclico aromático creado por un tal L. Jamf en 1939 ¿polímero heterocíclico aromático?... No me puedo concentrar cómo escribe este Pynchon de dónde saca tanta huevada ya me acordé por qué no me gustaba leerlo ¿si yo escribiera así?… ¿Otro cigarrillo? No, tengo sueño. ¿Qué hora es? falta poco irán a poner a la misma parece que la eligieran a propósito si es una especialista en cagarme la onda me duele la guata con este café ¿y si duermo un poco? más lúcido puedo enfrentarla mejor no, tiene que ser así tengo que ser el primero en leerla así no me pillan desprevenido la sarta de idiotas que me va a llamar mañana para darme ánimo que no le haga caso que la mina me tiene saña porque soy misógino que me tiene envidia porque vendo más que ella que una crítica no puede ser escritora porque no es imparcial que encontrar a una que lo sea es más difícil que hallar a un editor que no escriba… Ah me da lo mismo si no fuera porque una docena de huevones la toma como referencia y me atacan en los mismos puntos que falta de seriedad cómo se pueden basar en una crítica que comparte página con la modelito de turno qué clase de diario es ese farandulero tirado a culto que se empeña en cagar a los escritores chilenos pero cuando tienen que escribir sobre Paulo Coelho le dan página y media. ¿Y si escribiera bonito como él? ¿si cambio mi prosa y pongo a mis personajes hablando con los árboles a lo realismo mágico? y todo es bonito y las viejas te leen y me vendo y rebajo mi arte y mis principios y así el imbécil de mi editor no se queja y puedo escribir tranquilo a lo mejor puedo publicar con seudónimo y no dejo que nadie más me vea la cara como lo ha hecho este huevón ¡ah, ya concéntrate! Resulta que el Imipolex G es un nuevo plástico –que nada tiene de siniestro-, un polímero heterocíclico aromático creado por L. Jamf en 1939, años antes de que le tocara, para la IG Farben. No se altera a altas temperaturas que rozan los 900 °C, combina una buena resistencia con un bajo factor de pérdida de potencia. Pynchon claro, qué pensará él de la trascendencia ¿si le dieran el Nobel saldría a recibirlo? qué importancia tiene escribir bien cuando nadie te ubica en la calle ¿cuál será el tipo de trascendencia que busca?... ¿por qué sigue escribiendo como lo hace entonces? a lo mejor no se da a conocer para que no le pase lo mismo que a mí ¡claro! así me ahorro las comentarios y me daría lo mismo la crítica si nadie te conoce puedes salir a la calle a comprar tranquilo y nadie te mira ni te dice nada No se altera a altas temperaturas que rozan los 900 °C, combina una buena resistencia con un factor de potencia. Estructuralmente, consiste en una cadena reforzada de anillos aromáticos y dale con los anillos aromáticos, ¡aaah! no me puedo concentrar ¿si me ducho? no, me va a dar sueño este libro me va a matar Pynchon y la… ¡Ese lenguaje hombre eres escritor deberías pensar sin chuchadas!, ¿quién piensa sin chuchadas cuando está nervioso? nadie, ah, ahora te referirás a ti en segunda persona siempre cuando estás así lo haces te va a ir bien hombre no le hagas caso lo que importan son las ventas, pero es que me preparé tanto a ninguna novela le he dedicado tanto tiempo, ¿te dolió?, sí, me dolió más que todas, siempre recuerdas el prólogo de Capote ¿no se te olvida cierto?: la diferencia entre escribir mal y bien y la diferencia entre escribir bien y muy bien y la diferencia entre escribir muy bien y el arte… ¿Y qué es el arte en la escritura?... Sí, cada vez estoy más convencido que escribir duele… ¡cómo me dolió esta! ¡cuánto tiempo tuve que investigar! ¡dos años corrigiéndola!, ¿entonces por qué tienes miedo hombre? relájate, ¡Aaah! Estructuralmente, consiste en una cadena reforzada de anillos sí, escribir duele aromáticos, hexágonos como de oro que salta y resbala por encima del ombligo ¿ombligo? de Hilary Bounce, alternando de vez en cuando con aquello que se conoce como anillos heterocíclicos. ¿Anillos heterocíclicos?... por encima del ombligo, ¿ombligo? claro me acuerdo cuando era chico y creía que todos los libros eran como un ombligo… sí, un agujero que estuvo unido a la mente de un escritor una masa de papel parida por su imaginación y que a través de mis ojos me unía a él, eso suena medio afeminado no te parece, era niño ningún niño es afeminado cuando idolatra alternando de vez en cuando con aquello que conoce como anillos heterocíclicos ¡he dejado tanto por esto!, te acuerdas de esa mujer que te pidió que le fueras a firmar el libro a su cama y tú le dijiste que tenías que viajar huevón ¿hace cuánto que no estás con una mujer? ¿cuánto tiempo llevas encerrado? Estructuralmente, consiste en una cadena reforzada de anillos ¿hace cuánto que no llamas a tu mamá que está enferma? aromáticos, hexágonos como ése de oro que salta y resbala por encima del ombligo se te va a ir y no la vas a disfrutar ni un poquito igual que a tu papá huevón ingrato de Hilary Bounce, alternando vez en ¿quién fue el que te creyó cuando te saliste de estudiar derecho y después filosofía para después darte cuenta que sólo querías escribir? cuando con aquello conoce como anillos heterocíclicos ¿quién confió en ti? tu padre y qué le diste tú una escueta dedicación en tu novela más mala de qué te sirve la trascendencia si no eres más que un pobre huevón egoísta y amargado que se muere de hambre y se desvela por lo que le dice una mujer que lo más que seguro es que lo va a cagar nuevamente Premio Nacional de Literatura quiere el perla menos mal que eres más ubicado que la otra sarta de hue… ¡Ese lenguaje hombre ese lenguaje! sí, de esos que sueñan con recibir el Nobel ¿te acuerdas que te cagaste de la risa cuando lo dijo en una entrevista? sí, sueño con el Nobel y te diste cuenta que hasta la periodista se reía sin disimular pobre huevón igual se ve más feliz que tú y eso te da envidia que se gane el Nobel o no te da lo mismo lo que te apesta es que se vea más tranquilo y disfrute con esto y lo dice ay me encanta escribir lo dice como si esto fuera tan fácil sentarse y escribir huevadas con la esperanza de que te lean Resulta que el Imipolex G un nuevo plástico –que tiene de siniestro-, siniestro un polímero heterocíclico aromático creado por L. Jamf en 1993, años antes que tocara para la IG Farben. Siniestro siniestra buen adjetivo para ella, no no mejor es mal intencionada, pero son dos palabras nunca uses dos palabras cuando puedes escribir con una es una regla de oro, entonces elijo perversa, eso es como de cuento infantil, elijo perversa dije, bueno tú mandas… seguro que no le va a gustar tu título Las raíces del agua ¿qué novela se puede llamar así?..., pero a mí la imagen me vino nítida, te acuerdas de lo que te dijeron en el primer taller que asististe… sí, ese que estaba lleno de poetas y tú llegaste con tu cuento de cuarenta páginas y se los leíste y estaban más aburridos que la cresta porque querían seguir leyendo y lanzándose sus poemas… Resulta que el Imipolex G es un nuevo plástico sí, los poetas cómo le gusta y tú fuiste como tres veces porque te aburriste de alabarlos y decirles que todo era lindo No se altera a altas temperaturas que rozan los 900 °C, combina resistencia con un factor bajo de potencia… Estructuralmente, consiste en reforzada cadena de aromáticos anillos, hexágonos como ése de oro que ¡Aaaaaahh!... No se altera a temperaturas que rozan los 900 °C, combina una buena resistencia con bajo factor potencia. No entiendo, no proceso Estructuralmente, consiste en una cadena de anillos aromáticos, hexágonos como salta ése de oro y por encima de Hilary Bounce, alternando de vez con aquello que se conoce como anillos heterocí… Pero como escribe este Pynchon y la… me duele la cabeza, ¿con un cigarrillo se te va a pasar? No, va ser peor como esa vez… ¿y si como algo? ¿si rompo esta huelga de hambre intelectual de la que no seré salvado?, ay la víctima cómo va a ser para tanto, sí claro como tú no te pasaste los últimos cinco años encerrado buscando algo nuevo para escribir, sabes que eso es mentira no hay nada nuevo bajo el sol sólo nuevas formas de escribir sobre lo viejo… un sol veterano, ah buena ¿quién dijo eso?..., porque tú no crees en eso por eso te convertiste en escritor recuerda a Calvino nunca olvides a Calvino… Sí, fue como mágico, ¿inspiración?, ¡no cómo se te ocurre!... me sentí como un escultor frente a una inmensa piedra blanca y con un cincel en mano empecé a tallar esa escultura fenomenal que fue mi primera novela, ¿empezamos a echarnos flores?, bueno y qué tiene de malo todos dijeron lo mismo: Un debut arrollador la nueva promesa de la literatura chilena lo mejor desde Donoso, ¿y qué te pasó después?, ¿después de Donoso?, no después con tus otras novelas ¿se te gastó el cincel o se te perdió el mazo?, nada de eso y no se dice se gastó el cincel se dice ¡aaah! Estructuralmente, consiste una cadena de anillos aromáticos por encima del ombligo de Hilary Bounce, alternando vez de en… como anillos heterocíclicos. ¿Sigamos practicando malabarismo?, pero ahora hagámoslo con literatura japonesa, ¿quién lee literatura japonesa en Chile?, yo pues quién más y hay muchos, bueno a quién escogemos, propongo a Kawabata Ōe y Murakami, como que Murakami está fuera de contexto, bueno son tres Nobeles, Murakami no se ha ganado el Nobel, pero lo ganará estoy seguro, no no mejor escojamos a escritores alemanes propongo a Mann…, no podría hacer malabarismo con Thomas Mann, mejor Grass. Tú y tus pretensiones maldito esnob imitador y ególatra ¡pedante imbécil!, ¡oye cuidado, qué te pasa!, ¿a quién pretendes impresionar con esos conocimientos baratos?... Ya deja de insultarme ¡me aburrí! a avanzar con esto Resulta que el Imipolex G es un nuevo… heterocíclico aromático No puedo estoy demasiado nervioso no aguanto más me tengo que parar un rato me duele el culo... Todavía no arreglan el semáforo ¿y si prendo el computador? ya tiene que haber salido la edición de hoy no no quiero me duele la guata quiero vomitar, vamos hombre que tarde o temprano tendrás que leerla siempre tendrás tus libros, ¿mis libros o los de otros?, los de otros hombre tú sabes que no soportas leerte. Pero ah, claro sí lo que dijo el poeta sobre el poder de las imágenes por eso le pusiste ese título a tu novela Las raíces del agua porque pensaste que tenía varias interpretaciones asociadas a la locura, ¿qué interpretaciones?, ah lo tengo que explicar, te lo van a pedir, bueno el agua es amorfa ¿no?, ¿cómo amorfa, no entiendo?, a ver dime la forma del agua, en qué estado, el que sea da lo mismo, bueno si la coloco en ah, ¿y qué forma tiene la locura?, que vean la portada de la novela ahí se van a dar cuenta al tiro, ¡y qué tiene que ver con el agua!, ya déjame, te lo van a preguntar, y qué, que se vallan a la cresta ya tengo mucho con ella para que más encima esté explicando mis… ah, te apuesto a que Pavić no le pasó lo mismo, ¿quién es Pavić?, ¿cómo que quién es Pavić? Milorad Pavić hombre que no te acuerdas que recorrimos como veinte librerías en Barcelona hasta encontrar todos sus libros, pero en Chile nadie lo conoce, por eso recorrimos veinte librerías, esnob esnob esnob maldito pedante egotista ¡toma!, ¿¡por qué me pegas!?... ¿Pero eso qué tiene que ver la forma del agua y con las raíces y la locura?, y dale es un símbolo..., todos esto me parece demasiado pretencioso por eso te critica la crítica porque no piensas en el lector porque le impones cosas y siempre quieres demostrar todo lo que sabes, bueno ¿y Pynchon no hace lo mismo?, Pynchon es Pynchon y no está en Chile, ah quieres decir que me tengo que ir a vivir afuera, nadie es profeta en su tierra tampoco te haría mal morirte a veces así comienza la trascendencia... Recién ahora están reparando el semáforo me extraña que no hayan chocado, es que es jueves nadie choca los jueves, no verdad que ya estamos a viernes. ¿Es idea mía o ese auto está estacionado ahí hace rato?, ¿qué, ahora piensas que te están espiando? Este computador que se demora en prender, ¿un cigarro para la espera? ¡No!... a ver, aquí está lo más importante es el encabezado, ¿no era el título?, no el encabezado de la crítica, ¿un cigarrillo?, sí pero sólo éste ahora un click y al diario… A ver…

II CRÍTICA.

Con ella tratáremos de ser más discretos.

Son las 7:24. Acaba de salir de la ducha. Lleva una toalla enroscada en su cabeza y una bata rosada de algodón entreabierta. Coge el secador de pelo del armario y se sienta en la cama. Mientras se seca enciende el televisor y sintoniza las noticias. El ruido gutural del aparato le impide oír al periodista que relata la típica nota insólita de final noticiero. Se trata de un hombre que asegura haber comido papel durante la mitad de su vida y que, al contrario de lo que todos piensan, su sabor no es insípido sino que varía de acuerdo al tipo de letra con que está impreso el texto: «La Arial es más dulce que la Times New Roman…», declara. Cambia de canal, no está para tonterías tan temprano. Ahora se peina, trata de buscar un videoclip, algo que le suba el ánimo; sintoniza MTV. Están dando un reality show de una adolecente que debe escoger pareja entre cinco púberes que están disfrazados del animal con que se identifican: duda entre un tigre, un burro o un elefante (el segundo es el más pequeño). «¿Dónde está la música? —se pregunta en voz alta, y luego (como siempre) no puede evitar la crítica—: Cómo se convirtió en ésta bazofia». Apaga el televisor, se viste con la ropa que dejó preparada la noche anterior: una falda gris recortada en la derecha, una blusa beige y un chaleco de hilo negro. Se dirige en pantuflas a la cocina, saca leche del refrigerador y luego le añade cereal con forma de letras. Antes de sentarse en el comedor abre las cortinas esperando encontrar rasgos del sol: nuevamente amanece nublado. Sumerge la cucharilla en el tazón, está a punto de tragar una R y una G, recuerda la nota del devorador de papel y las devuelve junto con las otras. Al ver cómo flotan en la leche no puede evitar asociarlas con la página en blanco que la espera tan pronto termine de desayunar. Retarda ese compromiso inconscientemente, separando las letras y sorbiendo el líquido mientras lee un libro de Harold Bloom: «Para leer sentimientos humanos en lenguaje humano hay que ser capaz de leer humanamente, con toda el alma». Cierra el libro. Llegado un momento, la leche se acaba y las letras sedimentan en el fondo perdiendo la virilidad de su silueta. Asocia aquel abecedario humedecido e indescifrable con los papeles arrugados que va a procesar. Sabe que en la otra habitación hay algo que la espera. Le teme, se teme a lo que pueda hacer con ella, tal como si fuese una jueza a punto de dictar la sentencia de un imputado inocente, su conciencia divaga entre la indecisión y la imparcialidad de una decisión. Se devuelve a la cocina, bota la masa esponjosa de cereal a la basura y lava el tazón. Está atrasada. Se cepilla apresuradamente los dientes y luego se va a poner sus zapatos negros de taco bajo. Son las 8:05, compensa los cinco minutos instalando con rapidez su vieja máquina de escribir en el escritorio. Extrae la novela y su libreta de notas del maletín, deja la primera en el costado derecho y la otra en el izquierdo junto a dos lapiceras (roja y azul) perfectamente alineadas. De pronto recuerda que el conserje le dijo que tenía correspondencia. Sabe perfectamente de qué se trata: Una novela corta de un poeta con el que salió hace meses y un poemario de una amiga de un taller literario que dirigió a principios de año. Sabe que ambas obras y autores son prescindibles así que decide no retirarlos hasta que tenga que bajar por algo realmente necesario. Inserta una hoja. Mira la novela, después un retrato enmarcado de Michiko Kakutani que cuelga en la pared, cruza los dedos, cierra sus ojos... A veces llega primero el título; otras la primera frase: ahora no es ni lo uno ni la otra. Suena el teléfono.
—Aló. Hola Rafael, ¿cómo estás?... Iba a empezar a escribirla, la terminé de leer ayer —deja el auricular anclado entre su cuello y el hombro y saca más hojas de la resma de papel. Lo escucha impaciente—. Lo sabrás cuando leas la crítica… Me pones en aprietos, no, no es que… Sí, pero primero deja escribirla. No me presiones te la voy a dejar mañana, sí sé que tiene que estar lista para el viernes. ¡Ya!... Pero esta es diferente, el tipo ha escrito algo… No, ¿qué personaje misógino? Nooo, tampoco, no se puede entiende, la estructura es genial —mira la portada de la novela, el autorretrato del pintor e insinúa—: Puede que por el título se pueda, ¿bueno tú la leíste o no? Ya, entonces ya sabes que… No puedo hacer eso, ¡no, cómo se te ocurre que cuente el final! No, no lo odio, tú haces que quiera odiarlo: ¡Por eso nadie compra mis novelas! No me cortes, tú me llamaste… Entonces pídeselo a otro tienes muchos period… ¿Qué?, Miguel puede hacerlo, conmigo ya no podrás… —Su paciencia se agota, ha oído tantas veces lo mismo—. Entiende hombre no se puede, la gente no es estúpida. ¿Y por qué no lo tientas y te lo llevas a tu editorial?, así me dejas de… Qué credibilidad, ya no tengo credibilidad, no soy una referente para… —mira el retrato de Mishiko Kakutani y sus ojos se empiezan a humedecer; la voz pierde su convicción inicial—. Por supuesto que quiero publicar, pero no así… No, no me pasa nada. No quiero salir, estoy trabajando. De qué profesionalismo me hablas, por favor. Ya te dije que te la dejo mañana… No, no me gusta escribir en computador; no, no es lo mismo. Que no tengo internet, ¿cuántas veces te lo he dicho?, porque no me gusta, me distrae. Ya, sabes, tengo que colgar, mañana te la paso a dejar. Sí, mi novela va bien… Tú sabes que no me gusta adelantar nada, no, no tengo título. Como seiscientas… No pretendo parecerme a nadie; no, es muy diferente… ¡Ya!... Me empezó a doler la cabeza, en serio Rafael déjame trabajar. ¿Es una amenaza?... ¡Ándate a la cresta!, me busco otra editorial y punto… Muchas, ayer me llamaron de… No te estoy mintiendo, a ellos no les interesan las ventas. Me edito yo sola… ¡Cómo que patética!... No estoy llorando… Ya, déjame trabajar por favor… Sí, la escribiré, ya sé, ya sé, no más de ochocientas palabras con un título... Ya Rafael, te veo mañana.
Está inmóvil. Su frente apoyada sobre las teclas de la máquina presionando un puñado de letras que se abalanzan sobre el papel como una estampida de personas entrando a un metro. Llora, no puede parar de llorar. Alza la cabeza, observa una lágrima que cubre la letra S que, viéndola desde lejos se distorsiona a un 8. Se levanta, saca el retrato de Michiko Kakutani y lo esconde en un cajón. Se quita los zapatos, el chaleco, la blusa, el sostén, desbrocha su falda; se desnuda. Toma el block de notas y arranca sus apuntes (más de diez hojas), las comprime en su puño y se limpia las lágrimas quedándole retazos de tinta roja en las mejillas. Se voltea, en una vitrina, al lado de su biblioteca, observa la columna de hojas que pueden ser su tercera novela y las compara con la portada del libro, el inquietante autorretrato de Richard Gerstl: también lo esconde.

Promete que será la última vez. La silla metálica está fría. Comienza a escribir.

ANORÉXICO CEREBRAL

Por Francisca Zuleta Rivas

No hay progreso. La quinta novela de Raúl Lozano Cifuentes es un desesperado intento por reivindicar la sapiencia soñolienta y lánguida del thriller histórico tan de moda en estos días. Muchas fueron las expectativas generadas ante Las raíces del agua. A pesar de la onerosa máquina propagandística que echó a correr su editorial vendiéndola como su «novela mejor lograda», las 773 páginas que la conforman son un abuso y aviso elefantiásico de que estamos frente a una poción soporífera de proporciones épicas.
La novela comienza en Viena en 1930. Cuando un distribuidor de arte descubre unos lienzos rescatados de las llamas del pintor expresionista Richard Gerstl. Esta primera parte, narra en primera persona las impresiones de Iker Werfel, un detective aficionado a la pintura adscrito a la Secesión Vienesa presidida por Gustav Kilmt. La idea de una pintura que vuelve maniático al que la observa se revela en las primeras 350 páginas, mezcladas con tintes (bastante viciados) de novela negra, en donde se perfilan personajes estereotipados y predecibles hasta la saciedad. Si bien es cierto, hay que agradecer la ambientación de la novela en donde se detalla minuciosamente la agitada vida cultural de la capital austríaca en la primera quincena del siglo XX, también hay que decir que la fórmula se agota pronto al exhibir personajes históricos que intervienen o son nombrados descaradamente. De esta forma, el lector no debe sorprenderse cuando, entre página y página, se encuentre con Mahler, Wittgenstein, Musil o Kokoschka (si hasta el mismísimo Sigmund Freud tiene un par de líneas). La primera parte concluye con la investigación de la muerte de Richard Gerstl y la conexión con el triangulo amoroso conformado por el compositor y pintor Arnold Schönberg y su esposa. Dicho evento (supuestamente) desencadena la locura y posterior elaboración del cuadro «autorretrato sonriendo» (portada de la novela) antes de la trágica muerte del atormentado artista a los 25 años.
«Había decidido crear una pintura en donde convergieran todas las pinturas. No era una obra mágica ni fantasiosa, sino la precisa diagramación de un retrato que volviera demente al que se reflejase en él. La locura era el vínculo por el que se conectaban todas las mentes humanas, y, en mayor o menor medida, la señal de su propia mortalidad». Éste es el trillado comienzo de la segunda parte de la novela. Es increíble el esfuerzo sobrehumano del autor por tratar de enlazar cada punto y enigma que fue dejando a lo largo del libro. Utilizando un narrador omnisciente y luego la técnica epistolar (mezclada con sucesivos monólogos interiores), nos enteramos por medio de los apuntes del psiquiatra Gregor Kraus las impresiones que produce la pintura de Richard Gerstl en sus pacientes hasta degradarlos a la locura que plasmó en su autorretrato. De esta forma, el inspector que aparece en la primera parte se transforma en el hilo conductor de ambas historias al intentar descifrar los enigmas de las desapariciones, para al final concluir que han sido hipnotizados «mágicamente» por el lienzo. Y así, la trama sigue retorciéndose hasta llegar al punto en que, tanto el inspector como el psiquiatra, están perdidos en un argumento lento y aburrido que sólo se aliviana hacia el final con una solución lerda y sinsentido que produce en el lector una frustración de inutilidad por el tiempo invertido (y perdido) en la lectura.
Al parecer, este señor todavía no aprende que una novela no debe convertirse en un medio para exorcizar sus fantasmas y que, la libre experimentación con una prosa patética y cargada debería estar prohibida. Extrañamente, al diseñar al inspector como un personaje principal y secundario (mediante el cambio de narrador, nada nuevo) el autor pretende tomar cierta distancia de la obra queriendo alcanzar una objetividad que nunca logra. Si no conociéramos su personalidad, podríamos ignorar cualquier semejanza con su propia vida (que me perdonen sus lectores) tan plagada de esos mismos principios esquizofrénico-obsesivos, o, «anoréxico cerebral» (término tan ridículo como el título de la novela), palabras con que sabiamente diagnostica el psiquiatra a sus pacientes.
Seguramente, Lozano Cifuentes piensa que vivimos en los tiempos de Dickens, cuando los lectores abundaban y se sometían a la novela como único camino hacia el entretenimiento. Dudo mucho que existan lectores capaces de soportar esta letanía de inconsecuencias, y, mucho menos, los que sean capaces de desembolsar el insolente precio de la edición (bastante mediocre). Lo más seguro es que ignoren el nuevo dicho tan propio de este país: no dejes para mañana lo que puedes leer hoy, o peor aún: no dejes para mañana lo que puedes leer pasado mañana. Y, de esta forma, la novela termine exiliada de su biblioteca para una posteridad intrascendente, o sea, como dijo alguien por ahí: Para las llamas.

Las raíces del agua.
Raúl Lozano Cifuentes
Editorial Sombra de Fuego, 2009
773 pág. - $ 31.500.

III LECTOR.

Ella es lectora, merece todo el respeto, la dejaremos hablar.
—Hola, me llamo Ingrid Valenzuela y tengo cuarenta y cuatro años. Bueno, para ser más sincera, también debería decirles que tengo uno de los trabajos más tediosos del mundo, que soy soltera (no por opción de vida sino por las circunstancias) y que, aunque soy de Antofagasta, vivo entre hoteles y hoteles a lo largo del país y muchas veces en el extranjero. Es un resumen, nada significativo, ya que de lo realmente importante que tengo que hablarles es sobre mi escritor favorito, Raúl Lozano Cifuentes.
»La primera novela que leí de él fue la segunda. Llegó a mis manos una tarde de octubre cuando recorrí una feria de libros usados en Providencia. Debo suponer que si van a leer esto es porque la gran mayoría comparte ese placer reflexivo, emocional y telepático que es leer un buen libro. Si es así, ¿quién no se ha internado en una librería o biblioteca con la esperanza de ser encontrada por uno de ellos? Estoy convencida de que la verdadera literatura no es la que se exhibe en las vitrinas ni la que permanece en la lista de ventas, sino la que se oculta entre los laberintos de tiempo esperándote, miles de páginas concentradas en un anaquel, millones de letras conformando oraciones de historia comprimidas entre dos tapas de cartón, un universo portátil que crees liberar de sus pasillos inertes, pero cuando lo empiezas a leer te das cuenta de que él lo ha hecho, que fue el libro quien te eligió. Por eso disfruto curioseando entre los pasadizos más recónditos y polvorientos de las bibliotecas, en los últimos locales de las ferias ambulantes, en las cajas ocultas bajo los estantes de bodegas clausuradas. Así lo encontré. Su influjo seductor atrajo mi atención después de hojear unos relatos de Flannery O´Connor.
»La vigilia de un siamés, se llama. Fue el tercer libro que saqué de la caja, en la portada salen unos gemelos siameses adultos, uno está desnudo y el otro vestido con smoking, están unidos por la parte media de la cabeza y son de ascendencia prusiana. La imagen es perturbadora; el grosor del libro considerable. Leí la contraportada, ahí dice que la novela simboliza la contienda entre lo dionisíaco y lo apolíneo (asocié inmediatamente al siamés desnudo con la pasión y al otro con la razón). Trascurre en una noche significativa de 1989 en una ciudad alemana (cuyo nombre se desconoce) y retrata el miedo de cada uno ante la separación, donde sólo uno de ellos logrará sobrevivir. Abrí el libro, leí la página 100 (de 687 que tiene) cuando se supone que la trama está relativamente desvelada y los personajes han cobrado vida. Grande fue mi sorpresa al enterarme que no sucedía ni lo uno ni lo otro, ya que la novela está fragmentada en flashbacks intercalados que detallan sus pensamientos y que una debe ir ordenando mediante una lectura y relectura consecutiva: Lo compré de inmediato. También me llevé una edición antigua de El Ruido y la furia de Faulkner (traducida como El sonido y la furia) y un ensayo de Albert Camus. Pregunté el valor y el vendedor me dijo que me haría una atención por los tres libros si regresaba algún día y me los dejó en $15.000: me fui feliz y le prometí hacerlo.
»Cuando llegué al hotel me duché y pedí que me subieran algo para comer. Después me acosté y revisé mi correo electrónico, corregí algunos informes de unas mineras que había auditado en Calama (sí, soy de esas queridas personas que se dedican a encontrar detalles en las empresas para que ellas puedan lograr sus certificaciones ambientales, de calidad y salud ocupacional), guardé el laptop, llamé a mis padres, acomodé mi espalda entre los almohadones y me puse a leer. Lo hice sin piedad, ignoré el cansancio y el estrés que me aquejaban desde hace varias semanas: Fue increíble. La novela me trasportó a dimensiones que jamás había imaginado. La estructura, el estilo, la lucidez de su pensamiento. Todo proveniente de una imaginación deslumbrante. Desde ese momento me convertí en una devota admiradora de sus escritos, investigué su misteriosa vida, la forma en que concibe la literatura. Todo en él era una dulce intriga que empezó a obsesionarme.
»Recuerdo perfectamente cuando lo conocí. Fue en la feria del libro de Santiago, cuando lanzó su cuarta novela titulada Analgesia (que retrata la progresiva ausencia de dolor de un adolecente tartamudo y obeso sometido a bullying), su editorial preparó un stand exclusivo para él. Antes de que llegara ya se había formado una fila que llegaba hasta las puertas de la Estación Mapocho. Yo era la cuarta, delante de mí habían dos adolecentes y una señora de sesenta años más o menos. Al mirar hacia atrás, los lectores seguían el mismo patrón heterogéneo. Llegó atrasado, yo pensaba que era bajito pero no, medía como metro ochenta, vestía pantalón de tela y una camisa deportiva. Cuando apareció la gente empezó a sacarle fotos. Él sonreía mientras avanzaba hacia el escritorio. Al llegar, dos promotoras nos ordenaron y dijeron que sólo nos firmaría el libro y que no había tiempo para dedicatorias. Cuando le entregué el ejemplar (una segunda edición, ya que el primer tiraje se había agotado de inmediato) lo firmó indiferente, yo le pedí que nos tomáramos una foto abrazados. Él miró la fila, luego mi rostro suplicante y aceptó de mala gana. Le pasé la cámara a una de las promotoras y lo abracé apretándolo bien fuerte, después le di un beso en la comisura de los labios y le dije al oído que lo esperaría para que fuera a dedicarme la novela en mi cama. Él se sentó y me contestó desconcertado: “Lo siento, mañana tengo vuelo a Buenos Aires; temprano”. En el fondo, yo sabía que estaba mintiendo porque había leído en una entrevista que estaría toda esa semana promocionando la novela en Santiago.
»Ahora estoy afuera de su departamento. Me estacioné detrás de un semáforo averiado, tengo una vista privilegiada. Me parece que está en la ventana, no sé qué está haciendo pero se agacha a cada rato. Han pasado casi seis años desde que me firmó el libro. Les mentiría si les dijera que para mí y su legión de lectores no han sido décadas. Yo no sé por qué se tarda tanto en publicar, la mayoría sabemos que es muy perfeccionista y susceptible por la crítica, pero yo no entiendo a qué se debe eso, ya que sus libros, uno tras otro, nos han demostrado un talento inigualable. Mañana será el lanzamiento de su quinta novela, tengo una primera edición que encargué por Internet en una pre-venta (el autorretrato de la portada es perturbador). Cuando salga mañana, quiero ser la primera a quien dedica Las raíces del agua, su obra magna.
»Es mediodía, no sé por qué no sale. He hablado con el conserje del edificio y me dijo que desvió sus llamadas y que lo han estado llamando por teléfono toda la mañana.
»Estoy tan preocupada, ha llegado un montón de gente. Subiré con ellos diciendo que soy su pariente.
»Los bomberos están tratando de derribar la puerta, estamos a punto de entrar.
»Uf, el olor. Hay libros por tirados por todos lados, qué hace ése computador ahí… ¡Santo cielo!
»No quiero hablar más… ¡Por favor déjenme tranquila!
»Les escribiré.»

Me siento tan vacía. He llorado tanto. Todavía no puedo creer lo que le sucedió. Una no sabe, una sólo se sienta a leer y espera. Esperamos a que ellos nos sorprendan, que su imaginación sea más poderosa que la nuestra y si no es así los desechamos. Qué sabemos nosotros de sus infiernos. Qué sabemos de su inventiva y de sus procesos creativos. Es cierto que el acto de escribir parte desde la soledad, es cierto que para ellos siempre es difícil lidiar con ella, que son autocríticos y vulnerables, que son seres humanos especiales que conviven con millones de emociones que se adhieren al papel como lágrimas sobre el hielo. Un escritor siempre está en desventaja; nosotros, como buenos tiranos, los castigamos con reproches e indiferencias que a ellos los conmueve hasta la locura. Porque escribir en este mundo y para este mundo es de locos, y eso nadie puede negarlo.
Sólo les pido un minuto de empatía, un instante solidario para con ellos. Cerrar los ojos, pensar en todos los que nos han dejado y el porqué, pensar en tu favorito, el que te hizo llorar, el que te hizo reír, el que te hizo pensar: el que te quebró. Para ellos el paraíso de las letras; para la crítica, el gran resto de mi odio.
Juro que no descansaré hasta que pague la culpable.

§


Raúl Lozano Cifuentes (Chile 1963-2009) nació en el seno de una familia provinciana en Iquique. Novelista y cuentista, autor de cinco novelas, todas ellas extraordinarias: La brújula de Calvino (Premio Book of Saturday, Premio del Círculo Crítico Italiano All'infuori del Tempo por mejor novela inédita, adaptada al cine por el célebre director norteamericano Paul Rudess), La vigilia de un siamés (finalista XXII Premio Internacional Lunar Sea), Campaña para olvidarte, Analgesia y Las raíces del agua (ha obtenido, entre múltiples premios, el Clive Ross Literary Award, el prestigioso Premio Austriaco Engelbert Stobl, el Premio de la Fundación Húngara Istvan Bogdán), más un libro de relatos póstumo: Oratoria del miedo y otros gritos (Premio de Narrativa de la Academia Británica Echoes y el codiciado Premio Serbio Милорад Павић), todos publicados por Editorial Sombra de Fuego. Autor controvertido y comprometido, se ha transformado en el referente indiscutido de la nueva generación de escritores latinoamericanos del siglo XXI. Su primera novela ha sido traducida a más de treinta y cinco idiomas. Las extrañas circunstancias en torno a su muerte lo han elevado a un autor de culto que la crítica de su país reconoce tardíamente.

«De él nos queda su prosa cardinal, estampa de estilos ingeniados en una época desgastada. No me sorprenderán sus huellas dactilares en las décadas de libros que se avecinan. A partir de hoy, no se puede decir trascendencia sin pensar antes en él. »
Francisca Zuleta Rivas



Fuente: Escritores desde el límite.



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