miércoles, 28 de julio de 2010

Afro-Antofagasta [Por Rodrigo Ramos Bañados]

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Afro-Antofagasta

Introducción:


En 20 años, a lo mejor en el Club de Deportes Antofagasta, jugará un antofagastino de color. Un negro. En el CDA pasaron varios: el fallecido Liminha, Eloy Ortiz o Carlos Mina. Todos recibieron los mismos garabatos cuando por alguna razón se perdieron un gol. El público es cruel, especialmente desde el anonimato de una tribuna.

Nuestra ciudad desde hace un tiempo ha cambiado, también de color. Son varios los negros o morenos que se ven principalmente en el sector centro. La mayoría colombianos de Cali o el valle del Cauca. Algunos tienen más suerte que otros. Se han integrado bien, a pesar del hielo que pone Antofagasta. Cargan con un estigma social pues un porcentaje de mujeres labora en la noche. No todas. Los hombres, en tanto, acusan que son considerados como narcotraficantes. Hoy, es difícil ser un negro en Antofagasta. Las quejas son muchas.

Falta más tolerancia y aceptación. En tiempos donde la frontera se deshace, el asunto es adaptar nuevas culturas o extender un discurso xenófobo. Antofagasta está en el limbo.

En este reportaje tratamos de entregar una mirada amplia sobre esta situación en Antofagasta, con la opinión de protagonistas y expertos. Sin embargo queda la duda en lo que sucederá con un grupo de niños, mezcla entre antofagastinos y afro americanos. Niños morenos a los que le costará adaptarse a nuestra sociedad que privilegia los rasgos europeos.

Texto:


Sus amigos le dicen Beausejour, por el futbolista. Parece de seis años, pero tiene cinco. De breve pelo ensortijado y una sonrisa de marfil que evidencia que está cambiando sus dientes. Le faltan dos. Nació en Calí, pero vive desde hace dos años, en Antofagasta. Sus dos hermanos, en cambio, son antofagastinos. Afro antofagastinos. Morenos. Negritos, le llaman en la calle. También chocolatines.

En total son alrededor de 20 chicos, afro antofagastinos, según Verónica Espinoza, de edad en promedio de dos años. Verónica representa a la comunidad colombiana en Antofagasta. Es una nueva generación, dice la mujer, y dado el trato que reciben las personas de color en la ciudad, esta situación de todos modos “genera incertidumbre. La gente nos grita en la calle. Desgraciadamente por falta de oportunidades muchas chicas trabajan en la noche –aclara-. Algunas tienen profesiones y son las que más sufren por los malos tratos. En el colegio también hay problemas con los chicos”.

En total, Verónica Espinoza estima que son alrededor de 250 colombianos de color en la ciudad. Vendrán más. Está claro, dice Verónica Espinoza.

El moreno James Caicedo, empresario –tiene un peluquería- y casado con chilena Damielle Amaya, aclara que sus compatriotas emigraron de Colombia por tres razones como: estar amenazados por la guerrilla, sacar adelante a la familia y lograr una mejor situación económica.

Historia

No debe desconocerse que Antofagasta es una ciudad armada por inmigrantes. Floreal Recabarren, historiador, retrocede. Primero, dice que el extranjero siempre se interesó en Antofagasta por el éxito que podía conseguir acá. Esto por la minería.

En cuanto a personas de raza negra en la ciudad, dice que siempre fueron pocos. No se notaban. Sin embargo recuerda que un administrador del ferrocarril, trajo a la ciudad dos negros para que le manejaran una calesa –o carruaje-. Ambos andaba de smoking por la calle. “No se recuerdan más negros en la ciudad. Chinos sí”.

Hoy, sin embargo, dice Recabarren la situación cambio, es asunto de mirar la calle. “Todos san bienvenidos –dice el historiador- mientras el extranjero no delinca en Antofagasta”.

Respecto a la xenofobia o la intolerancia hacia el extranjero –según denuncia ellos- en la ciudad, surge un antecedente histórico: “la chilenización” que vivió el norte de Chile concluída la Guerra del Pacífico. El esfuerzo fue del Estado en chilenizar a la gente por la gran cantidad de extranjeros que habitaba la zona. Esto generó un resquemor, especialmente, contra los peruanos y bolivianos.

Rechazo

Paola Montaño, desde una juguería ubicada en el pasaje López, centro de Antofagasta, dice –mientras sus pequeños hijos miran con cierta desconfianza la acción- que experimenta el rechazo en la locomoción colectiva. No todos se sientan al lado de ella. Y lo peor, le han dicho que se vuelva a su país junto a los de su color de piel.

A pesar de esto, dice que está cómoda en la ciudad, trabajando con su familia. A la vez le ha tocado conocer gente generosa y que acepta a las personas sin importar el color de piel.

James Caicedo, desde su peluquería de calle Uribe, afirma que le molesta el maltrato que reciben sus compatriotas, especialmente los varones. “Por cualquier motivo la policía los intimida, especialmente en el centro y de noche. Hay muchos que no vinieron a hacer eso, la mayoría vino a trabajar. El problema que nos achacan todo lo malo, cuando las cosas no son así”.

Respecto al temor que sienten los colombianos respecto a la policía chilena, el gobernador Pablo Toloza aclaró que “el que nada hace, nada teme. Efectivamente se está realizando un mayor control sobre el barrio rojo, prueba de ello son los operativos que se están llevando a cabo. Casi dos operativos a la semana, por parte de la PDI, Carabineros y la municipalidad. Si ellos no cometen delitos no tienen nada que temer, nosotros no tenemos ningún problema con que lleguen inmigrantes que aporten a Antofagasta, más aún cuando la ciudad se hizo de inmigrantes, no tenemos problema sobre ello y lo acogemos, pero igual como combatimos la delincuencia con los nacionales también la hacemos con los extranjeros”.


Prejuicios

Otra discriminación con las personas de color, dice Caicedo, es respecto a los arriendos. “Hay mucho prejuicio contra nosotros y redunda en lo mismo: las negras son prostitutas y los negros narcotraficantes. Las cosas no son así, insistió. Hay muchas mujeres, negras, que trabajan bien igualmente nosotros. Estamos en este país por mejor calidad de vida”, aclaró.

En efecto, Susan Yañez, directora del Centro de Atención Psicosocial a Inmigrantes Martín-Baró, que funciona en la Universidad Católica del Norte (UCN) -instancia que desde el año pasado se encuentra trabajando con inmigrantes y refugiados de diferentes nacionalidades para brindarles apoyo e información para facilitar su integración- que el contexto, Antofagasta, es bastante prejuicioso y que está muy alejado del concepto de acogida, más bien de recepción. “Hay una distancia social sobre todo cuando el origen de quienes llegan es fronterizo. No es lo mismo cuando arriba el europeo o estadounidense, que cuando llega el peruano o colombiano. A esto se suma el desconocimiento y estigmatización como la asociación: delincuencia y origen”.

Subrayó que en Chile existe un 1,8% de inmigrantes respecto a la población nacional, versus la cantidad de chilenos que viven fuera del país que cuadriplica la cantidad de inmigrantes que tenemos. “No estamos siendo concientes de esto. La inmigración no va a parar y pensar en fronteras rígidas es casi imposible”.
Dijo que como sociedad más bien “estamos desaprovechando la diversidad como riqueza cultural. El ser diverso y diferente y poder convivir no es incompatible, el problema no es ser diferente, sino ser tratado diferente por tu origen



Historia

“Somos la ciudad que menos debería temer respecto a este fenómeno pues surgimos de éste”, afirmó tajante el sociólogo y académico de la Universidad de Antofagasta, César Trabucco. “En el primer censo la cantidad de inmigrantes extranjeros era mayor a la de nacionales”.

“Hoy, sin embargo, por las características económicas de este proceso inmigratorio se ha tendido a estigmatizar a los inmigrantes, así se tiende a pensar que lo que todos sabemos de los colombianos. Este solo punto es complejo porque indica que no se ha logrado instalar el concepto de asimilación. En los procesos de inmigración sucede que la cultura que recibe genera mecanismos para asimilar, es decir: facilita el acceso a los colegios y prestaciones básicos. Ese proceso en Antofagasta todavía no se ha iniciado como se debería”.

En lo concreto, Susan Yáñez dijo que las mayores quejas de los inmigrantes pasan por arbitrariedad en las atenciones, insultos porque son de otro país u otro color de piel o que se les hace trabajar una cantidad de horas mayor al resto –esto por desconocimiento al sistema chileno-.


Racismo

La publicidad es buena medida para analizar los gustos de los chilenos. La multitienda Falabella, por ejemplo, siempre exhibe adultos y niños de rasgos europeos. El sociólogo y académico de la Universidad de Antofagasta, César Trabucco, explica que en Chile al rubio de ojos azules está asimilado al estrato socioeconómico alto. “A gringo se le ve como positivo, versus al latinoamericano que emigra. Eso es un prejuicio y mirada peyorativa, y tiene relación con los modelos con que crece la historia de Chile. Primero fuimos los franceses, después los ingleses y ahora los gringos. En Chile tener un apellido extranjero te ayuda mucho, lo mismo tener ciertas características raciales”.

“Ahora la gente ve con curiosidad la llegada de los negros, sin embargo antes estaba orgullosa de que llegaran rubios de ojos azules, pues estos tenían un patrón de desarrollo europeo. El problema ahora serán los Bousejour, pues cuando las nuevas generaciones eran rubicietas se le abrían las puertas en todos lados y por ende ser rubio era considerado una virtud, sin embargo los nuevos descendientes la tendrán más complicada.

Susan Yáñez destacó una experiencia positiva en el Liceo Mario Bahamonde, sobre el trato a inmigrantes de color. “Una de las cosas que más nos gustó, fue que ellos dijeron –después que uno le habla- que todos éramos iguales. Esto demuestra que los niños son capaces de convivir con la diversidad de mejor forma que los adultos. Los adultos, en tanto, tenemos la amenaza de la alarma y de pensar que nos están invadiendo”.
“Los niños más grandes, en tanto, generan asociaciones que pueden rayar en lo racista como si es negro o afro latino es más atleta y no sirviera para más o que los estudiantes de otro país son más sumisos y pueden recibir órdenes”.


Cultura

Trabucco dijo que como sociedad deberíamos enriquecernos culturalmente con el aporte de los inmigrantes. “Sucede en el caso de los peruanos en la gastronomía”.

Otra base del rechazo, apunta Trabucco, es que la inmigración sobre todo de países latinoamericanos ha significado una baja en los precios de ciertas actividades. “Una va a los supermercados y negocios de comida rápida, estos están copados por peruanos y ecuatorianos. En consecuencia, estamos en la etapa de resentir el proceso inmigratorio y en algún momento se producirá el fenómeno de la asimilación y es cuando se valore lo cultural y laboral. Esto es un proceso cultural que toma su tiempo”, afirmó.

A medida que este proceso avanza, habrá dos vías o somos xenófobos o los incorporamos, si lo último sucede se produce el fenómeno de la transculturación. “Sin embargo si continuamos en la línea de estigmatizar, seguiremos como xenófobos”.

Como solución, Trabucco plantea integrar a los hijos de inmigrantes al sistema educación y que los padres les enseñen a los hijos ser tolerantes. “No se trata de ser buena gente, sino que el contexto de la globalización actual la inmigración es de todos modos. Uno podría limitarlo a través de que alguien con malos antecedentes no pueda entrar al país, no obstante no se podrá detener el flujo migratorio. Por esto hay que operar positivamente y dedicarse a integrar”, concluyó.


Rodrigo Ramos Bañados


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