miércoles, 13 de enero de 2010

Presentación libro Aire Quemado de Gladys González

Presentación libro Aire Quemado de Gladys González

Patricia Espinosa H.

Docente Instituto de la Comunicación e Imagen, Universidad de Chile

7 de enero, 2010

Como en una road movie desarticulada, una cinta ennegrecida que retuerce el lugar del outsider, una mujer realiza un viaje maldito, plagado de soledad, rabia, miedo e impotencia apostando finalmente por el desafío que implica la sobrevivencia. Aire Quemado (Edit. Calabaza del Diablo, 2009) es un volumen de dieciséis poemas que nos hablan de la destrucción de la memoria y del cuerpo, de un viaje feroz hacia un infierno, donde aun es posible encontrar un ticket de regreso.

No quiero desviar mi lectura de la inscripción del yo que articula esta escritura, generada e instalada en un cuerpo signado por lo femenino; una voz que nos habla desde un género pero que no por ello manifiesta querer pertenecer a ese género sometido a la devastación. Una voz, un cuerpo situado en medio de la catástrofe, se devela destrozada, torturada y atemorizada ante este proceso de desmembramiento. El ejercicio de la violencia, ha tatuado su cuerpo encarcelado en una ciudad estandarizada. Espacios, lugares, territorios que "se queman al cruzar la frontera"; es decir, la salida es posible e implica la destrucción del referente, de la memoria, del pasado. En el presente tormentoso, la marcación del tiempo que pasó retumba como una temible ironía y a la vez constatación: "ya no tengo edad/ para ser rebelde". La desobediencia ha quedado atrás, pero el "ya no tengo edad" es una imposición que viene de afuera; es la norma social que se filtra y le dice: ya no es tiempo, marcando el desfase, la vejez que pretende domesticar a la sujeto que no ceja en su indocilidad: "Soy el poema más cruel de esta habitación". El cuerpo convertido en texto, en poesía, una poesía cruel y enclaustrada en la materialidad del espacio físico. Es aquí donde surge la subversión, el desacato a perder la rebeldía de la juventud.

La juventud es parte de la mitología capitalista; solo el cuerpo joven, sano y robusto será capaz de convertirse en un dispositivo dispuesto u obligado a ser usado, explotado, violentado en sus derechos hasta ser desechado. El cuerpo carcomido, el excedente del capitalismo, se convierte en poesía cruel y nos sitúa en el ámbito de una estética que revierte el paradigma de la belleza y funcionalidad del género poético. La poesía cruel o el arte de la crueldad es el arma que permitirá la sobrevivencia a pesar de la miseria y la soledad; la poesía se vuelve así, un instrumento para develar las condiciones materiales de esta voz; es allí en ese cuerpo, en esa palabra, donde se ha instalado la perversidad de un sistema de poder excluyente e implacable: "he vivido en casas vacías/ con el techo partido por la mitad/ sin tener dinero/ para comer/ para lavar la ropa/ y conseguir un trabajo/ de medio tiempo/ en un centro comercial/ o en un supermercado". La falta de dinero y de trabajo, remarca la exclusión; sin embargo en medio de la devastación, el cuerpo resiste textualizado, convertido en escritura; una letra que desfallece, que se desangra a la par que: "se delatan los signos de tortura/ en el rostro". Esos signos de tortura inscritos en el rostro amoratado, la cabeza rota, la boca que sangra, constituyen la sintaxis de este cuerpo golpeado pero aún de pie, con "los ojos perdidos/ el rostro blanco/ resplandeciente/ entre los reflectores/ de los automóviles".

El cuerpo mujer funciona como depósito de la violencia material y simbólica; lo femenino es un cuerpo de mujer sometido a la escopofilia del poder masculino y el poder del capital. Gladis, construye escenas que deforman el territorio corporal femenino en busca de su anulación y desaparición. Pero esta sujeto/cuerpo no desfallece y nos dice: "decoro/ lo que pueda verse herido/ bajo las luces/ como una perfecta/ y experimentada/ zurcidora". La voz lírica ornamenta las huellas, las somete al camuflaje "bajo las luces"; es decir, bajo la mirada de lo que se denomina razón iluminista. Su palabra opera como una parodia de aquella lógica y a la vez una denuncia. Desde el lugar de la fractura –al modo de una costurera- remendará su cuerpo.

Este intento de reconstrucción, resulta fundamental en el transcurso ideológico del texto. El cuerpo roto, la mujer rota, acudiendo a la vieja y siempre vigente Simone de Beauvoir, es su propio territorio y la propia hablante será la encargada de rearmarse. La soledad emerge de manera total en este volumen; una soledad patentizada en el cuerpo femenino que asume la violencia y la desautoriza. Nuevamente rebeldía, nuevamente desacato al abandono, al horror de la posible muerte, mediante un sí mismo que no intenta diluir las fronteras entre la intimidad y el exterior. El cuerpo envejecido, desgastado dice: "mi corazón/ tiene setenta años/ y ya no puede ser/ una niña suicida". La vejez niega la muerte, el suicidio pudo ser épico, sólo una niña pudo suicidarse y obedecer al discurso capitalista. La derrota ahora es asumida pero al mismo tiempo emerge el discurso de la sobrevivencia cuando la hablante se dice así misma: "no te quiero muerta/ no te quiero/ golpeada/ con la mandíbula rota/ desfigurándote el rostro".

De acuerdo a Louis Althusser: “la ideología es una representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones materiales de existencia [que] tiene por función la constitución de los individuos en sujetos concretos”1. Ideológicamente la sujeto que articula esta poesía, asume la materialidad de su existencia desde un lugar menor; en un borde del sistema dominante. Considerando la noción de género desde un punto de vista ideológico, en tanto construcción cultural hegemónica masculino activo/femenino pasivo, podríamos afirmar que la sujeto mujer que nos presenta este volumen, aparece determinada por una ideología de género en la cual su cuerpo es un objeto. Un territorio para la puesta en práctica de la violencia, del ejercicio del poder en última instancia. Los golpes en el cuerpo de la mujer configuran una sobre escritura, ya que ese cuerpo ya ha sido escrito por la discursividad masculina, cada signo de la violencia estampado en el cuerpo de la hablante, al modo de un territorio de guerra, es un subrayado del menoscabo con que el poder asimila al género femenino2.

La discursividad de la mujer constituye así, una práctica de la diferencia dentro del territorio del disciplinamiento; negándose a la ley que impone la destrucción, la sujeto se dice: "no te quiero muerta/ no te quiero/ tirada en la calle/ con la ropa interior en las rodillas", " no te quiero muerta/ no te quiero/ con la boca llena de agua/ los perros/ rasgándote los ojos/ en un canal/ hasta que tu cuerpo desaparezca/ por tiras/ entre los bares/ de esta ciudad". La negación a la muerte marca un punto de inflexión importante en este poemario. Es necesario el desdoblamiento de la voz para que se instale el deseo de sobrevivencia y la negación al cuerpo asesinado. Un cuerpo que pudo convertirse en el efecto colosal del proyecto de disolución de la forma, del cuerpo mujer.

Cuando Gladys dice: "todo huele a miedo y silencio/ nos miramos a los ojos/ y no encontramos nada/ que sirva para construir una advertencia/ aún menos/ los escombros de esta noche", me parece que su poesía enfatiza la representación de lo social que diluye el futuro. Aún así, en medio del más pleno de los desamparos, señala: "porque cuando no se tuvo nada que perder/sólo queda la costumbre/de mirar más allá de la supervivencia/ con ojos profundos/ como si algo mejor fuera a llegar". Esperar, se vuelve un infinitivo asimilado con la costumbre, vaciado de contenido, porque el presente es el hoy de la supervivencia. No hay más. Quiero cerrar este texto con la primera estrofa del poema "Manual de Instrucciones" que dice así: " ya no tengo edad/ para ser rebelde/ ninguno/ de los que está acá/ tiene edad para serlo". La juventud ligada a la rebeldía es una construcción capitalista. La rebeldía para el sistema suena a interrupción, porque luego llegará la gran costumbre, la domesticación, el acomodo. La escritura de Gladys González, es pura rebeldía. Apelando a la transferencia, nuestro país, puede espejearse en la imagen de esta mujer que nos expone la poeta, un territorio donde se intenta naturalizar el horror y arrastrarnos al individualismo conformista, dentro de un escenario moldeado por el horror neoliberal, mientras una izquierda entregada a los pactos celebra su fatua entrada al sistema. Y tal como ocurre en el poema "Escenarios", nos quedamos perplejas/perplejos como en una: "película [que] da vueltas/ una y otra vez/ en una habitación/ en la que se prenden/ y apagan las luces/ una y otra vez/ en un perfecto nocturno". La película da vueltas y creemos que se prenderá la luz, pero no, las cúpulas juegan al prende y apaga, para enceguecernos y hacer creer que nuestro voto vale, por aquello del valor simbólico, porque hay que parar a Piñera y darle una nueva oportunidad a la Concertación. Pero aún nos queda el ánimo de decir no, porque como advierte Gladys en el poema "Adiestramiento": "todas las ciudades/ se queman/ al cruzar la frontera". Comprender qué fronteras se hace necesario cruzar y qué incendios provocar, parece ser la tarea más urgente del presente para que el gesto rebelde no desaparezca.



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