miércoles, 25 de noviembre de 2009

Gabriela Mistral o la solitaria vieja insufrible por Ashle Ozuljevic


“La Gabriela” (Rodrigo Moreno; 2008)

Gabriela Mistral o la solitaria vieja insufrible

Autora: Ashle Ozuljevic

La Gabriela es el frío título escogido para una película nada de eufemística que trata con sutileza pero sin guantes de seda la vida de la Premio Nobel chilena. El largometraje- que inicialmente se trataría de una serie de dos capítulos y se llamaría “Mistral” – entrega una visión distinta de la poetisa -¡enhorabuena!-
Conciente de los matices entre el blanco y el negro, este filme logra evidenciar que no era ni una dulce maestrita rural ni una llorosa señora víctima de los hombres, aquella mujer nacida hace ya 120 años en la cuenca del Elqui.


Poco agraciada, antifascista, aprehensiva, bastante egoísta y extremadamente difícil de carácter es la Gabriela que nos presenta el director Rodrigo Moreno y que encarna Ximena Rivas con gran talento. Una mujer hecha para la soledad y para el destierro, para el autoexilio y el aislamiento, mejor dicho, que, si Rilke tenía razón con aquello de “todo ángel es terrible”, era realmente un ángel, y de los grandes.

No correspondida y no correspondiente, en continua disonancia amorosa, difícil era que se nos casara la poeta. Difícil también que tuviera retoños esta maestra rural que le inventaba rondas no a los niños, sino a las madres que se las entonarían, pero aun así de un heredero se hizo la hija del Valle del Elqui. Lástima que el heredero se murió antes que la predecesora. Lástima que le mataran antes al legatario, aunque para ser sinceros, hartas dudas de si ella misma lo mató, nos quedan como espectadores.
Claro, no sirviéndole el veneno, pero si haciéndole la vida difícil a un chiquillo demasiado débil para la existencia junto a tremenda personalidad.
Y que me tire las patas no más esta noche, que digo lo que he visto y nada más.

Como los abandonos de sus mujeres, Laura Rodig y Palma Guillén, quienes también supieron sin rodeos que más que fidelidad necesitaba Lucila, la mañosa de Lucila, que más que amor que más que comprensión, algo que ni ella sabía bien que era, pero que se asemejaba mucho a un abrazo fornido por las noches y una palmada de vez en cuando sin tanta majadería y con menos compasión. Una palmada más lujuriosa y testoteronizada, que no sólo de pan y poesía vive la mujer.

Y de las habladurías del mundo, de su atracción por las mujeres y el rechazo a los hombres, nada. Ni lo mencionaré siquiera por vergüenza ajena de los conventilleros y de los morbosos sexistas que no saben responderme dónde se ha visto que por no casarse la mujer es sáfica lesbiana. De las hoy famosas cartas nada aparece en la cinta, por lo que nada mencionaré tampoco.

Pero sí se habla de su personalidad austera y afligida, que mucho más sentido me hace que aquella imagen bruñida y enternecedora que tanto nos gusta comprar como compatriotas. Esa irascible solterona es la real autora de Tala y Desolación, que no la ternura con piernas que nos querían encajar en el colegio.

La Gabriela es una película realista y sin rodeos, que retrata la vida de una mujer igual de franca y valiente, una chilena que no fue profeta en su tierra y que sufrió más pérdidas de las necesarias, que obtuvo el Nobel de Literatura antes que cualquier otra latinoamericana, y que lo recibió de impecable luto aterciopelado, porque así debe haber sido su sufrimiento –pienso, sin ganas de tener la certeza- suave y silencioso como pasos sobre una mullida alfombra hecha de poesía desconsolada, un dolor callado por la costumbre de la expresión escrita y la boca cerrada. Un malestar de ángel terrible que ni a si mismo se soportaba pero que daba la pelea por puro coraje y sobre todo por terquedad, si, sobre todo eso, una insondable obstinación por seguir molestando a la vida.


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