miércoles, 11 de febrero de 2009

HA LEÍDO EL MEJOR DOCUMENTO SOBRE PRISIÓN POLÍTICA EN CHILE

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¿HA LEÍDO EL MEJOR DOCUMENTO SOBRE PRISIÓN POLÍTICA EN CHILE?

Hernán Valdés es un gran novelista y un buen poeta chileno. Como novelista había destacado bastante en Chile hasta que su libro TEJAS VERDES: DIARIO DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN EN CHILE vino a consagrarlo como una de las figuras más altas de la narrativa nacional contemporánea.

Este hombre que nació en 1934 es autor de novelas y de libros de poemas. Tiene –entre estos últimos- un magnífico texto titulado CUANDO ASESINARON A KENNEDY.

TEJAS VERDES causó molestia en los partidarios de la dictadura. Escuché en esos años difíciles, en un círculo periodístico admirador de Pinochet, que a Valdés había que meterlo en prisión otra vez y entre los izquierdistas el libro también causó escozor.

Es que TEJAS VERDES basó los hechos en puntos reales. De esa verdad que Hernán Valdés vivió en las mazmorras de Manuel Contreras.

Y hablando de la maldad y el odio de los militares golpistas, no dejó de decir una realidad que, a cierta gente de izquierda, molestó: La entrega sexual de algunas mujeres de presos políticos a sus cautivadores. Obviamente éste era un hecho corriente dado que así se conseguían favores de los que tenían el poder y con ello se aliviaba la carga –el dolor- de los presos en Tejas Verdes.

Hernán Valdés permaneció un mes en Tejas Verdes y fue sometido a innumerables vejaciones. Su magnífica pluma permitió detallar al mínimo los hechos allí vividos. Y lo hizo con una riqueza idiomática muy alta. Es decir que, aparte de ser un gran testimonio, su libro es un excelente texto literario.

Tras su prisión de un mes el autor fue asilado en la embajada sueca y luego partió al exilio, del que no ha vuelto, ni piensa volver.

El juicio lapidario por parte de los partidarios de la dictadura y de los izquierdistas que no aceptaban como cierto lo señalado por el escritor, llevo a que éste fuera aislado sistemáticamente…desconociéndosele su calidad de independiente de izquierda.

Sin embargo su libro causó furor en todo el mundo. La novela fue traducida a más de diez idiomas. Fuera de Chile y en Chile se constituyó en un documento-denuncia.

Como tal la Comisión Valech lo estudió para saber la realidad de la situación de atropello a los derechos humanos ocurrida tras el Golpe…

Y aunque el autor no concurrió a prestar declaración ante tal Comisión, consideró injusto que no haya sido agregado a la lista de prisioneros políticos. Como autor del libro, su propia historia, es ya un testimonio mayor. Por ello él le dijo a la periodista María Teresa Cárdenas: “La Comisión debe reparar sus omisiones”.

Pero esa injusticia ha tocado a muchos que –pese a haber sufrido diversas formas de apremio bajo Pinochet- no fueron considerados en el Informe Valech.

De ello se queja Hernán Valdés con justicia.

Cárdenas le pregunta:

“¿Habría estado dispuesto a dar su testimonio?, ¿no habría pesado más su desconfianza hacia el sistema judicial y político chileno?”.

Responde Valdés:


­“Si lo hubiera sabido, no me habría cabido dudas de que una tal Comisión, entre otros testimonios, habría considerado, sin necesidad de mayores trámites, consignar al autor de Tejas Verdes, que fue el primer texto y el más difundido sobre la tortura. La necesidad de una ratificación personal de lo escrito allí me habría parecido una broma de mal gusto”.

Esa injusticia no sólo la ha vivido él, pero es él el paradigma mayor de la misma.


Autor: José Martínez Fernández


FUENTES:


TEJAS VERDES: DIARIO DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN EN CHILE. Editorial Ariel, Barcelona, España, 1974.

Reeditado por Editorial LOM-CESOC, Santiago de Chile, 1996.

REVISTA DE LIBROS de El Mercurio. Entrevista de María Teresa Cárdenas. Santiago de Chile, 5 de febrero de 2005.

Cienpoemaschilenosclaves.blogspot.com



(Fragmento de la bra 'Tejas Verdes' Diario de un Campo de Concentración en Chile, Editorial Ariel, Barcelona 1974.)
Pero no son gritos de los que nacen de la garganta; éstos tienen un origen más profundo, como desde el fondo del pecho o de las tripas. ¿Son de Manuel? No podría asegurarlo.
Hay muchos otros sonidos entremedio. Ruidos de motores, voces de mando, silbidos que conforman una melodía, muy entonadamente. Los gritos cesan y después recomienzan, cubiertos por todo lo que debe ser una actividad humana rutinaria y trivial en un espacio intermedio.
Tengo mucho frió. Entiendo que debo apresurarme en convenir conmigo mismo mis respuestas, en reunir los elementos, tan dispersos, de una personalidad, en decidir cuáles aspectos debo mostrar y cuales debo ocultar.
Pero el frió y la respiración tan entrecortada no me permiten concentrarme. Lo único que puedo imaginar es el sol que hay afuera, en la playa.
Los colores vivaces de los que se pasean por algún malecón. La luz enceguecedora sobre la espuma de las olas. Y ese azul de nuevo mundo del cielo sobre el océano.
Todo eso, y centenares de personas tomando cócteles en sillas de hierro y plástico, es algo que veo claramente. Los gritos llegan con menos fuerza, sólo parecen lamentos.
El dolor en la espalda se revela en ciertos instantes, es como si ahora, recién, comenzara a recibir las patadas, una por una, en forma metódica, con una cronología precisa.
Siento pena de mi cuerpo. Este cuerpo va a ser torturado, es idiota. Y sin embargo es así, no existe ningún recurso nacional para evitarlo. Entiendo la necesidad de este capuchón: no seré una persona, no tendré expresiones. Seré sólo un cuerpo, un bulto, se entenderán sólo con él.
Pasa mucho tiempo y no me atrevo a cambiar de sitio ni menos a sentarme en el piso. Afuera, por momentos, hay un completo silencio. Doy puntapiés en el aire para secarme los pies. Me cuesta mucho respirar a través del saco.
Tengo que pensar en algo, tengo que aprender lo que voy a decir. Doy por seguro que encontraron las copias de mis escritos. Esto no debe comprometerme sino a mí.
Podría demostrar mis contactos con una publicación extranjera, llegado el caso. Luego... el trabajo de Eva. Aquí mi información me abruma.
Trato de recordar lo que ha sido publicado sobre la actividad de la embajada de K., para no hablar sino de eso, para decir lo mismo.
Es muy difícil separar lo que sé de lo que he leído. Sobre mi propio trabajo, está claro que trataré de presentarlo con el carácter más técnico posible. Lo demás, todas las estupideces que me han atribuido en el primer interrogatorio, me dejan sin cuidado. Exagerar mi importancia como escritor sigue pareciéndome un buen recurso. Supongo que en todo este tiempo habrán examinado a fondo mis antecedentes y que habrán descubierto viajes a los países socialistas. Explicar su origen es, por supuesto, embarazoso. Incluso pueden acusarme de bigamia, los delitos comienzan a sumarse, sin fin.
En verdad, toda una vida de delitos. Y los dólares que tenia en casa ¿de donde los obtuve? ¿Del mercado negro? ¿ Y la literatura marxista? ¿Y por qué mi rechazo del trabajo con que me quisieron 'salvar' los intelectualoides democristianos que ahora están en el poder? No veo escapatoria.
Todos mis delitos se entrecruzan en la oscuridad de mi cerebro, el frió me hace sentir la piel como una textura de trapero podrido, empapado de agua.
Ha transcurrido más de una hora, posiblemente. Desde hace mucho rato ya no se oyen gritos.
Cuanto más recuerdo el diá de sol que existe en la realidad, más vulnerable me hago al frió de este lugar y a las penumbras que entrecortan mi conciencia. Tengo, la impresión de que sucedería algo muy grave si falto a la orden de no moverme que me dieron. Un viejo reflejo parece decirme que la obediencia podría salvarme del castigo. Con todo, pienso que si tuviera verdaderamente zapatos y algún chaleco todo esto seria más soportable. Alguien viene. Abren la puerta y me tiran del borde de la capucha. Camino a pasos cortos y rápidos, para no pisar los talones del que me conduce.
Camino como un chivo tirado de las barbas. Nos detenemos. Me dejan solo. Hay un gran silencio alrededor, muchos segundos de vacio y silencio. Entonces alguien se aproxima corriendo y lanza un grito de ataque bestial, un grito de salvaje, de luchador japonés, y siento dos pies que me dan de plano contra la espalda, con toda la fuerza del impulso. Salto disparado velozmente, ciegamente. Choco contra algo — es una puerta —; la abro directamente con la cara, con la frente y la nariz, y sigo hacia adentro, casi sin pisar el suelo. Trato de frenar y, al hacerlo, me cuesta encontrar el equilibrio. Durante un segundo vacilo, buscando la verticalidad con las piernas y el torso.
— ¡Putas que soi insolente, huevón, manerita de entrar!
— ¡Estamos conversando aquí, desgraciado, qué te hai creído!
— ¡Pero soi muy mal educao, concha'e tu maire!
— ¿No te han enseñao a golpear antes de entrar a una casa?
— ¿Te creís que estai en la selva, culiao? ¿No tenías respeto por la gente?
— ¡Vai a ver lo que te pasa por intruso!
Es un coro de insultos alrededor mió, y yo giro inútilmente la cabeza de una voz a otra, ciego, extraviado.
Uno de ellos se aproxima a mí, coge dos puntas de la capucha y hace un nudo fuertísimo sobre el puente de mi nariz, de modo que la mitad de la cara queda descubierta para ellos. Otro me enrosca un cable en cada uno de los dedos gordos de mis pies mojados. Hay un brevísimo silencio y luego siento un cosquilleo eléctrico que me sube hasta las rodillas. Grito, más que nada por temor.



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