viernes, 30 de enero de 2009

Fragmentos de Una Carta de Claudio Bertoni




UNA CARTA

I

Todo es curioso. Pero hay unas cosas más curiosas que
otras. Tú no eres curiosa. Yo no te catalogaría de curiosa.
Te catalogaría como medianamente chica. Como
eternamente ciega. Sin embargo, catalogaría de curiosas
ciertas circunstancias de nuestra relación. Cuando dije que
te catalogaba como eternamente ciega no fue mi intención
ofenderte aunque estoy seguro que te sientes ofendida,
precisamente por eso: porque siempre serás chica (o
pendeja como sabes que te diría). Querer a una persona
chica, como es mi caso, es una cruz ni más ni menos
cansadora que otras. Pero tiene sus bemoles que son
desalentadores hasta el punto de asomarse uno a la
desesperación lisa y llana. Tú no te imaginas, ni siquiera,
que no te imaginas el daño que me has hecho al decir
cosas que yo me imagino tú te imaginas que no son
dañinas. Tú no te imaginas que podríamos vivir, yo a tu
lado de un lado para otro y de rodillas como si estuviera
pagando una manda en la gruta de Lourdes cuando tú vas
al baño, cuando tú vas a la cocina, cuando tú vas al living.
De rodillas pidiéndote que comprendas, que te fijes, que te
des cuenta que ando de rodillas, siguiéndote a todos lados
en nombre de algo. Cuando digo que morirás chica me
refiero a que no te has dado cuenta y que no sabrías, si me
vieras, porque ando a tu lado de rodillas. Cuando digas que
todo esto es literatura (como sueles hacer), también
pensaré que se debe a tu constante a medias ceguera y con
el tiempo te volverás chica for ever. Ser chica no es malo. Al
menos para ti. Para mi sí. Aunque no tanto. Yo debo actuar
por fuera. Ver la estrategia. Olvidarme de las tripas.
Olvidarme de la Santa Bárbara. Debo concentrarme en los
desplazamientos y en lo que veo desde ahí. Debo
entrar (y lo antes posible mejor) en el terreno de lo que
Pavese llamaba la astucia. Tú no dejas otra salida. O es tu
maldad o es idiotez (no mucha, pero idiotez al fin), la que
no deja que yo me porte con más inteligencia o
naturalidad contigo. ¿Sabías tú que Rilke decía que la
misión del poeta es "ocultar la belleza"? ¿No es raro eso?
¿No pensarías tú, y yo, y todo el mundo, que se trata
precisamente de lo contrario? ¿Si tú estuvieras envenenada
(o cualquier cosa), si tú fueras una víctima de la peste.
¿Cómo hablarías? ¿Si tú estuvieras en una situación que ha
hecho imposible tu libertad ¿Qué harías? ¿Cómo hablarías
de tu opresión? ¿Qué palabras? ¿Qué tono escogerías?
¿Cuándo escogerías la hora de levantarte y salir a hablar
con alguien? ¿Cuándo sería la hora de tomar una hoja y
escribir una carta? ¿Cuándo sería la hora de decir algo por
escrito? ¿A nuestro diario íntimo? ¿A nuestro cuento? ¿A
nuestra novela? ¿A nuestro testamento? ¿Y qué habría que
decir? ¿Habría que salirse por dónde? ¿Y cómo? De uno
mismo y de la opresora irrespirable cansadora y
sempiterna situación? No sabes cómo vivo. Y deberías
saber. Porque ya te lo he dicho. Y aquí estoy esperando. Tu
boca se abre y no dice nada. ¿Nada es lo que dices? ¿Nada
es lo que sale de tu boca? Y yo estoy siendo astuto. Uno
escogería. Y yo no escojo. Termino aceptando la versión de
cualquiera en nombre o en honor a su desesperación. El
resultado está a la vista. No puedo huir de lo que has
hecho. Ni de lo que harás por mucho tiempo. Sin embargo,
puedo aplaudirme. De abrirte en canal como te abro. No
quiero que nadie más lo haga. No estropearían nada.
Lograrían eso sí, un rizo más, un recoveco más, en la
enredadera de los mal entendidos que a ti te sirven de guía
y escalera. No puedo hablar contigo. Tú has perdido la
memoria. ¿Es posible hablar con el hueco que ha dejado
en tu cerebro la memoria? Hoy día eres así. Mañana
tenemos un gobierno sui generis con nuevas leyes sui
generis y con una sibilina hembra desnuda de secretaria
general del flamante partido comunista y Ludovico en el
poder? ¿Has jugado alguna vez? Cuadro de San Sebastián:















II

Un amigo está bien. No es gran cosa, pero está bien. Una
mujer puede pasar. Pero una mujer con la que sabemos
qué pasará. Eso nos tranquiliza: qué pasará. No me refiero
a lo que tú ni nadie, ni yo incluido, creamos. Todo el
tiempo se trata de lo mismo y eso: de intentar dejarse uno
afuera de lo de uno. ¡Qué libertad entonces! O qué
servicio a la humanidad o al que casualmente lo descubra y
sorba y chupe esta costilla o fruta que flota libre como un
zapato lanzado fuera de una ventana y que uno puede
alcanzar y morder estirando ascética y
cinematográficamente el gaznate. Paz no puede haber
donde tú rondes. Donde tú mores. Donde tú te des vuelta
persiguiendo tu propia cola larga y flaca. Puede haber un
momento en que cansada y blanca logres una trenza
morena o un gato que ovillar en un choapino y te ovilles,
por fin, como una cosa junto a la cama. No creo en lo que a
mí me pasaría con tu epidemia, con tu leucemia. Creo
apenas y vagamente en lo que a ti te pasaría. En lo que a ti
te bajaría el moño. En lo que a mí me perdería. En lo que
a ti te perdería.


III

No tienes perdón de Dios. Ninguna mujer lo tiene. Si yo
entrara, minuciosamente, en tus cartas. Si yo te mostrara,
si yo abriera tus frases, tus palabras, tus oraciones. Si yo
abriera tus cartas como a un baúl y sacara lo que hay
dentro de la caparazón de la enredadera de las palabras. Si
yo descifrara un solo fragmento que vive hace más de
medio año en la punta de mi lengua, de una de tus cartas.
Si yo te contara lo que tú me has dicho en tus cartas. Si yo
te molestara explicando, minuciosamente también, cómo
ha penetrado en mí, capita por capita, vasito capilar por
vasito capilar, el veneno del contenido para mí de las
palabras de tus cartas. Eso te haría entrar en mis complejos
y en mis deficiencias. Te haría entrar un poco en lo que has
olvidado. Te haría entrar en lo que a lo mejor has creído
sin darte cuenta o mejor, ignorar. Me refiero a posar tu
mirada sobre mi espera. No puedo hacerlo de otra manera.
Viendo hasta donde no es posible mostrarte a ti ¿por qué?,
menos que a nadie. Viendo hasta donde no es posible
hundir la lengua en la boca de nadie. Viendo hasta donde
no es posible ponerte al tanto a ti menos que a nadie. No
es posible fotografiarme lo mismo que no es posible
fotografiar el comentario de tu flamante y deleznable
amiga. Esto es defensa propia. Es otra conciencia, y con
razón, la que poniendo sus brazos bajo mis axilas me
arrastra retrocediendo rumbo a la puerta de dos hojas de
mi casa o pieza. Lo que ahí sucede para mí es pan comido.
Sé lo que me pasa en la misma medida que sé lo que no me
salva. Y es de lo que se trata: de que no me salva. De que
no usaré las palabras que contienen lo que me nutre roe y
draga, en los diccionarios.
No nos daré o proporcionaré el placer. No te daré un
placer. Ni siquiera éste. Ni siquiera ése. No me daré a mí el
placer. Aunque nada más sea un temeroso umbral del
proceso al que un etéreo intestino delgado y grueso se
vuelve a suplicar o a mirar en la insistencia de su cordura
que perdura y durará.




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