lunes, 28 de septiembre de 2009

LAS PLAYAS CRUCIFICAN


Obra pictórica exclusiva para esta crónica de la pintora chilena Luisa Ayala Pinochet

LAS PLAYAS CRUCIFICAN
(En homenaje a un pequeño espacio oceánico que fue y ya no es)

Escribe Carlos Amador Marchant


Me pregunto si los días que transitan por las venas del ser humano están relacionados con brumas, con oídos, con aquellos fierros que se esconden en la parte trasera de la casa. Me pregunto, por otra parte, si cuando volvemos a cosas antiguas no se nos entrometen todas las tristezas de lo inconcluso.
Porque hablar de asuntos pasados tiene el sabor de playas abandonadas. Tiene la penosa historia de seres que estuvieron ahí y que se fueron por el riguroso cambio planetario. Es decir, lo que fue ya no es.
Hoy hablaré de la “Playa de Abajo”. Curioso nombre para una playita que en la amplitud del mundo es un grano de arena. Hacerla grande de nuevo, es como elevar la potencia de una foto digital. Tanta vida depositada sobre el colchón de la nada.
Aquella playa donde la gente maniatada por el sol del desierto salía a refugiarse en esas olas que venían y se escondían en medio de rocas.
Recuerdo cuando mujeres y niños y personas de todas las edades salían a ese diminuto lugar. Iban como guerreros a batalla con sus quitasoles, con bolsas donde albergaban de todo. Y ese todo estaba relacionado con alpargatas, calzoncillos, calcetines y un cuanto hay para doblegar esos soles del desierto chileno.
Iban todos caminando a “La Playa de Abajo”, viajeros de a pie que se desplazaban por las calles del legendario Iquique. Paisanos que olían a tiza, a ropa planchada con artefactos de a carbón. Con camisas que eran de todos los colores, los colores de la pampa, aquellos amarillos y verdes y rojos. Y zapatos color negro que nunca se sacaban, sólo cuando las mujeres suplicaban estar en la “Playa de Abajo” y que por respeto a ella había que desnudarse. Iban todos caminando de a pie como la cabalgata de Pedro de Valdivia auscultando a los originarios de nuestro continente. Iban todos altivos, deseosos, los domingo precarios que tenían fragancia a ninguna fragancia.
Iban todos caminando. Era una caravana. Parece que se ponían de acuerdo y hasta salían a la misma hora.
Aquella playa era diminuta. Especie de roquedales que se entreveraban con las olas, un islote que parecía de gran lejanía y que a la larga simbolizaba siete metros más allá de la orilla. Pero todos eran felices en ese reducto. Se sentían allegados al más grande de los océanos del mundo. Y no había más que ese sitio, era el mar de todos los mares.
Las mujeres vestían de una forma distinta. Ya no eran las señoras de todos los días, aquéllas que iban a comprar verduras al mercado municipal, las que llegaban a las 11 de la mañana sudando con las bolsas pesadas del vital alimento, las mismas que por las noches esperaban a sus maridos traqueteando en esas miserables casas olor a ropa y a petróleo.
Era el domingo, aquel día fome donde las nubes siempre fueron las mismas, donde desde las casas salían aburridas melodías y las calles se encontraban siempre vacías, sin olor a humanos, sino más bien a soledad eterna. Era el domingo aquel en donde las gaviotas curiosamente ya no estaban en el cielo, sino posadas en los roquedales de toda la costa del puerto, como diciendo que ese día y todos los demás domingo, según lo había establecido la naturaleza, la fomedad se haría eterna.
Era el domingo, insisto, de la pereza humana, el cementerio eterno en los ojos de un anciano.
Esa diminuta playa tenía la belleza de todas las bellezas. Las carpas, cientos de carpas que se erigían sobre la arena. Y estaban ahí todas las mujeres del mundo, con todos los hombres del mundo, entregando el alimento que habían preparado en jornadas bellas y difíciles. Estaban los panes con tomates, con atún, los que llevaban paltas con picadillos de cebollas. Eran las tardes del sabor a amor por la tierra.
La “Playa de Abajo” parecía sonreír por tantas visitas. Parecía gozar con tanta pobreza acurrucada.
Al paso del tiempo diminutos empresarios instalaron parlantes, pusieron tuberías en los contornos, levantaron caseríos sobre las rocas. Los fecales de las instalaciones improvisadas hicieron que un pulpo pequeño que vivía en una poza emigrara mar adentro.
Las gaviotas, los pelícanos que se detenían en el islote, lugar donde sólo los niños valientes llegaban alardeando proeza, volaron por tanta bulla de parlantes.
La diminuta fue creciendo y se transformó en un terrón de azúcar circundada por cientos de hormigas. Y entonces los pampinos que descubrieron el sitio se encontraron de repente rodeados por miles de rostros distintos que venían desde otras poblaciones.
La bulla estropeó los arenales, las cañerías empezaron a invadir las rocas, las banderas taparon la risa. El olor a fritanga reemplazó a los panes con cebolla y palta. Los niños ya no conversaban con los niños, porque sus voces no se escuchaban en medio de tanta cumbia nortina.
Más tarde, la legendaria se sintió menospreciada. Parecía que ella había nacido sólo para albergar a los pampinos que la descubrieron, aquéllos que salían de sus casas de la calle O’Higgins.
Y entonces la tristeza invadió los puntos cardinales de Iquique, el puerto pobre de la década del 60, aquel aprisionado por el inmenso cerro de la Cordillera de la Costa.
La tristeza, la misma heredada por todos los chilenos que viven y se desangran en esta larga geografía del “Finis Terrae” como bien lo define Joaquín Edwards Bello: “Estamos colocados al pie de un abismo, limitados por un desierto al norte y las desoladas montañas de nieve al sur; por frente un océano sin fin, y a nuestras espaldas una cordillera cuyo solo aspecto produce espanto espiritual. Nos sentimos asaltados por el poder aterrador de lo infinito más que ningún otro pueblo de la tierra”.
Entonces, de repente, las aguas comenzaron a subir de nivel. Aquéllas que antes se abrían de brazos para los descubridores, de improviso lanzaron latigazos. De la noche a la mañana fue desapareciendo el islote, los hoteles de los empresarios diminutos de la época cayeron al mar, las cañerías se doblaron como un alfiler y las cumbias nortinas se silenciaron.
“La Playa de Abajo” fue aplastada por las olas y no quedó nada sino mar, olas que entraban y entraban. Y el cielo se fue opacando, y los panes de palta con picadillos de cebollas quedaron en los recuerdos de la gente.
Los años pasaron presurosos y los que recordaron la “Playa de Abajo” se fueron al cementerio, sólo desde allí siguieron soñando los domingo.
Más tarde, mucho más tarde edificaron un gran edificio frente a ese mar embravecido. Era el edificio de la nueva Intendencia Regional. Desde esos pisos se podía mirar sólo el mar. Nadie supo que allí existió esa playita.
Quedaron en la arena las pisadas de los que la bautizaron. Los mismos que desde el cementerio guiñan sabiduría del pueblo.


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