lunes, 28 de septiembre de 2009

LAS PLAYAS CRUCIFICAN


Obra pictórica exclusiva para esta crónica de la pintora chilena Luisa Ayala Pinochet

LAS PLAYAS CRUCIFICAN
(En homenaje a un pequeño espacio oceánico que fue y ya no es)

Escribe Carlos Amador Marchant


Me pregunto si los días que transitan por las venas del ser humano están relacionados con brumas, con oídos, con aquellos fierros que se esconden en la parte trasera de la casa. Me pregunto, por otra parte, si cuando volvemos a cosas antiguas no se nos entrometen todas las tristezas de lo inconcluso.
Porque hablar de asuntos pasados tiene el sabor de playas abandonadas. Tiene la penosa historia de seres que estuvieron ahí y que se fueron por el riguroso cambio planetario. Es decir, lo que fue ya no es.
Hoy hablaré de la “Playa de Abajo”. Curioso nombre para una playita que en la amplitud del mundo es un grano de arena. Hacerla grande de nuevo, es como elevar la potencia de una foto digital. Tanta vida depositada sobre el colchón de la nada.
Aquella playa donde la gente maniatada por el sol del desierto salía a refugiarse en esas olas que venían y se escondían en medio de rocas.
Recuerdo cuando mujeres y niños y personas de todas las edades salían a ese diminuto lugar. Iban como guerreros a batalla con sus quitasoles, con bolsas donde albergaban de todo. Y ese todo estaba relacionado con alpargatas, calzoncillos, calcetines y un cuanto hay para doblegar esos soles del desierto chileno.
Iban todos caminando a “La Playa de Abajo”, viajeros de a pie que se desplazaban por las calles del legendario Iquique. Paisanos que olían a tiza, a ropa planchada con artefactos de a carbón. Con camisas que eran de todos los colores, los colores de la pampa, aquellos amarillos y verdes y rojos. Y zapatos color negro que nunca se sacaban, sólo cuando las mujeres suplicaban estar en la “Playa de Abajo” y que por respeto a ella había que desnudarse. Iban todos caminando de a pie como la cabalgata de Pedro de Valdivia auscultando a los originarios de nuestro continente. Iban todos altivos, deseosos, los domingo precarios que tenían fragancia a ninguna fragancia.
Iban todos caminando. Era una caravana. Parece que se ponían de acuerdo y hasta salían a la misma hora.
Aquella playa era diminuta. Especie de roquedales que se entreveraban con las olas, un islote que parecía de gran lejanía y que a la larga simbolizaba siete metros más allá de la orilla. Pero todos eran felices en ese reducto. Se sentían allegados al más grande de los océanos del mundo. Y no había más que ese sitio, era el mar de todos los mares.
Las mujeres vestían de una forma distinta. Ya no eran las señoras de todos los días, aquéllas que iban a comprar verduras al mercado municipal, las que llegaban a las 11 de la mañana sudando con las bolsas pesadas del vital alimento, las mismas que por las noches esperaban a sus maridos traqueteando en esas miserables casas olor a ropa y a petróleo.
Era el domingo, aquel día fome donde las nubes siempre fueron las mismas, donde desde las casas salían aburridas melodías y las calles se encontraban siempre vacías, sin olor a humanos, sino más bien a soledad eterna. Era el domingo aquel en donde las gaviotas curiosamente ya no estaban en el cielo, sino posadas en los roquedales de toda la costa del puerto, como diciendo que ese día y todos los demás domingo, según lo había establecido la naturaleza, la fomedad se haría eterna.
Era el domingo, insisto, de la pereza humana, el cementerio eterno en los ojos de un anciano.
Esa diminuta playa tenía la belleza de todas las bellezas. Las carpas, cientos de carpas que se erigían sobre la arena. Y estaban ahí todas las mujeres del mundo, con todos los hombres del mundo, entregando el alimento que habían preparado en jornadas bellas y difíciles. Estaban los panes con tomates, con atún, los que llevaban paltas con picadillos de cebollas. Eran las tardes del sabor a amor por la tierra.
La “Playa de Abajo” parecía sonreír por tantas visitas. Parecía gozar con tanta pobreza acurrucada.
Al paso del tiempo diminutos empresarios instalaron parlantes, pusieron tuberías en los contornos, levantaron caseríos sobre las rocas. Los fecales de las instalaciones improvisadas hicieron que un pulpo pequeño que vivía en una poza emigrara mar adentro.
Las gaviotas, los pelícanos que se detenían en el islote, lugar donde sólo los niños valientes llegaban alardeando proeza, volaron por tanta bulla de parlantes.
La diminuta fue creciendo y se transformó en un terrón de azúcar circundada por cientos de hormigas. Y entonces los pampinos que descubrieron el sitio se encontraron de repente rodeados por miles de rostros distintos que venían desde otras poblaciones.
La bulla estropeó los arenales, las cañerías empezaron a invadir las rocas, las banderas taparon la risa. El olor a fritanga reemplazó a los panes con cebolla y palta. Los niños ya no conversaban con los niños, porque sus voces no se escuchaban en medio de tanta cumbia nortina.
Más tarde, la legendaria se sintió menospreciada. Parecía que ella había nacido sólo para albergar a los pampinos que la descubrieron, aquéllos que salían de sus casas de la calle O’Higgins.
Y entonces la tristeza invadió los puntos cardinales de Iquique, el puerto pobre de la década del 60, aquel aprisionado por el inmenso cerro de la Cordillera de la Costa.
La tristeza, la misma heredada por todos los chilenos que viven y se desangran en esta larga geografía del “Finis Terrae” como bien lo define Joaquín Edwards Bello: “Estamos colocados al pie de un abismo, limitados por un desierto al norte y las desoladas montañas de nieve al sur; por frente un océano sin fin, y a nuestras espaldas una cordillera cuyo solo aspecto produce espanto espiritual. Nos sentimos asaltados por el poder aterrador de lo infinito más que ningún otro pueblo de la tierra”.
Entonces, de repente, las aguas comenzaron a subir de nivel. Aquéllas que antes se abrían de brazos para los descubridores, de improviso lanzaron latigazos. De la noche a la mañana fue desapareciendo el islote, los hoteles de los empresarios diminutos de la época cayeron al mar, las cañerías se doblaron como un alfiler y las cumbias nortinas se silenciaron.
“La Playa de Abajo” fue aplastada por las olas y no quedó nada sino mar, olas que entraban y entraban. Y el cielo se fue opacando, y los panes de palta con picadillos de cebollas quedaron en los recuerdos de la gente.
Los años pasaron presurosos y los que recordaron la “Playa de Abajo” se fueron al cementerio, sólo desde allí siguieron soñando los domingo.
Más tarde, mucho más tarde edificaron un gran edificio frente a ese mar embravecido. Era el edificio de la nueva Intendencia Regional. Desde esos pisos se podía mirar sólo el mar. Nadie supo que allí existió esa playita.
Quedaron en la arena las pisadas de los que la bautizaron. Los mismos que desde el cementerio guiñan sabiduría del pueblo.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Fin de siglo, nueva poesía chilena de los 80 por Anita Montrosis

Fin de siglo, nueva poesía chilena de los 80

Por Anita Montrosis

Julián Gutiérrez (antologador), Editorial Ventana Abierta, Santiago, 2009, 309 páginas.

Toda antología tiene su riesgo y es arbitraria, toda antología es necesaria y discutible, porque nunca están todos y no siempre los que deberían estar, pero sin duda es un aporte ineludible para la memoria de las letras.

De Armando Roa a Víctor Hugo Díaz, de Isabel Gómez a Leo Lobos, el antologador une a 28 autores de la promoción Post-87, nacidos entre 1959 y 1967, que comienzan a publicar a partir de 1987.

Este libro es una muestra poética situada en la posmodernidad. Los versos van desde lo marginal a lo cotidiano, desde lo propiamente urbano a lo rural, desde un mundo interior que se cuestiona a otro netamente social, donde todas las miradas juegan un papel importante con las imágenes y con las distintas voces que se pierden y se reencuentran en una ciudad bastante herida. Cada poeta tiene su propio estilo, su propia sensibilidad y visión que si bien es cierto es distinta una de otra, en cierta medida, estás se unen para toparse con la memoria política, social y literaria de un país. Prueba de ello radica en la creación poética, en la propiedad del discurso, un discurso que cuida la forma y la construcción textual, una voz que se preocupa de la situación económica y política, una voz que habla del sujeto degradado y de la resistencia, así como también aparece e intenta recuperar las preguntas y las criticas. Finalmente aparece la palabra situada en la zona sur, una palabra que asume su propia identidad cultural.

La presente antología intenta dar un testimonio de una de las realidades escritúrales activas de nuestra literatura chilena, una generación que había quedado perdida por la clasificación de la critica dentro de un campo fuertemente en disputa. Un grupo de poetas nacidos en el trascurso de los 70, su educación desarrollada en dictadura y sus primeras obras a fines de los 80, todos con más de 20 años de trayectoria y todos con al menos dos publicaciones. Todo lo anterior es el resultado que los asienta en una plataforma con ciertas características homogéneas que dan fe a esta antología.

Fin de siglo tiene la cualidad de producir una poesía autentica, coherente, reflexiva, sólida, testimonial y preocupada de la estética.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Poetas jóvenes y liceanos (Jornada de fomento a la lectura, Más allá de las letras. Arica)


Escrito por Rodrigo Ramos Bañados


Arica mantiene una respetable comunidad poética. Son varios los grupos en plena actividad con debate, crítica como a través de publicaciones. Destaca la agrupación MAL. A estos se debe sumar la labor de difusión que desarrolla el escritor y académico de pedagogía en castellano de la Universidad de Tarapacá, Daniel Rojas Pachas (Lima, 1983), a través de la revista electrónica "Cinosargo". El grupo MAL, el taller de cómic Engranaje y Daniel Rojas Pachas (autor del poemario Gramma), con el apoyo del Consejo de la Cultura de Arica organizaron la jornada de fomento a la lectura "Más allá de las letras". Uno de los aspectos más relevantes de esta iniciativa que se desarrolló en Arica –y donde asistí como invitado por la novela Alto Hospicio, Quimantú 2008- fue el puente entre los escritores y los estudiantes de educación media, en este caso del Liceo Domingo Santa María de Arica. De esta manera un grupo de poetas jóvenes compartió su experiencia en la literatura. Los poetas también leyeron sus trabajos a los escolares. La conexión fue mutua. Al final los escolares se atrevieron a leer sus poesías escritas en cuadernos. Lo anterior provocó la presencia de un grupo de los liceanos en una charla posterior sobre cómic y nueva narrativa nortina que se llevó a cabo ese mismo día, pero en la tarde, en la Universidad Santo Tomás de Arica. Esto demostró la validez de sacar a pasear la poesía por lo liceos pues se desmitifica –los estudiantes no se encuentran con el poeta estereotipado de boina ni con las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer-.
En esta misma línea se discutió en un foro que se llevó a cabo en la Universidad de Tarapacá, y que contó con estudiantes de pedagogía en Castellano, sobre cómo los profesores de lenguaje deben incentivar la literatura en los escolares.
Se habló de docentes actualizados o contextualizados. Es decir, profesores con un bagaje literario cercano a las nuevas generaciones con la intención de que los estudiantes le tomen el gusto a la literatura.
Tal vez la génesis de la tirria a la literatura de algunos esté también en la absurda idea de algunos docentes de que los niños se aprendan poemas de memoria y los reciten ante sus compañeros con la posibilidad de olvidar alguna parte y el efecto de la vergüenza y posterior trauma.
Por esto resulta interesante la conexión entre poetas jóvenes y los liceanos pues cumplió al momento de abrir vocaciones y sumar lectores















Paseo en burro por los cielos nortinos

Paseo en burro por los cielos nortinos


Estaba terminando de leer la novela “El mar enterrado” del antofagastino Patricio Jara, cuando llegó a mis manos: “El burro del Diablo, Arqueo de la poesía contemporánea de la Región de Coquimbo” con selección y notas de Arturo Volantines, Ediciones Universitarias – Universidad Católica del Norte. Hizo su arribo en una circunstancia bastante especial, fue al término del recital poético “La primavera de los poetas” que organizó la Salc. y Ediciones Mediodía en Punto, en la ciudad de Vallenar, en homenaje al poeta Vicente Huidobro y tuvo que esperar a que leyera otros tres libros más, “Versos de marinera” de Edith Dubó Romero, “Vuelos terrestres” de Rodrigo Durand Campos y la antología “Cascada de flores, poemas de amor” donde Leutun Ediciones, reúne a veinticuatro poetas de diferentes países. Así, el “Burro”, estuvo algunos días sobre mi escritorio y todas las noches su bella y bien cuidada portada, como su voluminoso cuerpo de trecientas diecisiete páginas me hacían guiños coquetones, hasta que postergando la lectura de otros libros, me puse a recorrer con avidez casi enfermiza, los caminos y senderos de las tres provincias de la Región Bucanera; pues siempre ando a la caza de los libros que se editan y autoeditan en mi largo y desmembrado Norte.
Ahora bien, entrando de lleno al Arqueo, es un excelente libro, hay voces de mucho peso, con una larga trayectoria, muy seria donde han demostrado con creces sus talentos y sobre todo, lo más importante, el constante trabajo, ahora en lo personal, y acudo al adagio que dice “Que sobre gustos no hay nada escrito” y sin desmerecer a otros que aparecen en este recuento, quiero destacar algunos nombres, insisto –como gusto muy personal-. Comenzando por Jorge Zambra Contreras, maciza voz de Atacama, a Julia Pinto, a quien conozco desde siempre y he seguido de cerca sus constantes avances. Bartolomé Ponce, que trajo hasta mi memoria con su poema Papero, al Niño yuntero de Miguel Hernández, Al incansable jornalero de la poesía y andamiador de la revista Añañuca, Samuel Núñez; A Ramón Rubina, que considero el hermano mayor de los poetas ovallinos. También a quien admiro y pienso que es la voz con más fuerza dentro de la poesía escrita por mujeres nortinas, la coquimbana Susana Moya. Benito Chacana, prestidigitador de las palabras. Al desordenado pero generoso, Javier del Cerro.
Ahora bien, lo que sí echo de menos en esta antología, son las composiciones de Arturo Volantines, que comprendo, que por ser el compilador no se incluya; pero no comparto, pues por la calidad poética debería estar, a riesgo de las odiosidades que suelen darse cuando esto ocurre.
Para terminar este breve comentario, quiero felicitar a Arturo Volantines, primero: porque, a pesar de los hilos curados que lo quieren mandar cortado, persiste con su inconmensurable amor al norte heroico, en seguir surcando los cielos de la patria, buscando los mejores vientos, con el único propósito de hacer justicia a las letras nuestras y segundo por el detallado paseo en el burro del Diablo por la historia literaria de esta ignorada madre telúrica.

Juan García Ro
Vallenar, 19 de septiembre de 2009.-



miércoles, 23 de septiembre de 2009

Los Rasgos Posmodernistas en El Pájaro Verde de Juan Emar


Los Rasgos Posmodernistas en “El Pájaro Verde” de Juan Emar

Autoras: Violeta Valencia / Carolina Opazo



Álvaro Yáñez Bianchi, más conocido por el seudónimo Juan o Jean Emar, nació en Santiago de Chile de 1893 y murió en la misma ciudad el 8 de abril de 1964. Fue un escritor, crítico de arte y pintor, máximo exponente local de la vanguardia literaria de las décadas de 1920 y 1930 en el género narrativo, e integrante del colectivo de artistas plásticos Grupo Montparnasse. Sus obras más destacadas son la colección de cuentos Diez, las novelas breves Ayer, Un año, y Miltín. Tras la indiferencia de público y crítica frente a sus libros, el autor desapareció de la escena artística y se dedicó casi exclusivamente a escribir la extensísima novela Umbral.

Su libro “Diez” habla siempre en primera persona y desde el yo, Juan Emar, se involucra con el texto. Además se observan fenómenos como la alusión constante a colores y a distintas expresiones artísticas en su escrito. Sus obras llenas de elitismos y de burlas satirizan la realidad de sus contemporáneos. Así usa rasgos posmodernistas en su narración que lo hacen un ser incomprendido en su época.

Desde los rasgos narrativos posmodernistas el escritor usa técnicas como la metanarratividad, el doble código y la ironía intertextual. Por medio de éstos analizaremos el cuento “El Pájaro Verde” perteneciente al libro “Diez”. Entendemos por estos rasgos:

Primero, la metanarratividad se define según Genette como la metalepsis del autor, es cuando el narrador extradiegético (que está fuera de la historia que se cuenta), o sea, el autor implícito de la novela, rompe el flujo de la narración y apela al personaje o al narratario. De este modo, el autor implícito se introduce en la narración y se vuelve parte de la historia.

En segundo lugar entendemos por doble código lo que Jencks señala “las obras postmodernas se dirigen simultáneamente a un público minoritario de elite usando códigos ‘altos’ y a un público de masas usando códigos populares”.

Finalmente, partiendo del concepto del doble código podemos decir que la ironía intertextual es cuando el autor selecciona a los lectores y lo prefiere intertextualmente enterados, salvo que no excluye a los menos preparados (Daniel Rojas). Desde esta perspectiva juega con la burla de aquellos que tienen un punto de vista más amplio.

Ahora bien la metanarratividad en el cuento “El Pájaro Verde” se aplica en dos niveles, el primero desde un narrador omnisciente que es quien cuenta la historia. Este narrador se introduce por primera vez en el cuento cuando dice “en abril de ese año llegaba yo a Paris” acá hay un claro diálogo con el lector y se irrumpe la linealidad del cuento sobre el paradero del pájaro Verde.

Además, a través de él explaya el fluir de su consciencia convirtiéndola en un baile, en música y la canción “Yo He Visto Un Pájaro Verde”. Sus pensamientos y su crítica pertenecientes a su conciencia reflexiva dirigen la visión del lector.

En el segundo nivel nos encontramos con el propio autor, cuando se introduce la oración: “¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?”. Aquí ya no hay un narrador omnisciente sino que va más allá, pues el propio autor se introduce en el cuento rompiendo todos los límites que impone la diégesis.

Ahora bien en cuanto al doble código el autor utiliza constantes recursos que van dirigidos hacia un público de elite y hacia un público popular, sobre todo a referencias históricas y lugares específicos, tales como: “La Gosse a la desembocadura del Amazonas”, el nombre en francés de la goleta y el código popular es el río Amazonas. Otro doble código es cuando nos cuenta que nace el loro el mismo día en que “fallecía el más grande de todos los emperadores, Napoleón I” y, más adelante, siguiendo la lectura nos cuenta como Henri-Guy pinta al pájaro ya muerto y embalsamado y que estando él en Francia nombra un hecho histórico en Valparaíso y Santiago de Chile. Entonces, no tan sólo se conecta con la historia universal, sino que con la historia popular y nacional.

También hay un doble código al designar los nombres de la plantas y árboles, pues algunos son populares y otros son científicos. Además es posible nombrar cuando dice: “el Palermo de la ya mencionada Rue Fontaine, donde entre dos músicas de negros, una orquesta argentina tocaba tangos arrastrados como turrones”. En esta frase se expresa que se encuentran en una calle de Francia, sin embargo, se tocan tangos populares en Latinoamérica

Hasta aquí el autor demuestra un doble código constante en las distintas artes, haciendo una conexión irónica o burlesca de ellas. De este modo habla de la escritura y los escritores naturalistas, de la pintura, de naturaleza muerta y de la música.

Por consiguiente la obra en general tiene un doble código que se presenta en el “Pájaro Verde”, pues el mensaje popular es el de la historia de un loro; el mensaje de elite, no obstante, nos transmite como una de sus posibilidades que éste en realidad es un símbolo del arte. Expresión estética que está cambiando de paradigma y, dicha transformación, se evidencia cuando el loro mata al tío José Pedro, siendo éste símbolo de las antiguas artes y al mismo tiempo de ideas antiquísimas que el nuevo pensamiento debe derribar.

Podemos decir principalmente que el ave simboliza al arte, porque a través de él se transmiten todo tipo de sentimientos, desde el principio cuando dice que “Monsieur le Docteur Guy de la Crotale”, era un hombre extremadamente sentimental y sus sentimientos estaban ubicados ante todo en los diversos pajaritos que pueblan los cielos; siendo éste quien se roba al pájaro verde, el sentimentalismo se encarna en el loro.

Esto último se puede observar también cuando el autor describe que en Francia el pájaro disecado mira hacia un cuadro de Baudelaire, quien fue un poeta maldito ícono del simbolismo y además pintor. Y cuando Juan Emar llega a Chile está observando una figura de Arturo Pratt, héroe patrio, lo cual tiene una clara connotación en los tipos de arte y pensamientos que existían en ambos continentes. Es así como este arte que se revela y cobra vida se presenta en todo el cuento, ya que el escrito se organiza y se constituye como un doble código.

En cuanto a la ironía intertextual va muy ligada al concepto de doble código, porque de esta forma una de las principales ironías intertextuales se señalan en los distintos nombres de la familia, pues son muy largos y extremadamente difíciles de pronunciar; lo cual alude a una crítica de la clase social burguesa y, al mismo tiempo, a aquellos escritores que se expresan en francés.

Asimismo los complicados nombres otorgados a los árboles y la forma de descripción cronológica es una clara burla a los escritores naturalistas, quienes promueven la cientificidad en todos los ámbitos de la vida. Así también podemos mencionar la exactitud del tiempo de muerte del tío José Pedro y el lenguaje explícito que se usa en un principio, donde se describe con precisión cada lugar y momento de la expedición.

Precisamente ahí el autor nos presenta una ácida reflexión respecto a su concepción de los sabios, la cual siempre es dudosa diciendo: “ignoro totalmente sus méritos… y de la sabiduría no tengo ni la menor noción”; lo cual da paso a otra crítica al naturalismo, filosofía que pretendía establecer un control exacto de la vida, intentando obviar los sentimientos propios del ser humano.

Una ironía intertextual que al mismo tiempo es un doble código es la alusión al lenguaje en dos momentos: primero, cuando toda expresión, sentimiento o idea se puede reducir a “Yo he visto un pájaro verde” y desde allí crear una nueva forma de expresión. En la segunda, es cuando el ave comienza a picotear al tío José Pedro y se produce un diálogo entre Juan Emar y el loro, que con cada pequeña destrucción se va acortando cada vez más hasta llegar a la muerte del tío y el lenguaje se desconstruye completamente y se convierte en nada, mejor dicho, quedan sólo gestos.

En consecuencia, se identifica una lucha interna entre el ser social y el individual, la cual simboliza que este arte se identifica con una expresión estética más universal y no sólo con una cultura e idioma determinados. En cuanto a la ironía intertextual a través de este desarme se rompen todas las estructuras que encadenan al ser humano con la ciencia y lo objetivo y la frase se va disolviendo en una clara demostración de que las estructuras de mundo y los distintos paradigmas están siendo derrocados.

En síntesis, el cambio de la forma de narrar en principio como una historia cronológica y luego derivar a una historia surrealista es una muestra del cambio que ha tenido el arte y toda forma de expresión al verse ahogada por estructuras rígidas y prefijadas. Asimismo como el pájaro que nace en América y es llevado a Europa por un naturalista francés. Allá muere y es embalsamado, y, posteriormente, es devuelto a América por medio de un chileno. Evidenciando así la retroalimentación que existe en respuesta a todas las implicancias de la modernidad.

Debido a ello, este viaje es el mismo viaje interno que se puede producir en los sentimientos al utilizar técnicas naturalistas rotas en pro de la expresión humana. Puesto que dicho elemento es el que da paso al postmodernismo, si utilizamos la mirada de Octavio Paz, quien manifiesta esta etapa como la evolución del modernismo.

Finalmente, hay que decir que este tipo de escritura para los años 20’ era muy incomprendida, sin embargo, estas técnicas narrativas de escritura hoy son válidas y consideradas rupturistas, pues en ellas se encuentra un punto de vista más amplio en la forma de ver y expresar al mundo.



martes, 22 de septiembre de 2009

ROMEO MURGA, El canto ensombrecido por el mito

ROMEO MURGA,
El canto ensombrecido por el mito


Por
Arturo Volantines


Si consideramos el mito como una deformación de la realidad y no como fundacional respecto a un pueblo, a una obra que puede encarnar el ser de una nación, se ha facilitado la creación de un mito con José Luis Romeo Murga.
Pero, como los homenajes vienen del ámbito de la literatura, es necesario señalar que se confunde el personaje con el valor real de su poesía. Señala, en el texto, “Romeo Murga, Obra reunida”(Ediciones de la Dirección de Bibliotecas y Archivos y Museos, Santiago de Chile, 2003), su prologuista y recopilador, Santiago Aránguiz Pinto: “…el caso de uno de los numerosos escritores chilenos a los que se los conoce más por su imagen o representación que por su obra y su legado literario.”.
El personaje, Romeo Murga está muy ayudado por su muerte prematura; por su relación con Pablo Neruda; por la apología que hizo Jorge Teillier, que al tratar a Romeo Murga abonó a su propio mito; por que Copiapó —lugar de su nacimiento— tiene hambre de poetas en el siglo pasado, ya que tuvo casi ausencia total de éstos, cuando en el siglo XIX fue vértebra de la primera Generación Literaria chilena. También, anduvo por los ‘70 un poeta sureño, afincado en Copiapó, ondeando la bandera desteñida del mito del poeta tuberculoso.
En la obra de Romeo Murga no está el vigor de su ciudad natal. En cambio, sí, en otros, como: Guillermo Matta, Jotabeche; Rosario Orrego, con sus notables textos a Copiapó y a Chañarcillo; el “Pope” Julio, Valentín Magallanes, Ramón Escuti Orrego y Pedro León Gallo. Sus poemas poco dicen de Copiapó; hay que hacer un esfuerzo para atisbar que existe alguna relación. En los poemas a su infancia y adolescencia habla de un “lugar” que no tiene un acento en Copiapó o en Atacama. Más, parece un paisaje de la región de Valparaíso. El estudioso, Gustavo Boldrini publicó un texto llamado: “Romeo Murga, poeta quillotano”(El Observador de Quillota, 17 de marzo de 1978) . Igual sucede con Salvador Reyes, que es claramente escritor antofagastino y que terminó odiando a Copiapó.
Obviamente, Romeo Murga fue un poeta que tenía una tremenda potencialidad; pero la poesía que alcanzó a dejar expresada es atisbo de un “exacerbado romanticismo”, —dice, Jorge Teillier—, que ya iba en la trasnochada cuando despuntaba el creacionismo y otras vanguardias. Era conservador; escribió contra Marinetti y la vanguardia; admiraba a Anatole France. Cuando sus compañeros de universidad cumplían funciones diligénciales y políticas, él era un poeta neutro y no se comprometía con la vida pública.
Se ha llegado a la arrogancia de compararlo con Neruda. Tempranamente, Neruda fue poeta universal. No se perfila en su obra alguna visión estética o un camino propio; sólo es un legado parecido al de la poeta vicuñense, María Isabel Peralta, con la cual comparten muchísimas semejanzas existenciales.
Romeo Murga no tuvo tiempo; tal vez, pero tampoco hay un compromiso con el lugar que lo vio nacer. En el prólogo del texto “El Canto en la sombra”, publicado por su hermana, Berta Murga(Editorial Tegualda, Santiago de Chile, 1946), dice, el prologuista Norberto Pinilla, que su “verbo tiene sentido oscuro, opaco.”. Indudablemente hablamos de una poesía romántica, de poeta intimista, preocupado de su propio dolor; adolescente sin pretensión estética.
En el poema más difundido llamado “La lejana” se nota una ruta evidente, con imágenes leves y rima descansada; habla testimonialmente con poética azucarada y espontánea. Es entendible, porque se trata de un muchacho influido por la atmósfera santiaguina; cargado de vida y promesa; un Martín Rivas del siglo siguiente.
Me parece más importante, pero que confirma lo anterior, el texto llamado “Clara ternura”, que apareció en las “Colecciones Hacia” nº 3(29 de julio de 1955, Antofagasta), publicado póstumamente por Andrés Sabella. Se trata de un capítulo de un texto que escribía Romeo Murga llamado “Alma”. Son poemas en prosa, de corte romántico; para su amada que conoció, como él mismo dice, en el pueblo de su niñez. Allí podríamos escudriñar un lugar donde se posa su poesía, pero si bien es cierto que podríamos aceptar que se trata de Copiapó, en ningún lugar queda expresado.
Escribió algunos meses antes de morir: “En la noche estrellada pienso en nuestro cariño./ Te recuerdo en mis brazos como una cosa mía./ Veo tu imagen blanca, reconozco a tus pasos/ que viene lentamente desde la lejanía.”.
En “Clara ternura” también se ve una potente influencia de la poesía francesa de la época; es de suponer que sus estudios del francés le permitían leer en ese idioma y saborear el romanticismo de comienzo de ese siglo que agonizaba en Europa. Dice, Santiago Aránguiz, el prologuista: “Es, en definitiva, poesía hecha de sentimientos y no de experiencia, como afirma Jorge Teillier en su ensayo “Romeo Murga, poeta, adolescente”, publicado en la revista Atenea nº 395, de enero-febrero de 1962”. Teillier da muchos manotazos al analizar la obra de Murga, y no comparto para nada su opinión respecto a la poca importancia de “Clara ternura”.
Pero, también puedo presumir y desear, sobre todo, que esta poesía tenga un hilillo con Jotabeche y Salvador Reyes. Esta poesía tiene el mayor mérito de confirmar a Jotabeche como el primer poeta de Copiapó; digo, al salirme del garlito que la poesía sólo se escribe en versos impuestos de un idioma impuesto. Esta prosa dulzona tiene algo del “pajarete” atacameño.
Es justo homenajear en Atacama a Romeo Murga. Pero, lo que no me parece justo es que se deje en el olvido a poetas mucho más importantes. Aún peor, que a Romeo Murga no se le lea ni se le estudie; que se hable del poeta atravesado por tantas circunstancias externas a la obra. Confunde ese hablar demasiado de las circunstancias de su muerte, de su relación con otros poetas y como pozo de adolescentes que quieren ser poetas. No se habla de la obra de Romeo Murga. Se debe realizar un simposio para contextualizar su obra, entre otras obras de autores atacameños.
Me parece que no se valora el arte; se valora el evento, sine qua non de los tiempos que corren. Se sepulta la poesía del poeta, para realizar honras fúnebres al tótem.




lunes, 21 de septiembre de 2009

JOSÉ ÁNGEL CUEVAS, POETA PRESENTE Y ESENCIAL DE CHILE



JOSÉ ÁNGEL CUEVAS, POETA PRESENTE Y ESENCIAL DE CHILE


por José G. Martínez Fernández.



EL MERCURIO del último domingo, 13 de septiembre, trae una extensa entrevista a uno de los poetas que más ha mantenido el principio identidad creativa-independencia política.


Él es José Ángel Cuevas, amigo del gran poeta ariqueño Rodolfo Khan, amigo mío y de muchos que nos hemos decepcionado del juego político de los que ayer abrazaban una causa y hoy la traicionan.


Cuevas es un poeta noble, entendida aquí la nobleza como símbolo de respeto por su hacer y pensar con honestidad, sin transar y sin alejarse, aunque sea levemente de los principios sociales que en los sesenta-setenta abrazó.


No sorprende, por ello, que señale en la entrevista que valoriza a aquellos que se quedaron en Chile en la época oscura de la patria y que ahora sufren la indiferencia de un sistema que ellos, con sus batallas épicas-utópicas, ayudaron a construir.


La decepción como elemento vital de una Nación que no ha sido reconstruida en afán de justicia es lo que denuncia José Ángel Cuevas.


Pero no sólo el importante poeta que es él ha estado en esa batalla. Habemos varios desilusionados.


Muchos no conocen a este aeda y por ello nosotros damos una pequeña muestra de su talento con la publicación de uno de sus poemas.





OTRO AMOR



¿Para qué quiero otro amor?
¿Para ir carreteando por la Gran Avenida sin un peso
y hablarle del Tiempo de la UP
revolverme en estos 15 años
sacando mugre del
Tarro?

Emborracharme y gritar en Tugurios
empapelados con banderas chilenas
polietileno
poliuretano.

Pasar por la Alameda a las 3 de la mañana
cuando todos se hayan ido las muchedumbres
cubiertas de smog
Y duerman.

¿Para qué quiero otro amor?
¿para llevarla a comer pescado frito
y sentarnos a mirar los pájaros
sin un peso para hotel
un peso para bailar abrazados hasta que amanezca?



Es evidente lo que el bardo nos ha querido decir.



Un reciente libro, de más de cuatrocientas páginas, que le editó una importante Universidad, sirve de punto mayor para conocer la gran esfera lírica de José Ángel Cuevas.





domingo, 20 de septiembre de 2009

Estrenamos el número XV de Revista Cinosargo, agosto del 2009



Estrenamos el número XV de Revista Cinosargo.

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sábado, 19 de septiembre de 2009

Poco me importa, de Andrés Florit: una poética de reacción


Poco me importa, de Andrés Florit: una poética de reacción


La deriva por la ciudad es uno de los fundamentos claros de la modernidad poética. Desde el central artículo de Baudelaire, El pintor de la vida moderna, de 1863, ese exilio liviano del flaneur, que pasa despreocupado sobre esa ciudad que se transforma incesantemente, se constituye como una de las situaciones privilegiadas del artista: ver el mundo, ser el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de esos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente.
Sin duda, esa figura del flaneur, algo indolente y con cierta conformación nerviosa que reinvierte toda su energía en el vicio de la contemplación y la posterior representación de aquella fantasmagoría extraída de la naturaleza -esa figura no corresponde en absoluto a la para hoy simpática imagen del escritor que denuncia la injusticia o el carismático iluminado que hace de sí mismo el ombligo de su concepción del mundo. Por lo mismo, hacerse acompañar de un desasido verso de Pessoa y habitar conscientemente un lugar de reacción ante la “revolución” posmoderna, son un par de los corajes detrás de Poco me importa (Santiago: autoedición, 2009), de Andrés Florit (Santiago, 1982), en que el autor irrumpe desde ya con provocaciones de peso ante las exigencias con respecto a la situación de la obra literaria. Ante el deber con respecto a un futuro que parece imponer a coros el mundo, el autor impone otro deber tanto más importante, y por lo demás legítimamente propio del poeta: el desasimiento necesario y consciente –presente- del artista moderno.
Un índice de esto puede verse en “Tendido sobre la hierba”:

Tendido sobre la hierba
escucho a unos pájaros
y poco me importa
saber sus nombres.

El desasimiento –poco me importa- impone a Florit una definida y provocadora reacción ante una poesía omnisapiente cuya altura sobre el mundo permita redimir a éste o a sí misma. El consciente hedonismo sencillo que este poema eleva como enseña dicta, quizás, el programa de la escritura de Florit: el no saber como gesto consciente, sin nada de inocencia, como punto de partida para la posibilidad del lenguaje poético.
Y esto porque la palabra, y el mismo nombrar las cosas y los seres se van poniendo en entredicho en una vivencia poética sin el espectáculo estruendoso del demiurgo. En éste último, este gesto es inicial y constitutivo; en la modernidad poética, conservada en el gesto reactivo de Florit, el nombrar es prácticamente una necesidad pesada y confusa para la expresión de esa muerte acumulada en nosotros. El divorcio con el logocentrismo es, entonces, decidido desde la crisis del sujeto poético (Lo que digo / no soy yo, en “Quién es éste...”), que tampoco encuentra sosiego en el callar (cfr. “A la vieja usanza”) y a quien la ciudad le pesa como una necesidad en la que es necesaria la transformación poética. Y más aun si hablamos de una en particular: aquella de las 3 de la tarde, ya sin prisa, en que constituye un pecado corregir la ortografía de los muros -esto es, un espacio libre de eventos cuya representación o explicación se hace imposible. Tan sólo funcionará para ello la liviana ambición del croquis, la representación aproximada y conscientemente subjetiva del plasmador de imágenes.
Esa preferencia por la contemplación conjuga otro perfil para la decidida reacción desde la modernidad de cara a la crisis del lenguaje y del sujeto. La presencia de las cosas (y hasta la huella de la presencia de las cosas) aplasta su denominación: la pregunta heideggeriana se diluye ante la absoluta realidad de lo que se mueve, se desplaza, se va y no deja de indicarse a sí mismo como pasado, un pasado que logra coexistir y ser presente bajo el sello de la inquietud. No resulta casual ni inocente, en este sentido, la indicación a The Californians Tale, de Twain.
Una poética con este recurrente vínculo a lo pasado, esta reacción: sería absurda y fuera de lugar si no encontrara una palabra justa, y ahí radica la virtud final de Poco me importa. La creencia en la labor poética como una búsqueda de una expresión más precisa de la realidad, que sepa que tiene una vocación demiúrgica crítica, condenada a la sordera en una época sorda –ésa es la alimentación ética preponderante en la poética de Florit: Tartamudear es un comienzo. En este sentido, aunque corresponda recalcar la poca solidez de la obra como totalidad –existen notorias diferencias estilísticas entre los textos, y se echa de menos un programa que logre unificar el conjunto de poemas-, queda clara una intención de situar a la creación literaria en la medida justa de su poder o su impotencia. El poema final del libro es luminoso en este sentido: la obra literaria se inicia en la escucha más que en la ejecución de melodías.
En un medio literario en que la inquietud política se convierte en central –por lo que salta a ser “tema de turno”, necesario escalón para aprendices de burócrata-, y en donde se ha legitimado por parte de un par de poetas de la generación de los 80 invocar palabras con mayúsculas que tan sólo un militar o un funcionario de los militares habría tenido la cara dura de decir u ocupar burlescamente –para resumirlo en un concepto, en el fascismo de parodia de la estrategia literaria concertacionista, instalado a medias y a punta de insolencias de sus agentes cubiertos y descubiertos, uno definitivamente termina por respirar de alivio ante el increíble hecho de que se siga haciendo poesía con una real preocupación al cuidado literario. Esta última inquietud, que constituye la necesaria ética del trabajo literario, no es –como tal vez quisieran los últimos profetas de la avanzada literaria- un escombro escondido y algo mohoso, como una primera edición de Enrique Lihn o una anécdota (otra más) de Teillier pasado de copas, sino que revive por propia necesidad, como parte fundamental de la actividad literaria y condición para su supervivencia más allá de la “transición” y la sofisticada manipulación instrumental de la actividad poética por parte de moros y cristianos.


Carlos Henrickson

http://henricksonbajofuego.blogspot.com/


miércoles, 16 de septiembre de 2009

La fae(nación) del mundo

Arturo Volantines
especial para G80

La fae(nación) del mundo

Prólogo de Terruño, El ser y destino del regionalismo de Juvenal Urízar Alfaro

La globalidad ha provocado cambios profundos en todos los ámbitos. La cultura y la creación estética han visto caer sus cánones y paradigmas. Por ejemplo, las Generaciones y los Géneros Literarios ya no se articulan como en el siglo recién pasado.

En el ámbito político, los integrismos —que surgen después de la Revolución Rusa— dan paso a recreaciones y a otras formas epocales más fluidas y cambiantes que todavía combustionan, para que, seguramente, aparezca una nueva síntesis.

En el ámbito de los Estados surgidos en América Latina, estos mismos Estados han buscado la conversión de éstos en naciones; se han esforzado en concluir este proceso, aniquilando de paso a millones de indígenas e inmigrados, especialmente de África; pero sólo han triunfado a medias.

La fusión y la hibridad están latiendo aún.

Cuando estos Estados se preparaban para dar el último zarpazo a los distintos pueblos sobrevivientes, los Estados-Naciones de Europeo se funden en una mega alianza, fundamentalmente económica, y dejan desconcertados a sus pares de América Latina. El Estado de Chile, se ve en la obligación de reconocer su multiculturalidad. En cierta forma, el Estado de Chile y también los de América Latina son sobrepasados por esta nueva realidad, y van detrás de estas megas alianzas. Surgen, entonces, espacios para que algunas minorías como los Mapuches empiecen a respirar más fuerte y se den cuenta que les resulta más beneficioso volver a relacionales particulares de mercadeo y auto abastecimiento con efectivas soluciones identitarias: de recuperación del ethós y sobrevivencia, donde resalta el patrimonio. También, por la misma paradoja, a sectores ecologistas les interesan las manifestaciones distintivas en un mundo que se vuelve monocolor; tras la búsqueda matonesca del Imperio por asegurar un sistema de pagos de patentes y factorías, que se vuelve aparentemente más rentable y presentable que la usura del don Dinero.

Resulta entonces que los pueblos primigenios tienen una gran alternativa de sortear el estruje endemoniado de la globalidad al perspectivar una forma creativa, ya que así resurge la autoestima, la autogestión y la felicidad de un arte nuevo en libertad.

En el Estado de Chile, los pueblos que viven en su territorio han tenido tenaz resistencia y sublevación para no amoldarse y ser dominados, en un Estado construido desde el Estado. Se ha querido hacer una nación desde el mesianismo hibrido de América Latina y, especialmente, desde el mesianismo portaliano de construir una copia feliz de un país unitario. Sin embargo, los pueblos primigenios y las distintas variantes de inmigrantes, especialmente europeos y argentinos han realizado un sinnúmero de rebeliones desde las guerras heroicas hasta las fiestas religiosas.

Los pueblos Mapuches en el sur y los pueblos Atacameños, Coyas y Aymara en el norte han negado incorporarse a cuestas de olvidar su ethós. A partir de la república han resultado insistentes la revoluciones del 30, 40, 50 del siglo XIX en el norte, donde los hijos de la vieja provincia de Coquimbo y sus descendientes de Atacama realizaron fervorosas gestas civiles, especialmente en 1851 y 1859.

El centralismo ha tratado de hacer bailar la cueca al nortino cuando éste no puede zapatear a la Madretierra. El centralismo también se alimenta de las riquezas naturales y de la explotación de la clase trabajadora y sólo deja como patrimonio, por ejemplo: el cementerio y la inundación en Chañarcillo, o un mudo hoyo en el mineral de El Indio, o ese largo festival de pueblos abandonados y cementerios llamados “salitreras”.

Cuando el diputado de la república, Ángel Custodio Gallo y su familia quisieron ser sobornados por el Gobierno de Montt, al querer éste pagarle a precio de oro sus acciones del ferrocarril de Valparaíso a Santiago, para justificar entregarle la fortuna del Estado a la oligarquía santiaguina, estos atacameños prefirieron el escarnio y la “Revolución Constituyente”.

Pero, también, el Norte sigue recibiendo ciertos funcionarios designados a dedo y sin motivación por el terruño desde otras zonas del Estado para que sean los “yanaconas” modernos. Sería suficiente que los impuestos que producen nuestras riquezas quedaran en la zona, para que se desarrollara un crecimiento sustentable.

No es posible articular este sentimiento de nortinidad sin poner énfasis en nuestra heroica existencia: sin considerar las grandes hazañas contra el Inca, sin la gran conquista del desierto, sin los cientos de muertos y víctimas de las guerras civiles, sin la persistencia de bailarle y cantarle a la Madrecita, sin los aportes de los intelectuales como Jotabeche, Pedro León Gallo, Gabriela Mistral, entre otros; ni menos, sin el arte frondoso de nuestros antepasados indígenas en la cerámica y petroglifos, en los cultivos e, inclusivo, en las formas primarias de la tecnología minería del Norte Florido.

No hay duda que hay un articulado en el ejercicio particular de la vida que se hace en las regiones del norte del Estado de Chile, donde el desierto de Atacama es un gran manto único en el mundo. Basta señalar el testimonio increíble de las momias de más 3000 años del Chinchorro que nos hablan perpetuamente.

De allí que estamos atentos a la tarea de Juvenal Urízar de articular un basamento notable; de primera incursión para armar un constructo o manifiesto que dé cuenta del ser de una región digna de si misma, y que al nombrarse en su insistencia cobra viva “propria” en el mundo.

Este texto ahonda en materias olvidadas y clandestinas, dispersas, poco conocidas, con nuevas materias de un mundo cabalgante. No está a la mano el “Manifiesto Americanista” de Felipe Varela, ni en el pensamiento no publicado de Pedro León Gallo, ni otros estudios regionalistas. Muchos de los estudios disponibles y utilizados por Urízar son de origen europeo; por lo que resultan muy importantes los materiales específicos que trata este texto. Qué es el regionalismo, la causa regionalista, la propuesta de un programa regionalista; además, de artículos que hacen de este texto una obra necesaria para ordenar una política regionalista, un lugar de partida y reflexión; y, sobre todo, un lugar de encuentro de la causa regionalista.

Hoy, Juvenal Urízar preside la Sociedad Patrimonial Pedro Pablo Muñoz Godoy de La Serena, iniciativa emparentada con una de las organizaciones civiles más antigua de Chile, la Sociedad de Artesanos de La Serena(1862). Juvenal Urízar, abogado; descendiente de ilustre familia de las gestas regionalistas pone este texto punteado, claro, acotado a materias; urgente, por el agotamiento mundial de los partidos “integristas” y de sus correspondientes desmoronamientos en Chile, donde frota y flota una nueva forma de articular a la sociedad civil.

Este libro busca ser un manual sencillo, remitido a una articulación como texto educativo, para que se pueda leer desde cualquier artículo o sea parcialmente consultado, dependiendo de la materia que se esté tratando o versando.

Terruño es la expresión del amor de Juvenal por la geografía humana y espiritual de la que se siente orgulloso; trasversal al sistema que agoniza, y que busca que otros hijos de estas tierras la hagan suya. Terruño es un manifiesto que parte desde el corazón y de la razón de la Matria; un fervor educado, conciente que en el ser de la región —desde sus hijos hacia los hijos de otros regiones del mundo— podrá surgir la esperanza de concretar el arcoiris, que se ha insinuado muchísimas veces, pero cuando ha llegado a la Moneda queda súbitamente olvidada.

En Chile hay promesas de descentralización, promesas de gobernadores regionales, del traspaso del poder central a la gente. Las promesas autoritarias en Chile se repiten; la historia de Chile es una forma endémica de autoritarismo, que incluso funciona en la democracia; es una costumbre cómoda y centralismo. El ser unitario del país facilita que la oligarquía mantenga el poder incluso dejándolo.

No hay duda que seguirá la profundización del libremercadismo en capturar y estandarizar el mundo, en cobrar facturas por el consumo desde el hotdog hasta un ibook, desde los chips hasta la fae(nación) de las noticias; tras lo cual van a desaparecer cientos de pueblos, lenguas y culturas y muchos otros quedarán atrapados en una nueva forma de esclavitud imperialista.

Pero, hay pueblos que no sólo han resistido a esta mundialización de los mercados sino a la opresión de los Estados centralistas, como son en Chile los pueblos Atacameños y Mapuches. De allí que este texto es una herramienta para que las nuevas generaciones y particularidades, como varas de colihues y cuesco de chañar, resistan al monstruo que pisa fuerte. Este texto es una oportunidad para construir un diálogo; es parte de la gran oportunidad para que sobreviva el crisol de los pueblos que hacen posible la belleza de la vida, de la contención de las atrocidades de esta viejanueva forma de Imperio; y, poder así, implementar en conjunto la salvación del planeta.

Arturo Volantines
Septiembre, 2009,
Altos de La Recova,
La Serena.-



viernes, 11 de septiembre de 2009

Barbaridades in Situ de Sergio Pinto Briones

PORTADA DE BARBARIDADES IN SITU

ÉXODO


INCESTO CAPÍTULO II


SI TU FUERAS LA MISMA


ADAN Y EVA.


T- EQUILIBRO

VIAS


Sergio Pinto Briones (Santiago de Chile, 1977). Reside en Barcelona.

Tiene estudios de Magíster © en Literatura en la Universidad de Chile y Master en Documental Creativo en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Poeta experimental y artista visual, ha participado en diversas exposiciones colectivas y ha colaborado en diversos medios escritos y en el terreno audiovisual ha incursionado en diferentes formatos: poesía digital, videoarte, el documental, el cortometraje.

Barbaridades in Situ en su primer libro de poesía visual publicado en España por la editorial Emboscall y actualmente está trabajando en su libro de poesía discursiva/concreta "El Balcón de la Planta Baja"


Sobre la obra.

Barbaridades in Situ es un reflejo de la barbaridad actual, un espejo minimalista de la experimentación del lenguaje hasta capacidades irónicas insólitas, un equilibrar y desequilibrar, un silencio fuera de toda pirotecnia y barroquismo visual donde los símbolos, los códigos y las palabras son los únicos protagonistas.

En su búsqueda de ir más allá del lenguaje, el libro además adquiere la metamorfosis de convertirse en un Objeto Poema a través de la obra Pozo donde una página del libro se extiende varias veces, asimilando la profundidad de un pozo, la virtud del lenguaje en sí.

Del libro han dicho:

-“Barbaridades in Situ es un libro lleno de ideas, de sorpresas, de brillos” Bartolomé Ferrando

-“Es un excelente libro! Efervescente, inquietante....!” Clemente Padín

-“Barbaridades in Situ es un nítido homenaje a los padres de la poesía, pero por sobretodo, una apuesta por el ahora y por la densidad de discurso” Eduard Escoffet

-“Un libro inteligente. De movimientos sutiles que provocan violentas reflexiones” Alejandra del Río.




Lucila y Doris: ¿iban a ser reinas?

Rolando Gabrielli


Todas íbamos a ser reinas,
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia y Lucila con Soledad.
En el valle de Elqui, ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán.
Lo decíamos embriagadas,
y lo tuvimos por verdad,
que seríamos todas reinas
y llegaríamos al mar.
Con las trenzas de los siete años,
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral.
De los cuatro reinos,
decíamos, indudables como el Korán,
que por grandes y por cabal
esalcanzarían hasta el mar.
Cuatro esposos desposarían,
por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores
como David, rey de Judá.(GM)

Con las rondas y poemas de Gabriela Mistral nos criamos en nuestra infancia escolar en Chile, en una escuelita primaria, donde entonábamos el Puro Chile es tu cielo azulado, como si no existiera más que una larga y angosta faja de tierra en este mundo y en el otro. La Maestra rural, Lucila Godoy Alcayaga, Gabriela Mistral, ya era la madre de todos los niños de Chile y por ella, del mundo. Para la autora de Desolación, Ternura, Tala, Lagar, Chile tiene la forma de un gran remo, preferìa esa imagen a la de la espada.

Yo esperaba que la Mistral llegara en algún momento de la clase a cubrir los piececitos de niños azulosos de frío, en algún rincón olvidado de la patria y también en mi escuelita donde aun tenía compañeritos descalzos por la mala fortuna.
Desolada de Gabriela, Chile, de la crítica àcida literaria y de la otra, llena de chismografía, abandonó su natal Valle de Elqui en Vicuña, donde nació, tierra de sol, cerros, cielo azul, y comenzó a ser una joven educadora errante por Chile, hasta llegar a Punta Arenas, la ciudad más austral del país. (Un río suena siempre cerca. / Ha cuarenta años que lo siento. / Es canturía de mi sangre, / o bien un ritmo que me dieron. / O el río de Elqui de mi infancia / que me repecho y me vadeo. / Nunca lo pierdo; pecho a pecho / como dos niños nos tenemos .) Viajó y viajó por la geografía, hasta que el mapa de Chile se le agotó y partió allende sus fronteras, para volver en unas contadas ocasiones, envuelta en la gloria del Premio Nobel de Literatura, investidura que no le acomodaba, ni hacía gala y no usaba más que para lograr apoyo a la infancia del mundo y a los ciudadanos más desposeídos porque no alcanzaban a ser ciudadanos. La Mistral en México con estatuas en vida, España, Italia, Francia, Brasil, Nueva York, Cónsul de Chile, pública y secreta, siempre estuvo en la boca de alguien y su poesía, perdonen el cliché, era una ilustre desconocida. Sin embargo, sus pares siempre la respetarían, algo así como una intocable, para Neruda, Parra, Gonzalo Rojas, Díaz Casanueva, Lihn, Teillier, Arteche y la mayoría de los poetas con la excepción de Huidobro y De Rokha, demoledores de cualquier espejo que no fuera el de ellos.
La Mistral formó parte de la leyenda negra que se tejió sobre su vida y poesía, desde el suicidio del ferroviario Romelio Ureta. Allí comenzó a escribirse el Folletín mistraliano y su leyenda superaba en atención a su obra poética y a su trabajo intelectual en defensa de los derechos de la mujer y del niño, de los más necesitados. Una historia que acompañaba uno de sus poemas más emblemático tal vez, estudiado, leido, admirado... Los sonetos de la muerte...Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada. Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, y que hemos de soñar sobre la misma almohada. Te acostaré en la tierra soleada con una dulcedumbre de madre para el hijo dormido, y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna al recibir tu cuerpo de niño dolorido...

Exigente siempre con su poesía, corregía hasta los libros impresos, guardaba su poderosa caligrafía y hermética poesía en un gran baúl, ahí acumulaba nuevos destellos para la posteridad, o simplemente lo que no deseaba editar v posiblemente estaba contenida la Gabriela más personal, íntima, simplemente secreta, sin ninguna retórica. Ella escribía un sólo gran poema interminable.

Su poesía fue revelada en Nueva York, en la Universidad de Columbia por el profesor hispanista Federico de Onís. En Nueva York fue descubierta en un recital memorable que dio de Onís, en su ausencia, y en 1922, fue editada en la Gran Manzana por primera vez. Tala, su segundo libro tampoco sería editado en Chile, sino en Buenos Aires. Fue una ecuatoriana la que la propuso para Premio Nobel de Literatura: Adela Veasco. Después el presidente chileno, Pedro Aguirres Cerda, tomó la bandera de Gabriela y puso en marcha la diplomacia del país en favor de la poeta, quien era muy re-conocida fuera de Chile. Poco atendían su poesía sus detractores de oficio, seguían sus pasos, las huellas que quería dejar la adelantada de Chile. Que tuvo un hijo, que sus secretarias, que dijo, no dijo, no quiere a Chile, poco chilena, y la Mistral recorriendo el mundo con sus muertos, poesía, cargando el país lejano, su valle, las culpas propias y las que le endosaban, cabalgando entre ladridos de perros en la frontera de sus palabras. Una mujer nada de tonta, la calificó Roque Esteban Scarpa, mi viejo profesor de Literatura General en la Universidad de Chile. Las piedras y los hombres, los panes y las flores, las nieves y la poesía han recibido la alabanza de su voz profundísima. Ella misma es una parte de nuestra gegrafía, dijo Neruda. Y Enrique Lihn también dijo lo suyo: Dirán que está en la gloria. Carlos Germán Belli dijo que llevaba un reino dentro. Esa maestra, la llamó Borges. El crítico chileno Jaime Concha dijo que la Mistral no amaba y nunca amó Chile. Ha robado sin quemarse, el fuego de los dioses, dijo la poeta cubana Dulce María Loynaz. Fernando Alegría dijo que Gabriela se había hecho a golpes de hacha. Unas de cal y otras de arena. Gabriela fue incómoda para el stablishment donde quisiera que este se encontrara. Pero es muy abusurdo decir y creer aún que amara o no a Chile, ella tenía su propia visión de patria, nadie puede obligar a nadie tragarse todo el país de una sentada como si fuera un purgante agradable. Ella muriò revisando hasta última hora su f interminable Poema de Chile. Tal vez era una manera de seguir adentro de Chile, no podía separarse de su tierra, ella que fue cordillera, dura piedra en el viento de Chile. Iba y venía en el interior de su propio ser. Se viajaba por dentro, la Mistral, con todos sus fantasmas. Así debemos verla, no como quisiéramos, sino como es.
Escribí para no morirme, escribiò en una oportunidad, y pocos entendía el signifiacdo de sus palabras. La Mistral ya había muerto cuando se reveló su apasionada correspondencia con el poeta chileno Manuel Magallanes Moure. Y cambió la historia del supuesto lesbianismo, que tanto quitaba el sueño a los que no veían la grandeza de su poesía y prosa, de su humanismo y compromiso con la gente y sociedad a toda prueba, algo tan necesario en cualquier época y tiempo, pero cada día más escaso. Corría el 78 y la Mistral había fallecido en Nueva York en 1957, cuando estalló el eco de este amor imposible como bola de fuego en la crítica de Chile y en el mundo literario, abriendo una nueva ventana en el enigmático panorama de su vida. Y su correspondencia personal hablaría mucho más de ella que todos los frascos de tinta que derramaban sus tenaces detractores. En otras misivas, se sabe que a los 15 años amó platónicamente a un hombre mucho mayor que ella, llamado Alfredo. En su primer escrito, que data de 1905, firmaba como "Amor imposible". Ella diría después, ese amargo ejercicio de amar. Tantas otras cosas se sabrían, un par de nuevos libros, misivas secretas, papeles y papeles, la Mistral se reescribía en el silencio apasible doblemente callado en el norte de Long Island, en Nueva York, a 60 minutos de Manhattan. Nueva York, a ella que se llamaba patiloca, viajera, errante, nómade, sin fronteras más que sus propios cerros del Valle de Elqui, la consideraba una ciudad horrible, apocalíptica definitivamente un monstruo helado.
Después de su vida y de su muerte, el mundo mistraliano ya no sería más el mismo. Formaría parte un telón de fondo obligado de la poesía chilena, como la Cordillera de Los Andes, y se convertiría en un personaje internacional admirado, respetado por países, gobiernos, escritores, instituciones y por un Chile a regañadientes siempre criticada. En Long Island, en la calle Spruce en Roslyn Harbor N. 15, concluyó sus últimos años, al resguardo de su privacidad en manos de su diligente y celosa secretaria, Doris Dana, quien enfrentó tantas veces a los chilenos curiosos, periodistas, investigadores, del patrimonio heredado de su amiga Gabriela Mistral y cuyos años finales compartió intensamente. Los baúles de la Mistral quitaban el sueño a los chilenos. Se hablaba de un patrimonio cultural secuestrado. Los papeles de un icono de la literatura chilena y castellana, cuyo rostro Chile había convertido en papel moneda. Gracias a mi madre, yo la iría a despedir en la Universidad de Chile, junto con millares de chilenos. Maquillada por esas funerarias gringas hollywoodenses, embalsamada, la conocí muerta. Me detuve frente a su urna de cristal en el solemne y cálido verano del 57 en Santiago de Chile, y no olvidaría jamás su rostro de cordillera nevada.
Sus biógrafos, críticos, curiosos, no han cesado desde hace más de medio siglo, desde su muerte, de escudriñar la vida íntima de la Premio Nobel, de la sencilla maestra rural, que nunca olvidó Chile. Se acaban de editar unas 250 cartas cruzadas con Doris Dana, bajo el título: Niña Errante. No he leído el libro, sólo algunos fragmentos de sus cartas y de su amiga Doris Dana. Los primeros comentarios en Chile fueron sutiles, más bien no los hubo, se le dejó al lector que opinara cuando leyera la correspondencia. Pero otros medios en distintos países fueron subiendo el tono con relación a las epístolas, que en la Mistral adquieren potente creatividad literaria.
Mistral: “Tengo para ti en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún”.
Dana: “Quiero conocer estas cosas subterráneas y tú sabes bien que tengo confianza, muchísima confianza. He dado a tí (sic) la prueba de mi confianza”.Mistral: “Lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte”.
Dana: “¿Y piensas tú que en mi mirada a ti y mi manera de tocar a ti no hay cosas que yo pueda decir o mostrar? He vivido siglos buscando a ti (sic)”.
21 de Abril de 1949: Mi amor: (…) Y tengo celos de estos nubes que pueden verte más pronto que yo. Y el viento –el viento me abraza- y yo ruego al viento “abraza a ella para mí, haga que ella que es mi abrazo, tierno, y pasionado”. Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que estos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí. Doris Dana
24 de Noviembre 1949: Doris mía: (…) Procuro cuidarme para ti. Yo no tengo razón de vivir. Cuando llegaste, yo no tenía nada, parecía desnuda, y saqueada, paupérrima, anodina como las materias más plebeyas. La pobreza pura y el tedio y una viva repugnancia de vivir. Todo lo has mudado tú y espero que lo hayas visto. (…) Un abrazo tierno, Gabriela
31 Noviembre 1949: Doris. (…) Tal vez el caso tuyo actual sea el de que el amor que me diste ha pasado a otro y es a estas horas la dicha de otro. (…) Pero, así y todo, te pido no escribirme. Déjame curarme, déjame reaprender mi pobre vida de antes. (…) Te lo repito por última vez: yo no soy la bestia de mera calentura física que tú has visto en mí. (…) Pero eso no fue hecho por otra cosa, fue un amor violento de alma y cuerpo. Gabriela.
Más allá de estas cartas, fragmentos, que tienen la belleza de la pasión, autenticidad y de la literatura, la poesía, la vida, está la Obra Total de la Mistral, cubierta y redescubierta, como la nieve que a veces deja ver el espinazo de la Cordillera en verano.
Son tantas las Gabrielas, que es difícil quedarse, seleccionar una e inclusive está la chaplinesca, que soñaba con un mundo poético, no de máquinas. La Gabriela de Tiempos Modernos. Pero ella misma encendía una lámpara y apagaba otra. La mujer que sabía lo que era el amor: "Un grande amor es una cumbre ardida de sol; las esencias más intensas y terribles de la vida se beben en él. El que quiso así, no pasò en vano por el camino de los hombres". Un Mistral en el extremo de la agonía y éxtasis. La Gabriela de todas las contradicciones y más, pero de arraigados principios sociales y personales. La Mistral, Gabriela, es la estrella chilena de la diáspora. Ella misma dijo: Iré caminando por la tierra de Chile como un fantasma llevado de la mano por un niño. Esta Sor Gabriela chilena, que con la Juana mexicana comparó Octavio Paz, con algo de desdén, no tragaba el país paquete en su totalidad, era crítica por naturaleza, más allá de la estupidez de cierta crítica, medios e intelectuales, círculos de envidiosos, mediocres y miopes, tan propensos a ver su propio ombligo profundo de ignorancia o plano de sentido común. Durante toda su vida, la Mistral fue un mundo, un planeta inexplorado. Observada por el ojo ciego de Polifemo.
En 1997, afortunadamente el Fondo de Cultura Económica dio a la luz el libro del profesor Grínor Rojo: Dirá que está en la gloria, uno de los análisis más completos, independientes, lúcidos, esclarecedores de la vida y obra de Gabriela Mistral. El estudio de Grínor Rojo refleja una investigación acuciosa de los papeles, archivos diseminados de la obra de la Mistral en Estados Unidos, Brasil además de otros manuscritos inéditos rastreados en Santiago de Chile. "El erotismo, con esta palabra inicia su prólogo Rojo, el maternalismo- en segundo lugar, comento,- el ambiguo mensaje de las canciones de cuna, la religiosidad ortodoxa y la religiosidad alternativa, el alrgo camino de su recobro de Chile y el Poema de Chile, las varias caras de la que ella misma denominaba su "locura".
La conclusión de Rojo no puede ser más precisa cuando sostiene que después de leer su obra poética y la mayoría de su prosa, ha salido con una inmensa admiración por la poeta, "cuya voz a estoy ahora convencido que debe contarse entre las más excelsas de la lengua, sin una admiración comparable por la prosista, que en una proporción bastante más grande de lo que se le suele conceder produce literatura de circunstancia o de encargo, y con un descontento no pequeño (y estoy siendo discreto de nuevo) hacia el trabajo realizado por los críticos tradicionales de su obra."
Cuando las personas hacen mutis por el foro y ya no están físicamente, sólo su obra hablará por ellos. Mi experiencia con la Mistral, no es que ella hoy sea "más famosa", ya tuvo el Premio Nobel, Nacional de Literatura de Chile y reconocimientos en importantes universidades, sino más bien que su obra está siendo descubierta, puesta en ad valoren, estudiada, reconocida, como debe hacer con una poeta, intelectual del tamaño bíblico de la incomparable Gabriela Mistral. Tan aficionados los narradores chilenos de hacer novelas sobre los poetas y otros dedicarse a la chismografía simplemente, digo, la vida de la Mistral debiera llevarse al cine. Pienso que Gabriela es materia de celuloide para Raúl Ruiz o Almodóvar. Es un dato, el personaje resiste más de una toma.

A Gabriela Mistral/
Lucila de Elqui/
Alcayaga y llaga/
de todos los valles/
adelantada de Montegrande/
amada por Chile/
recibiendo/
el Premio Nacional/
de Literatura/
mucho antes del Nobel/
de manos de Raúl Silva castro/
insigne cabrón/
de la crítica nacional/
como tantos otros/
huérfanos de olfato/
monotemáticos pisapapeles/
de la literatura criolla/
bolas del alcanfor y naftalina/
verdaderos comején/
de la palabra.

Del Libro, Los Poetas de Chile de Rolando Gabrielli, 2007

Epílogo
Jorge Marchant Lazcano en su artículo Love Story se dio a la tarea de visitar la casa en Long Island, donde vivían Doris y Gabriela, pero ya había desaparecido y en ese mismo sitio se levanta hoy una propiedad construida en madera. Doris, comenta el autor de la crónica, conoció por primera vez a Gabriela en 1946, en el Barnard College. Ella tenía 26 años y Gabriela 57 y quedó deslumbrada de su intelecto. Todavía recuerdo, cito al autor, vivamente, con angustia, el sufrimiento que reflejaba en sus ojos, comenta Doris. Había muerto hacía poco tiempo su sobrino Yin Yin en Brasil. No es un dato menor. Gabriela lo había criado de niño y se suicidó en circunstancias que la poeta nunca aceptó como legítimas. No olvidó su muerte y se sumió en un pozo oscuro interminable. Como tampoco es un detalle insignificante que Gabriela le contara al poeta Moure que a los siete años fue violada por un mozo.
Sigamos leyendo la historia de amor de Marchant, de manera textual nos dice:
"La chica de pelo cobrizo que, según Gabriela, parecía una belleza prerrafaelista de Burne-Jones, y según el lugar común chileno una copia de Katharine Hepburn, vivió su infancia entre un elegante departamento de la Quinta Avenida y una casa de playa en Long Island junto a dos hermanas y el padre que amenazaba con suicidarse pistola en mano. Mientras estudiaba literatura en Barnard College conoció a Charles Neider editor del libro “La estatura de Thomas Mann” que incluiría un texto de Gabriela Mistral. Luego de traducir dicho texto, Doris Dana le envió un ejemplar a la poetisa que residía por entonces en California, junto a una entusiasta carta de admiración en la que recordaba aquella fugaz primera visión en Barnard. Era el otoño de 1948 y la posibilidad de reunirse en Los Angeles con el escritor alemán exiliado se fue convirtiendo para las dos mujeres en una promesa de conocerse.
De cualquier forma, Thomas Mann pasó a un segundo plano ante un potencial viaje de la entusiasta pareja a México. “Durante el verano, practicaba mi español industriosamente, es limitado, Maestra. Pero tengo gran voluntad. ¡Qué dicha tendré de ver su rostro!”. Hacia octubre de ese año, se reúnen en la casa de Gabriela en Santa Bárbara. Luego en México donde Gabriela había sido nombrada cónsul en Veracruz, de acuerdo a numerosas fotografías de la época en que aparecen juntas. Gabriela luce feliz, rejuvenecida, llena de vida, surgiendo de la oscuridad en que la había sumido la muerte de Yin-Yin. En algún momento hacia fines de 1948, Doris Dana había regresado sin embargo a Nueva York y Gabriela Mistral escribía: “Amor: Nada sé yo ¡pobre de mí! de tus problemas, nada. Y nunca sabré nada. Creo que es tu orgullo lo que te hace callar. Pero resulta, Doris mía, que yo debo sufrir la humillación de esta ignorancia. Y de otras. Y no es justo esto, y es feo además, y necio y estéril y a la larga esto va a envenenar nuestra vida”.
"Aquel sentimiento de desgaste, de fracaso, se contrapone con destellos de alegría cuando Mistral sentía a Doris cerca suyo: “Es como si siempre yo te hubiese tenido, como si fuésemos hermanos de edad semejante, o como si fuésemos amantes de media vida, o couple (casados) de mucho tiempo”. Esta será la constante de la correspondencia que se extiende hasta cuando ya viven juntas. La imagen de Doris Dana va creciendo distorsionada según sea el ángulo de la mirada de Mistral, porque existen muy pocas cartas de la norteamericana. (¿Habrá destruido las propias?) El miedo a perderla, cuando ya le queda muy poco que esperar de la vida, se convertirá en el eje de la existencia de Gabriela Mistral. Doris Dana podría haberse encontrado enferma en Nueva York pero Gabriela no lo sabe con exactitud: ¿Tuberculosis? ¿Daño del corazón? ¿Mala alimentación? Doris Atkinson señala al respecto: “Algunas de sus características, como su dificultad para mantenerse sobria, sus luchas contra la depresión y sus cambios de humor propios de los maníaco-depresivos -tan frecuentes en mi familia…- estaban todas presentes en la tía que conocí y amé. Ella podía ser dulce y encantadora y, luego, sin previo aviso, ponerse amarga y enojarse”.
“¿Por qué, dime eres tú tan reservada? Cerrada para mí, casi extranjera, en cuanto se refiere a tus problemas y a tus conflictos. Yo que te lo he dicho todo, sufro de tu reserva, y sufro de eso cada vez que llegan tus cartas. Esto no puede seguir así, Doris mía”. Y de inmediato, en carta siguiente, Gabriela se arrepiente de lo dicho: “He sido un animal hablándote duramente a causa de los celos. Recuerda siempre que el español es una lengua muy brutal y recuerda también que nuestras razas son muy diversas”.
Los celos, las diferencias raciales y los asuntos económicos, son tres puntos cruciales en esta compleja relación. A través de todo el epistolario pena a Mistral la existencia de una tal M.M. en la vida de Doris Dana. Pedro Pablo Zegers (editor del libro) sugiere la posibilidad de que aquella persona pudiera haber sido Monika Mann, una de las hijas de Thomas Mann, lo que incluso Doris Atkinson de alguna forma corrobora. Dana podría haberla conocido a través del libro de Charles Naider en el cual Monika participó. Poco querida por su padre -quien hiciera comentarios despectivos de Monika al tratarla de histérica o refiriéndose a sus “estúpidos amoríos”-, estuvo casada con un intelectual húngaro que falleció en 1940 cuando el barco que los conducía a los Estados Unidos fue torpedeado en el Atlántico.
El asunto racial puede reflejarse en innumerables y desconsoladas palabras de Mistral: “Hasta hoy yo no veo más razón para tu ruptura conmigo que el no ser yo una americana y el no ser una caucásica de raza y el tener una ideología de mestiza, de “color people”. Tal racismo me deja estupefacta. Y llego a creer que en tu ruptura no obras tú, que obran tal vez otras personas”. Siempre se opone a la ira, en el corazón de Gabriela, la esperanza de una vida mejor: “Que en otra encarnación las dos nazcamos en razas nórdicas, vida mía.”.
Por su parte, el tema económico se refleja en constantes revisiones de cuentas corrientes, temor de pérdida de dinero, pagos de pasajes, promesas de herencia. Todo lo anterior queda claro cuando Gabriela le lanza un ultimátum a Dana en Nueva York en mayo de 1949: “Tú sigues allá por una de estas razones. a) Un amor que no confiesas (M.M. ha vuelto a entrar en tu vida y vas a regresar con ella.) b) Falta de dinero para gastos que yo ignoro. La deuda en que te lanzaste por M.M. puedes amortizarla desde aquí. Yo te ayudaré para eso. c) Neoyorquismo. Eso no tiene cura. Opta entre esa ciudad y esta indígena del sur.”.
Felizmente para ambas, Dana no tuvo que optar entre Nueva York y la poetisa del Valle de Elqui.

En 1952, una vez más cargando con toda su soledad en Rapallo, Italia, Gabriela reconsidera la posibilidad de vivir en Nueva York. Pero es clara en su petición a la amada: “Sin fatigarse, sin prisa, emplea estos meses en buscarte una casita cerca del mar y no demasiado lejos de Nueva York. (Yo veo que tu centro será siempre esa ciudad terrible.) Procura que no sea blanco fácil esa ciudad o pueblo para las bombas y cuenta para ello con esos nueve mil dólares. Tal vez las dos vamos a vivir en ella...”
El sueño americano se cumple finalmente para Gabriela en Roslyn Harbor, una casa moderna con garage como las miles que crecen por entonces en los Estados Unidos, cerca de las grandes ciudades. “A mí me descansa de mis cuidados -le escribe Gabriela a su amiga Victoria Ocampo- regar las plantas de Doris, unas pocas que dan a la calle. Por tener aquí casi todo lo que yo realmente necesito voy teniendo paz de más en más.”
De los objetos guardados por Dana de aquella vida en paz -que extrañamente hoy a muchos homofóbicos fastidia-, expuestos hace un par de años en la Biblioteca Nacional de Chile, salta de inmediato el recuerdo de un fonógrafo de la época en que estaba puesto un disco de 1953 de Doris Day (casi tocaya de Doris “Dein” como se pronuncia su apellido). La canción, popularísima entonces, se titula “Secret love”. El amor ya no es más secreto aunque le duela a muchos. Ahora es eterno. De aquella casita típica de fines de los años 40, saldría Gabriela con el cáncer a cuestas al hospital de Hempstead -que tampoco existe- el invierno de 1957. En los bosques de Roslyn debieron quedar resonando sus palabras: “Ay, que no vuelva a verte. Quédate conmigo. No te vayas más, Doris Dana. ¡No te vayas más!”. Pero fue ella quien se alejó a la aridez del sepulcro en Montegrande."

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