miércoles, 8 de julio de 2009

MALICIA de Carlos Morales Fredes

MALICIA (cuento completo)
Autor: Carlos Morales Fredes - Libro Malicia (Noviembre del 2005)

Agustino dijo no. Por el simple ejercicio de decirlo, cansado de asentir, de ser eternamente complaciente. Pasado el asombro que provocó su negativa, se armó un pequeño conato de rebelión ante su inusitado veto. ¡Porque no!, fue su replica a la protesta cargada de reproche.

Sabía que los niños podían llegar a ser egoístas, e incluso crueles, en su empeño por lograr sus propósitos. No quería ceder a sus requerimientos en desmedro de su propio tiempo y persona.

El tono de voz, alto y perentorio, acabó por abortar la incipiente insurrección, logrando afianzar su jerarquía, reintegrando el orden establecido. Las diminutas bocas retomaron, con una mansedumbre solapada, su rutina alimentaria, esta vez plenas de queso y pan, como antes de reclamos.

Terminado el desayuno, Agustino se levantó muy erguido, y con un movimiento de caballo de ajedrez sorteó el ángulo de la mesa y se dirigió a la cocina, seguido por la gata. Empeñado en mantener el halo de autoridad, no solicitó ayuda a la hora de lavar los trastos usados durante la ingesta matinal.

La pequeña jauría de muchachos se retiró de la mesa envuelta en un amurrado silencio, para dirigirse al patio de la gran casona.

Terminados los quehaceres de la cocina, se entregó a la tarea de alimentar a su regalona. Había parido tres gatitos, que prometían ser tan hermosos como ella. Sentía especial predilección por el animal. Incluso se preguntaba, con algo de remordimiento, si la prefería antes que a los chiquillos.

Esa noche, durante la cena, intercambiaron miradas inescrutables entre sí, mientras él comía fingiendo indiferencia. Al final, sin pedírselo, ayudaron despejando la mesa, y mientras él se dirigía al baño, ellos se quedaron secando la vajilla.

El gatito, el más pequeño de los tres, su favorito por parecerse a la parturienta, flotaba inerte en la tina. Consternado ante la trágica visión, y después de retirarlo del agua, lo sepultó junto al pomelo.

Al otro día, durante el desayuno, ellos insistieron en su solicitud. Agustino dijo sí.



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