sábado, 21 de febrero de 2009

Poesía de Boris Calderón

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PRESIENTO DESDE EL SUEÑO LA ORACIÓN DE LAS CULEBRAS


Dioses de las sombras, huid a vuestras guaridas,

Ha nacido una orquídea en el patíbulo

En sigma, mil serpientes devoraban las estrellas

Furiosos homosexuales se ocultan en las iglesias

Y el sol se ha hundido para siempre en los volcanes

¿Sabéis acaso, príncipes abyectos,

Qué fatídica música enigma mis orgías,

Y qué cítara de infierno aviva las hogueras?

No, no lo sabéis, desventurados.

La fiesta se pudrió en vuestras ojeras

¿Qué suerte de escorpiones nos posee

Si ha caído el último fantasma

Y un planeta de oro gira en torno nuestro?

Amada, tú persignas mis carnes cada noche

Con un látigo de víboras.

Tú me embriagas con el vino que guardas en tus ojos.

Ángeles diabólicos copulan en el fuego y bailan.

¡Ay! Tus labios me maldicen, ¡oh! Siniestra.

Me amapolan tus pupilas

El lirio te diadema en piedra mi Princesa-Cobra.

En la oquedad de la noche

Sólo se oye la oración de las culebras.

Es el sueño…


ME ESPERAS EN LA NOCHE VERDE


De DORMIDOS pozos sépticos, vengo desde el fondo,

Asaltado de piojos y de lacras en la noche verde.

Tú me esperas hundida en el pantano

Con los ojos cerrados, maldiciendo.

Amarrada a mis designios.

El clamor de tu boca convulsiona las estrellas

Y se triza el cielo con tu aliento oscuro.

Soberana silenciosa

Te avasalla mi falo como un lirio de espanto,

Te doblego encima de las tumbas

Y nuestro orgasmo de murciélagos cubre el universo.

Hermosa mía, el oro de tu cabellera

Cae encima de tu frente como una paloma en el océano.

¿Hasta dónde desbordas tus corolas

En la noche aterrada?

¿Quién violenta tu tálamo de mármol?

En al alba tus manos se pueblan de pelos y de anémonas,

El odio te brota por los ojos y la boca

Y lloras de placer sobre la Biblia.

Huye, Desbocada,

Antes que el espanto ilumine nuestro crimen.


MAGNOLIAS NEGRAS


Madre, voy a hablarte de ella,

Quiero derribar el sombrío muro de tu sueño

en esta noche

Para hablarte con la voz de un ciego

Que levanta sus brazos en medio de la luz.

Porque estás conmigo en esta hora

En que un sombrío río de nomeolvides atraviesa las piedras

Y me deja en las órbitas dos cristales opacos.

-La noche se hizo paloma para cubrir la frente

de mi amada muerta-

He aquí la sombra que humedece la voz,

La angustia sorda que escarba los huesos,

Como una perra leprosa comiéndose a sus hijos.

Ya puedo caer, ahora,

He perdido las manos que buscaba, la encendida greda,

tal vez todo,

Porque miro a la muerte como a la más amada.

La encontré en un bosque de asfodelos azules

Donde hacía veinte siglos me esperaba, con sus ojos velados

Como dos alondras dormidas en un pozo.

-¡Era más hermosa que una isla de pájaros!-

La miré, me alcé iluminado sobre las piedras

Hasta sentir en la boca el tormentoso cauce de su risa

Y fue tan fría mi lámpara nocturna…

¡Ay! Te he llamado esta noche en que nada tengo y estoy solo

Como un niño muerto en un campanario abandonado.

Aquí estoy de pie sobre los cataclismos y la furia

Aullando -fiera enceguecida en los abismos-

¡Ah! Desesperado.

Y se abren, estallan mis alaridos en su corazón,

Como la carcajada de un loco en la tumba de su amante.

Te he llamado para darte todo esto… Madre,

Pero no llores, ya nada tengo y estoy solo, y hace hoy

Doscientos continentes

Que la tierra la besa y me la roba.


BAJORRELIEVE


“Me llamo Boris Calderón, aunque ahora ya no existo…”

Este soy yo. Sí, este soy yo. ¿Pero seré yo este hombre

Que parece más el fantasma de un hombre,

El fantasma mutilado de un hombre?

Recién la noche cae aquí en mi frente,

Cae hecha pedazos al fondo de mis ojos.

Alguien se despide de mí, llorando,

Se aleja. Sale desde mí con desvaído gesto,

Con actitud de suicidarse súbitamente

Envuelto en una espesa niebla.

Sin embargo, no sé quién es, no sé quién era,

No sé nada, no sé si era yo mismo, la sombra de mí,

Lo que quedó de mi sombra después que naufragó

En las aguas de mi corazón cierta noche.

Será ese espectro que a veces habla conmigo, como si fuera yo,

Como si quisiera ser yo más bien, para ser otro,

Alguien que esté lejos de sí mismo,

Otro que no pueda saber nada de mí, que esta frente a esta sombra.

Sí, eso puedo recordarlo apenas. Alguna vez,

En otra vida, o en otra muerte quizá, de tantas,

Lo contemplé trazado con gruesos caracteres en el muro:

“Me llamo Boris Calderón, aunque ahora ya no existo…”

¿Y qué es esto, qué significa todo esto, qué importa esto,

Me pregunto, si el hombre anda a tientas maldiciendo,

Llorando fatalmente en busca de sí mismo?

Nadie me vio llorar en medio de la turba entonces,

¿Quién osaría decir, que sabe si he blasfemado entonces,

Si soy el hereje santo, el creyente condenado,

O ese a quién han desterrado del cielo por creer en Dios?

Porque nadie se asomó a este abismo que llevo en mi interior

Como la marca a fuego lento y doloroso, el animal

Cuyos trozos se reparten los cuatreros antes de matarlo.

Todos aquellos que pasaron a mi lado sin reconocerme,

Sin mirarme siquiera, para saber quien era,

Me robaron de las manos un poco de alegría, todos

Se llevaron algo de la riqueza que había en mí para ella

Y la tiraron luego como un vaso de sangre descompuesta.

Por eso ya no puedo darles nada, a ti mujer, a ellos,

Que no sea dolor, que no sea tristeza o soledad,

Vestigios de este hombre que soy yo, que era yo,

De este hombre que pude ser yo algún día

Si hubieras tú llegado en ese tiempo.

Pero nadie estuvo cerca de mío, si no fue para herirme,

Para arrancarme alguna flor que para ti guardaba.

Ahora todos me huyen, me evitan, se apartan, entre sí,

Como de la peste.

La noche cae, cae la noche, palidece, envuelve,

Pero no sé quién soy, quién era, quien no llegaré a ser,

Si alguna vez lloraba sobre tu pecho a solas,

Cuando no tuve ni una flor para ofrecerte.



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