domingo, 7 de febrero de 2010

IQUIQUE Y EL VALS DE LOS RECUERDOS

2/07/2010 03:05:00 p. m.









1.- Vista de la actual caleta de Iquique (atrás los cerros Cordillera de la Costa)
2.- El Edificio Colectivo de la calle Patricio Lynch.
3.- Frontis del actual Palacio Astoreca (ex Intendencia Regional).
4.- Entrando al avión rumbo a Santiago, en el aeropuerto Diego Aracena.
5.- Frontis de la abandonada Escuela Santa María.
6.- Parte trasera de la escuela, frente al monolito a los obreros mártires

IQUIQUE Y EL VALS DE LOS RECUERDOS

Escribe Carlos Amador Marchant

Treinta años sin visitar la ciudad donde nací produjo una opción difícil de asumir.¿Es bueno volver al pasado?. No supe responderme.
Reencontrar a Iquique fue el desafío.

Me decían que ahora es cosmopolita de grandes edificios frente a la costa, de casas que se extienden hasta el Cerro El Dragón, el lejano, aquel que parecía vigilar la ciudad sufrida por la historia.

De tantos dichos, entonces, fue necesario tomar un avión y visitar de nuevo este reducto minero, este sitio de mar azul, de cerros interminables, de soledades, de rocas sulfurosas.

Si atravesar el desierto en tren, en el antiguo Longino (longitudinal norte), era una proeza, sólo los pampinos y allegados a esas soledades, se arriesgaban al azote quemante de la pampa. Hernán Rivera Letelier narra con genialidad esta travesía en “Los trenes se van al purgatorio”, libro editado el año 2000. Lo concreto es que, al margen de tanta miseria y sacrificio, en esos dos días y dos noches asfixiados en aquellos pequeños vagones, por lo menos existía “el encanto” en cuanto a que los pasajeros se las ingeniaban para vivir de manera intensa dentro de la caldera. Cantos, risas, amores, no faltaban. Tampoco vino tinto y del otro. Tampoco las empanadas. Tampoco el llanto. Era el sufrimiento hecho risa.

De esos tiempos, hasta cercana la década del setenta, una vez que las flotas de buses se adueñan de las nuevas carreteras eliminando a los trenes y los rieles que subían por el gran cerro de la costa alcanzando al desolado Alto Hospicio (hoy comuna), se inicia otra nueva insondable travesía, la asfixiante, la traumática. Sin duda, en esos años los buses representaron la nueva atracción, se hablaba de un mayor confort, donde el petróleo daba paso al exterminio de las locomotoras a carbón.

Con el paso de los lustros, quienes nos transformamos en asiduos viajeros, fuimos percatándonos (nos percatamos ahora) que aquellos medios de locomoción ya no representan el gran confort para el desierto. Las distancias largas, las 17 o más horas de viaje encerrados entre cuatro latas, desayunando y almorzando y cenando, con un baño sin gran ventilación, hacen de estos viajes pesadillas poco higiénicas. Por estas u otras razones, hay quienes añoran la vuelta de los trenes, pero los de ahora, los trenes rápidos, con más tecnología.

Si bien queríamos en esta ocasión llegar rápido a destino, las dos horas del avión entre Santiago a Iquique sólo nos permitió observar la pampa a través de aquella minúscula ventanilla.

30 años habían pasado sin regresar a esta que es mi tierra y sólo en dos horas me fundía con el pasado. Dos escasas horas sin saber de nadie, sin siquiera percatarme si los de mi generación estaban en ese sitio o habían emigrado a otros lugares de Chile, sin saber si los que estuvieron y caminaron conmigo en la década del 60 estaban enfermos, ancianos o se habían muerto.

Curiosamente, antes del viaje, casi intuitivamente, como deseando no encontrarme con nadie, sino más bien con la ciudad histórica, sabiendo que no me contestarían un tímido mail que hice llegar a un poeta que sé no se comunica mucho por este medio, anuncié mi visita. Dicho y hecho. No fue contestado el anuncio y en consecuencia mi retorno se realizaría como lo deseé en un comienzo, sin que nadie se percatara de éste.

Durante el viaje, observando desde más de 11 mil metros de altura el inmenso panorama del desierto con algunas minúsculas rayas de ríos endebles, se echa de menos que desde la cabina o por algún sistema de audio interno se entregue alguna información sobre los lugares por donde se va volando. Una mujer de edad se lo hizo saber a la azafata y ésta la miró con sorpresa.
Volar a esas alturas por la pampa me trajo al mismo tiempo la travesía de Pedro de Valdivia en 1540, quien saliendo desde Tacana (actual Tacna-Perú), llegó con escasos hombres hasta Cosayapu (actual Copiapó-Chile). Sobre el tema del cronista Gerónimo de Bibar ya escribí en “Extramuris83” (actual revista virtual), pero me ha interesado recoger este enlace antes de entrar al tema de la histórica ciudad de Iquique, por la connotación de los pueblos precordilleranos que fueron fundando al paso de los años. Lo concreto es que por el sector de la precordillera se van entrelazando poblados entre Arica, Pisagua e Iquique. La trascendencia de esto, y por eso la reflexión, es que este puñado de hombres entró por el valle de Lluta y fue fundando pueblitos como Socoroma, Putre que están a más de tres mil metros de altura. Y más tarde Belén, subiendo y bajando, Ticnamar, Codpa, Esquiña, Camiña, Tarapacá, Pachica, Pica. Y mucho más tarde, emprendiendo hasta Copiapó. Eran hombres de a caballo y de a pie, que con su sed de riquezas doblegaron a los originarios. Sólo esa sed los guió por estos inhóspitos territorios. Desde las alturas logro divisar el desierto pleno y pienso, pienso, en ese otro pasado terrible para los que habitaban estas tierras y también para los que llegaron a dominarla.


Por los senderos del Iquique antiguo

La primera visión desde el avión al situarnos sobre el aeropuerto Diego Aracena, distante a 45 kilómetros de la ciudad de Iquique, es el mar de un azul sorprendente. Al lado el color café de la pampa. Café y azul son dos colores que dan el retorno a este sitio. Si bien El Aracena se encuentra en remodelación, deja ver el contraste. Aquí se observa la pampa, el sol que golpea las espaldas, la piedra de los cerros pelados y la gente que se traslada de un lugar a otro en forma distinta. Recuerdo que su nombre antiguo era Chucumata.

El transporte hasta llegar a Iquique es viendo el mar del lado sur del puerto, y tras 30 minutos de camino comienzo a divisar el inmenso panorama de la Cordillera de la Costa, el Cerro El Dragón lejano, sólo que ahora terriblemente poblado.

El conductor del auto me va conversando sobre los adelantos de la ciudad, los grandes edificios, el balneario y sus lujos recientes, las lejanías que ahora son cercanías de espacios. Y sin embargo no digo nada, no aporto nada, parece que sólo me interesara el pasado de Iquique, el remoto, el de las casas viejas, el escenario doblegado por los recuerdos de las salitreras en desmedro, de las pesqueras de la década del 60, de los obreros y sus recuerdos, de las casas donde la madera habla.

Así pues culminé mi presuroso primer día en el Iquique legendario. Abracé a mis padres ancianos, conversé con ellos, con mi hermana, divisé desde los ventanales de la casa el árido panorama sin atreverme aún a salir a la calle.

Volveré a Iquique me dije un día. Esa noche todavía no estaba seguro si me encontraba en la ciudad donde nací en la primera mitad del siglo 20. No estaba seguro.

Por esta razón, a la mañana siguiente, acompañado de familiares, pedí me trasladaran al lugar donde inicié mis estudios primarios: La Escuela Santa María.

En el trayecto, mientras nos internábamos en el casco viejo de Iquique, no reconocí el nombre de numerosas calles, sólo la madera me fue transportando a un pasado lejano aunque reciente para el tiempo del universo.

La llegada sorpresiva al sitio, las calles asfixiadas por el calor, la madera entreverada con el adelanto, no me permitieron identificar el establecimiento. Asentados en la calle Barros Arana, en una esquina, me expresaron que la escuela estaba al frente.
Salí del vehículo acompañado de mi máquina fotográfica. Apresurado crucé la calle. Antes, mi hermana me había dicho que era necesario eternizar esas paredes, porque posiblemente el establecimiento sería demolido. Recorrí la edificación, ahora transformada en un sitio pintarrajeado con consignas políticas, descascarado, por todos los contornos, por las calles Barros Arana, Zegers, Latorre y Amunátegui. De improviso me situé en el pasado, en aquel lugar donde entraba con mi bolsón de escolar y mis carnes nuevas, mis cuadernos impecables, los pantalones cortos. Recordé al profesor Alberto Chang que no sé si vivirá aún, las largas jornadas en salas limpias y pasillos encerados. Quise recorrer sus salas, el salón de actos donde alguna vez representamos a los Beatles como humorada estudiantil. Me situé en el frontis de la calle Zegers y recordé esa escalera por donde bajaban los estudiantes en escuadrones para los ensayos del desfile del 21 de Mayo. Quise subir de nuevo esas escalas, pero me encontré con enrejados metálicos, los mismos de la década del 60, sólo que ahora estaban oxidados, las puertas interiores descascaradas y sucias, los vidrios de las ventanas quebrados. Vi salir por ahí a los personajes de mis novelas, el Rojitas y el Matus, los mismos que seguirán vivos en otras aventuras novelísticas. Esa escuela, esa escuela impecable, esa edificación con su historia, ahora estaba abandonada.
Este sitio, el mismo, el mismísimo donde fueron acribillados más de 3.000 obreros de la pampa salitrera en 1907. Este lugar, esta tierra donde corrió la sangre y donde los gritos se entreveraban, los gritos de espanto, ahora estaba abandonado.
Entonces, en esos no más de 30 minutos en que saqué fotos y sudé, me transporté desde la época de estudiante de 6 años a los obreros que fueron hacinados y engañados tras recorrer el desierto y bajar por el inmenso cerro que acorrala a Iquique.
Me pareció ver al Intendente Carlos Eastman, desesperado y eufórico, gritando a los cuatro vientos, dialogando con los adinerados, vociferando que los pampinos, que los llamados delincuentes, que los insurrectos, habían caminado en masas por el desierto adueñándose del puerto, que era posible que saquearan las casas, que violaran a las mujeres, incendiaran la calle Baquedano. Y me pareció escuchar la voz del Presidente Montt conversando con el Ministro Rafael Sotomayor, dando órdenes al General Silva Renard, todos macabros personajes.
Y observé a la tracalada ser conducida a esta escuela, a ese reducto de madera de la época, a este sitio donde me encontraba ahora tras treinta años de ausencia.
Mi hermana miraba absorta. Ahora me encontraba sacando fotos al monolito de los caídos. Al monolito de los que habían bajado al puerto a pedir sólo un mejor trato laboral.
El sol quemaba, como quemó en esos años a los pampinos, acostumbrados a esas calderas del norte.

El edificio en cuestión, el actual reducto abandonado, no fue precisamente el que albergó a los obreros de la pampa antes de ser masacrados. La tierra donde fue construido, en cambio, es el mismo cimiento donde la sangre, donde los cadáveres se hacinaron en la época. El antiguo era un caserón de madera que alcanzaba incluso hasta el Mercado Centenario, levantado en maderas en 1883 ad porta de la Guerra Civil del 91. Dicha construcción, más allá de los acontecimientos narrados, alcanzó a mantenerse en pie hasta 1928, año en que fue consumida en gran incendio un día 7 de marzo. 8 años más tarde, en 1936 se levantó el actual edificio en abandono con un material más sólido y por donde pasaron numerosas generaciones de estudiantes.
Tanta historia encerrada en estas paredes que ahora se encuentran rayadas con consignas políticas. Tanto abandono en ese monolito ubicado a un costado del edificio. Me pregunté qué pudo haber pasado. Fueron varios días consultándome, indagando. La realidad es que hasta el año 2005, tras el terremoto del 15 de junio quedó inutilizable, y en consecuencia, abandonada como centro estudiantil. En el frontis, en medio de la hediondez del entorno, se mantiene un lienzo que anuncia matrículas para el presente año 2010, designando un nuevo lugar transitorio de docencia: la Avenida Salvador Allende, casi a las laderas del cerro El Dragón. De acuerdo a algunas informaciones de prensa, la restauración del edificio se realizaría el año 2012, tras ser tramitados fondos para estos efectos por el Consejo Regional de la zona. El dilema es si se mantendrá como escuela o si se transformará en museo histórico. Hay quienes se inclinan por la segunda opción. Habrá que esperar.

La Escuela Santa María no sólo se caracterizó por ser un lugar donde se entregaba una excelente educación, sino también por los fenómenos paranormales que se producían. En la década del 60, tiempo en que me tocó estudiar, era común escuchar voces y ruidos de seres invisibles que deambulaban por los pasillos a eso de las 7 de la tarde, cuando el profesor nos castigaba por mala conducta. Más tarde las generaciones posteriores, los guardias del establecimiento, fueron narrando cosas similares, lo que se transformó en pan de todos los días, golpeteos de puertas, lamentos a altas horas de la noche.

Mi hermana estaba absorta. Yo seguía sacando fotos. Los obreros masacrados, los más de 3 mil, no han podido descansar.


Las calles de antaño y sitios de mi infancia


Ignoro si hay otro centro comercial en la ciudad. Es posible.
Como dije al comienzo, me interesaba recorrer las calles antiguas, las casas de maderas que se mantienen desde el siglo 19. Iquique es hoy, sin duda, una ciudad que ha alcanzado un alto nivel de construcciones nuevas al lado sur.
Los lugares de mi infancia transcurrieron en el sector de los colectivos O´Higgins con Patricio Lynch, al frente de lo que es hoy el Palacio Astoreca, edificio construido en pino oregón y que funcionó como Intendencia Regional a partir de 1909. La mandó a diseñar Juan Higinio Astoreca, dueño, además, de tres oficinas salitreras. Ahí vivió junto a su familia hasta 1904.

Los colectivos dejaron de construirse al mediar 1942. Se caracterizan por ser dos edificios con caracoles y de cemento duro, apto para la zona norte y capaz de resistir terremotos. Fueron ejecutados por el arquitecto Luciano Kulczewsky, quien además fue administrador de la Caja de Seguro Obligatorio. En los tiempos de depresión por los que pasaba el Norte Grande de Chile, tras la crisis salitrera, curiosamente fueron edificados para los asegurados del sector en las ciudades de Arica, Iquique, Antofagasta y Tocopilla. En ningún otro lugar se verán construcciones como éstas. Vienen siendo verdaderas reliquias.
En mis tiempos de niñez veía todo casi lejano. Desde el Colectivo al Mercado Centenario, a la Escuela Santa María, a la Avenida Balmaceda. En este retorno me siento en la obligación de decir que todo es cercano, es decir, son sólo caminatas de minutos.
Mi vida transcurría entre los colectivos, la Plaza Brasil, la calle Baquedano, la Plaza Prat, el mercado, la escuela, el Liceo de Hombres, el de Niñas, la Plaza Condell, la Playa Cavancha, el Micro Estadio, la Plaza Condell, el Barrio El Morro, el Norteamérica, la calle Vivar, la calle Tarapacá, la Radio Esmeralda, La Patricio Lynch, El Salitre. En esa semana de visita al puerto histórico me convocaba revivir todos estos sitios, los mismos donde se generaba la actividad social y política del puerto.

En mi Juventud Iquique estaba pisoteado por las pesqueras y su hedor diario. La ciudad invadida por las pestilencias, la ciudad, incluso, de las banderas negras por la depresión. La proliferación de locos por las calles, las huelgas estudiantiles que partían siempre del Liceo de Hombres y que muchas veces fueron apoyadas por el jovencito choro Soria de la época. De pueblo sufriente, de pueblo de sudor, aún se conservan muchas construcciones, aunque le han puesto el timbre de los nuevos tiempos.

Mi infancia transcurrió en la Plaza Brasil (ahora tiene otro nombre) ubicada al frente de los Colectivos. Era una plaza amplia con palmeras. Ahí lanzábamos piedras para comer dátiles. Hoy es pequeña sin mucha vegetación y los escasos árboles que se conservan, han sido invadidos por los patos yecos que los destruyen día a día con su excremento. El mismo avance urbano de la ciudad ha sido el culpable de esta proliferación. Le han robado el hábitat y no les ha quedado más remedio que entrar a la ciudad.

Los recovecos de la calle Lynch con sus almacenes ya no son los mismos, han sido invadidos por construcciones nuevas. Busqué reconocer contornos de la calle Vivar con Tarapacá. Hay muchas construcciones de la época que se esconden tras la nueva urbanización.

Me senté en la Plaza Brasil a rescatar mi niñez y ahí estuve tristemente varias horas. Busqué no sentirme abandonado, sólo quise mirar el entorno. Vi deambular niños de este tiempo y sentí que por mis venas corría el pasado, fuerte e histórico, que no podrá ser acallado mientras exista el verbo y la palabra.

Me fui a la costa a respirar el mismo mar de la década del 60. La juventud, los muchachos y muchachas sobre las rocas, en las orillas de playa, me dijeron en silencio que estábamos en otro Iquique, aunque la historia hace la vida y a la inversa.

Quise retornar a mi Iquique sin que nadie se percatara. La verdad, la página del tiempo se encargó de eso.

Pero atrás está el inmenso cerro de la Cordillera de la Costa, el Cerro El Dragón con su arena eterna, rodeado de casas pero aun vivos. Ellos han sido los que han observado la historia en silencio. Son ellos los que parecen guiñar un ojo, como diciendo que todo lo sufrido queda y que toda alegría se canta.

Me pregunté si Iquique no es el mismo o yo no soy el de antes.
Y tomé mi avión de retorno a Santiago estudiando esta pregunta.

sábado, 6 de febrero de 2010

COMENTARIO acerca de VERBALÍA

2/06/2010 12:30:00 p. m.

POESÍA / Taller Literario VERBALÍA


En el marco del Segundo Encuentro con el Libro Chileno, en Iquique, tuve la ocasión de conocer, admirar e intercambiar publicaciones con el Taller Literario VERBALÍA, grupo dirigido por Pedro Marambio y bajo el patrocinio de la Universidad Arturo Prat. Este taller conformado por mujeres de variadas edades, hace un trabajo serio, rico en sensibilidades y en matices, con la gracia impagable de quienes no se han mareado ni maleado todavía con el roce de las esferas literarias. Esa frescura e ingenuidad impregnada en sus creaciones, empapan ineludiblemente al lector-espectador en cada una de las presentaciones que - bajo el ojo experto de su director Pedro Marambio - han realizado en distintos lugares del país, y en las cuales se atreven a conjugar distintas formas de expresión al alero de la literatura, tales como la actuación y la fotografía.

Bello es el resultado de todo aquello y digno de imitar y compartir. Como una pequeña muestra, un par de textos de el libro que me fue obsequiado a cambio de nuestras “manchas”: La Noche que Floreció el Ciruelo, de Ediciones Campvs, Universidad Arturo Prat.


“El árbol del ciruelo anuncia la primavera con sus flores de septiembre. Las mujeres anunciamos nuestra eterna primavera a través de nuestro quehacer. Siempre recurrimos a los recuerdos de la niñez cuando queremos abrir el secreto cajón de los aromas, sensaciones, risas y juegos que nada hacen presagiar el futuro que nos convierte en mujer...”

Presentación de Miriam Salinas Pozo
Ediciones Campvs





CIRUELOS EN FLOR

¡Ciruelos en flor!
Jardín de mil cuentos
y los pinos altos acunando el cielo.

Núbolas desfilan en ejércitos etéreos
siguiendo dragones que se van
corriendo
y van transformándose en barcas,
en ciervos, en dulces corderos.

Me dejo hechizar por la tarde que viaja
en sutiles tonos de verde y dorados,
por cojín nevadas y dedales de oro.

Levito en un tiempo de viento y cometas,
los cerros dormitan,
la vida murmura
y el río muy quedo entre sostenidos
y bemoles, canta.

Las malvas me forman cierres y atalayas,
así nadie puede encontrar mis senderos
senderos del alba, de neblinas claras
senderos de noches con la luna en calma
tapizando todo con su luz de Nilo.
Casi oigo serpientes y grullas dormidas.

Otros son ahora los colores ciertos,
otras las mañanas de cansancio eterno
otras son las noches perfume a temores.

¿Dónde se habrá ido la descaza huidiza?
que no me di cuenta ni siquiera cuándo
ya no miré el cielo,
ya no vi las nubes,
no están los ciruelos.
¿Es posible hallarla, llamarla de nuevo?

Quiero mis ciruelos.

Edna Fernández




INFANCIA


Infancia, leo en mi diccionario
palabra sobre la cual construimos
la vida.
invade para siempre todos nuestros
sentidos
frágil como las últimas estrellas del
rocío
fuerte como las rocas que a orilla de
los mares
amparan a los pájaros que construyen
sus nidos.

Infancia es la palabra que se acuna en
tus brazos
con la ternura de un recuerdo
dormido.


Lidia Olivares



jueves, 4 de febrero de 2010

CARTAS A PEPECHE

2/04/2010 12:51:00 p. m.

Juan.EMAR 39€

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RESUME : Consejera, musa e inspiradora, la destinataria de estas cartas, Alice de la Martinière (1902-1995) es una francesa que va a compartir gran parte de la compleja existencia del más singular y excéntrico escritor chileno. A comienzos del siglo veinte, en París, Alice de la Martinière es una joven modelo de alta costura de la prestigiosa Maison Lanvin. A causa del color y la suavidad de su tez, sus amigos suelen comentar que tiene piel de durazno (pêche), de ahí deriva el apodo (Pépèche) que nunca la abandonará. Escritas casi cotidianamente, entre 1947 y 1963, las epístolas que Emar envía a Pépèche constituyen un dietario, donde se plasman las ensoñaciones del creador, la cadencia de su ininterrumpida labor narrativa, su creación plástica, sus lecturas y reflexiones.
4ème DE COUVERTURE : Consejera, musa e inspiradora, la destinataria de estas cartas, Alice de la Martinière (1902-1995) es una francesa que va a compartir gran parte de la compleja existencia del más singular y excéntrico escritor chileno. A comienzos del siglo veinte, en París, Alice de la Martinière es una joven modelo de alta costura de la prestigiosa Maison Lanvin. A causa del color y la suavidad de su tez, sus amigos suelen comentar que tiene piel de durazno (pêche), de ahí deriva el apodo (Pépèche) que nunca la abandonará. Escritas casi cotidianamente, entre 1947 y 1963, las epístolas que Emar envía a Pépèche constituyen un dietario, donde se plasman las ensoñaciones del creador, la cadencia de su ininterrumpida labor narrativa, su creación plástica, sus lecturas y reflexiones. Juan Emar, Jean Emar (j’en ai marre), es el seudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi ( Santiago,1889-1964). Autor de Ayer, Un Año y Míltín (1935), de Diez (1937) y de Umbral, un palimpsesto de cinco mil páginas (édición póstuma). Pablo Neruda escribió: “Juan Emar […] se convirtió con el tiempo en un escritor poderoso y secreto. Fuimos amigos toda la vida. Silencioso y gentil pero pobre, así murió…”.
ÍNDICE

Introducción de Alejandro Canseco-Jerez
Testimonio de Pépèche

Cartas de Juan Emar a Pépèche

1947

p1

1948

p19

1954 – 1955

p29

1956

p35

1957

p95

1958

p177

1959

p269

1960 – 1963

p329


Estudio bibliográfico de Soledad Traverso
Bibliografía de Soledad Traverso
Lista de ilustraciones: Alejandro Canseco-Jerez

FICHE TECHNIQUE : Auteur/Autor: Juan EMAR
Titre/Titulo: CARTAS A PEPECHE
Reccueil et Prologue/Recopilación y prólogo:
Conception graphique couverture et interieur/Diseño gráfico portada e interior: Valentina Canseco-Jerez
Diagrammation numérique/Diagramación digital:
N° de Pages/Páginas: 450
Format/Dimensión: 160 x 240 ouvert/abierto 240 x 320
Impression/Impresión: recto quadri digital
Papier/Papel: offset ivoire 90 grammes
Finition/Terminación/: dos carré collé
Édition princeps numerotée/Edición príncipe numerada: de 1 à 300
Imprimeur/Imprenta: Imprimerie Pierron, Sarregemines-France
Achévé d’imprimer/Terminado de imprimir: Nov. 2007
Dépôt legal/Déposito legal: 11/2007 – N°2371
ISBN: 978-2-917042-01-4
Prix: 39 €
Frais de port France/Envío postal Francia: 3.70 € en lettre
Frais de port Europe/Envío postal Europa: 0.00 €
Frais de port Amériques/ Envío postal Amériques: 12.00 €

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miércoles, 3 de febrero de 2010

Bolaño vs Bolaño

2/03/2010 01:14:00 p. m.

Bolaño vs Bolaño

rolando gabrielli

Por la ventana entra el rumor del mar mezclado con las risas de los ùltimos noctàmbulos, un ruido que tal vez sea el de los camareros recogiendo las mesas de la terraza, de vez en cuando un coche que circula con lentitud por el paseo marìtimo y zumbidos apagados e identificables que provienen de las otras habitaciones del hotel. Ingebor duerme; su rostro semeja el de un àngel al que nada turba el sueño..." El Tercer Reich

Pareciera todo indicar que esta novela de Roberto Bolaño, El Tercer Reich, que saldrà a circulaciòn el pròximo 4 de febrero, no contaba con el aval editorial de su autor. Relegada desde 1989 en un cajòn de Blanes, el mìtico autor de Los Detectives Salvajes, la calificaba de "una mierda insalvable". Dueño de una retòrica sin servilleta ni smoking, Bolaño asì se referìa a su ùnica novela inèdita de 400 pàginas, en una entrevista brindada en el 2001 al periodista Antonio Lozano. Ya no està fìsicamente el prolijo y meticuloso cirujano de la palabra, Bolaño, para enmendarse planas asì mismo. Uno de sus ùltimos esqueletos ha salido del closet y se expondrà al juicio de los lectores y crìtica, y en su ausencia, muchos veràn a Bolaño vs Bolaño, en una comparaciòn retospectiva de su obra. Cuando un pelo del lobo anda suelto es que la propia bestia anda suelta.

Juegos de guerra y ficciòn, mundos terminales de Roberto Bolaño desarrollados en la Costa Brava, algunas luces y embriones, pistas, del formidable narrador que conocerìamos despuès. Se habla de una novela primeriza, pero cerrada, no quemada, y los Max Brod que le rodearon, dos especìficamente, advierten de alguna manera que si no la mandò a quemar es por que es publicable. El poeta chileno Bruno Montanè, uno de sus amigos, es una historia ya conocida, dijo que Bolaño le llamaba a esta novela La estrategia del Mediterràneo y que le parecìa que tenìa una estructura demasiado lineal, alejada del novelista que llegò a ser. Jorge Luis Borges, uno de los referentes de Bolaño, retocò su primer poemario y otros libros, que considerò no tenìan la madurez y maestrìa que èl le asignaba a su palabra. Bolaño no tuvo la oportunidad con una serie de materiales que dejò antes de morir prematuramente. Su fama habìa llegado poco antes de morir y se habìa transformado un referente post boom en Amèrica latina, que despuès desembocarìa en un autor de culto tambièn, por carambola, en Estados Unidos, y sobre todo el olfato, ojo, instinto , valor y generosidad de Susan Sontag, quien lo introdujo al paìs del norte.

A Lozano, Bolaño le dijo casi en un mea culpa, que nunca màs escribirìa una novela sin tener clarìsima la estructura, la forma y el argumento. Esto es en su opiniòn, sin tener la historia en la cabeza y a su gusto. A Bolaño le gustaban los juegos estrategos y la novela, en forma de diario, es un ensayo de estos juegos, el llamado El Tercer Reich, y cuyo personaje, Udo Berger, es un campeòn en su paìs. A Bolaño le obsesionaba el nazismo y era un conocedor profundo de la Segunda Guerra Mundial.

Esta novela primeriza, que no de principiante segùn el crìtico Ignacio Echeverrìa, habìa saltado del cajòn y mecanografiada perfectamente, al ordenador, unas 60 pàginas, lo que hace suponer que Bolaño le meterìa mano. Aunque existen huellas de su trabajo de correciòn a mano en las pàginas mecanografiadas. Una novela, sin duda, nunca termina de afinarse por a b c motivo, falta algo, sobra y se hace necesario el bisturì final que disecciona el cuerpo para darle màs vida y no convertirlo en un cadàver. La suerte està echada, el gran patrocinador de la obra de Bolaño, el español Herralde, està feliz y considera que su lanzamiento es un acierto. Ha dicho que se trata de una obra que crea una atmòsfera ominosa , de peligro y horror latente.

Bolaño mantuvo la novela como un proyecto posible hasta el final de sus dìas. dejò otros inconclusos, como Los sinsabores del verdadero policìa y Diorama, retazos de novelas. Pablo Neruda, en quien Bolaño no confiaba, pareciera haber vaticinado su destino, refirièndose al mismo poeta antes de morir: me publicaràn hasta los calcetines. Dicho y hecho.

http://rolandogabrielli.blogspot.com/