viernes, 7 de agosto de 2009

TERCERA LECTURA DESCENTRALIZACIÓN POÉTICA EN ANTOFAGASTA (3 DE AGOSTO )

8/07/2009 10:45:00 a. m.

MARIETTA MORALES RODRÍGUEZ POETA Y COORDINADORA DE DESCENTRALIZACIÓN POÈTICA EN ANTOFAGASTA: MUCHAS GRACIAS A TODOS LOS POETAS QUE ESTAN APOYANDO DESCENTRALIZACIÓN POÉTICA. EL MAPA DE CHILE ESTALLA, CON LA POESÌA DEL NORTE GRANDE. FUE UNA NOCHE ESPECTACULAR.


jueves, 6 de agosto de 2009

Estrenamos el número VIII de la revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

8/06/2009 11:37:00 a. m.

Estrenamos el número VIII de la revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

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Séptima edición de La revista la Santísima Trinidad

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Sexta edición de la Revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

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Quinta edición de la Revista la Santísima Trinidad de las cuatro esquinas

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Cuarta edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

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Tercera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

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Segunda edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

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Estrenamos la primera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

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miércoles, 5 de agosto de 2009

Con Stella en el corazón: una mirada a su obra

8/05/2009 02:39:00 p. m.


Esta es una invitación especial.
Con Stella en el corazón: una mirada a su obra

conferencia, poesía, música, fotografías
En el día de su natalicio
Martes 11 agosto
19 horas
En la Casa del Escritor



martes, 4 de agosto de 2009

La generación del cincuenta y el sino de los premios nacionales

8/04/2009 09:28:00 a. m.

La generación del cincuenta
Y el sino de los premios nacionales



Por Eduardo Llanos Melussa
Revista de Libros, viernes 3 de septiembre de 2004


Seguramente para muchos el Premio Nacional de Literatura 2004 resulta justiciero. Armando Uribe (1933) podrá incomodar a algunos, pero nadie desconoce que se impuso en buena lid, sin autopromociones ni apoyaturas extraliterarias. Sus dos poemarios iniciales, Transeúnte pálido (1954) y El engañoso laúd (1956), aportaron cuotas inéditas de desenfado y autoironía, que resultaban sumamente auspiciosos y le valieron rápidamente el reconocimiento de sus pares. Desde entonces su obra poética creció de modo silencioso, pero siempre digno.

En cualquier caso, los méritos de Uribe no residen sólo en su poesía. Cabe destacar además sus tempraneros ensayos sobre Pound y Montale (quizás los primeros en lengua castellana); sus traducciones de poetas de diversas lenguas (en su mayoría olvidadas en revistas de los años sesenta); sus valientes denuncias y alegatos (El libro negro de la intervención norteamericana en Chile está traducido a doce idiomas); sus obras jurídicas (sobre las cuales nada puedo decir) y, en fin, sus pronunciamientos políticos y éticos. Mientras su ojo de poeta penetra a fondo en las relaciones entre poética y psicoanálisis (El fantasma de la sinrazón y el secreto de la poesía, 2001), su condición de abogado cristiano sale al paso de la codicia y la rapacidad de quienes esquilman nuestro subsuelo y eluden las tributaciones mineras.

Por otra parte, Uribe pertenece a una generación talentosa y diversa, que cuenta con autores destacados en todos los géneros, desde la narrativa a la poesía, desde la dramaturgia al ensayo, desde la investigación hasta la crítica cultural, desde la teoría literaria a la filosofía.

En este sentido, estamos todavía en deuda con la generación del cincuenta. Merece como mínimo una lectura justipreciadora. Fue la última promoción que vivió una cierta normalidad republicana, y fue quizás la primera víctima de la amnesia programada por la dictadura.

Entre los coetáneos de Uribe, Efraín Barquero destaca como un poeta genuino y silencioso. Al igual que Uribe, también publicó tempranamente varios libros entrañables. La compañera (1956) y El regreso (1961) pueden despistar a cualquiera por su aparente simplicidad (que no simpleza); pero una reedición mostraría fácilmente que la autenticidad no puede pasar de moda, porque jamás está de moda.

Congeneracionales de Uribe y Barquero, Enrique Lihn (1929-1988) y Jorge Teillier (1935-1996) murieron sin recibir el Premio Nacional de Literatura. Igualmente precoces y desinteresados, casi todos optaron por la creación y la difusión cultural. Por cierto, no necesitaron el Premio Nacional para perseverar en lo suyo. Y por eso ahora es el Premio el que los necesita a ellos.

Si estuviera vivo, Enrique Lihn estaría celebrando su cumpleaños número setenta y cinco. Nació precisamente un día como hoy, 3 de septiembre de 1929. Donde fuere que ahora esté, poco puede importarle cuánto valoramos su obra y su disidencia crítica. Pero una cultura sana debe aprender de sus mejores representantes y agradecer la disidencia bien fundada, sobre todo cuando apunta al bien común. Y hacerlo en vida de sus autores produce ese efecto de germinación que nuestra cultura tanto requiere.

La práctica del borrón y cuenta nueva es sólo otra forma de prolongar la barbarie, una suerte de virus lanzado contra el disco duro de la identidad nacional. Por algo amnistía y amnesia comparten la misma etimología.


domingo, 2 de agosto de 2009

Los muertos hablan: Iglesia de La Compañía

8/02/2009 08:13:00 p. m.

Los muertos hablan: Iglesia de La Compañía
Escribe Carlos Amador Marchant


Siempre al caminar por los alrededores de la Plaza de Armas de Santiago, me pregunté por qué un aire frío recorría los contornos de mis piernas, una especie de bruma o no que salía invisible y decía cosas indescifrables.
Algo similar me ocurrió hace mucho tiempo, en los años de mi niñez, por allá en 1963, cuando estudiaba mi primaria en la Escuela Santa María de Iquique. Nada sabía por aquel entonces de la matanza de obreros en ese mismo terreno donde fue edificada la escuela. Sin embargo, era el mismo aire, era la misma bruma que llegaba a golpearme el pecho, la espalda.
Era mejor no saber, por cierto, de muertes y sufrimientos humanos. Era mejor no saber en su momento.
En Santiago, insisto, me ocurrió lo mismo, mucho antes de indagar sobre los muertos en los alrededores de esa plaza, en los alrededores de esas calles del actual centro de la capital chilena, donde se originaba, sin duda, la vida del siglo 19.
Mucho más tarde de estas sensaciones, muchas más aguas turbulentas pasando sobre ríos, indagué sobre los sucesos de la Iglesia de La Compañía, construida por los jesuitas tras toda una historia misionera en los territorios de nuestro país.
Si bien es cierto que al paso de los años mucha gente sabe de estos sucesos, también hay que decir que un gran porcentaje de habitantes nada atisba al respecto. Me ocurrió, precisamente, en una biblioteca pública, donde una funcionaria administrativa al consultarle sobre algún texto indagatorio de este tema, puso cara de interrogación y me consultó si le estaba preguntando sobre alguna calle de Valparaíso o de otra ciudad nuestra. Es decir, no sabía absolutamente nada.
Estoy hablando del gran incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús en Santiago de Chile, hecho acaecido en el mes de diciembre de 1863.
Tema apasionante que, tal vez, me permitió conocer hace muchos años cómo se van dejando en el olvido temas que no se pueden olvidar. No conozco el libro de la licenciada en arte Carolina Romo, quien hizo su tesis trayendo al presente este hecho, pero esas sensaciones de las cuales hablé al comienzo de estos escritos, dicen precisamente que esas almas sufrientes, de manera alguna dejarán que sus muertes queden en la nebulosa.
Son las calles Compañía y Bandera las señaladas al paso de la historia, como los lugares fijos donde se hallaba la Iglesia de la Compañía. Unas semanas después de ocurrido el incendio, por decreto ley, se exigió la demolición total de aquel reducto que lo único que hacía era traer recuerdos de los acontecimientos trágicos ocurridos nada menos que dentro de una iglesia.
En el mundo de la época, en el mundo de las comunicaciones escasas, de las tardías comunicaciones, Chile logró ser conocido por esta masacre y además por los minerales que se exportaban al extranjero.
Pero todo esto fue silenciado al transcurrir de los años, y hay muchos historiadores que se preguntan por qué una de las tragedias más grandes de la historia, en cuanto a incendios se refiere, por la cantidad de almas que sufrieron, por la cantidad de cuerpos carbonizados, fue de alguna manera tapiado en el real sentido de la palabra.
Me causa curiosidad que cada año, que cada 8 de diciembre, el Día de la Fiesta de la Inmaculada Concepción, no se rece en primera instancia por esas 1.800 personas que murieron dentro de esa iglesia.
Hace unos meses, precisamente en el mes de mayo de este año (2009), a raíz de un viaje a la capital de Chile, y transitando por los subterráneos del metro Santiago, me encontré con una exposición de Bomberos. Me impactaron las maquetas que allí se presentaban sobre esta tragedia, acción que está estrechamente relacionada con que después de estos acontecimientos fue creado el primer cuerpo de bomberos de Chile, en Santiago.
La catástrofe en cuestión no sólo grafica las equivocaciones del momento, sino la indiscreción en cuanto a los devotos. Se dice que la gran iglesia no contaba con una cantidad de puertas de salida, es decir, la construcción en sí, majestuosa, adolecía de una real capacidad de precaución en caso de estos accidentes.
El 8 de diciembre se congregó gran cantidad de feligreses, muchos de los cuales entre hombres y mujeres fueron a presenciar y ser partícipes de tan magna ceremonia. Ninguno de ellos, por cierto, imaginó que esos minutos serían los últimos de sus vidas.
El altar y los alrededores estaban sofocados de velas.
Daniel Riquelme, escritor chileno de época, quien escribió sobre este acontecimiento, y quien, al mismo tiempo muere en Europa tan sólo a los 55 años tras una tuberculosis, y quien, además, es tirado a fosa común sin saberse hasta la actualidad donde quedaron sus huesos, grafica los hechos en forma magistral y terrible. En Biblioteca Severín de Valparaíso, sólo se encuentra este libro al cual no se le puede sacar fotocopias por sus páginas endebles. Sólo se le puede fotografiar. Hay que cuidar este texto.
Frente a tal cantidad de devotos que se encontraban en el recinto, una vela cayó al suelo y topó una tela. Las primeras incipientes llamas lograron inquietar a una mujer quien gritó despavorida desproporcionando la tranquilidad. Frente a este panorama de pánico, el resto comenzó a inquietarse hasta provocar una turba. En medio de la confusión, mientras todos comenzaron a correr por pánico, las llamas al mismo tiempo empezaron a agrandarse hasta alcanzar metros de alturas. Mujeres y hombres, niños desprovistos, frente a la confusión fueron pisoteados por quienes pretendían salvarse. Pero las llamas producto de las lámparas de gas hidrógeno se elevaron rápidamente hasta lograr en menos de media hora dominar casi todo el recinto.
Diarios de épocas como El Ferrocarril y El Mercurio de Valparaíso, días después, graficaban los acontecimientos.
Daniel Riquelme da a conocer el pavor del momento. Campesinos de un Santiago de pocos habitantes trataban de lanzar a las puertas troncos para sacar a la gente, pero quienes lograban salir ardían en llamas.
Al día siguiente de la tragedia, el olor de los alrededores de Santiago era inclemente. Y quienes lograron entrar a la iglesia ya sofocada vieron con pavor más de 1.800 personas transformadas en estatuas negras, carbonizadas.
En ese momento ya había llegado a Chile la fotografía, pero estas mismas no eran utilizadas en periodismo. Sólo una persona anónima logró sacar ocho fotos posteriores, las que se encuentran en el Museo del Carmen de Maipú. Hasta la fecha, de esas fotos, sólo han sido autorizadas tres para el público, las que ya se encuentran en Internet.
Estamos hablando de una masacre de gran esfera. Aquel anónimo fotógrafo, quien hizo reproducciones del exterior e interior de la iglesia ya calcinada, si hubiese tenido el permiso de retratar a los calcinados que no fueron tres sino más de mil, pudo haber quedado en la historia. Nunca antes se vio en el planeta morir tanta gente de esta forma, así lo grafica en sus textos Daniel Riquelme.
Los jesuitas iniciaron su caminar en 1539 y llegaron a Chile en 1593 para evangelizar a los aborígenes. Así dice la historia. Sin embargo estos aborígenes eran seres humanos que ya habían llegado a este continente cruzando por el estrecho de Behring más de 50.000 años antes. Es decir que los españoles ni la iglesia misma nunca descubrieron algo, porque todo ya se encontraba en este suelo.
Hablar de las congregaciones y de los jesuitas en especial nos quitará muchas páginas. Eran seres desprovistos, sacrificados, emprendedores al mismo tiempo, excluidos de algunos países de Europa y América.
La Iglesia de La Compañía sigue siendo una incógnita en nuestro país e incluso en esferas celestiales. ¿Acaso fueron castigados los jesuitas? Pero ¿qué culpa tuvo esa gente que murió y a quienes nadie pudo identificar tras esa maligna ceremonia del 8 de diciembre?. Ninguna.
Y los días siguen pasando y corren por carreteras. Sin embargo, nadie ha podido sacarme ese aire, esa bruma helada, cada vez que camino por las cercanías de las calles Compañía y Bandera, tras 146 años de tanto grito y pánico.


sábado, 1 de agosto de 2009

Ediciones Cinosargo: Cuentos de Parinacota de Juan Carlos Mamani

8/01/2009 04:14:00 p. m.


Dentro de nuestra línea de ediciones digitales denominada Culturotopia, Revista Cinosargo se complace en presentar la antología de relatos orales de Parinacota, recopilados e investigados por Juan Carlos Mamani, trabajo que realizó con el apoyo de una beca de creación Literaria "Fondart" del consejo del libro y la lectura y que conforma como edición digital, parte de un proyecto mayor; la página web que recibe el mismo nombre y que pueden visitar en esta dirección,

http://www.cuentosdeparinacota.cl

En cuanto a la edición en formato pdf,a cargo de Cinosargo, presentamos para nuestros amigos y público querido la edición descargable en nuestro sitio.

Cuentos de Parinacota