sábado, 16 de mayo de 2009
Fábula Arestizabal: Enrique Lihn, Jorge Teillier y Germán Arestizabal
viernes, 15 de mayo de 2009
Huacho y Pochocha por Enrique Lihn

Huacho y Pochocha
De la historia de amor de Huacho y Pochocha subsisten las huellas conmovedoras que me fuerzan, periódicamente, a aventurarme en una empresa imposible: reconstituirla. La imaginación no es un buen guía para internarse en realidades que la sobrepasan. Ellas la obligan a volar en el vacío, lo que es igual que cortarle las alas y encerrarla en la jaula del loro. Entregada a sí misma, no hará otra cosa que repetirnos su viejo repertorio hasta el cansancio. ¿Con qué datos ayudarla a salir del paso en que se la pone en una noche de insomnio, condenada a un trabajo forzado del que nos creemos libres, erróneamente, al día siguiente.
Si Huacho y Pochocha fueran simplemente dos nombre pintados por un ocioso en un muro y si la misma mano que los trazó hubiese escrito y garrapateado en torno a ellos los dibujos y las palabras obscenos que allí pueden verse y leerse, todo se reducía a pensar en un ferroviario obsediado por una lúbrica decepción amorosa. Tipos de esta especie se encuentran a diario e imaginar que uno de ellos encontró en la grafomanía a todo color y en gran escala la fórmula para tranquilizar a su monstruo por el furtivo espacio de unas horas
nocturnas, me sería demasiado fácil. Excluida del mundo, esa pareja de nombres ridículos (y la pareja misma) pierde a la vez que el encanto, su condición absurda.
La relación del sueño del idiota con el idiota que lo sueña arroja una luz tranquilizadora sobre ambos. Si el primer término de esta relación nos saliera al paso, dotada de existencia propia, convertida por obra y gracia del genio del durmiente para sumirnos en el asombro. Es incorrecto pensar que un miserable, poseído por la fiebre, ejecute penosamente el trabajo de exponer su miseria (y ocultarla) con el amor, o, por lo menos, con la paciencia de un relojero. Todo está de parte del absurdo. Todo indica a las claras que Huacho y Pochocha existen; no como en el sueño viscoso de un impotente ni menos como la emanación real de ese sueño, sino con la naturalidad propia de dos seres de carne y hueso.
De los dos fue el hombre por cierto quien tuvo la peregrina idea, vieja como el diluvio, de grabar su nombre y el de su amada, imborrablemente, en una superficie sólida. Es un impulso primitivo que, por regla general, se satisface con un cuchillo y un árbol. Son los medios comunes y corrientes para un fin común y corriente en la prosecución del cual hasta un hombre de talento se pone al nivel de sus semejantes. Posiblemente Huacho sea un nombre excepcionalmente común, lo que explicaría su genialidad, la única que le conocemos. El hecho es que no pudo elegir un lugar más visible para su púdico exceso de exaltado exhibicionismo que una muralla divisoria paralela a la línea férrea, situada a corta distancia de la ciudad misma, ni materiales más desusados en esos casos que una brocha delgada y varios tarros de piroxilina. Un pintor de letras no tendría dificultades para procurárselos a cualquier hora del día o de la noche. Su oficio lo obliga a cargar con ellos sin ninguna grandeza. Los caracteres que imprimió Huacho -no obstante lo hiciese al amparo de una doble ceguera impuesta por la pasión y por las sombras- revelan que un pintor de letras pudo ser a sus ojos un hombre superiormente dotado, dueño de una situación envidiable, de una cultura artística fascinante.
Es posible que volviera a invadirlo ese sentimiento de admiración por un maestro de arte en que se debatió llevado por un entusiasmo pródigo en dificultades, pero superior a su capacidad de resistirlo; más aún, que pensase concretamente en el individuo a quien debió sustraerle la brocha y los tarros, aprovechando el descuido que acompaña fielmente a la borrachera.
Los hombres superiormente dotados a quienes la vida ahoga en un ambiente indigno de ellos, son propensos a un alcoholismo que se traduce en la exaltación de su humor negro. Olvidan en todas sus partes sus útiles de trabajo y terminan sus días, apacible y melodramáticamente, en el hospicio o en la cárcel. Pero ésta no es la historia de un pintor de letras. Sólo he aludido a él para anotar que Huacho -honrado de capirote- no habría puesto sus miras en lo ajeno, de no mediar una de esas ideas luminosas que desafían a nuestras previsiones respecto del carácter menos imposible.
También a él lo suponemos aficionado a la bebida, aunque por un motivo muy diferente. Falto de luces, ¿quién no prefiere la obscuridad completa, vivificante, a la penumbra en que se debate su cerebro, como una lombriz fuera del barro, en sus momentos de mayor lucidez?
Siempre ha de ser más feliz un perro de la calle, entregado de lleno a su naturaleza, que un perro de circo condenado, en dos patas, a impugnarla.
Si Huacho bebía como lo hubiese hecho un animal en su caso, era que necesitaba sentir ese hormigueo en todo el cuerpo, gracias al cual los seres oscuros se ponen en contacto consigo mismos y les es dada la certidumbre de propia existencia.
La jornada había sido por lo demás gloriosa, a juzgar por los sentimientos que me inspiran los resultados. A la vista de esa reiterada inscripción multicolor de dos nombres de otro mundo, uno puede dar rienda suelta a su propia inocencia semejante a la alegría impersonal que se respira en un día de primavera.
Entristece pensar que el tiempo se ha encargado también de esa obra destruyéndola miserablemente, negándole con minucioso cuidado la oportunidad de renovarse. Desde la ventanilla de un tren se la puede apreciar aun, en un abrir y cerrar de ojos; pero el día en que desaparezca, junto con la muralla, la línea férrea, el tren y la ubicación misma del lugar en que se levanta, lo tengo más asociado a ella que a cualquier otro producto de la mano del hombre.
Así, es natural que su autor se haya embriagado como nunca no bien le puso término para su asombro y el mío, para la obscenidad de un enajenado mental y la curiosidad divertida de algún viajero abierto al mundo.
A un costado de la estación, enfilados en una misma calle aparentemente deshabitada, como en ruinas, se extiende una decena de bares clandestinos. El barrio es, podría decirse, una “vergüenza nacional” y hay en él manzanas enteras cuyas casas, comunicadas entre sí, forman laberintos en los que se extravía, periódicamente y para siempre, algún representante de la justicia obstinado en imponerla a cualquier precio. Como de todo hay en la viña del Señor, también allí vive buena gente que asilaría a los despavoridos guardias, si no corriese, al hacerlo, peligro de muerte.
La miseria reúne a los ángeles y a las bestias y, si no llega a confundirlos, cuando menos los amolda para hacer posible su convivencia. Cuando un vecino sediento y deseoso de compañía se encamina a un bar, por ejemplo, sabe perfectamente a cuál de todos dirigirse. Hay ignorancias y descuidos fatales. Si es un asesino, entrará al de los asesinos; si un ladrón, al de los ladrones; si un vendedor ambulante, al que le corresponde; si no es nada, se lo espera en el más sórdido de todos, donde se acepta la gente sin profesión y se fía a los indigentes a cambio de pequeños servicios que les pueden significar algunos días de cárcel. En la abstinencia cualquiera transmite un mensaje por un jarro de vino, recibe un paquete de un desconocido y se lo entrega a otro, asiste activamente al entierro de un suicida involuntario que se obstina en reflotar a favor de la corriente.
Oí hablar de un tipo que envejeció sin poder demostrar la inocencia de su participación en una aventura de esa especie. No era mudo, pero las palabras se le oponían como obstáculos con los que se cansaba de luchar, tras largo y penoso plazo. La facilidad de expresión no le habría sido muy útil, por otra parte, pues no era conocido ni siquiera en su casa, como cuadra a un vagabundo, y sus amigos ocasionales carecían de las influencias necesarias para atreverse a declararlo inocente ante las autoridades.
Son historias que alguien de buena voluntad le cuenta a usted en sordina, por cierto que en otros términos y no sin riesgo de su persona, en el escenario mismo donde se las esconde como a un tumor contagioso. El narrador puede haber sido Huacho, a quien seguramente vi por primera y última vez en esa taberna de los extramuros que visité hace veinte o más años, en un juvenil acto de curiosidad temeraria.
Frente a mi mesa, constreñido a la suya en la actitud de un mono que imita como puede una costumbre humana, el novio feliz sonreía y bebía interminablemente, con los pies en el aire. Un suceso inesperado me reveló en breves instantes los pocos rasgos que bastan para trazar el carácter de un hombre sin pretensiones de ninguna especie. Al entarimado, que se levantaba sobre el piso de tierra en un extremo de la taberna, había subido la dificultad, el peso y la voz de una mujer inolvidable. Para no entrar en detalles, la describo como la parte posterior de un caballo, humanizada por una cabeza de melón y un rostro de torta cruda. La edad y el oficio que en otros tiempos habría desempeñado legalmente, sin mucho éxito, se le traslucían a través de toda una humanidad consagrada a ocultar los años y presentar su profesión bajo el más atractivo y decoroso de los aspectos. Fascinado por esa personificación de la carne que se niega a reconocer su derrota y renunciar al último residuo de voluptuosidad, por esa decencia que el asco de sí mismos impone a los más impúdicos, la cantante me llegó a inspirar una simpatía morbosa. Los sentimientos complicados dan lugar a la reflexión y el pensamiento paraliza. A mí, claro está, no se me había ocurrido, paralizado o no, establecer el menor contacto con la “artista”. Mi vecino de mesa, en cambio, subió al estrado, una copa de vino en la mano, admirablemente dispuesto a rendirle homenaje.
Yo no advertí en la expresión del hombrecillo ni la sombra de una intención deshonesta. Pienso que la mujer pudo incluso recordarle a su madre o que vio simplemente en ella el símbolo de la humanidad entera, abierta de brazos. Pero su gesto fue tan torpemente ejecutado como interpretado. Incapaz de sostenerse con firmeza sobre los pies, buscó apoyo en su interlocutora y, en una de ésas, la volcó la ofrenda que ella se llevaba a los labios, en el escote. Fue entonces cuando se hizo notar, bajo un aspecto imprevisible, el acompañante de la vieja, que hasta ese momento había tocado el piano sumido en una dorada medianía, con la ligereza de una mariposa y sin ningún virtuosismo. El aspecto (¿Cuál era?) del adversario debió animarlo a destapar el odio que envenena a los tipos equívocos cuando se enfrentan con hombres de una pieza. Los insultos y los empujones le fueron devueltos con rapidez y precisión inesperadas. En el espacio de un segundo el suelo le recordó que, si se es un cobarde, conviene tenerlo presente sin excepción en todas las circunstancias. Al final de la escena se admiran en el héroe la
facilidad innata para captarse el corazón femenino y su magnanimidad para con los enemigos caídos. Recuerdo que la mujer insultó injustamente en cierto modo a su acompañante, quien hizo aún cierto esfuerzo para reivindicar su virilidad; que el vencedor, iluminado en todo momento por la idea de la reconciliación y el olvido absolutos, terminó brindando con la pareja a la salud de quién sabe qué almas en pena. Cuando la cantante y el pianista desaparecieron para siempre -pensé. por donde habían venido, hundiéndose en la tembladera de su inexplicable convivencia, no tuve inconveniente en reemplazarlos. Era indudable que estaba en
presencia de un personaje curioso. Sabría sacarle algún partido literario. Además, es posible que en esa remota noche sintiese yo la angustiosa necesidad de distraerme en que me dejaban mis constantes rupturas con todo el mundo.
No estoy seguro de recordar el sentido de una conversación
mantenida con un vagabundo,, hace quién sabe cuánto tiempo. Es posible que, salvo en algunos puntos, la confunda con otras equivalentes, entabladas en lugares semejantes. Ya el aspecto físico de mi interlocutor se presta en mi memoria a una serie de confusiones. He dicho vagabundo. Aludí quizá a la pobreza que en el bajo pueblo no es un rasgo que distinga a nadie. He de suponer que el hombre no era un espécimen de los más individualizados. Nuestra raza tiene la pasión de la monotonía. Cuando se impone, repite sin cansancio un rostro aplastado en rasgos dispersos, un cuerpo pequeño que tiende a ser robusto, unas manos, unos pie rebeldes al guante y al zapato.
Pero de ese efímero amigo obtuve una información completa sobre la índole del lugar en que me hallaba. No se calló las historias que me habrían sido de gran utilidad si las peores circunstancias me hubieran llevado allí condenado a instalarme en ese barrio maldito.
Cuando de tarde paso por esos lados ellas se me vienen a la memoria como impresas en el estilo y en los caracteres de la prensa amarilla sensacionales, inmundas, demasiado explícitas para atribuírselas a un narrador borracho nacido y desarrollado, en una edad mental anterior, tanto al lenguaje escrito -sabía dibujar algunas palabras, su nombre y el de su pareja, por ejemplo, sin entenderlas- como a las sutilezas del lenguaje oral que escapan al gruñido y a la desordenada, titubeante acumulación de términos abstrusos.
Con todo, persiste en mí la sensación de haber entendido
prácticamente -en un aquí y en un ahora justos y cabales- aquello a que se alude cuando se habla de un alma de Dios, pese a todo mi ateísmo. Veo a un a vaga figura agitándose en un entusiasmo innumerable, como caído del cielo, provocado por sus propias confidencias bastas, burdas y castas; por la conciencia de ser comprendido a fondos, sin reservas. Mi propia experiencia me indicaba y me indica que la idea del amor de un será otro se volatiliza día a día en la complejidad del corazón y de la conciencia humanos, revelándose como una palabra inflada por un contenido ilusorio. Un hombre, sin embargo, me habló de su mujer en tal forma, que esta observación puede no ser sino una hipótesis consagrada a justificar la mezquindad de mis sentimientos.
Al amanecer, ingurgité el último trago de la noche y me despedí - para siempre- de mi nuevo amigo. Seguramente quise saber su nombre. Él me lo articularía con voz estropajosa. Acaso dijo Huacho; pero la verdad, no estoy seguro de recordar cómo se llamaba.
II
A Pochocha, en cambio, suelo estar seguro de contarla en la lista de mis conocidos: Si se la compara con su amigo, puede parecer vulgar, lo que facilita por una parte y dificulta por la otra un encuentro personal con ella en el pasado, en el presente y en el futuro. De no haberse muerto -obedeciendo al plan de esta historia- me sería posible encontrarla en el asilo de ancianos, por ejemplo, o entre las viejas vendedoras de baratijas que se arrinconan y encienden su brasero en los mercados. Ella no fue la de
María fue la última doméstica a quien intenté, infructuosamente, hacerle el amor en casa de mis padres. El nombre no tiene por qué despistarnos. Es sabido que las mujeres de “baja extracción”, como se dice en un feo lenguaje, acostumbran a ocultar el suyo propio, favorecidas por el desorden y la emergencia que reinan en sus papeles de antecedentes, bajo otro, simulado, el primero que encuentran en su cabeza en el momento oportuno, quizás el de su peor enemiga. Puede verse en esto -según el criterio- un innato amor infantil por la simulación y la mentira o un pudor, también
innato y demencial, que les prohíbe entregarse en una fórmula. Las palabras desnudan y fijan. La vida, en especial la vida femenina, se esconde en un secreto movimiento permanentemente ondulatorio. Pochocha era, sin duda, una perfecta expresión de una femineidad contemporánea a la aparición del hombre sobre la tierra, precedido y enajenado por el encanto de una inmensa mujer yacente, al sol, sobre las piedras.
Pido, antes de entrar en materia, que no se me juzgue a la ligera. Aunque es bien sabido que innumerables generaciones de hijos de familia han aprendido a saborear el gusto de la carne en los pabellones del servicio, una moralista ocasional no verá en todo ello sino una forma más de la explotación de una clase por otra. Lo que es mucho y poco decir en materia tan delicada. Conviene tomar en cuanta la amoralidad que reina en todas partes bajo la inmoralidad y el moralismo. Luego, piénsese que en lo que se refiere al conocimiento sexual, todos somos más o menos autodidactos. Nadie nos ha enseñado a relacionarnos con las mujeres en la única forma en que la convivencia con ellas se llena de un sentido natural y
verdadero. Hablo en general. En lo que a mí respecta, abandono las justificaciones por los hechos. Bien pensado, puede que yo no pueda aspirar al “perdón de mis pecados”. Este pensamiento suele alegrarme.
María se presentó en casa un sofocante día de verano, con un
paquetito apretado contra la cúpula del corazón. Este gesto
patético no cuadraba en modo alguno con la expresión general de su persona, de una apagada serenidad un poco triste, rayana, por momentos, en la estulticia. Traía allí los tesoros de su vida privada, los trofeos que cualquiera conquista, por el simple hecho de existir, en una alegre y penosa batalla perdida de antemano. El retrato de sus padres irreconocibles en su vaguedad color sepia, los rasgos retocados, las cabezas como metidas en los agujeros de un telón en el que se veía una pareja de cuerpos ideales en una posición ideal,
pintado por un sastre pobre aficionado al arte. Entre el retrato y el vidrio doradamente enmarcado, persistía el color de unas violetas secas; una estatuilla de yeso: la virgen del Carmen, obtenida en una rifa parroquial, y su respectiva palmatoria; una cajita primorosamente incrustada de conchas por un preso y, dentro de ella, las joyas: una golondrina de vidrios abrillantados, unos pendientes en forma de margaritas gigantes, un collar de perlas falsas completo. Los anteojos intrigaban. María, ¿sabía? Una vez la vi con ellos puestos. Les faltaba un vidrio. Además, lo que podría ser de gran importancia, sus fotografías numerosas. En la gran mayoría
de ellas aparecía sola, respaldada por irrecuperables días domingos. Ni más vieja ni más joven de lo que era. Simplemente en distintas épocas de su vida. Sentada con artificio en una roca, junto al mar, esa mujer demasiado grande atraía la atención sobre un cuerpo de ningún modo perfecto, pero sólido y agradablemente desproporcionado. Luego otras visitas la mostraba en vacuas actitudes cariñosas junto a alguien. De nuevo, demasiado grande. El rostro de su compañero había sido expurgado, aquí y allá, con auxilio del dedo, el alfiler y las uñas. Los demás hombres, visibles como en segundo plano, eran figuras secundarias.
La primera tarde de servicio. María no salió de su pieza,
aparentemente ocupada en arreglar sus cosas. Yo la observé desde el jardín sin ser visto, apenas curioso. La mujer lloraba en medio del desorden, en actitud hierática, como para sus adentros. María era alegre, de una alegría más profunda, se hubiera, que su interioridad misma, ya que le faltaba siempre algo para hacerse visible. De esa alegría impersonal que se respira en los días de primavera, de la que uno participa como un espectador, sin compromiso: Las pocas veces que se enojaba, lo había bromeando, pero con autoridad, segura de su derecho. Sus costumbres eran espartanas. Se levantaba con el sol y uno podía figurársela envidiosa de las gallinas que vuelven a su retiro a primera hora de la tarde.
Amaba a los animales y a los niños, pero unos y otros se divertían a costa suya, llegando muy pronto al aburrimiento. Siempre pensé que había vivido en condiciones más precarias y trabajosas que toda otra mujer de su oficio, pues lo desempeñaba con una facilidad extraordinaria. También imaginé que la resistencia a salir de paseo en sus horas libres obedecía al temor de encontrarse con alguien que esperaba recuperarla, arrastrándola, otra vez, a una inopia completa. Le era fiel a esa persona, como se verá, pero tenía a veces la reflexiva expresión antipática de los traidores. En general no me preocupé gran cosa de ella hasta que se me reveló y la vi en parte con los ojos de Huacho, en parte con los de un desesperado que busca amparo en cualquier mujer dispuesta o no a la correspondencia.. Y también, claro, está, cínicamente.
Como formando parte de un plan largamente preconcebido, mis continuas protestas contra la buena mujer habrían mantenido en el anonimato, a recaudo de toda sospecha al menos por un tiempo, una relación íntima entre ella y yo. Mi madre creía poder estar tranquila en el sentido de que esta vez nada anómalo iba a suceder en casa.
Se felicitaba por la audacia con que, desoyendo la voz de la
experiencia, había admitido en ella a una mujer en la flor de su
edad. A las sucesoras de Juana, hasta María, se les exigió para aceptarlas en el servicio, como primera condición una madurez a toda prueba, y un interminable desfile de ancianas atravesó el hogar dejando el lamentable recuerdo de su virtuosa inutilidad.
Para mi madre, María era a todas luces una joya; para mí, con la aprobación matriarcal, un ser neutro que dejaba caer
desaprensivamente sus pelos en la sopa. Era yo quien parecía
condenado a encontrar esos delgados hilos de una amarillez
grisácea, sin vida, irritantes. Yo quien sostuve, viniera o no al caso, la necesidad de que María fue tan higiénica con su persona como con todo lo que estaba bajo sus manos. El más ligero olor a transpiración me enferma, puedo sentirlo allí donde simplemente sospecho que existe, y el ajuar de ese ángel no era de los más ricos. Si es posible que se cambiara un vestido blanco azulado por otro azul marino desteñido, me consta que usaba siempre un mismo delantal que la cubría con la generosidad de una bata de baño, humedeciéndose ligeramente en las axilas, prestándole la amplitud del embarazo. El color de esa prenda informe sugería el vómito de un niño “empachado” con frambuesas en leche. María, además, arrastraba al andar sus grandes pies calzados con zapatillas de goma, e insistió durante semanas en llevarme el desayuno a mi pieza a primera hora de la mañana. Terminadas sus labores domésticas, después de almuerzo, solía entregarse, en la cocina, a la práctica del canto, lo cual me imposibilitaba para concentrarme en mi trabajo: todos esos largos y absurdos poemas escritos en una máquina a la que le faltaban varias teclas, destinados a extraviarse con el correr del tiempo. Cierto es que cantaba a media voz, pero sin la menor entonación, oído ni propósito alguno, como lo hace un ciego en una esquina ante el público que no se detendrá a escucharlo cinco segundos. Ni aun como un ciego, por el desinteresado placer de encontrar en sí misma una manifestación de su propia existencia.
Mi interés por ella se me impuso de pronto un día en que -es preciso confesarlo todo en total vulgaridad- volví a casa temprano medio ebrio, tras dos días de ausencia, y no encontré en ésta a nadie salvo a María que estaba encerrada en su dormitorio. Fui allí en procura de alguna información y se me recibió como se me había recibido esa tarde en el limbo, sin extrañeza. Mi familia en masa andaba fuera de la ciudad, en algún lugar de la costa. Volvería al anochecer de ese domingo. Tomé asiento frente a la mujer, decidido a cambiar
con ella cualquier género de impresiones. En otra parte no me
esperaba nadie. La poesía se me aparecía como el más ridículo y vacuo de los ejercicios. Mil veces menos preferible a la prosa de una conversación sin pies ni cabeza. ¿Quién era yo? La imagen aparentemente viva del fracaso: un hombre joven, sin porvenir, ocupado en buscar trabajo con la esperanza y la desesperación de no encontrarlo. María opuso una débil resistencia a mi vista:
-No vaya a ser que lo vean aquí...
-No me verán-
Una respuesta concluyente.
Entablamos un diálogo impreciso, yo quería informarme sobre su pasado; sus respuestas luchaban por arrastrar la conversación al plano impersonal en que una mujer simple puede extenderse en menudencias salpicadas de reflexiones inesperadas. A propósito de no se qué qué banalidad relacionada con un melodrama de cine -yo lo había visto casualmente para matar el tiempo-, observó que, en el fondo, nadie necesita de nadie y que las gentes consiguen interesarse unas en otras para escapar a la soledad. Este paréntesis me hizo sentirme próximo a ella como de un filósofo
existencialista. La sensación de que sus pensamientos eran simples aproximaciones a sus sentimientos, organizados, quizás, para traicionarlos; de que no se interesaba en nada parecido a un melodrama de cine, me invadió de una ternura intolerable. Creí estar enamorado por primera vez en mi vida, de una manera absurda, tan poco convencional como era de desear. María era, en realidad, de una belleza superior a todas las fealdades que pudieran reprochársele, anterior a todos los tipos establecidos por las depravadas costumbres del hombre. Pertenecía a la tierra y al cielo, que es un anhelante fluido terrenal, por iguales partes. Toda nacionalidad e individualidad estaban excluidas de esa gran forma femenina apta para el desconsuelo de la maternidad y la melancolía
del amor. Caía una cálida tarde otoñal con la finura de una hoja
seca. Intenté, reiteradamente, algún alcance y fui rechazado con una firmeza sin violencia. Ni quise entender que, además de leal, María era fiel.
Adquirí la vergonzante costumbre de permanecer en casa la mayor parte del día, acechando la oportunidad de encontrarme con ella a solas. Luego me descuidé completamente, y si no me sorprendieron fue que actuaba con la precisión con que un borracho evita, en último instante, el peligro de ser arrollado por un vehículo. Mientras almorzaba o comía mi familia yo iba a la cocina sin ningún pretexto y era recibido alí por el enemigo pronto a defenderse inexpresivamente y sin ruido. Este estado de cosas se prolongó más de la cuenta. Cuando ya renunciaba al combate, el vencedor me incitaba con su magnanimidad a reanudarlo.
Trató de recordar alguna de esas historias que me refería María como a un niño de corta edad, cuando estábamos pacíficamente solos: No lo consigo sino en parte y pienso que deben haber sido de lo más caóticas. Trataban del diablo y venían de un mundo iluminado por la superstición como una pintura primitiva por los colores del espectro. En una de ellas ese personaje aparecía ante unos niños bajo la forma de un burro y los invitaba a dar una vuelta sobre su lomo. Como ellos no se hicieron de rogar debió manifestarse en escena alguien interesado en que no llegaran al infierno. Y el burro empezaba a hincharse en sentido horizontal como esos globos con aspecto de grandes salchichas. Reventaba por último y en lugar de él una cola se hundía rápidamente en la tierra, despidiendo olor a azufre. Luego, el diablo disfrazado de campesino era engañado por un campesino disfrazado de diablo -o algo por el estilo- en una apuesta en la que el mismísimo demonio perdía su alma. Todo quedaba en nada, y el campesino volvía al infierno restregándose las manos. Pero la extensión de este relato me impide extenderme sobre otros.
Una humillación de primera magnitud puso término mis relaciones con María. La ventana del comedor daba al jardín y de éste no se podía pasar a la cocina sin ser visto desde el interior de la casa; a menos que se lo alcanzase por la puerta de entrada, se lo recorriera por el fondo y se llegara a aquélla deslizándose en cuatro pies por debajo de la ventana.
Ejecute esta difícil operación cierto día en que mi abuela -mujer puntillosa e intolerable. almorzaba con nosotros. Levantarse de la mesa para ir a las dependencias era un comportamiento que le habría arrancado algún comentario. Deprimido al máximum, yo sentía que era blanco ya de una sospecha por demás justificable. Incurrí, pues, en la temeridad más absoluta. Un movimiento en falso, el menor ruido y sería sorprendido en una miserable actitud canina. María, los brazos en jarra, apoyada en el umbral de la puerta de su reino, observaba mis evoluciones, sin expresión ninguna, fascinada, seguramente, por una obstinación superior a la suya.
Cuando llegué a ella y quise besarla, me mantuvo a distancia con una fuerza extraordinaria. Convertido en un pelele, lleno de odio, abandoné la partida y regresé a la casa por donde había venido, como quien desciende al infierno.
Poco tiempo después, sorda a los consejos bien intencionados e interesados de mi madre, María dejó el servicio con destino desconocido. No dijo que iba a casarse ni justificó su deserción en modo alguno. Había tomado, eso sí, la costumbre de pasar us horas libres fuera de la casa, despertando la trivial sospecha de un noviazgo que creímos confirmada el día de su partida. Se despidió correctamente de todo el mundo, hermética, apretando contra su seno izquierdo un paquetito informe. Afuera la esperaba lo precario de su libertad, bajo la forma de una carretela en la que apenas cabían, quejumbrosamente, el viejo catre de bronce, el velador y dos sillas.
Si María era Pochocha, esa tarde debió reunirse con Huacho para siempre curada de toda ambición personal.
III
Inmiscuirse en la niñez de Huacho y Pochoca es otro de los
problemas que debo resolver si quiero dar remate a estas páginas.
Nada más trunco que una historia de amor en la que los personajes, obligatoriamente un poco infantiles, no se muestras siquiera, a la distancia, en su infantilismo, auténtico y cronológico. Si nos han inspirado simpatía los querremos ver cómo eran antes de conocerlos. Por otra parte, su unión nos conmoverá mucho más si reparamos en la infinidad de obstáculos que pudieron impedirla. El primero de todos ellos es el tiempo. Dos niños, separados por una carretera, tienen toda la vida por delante para desencontrarse.
Aunque en el plano de las probabilidades constituyan una pareja de gran interés novelesco. Nos place, en una historia, el hecho de que haya podido ocurrir, en la realidad o en la ficción, a pesar de todo.
Pero éstos son todavía argumentos de los más refutables. Para hablar con sencillez, digamos que entre la infancia y la pasión amorosa hay demasiados lazos para que olvidemos a aquélla en el relato de ésta.
En nuestra jerga, Huacho es sinónimo de huérfano. Una palabra que se ajusta muy bien al menosprecio que, por lo general, la arroja en el tapete. La orfandad de Huacho me parece más que plausible, necesaria. Le viene a su retrato como anillo al dedo, proyecta sobre él una luz que lo individualiza hasta donde es posible. Este ejemplo de unción por la mujer ofrecido al mundo en el escrito de un analfabeto, revela que su autor debió ver reunidos en ella los encantos de una esposa y de una madre. Nos sugiere también una existencia oscurecida por una especie de autopaternidad, ajena a todo aquello que no haya sido estrictamente necesario a la supervivencia; a un niño llevado por sí mismo de la mano lo más lejos posible de cualquier plantel de enseñanza, con el hambre y el sueño a cada lado. Contra eta prehistoria patética se destaca, abiertamente, el carácter feérico de la historia misma.
Huacho pudo nacer de un encuentro fortuito, en un pueblo perdido, de un vendedor viajero y la única camarera del único hotel de la localidad más o menos habitable. Esto ayuda a comprender que haya tenido que pasar a manos extrañas, nada de firmes, a cambio de una módica suma mensual enviada con irregularidad desde incontrolables puntos geográficos. La muerte de la madre lo aclara y lo falsea todo si se la precipita caprichosamente. La ausencia permanente y, por último, la desaparición del padre, en cambio, no tiene nada de imprevisible si se piensa en lo innecesario que puede sentirse un hombre incluso en un hogar de los más sólidos, junto a una mujer que insiste en prolongar un amor arruinado por la rutina.
Pero hasta las más ligeras circunstancias parecen confabularse contra una mujer que se ha cansado de esperar que el momento de la maternidad le llegue por la vía del matrimonio y, en su exasperación, se siente capaz de cargar para siempre con las consecuencias de una aventura.
Este hermoso gesto no es comprendido por sus vecinos, quienes terminan por comunicarle algo de su propio asombro, conmiseración o censura. Si no es muy saludable, termina enferma en toda la forma. Y vienen los malos días en que es preciso tomar una actitud desesperada. Perseguir al esposo furtivo, volver a alguna parte para arreglar algún olvidado asunto de dinero, lanzarse en una nueva vida, incompatible con el ejercicio permanente de la maternidad o algo por el estilo.
Ana, por ejemplo, tenía por única amiga a Claudia; aunque eran minuciosamente diferentes, salvo en su común ceguera para todo lo que no fuese la vida bajo su aspecto más simple, trivial y concreto.
Claudina aceptó hacerse cargo del niño por un impreciso período que pudo, luego, prolongarse indefinidamente.
En ese entonces su paso por la calle principal no arrastraba aún la estela de comentarios que luego dejaría siempre; pero habría podido suponerse que una mujer emprendedora, resuelta y ambiciosa no se iba a contentar con ascender de camarera a dueña de un expendio de licores en una calle que merecía, de sobra, la mala fama. Claudina no demoró en arrendar piezas por hora al precio que quiso en un lugar donde se le hacía sólo la más discreta de las competencias. Después instaló, ya al descampado, un hotel parejero en toda la regla y empezaron sus dificultades con la gente de orden. El local primitivo se convirtió en una casa tan honorable como cualquier otra en la que vivía con su sobrino. Éste no fue aceptado en la escuela pública.
A los diez años, el muchacho huyó, por primera vez, de una casa donde no había sido maltratado en lo más mínimo, para volver a ella sin los dientes delanteros, contra su voluntad, en un silencio que ya no volvió a romper sino en ocasiones excepcionales. Lo encontraron en un pueblo cercano -remoto a sus ojos- donde quiso iniciar una nueva vida con pésimos resultados.
Allí, malquistándose con su protector, el cura, y horrorizando a los vecinos importantes, reunidos en la parroquia un domingo a las doce, se presentó a ayudar misa inimaginablemente borracho. A mitad de la ceremonia había hecho todo lo necesario para que nadie pusiese en duda el estado en que se encontraba y fue arrojado a la calle en medio de la vergüenza, el silencio erizado de toses y el disimulo insostenible de los espectadores.
Tuvo aún tiempo para robar una gallina, mendigar y trabarse en una pelea a piedra con los hijos de una buena mujer que lo hospedó, por unos días, con el propósito frustrado de arrancarle el secreto y entregarlo, personalmente, a su familia. De ello se hizo cargo uno de los amantes de Claudina que debió esperar horas al pie de un árbol donde se había emboscado el fugitivo con la boca ensangrentada. Más tarde se supo que, aproximadamente durante esas horas. Ana se descontaba del mundo de los vivos en un esfuerzo por permanecer en él que no debió extenuarla. Claudina acogió a su protegido sin el menor reproche, resignada a perderlo, la próxima vez, definitivamente.
La biografía de este hombrecillo ofrece nuevos capítulos para el aburrimiento en el que uno termina por caer cuando, para evitarlo, se hace confidente de las vidas ajenas. Pablo no sólo me ha relatado, con gran economía de palabras, por qué y cómo perdió los dientes. Desde la vez en que se le cayó la dentadura postiza, mientras me lustraba los zapatos, hasta ahora, se ha mostrado en nuestros encuentros sistemáticamente locuaz. Sus sórdidas historias contrastan con su carácter, en apariencia, jovial. Mientras observo desde lo alto de ese trono que le pertenece, pero al pie del cual pasa sus días condenado a una suerte de activa reverencia, pienso que en algún punto de su vida ésta debió girar en ciento ochenta grados, impelida por la buena suerte. En la mano izquierda de este anciano, pulcro para su edad y para su oficio, brilla, hasta cierto punto, un anillo de matrimonio. Durante un tiempo imaginé una novela rosa protagonizada por dos viejos al borde de la tumba y creí dar a alguien como Huacho una buena propina. Luego supe, por el propio impostor, que su mujer falleció hace años, librándolo de un peso intolerable. Alguien me ha dicho que mi amigo es conocido en su barrio como un viejo avaro y de mal carácter.
IV
Desde la ventana de mi cuarto que da a un sitio eriazo se denomina, a ratos, un cuadro que se mueve, de sol a sol, con apacible regularidad. Es la vida de una pareja de cuidadores cuyos innumerables hijos la mantienen decentemente unida. El padre es un carpintero competente; la madre, una espléndida lavandera de aspecto saludable. Esa buena gente no dispone de tiempo para preguntarse por el sentido de su empresa ni engolfarse en discusiones bizantinas. Una vez al mes, en los días de pago, el hombre, también obrero de construcción, vuelve a su cubículo ligeramente abrió y le asesta un puñetazo a su mujer, quien lo ha golpeado, a su vez, en la mañana, para arrancarle el sueldo íntegro, cuidándose muy bien de hacerlo en el bajo vientre. Como esta escena se desarrolla entre bastidores, puede suponerse que ella grita únicamente para no herirlo en su orgullo viril. Las gallinas, que durante el día circulan en todas direcciones por la calle, se despiertan y comentan el incidente en su endemoniada lengua bárbara; pero los niños, que asisten a él, seguros de un desenlace feliz que alterará su distribución en las dos camas, aprovechan la ocasión para juguetear en camisa, a la luz de la luna. Es entonces cuando me parece ver en su dimensión real y verdadera a esos pequeños fantasmas pobres y bien alimentados que vuelven a la tierra, como fuegos fatuos, para ensuciarse la cara con barro y pajarear a ras de suelo en alegres idas y venidas. Buena parte de la vida debe ser tan simple como ellos, pero habría que nacer de nuevo, en su pellejo, para que esta observación no fuera sólo cosa de palabras. Tienen el privilegio de una ignorancia que les impide perderlo y en esto hay algo parecido a la sabiduría. Si sus gritos me encuentran despierto y de buen humor, los escucho con una larga sonrisa.
Ciertas relaciones se han establecido entre mi casa y la de los honrados vecinos. Las une un alambre eléctrico, gracias al cual entre ellos han caído en desuso la vela y la lamparilla a parafina. El campesino nos ofrece su prolijidad para poner en regla cualquier objeto inanimado en cuatro patas por módicas sumas formales. Su hija mayor le sirve de emisaria y ella ha tomado personalmente la iniciativa de indicarnos, con toquecitos en la puerta, el momento de recoger el tarro de la basura. Tiene siete años y se prepara para hacer, en diciembre, su primera comunión. Todo el misterio de este sacramento se reduce aquí a una cuestión de vestuario femenino.
Esta virgencilla estará siempre a salvo de toda obsesión que no le venga de una vida apegada a la miseria y a la dicha que se encuentran al alcance de la mano. Su femineidad ha elegido por ella el único mundo posible, en un gesto inmemorial de consagración a lo concreto, anterior al de señalar el cielo con el índice o llevárselo a la frente.
Suelo divisarla entregada, con vocación a sus tareas. Ayuda a su madre en todo y observa, de cuando en cuando, al hombre de la casa, como para alentarlo con una presencia admirativa. Sus hermanos tienen en ella a una madre en miniatura que los acompaña activamente en el juego, con la reserva de la vigilancia. Puede lavarlos, vestirlos y darles de comer, e incluso cargarse el más pequeño a la espalda. A veces hasta los premia o los castiga. En las raras ocasiones en que está ociosa, se sienta púdicamente en un montón de tierra, las manos entrelazadas en la falda., los ojos fijos en un punto muerto. Ningún pensamiento debe turbar esa tranquilidad por la que pasará a vuelo lento algo semejante a la blancura de un traje cosido a mano. Todo el tiempo que va a durar esa existencia debe sentirse en ella como un presente extendido a su alrededor esa existencia debe sentirse en ella como un presente extendido a su alrededor hasta perderse de vista. Ningún secreto, sólo cosas que no se ven a causa de la distancia. Esa niña va a convertirse en mujer en cumplimiento de una vocación profunda, preparada desde siempre para la melancolía del amor y el desconsuelo de la maternidad. He aquí, aproximadamente, la infancia de Pochocha.
V
Nuestros padres se conocían, victoriosamente, en austeros y
altísimos salones de baile ahondados de espejos, en el hoyo de la ópera, en una pista de patinar a la hora del crepúsculo, en una partida de campo, a la salida de
Tenemos los cafés para habituarnos a ver a las mujeres antes de dirigirles la palabra y conocemos sus costumbres antes de acostumbrarnos a ellas. Nos interesan las amistades de nuestras amistades y disponemos de informaciones precisas a su respecto. Las relaciones naturalmente se transforman; pero si no se las traba al azar se las priva de un cierto encanto que es necesario poner en una historia como ésta. Estoy convencido de que Huacho y Pochocha se conocieron por una casualidad, digamos, absoluta. Supe de un ladrón galante que cayó a la cárcel por no huir a tiempo, de la casa en que estaba operando, junto con sus socios. Se había prendado de la sirvienta y perdió un tiempo precioso haciéndole la corte. Un hombre así debe valer, a juicio femenino, su peso en oro; pero tiene algo de bandido romántico que lo pone aquí fuera de foco. Es muy difícil que ese mismo tipo sea capaz de elevarse por encima de una frivolidad de buen tono para escribir en una muralla, a todo color, su nombre y el de su querida.
-Preferible es pensar que Huacho atropelló a Pochocha antes de conocerla íntimamente y tuvo que renunciar por ello a un trabajo para el que no tenía aptitudes: repartir pan en bicicleta. El dueño del negocio lo habría sorprendido, recogiendo por centésima vez la mercancía del suelo, junto a un vehículo que era ya una calamidad con ruedas, para acompañar hasta su casa a una víctima menos furiosa a cada paso. Es una escena de tarjeta postal a la que se le puede poner música de pájaros. El malvado no baja, ni lejanamente, a la palestra, sólo se espera que surja alguna dificultad para que todo siga adelante.
Y allí está, desde luego, la pobreza de los personajes que, ya se sabe, socava a corto plazo los sentimientos más delicados. Sólo puede hacerle frente una imposible vocación de dicha y la absoluta falta de imaginación necesaria para pensar que aquella sólo existe cuando se la comparte con alguien. Como si la dicha no fuera un sueño que hay que soñar despierto, absolutamente privado y mucho más generoso que el oscuro amasijo de dos personas en una y su desaparición en un agujero.
Pochocha diría, por fin, su nombre pila y Huacho cortaría, arañándose los dedos, una flor de plaza pública, como quien saca algo del fondo de sí mismo -pan y cebollas- para ofrecerlo a manos llenas.
Pochocha debió tomarse una nueva fotografía, superior a todas las suyas, con un oscuro designio, en una hierática pose de abandono, y Huacho pudo comprarse con sus ahorros un terno azul con listas blancas y una camisa a cuadros, sabiendo que tendría que empeñar todo ese lujo a corto plazo.
Pochocha seguramente espació sus relaciones con hombres que había conocido en la encrucijada del gran mundo (bailes populares, el zoológico, galerías de cine pobre) para dar vida al cálido fantasma irritante de la fidelidad, y Huacho dominaría sus instintos alguna vez, en homenaje a ella, apretando los dientes.
Etc., etc...
Son cosas por las que todos hemos pasado. Pero, a diferencia nuestra, Huacho encontró insuficientes el cuchillo y el árbol. El suyo es un caso excepcional que transforma todas las reglas. Su anonimato me parece injusto.
VI
Un endemoniado es un hombre que rompe la armonía reinante en el medio en que se mueve, imponiendo un punto de vista nuevo a sus vecinos, abriéndoles los ojos desagradablemente. Entre gente común, un tipo excepcional tendrá siempre algo de alevoso; entre gente excepcional, un buen nombre de los más corrientes podrá oficiar de Mefistófeles sin proponérselo, por el solo hecho de actuar con la naturalidad que le cuadra. Huacho y Pochocha tienen algo de genial. Así, a quien ocasionalmente pudo intervenir en su vida a la manera de un accidente peligroso, con sus grandes bigotes en punta y el rabillo del ojo penetrante, le bastó ser un individuo vulgar al que le concederemos, de paso, unas cuantas líneas.
Imaginar una trama complicada para permitirle alzar su capa al viento, deslizarse en una alcoba femenina amparado por las sombras y desatar los lazos del idilio, es rendirle una justicia que, seguramente, no merece. Basta y sobra con un don Juan de barrio dado al tango, ligeramente envilecido, por el tráfico de drogas, con un vendedor de tarjetas pornográficas aficionado al box, algo relajado en sus costumbres eróticas. Todavía esto es mucho decir.
Piénsese más bien, en uno de esos hombres a quienes la experiencia les ha enseñado que todas las mujeres son iguales, en otras palabras, unas grandísimas putas por las que pueden llegar a sentir una simpatía compadrera y, desde luego, toda clase de estremecimientos voluptuosos. Se obtendrá así una imagen del tercero en discordia en la que todos, menos Huacho, podremos reconocernos y en la que infinidad de mujeres, a excepción de Pochocha y sus congéneres, sabrán encontrar cualquier especie de atractivo.
VII
He visto a una familia levantar su casa alrededor de un gran catre de bronce, en un potrero inundado. He aquí un ejemplo de lo que pudo ser la arquitectura en épocas prehistóricas. La humedad del medio en que se movían los constructores de modo aparentemente perezoso, como peces en un acuario, presagiaba el diluvio. Los instrumentos de trabajo y los materiales de construcción eran obsequio del azar. La vida misma allí parecía haber brotado por generación espontánea, del fluido terrestre, bajo una piedra. Algo les sobraba y algo les faltaba al hombre y a la mujer para constituir una pareja estrictamente humana; por de pronto no eran bien parecidos. Ningún ideal de belleza masculina y femenina habría podido amoldar esa materia de gran grueso, demasiado seca. Aunque vestían con extrema pobreza y sin el menor atildamiento, daban la sensación de andar en cueros, en una desnudez invicta, contra la que simplemente chocaban, impotentes para cubrirlas, sus ropas zurcidísimas.
Pensé que Adán y Eva no empezarían de otro modo su nueva vida, a infranqueable distancia del Paraíso. Todo estaba contra ellos. Sin embargo, pudo tratarse de una pareja de enamorados que, envueltos metafóricamente por una nube color de rosa se entregaban a la tarea de construir su nido, confiados y alegres. Nada me impide pensar -aunque mi despecho por María no llegó a desearle el porvenir más negro y mi simpatía por Huacho y Pochocha aumente por momentos- que no hayan formado éstos la laboriosa pareja del terreno baldío. Un hombre capaz de exponer su seguridad personal por un desconocido e incapaz de manejar una bicicleta, cae, tarde o temprano, en el último círculo del infierno para instalar allí un paraíso a su medida. Si a ese mismo hombre lo acompaña una mujer en todo sin exigirle nada, puede dárselo por perdido: su ambición será igual a cero; no tardará en vivir como los lirios del campo en la medida en que ese género de existencia le está permitido a una criatura de carne y hueso. Mejor sería decir como un cerdo en el barro... Pero antes de permitírselo, un resto de lucidez mental lo obligará a probar suerte en cualquier oficio para el que no se necesite nada más que ponerse a la altura de un burro de carga.
En los alrededores de la estación a que he hecho referencia se reúne, entre otros, un grupo humano de los más típicos. A sus miembros, desnudos de la cintura para arriba, se les puede ver la mayor parte del día tendidos en la vereda, con la espalda apoyada en un paredón, frente a sus respectivos carretones de mano, en una ociosidad que los condena a rascarse los muslos y a desplegar los dedos de los pies.
Es una sociedad que acepta en su seno a cualquier tipo capaz de arrastrarse en dos ruedas de su propiedad el primer peso que se le presente, arriesgándose, en ciertos casos, a una muerte miserable.
Los accidentes tienen lugar en los mejores momentos; cuando nuestro hombre viene de bajada, ligero y liviano como un canguro, olvidando, en los brazos de la velocidad, que no puede frenar su carromato ni librarse de éste llegado el peligro. A la cabeza del vehículo, preso entre las varas y el asidero, debe correr su misma suerte como un centauro la de su parte de caballo. Este tipo de cargadores gusta de trabajar colectivamente, en ciegas y sudorosas filas indias para insultar al unísono a los automovilistas. La solidaridad gremial es entre ellos conmovedoramente incorruptible y entristece pensar que desaparecen uno tras otro, día a día, como los especímenes de una especie perseguida por el hombre. Raramente solicitados ya, se lo pasan la mayor parte del día rascándose los muslos y desplegando, en abanico, los dedos de los pies. Huacho debió abandonar esta alegre compañía en procura de un nuevo medio de existencia que condijera con sus años.
Envejecía junto a él envejecía Pochocha de modo más ostensible. La mujer vive menos que el hombre, es lo normal; muere poco después de haber ganado su batalla para no tener que recordarla hasta el olvido. Quiere llevarse con ella lo mejor de sí misma. Valga esta regla general tan llena de excepciones. Conviene que Pochocha se remonte al otro mundo abandonando en éste a un esposo desconsolado. Es improbable que su nombre, tan ordinario como desusado, se lea en una lápida de emergencia. Tardaría allí menos en borrase que en esa inscripción -obra de Huacho- donde aún lo
retienen los colores de un arco iris descascarado y turbio. Por lo demás, ella se habrá sentido en vida predestinada a la fosa común, compensándola de la natural aceptación de este destino la certeza de burlarlo merced a la memoria irreductible de un viejo. Pero vuelvo al relato.
Imagino así la muerte de Pochocha, Año de vacas flacas. La pareja es incapaz ya de tolerar los rigores de la intemperie y, en un esfuerzo superior a sus economías, ha debido trasladarse a una pieza de conventillo, donde se consumen como dos velas frente a un ánima. No hay en esto ningún melodrama, sino un proceso natural que se cumple en medio de una tranquilidad quebrada por la tos.
Estamos en una jaula en que dos viejas catas de amor se despluman sin advertirlo, entretenidas en picotearse la cabeza. Pochocha ya no sale de casa. Está enferma desde hace años a consecuencia de sus trabajos innumerables. Espera, durante el día, a Huacho, sentada hieráticamente en su desdorado lecho de pirinola, las manos entrelazados en el regazo, los ojos fijos en la distancia.
Suelen visitarla algunas vecinas que le inspiran el deseo de reencontrarse a solas con su marido. Sus hijos, si los tiene, y una visitadora social de ocasión.
Hoy sabe que se va a morir y su impaciencia la llega a agitar débilmente. Si el viejo sigue demorándose no tendrá tiempo para pensar sino en él antes de irse. Y eso sería su último cargo de conciencia: desatender a todos esos fantasmas qaue se apersonan, por un instante, reunidos por fin, aglutinados bajo un mismo techo, para reconciliarse a pedido de los moribundos. Ella, como todos, tuvo alguna vez padre, madre, hermanos. Un hombre no tiene el derecho a usurpar el lugar de todos ellos. La aqueja una suerte de celos por ese espacio vacío -¿cómo era la ciudad?- que atraviesa un vendedor de flores en dirección a ella. ¡Pobre Huacho! Va a seguir viviendo; la traicionará hasta ese punto por el placer de arrastrar los pies; tomar el sol en la ventana y visitar a las amistades que le quedan, tantas como los dedos de una mano. Y, lo peor, no estará ella allí para...
¿Qué?
Piensa si le dirá o no que de esa noche no pasa. Se siente mejor. Le duele todo el cuerpo, pero en lugar de padecer el dolor, lo recuerda.
Puede que mañana, en realidad, sigue viva, y sería tonto romper el encanto de esta última entrevista. Hablarán de todo, de nada. Va a regañarlo por su atraso. Se dormirán a un tiempo mancornados castamente en un abrazo frágil y seco. Y se despierta, despierta.
Pero le va a pedir algo. Cualquier cosa. Quiere de pronto que se le haga una atención definitiva. Tiene hambre. Un hambre entusiasta, fruto de todas las veces que la ha padecido. Cree tener un hambre de días y no puede morirse sin saciarla. Caprichos de vieja, saldos de estoicos embarazos. En un rincón de la pieza se aherrumbra una cocinilla para los casos extremos: suelen cortarles la vianda. Huacho tiene una mano de monja. Habría podido hacer carrera en cualquier bodegón. Todos los elementos indispensables brillan, es claro, por su ausencia. Pero, si mal no recuerda, por ahí cerca hay un almacén y se niega a creer que pueda estar cerrado, ahora para ellos. En cuanto a los pesos, confía en su marido. Suele traer algunos entre el desecho de las flores del fondo de la canasta; y hoy sí que la haría de oro entre el desecho en caso de haberle ido, como siempre, mal en el negocio. Comerán cazuela.
¡Cazuela!
Lentamente entra el viejo a su cubículo precedido por los pasos que le adivina el oído finísimo de Pochocha. El frotamiento de sus grandes pies en los adoquines. Tare su mercancía intacta como una ofrenda funeraria. Pero la mujer ve, cree ver en esto algo parecido al gesto galante de un
novio que acude a una cita amorosa con un gran ramo de flores bajo el brazo. Ha olvidado que en los malos días Huacho se demora en la trastienda de un bodeguero que lo emborracha por piedad, gratuitamente. Ahora, la vida le sonríe a la débil anciana con una sonrisa definitiva, de calavera. Y es posible que abra los brazos extendiéndoselos a su compañero como en los buenos tiempos inmemoriales.
Idílico es también para ella el gesto con que Huacho arroja la canasta al suelo y se precipita como para abrazarla, a trastabillones. En realidad el viejo no atina a nada. Lo agita -lo paraliza- ese miedo infantil por lo desconocido. El agobio del adulto ante lo inevitable: el anonadamiento de la ancianidad llegado el cumplimiento de todos sus plazos.
Pero Pochocha ha retomado por fin el hilo de un romance que se reanuda febrilmente en un rescoldo de palabras entrecortadas. Habla sin ton ni son, en ese lenguaje afiligranado lleno de sub y malentendidos que burbujea, hierve y se volatiliza al calor de íntimas reconciliaciones, como un cocimiento de pompas de jabón.
Luego, embarazada por un silencio que no encuentra va por dónde romperse, vuelve a su idea luminosa. A su capricho.
En medio de la pieza Huacho es un viejo moscardón aturdido que gira en redondo desplomándose, sin saber cómo salir de cualquier parte para entrar a cualquier otra. Se aferra a la primera ocurrencia que se le ofrece y todo su problema se concentra, por un momento, en la preparación efectiva de esa absurda cazuela. No piensa -es incapaz de ello- en recurrir a nadie más idóneo que un almacenero inabordable pasada la medianoche. Su protector duerme en lo alto de una casa hermética, muy lejos de allí; pero tendrá que llegar a él y arrancarle un último servicio. Cueste lo que costare. Cuando Pochocha pierde en su oído los pasos casi livianos de Huacho
-el tropezar- de sus grandes pies en los adoquines-, comprende que ha cometido el error más grande de su vida. Ve en todas partes platos sucios, a medio comer, que se acercan y se alejan de ella, por sí solos, con violencia. En el vacío en que desvaría todo adquiere la blandura de alimentos corrompidos, las sábanas hieden. La tierra misma se licúa, grasa, aceitosa y pútrida, las manos cucharean, el cuerpo es todo boca. Y Huacho... un punto a la distancia. Un punto muerto.
Lo llama sin voz. El catre de pirinola empieza a bambolearse, desatracado, como si se lo llevara la corriente. Ella se alza en un espasmo. Va a caer al suelo, pero ya no lo sabe. Está a salvo de todo peligro.
FIN
miércoles, 13 de mayo de 2009
ENRIQUE LIHN /. PEDRO LASTRA SEÑALEZ DE RUTA DE JUAN LUIS MARTINEZ

..... El sistema de citas y referencias de Juan Luis Martinez no es sólo lingüístico sino semiológico en un sentido amplio; abundan entre ellas las que provienen de la fotografía, de la gráfica propia y ajena, del diseño anónimo con fines didácticos, de la iconografía popular de personajes célebres, etc.
..... Todo libro es temporal, en la medida en que lo datan sus referentes culturales, y es durable mientras lo actualicen las lecturas sucesivas. Nos parece que La nueva novela es el proyecto utópico de escapar a la temporalidad, manipulando esos referentes de las maneras más contradictorias, entre las cuales anotamos:
- la declaración de referentes canónicos, hiperreconocidos;
- el elitismo y la sofisticación de otros;
- el pasaje por las culturas y por las épocas;
- el emplazamiento del sujeto de los textos en el centro móvil de una circunsferencia -el libro- de gran amplitud de radios. Las coordenadas también son móviles. Resultado: la imposibilidad de precisar el punto de intersección de las líneas que constituyen esa trama.
..... La amplitud y complejidad de las referencialidades produce la reducción voluntaria del corpus de lectores, destinados a integrar un tipo de cofradía como la de los abios de Tlön, que repiten su identidad de generación en generación.
..... La producción de dicho tipo de lectores forma parte de este imposible designio de escapar a las lecturas distanciadas que pueden sorprender la temporalidad a la que el libro se niega, acentuándose en su calidad de generador de espejismos. Si la cofradía de lectores producida por el tejido que es La nueva novela se repite a sí misma en el tiempo, se congela la temporalidad del libro. Pero también podría ser que el autor apelara a un lector histórico, atento a los índices temporales, confundiéndolo con trucos de prestidigitador, bombardeándolo con efectos de intemporalidad, forzándolo a reajustar sus fechas una y otra vez.
..... Quienes descreemos de la eternidad -nos contamos entre ellos- tendríamos que trabajar arduamente para contextualizar y temporalizar La nueva novela. Nos limitaremos sólo a ciertas sugerencias.
..... Parece indudable que las lecturas y saberes de los que se alimenta Juan Luis Martínez se extienden a todos los campos en los que el lenguaje fragiliza los criterios de verdad y de realidad, por encima de la presunción de verosimilitud. "No es su verdad sino su aire de verdad lo que constituye el valor de ciertas obras de arte" (M. Riffaterre): Esto -que es demasiado obvio en lo que concierne a algunos falsos silogismos, herencia de la antipoesía inglesa de la que se derivaron productos irregulares en la poesía surrealista- accede a la mayor sutileza cuando J.L.M. responde como un arquero afgano ante su presa vertiginosa y da justo en el jabalí. Es entonces cuando "construye un mundo coherente a partir de NADA, sabiendo que: YO = TU y que TODO es POSIBLE" (p. 33).
..... Dos o tres poemas sobre desapariciones, dispersos en distintas secciones del libro, pero que remiten unos a otros, son el tema de lo que sigue:
..... "La desaparición de una familia", que adelanta en la página 121 del libro tres notas y la promesa de un epígrafe, emerge varias páginas después desde un apartado que cumple la promesa del "Epígrafe para un libro condenado: La política", en la ironía cortante de Francis Picabia: "El padre y la madre no tienen el derecho de la muerte sobre sus hijos, pero la Patria, nuestra segunda madre, puede inmolarlos para la inmensa gloria de los hombres políticos" (p. 135).
..... Existiría una relación de suplemento entre el texto y el epígrafe en el sentido derridiano: el epígrafe es lo que le sobra y le falta al texto. Picabia se refiere a la Patria como madre inmoladora, imagen que desaparece en el poema y es conmutada por la casa. "La desaparición de una familia" hace de la casa lo que Picabia hace de la Patria, otorgándole un derecho amuerte que, en terminos fotográficos, acercaría el negativo a lo real más que el revelado. Todas las características que hacen de la casa un lugar cerrado, acotado y protector, y los trayectos rituales de sus moradores, se espectralizan guardando sus formas. La casa es el mundo como lugar abierto, desprotegido y amenazante, que en lugar de sustraer de los peligros de la existencia los condensa y los especializa, señalándole a cada uno el modo y el lugar específicos de su desaparición.
..... Para mayor abundancia, digamos que la inestabilidad de las señales de ruta ( que se borran, se olvidan, se confunden, no se oyen, siendo que en una casa esas señales forman parte de un código arquitectónico) la desconstruyen conservándola fantasmáticamente intacta.
..... Las impresiones que estamos reuniendo se confirman por las dos voces que se leen -sin producir ningún efecto de oralidad- como textos de un "estilo fantasmal": funcionalmente anacrónicos. La primera vez es como la de un narrador omnisciente de una novela tradicional; la segunda materializa la figura del padre, cuyo registro verbal combina el tono didáctico, asertivo, de mentor y guía, con la inutilidad de un saber paradójico que no resuelve nada (todos desaparecen a pesar de sus advertencias).
..... El efecto de desaparición recorre el poema temática y estilísticamente. En este último nivel, la textura marmórea y sin relieve de la "escritura que habla" refuerza ese efecto.
..... Nos parece que una de las felicidades de este poema disforico proviene de la energía de "bricoleur" de su autor, experto en el arte combinatoria y en la frecuentación submarina de als escrituras con-sagradas y de las lietarturas sumergidas. En el teatro de sombras que es esta casa se entrevén las presencias de Dante, Lewis Carrol, Jean Tardieu, N. Parra. J. Cortazar, los surrealistas, los filósofos del lenguaje y, sin duda, otras que se nos escapan.
..... Esto en lo que se refiere a los autores de occidente, que aportan sus índices de familiaridad; pero parece obvio que el norte de Martínez es el oriente, no sólo por las paráfrasis y citas falsas o verdaderas del budismo Zen, sino por la aplicación de lo que Fenollosa consideraba el método científico de la poesía y del sistema ideográfico de los chinos, por oposición a las abstracciones del pensamiento occidental. El trabajo de J. L. M. está animado por una noción de la "ciencia oriental" que redunda en su forma de hacer poesía occidental: la "nosimismidad" ensimismada del sujeto que habla, que proviene de la oposición "sí mismo"/"no sí mismo". Buda opone la ilusión de la individualidad -el sí mismo, condenada a percibir ilusoriamente el mundo- al no sí mismo como una manera de acceder a la iluminación o a la verdadera sabiduría (en un comentario de esta doctrina se lee que "mientras hay luces y sombras, el principio de la individualidad nos abruma"). De aquí el efecto de transtemporalidad que produce la escritura de J. L. M.: la tentación de lo innombrale, la conciencia de las polaridades, el simultaneísmo de los opuestos, el desasimiento emotivo, la escenificación de la coexistencia de los tiempos como enseña el Avatamsaka (ilustrada en "La casa del aliento").
..... La propuesta de Martínez es la de una autoría transindividual, que quiere superar desde el oriente la noción de intertextualidad según se ha entendido en occidente, donde los textos de base están presentes en las transformaciones del texto que los reprocesa; pero en Martínez ella parece resolverse en la negación de la existencia de las individualidades en la literatura, al hacer fluir bajo nombres distintos una misma corriente, que es y no es él. Recuérdese una frase clave de "Observaciones sobre el lenguaje de los pájaros": "...la eternidad incesantemente recompuesta de un jeroglífico perfecto, en el que el hombre jugaría a revelarse y a esconderse a sí mismo..." (p. 126).
..... Esa frase pertenece a la nota 5 del apartado "Notas y referencias", que tiene por objeto comentar el poema "Observaciones relacionadas con la exhuberante actividad de la 'confabulación fonética' o 'lenguaje de los pájaros' en las obras de J.P. Brisset, R. Roussel, M. Duchamp y otros".
..... En la tesitura del mismo "método científico de la poesía", que hace irrisión de los métodos descriptivos de la ciencia occidental, se elabora una teoría de la comunicación que se pone en duda a sí misma y que socava todo intento de hacer comunicable esa teoría (nos gustaría recordar al lector, en este punto, los versos de Martín Adán que socaban a su vez la comunicabilidad de la poesía: "Poesía se está de fuera: / Poesía es una quimera / Que oye ya a la vez y al dios. / Poesía no dice nada: / Poesía se está callada, / Escuchando a su propia voz". La piedra absoluta.
..... Si tuiviéramos que racionalizar el poema de Martínez, diríamos que el ardid del texto consiste en el empleo de las nociones de lenguaje y de signo retirándole al lenguaje su dimensión semántica y, consecuentemente, al signo uno de sus dos elementos constitutivos: el significado. La transparencia de los signos, dicha en el poema, alude al hecho de que el significante no cubra ningún significado. Recuérdese que la metáfora de F. de Saussure para referirse a los dos constituyentes del signo (significante y significado) es la del anverso y el reverso de una misma lámina. El signo al que se refiere J.L Martínez es un anverso que carece de reverso, y el "lenguaje vacío" es un lenguaje asemántico. Adviértase la complementación contradictoria entre la inanidad del "canto de los pájaros" con la descripción de un lenguaje como sistema cerrado, coherente: malla que es transparente porque carece de significado, pero que es irrompible porque tiene las propiedades de un sistema.
..... Entendemos este poema como una poética referida a todas las artes cuyo lenguaje no es literalmente descifrable: la pintura, la música, la poesía misma, pues lo que dice el poema está en lo que convoca el lenguaje (discurso retórico) y no en su lectura referencial. El poema es una confabulación en la que el lenguaje de la ciencia occidental, oblícuamente empleado, se entreteje con ese orientalismo que hemos mencionado, en un juego de efecto humorístico que explora subliminalmente su problema: decir y no decir. Ante los reclamos de un discípulo de Buda que ha recibido de él las escrituras en unos ejemplares en blanco, Buda responde: "No es necesario que grites. Esos rollos en blanco son las verdaderas escrituras, pero como veo que sois demasiado ignorantes, no habrá más remedio que escribir algo en ellos" (cf. Mariano Antolín y Alfredo Embid, Introducción al budismo Zen: Enseñanzas y textos, Barcelona, Barral Editores, 1974, p. 30. Del mismo libro proceden todas las citas que hemos coleccionado y que agotan nuestro conocimiento del tema).
martes, 12 de mayo de 2009
LA PROBABLE E IMPROBABLE DESAPARICIÓN DE UN GATO POR EXTRAVIO DE SU PROPIA PORCELANA

LA PROBABLE E IMPROBABLE DESAPARICIÓN DE UN
GATO POR EXTRAVIO DE SU PROPIA PORCELANA
a R.I.*
Ubicado sobre la repisa de la habitación
el gato no tiene ni ha tenido otra tarea
que vigilar día y noche su propia porcelana.
El gato supone que su imagen fue atrapada
y no le importa si por Neurosis o Esquizofrenia
observado desde la porcelana el mundo sólo sea
una Pequeña Cosmogonía de representaciones malignas
y el Sentido de la Vida se encuentre reducido ahora
a vigilar día y noche la propia porcelana.
A través de su gato
la porcelana observa y vigila también
el inmaculado color blanco de sí misma,
sabiendo que para él ese color es el símbolo pavoroso
de infinitas reencarnaciones futuras.
Pero la porcelana piensa lo que el gato no piensa
y cree que pudiendo haber atrapado también en ella
la imagen de una Virgen o la imagen de un Buddha
fue ella atrapada por la forma de un gato.
En tanto el gato piensa que si él y la porcelana
no se hubieran atrapado simultáneamente
él no tendría que vigilarla ahora
y ella creería ser La Virgen en la imagen de La Virgen
o alcanzar el Nirvana en la imagen del Buddha.
Y es así como gato y porcelana
se vigilan el uno al otro desde hace mucho tiempo
sabiendo que bastaría la distracción más mínima
para que desaparecieran habitación, repisa, gato y porcelana.
* (La casa de R.I. en Chartres de Francia, tiene las paredes, cielo raso, piso
y muebles cubiertos con fragmentos de porcelana rota).
lunes, 11 de mayo de 2009
Semblanzas Profundas: Recordando a Mahfúd Massís
Semblanzas Profundas: Recordando a Mahfúd Massís
Entonces espantaos, queridos burgueses: un día el arte no será ya necesario señalo profético el Poeta nacional Mahfúd Massís; simbolista, esperpéntico, Rokhiano constructor de letrados Apocalipsis. Massís nació el año 1916 en Iquique.
De origen árabe, de padre palestino y madre libanesa, su obra y vida, enraíza la visión occidental y el mundo de oriente sin dilaciones, sin prejuicios, nutriendo el arte con una discursividad multicultural.
La cosmogonía de espectros poetizados, construye realidades que se hilvanan con la potencia del lirismo, la musicalidad y la imagen grotesca como en un bello cuadro de Rubens.
“Soy Mahfúd Massís, el Esclavo,
el heresiarca de piel negra,
el loco, el desertor, el papanatas helado bajo la nieve.
Escondo mis dientes de cabro, mi cola de rey babilónico,
mientras camino por la ciudad, junto al angosto río.
Entre lívido aceite, mi vieja sombra atrabiliaria
atraviesa las ciénagas,
ladrando a la majestad lunar
con su obscura casaca de muerto”.
(Fragmento. Poema 3 de Elegía bajo la tierra...)
Plagado de barroquismo carnavalesco, el carácter Rabelesiano no consume y agota la obra de Massís, este no vacila y sucumbe ante lo culterano, sepultando lo social. Cruzado por una ambivalencia ética y estética, el escritor supo equilibrar, su quehacer, prueba de ello es su labor como director de la revista Polémica.
El nombre deja establecido de antemano la línea editorial de la publicación. De formato breve, sus páginas eran tributarias de artículos relativos a la contingencia política y cultural. Sociedad y ámbito literario por delante. Preocupaciones que siempre estuvieron sin tapujos, asentados en la intelectualidad que promulgaba Massis. Mente comprometida hasta la medula, visión fuerte, crítica y sin concesiones.
Algunas líneas de su prosa dura pero veraz
Es una gran desgracia que ciertas ideas no puedan reducirse a vulgares hechos de policía para encerrar a su autor en el panóptico de los delincuentes comunes, o arrastrarlo hasta el banquillo por el delito de genocidio intelectual (…) Maldición bíblica para quien exprime en sus bocas el zumo de la vid envenenada, para el negrero que impulsa la prostitución y la muerte construyendo conventillos o incita al crimen, levantando presidios, en lugar de edificios escolares. (De Asesinos de la opinión pública) En Polémica, muchos genios plasmaron su inquietud, los nombres saltan con prominencia de las páginas por ser legendarios en nuestro devenir cultural: : Carlos de Rokha, Julio Tagle, Raquel Jodorowsky, Olga Acevedo, Luisa Anabalón Sanderson mejor conocida como Winett de Rokha, Teófilo Cid y el amigo piedra, Pablo de Rokha. La relación con este último no fue sólo de amistad y laboral, Massís estuvo casado con Lukó de Rokha, pintora destacadísima, recientemente fallecida e hija del gran poeta de Licantén.
LUKÓ: En este gran drama gregario de la vida,
cuando el espanto deposita en mi corazón su huevo obscuro,
levanto los ojos hacia ti,
como una bestia que busca algo
por encima de su condición, flor extranjera.
En este mundo solitario por el
que andamos, caminas junto a
mi por un favor de los dioses
y te seguirá mi pisada negra,
ineluctablemente, aún más allá del
Gran Pantano.
Importante miembro del clan, la obra de Massís maduró al interior de la Editorial llamada Multitud, y en innumerables ocasiones la pluma debió ser defensora de esa estirpe de artistas malditos y denostados por un país que tiende al silencio sepulcral y proselitismo literario. Massís a punto de retornar a su hogar, luego de un largo exilio, falleció en Venezuela, el año 1990.
Oficiando como agregado cultural en la tierra de Bolívar, le fue dada a conocer, la noticia de su exoneración e imposibilidad de retorno. Desde aquella patria adoptiva difundió el arte nacional y denunció como en los tiempos de Polémica, los abusos en contra de sus pares. Lo cual demuestra como en todo su crear, ya sea cultural o político, hay algo de aleccionador, de apelativo y remecedor de consciencias. Sin el burdo tamiz panfletario, Massís reconoce su actitud general contra lo establecido y el deseo de crear un libro que sirviese de bandera a su pueblo. Atravesado por el fracaso y el sino maldito de la humanidad que decae en pasión inútil y fragmentada, añade. (…)Mas sólo fui capaz de producir fragmentos salobres cargados de mi propia humanidad despedazada
Piezas que podemos reconocer desde 1942 cuando publicó Las bestias del duelo y Ojo de tormenta. Luego vendría Los sueños de Caín (Cuentos, 1953), con el obtuvo el Premio Renovación de Ministerio de Educación Pública de Chile ese mismo año prolífico para su carrera fue favorecido con el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile por su ensayo Walt Whitman, el visionario de Long Island.
El cristo de las ratones
En esta piel salvaje de llama y rocío,
de arsénico y perros de Pomeriana,
esta cabeza doliente, oscurecida por la niebla,
es la testa del Rey de los Judíos.
Desde el costado, una piedra escarlata
invade el aire fúnebre del ropero,
la noche húmeda, la noche en que caí en Versalles,
en el fondo de esta estancia como la oreja de un muerto.
Cristo pálido, pudriéndote en la alcoba,
Cristo con el espinazo quebrado,
las ratas te roen con sus verdes espadas,
con sus guadañas de ancestrales tribus.
En el desván, tus huesos desparramados,
tus muslos recogidos como el topacio oscuro,
entre frascos de creta y belladona.
Eres la increíble señal, el duelo irreconocible de los mundos,
Soy una rata más sobre tus tristes ojos,
sobre tu lengua empapada en vinagre ;
rompe por una vez tu orfebrería negra, corre al monte,
y al ácido bagual derriba entre tus patas.
Cristo de la Ratones, Cristo sangriento de la terrible capa,
desciende sobre este fariseo, bebe conmigo una alegre copa,
la copa que romperán mañana tus arcabuces,
esta copa amarilla
en la que bebo hace cuarenta años.
También debemos mencionar Elegía bajo la tierra (1955); Sonatas del gallo negro (1958); El libro de los astros apagados (1965), que obtuvo el Premio Alerce en 1964; Las leyendas del Cristo negro (1967); Testamento sobre la piedra (1971); Llanto del exiliado (1986); Este modo de morir (1988); Antología: poemas (1942-1988) publicado por la Editorial Venezolana Dialit (1990) y Papeles quemados (2001), publicado póstumamente.
Una basta producción literaria que abarcó, fundamentalmente, la poesía y el ensayo crítico, al respecto el investigador literario Nain Nomez, señala “La obra poética de Massis se desarrolla desde una raigambre existencial que privilegia temas relacionados con la muerte, el horror y la angustia, a partir de imágenes y símbolos que aluden a la oscuridad y lo demoníaco. Vinculado a una clara estirpe simbolista, sus metáforas se remontan a los pensadores presocráticos, al Libro de los muertos y a la voz profética de poetas mesiánicos como Dante, Hölderlin, Poe, Rimbaud y Kafka. Retornan también en su obra, los orígenes orientales, palestinos y libaneses, reproducidos en la violencia de las imágenes, la profusión de seres milenarios que atraviesan sus poemas y las reminiscencias ditirámbicas de su verbo. La muerte es el eje del tono angustioso de sus textos”.
Sobre su trabajo el jurista y poeta venezolano, Marco Ramírez Murzi, considerado uno de los grandes de ese país, agrega en el prologo de la antología publicada en 1990 Su poesía, que se levanta ante nosotros como una mano destructora, no es más que una Firme actitud reivindicadora de los principios esenciales del ser humano.
Dejando en claro la figuración trascendente y cósmica que hace el poeta al detallar el caos y la ruinosa condición del ser.
Mahfúd Massís gran escritor nacional que nunca debemos olvidar por la maravilla de sus metáforas y la lucidez crítica de su afilado verbo. Por ello a él este reconocimiento, pues su nombre corona esta segunda temporada de Semblanzas Profundas que cumple con esta nota, 24 ediciones y seis meses de trabajo ininterrumpido en la difusión Literaria y que mejor conclusión, que un fragmento de Palabras en el Muro, prólogo que Massís nos legó, en su libro, Elegía bajo la tierra
Autor: Daniel Rojas Pachas
Publicado en: Cinosargo.
Palabras en el Muro
Cuando el ángel terrible embiste al poeta con su cornamenta obscura, entre la yedra y la sangre, asoma un rostro de asesino pálido, que aplica a la obra de arte su melancólico ojo de vidrio.
Al anochecer se cubre la calva; sueña con los ejemplos “olvidados” del arte de antaño y tiembla su diminuto corazón entre la manada de críticos literarios, ultramontanos y feroces.
!Animales de sangre fría! En su lecho de condenados tosen y espectoran, como muertos a quienes se olvidó enterrar, lampiños e inconclusos, pero severos, como empresarios funerales.
Apiadaos entonces del poeta, “del desarreglo de sus sentidos” (que no es sino una nueva organización de los sentidos), que preconizara un día aquel fascinante piojoso de Las Ardennas, al que nunca pudieron perdonar esos bribones!
Para un mayor conocimiento de las obra del escritor Mahfúd Massís visitar este vínculo.
Visite: http://derokha.blogspot.com/
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