sábado, 4 de abril de 2009

UN MASIVO INTERÉS HA DESPERTADO EN EL MUNDO LITERARIO CONCURSO NACIONAL DE LITERATURA

4/04/2009 11:47:00 p. m.

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UN MASIVO INTERÉS HA DESPERTADO EN EL MUNDO LITERARIO CONCURSO NACIONAL DE LITERATURA


Un masivo interés ha despertado en el mundo literario el Concurso Nacional de Literatura, Premio Lagar, que organiza La Sociedad de Creación y Acciones Literarias Región de Coquimbo (SALC.), —que dirige el poeta, Arturo Volantines— con el Patrocinio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes Región de Coquimbo y el Financiamiento del Gobierno Regional de Coquimbo, que premiará a los escritores de ensayo y a los que cultiven el género poesía.

El Concurso pretende ser un homenaje a nuestra gran poetiza, Gabriela Mistral, reconociendo con una estatuilla y un incentivo económico a los postulantes mejor evaluados en los géneros mencionados, ambos cultivados por ella. Es por eso que este premio, que nace en la Región de Coquimbo, lleva el nombre de la que es considerada la obra cumbre de su poesía.

En este certamen pueden participar todos los chilenos, sin un mínimo ni máximo de edad, aún cuando residan en el extranjero, y los extranjeros con más de diez años de residencia en Chile. Parte importante de los trabajos que se han recibido pertenecen a chilenos residentes en el extranjero, cumpliéndose así uno de los objetivos planteados por la organización y destacado por la misma Presidenta de la República al lanzar el concurso, el pasado 16 de Enero, el cual es integrar a nuestros compatriotas que viven en tierras lejanas pero que mantienen su amor por la literatura y por la obra de Gabriela Mistral, a las instancias que se lleven a cabo en nuestro país para homenajearla.

Además, se han recibido solicitudes de mayor información de los colegios, quienes han visto en el Premio Joven de este concurso una buena forma de incentivar la creación literaria en sus alumnos, sobretodo en estos días en que estamos próximos a celebrar los ciento veinte años del natalicio de nuestra poeta.

Se acerca poco a poco el cumplimiento del plazo para el envío de los trabajos y de este proceso de difusión del Concurso y recepción de las obras llama la atención la gran acogida que ha tenido, especialmente fuera de la Región y del país. Gran parte de los trabajos provienen del extranjero y de distintos lugares de Chile, lo que significa que la Región de Coquimbo región está adquiriendo un nuevo sello, marcado por el incentivo a la cultura.

En los próximos días se nombrará a quienes integrarán el jurado de este certamen y tendrán la importante misión de decidir entre las obras postulantes al galardón, ellos serán importantes escritores latinoamericanos.

El plazo para el envío de los trabajos vence el día 30 de Abril.

Quienes desean mayor información sobre las bases para postular al Premio Lagar la pueden solicitar al correo electrónico premiolagar@gmail.com.



ROCÍO ALCAYAGA MONDACA

SECRETARIA EJECUTIVA

CONCURSO PREMIO LAGAR





viernes, 3 de abril de 2009

"Mientras Regresan"editorial utopía, Santiago, chile, 2008 de Nelly Salas Vargas

4/03/2009 07:22:00 p. m.

Enviado por: Anita Montrosis.

DEL LIBRO “MIENTRAS REGRESAN”, EDITORIAL UTOPÍA, SANTIAGO, CHILE, 2008


Dostoievsky decía que San Petersburgo era “la ciudad más calculada y abstracta del mundo“. Hitler la tuvo sitiada mil días y mil noches. Y nunca pudo tomarla. Quien la hizo ciudad de su corazón. Estudió allí, allí se enamoró, se casó, tuvo hijos fue una modesta desconocida estudiante chilena

Allí la encontré en tiempos que su patria sufría bajo la dictadura gris muerte, que la bañara en sangre cada noche. Ella tenía su pequeña nostalgia. Esa que los brasileños llaman “saudade” se traduce o desemboca en las ganas de decirlo o escribirlo.

Estaba allí estudiando ruso, echando de menos, ansiosa de hablar y escribir en castellano. La palabra estampada en papel sería su confidente, interlocutor, paño de lágrimas y lejano consuelo. Sentir nostalgia no era endulzar el nombre de Chile.

Tiene una conciencia definida de su lengua y le gusta decir lo que anda circulando por dentro, ese dolor reconcentrado. También sabe que, si bien está haciendo su vida en Rusia, en definitiva la patria natal le estará diciendo “vuelve”.

Y un día regresa, con toda su gente. Vuelve dispuesta a expresar lo que tiene adentro, no como una agitadora sino buscadora de poesía. Volvió a un Chile oliente a la sangre derramada. Aquí prosigue la tarea, esa que la obsesionaba por dentro. Sabía que la poesía podía decir la verdad, la congoja, interpretar y dar forma a los sueños de Nelly Salas. Ansía mejorar la realidad, ser partícipe de una visión que aspira a un futuro sin sangre bañando las calles y aumentando el curso de los ríos. Con más sol y más respeto por la vida humana.

Publica su tercer libro Entre dos mundos. Confirma que quiere echar a volar sus secretos, descubrir sus aguas oscuras. Sostiene que el poeta no debe tener miedo de cruzar la noche.

Edmundo Herrera prologa con generosa y pulcra palabra este nuevo volumen, un intento de rescate de lo perdido. Hay un asomo de concierto con palabras. Por allí suelen navegar la perplejidad y la duda.

Nelly Salas es de dos mundos. Y eso no está mal si ello contribuye a completar sus sueños, a la esperanza y a la vida más plena. Digámosle ¡adelante esforzada Nelly!

Ella es de las mujeres del “nunca más”. Ya el amanecer del siglo pasado se estrenó en el horror con la matanza de la Escuela Santa María de Iquique. Nelly no quiere que se olviden los dolores, para no repetirlos. Es lo que deja incrustado en poemas de su libro “Mientras Regresan”. No quiere esos holocaustos consumados por la dictadura feroz. Sí, “Nunca Más”.

Por el Derecho Humano eleva su canto con una página de la memoria. Espera contribuir a que el olvido no desvanezca la historia de los grandes, horribles sufrimientos. Nunca se borrarán de su memoria ni de la de un país entero, digno de mejor suerte.


Volodia Teitelboim

Octubre, 2007

jueves, 2 de abril de 2009

El Pájaro Verde de Juan Emar.

4/02/2009 09:16:00 a. m.

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El Pájaro Verde (Texto completo)

Juan Emar-Diez

Así deberíamos llamar este triste relato. Recurriremos a su origen, si es que hay algo en esta vida que tenga origen.

Pero, ¡en fin!, es el caso que allá por el año de 1847, un grupo de sabios franceses llegaba en la goleta La Gosse a la desembocadura del Amazonas. Iba con el propósito de estudiar la flora y fauna de aquellas regiones para, a su regreso, presentar una larga y acabada memoria al "Institut des Hautes Sciences Tropicales" de Montpellier.

A fines de dicho año, fondeaba La Gosse en Manaos, y los treinta y seis sabios -tal era su número-, en seis piraguas de seis sabios cada una, se internaban río adentro.

A mediados de 1848 se les señala en el pueblo de Teffe, y a principios de 1849, entrando en excursión al Juruá. Cinco meses más tarde han regresado a ese pueblo acarreando dos piraguas más, cargadas de curiosos ejemplares zoológicos y botánicos. Acto conti­nuo siguen internándose por el Marañón, y el 1° de enero de 1850 se detienen y hacen carpas en la aldea de Tabatinga a orillas del río mencionado.

De estos treinta y seis sabios, a mí, personalmente, sólo me interesa uno, lo que no quiere decir, ni por un instante, que desconozca los méritos y las sabidurías de los treinta y cinco restantes. Este uno es Monsieur le Docteur Guy de la Crotale, de 52 años de edad en aquel entonces, regordete, bajo, gran barba colorina, ojos bonachones y hablar cadencioso.

Del doctor de la Crotale ignoro totalmente sus méritos (lo que, por cierto, no es negarlos) y de su sabiduría no tengo ni la menor noción (lo cual tampoco es negarla). En cuanto a la participación que le cupo en la famosa memoria presentada en 1857 al Institut de Montpellier, la desconozco en su integridad, y en lo que se refiere a sus labores durante los largos años que los dichos sabios pasaron en las selvas tropicales, no tengo de ellas ni la más remota idea. Todo lo cual no quita que el doctor Guy de la Crotale me interese en alto grado. He aquí las razones para ello:

Monsieur le Docteur Guy de la Crotale era un hombre extremadamente sentimental y sus sentimientos estaban ubicados, ante todo, en los diversos pajaritos que pueblan los cielos. De entre todos estos pajaritos, Monsieur le Docteur sentía una marcada preferencia por los loros, de modo que ya instalados todos ellos en Tabatinga, obtuvo de sus colegas el permiso de conseguirse un ejemplar, cuidar­lo, alimentarlo y aun llevarlo consigo a su país. Una noche, mientras todos los loros de la región dormían acurrucados, como es su costum­bre, en las copas de frondosos sicomoros, el doctor dejó su tienda y, marchando por entre los troncos de abedules, caobillas, dipterocár­peos y cinamomos; pisando bajo sus botas la culantrillo, la damiana y el peyote; enredándose a menudo en los tallos del cinclidoto y de la vincapervinca; y heridas las narices por el olor del fruto del manga­chapuy y los oídos por el crujir de la madera del espino cerval; una noche de vaga claridad, el doctor llegó a la base y trepó sigilosamente al más alto de todos los sicomoros, alargó presto una mano y se amparó de un loro.

El pájaro así atrapado era totalmente verde salvo bajo el pico donde se ornaba con dos rayas de plumillas negro-azuladas. Su tamaño era mediano, unos 18 centímetros de la cabeza al nacimiento de la cola, y de ésta tendría unos 20 centímetros, no más. Como este loro es el centro de cuanto voy a contar, daré sobre su vida y muerte algunos datos. Aquí van:

Nació el 5 de mayo de 1821, es decir que en el momento preciso en que rompía su huevo y entraba a la vida, lejos, muy lejos, allá en la abandonada isla de Santa Elena, fallecía el más grande de todos los emperadores, Napoleón 1.

De la Crotale lo llevó a Francia y desde 1857 a 1872 vivió en Montpellier cuidadosamente servido por su amo. Mas en este año el buen doctor murió. Pasó entonces el loro a ser propiedad de una sobrina suya, Mademoiselle Marguerite de la Crotale, quien dos años más tarde, en 1874, contrajo matrimonio con el capitán Henri Silure-Portune de Rascasse. Este matrimonio fue infecundo durante cuatro años, pero el año quinto se vio bendecido con el nacimiento de Henri-Guy-Hégésippe-Désiré-Gaston. Este muchacho, desde su más tierna edad, mostró inclinaciones artísticas -acaso transmisión del fino sentimentalismo del viejo doctor- y de entre todas las artes prefirió, sin disputa, la pintura. Así es cómo, una vez llegado a París a la edad de 17 años -por haber sido su padre comandado a la guarnición de la capital- Henrl-Guy entró a la Ecole des Beaux­-Arts. Después de recibido de pintor, se dedicó casi exclusivamente a los retratos, mas luego, sintiendo en forma aguda la influencia de Chardin, meditó grandes naturalezas muertas con algunos animales vivos. Pasó por sus pinceles el gato de casa entre diversos comestibles y útiles de cocina, pasó el perro, pasaron las gallinas y el canario, y el 1° de agosto de 1906 Henri-Guy se sentaba frente a una gran tela teniendo como modelo, sobre una mesa de caoba, dos maceteros con variadas flores, una cajuela de laca, un violín y nuestro loro. Mas las emanaciones de la pintura y la inmovilidad de la pose, empezaron pronto a debilitar la salud del pajarito, y así es como el 16 de ese mes lanzó un suspiro y falleció en el mismo instante en que el más espantoso de los terremotos azotaba a la ciudad de Valparaíso y castigaba duramente a la ciudad de Santiago de Chile donde hoy, 12 de junio de 1934, escribo yo en el silencio de mi biblioteca.

El noble loro de Tabatinga, cazado por el sabio profesor Monsieur le Docteur Guy de la Crotale y muerto en el altar de las artes frente al pintor Henri-Guy Silure-Portune de Rascasse, había vivido 85 años, 3 meses y 11 días.

Que en paz descanse.

Mas no descansó en paz. Henri-Guy, tiernamente, lo hizo embalsamar.

Siguió el loro embalsamado y montado sobre fino pedestal de ébano hasta fines de 1915, fecha en que se supo que en las trincheras moría heroicamente el pintor. Su madre, viuda desde hacía siete años, pensó en viajar hacia el Nuevo Mundo y, antes de embarcarse, envió a remate gran número de sus muebles y objetos. Entre éstos iba el loro de Tabatinga.

Fue adquirido por el viejo père Serpentaire que tenía en el número 3 de la rue Chaptal una tienda de baratijas, de antigüedades de poco valor y de bichos embalsamados. Allí pasó el loro hasta 1924 sin hallar ni un solo interesado por su persona. Pero dicho año la cosa hubo de cambiar, y he aquí de qué modo y por qué circunstancias:

En abril de ese año llegaba yo a París y, con varios amigos compatriotas, nos dedicamos, noche a noche, a la más descomunal y alegre juerga. Nuestro barrio predilecto era el bajo Montmartre. No había dancing o cabaré de la rue Fontaine, de la rue Pigalle, del boulevard Clichy o de la place Blanche, que no nos tuviera como sus más fervorosos clientes, y el preferido por nosotros era, sin duda, el Palermo de la ya mencionada rue Fontaine, donde, entre dos músicas de negros, una orquesta argentina tocaba tangos arrastrados como turrones.

Al sonar los bandoneones perdíamos la cabeza, entraba el cham­paña por nuestros gaznates y ya cuando la primera voz -un barítono latigudo- rompía con el canto, nuestro entusiasmo rayaba en la locura.

De entre todos aquellos tangos, yo tenía uno de mi completa predilección. Acaso la primera vez que lo oí -mejor sería decir "lo noté"; y aun me parece, lo aislé pasaba por mí algún sentimiento nuevo, nacía en mi interior un elemento psíquico más que, al romper y explayarse dentro como el loro rompiendo su huevo y explayán­dose por entre los gigantes sicomoros- encontró como materia en donde envolverse, fortificarse y durar, las notas largas de ese tango. Una coincidencia, una simultaneidad, sin duda alguna. Y aunque el tal elemento psíquico nuevo nunca abrió luz en mi conciencia, era el caso que al prorrumpir aquellos acordes yo sabía con todo mi ser entero, de los cabellos a los pies, que ellos -los acordes- estaban llenos de significados vivos para mí. Entonces bailaba apretándola, a la que fuese, con voluptuosidad y ternura y sentía una vaga compa­sión por todo lo que no fuese yo mismo envuelto, enredado con una ella y con mi tango.

Cantaba el barítono latigudo del Palermo:

Yo he visto un pájaro verde

Bañarse en agua de rosas

Y en un vaso cristalino

Un clavel que se deshoja.

"Yo he visto un pájaro verde...". Esta fue la frase -en un comienzo tarareada, luego únicamente hablada- que expresó todo lo sentido. La usaba yo para toda cosa y para toda cosa sentía que calzaba con admirable justeza. Luego, por simpatía, los amigos la adaptaron para vaciar dentro de ella cuanto les vagara alrededor sin franca nitidez. Y como además dicha frase encerraba una especie de santo y seña en nuestras complicidades -nocturnas, tendió sobre nosotros un hilo flexible de entendimiento con cabida para cualquier posibilidad.

Así, si alguno tenía una gran noticia que dar, un éxito, una conquista, un triunfo, frotábase las manos y exclamaba con rostro radiante:

-¡Yo he visto un pájaro verde!

Y si luego una preocupación, un desagrado se cernía sobre él, con voz baja, con ojos cavilosos, gachas las comisuras de sus labios, decía:

-Yo he visto un pájaro verde...

Y así para todo. En realidad no había necesidad para entendernos, para expresar cuanto quisiéramos, para hundirnos en nuestros más sutiles pliegues del alma, no había necesidad, digo, de recurrir a ninguna otra frase. Y la vida, al ser expresada de este modo, con este acortamiento y con tanta comprensión, tomaba para nosotros un cierto cariz peculiar y nos formaba una segunda vida paralela a la otra, vida que a ésta a veces la explicaba, a veces la embrollaba, a menudo la caricaturizaba con tal es especial agudeza que ni aun nosotros mismos llegábamos a penetrar bien a fondo en dónde y por dónde aquello se producía.

Luego, con bastante frecuencia, sobre todo hallándome ya solo en casa de vuelta de nuestras farras, era súbitamente víctima de una carcajada incontenible con sólo decirme para mis adentros:

-Yo he visto un pájaro verde.

Y si entonces miraba, por ejemplo, mi cama, mi sombrero o por la ventana los techos de París para de ahí pasar a la punta de mis zapatos, esa carcajada, junto con aumentar su cosquilleo interno, volvía a echar sobre todos mis semejantes una nueva gota de compa­sión y hasta desprecio, al pensar cuán infelices son todos aquellos que no han podido, siquiera un vez, reducir sus existencias todas a una sola frase que todo lo apriete, condense y, además, fructifique.

En verdad, yo he visto un pájaro verde.

Y en verdad, ahora mismo me río un poco y recuerdo y compren­do por qué la humanidad puede ser compadecida.

Una tarde de octubre fui de excursión a Montparnasse. Visitando sus diferentes bares por la tarde y sus boites por la noche, y después de suculenta comida, regresé a casa con la cabeza mareada, con el estómago repleto y con hígado y riñones trabajando enérgicamente.

Al día siguiente, cuando a las siete de la tarde telefonearon los amigos para juntarnos e ir de farra, mi enfermera les respondió que me sería totalmente imposible hacerles compañía aquella noche.

Recorrieron ellos todos nuestros sitios favoritos, y entre champa­ña, bailes y cenas, les sorprendió el amanecer y luego una magnífica mañana otoñal.

Cogidos del brazo, entonando los aires oídos, sobre los ojos u orejas los sombreros, bajaban por la rue Blanche y torcían por la rue Chaptal en demanda de la rue Notre Dame de Lorette donde dos de ellos vivían. Al pasar frente al número 3 de la segunda de las calles citadas, el pére Serpentaire abría su tiendecilla y aparecía en el escaparate, ante las miradas atónitas de mis amigos, tieso sobre su largo pedestal de ébano, el pájaro verde de Tabatinga.

Uno gritó:

-¡Hombres! ¡El pájaro verde!

Y los otros, más que extrañados, temerosos de que aquello fuese una visión alcohólica o una materialización de sus continuos pensa­mientos, repitieron en voz queda:

-Oh... El pájaro verde...

Un segundo después, recobrada la normalidad, se precipitaban cual un solo hombre a la tienda y pedían la inmediata entrega del ave. Pidió el pére Serpentaire once francos por la pieza y los buenos amigos, emocionados hasta las lágrimas con el hallazgo, doblaron el precio y depositaron en manos del viejo abismado, la suma de veintidós francos.

Entonces les vino el recuerdo del compañero ausente y, con un mismo paso, se dirigieron a casa. Treparon las escaleras con escánda­lo de los conserjes, llamaron a mi puerta y me hicieron entrega de la reliquia. Todos a una voz cantamos entonces:

Yo he visto un pájaro verde

Bañarse en agua de rosas

Y en un vaso cristalino

Un clavel que se deshoja.

El loro de Tabatinga tomó sitio sobre mi mesa de trabajo y allí, su mirada de vidrio posada sobre el retrato de Baudelaire en el muro de enfrente, allí me acompañó los cuatro años más que permanecí en París.

A fines de 1928 regresé a Chile. Bien embalado en mi maleta, el pájaro verde volvió a cruzar el Atlántico, pasó por Buenos Aires y las pampas, trepó la cordillera, cayó conmigo al otro lado, llegó a la estación Mapocho y el 7 de enero de 1929 sus ojos de vidrio, acostumbrados a la imagen del poeta, contemplaron curiosos el patio bajo y polvoriento de mi casa y luego, en mi escritorio, un busto de nuestro héroe Arturo Prat.

Pasó todo aquel año en paz. Pasó el siguiente en igual forma y apareció, tras un cañonazo nocturno, el año de gracia de 1931.

Y aquí comienza una nueva historia.

El mismo 1° de enero de aquel año -es decir (acaso dato superfluo pero, en fin, viene a mi pluma) 84 años después de la llegada del doctor Guy de la Crotale a Tabatinga- llegaba a Santiago, procedente de las salitreras de Antofagasta, mi tío José Pedro y me pedía, en vista de que había en casa una pieza para alojados, que en ella le diese hospitalidad.

Mi tío José Pedro era un hombre docto, bruñido por trabajos imaginarios y que consideraba como su más sagrado deber dar, en larguísimas pláticas, consejos a la juventud, sobre todo si en ella militaba alguno de sus sobrinos. La ocasión en mi casa le pareció preciosa pues ya -ignoro por qué vías- mi existencia de continua juerga en París había llegado a sus oídos. Todos los días durante los almuerzos, todas las noches después de las comidas, mi tío me hablaba con voz lenta sobre los horrores del París nocturno y me sermoneaba por haber vivido yo tantos años en él y no en el París de la Sorbona y alrededores.

La noche del 9 de febrero, sorbiendo nuestras tazas de café en mi escritorio, mi tío me preguntó de pronto, alargando su índice tembloroso hacia el pájaro verde:

-¿Y ese loro?

En breves palabras le conté cómo había llegado a mis manos después de una noche de diversiones y bullicio de mis mejores amigos y a la que no había podido asistir por haber ingerido el día antes enormes cantidades de comida y de alcoholes varios. Mi tío José Pedro clavóme entonces una mirada austera y luego, posándola sobre el ave, exclamó:

-¡Infame bicho!

Esto fue todo.

Esto fue el desatar, el cataclismo, la catástrofe. Esto fue el fin de su destino y el comienzo del total cambio del mío. Esto -alcancé a observarlo con la velocidad del rayo en mi reloj mural- aconteció a los 10 y 2 minutos y 48 segundos de aquel fatal 9 de febrero de 1931.

-¡Infame bicho!

Exactamente con perderse el último eco de la "o" final, el loro abrió sus alas, las agitó con vertiginosa rapidez y, tomando los aires con su pedestal de ébano siempre adherido a las patas, cruzó la habitación y, como un proyectil cayó sobre el cráneo del pobre tío José Pedro.

Al tocarlo -recuerdo perfectamente el pedestal osciló como un péndulo y vino a golpear con su base -que debe haber estado bastante sucia- la gran corbata blanca de mi tío, dejando en ella una mancha terrosa. Junto con ello, el loro clavaba en su calva un violento picotazo. Crujió el frontal, cedió, se abrió y de la abertura, tal cual sale, crece, se infla y derrama la lava de un volcán, salió, creció, se infló y derramó gruesa masa gris de su cerebro y varios hilillos de sangre resbalaron por la frente y por la sien izquierda. Entonces el silencio que se había producido al empezar el ave el vuelo, fue llenado por el más horrible grito de espanto, dejándome paralizado, helado, petrificado, pues nunca habría podido imaginar que un hombre lograse gritar en tal forma y menos el buen tío de hablar lento y cadencioso.

Mas un instante después recobraba de golpe, como una llamara­da, mi calor y mi conciencia, cogía de un viejo mortero su mano de cobre y me lanzaba hacia ellos dispuesto a deshacer de un mazazo al vil pajarraco.

Tres saltos y alzo el arma para dejarla caer sobre el bicho en el momento en que se disponía a clavar un segundo picotazo. Pero al verme se detuvo, volvió los ojos hacia mí y con un ligero movimiento de cabeza, me preguntó presuroso:

-¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?

Y yo, naturalmente, respondí:

- Servidor de usted.

Entonces, ante esta repentina paralización mía, asestó un segun­do picotazo. Un nuevo agujero en el cráneo, nueva materia gris, nuevos hilos de sangre y nuevo grito de horror, pero ya más ahogado, más debilitado.

Vuelvo a recobrar mi sangre fría y, con ella, la clara noción de mi deber. Alzase mi brazo y el arma. Pero el loro vuelve a fijarme y vuelve a hablar:

-¿El señor Juan Em... ?

Y yo, con tal de terminar pronto:

- Servidor de ust...

Tercer picotazo. Mi viejo perdió un ojo. Como quien usa una cucharilla especial, el loro con su pico se lo vació y luego lo escupió a mis pies.

El ojo de mi viejo era de una redondez perfecta salvo en el punto opuesto a la pupila donde crecía una como pequeña colita que me recordó inmediatamente los ágiles guarisapos que pueblan los panta­nos. De esta colita salía un hilo escarlata delgadísimo que, desde el suelo, iba a internarse en la cavidad vacía del ojo y que, con los desesperados movimientos del anciano, se alargaba, se acortaba, temblaba, mas no se rompía ni tampoco movía al ojo quedado como adherido al suelo. Este ojo era, repito -hechas las salvedades que anoto- perfectamente esférico. Era blanco, blanco cual una bolita de marfil. Yo siempre había imaginado que los ojos, atrás -y sobre todo de los ancianos-, eran ligeramente tostados. Mas no: blanco, blanco cual una bolita de marfil.

Sobre este blanco, con gracia, con sutileza, corrían finísimas venas de laca que, entremezclándose con otras más finas aún de cobalto, formaban una maravillosa filigrana, tan maravillosa, que parecía moverse, resbalar sobre el húmedo blanco y, a veces, hasta desprenderse para ir luego por los aires como una telaraña iluminada que volase.

Pero no. Nada se movía. Era una ilusión nacida del deseo -harto legítimo por lo demás- de que tanta belleza y gracia aumentase, siguiese, llegase a la vida propia y se elevase para recrear la vista con sus formas multiplicadas, el alma con su realización asombrosa.

Un tercer grito me volvió al camino de mi deber. ¿Grito? No tanto. Un quejido ronco; eso es, un quejido ronco pero suficiente, como he dicho, para volverme al camino de mi deber.

Un salto y silba en mi mano la mano del rnortero. El loro se vuelve, me mira:

-¿El señor Ju... ?

Y yo presuroso:

-Servidor de u...

Un instante. Detención. Cuarto picotazo.

Este cayó en lo alto de la nariz y se terminó en su base. Es decir, la rebanó en su totalidad.

Mi tío, después de esto, quedó hecho un espectáculo pasmoso. Bullía en lo alto de su cabeza, en dos cráteres, la lava de sus pensamientos; vibraba el hilito escarlata desde la cuenca de su ojo; y en el triángulo dejado en medio de la cara por la desaparición de la nariz, aparecía y desaparecía, se inflaba y se chupaba, a impulsos de su respiración agitada, una masa de sangre espesa.

Aquí ya no hubo grito ni quejido. Únicamente su otro ojo, por entre los párpados caídos, pudo lanzarme una mirada de súplica. La sentí clavarse en mi corazón y afluir entonces a éste toda la ternura y todos los recuerdos perdidos hasta la infancia, que me ataban a mi tío. Ante tales sentimientos, no vacilé más y me lancé frenético y ciego. Mientras mi brazo caía, llegó a mis oídos un susurro:

-¿El señ... ?

Y oí que mis labios respondían:

- Servid...

Quinto picotazo. Le arrancó el mentón. Rodó el mentón por su pecho y, al pasar por su gran corbata blanca, limpió de ella el polvo dejado por el pedestal y lo reemplazó un diente amarilloso que allí se desprendió y sujetó, y que brilló como un topacio. Acto continuo, allá arriba, cesó el bullir, por el triángulo de la nariz disminuyó el ir y venir de los borbotones espesos, el hilo del ojo se rompió, y el mentón, al dar contra el suelo, sonó como un tambor. Entonces sus dos manos flacas cayeron lacias de ambos lados y de sus uñas agudas, dirigidas inertes hacia la tierra, se desprendieron diez lágrimas de sudor.

Sonó un silbido bajo. Un estertor. Silencio.

Mi tío José Pedro falleció.

El reloj mural marcaba las 10 y 3 y 56. La escena había durado 1 minuto y segundos.

Después de esto, el pájaro verde permaneció un instante en suspenso, luego extendió sus alas, las agitó violentamente y se elevó. Como un cernícalo sobre su presa, se mantuvo suspendido e inmóvil en medio de la habitación, produciendo con el temblor de las alas un chasquido semejante a las gotas de la lluvia sobre el hielo. Y el pedestal, entre tanto, se balanceaba siguiendo el ritmo del péndulo de mi reloj mural.

Luego el bicho hizo un vuelo circular y por fin se posó, o mejor dicho, posó su pie de ébano sobre la mesa y, fijando nuevamente sus dos vidrios sobre el busto de Arturo Prat, los dejó allí quietos en una mirada sin fin.

Eran las 10 y 4 minutos y 19 segundos.

El 11 de febrero por la mañana se efectuaron los funerales de mi tío José Pedro.

Al llevar el féretro a la carroza, debíamos pasar frente a la ventana de mi escritorio. Aproveché la distracción de los acompañantes para echar un vistazo al interior. Allí estaba mi loro inmóvil, volviéndo­me la espalda.

La enorme cantidad de odio despedida por mis ojos debió pesarle sobre las plumas del dorso, más aún si a su peso se agregó -como lo creo- el de las palabras cuchicheadas por mis labios:

-¡Ya arreglaremos cuentas, pájaro inmundo!

Sin duda, pues rápido volvió la cabeza y me guiñó un ojo junto con empezar a entreabrir el pico para hablar. Y como yo sabía perfectamente cuál sería la pregunta que me iba a hacer, para evitarla por inútil, guiñé también un ojo y, levemente, con una mueca del rostro, le di a entender una afirmación que traducida a palabras sería algo como quien dice:

- Servidor de usted.

Regresé a casa a la hora de almuerzo. Sentado solo a mi mesa, eché de menos las lentas pláticas morales de mi tío tan querido, y siempre, día a día, las recuerdo y envío hacia su tumba un recuerdo cariñoso.

Hoy, 12 de junio de 1934, hace tres años, cuatro meses y tres días que falleció el noble anciano. Mi vida durante este tiempo ha sido, para cuantos me conocen, igual a la que siempre he llevado, mas, para mí mismo, ha sufrido un cambio radical.

He aumentado con mis semejantes en complacencia, pues, ante cualquier cosa que me requieran, me inclino y les digo:

- Servidor de ustedes.

Conmigo mismo he aumentado en afabilidad pues, ante cualquier empresa de cualquier índole que trate de intentar, me imagino a la tal empresa como una gran dama de pie frente a mí y entonces, haciendo una reverencia en el vacío, le digo:

- Señora, servidor de usted.

Y veo que la dama, sonriendo, se vuelve y se aleja lentamente. Por lo cual ninguna empresa se lleva a fin.

Mas en todo lo restante, como he dicho, sigo igual: duermo bien, como con apetito, voy por las calles alegremente, charlo con los amigos con bastante amenidad, salgo de juerga algunas noches y hay por ahí, según me dicen, una muchacha que me ama con ternura.

Cuanto al pájaro verde, aquí está, inmóvil y mudo. A veces, de tarde en tarde, le hago una seña amistosa y a media voz le canto:

Yo he visto un pájaro verde

Bañarse en agua de rosas

Y en un vaso cristalino

Un clavel que se deshoja.

Mas él no se mueve ni pronuncia palabra alguna.

Fin


martes, 31 de marzo de 2009

Cartas a Viviana

3/31/2009 11:26:00 p. m.

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Cartas a Viviana

por Rodrigo Ramos Bañados.


-Recuerdos para la vivianita que en paz descanse. Roly.

Las animitas pueden describirse como oratorios populares que cumplen como intermediario entre lo terrenal y lo sobrenatural. Entonces el fallecido -casi siempre en terribles circunstancias- y motivo de la animita rogará a los espíritus mayores dónde esté, en este caso en el cielo, por la buenaventura de quien pide. Estas creencias parecen más agudas en contextos de supervivencia o de pobreza. De ahí el culto a los santos o a las animitas en Alto Hospicio.

-Hola Viviana: te quiero decir que me disculpes por dejar este desastre el otro día. Ojalá a ese viejo culiao que te violó y te mató que le hagan lo mismo en la cárcel. Chao.

-Dejo este recuerdo a la Vivi que no conocí, pero te pido un favor CUIDAME EN HOSPICIO. El Puente Juan.

-Hola Viviana, soy yo de nuevo, el Fabián. Vine con unos amigos y vamos a subir el cerro como siempre bueno te pido que nos cuides y que no nos pase nada. Chaooo. Fabián.


En Alto Hospicio llamar a Dios cuesta una osito de peluche o alguna muñeca. Las intermediarias son las chicas asesinadas por el sicópata Julio Pérez Silva –quien cumple reclusión perpetua en la cárcel de Acha, Arica-. En este contexto maniqueo, Pérez Silva es el demonio por el acto de asesinar y violar a una decena de chicas aprovechando el contexto de la pobreza extrema y la soledad desierto como el mesón de la carnicería.

-Hola, somos la Nicole, la Evelyn y el Tata que siempre te vienen a ver. Sabes nos sentimos medios ajenos porque no te conocimos y habría sido un dolor muy grande haberte conocido y yo y mis amigos te deseamos lo mejor estés donde estés y si puedes te vamos a pedir un favor. Nuestras vidas no han estado del todo bien ya que hemos estado un poco solitarios emocionalmente y no hemos sido responsables con nuestros deberes terrenales, queremos poder terminar nuestros estudios y queremos que todo nos salga bien. Bueno, puedo agregar que yo por mi parte no creo en los milagros, pero por si acaso. Sin más palabras, con harto cariño y patudez, nosotros, jajaja

-Hola, nosotros te vinimos a ver desde Santiago, estamos aquí escribiéndote estas líneas, esperando que tu alma esté con nuestro señor, Adiós.


-Hola, que tu alma esté con Dios y espero que así sea. Que Dios te bendiga y protega a mi hijos desde el cielo y a mi familia, que por medio de ti, Dios nos cuide.

Viviana Garay fue una más de las víctimas del sicópata de Alto Hospicio, caso que conmovió a Chile en . Cuando subió al vehículo de Pérez Silva, Viviana Garay, como las otras chicas, estudiaba en el Liceo de Alto Hospicio. La desaparición de Viviana marcó el antes y después en este caso, pues su padre, hoy concejal de Alto Hospicio, realizó intensas gestiones para cambiar la versión de la policía respecto a que las chicas integraban un red de trata de blancas. Posteriormente un confeso Julio Pérez indicó el lugar donde estaba el cuerpo de Viviana. Hoy el lugar está transformado en una animita en medio del desierto. Desde la animita extraje, a modo de préstamo, uno de los cuatro cuadernos donde se pueden leer peticiones e historias.


-Hola Viviana. Aquí estoy con mi esposa y dos de mis 11 nietos, Maykol y Abraham. Ellos hace meses que no vienen a verte porque estaban viviendo en Iquique. Ahora están con sus abuelos aquí en la pampa. Te traigo agua, nos es mucha, pero alcanza para regar las plantas. Ayúdame Viviana en conservar mi trabajo y yo siempre vendré a visitarte hasta el día que Dios nos recoja y deje esta vida. Bueno Vivi debo retirarme y para la próxima traeré más agua.

-Viviana hoy quisiste que conociéremos donde estaban tus restos porque aunque tu cuerpo no esté aquí, tu alma descendió. Dios de perdón a quien te hizo esto porque su alma no está tranquila, pero la tuya sí, porque estas con Jesús-.

Es difícil hallar la animita de Viviana, a pesar de que está ubicada a alrededor de 800 metros del radio urbano –sector La Negra, de Alto Hospicio-. De la nada surge un sofá de los años 80 y después un montículo amorfo, a simple vista, que luego se descompone en 50 o más peluches desteñidos por el sol. Los peluches y los cuadernos –ásperos al tacto- ya adoptaron esa textura de corcho. El barniz amarillo de la soleada está en todos los rincones de este santuario de cartón y a corta distancia, parece un camuflaje que puede hasta desviar la ruta hacia los precipicios que dan hacia la costa. El jardín es de flores amarillas, todas de plástico; luego la tierra deja ver botellas vacías de agua y latas de cerveza. La cruz cierra los ángulos.

-¡Hola Viviana! Al fin llegué con mi esposa, pero ahora no traigo a mis nietos. Te traigo más agua que la vez pasada. Gracias Viviana porque aún sigo con trabajo ¿Sabes? Votaron a cinco serenos que llevaban más de 1 año trabajando y me dejaron a mí que el 13 del presente recién cumplo dos meses ¿Qué tal? Mientras yo esté trabajando siempre vendré a visitarte, y el día que me despidan visitará a tu padre para que me ubique en alguna parte de la municipalidad ¿Qué te parece? Bueno hija, yo ya me estoy retirando y vendré la próxima semana. Chao ¡Acompañame!

-Hola Vivi, recién vine a conocer dónde estás tú en tu grutita. Te pido de corazón que ayudes a mi familia y mis hijos para que se arregle mi situación con mis hijos. Gracias.

-Yo vine a visitarte porque deseaba saber donde te hicieron daño. Te recordamos con mucha tristeza y a la vez que se haga justicia por el daño que te hicieron y cuida a todas las niñas. Con Cariño, Claudia, Valeska, Gabriela, Carmen y María.

La tapa del cuaderno está quemada por el sol. Fue un cuaderno universitario, marca Torre. Lo elegí al azar entre los cuatro de su tipo que había. Todos los escritos redundaban en lo mismo: peticiones y saludos. Lo que sale de lo común en lo escrito, por lo menos, en este cuaderno, es la introducción de una obra de teatro –tipo cuento negro- para posteriormente desembocar en ordenamiento de dramaturgia. Son 30 personajes que viven en la población Santa Amalia, uno es el negro Juan, microtraficante de la zona y los otros dos personajes son el cuchilla, peligroso delincuente acusado de homicidio y el otro personaje es el choro nene, fiel acompañante del cuchilla, tiene cargos por transporte y consumo de droga y el último personaje es Aquiles, reconocido microtraficante del Norte de Chile.

-Hola Vivi, te pedimos que nos cuides de la gente mala de este mundo. Dile a mi padre que siempre lo amaré y cuidaré a mi madre como él lo quería. ¡Tu muerte no fue en vano! Nos veremos en la otra vida. Danos mucha suerte. A mí y tu tía. Maritza Garay y Manuel.


“Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”, epitafio de Miguel de Unamuno.




lunes, 30 de marzo de 2009

Nota preliminar, por P. L de Al bello aparecer de este lucero.

3/30/2009 10:20:00 p. m.

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Nota preliminar, por P. L de Al bello aparecer de este lucero.

noticia preliminar*


Al bello aparecer de este lucero es, en un cierto sentido, un primer libro de Enrique Lihn. Afirmación desconcertante para sus lectores de Hispanoamérica que han leído muchos otros del autor en sus lugares propios, pero en la que debo insistir porque este libro es el primero en las condiciones actuales: las del ingreso de este poeta en el ámbito hispanoparlante de los Estados Unidos, casi otro país cuyas cercanías y diferencias son sin duda algo más que la suma o laresta de las cercanías y diferencias que hacen posible el diálogo de un espacio y un texto, en un sitio y en un tiempo específicos.


Hay también otras razones para reducir la afirmación inicial. Deja intocada esta evidencia: E. L. es conocido en USA a través de numerosas traducciones en revistas y libros, el último de los cuales y — el más abarcador — es The Dark Room and Other Poems, editado por New Directions en 1978. Pero no es ése el tipo de difusión al que me refiero en el párrafo anterior.


E.L. es uno de los poetas actuales más importantes en lengua española. De esto vienen dando cuenta, desde la década del sesenta, las antologías más exigentes, las revistas especializadas que solicitan y acogen reseñas y ensayos críticos sobre su trabajo, las diversas ediciones que se suceden en Chile, en México, en el Perú, en España. Los premios recibidos y esas otras formas de reconocimiento que son las becas de fundaciones extranjeras indican asimismo un consenso valorativo.


* Por su interés informativo, se reproduce la nota de Pedro Lastra a la primera edición,

publicada en 1983 en Hanover New Hampshire, por Ediciones del Norte (N. del E.)


En 1966, E.L. obtuvo el premio Casa de las Américas por Poesía de paso, un libro escrito cuando era becario de la UNESCO. En un orden parecido de azares favorables, una nueva estadía del poeta de paso en New York como becario de la Guggenheim Foundation coincidió con la edición antológica de New Directions. Ese mismo año escribe A partir de Manhattan, un volumen con el que la Editorial Ganymedes se asoció al año siguiente a la celebración del cincuentenario de E.L. Los testimonios de este suceso del exilio interior fueron recogidos en Derechos de autor (1981), un libro manufacturado de considerables proporciones, simultáneo en su aparición y desaparición (la tirada de ochenta ejemplares estaba destinada a los amigos literarios de E.L.)


En cuanto a las antologías, no es fácil nombrar una que omita la presencia de E.L.: los lectores avisados de la poesía hispanoamericana tendrían un fundado derecho a disentir de tal improbable omisión.


Y entre las compilaciones significativas en otras lenguas debe mencionarse aquí 16 poetas hispanoamericanos, publicada en Atenas por Rigas Kappatos (1980).


Como narrador, el cuentista de Agua de arroz (1964) ha vuelto a la prosa en el pasado decenio con novelas decididamente experimentales, en las que el lenguaje se representa a sí mismo distribuyéndose los roles que la tradición ha asignado a los personajes y a los acontecimientos. Las define bien el título de la última: El arte de la palabra (1980). Como ensayista sobre temas literarios no sólo interesan los artículos y notas que E.L. publica con frecuencia en Hispanoamérica y en USA. Considero legítimo incorporar en este rubro al conversador y remitir a un libro que lo confirma: mis Conversaciones con Enrique Lihn (1980).


La esquemática figuración del quehacer de E.L. que he intentado esbozar para los lectores de Ediciones del Norte debe completarse con otras observaciones. Me las sugiere la disposición misma del diario de poemas que es Al bello aparecer de este lucero. Los días intercambiables que lo conforman me inducen a la anotación marginal, asistemática. Un resumen de la idea motivada por el diario: lectura en movimiento suscitada por un conjunto de textos que en este caso no podrá detener la materialidad del libro que lo contiene. E.L. nos empezó a familiarizar con estos procedimientos desde Poesía de paso, diario de viaje o registro de situaciones, que al verbalizarse como respuestas fragmentarias e inmediatas a los estímulos y provocaciones de lo desconocido abrían el espacio de un paradojal reconocimiento: el que alcanza una mirada oblicua, distanciada y ajena, para la cual la percepción de un lugar produce lamemoria del mismo. Una primera vuelta de tuerca, en la que se revela entonces una diferencia: las fascinaciones del viajero encubren las tentaciones de una instalación imposible fundada en un saber negado de antemano. Porque el poeta de paso no conocerá nunca los lugares de que habla: se limitará a recorrerlos. Sus andanzas "dan cuenta más bien de un cierto desarraigo, que se extiende a la propia existencia sentida como un viaje". (E.L., Conversaciones).


"El viaje es un cambio de escenario que corrobora la persistencia del sujeto que viaja", agrega E.L. Y así lo sentimos en los variados espacios que sus libros parecen escribir, pero en los cuales sorprendemos de pronto a un sujeto que es escrito por ellos, circunstancia insinuada en los títulos al determinar las menciones espaciales con ciertas marcas —ambiguas— de ruptura de la univocidad: Escrito en Cuba (1969); París, situación irregular (1977); A partir de Manhattan (1979); Estación de los Desamparados (1982). Creo que París, situación irregular ilustra con plenitud la eficacia de estos modos escriturales de E.L. y las proyecciones logradas.Carmen Foxley describió en su oportunidad esa escritura en un estudio ejemplar, modestamente titulado "Prólogo", y al que deberá regresar sin tardanza el lector cuidadoso. Porque cambiando lo que hay que cambiar (actitud que esa clase de lector siempre está dispuesto a asumir), advertirá que el diseño del diario de viaje, dibujado con tanta precisión por Carmen Foxley en su lectura de aquel libro, traza también algunas líneas aplicables al diseño de este diario de poemas. Otro dibujo, desde luego, pero de un sujeto igualmente "en situación irregular" con respecto al asunto que genera el discurso de Al bello aparecer de este lucero. Resumo los avatares de la escritura de E.L. en los últimos veinte años, tomando de más atrás la corrida.


La pieza oscura (1963) explora centralmente "la relación entre la memoria y el lenguaje poético, algo así como una misma actividad que se desarrolla en planos homólogos" (E.L. Conversaciones). En particular el poema que da título al libro y los de la serie que se despliega allí como una constelación, manifiestan una imposibilidad del sujeto reminiscente o evocador en busca de un tiempo perdido: la infancia sólo existe gracias a la memoria en un presente que es el texto. Ese viaje es ilusorio: no hay más infancia ni más tiempo pasado que los que produce la memoria en el lenguaje. Comprobación sombría, pero que tiene su contrapartida en el mismo carácter ilusorio del rescate: una forma del deseo, un desquite contra la ominosidad de lo real.


De modo semejante, o mejor, homólogo, se constituye el viajero denodado que discurre por Poesía de paso y los otros libros (escenarios) de ese género. Sus desplazamientos se resuelven como desencuentros que originan un discurso antiutópico, corrosivo, disfórico, crítico de sí mismo y del contorno que registra sin la menor complacencia.


Una imagen une, para mí, la figura de ese viajero con la del personaje que habla en La musiquilla de las pobres esferas (1969): la muerte de los coribantes y el eco —ahora sólo un ruido— de la música a cuyo son realizaban sus movimientos "descompuestos y extraordinarios". Ese ruido es el sonsonete vacuo, la lira envilecida que Waldo Rojas sintió fluir por la única y desvencijada ventana que acaso persiste de la luminosa caverna de Blake ("Nota preliminar" a La musiquilla...).


Al bello aparecer de este lucero puede leerse como un entramado de las varias direcciones recorridas por E.L. hasta llegar a este punto. Pero como un entramado no es una suma, se trata aquí de una resultante singular y extrema respecto de algunos procedimientos puestos en práctica en los libros mencionados, y no sólo de poesía (téngase presente una vez más El arte de la palabra). Recurrencias y resonancias de diversos lenguajes —prestigiosos y llanos— sustentan la escritura de un emisor supuestamente instalado en una seguridad. Este hablante cree o simula creer mientras escribe su pasión que eso y no otra cosa es la literatura. Doble seducción: la de un referente (posible) que lo atrae hasta el borde de un vacío que desearía llenar, y la de un distanciamiento que lo niega mediante el reenvío irónico a la literatura. De ahí el juego de intertextualidades (el título del libro procede de un poema de Fernando de Herrera), al que no es ajeno la obra anterior de E.L.: como un eco del verso "una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies" (de La musiquilla...) surge esta anotación en un poema presente: "esa misma muchacha a quien amé / en silencio hace cosa de cien años".


De manera parecida: "Un gran amor, la perla de su barrio / le roba el corazón alegremente /para jugar con él a la pelota" (de La pieza oscura) prefigura o recuerda prospectivamente estos versos actuales: "El corazón partido en dos por un mordisco / palpitaba melancólicamente por ti y alegre...". Intertextualidades reflejas. A lo largo del libro, el sujeto que describe este cortejo erótico compara su experiencia con la de otros sujetos textuales (desde la poesía medieval a Neruda, pasando por Sade y Masoch), sin advertir que esos sujetos, anacrónicamente, también podrían reconocer la suya en Al bello aparecer de este lucero. En el círculo (descentrado) que es el acto literario escenificado en este libro, el hablante distancia la experiencia propia remitiéndola a textos ajenos que lo devuelven a ella y lo inscriben en la dilatada escritura de la poesía amorosa. El lector descubre que —como ocurre a menudo en este género— esa comunicación privada con una destinataria única solapada en el artificio de las atribuciones, citas y referencias que se trenzan a veces con el improperio, es en última instancia la coartada consustancial al arte de la palabra:


"Todo está hecho de palabras

no te asustes: son tropos: pavoneos de nada.

Por ti y no de ti está hecho el poema".

P.L.

Santiago de Chile, julio de 1983.




domingo, 29 de marzo de 2009

Hacia una interpretación Lihn-güística de La realidad no es verbal

3/29/2009 11:06:00 p. m.

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Lihn y el descreimiento de la realidad verbal

En el poema “La realidad no es verbal” publicado en el libro “Al bello aparecer de este lucero” , desde el título de la pieza, Enrique Lihn nos plantea el dilema de la incomunicación, la trampa que el lenguaje constituye para el ser y lo agotador de este mecanismo abismal. Hablar cansa (…)(cansa el cansancio de decir esto mismo)

La redundancia en este fragmento transcrito expone gráficamente la inutilidad y spleen que el poeta siente hacia su propia labor y hacia el proceso lingüístico y comunicativo en general. El comprender todo por medio de la palabra, el tener que definir y asir sus sentimientos de abulia bajo el término abulia, implica subsumir su realidad interna y los efectos con el medio a algo tan reduccionista como un concepto, una acepción.

La hiperconsciencia que le permite reconocerse precario presa de un juego infinito, lo sume en un derrotero asumido como: Las víctimas de una falsa ciencia / los practicantes de una superstición

El poeta remata la idea, dirigiendo su arpón de obseso Ahab a la gran ballena fantasmal – la ciencia del lenguaje – el verbo, los adjetivos, adverbios y complementos (siempre se habla de nada) arguye el autor para concluir siguiendo la idea de la semiótica como una teoría de la mentira

el verbo ir y como complemento
un lugar que no hay — aunque se diga — (…)
— lo dice la gramática — la dirección del movimiento
reducido, también, a un simulacro.


En otras palabras, este texto, paradigmático de la poética del descreimiento y la desmitificación de Lihn, nos remite a los escépticos clásicos a Gorgias (Oriundo de Leontini (Sicilia), se estableció en Atenas hacia el año 427) y sus postulados expresados con toda firmeza en su escrito Sobre el no ser o De la Naturaleza, en sus tres célebres principios:

«Nada existe.»
«Si algo existiera, no lo podríamos conocer.»
«Y, si lo pudiésemos conocer, no lo podríamos comunicar.»

Por ello, sometido el problema a una retórica de la reducción del lenguaje podemos, poner como ejemplo simple, el árbol, la realidad que conocemos y llamamos árbol, no es tal. Arbitrariamente la hemos nominado así con morfemas y fonemas, reduciendo lo concreto a un mero consenso y categorías relacionales, campos semánticos y aires e familia que se oponen o complementan.

La utilidad del decir, es por tanto una urgencia fenomenológicas que como especie hemos propiciado para captarnos y captar al otro desde lo racional lingüístico, topándonos con una maquinaria de acuerdos que es anterior a nuestra consciencia, se origine esta como parte del delirio de masas, la automatización del saber, la transmisión genética o la imposición de una realidad en términos de Kristeva y Lacan, simbólica. Normalización que mutila el contenido semiótico privilegiando un continente seguro y específico que nos permite como instrumento condicionar y aprehender la existencia y sus posibilidades tornándolas certezas.

De las palabras se retira el ser
como de la crecida inminente del río
los animales que, realmente, lo saben
a diferencia de los orilleros humanos


Estos versos del texto, exponen la urgencia de nuestra lógica, humana muy humana que procura ordenar, escindir y objetivar todo cuanto nos rodea y sorprende, compone, afecta y desconcierta, sometiendo el caos de lo tangible y con mayor razón lo abstraído y sensorial con discursos, conceptos, normas y mitos virtuales.

“ficciones y textos que uniforman al sujeto”

El siguiente verso, complementa la idea del lenguaje como río y ahogamiento

como el famoso camarón nos dormimos
virtualmente ahogados en la nada torrencial
Incapaces, incluso, de saber qué corriente
y hacia dónde nos lleva


Esto podemos verlo a los ojos de uno de los grandes descreídos y nihilistas del pensamiento occidental, filósofo de aforismos abierto a la heterogeneidad y derrumbe de ideas fuertes y gregarias. Nietzsche en de Aurora plantea:

LAS PALABRAS NOS OBSTACULIZAN EL CAMINO. Siempre que los hombres de las primeras épocas introducían una palabra creían haber realizado un descubrimiento, haber resuelto un problema. ¡Qué error el suyo! Lo que habían hecho era plantear un problema y levantar un obstáculo que dificultaba su solución. Ahora, para llegar al conocimiento, hay que ir tropezando con palabras que se han hecho duras y eternas como piedras, hasta el punto de que es más difícil que nos rompamos una pierna al tropezar con ellas que romper una palabra.

Al final la preocupación y desasosiego esencial del poema “La realidad no es verbal” confronta la crisis de la razón, de la mecanización y automatización de las ideas a través de los códigos lingüísticos y sus teorías y desde luego lo con ellos se compone, los grandes discursos de occidente en nuestro caso la filosofía, religión, ciencias y política, que dejan al sujeto en quiebre, fragmentado y conquistable. Una subjetividad hundida en el torrente léxico y sintáctico direccionable ante el poder, ante la verdad, si cabe hablar de ella.

Lihn plantea el problema más antiguo y señala desde un pensamiento postmoderno como decadencia o modernismo tardío lo siguiente: esta corriente / hacia dónde nos lleva / si todavía cabe pensar en un sujeto

En cuanto al remate del texto Tú y yo hablamos del amor. Abierto y anticlimático, este nos presenta otra de las esencias de la poética Lihniana, el amor o más bien el desamor; estableciendo un potente vaso comunicante con la crisis del hombre para lograr una real comunión entre sujetos. Entrometido el lenguaje si entendemos el amor de forma consciente e inconsciente como un concepto, como una realidad creada en el mero decir, todos los barcos están quemados posicionando al hablante en una soledad ontológica y hermetismo de desesperación en que el verbo hablar Tú y yo hablamos del amor. Remite a todo lo expuesto, el spleen, el escepticismo, el derrotero e incapacidad de una realidad simbólica en que un beso gramaticalmente entendido como beso. (Del lat. basĭum, voz de or. celta).

1. m. Acción y efecto de besar.
2. m. Ademán simbólico de besar.

O una caricia definida fuera del gesto, de las posibilidades semióticas ambiguas e inciertas de una sensibilidad no coaccionada perfila el amor como una suma taxonómica de la RAE: limpia, fija y da esplendor

La realidad no es verbal

Hablar cansa: es indecible lo que es
Como se sabe: la realidad no es verbal
(cansa el cansancio de decir esto mismo)
De las palabras se retira el ser
como de la crecida inminente del río
los animales que, realmente, lo saben
a diferencia de los orilleros humanos
Somos las víctimas de una falsa ciencia
los practicantes de una superstición:
la palabra: este río a cuya orilla
como el famoso camarón nos dormimos
virtualmente ahogados en la nada torrencial
Incapaces, incluso, de saber qué corriente
y hacia dónde nos lleva
si todavía cabe pensar en un sujeto
el verbo ir y como complemento
un lugar que no hay — aunque se diga —
en el adverbio donde y el hacia qué denota
en el hablar de nada (siempre se habla de nada)
— lo dice la gramática — la dirección del movimiento
reducido, también, a un simulacro.
Tú y yo hablamos del amor.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Poeta Enrique Lihn