martes, 17 de marzo de 2009

Muestra de Revista Vomitiva

3/17/2009 08:28:00 a. m.

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Revista vomitiva, es un proyecto literario creado por Dennis Páez, Raychel Stupór, Cesar Astudillo y Luis Mondaca.todos pertenecientes a la carrera de castellano y filosofía, a excepción de raychel que es licenciada en español y escritura creativa en USA. La revista expresa la afición a las artes visuales como literarias de sus integrantes, entrelazando la expresión artística del diseño con la expresion poética propiamente. Junto con la promoción y difusión literaria, trabajan en un proyecto llamado PLUMA, que busca expandir las letras generando Prácticas Literarias entre Universitarios, Menores y Adultos.




lunes, 16 de marzo de 2009

Estrenamos el tercer número de la revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

3/16/2009 12:25:00 p. m.

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Tercera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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Segunda edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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Estrenamos la primera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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domingo, 15 de marzo de 2009

José Donoso: Una Señora

3/15/2009 10:43:00 p. m.

José Donoso Una Señora

Para Marta Gilbert



No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía, cuyo recorrido desconozca y pasear así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de los echos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observe entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquilllo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraido que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.
Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultan a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:

-¡Imposible!

La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la

Señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarme en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrío un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?... Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.

A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos iguales.

Cuentos Chilenos.,Edit. Andres Bello. 1992



jueves, 12 de marzo de 2009

Estrenamos el tercer número de la revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

3/12/2009 08:20:00 p. m.

martes, 10 de marzo de 2009

Pablo de Rokha treinta años después Por Naín Nómez

3/10/2009 11:49:00 p. m.

Pablo de Rokha treinta años después

Por Naín Nómez

Resulta un lugar común señalar la marginalidad que tuvo la obra literaria y poética de Pablo de Rokha en la tradición literaria chilena. Nacido en 1894 en el oscuro pueblo de Licantén, provincia de Curicó, el poeta asumió desde sus inicios allá por 1916 con sus Versos de infancia publicados en la famosa antología Selva Lírica de Molina y Segura, el destino del relegado, del maldito, del extraño, del desaforado, del que escribe fuera del canon. De sus 38 libros autopublicados en su mayoría y desaparecidos de bibliotecas y librerías, queda un testimonio de vida y escritura enfrentados a una realidad cultural provinciana, que no supo ver las rupturas estéticas y epistemológicas que proponía el poeta. Las tragedias familiares (muerte de su mujer-musa Winétt de un cáncer en 1951, muerte de su hijo Carlos en 1962, suicidio de su hijo Pablo y de algunos de sus mejores amigos como Joaquín Edwards Bello), y su propio suicidio un 1 de septiembre de 1968, sólo vinieron a complementar un periplo de desmesuras incomprendidas y represiones históricas que ponen en cuestión no sólo lo que se entiende por una tradición cultural, sino el destino mismo de sus representantes.

Pablo de Rokha perteneció a un grupo de productores literarios (Neruda, Huidobro, Mistral, Pezoa Véliz), que vivió directamente la contradicción de una modernidad transferida desde Europa a las élites continentales, ligada al progreso desde el siglo XIX, pero también es una marginalidad anunciada estrepitosamente con la estética modernista y reforzada por el tremendismo fragmentario y la crítica a ultranza de los vanguardismos. Frente a un nudo representado y vivido desde un progreso cientificista y tecnológico, que se constituyó cada vez más en un mito altisonante que desgarraba a la sociedad en dos concepciones irreductibles, los poetas buscaron sus orígenes en lo estético y trataron de refundar la historia desde el lenguaje. En este sentido, los discursos rokhianos se instalan en las antípodas candentes de su época, al nuclearse en un discurso movible, caótico y cambiante que buscaba articular vida y escritura, totalidad y sujeto, acción y pensamiento, emoción y razón. Este carácter oscilatorio y "a-rracional" de sus proposiciones discursivas, impidió que la obra de Pablo de Rokha pudiera ser analizada de una manera convincente por una crítica apegada a la funcionalidad de la tradición impresionista. Positiva y formalista, cuyo canon era europeo y cuya base estética se apoyaba en géneros establecidos: la lírica, la épica o la dramática.

El poeta que nació con el nombre de Carlos Díaz Loyola, fue uno de los precursores de la vanguardia chilena e hispanoamericana. Entre 1916 y 1930 desarrolló una escritura, que a pesar de la influencia de románticos y modernistas, se corrobora con atisbos del simbolismo francés, las reflexiones anarquistas tamizadas por el voluntarismo de la filosofía de Schopenhauer y el mesianismo nietzcheano, a lo que se puede agregar su experiencia de la vida ligada a la zona central del país con sus mitos nacionalistas y rurales. En los textos más relevantes de esos años -Los gemidos (1922), U 1926, Sudamérica (1927) o Escritura de Raimundo Contreras (1929)-, se conforman las formas escriturales y los contenidos que reaparecen como obsesiones permanentes en toda la producción rokhiana: la desmesura y exageración de discursos y temas, la visión degradada de la historia humana, la necesidad de una ruptura discursiva para enfrentar la misión suprahumana del vate todavía romántico y maldito, el carácter dialógico de las formas literarias incluyendo los géneros marginales como la diatriba, el discurso político y el testimonio y también discursos orales y épicos.

En el segundo periódo que se despliega entre 1930 y 1950, se desenvuelve el tono épico ratificado por un compromiso político con los republicanos españoles y el comunismo de la Unión Sovietica. Escribe poemas, artículos de opinión, ataca a los "enemigos del pueblo" y pretende convertirse en el gran poeta popular de su época. A partir de 1939 y frente al "ninguneo" de la crítica oficial, inicia su propia revista, Multitud, impresa en gran formato con letras rojas y negras, impregnada del altisonante y batallador estilo rokhiano. En el efervecente clima del Frente Popular de los años 30 y 40, la producción literaria del poeta se integra vitalmente a su vida privada y a sus acciones, todo lo cual conforma una suma cuya finalidad es la búsqueda de la igualdad social, y una sociedad más justa. Desde Jesucristo (1933) hasta Arenga sobre el arte(1944), la obra rokhiana se abre por un lado a los cantos de trinchera, mientras por otro incorpora acontecimientos, personajes y lenguajes populares que buscan crear un mito de lo nacional-popular, que tendrá características únicas en la poesía chilena del siglo. Un ejemplo notable de este tipo es el poema "Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile". Si bien la etapa de creación que va de 1950 a 1968, repite en lo fundamental los temas y formas discursivas anteriores del poeta, también va delineando algunas obsesiones ligadas a las angustias de sus últimos días. Elegías como Fuego negro (1953) dedicada a Winétt o cantos doloridos dedicados a sí mismo, como "Canto del macho anciano" de 1961, darán la tónica a un momento en que el poeta siente que la sociedad lo aísla, que su obra no es comprendida y que el Mito Colectivo que quiso plasmar en sus poemas, culmina a veces en un canto desesperado teñido por el dolor y la muerte.

Si se quiere hacer un sucinto de sus aportes fundamentales a la tradición poética chilena e hispanoamericana, éstos no son pocos. Textos surrealistas como Suramérica del 27, integraciones del cubismo y del futurismo en U y Satanás, el carácter suprapoético de lo nacional-popular como categoría de un arquetipo en la "Epopeya", "Campeonato de rayuela", "Rotología del poroto", el intento histórico de unir lo singular con lo universal en la mixtura de épica y lírica, el uso de formas de escrituras híbridas e impuras que van desde la diatriba y el panfleto hasta las formas epopéyicas, etc. Pablo de Rokha se salta los géneros de la tradición europea y construye un texto complejo, caótico, fragmentado, multidisciplinario y contradictorio, cuya estética representa una nueva realidad, siempre en plasmación. Su escritura es como una herida siempre abierta, manchada, contaminada, cicratizada y vuelta a abrir, desde la cual manan tanto las diatribas como los cantos de amor, los odios y los encantos, los rojos violentos de la sangre como los venenos de la oscuridad.

Fue nuestro padre violento como solía decir Humberto Díaz Casanueva, fue también un blasfemo como dijo cierto crítico, pero por sobre todo un gran poeta desmesurado, de esos bardos de la tribu que son los testigos dolorosos de su época, que pagan la escritura con la muerte. Treinta años después de su holocausto, lo recordamos como el vanguardista utópico, como el patriarca mesiánico, como el militante incansable, como el terrible y torrencial maldecidor que nos dejó la utopía aferrada a la memoria para que no olvidemos.


Rocinante ; noviembre de 1998.


domingo, 8 de marzo de 2009

(Fragmento de Amuleto de Roberto Bolaño)

3/08/2009 11:33:00 p. m.

(Fragmento de Amuleto de Roberto Bolaño)


Supe entonces lo que supe y una alegría frágil, temblorosa, se instaló en mis días.

Salir por las noches con los poetas jóvenes mexicanos me dejaba exhausta o vacía o con ganas de llorar. Me cambié de cuarto de azotea. Viví en la Nápoles y en la Roma y en la Atenor Salas. Perdí mis libros y perdí mi ropa. Pero al poco tiempo ya tenía otra vez libros y también, aunque con menos celeridad, algo de ropa. Me dieron chambas sin importancia en la Universidad y me las quitaron. Todos los días, excepto por causas de fuerza mayor, yo estaba allí y veía lo que nadie veía. Mi adorada Facultad de Filosofía y Letras, con sus odios florentinos y sus venganzas romanas. De vez en cuando me encontraba a Lilian Serpas en el café Quito o en algún otro local de la avenida Bucareli y, como era natural, nos saludábamos, pero nunca volvimos a hablar de su adorado hijo (aunque algunas noches yo hubiera dado lo que fuera para que Lilian me pidiera otra vez que fuera a su casa y le dijera a su hijo que aquella noche no iba a volver), hasta que un día dejó de aparecer como el fantasma de los vendavales por los lugares que yo frecuentaba y nadie preguntó por ella ni yo quise hacer averiguaciones con respecto a su paradero, tal era la fragilidad que se había instalado en mi espíritu, la falta de curiosidad, precisamente una de mis características, antaño, más notables.

Poco después me dio por dormir. Antes yo nunca dormía. Era la insomne de la poesía mexicana y todo lo leía y lo celebraba y no había brindis en donde yo no estuviera. Pero un día, algunos meses después de haber visto por primera y última vez a Carlos Coffeen Serpas, me quedé dormida en un asiento del camión que me llevaba a la Universidad y sólo me desperté cuando unos brazos me cogieron de los hombros y me movieron como si intentaran poner en marcha un péndulo averiado. Desperté sobresaltada. Quien me había despertado era un muchachito de unos diecisiete años, un estudiante, y al ver su rostro tuve que hacer un esfuerzo muy grande para evitar ponerme a llorar ahí mismo. Desde aquel día dormir se convirtió en un vicio. No quería pensar en Coffeen ni en la historia de Erígone y Orestes. No quería pensar en mi historia ni en los años que me quedaban de vida.

Así que dormía, estuviera donde estuviera, generalmente cuando estaba sola (detestaba quedarme sola, cuando me quedaba sola me sumergía en el sueño de inmediato), pero con el paso del tiempo el vicio se hizo crónico y me dormía incluso cuando estaba acompañada, acodada en la mesa de un bar o incómodamente sentada en una función de teatro universitario.

Por las noches una voz, la del ángel de la guarda de los sueños, me decía: che, Auxilio, has descubierto adonde fueron a parar los jóvenes de nuestro continente. Cállate, le contestaba. Cállate. No sé nada. De qué jóvenes me hablas. Yo no sé nada de nada. Y entonces la voz murmuraba algo, decía mmm, una cosa así, como si no estuviera muy convencida de mi respuesta, y yo decía: todavía estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad de Filosofía y Letras y la luna derrite una por una todas las baldosas de la pared hasta abrir un boquete por donde pasan imágenes, películas que hablan de nosotros y de nuestras lecturas y del futuro rápido como la luz y que no veremos.

Y luego soñaba profecías idiotas.

Y la vocecita me decía che, Auxilio, ¿qué ves?

El futuro, le contestaba, puedo ver el futuro de los libros del siglo XX.

¿Y podes hacer profecías?, me preguntaba la voz con un dejecito misterioso, pero en donde no había nada de irónico.

Profecías, profecías, lo que se dice profecías, no sé, pero puedo hacer algún que otro pronóstico, contestaba yo con la voz pastosa de los sueños.

Hacelas, hacelas, decía la vocecita francamente entusiasmada.

Estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad y puedo ver el futuro, decía yo con voz de soprano y como si me hiciera de rogar.

Ya lo sé, decía la voz del sueño, ya lo sé, tú empezá con las profecías que yo las anoto.

Las voces, decía yo con voz de barítono, no anotan nada, las voces ni siquiera escuchan. Las voces sólo hablan.

Te equivocas, pero es igual, tú di lo que tengas que decir y procura decirlo fuerte y claro.

Entonces yo tomaba aliento, dudaba, ponía la mente en blanco y finalmente decía: mis profecías son éstas.

Vladímir Maiakovski volverá a estar de moda allá por el año 2150. James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124. Thomas Mann se convertirá en un farmacéutico ecuatoriano en el año 2101.

Marcel Proust entrará en un desesperado y prolongado olvido a partir del año 2033. Ezra Pound desaparecerá de algunas bibliotecas en el año 2089. Vachel Lindsay será un poeta de masas en el año 2101.

César Vallejo será leído en los túneles en el año 2045. Jorge Luis Borges será leído en los túneles en el año 2045. Vicente Huidobro será un poeta de masas en el año 2045.

Virginia Woolf se reencarnará en una narradora argentina en el año 2076. Louis Ferdinand Céline entrará en el Purgatorio en el año 2094. Paul Eluard será un poeta de masas en el año 2101.

Metempsicosis. La poesía no desaparecerá. Su no-poder se hará visible de otra manera.

Cesare Pavese se convertirá en el Santo Patrón de la Mirada en el año 2034. Pier-Paolo Pasolini se convertirá en el Santo Patrón de la Fuga en el año 2100. Giorgio Bassani saldrá de su tumba en el año 2167.

Oliverio Girondo encontrará su lugar como escritor juvenil en el año 2099. Roberto Arlt verá toda su obra llevada al cine en el año 2102. Adolfo Bioy Casares verá toda su obra llevada al cine en el año 2105. Arno Schmidt resurgirá de sus cenizas en el año 2085. Franz Kafka volverá a ser leído en todos los túneles de Latinoamérica en el año 2101. Witold Gombrowicz gozará de gran predicamento en los extramuros del Río de la Plata allá por el año 2098.

Paul Celan resurgirá de sus cenizas en el año 2113. André Bretón resurgirá de los espejos en el año 2071. Max Jacob dejará de ser leído, es decir morirá su último lector, en el año 2059.

¿En el año 2059 quién leerá a Jean-Pierre Duprey? ¿Quién leerá a Gary Snyder? ¿Quién leerá a Ilarie Voronca? Éstas son las cosas que yo me pregunto.

¿Quién leerá a Gilberte Dallas? ¿Quién leerá a Rodolfo Wilcock? ¿Quién leerá a Alexandre Unik?

Nicanor Parra, sin embargo, tendrá una estatua en una plaza de Chile en el año 2059. Octavio Paz tendrá una estatua en México en el año 2020. Ernesto Cardenal tendrá una estatua, no muy grande, en Nicaragua en el año 2018.

Pero todas las estatuas vuelan, por intervención divina o más usualmente por dinamita, como voló la estatua de Heine. Así que no confiemos demasiado en las estatuas.

Carson McCullers, sin embargo, seguirá siendo leída en el año 2100. Alejandra Pizarnik perderá a su última lectora en el año 2100. Alfonsina Storni se reencarnará en gato o león marino, no lo puedo precisar, en el año 2050.

El caso de Antón Chéjov será un poco distinto: se reencarnará en el año 2003, se reencarnará en el año 2010, se reencarnará en el año 2014. Finalmente volverá a aparecer en el año 2081. Y ya nunca más.

Alice Sheldon será una escritora de masas en el año 2017. Alfonso Reyes será definitivamente asesinado en el año 2058 pero en realidad será Alfonso Reyes quien asesine a sus asesinos. Marguerite Duras vivirá en el sistema nervioso de miles de mujeres en el año 2035.

Y la vocecita decía qué curioso, qué curioso, algunos de los autores que nombras no los he leído.

¿Como cuál?, preguntaba yo.

Y, la Alice Sheldon esa, por ejemplo, no tengo idea de quién es.

Yo me reía. Me reía durante un buen rato. ¿De qué te reís?, decía la vocecita. De haberte pillado a vos, que sos tan culta, contestaba yo. Culta, culta, lo que se dice culta, no sé, decía ella, pero he leído. Qué extraño, decía yo como si de pronto el sueño hubiera dado un giro de 180 grados y me encontrara ahora en una región fría, de Popocatépetles e Ixtaccíhuatles multiplicados. ¿Qué te resulta extraño?, decía la voz. Tener un ángel de los sueños de Buenos Aires siendo yo uruguaya. Ah, bueno, pero eso es muy corriente, decía ella. Alice Sheldon firma sus libros con el seudónimo de James Tiptree Jr., decía yo temblando de frío. No lo he leído, decía la voz. Escribe cuentos y novelas de ciencia ficción, decía yo. No lo he leído, no lo he leído, decía la voz y yo podía oír claramente cómo le castañeteaban los dientes. ¿Tenes dientes?, le preguntaba asombrada.

Dientes, lo que se dice dientes propiamente dichos, no, contestaba ella, pero si estoy contigo me castañetean los dientes que vos perdiste. ¡Mis dientes!, pensaba yo con un poco de cariño pero ya sin nostalgia ninguna. ¿No te parece que hace demasiado frío?, decía mi ángel de la guarda. Mucho, mucho, decía yo. ¿Qué te parece si nos vamos yendo de este lugar tan gélido?, decía la voz. Me parece estupendo, decía yo, pero no sé cómo lo vamos a conseguir. Hay que ser alpinista para salir de aquí sin romperse la crisma.

Durante un rato nos movíamos por los hielos intentando divisar a lo lejos el DF.

Esto me recuerda un cuadro de Caspar David Friedrich, decía la vocecita. Eso era inevitable, le contestaba yo. ¿Qué querés insinuar?, decía ella. Nada, nada.

Y luego, horas o meses después, la vocecita me decía tenemos que salir de aquí caminando, nadie nos va a venir a rescatar. Y yo le decía: no podemos, nos romperíamos (o más bien me rompería yo) la crisma. Además, me empiezo a acostumbrar al frío, a la pureza de este aire, es como si volviéramos a vivir en la región más transparente del Dr. Atl, pero a lo bestia. Y la vocecita me miraba con un sonido tan triste y tan cristalino como el poema de las vocales de Rimbaud y me decía: te acostumbraste.

Y luego, tras otro silencio de meses o tal vez de años, me decía: ¿te acordás de esos compatriotas tuyos que tuvieron un accidente aéreo? ¿Qué compatriotas?, decía yo, harta ya de que la voz interrumpiera mis sueños de nada. Esos que cayeron en los Andes y que todo el mundo dio por muertos y que se pasaron como tres meses en la cordillera comiéndose a los cadáveres para no morirse de hambre, creo que eran jugadores de fútbol, dijo la vocecita. Eran jugadores de rugby, dije yo. ¿Eran jugadores de rugby? Quién lo hubiera dicho, yo pensaba que eran jugadores de fútbol. Bueno, entonces te acordás, ¿no? Sí, me acuerdo, decía yo, los jugadores de rugby caníbales de los Andes. Pues debes imitarlos, decía la vocecita.

¿A quién querés que me coma?, decía yo buscando su sombra que sonaba tan enfática y tan bonita como el poema Marcha Triunfal de Rubén Darío. A mí no, a mí no me podes comer, decía la vocecita. ¿A quién podría comerme entonces? Aquí estoy sola. Estamos tú y yo y los miles de Popocatépetl e Ixtaccíhuatl y el viento helado y nada más, decía yo mientras caminaba por la nieve y miraba el horizonte buscando una señal cualquiera de la ciudad más grande de Latinoamérica. Pero el jodido DF no se veía por ninguna parte y lo que en realidad quería era volver a dormir otra vez.

Entonces la vocecita se ponía a hablar del final de una novela de Julio Cortázar, aquella en la que el personaje está soñando que está en un cine y llega otro y le dice despierta. Y luego se puso a hablar de Marcel Schwob y de Jerzy Andrzejewski y de la traducción que hizo Pitol de la novela de Andrzejewski y yo dije alto, menos bla-bla-bla, yo todo eso lo conozco, mi problema, si es que hubiera algún problema, no es despertar sino no volver a quedarme dormida, cosa bastante improbable pues los sueños que tengo son buenos y no hay ser humano que desee despertar de un buen sueño. A lo que la vocecita me replicaba con una jerga psicoanalítica que claramente la identificaba (por si aún me quedaba alguna duda) como vocecita porteña y no montevideana. Entonces yo le decía: qué curioso, mis escalofríos suelen ser uruguayos, pero mi ángel de la guarda de los sueños es argentino.

Y ella, con tono profesoral, me corregía: argentina, en femenino, argentina.

Y luego nos quedábamos en silencio mientras el viento levantaba a rachas collares de hielo que quedaban suspendidos en el aire durante unos segundos y luego desaparecían, mirando, las dos, el horizonte inmaculado, por si veíamos aparecer por alguna parte la sombra del DF, aunque, a decir verdad, sin mucha esperanza de que apareciera.

Hasta que la vocecita decía: che, Auxilio, creo que me voy a ir. ¿Adonde?, le preguntaba yo. A otro sueño, decía ella. ¿A qué sueño?, le decía yo. A otro cualquiera, decía ella, aquí me muero de frío. Esto último lo decía con tanta sinceridad que yo buscaba su rostro entre la nieve y cuando por fin lo encontraba su carita sonaba igual que un poema de Robert Frost que habla de la nieve y del frío y eso me daba mucha pena porque la vocecita no me mentía y era verdad que se estaba congelando, pobrecita.