jueves, 8 de enero de 2009

Guillermo Blanco: La Espera

1/08/2009 11:41:00 p. m.

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La Espera
Guillermo Blanco


(Premio único.
Concuso Interamericano de Cuentos
de "El Nacional", México, 1956)


Había dejado de llover cuando despertó. Aún era de noche, pero afuera estaba casi claro, y a través de una de las ventanas penetraba el resplandor vago, fantasmal, del plenilunio. Desde el camino llegaba el son del viento entre las hojas de los álamos. Más acá, en el pasillo o en alguna de las habitaciones, una tabla crujió. Luego crujió una segunda, luego una tercera; silencio. Diríase que alguien había dado unos pasos sigilosos y se había detenido. Un perro aulló a la distancia, largamente. El aullido pareció ascender por el aire nocturno, describir un arco como un aerolito y perderse poco a poco, devorado por la oscuridad. A intervalos parejos, un resabio de agua goteaba del alero.
Ella imaginó los charcos que habría en el patio, y en los charcos la luna, quieta. Veía desde su lecho la copa del ciprés, que se balanceaba con dignidad sobre un fondo revuelto de nubes y cielo despejado. El contorno de la reja destacaba, nítido; reproducíase, por efecto de la sombra, en el muro frontero, donde se dibujaban siluetas extrañas.
Tuvo miedo de nuevo.

Miedo de la hora, del frío, de los diminutos ruidos que rompían a intervalos el silencio; miedo del silencio mismo. Miró a su marido: dormía con gran placidez. Su rostro, no obstante, bañado en luz blanquecina, poseía un aire siniestro, de cadáver o criatura de otro mundo. Sintió el impulso de despertarlo, mas no se atrevió. Habría sido absurdo. Su miedo lo era. Y sin embargo era tan fuerte. La oprimía por momentos igual que una tenaza, impidiéndole respirar aunque mantenía abierta la boca, aunque cambiaba suavemente de postura. Suavemente, para no interrumpir el sueño de él.
Duerme, amor, duerme. No voy a molestarte. Estoy un poco nerviosa, eso es todo. Son los nervios, amor, que no me dejan tranquila.
Un ave nocturna cantó quizá dónde. No era un canto lúgubre, sino una especie de música a un tiempo misteriosa y serena.
Tornó ella a percibir el crujido de las tablas, acercándose.
Yo sé que no es nadie. Siempre pasa esto y no es nadie. No es nadie. Nadie.
De pronto tuvo conciencia de que su frente se hallaba cubierta de sudor. Se enjugó con la sábana. Amor, amor, repitió mentalmente, en un mudo grito de angustia. ¡Si él despertase! Si se desvelara también, y así, juntos conversaran en voz baja hasta llegar el día. . .
Pero el hombre no captaba su llamado interno. Era la fatiga, pensó. Con tanto quehacer de la mañana a la tarde, con el madrugón de hoy. . .
Duerme. No te importe.

El viento semejó detenerse unos instantes, para continuar en seguida su melodía unicorde en la alameda. Por primera vez notó ella, apagada por la distancia, la monótona música del río: se vería muy pálido ahora: un río de pesadilla, resbalando con terrible lentitud, y a ambos lados los sauces beberían interminablemente, encorvados, en libación comparable a un pase de brujos, y arriba el cielo nuboso y el revolotear de los murciélagos, y la voz honda de la corriente repetiría su pedregoso murmullo de abracadabra.

(Una muchacha había muerto en el río, años atrás. Cuando encontraron su cadáver oculto en las zarzas de un remanso se hubiera creído que vivía aún, tal era la transparencia de sus ojos abiertos, tal la paz de sus manos y sus facciones, y la frescura que irradiaba toda ella. Vestía un traje celeste con flores blancas; un traje sencillo, delgado. Al sacarla del agua, la tela se ceñía a su cuerpo de modo que daba la idea de constituir una unidad con él. Nadie supo nunca quién era ni de dónde venía. Sólo que era joven, que la muerte le había conferido belleza, que sus rasgos eran limpios y puros. Los mozos de la comarca pensaban en ella y les daba pena su existencia interrumpida, y la amaban un poco en sus imaginaciones. Ignoraban por qué apareció allí. No debió de ahogarse, pues no estaba hinchada, mas en su rostro ninguna huella mostraba el paso de una enfermedad, o de un golpe o un tiro. La llevaron a San Millán para hacerle la autopsia. Los mozos no supieron más. No quisieron saber: la recordaban tal cual surgió: lozana, amable, serena, con algo de irreal o feérico, desprovista de nombre, de causas. ¿Para qué saber más? ¿Para qué saber si por este o el otro motivo resolvió quitarse la vida, o si no se la quitó? Al referirse a ella la llamaban la Niña del Río, aunque su cuerpo era ya el de una mujer. Decían que desde esa tarde el río cantaba de diversa manera en el lugar donde apareció. Y quizá si en el fondo no lamentaran verdaderamente que hubiese perecido, porque no la conocieron viva y porque viva no habría podido ser sino de uno—ninguno de ellos, de seguro—, y así, en cambio, su grácil fantasma era patrimonio de todos.)
Un perro ladró nuevamente, lejos. Después ladró otro más cerca.

Si él despertase ahora. Cómo lo deseaba. Cómo deseaba tener sus brazos en torno, fuertes y tranquilizadores, o sentir su mano grande enredada en el pelo. En un impulso repentino lo besó. Apenas. El hombre emitió un breve gruñido, chasqueó la lengua dentro de la boca y siguió durmiendo.
Pobre amor: estás cansado.
Cerró los ojos.
Entonces lo vio. Lo vio con más nitidez que nunca, igual que si la escena estuviese repitiéndose allí, dentro del cuarto, y el Negro volviese a morder las palabras con que amenazara a su marido:
—¡Me lah vai a pagar, futre hijo'e perra!
Vio sus pupilas enrojecidas y su rostro barbudo, que se contraía en una suerte de impasible mueca de odio. Ella nunca se había encontrado antes frente al odio—a la ira sí, pero no al odio—, y experimentó una mezcla de terror y de piedad hacia ese infeliz forajido que iba a pasar el resto de sus días encerrado entre cuatro paredes, sin una palabra de consuelo ni una mano amiga, encerrado con su rencor, doblemente solo por ello y doblemente encerrado.
—¡Me lah vai a pagar!
Y a medida que los carabineros se lo llevaban con las manos esposadas y atado por una cuerda al cabestro de una de sus cabalgaduras, el Negro se volvía a repetir un ronco:
—¡Te lo juro! ¡Te lo juro!
El esposo lo miraba en silencio, y ella se dijo que tal vez también a él le daba lástima ver al preso tan inerme. Un bandido que era el terror de la comarca, cuyo estribo besaran muchos para implorar su gracia o su favor, y cuyo puñal guardaba el recuerdo de la carne de tantos muertos y tantos heridos. De vientres abiertos y caras marcadas, de brazos o pechos rajados de alto a bajo.
Sí, era malo. Pero ¿era malo? ¿Podía ser real maldad tanta maldad? ¿No era, acaso, una especie de locura: la del lobo, o el perro que de pronto se torna matrero?
Y aunque no fuera sino maldad—pensaba—, y quizá por eso mismo, el Negro era digno de compasión. Debía de ser terrible vivir así, odiando y temiendo, temido y odiado, perseguido, sin saber lo que es hogar ni lo que es amor, comiendo de cualquier manera en cualquier parte; amando con el solo instinto, a campo raso, a hurtadillas. Un amor de barbarie animal, desprovisto de ternura, sin la caricia suave, secreta, que es como un acto esotérico: ni el beso quieto que no destroza los labios, ni la charla tranquila frente a la tarde, ni la mirada infinita y perfecta. Un amor que seguramente no es correspondido con amor, sino con terror, y que dura un instante, para dar paso de nuevo a la fuga.
Así lo sorprendió su marido, oculto entre unas zarzas, con una mujer blanca de miedo y embadurnada de sangre. Lo encañonó con el revólver.
—Párate, Negro. Arréglate.
—Deje mejor, patrón.
Pronunciaba "patrón" con una ironía sutil y profunda. Casi una befa.
—Párate.
—Le prevengo, patrón.
Él no respondió. El Negro se puso de pie con ostensible lentitud. A lo largo del camino, hasta la quebrada de la Higuera, fue repitiéndole:
—Toavía eh tiempo, patrón. Puee cohtarle caro.
Y él mudo.
—Yo tengo mi gente, patrón.
Silencio.
—Piense en la patrona, que icen qu'eh güenamoza y joen. . .
El Negro marchaba unos pasos delante, y le hablaba mostrándole el perfil. Él lo miraba desde arriba de su caballo, con la vista aguzada, pronto a disparar al menor movimiento extraño.
—Sería una pena que enviudara la patroncita...
Pausa. El perfil sonreía apenas, con malicia.
—. . . o que enviudara uhté . . .
—Si dices media cosa más, te meto un tiro.
—¡Por Dioh, patrón!
—Cállate.
—Ni que me tuviera miedo—murmuró, fríamente socarrón, demorándose en las palabras. Y de improviso, en un instante, se inclinó y cogió una piedra, y cuando iba a lanzársela, él oprimió el gatillo, una, dos, tres veces. Un par de balas se alojó en la pierna izquierda del Negro, que permaneció inmóvil, esperando. Ambos jadeaban.
—¿No 'e, patrón? La embarró. Ahora no voy a poder andar.
Lo ató con el lazo cuidadosamente, haciéndolo casi un ovillo, y lo puso atravesado sobre la montura, de modo que sus pies colgaban hacia un lado y la cabeza hacia el otro. Así, tirando él de la brida, lo condujo hasta las casas del fundo. Cuando llegaron, el Negro se había desangrado con profusión: su pantalón estaba salpicado de rojo, salpicada también la cincha, y un reguero de puntos rojos marcaba el camino por donde vinieran.
Desde el pórtico de entrada los vio ella. Primero se alarmó por su marido, creyendo que podía haberle ocurrido algo, mas pronto se dio cuenta de que se hallaba bien. Adivinando la respuesta, preguntó muy quedo:

—¿Quién es?
—El Negro.
Pálido, desencajado, el Negro alzó el rostro con gran esfuerzo, la observó fijamente. Todavía ahora sentía incrustados en su carne esos ojos de acero, llameantes en medio de la extrema debilidad y tintos de un objetivo toque perverso. Recordaba que se puso a temblar. Luego la cerviz del bandido se inclinó, mustia.
—Se desmayó. Habrá que curarlo—dijo el esposo..
—¿Tiene heridas graves?
—No. Le di en el muslo, pero es necesario contener la hemorragia.
—Yo lo curaré.
Él la cogió del brazo.
—¿No te importa?
Sonrió débilmente.
—No. No me importa. Déjame.
Su mano vibraba al ir cogiendo el algodón, la gasa, yodo. El corazón le golpeaba con extraordinaria violencia, y por momentos le parecía que iban a reventarle las sienes. Le parecía que se ablandaban sus piernas al avanzar por el largo corredor hasta el cuarto donde yacía el hombre. Lo halló puesto sobre una angarilla, con las muñecas sujetas a ambos costados y las piernas abiertas, cogidas con fuertes sogas que se unían por debajo. Era la imagen de la humillación.
Se veía más repuesto, sin embargo.
—Buenas tardes—musitó.
La miró él de pies a cabeza. Dejó pasar un largo minuto. Por fin replicó, en tono de endiablada ironía:
—Güenah tardeh, patrona.

Le alzó el pantalón con timidez. La desnuda carne lacerada, cubierta de machucones y cicatrices, inspiraba la lástima que podría inspirar la carne de un mendigo. Con agua tibia lavó la sangre, cuyo flujo era ya menor, para ir aplicando después, en medio de enormes precauciones, el yodo, que lo hacía recogerse en movimientos instintivos.
—¿Duele?
El Negro no replicó, pero sus músculos permanecieron rígidos desde ese instante, y el silencio—apenas roto por el sonido metálico de las tijeras o por el crujir del paquete de algodón—pesó en el aire de la pieza con ominosa intensidad. Le resultó eterno el tiempo que tardó en concluir. Era difícil pasar las vendas por entre tantas ataduras, y entre el cuerpo del hombre y las parihuelas, especial porque él mismo no cooperaba. Al contario: diríase que gozaba atormentándola con su propio sufrimiento.
Terminó.
Calladamente reunió sus cosas y se levantó para partir.
—Patrona . . .
Se volvió. Los ojos pequeños, sombríos, del herido la miraban con una mirada indescriptible.
—Le agradehco, patrona.
—No hay de qué—balbució.
Mas él no había acabado:
—Si me llevan preso, me van a joder.
Pausa.
—El patrón no gana naa, ni uhté tampoco. si llego a ehcaparme dehpuéh, le juro que la dejo viuda. . . Sería una pena.
Ella no sabía qué hacer ni qué decir. Por fin se fue, paso a paso, hacia la puerta.
—Hasta luego—articuló, con voz que apenas se oía.
De pronto el Negro se puso tenso. Habló, y su tono palpitaba una dureza feroz:
—¡Y a ti tamién te mato, yegua fina!
Salió precipitada, yerta de espanto.
En los dos días que demoraron en venir los carabineros no hizo sino pedir a su marido que permitiera huir al preso.
—¿Por qué va a enterarse nadie? Le dejas camino hecho, sin contarle siquiera. Ni a él. Podrías ponerle un cuchillo al alcance de la mano. ¿Quién sabría?

—Yo.
—Amor.
—Estás loca.
—Hazlo. Te. . .
—Pero si es tan absurdo.
—No voy a vivir tranquila.
—Y si lo suelto, ¿cuántas mujeres dejarán de vivir tranquilas?
¿Cuántas perderán a sus hijos, o. . ., o. . . ? Tú sabes cómo lo encontré. Esa pobre muchacha tenía su novio, tendría sus esperanzas, sus planes, igual que tú cuando nos casamos. ¿Y ahora? El novio no quiere ni verla. Le ha bajado por ahí el honor, al imbécil. Y ella. .., bueno. Está vacía. Nada va a ser como antes para ella. Por el Negro. Por este bruto. ¿Y quieres que tu miedo le permita seguir haciendo de las suyas?
—Va a escapar.
—No veo. . .
Fue en vano insistir. Sin embargo, algo en su adentro se resistía a toda razón, sobre toda razón la impulsaba a desear que aquello se arreglase en cualquier forma, de modo que el Negro se viera libre y ellos no tuvieran encima la espada de Damocles de su venganza.
Pero nada ocurrió. Cuando los carabineros llegaron, el preso rugía de ira, echaba maldiciones horrendas, se debatía. Insensible a los golpes que le daban para aquietarlo, gritaba:
—¡Me lah vai a pagar, futre hijo'e perra!
Por un instante la vio.
—¡Y voh tamién, yegua!
La agitó a ella una sensación de angustia. Habría deseado decirle palabras que lo calmaran, pedirle perdón incluso, mas eso era un disparate, y, mientras, no podía dejar de permanecer ahí clavada, viendo y oyendo, llenándose de un terror frío y profundo.

...Las imágenes comenzaron a hacerse vagas, a moverse de una manera distorsionada en su mente, a medida que tornaba el sueño. Traspuesta aún, veía los ojillos agudos, pérfidos, del hombre. Su rostro sin afeitar, que cruzaban dos tajos de pálidas cicatrices. La mandíbula cuadrada, sucia. Los labios carnosos, entre los que asomaban sus dientes amarillos y disparejos y ralos, y unos colmillos de lobo. La cabeza hirsuta, la estrecha frente impresa de crueldad. En los labios había una especie de sonrisa. Murmuraban "Yegua", sin gritarlo, sin violencia ahora, suavemente, cual si fuera una galantería.

O tal vez una galantería obscena, de infinita malicia. Se revolvió en el lecho, sintiéndose herida y escarnecida, presa del semisueño y de su lógica ilógica, atrabiliaria, tan fácilmente cómica y tan fácilmente diabólica. Algo la ataba a esa comarca donde parece estar el germen de la pesadilla, y también el germen de la maldad que se oculta, del ridículo, de la muerte; donde la alegría, el dolor, la desesperación, pierden sus límites. Atada. Y el Negro la miraba, y sonreía, y le decía "Yegua", y en seguida no sonreía, sino que estaba tenso, todo él tenso cual un alambre eléctrico, y continuaba repitiendo la misma palabra, en un tono de odio sin ira que se le metía en la carne y en la sangre y en los huesos (Amor, amor) , y dentro del pecho el corazón se puso a saltarle, desbocado, y de pronto tenía el cabello suelto, flotando al viento, y no era más ella, sino una potranca galopando en medio de la oscuridad, y aunque iba por una llanura se oían crujidos de madera (Amor ) y sobre todo ladridos que se acercaban poco a poco y su furia medrosa producía eco, tal si repercutieran entre cuatro paredes. . . Se acercaban, la rodeaban, iban a moderla esos perros. . .

Despertó con sobresalto.
Se quedó unos instantes semiaturdida, observando en torno. Ningún cambio: su marido yacía ahí al lado, tranquilo. La luna daba de lleno sobre la ventana del costado izquierdo, en cuyos vidrios refulgían las gotas de lluvia. Todo igual.
Suspiró.
Luego, lentamente, el trote de un caballo hizo oír su claf-claf desde el camino.
¿Qué sería? Trató de ver en su reloj, mas no lo consiguió. Un caballo. Amor—quiso decir—, un caballo. Pero calló. Escuchaba con el cuerpo entero, con el alma. Reales ahora, los ladridos se convirtieron en una algarabía agresiva. Sonó un golpe seco, un quejido, nada. El claf-claf también cesó: estaría desmontando el jinete.
—Amor.
El marido gruñó una interrogación ininteligible, entre sueños.
—¡Amor!—repitió ella.
—¿Qué hay?
—Alguien viene.
—¿Dónde? ¿Qué hora es?
—No sé.
De un soplido apagó el fósforo que él empezaba a encender.
—No. No prendas la luz. Venía por el camino.
El hombre se levantó, echándose una manta encima, y se acercó a la ventana que daba hacia afuera. Corrió la cortina en un extremo.
—¡Diablos!—exclamó.
La mujer no se atrevió a preguntar. Sabía. En unos segundos, él estuvo a su lado susurrándole instrucciones:
—Es el Negro. No te preocupes.—Abrió una gaveta—. Toma, te dejo este revólver. Ponte en ese rincón, y si asoma, disparas. No hará falta. Trata de conservar la calma, amor. Apunta con cuidado. Yo voy a salir por el corredor para sorprenderlo. Ten calma. No pasará nada.
La besó, cogió otro revólver del velador y se fue, con el sigilo de un gato, antes de que ella hubiera podido articular palabra.
Esperó.
Tenía la vista fija en el marco de cielo encuadrado, estrellado. A cada instante le parecía ver aparecer una sombra, ver moverse algo en la sombra. Cuídate, amor. Dios mío, que todo salga bien.
Cayó una gota del alero. Hacía rato que no caía ninguna.
Sopló una ráfaga de viento.
Otra gota.
Silencio.
Sintió un frío que la calaba.
Una tabla crujió. Sobresaltada, se volvió hacia la puerta. ¿No habría entrado el Negro por otra parte? Transcurrieron cinco, diez, quince segundos. No se repitió el crujido. ¿Y si apareciese por la ventana interior? Trató de imaginar cómo y por dónde lo haría. Podía trepar el muro bajo de la huerta, saltar... Sin embargo, estaba cojo aún. Y los dos mastines le impedirían pasar. No. Por ahí no era probable.
Una tercera gota se desprendió del alero.
¿Cuánto tiempo habría transcurrido? Tres gotas, pensó. ¿Habría un minuto, medio, entre gota y gota? ¿O no se producían a intervalos regulares? Cuarta gota.
Estaba claro, dentro de la oscuridad. Tal vez ya iba a amanecer. Tal vez llegara la mañana y vinieran los inquilinos, y entre todos apresaran de nuevo al Negro. . .
Quinta gota.
¡Por Dios! Trató de rezar: Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea... No. Era absurdo. No podía.
Sexta gota. Después un crujido. Se puso atenta.
Nuevo crujido.
No se encontraron. Viene ahí.
El crujido siguiente fue junto a la puerta. La puerta se abrió, dejando entrever una masa de sombra más densa. Disparó. Se escuchó un murmullo quejumbroso, breve; luego el caer de un cuerpo al suelo. Luego, débilmente:
—Amor . . .
Arrojó el revólver y se abalanzó hacia la entrada. Tocó el cuerpo: era su marido.
—¡Por Dios, qué hice!
Él:
—Pobre amor. Huye.
Trató de acariciarle la frente, y al pasar por la piel sus dedos se encontró con la sangre, que fluía a borbotones.
—Voy a curarte.
El hombre no respondió.
—¡Amor! ¡Amor! Silencio. Una tabla volvió a crujir. El revólver. Retrocedió para buscarlo a tientas, pero sus manos no dieron con él. La segunda silueta apareció entonces en la puerta.



miércoles, 7 de enero de 2009

Estrenamos el primer número de la revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

1/07/2009 02:41:00 p. m.

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Estrenamos la primera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

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Nos complace presentar este nuevo proyecto de Editorial y revista Cinosargo, titulado la Santísima trinidad de las cuatro esquinas, la revista es una recopilación del contenido de diciembre del espacio homónimo dedicado a la literatura chilena en todos sus géneros.

El equipo integrado por Sol E. Díaz, Daniel Rojas Pachas, Oliver Beltrán y la redactora, Violeta F pretenden proponer lecturas personales e interpretaciones impetuosas a obras canónicas e ignoradas de la lírica y prosa nacional con la periodicidad, compromiso y calidad que nos caracteriza.

Violeta Fernández Riquelme

Visite La Santísima trinidad de las cuatros Esquinas


lunes, 5 de enero de 2009

MESTER DE JUGLARÍA

1/05/2009 11:25:00 p. m.

MESTER DE JUGLARÍA Enrique Lihn


Ocio increíble del que somos capaces, perdónennos
los trabajadores de este mundo y del otro
pero es tan necesario vegetar.
Dormir, especialmente, absorber como por una pajilla delirante
en que todos los sabores de la infelicidad se mixturan
rumor de vocecillas bajo el trueno estos monstruos
nuestras llagas
como trocitos de algo en un calisdoscopio.

Somos capaces de esperar que las palabras nos duelan
o nos provoquen una especie de éxtasis
en lugar de signos drogas
y el diccionario como un aparador en que los niños perpetran sus asaltos nocturnos
comparación destinada a ocultar el verdadero alcance de nuestros apetitos
que tanto se parecen a la desesperación a la miseria
Ah, poetas, no bastaría arrodillarse bajo el látigo
ni leernos, en castigo, por una eternidad los unos a los otros.
En cambio estamos condenados a escribir, y a dolernos del ocio que conlleva este paseo de hormigas
esta coda de nada y para nada fatigosa como el álgebra
o el amor frío pero lleno de violencia que se practica en los puertos.

Ocio increíble del que somos capaces yo he estado almacenando
mi desesperación durante este invierno,
trabajadores, nada menos que en un país socialista
He barajado una y otra vez mis viejas cartas marcadas
Cada mañana he despertado más cerca de la miseria
esa que nadie puede erradicar,
y coño, qué manera de dormir
como si germinara a pierna suelta
sueños insomnes a fuerza de enfilarse a toda hora frente a un amor frío pero lleno de violencia como un sargento borracho
estos datos que se reúnen inextricables
digámoslo así en el umbral del poema
cosas de aspecto lamentable traídas no se sabe para qué desde todos los rincones del mundo
(y luego hablaron de la alquimia del verbo)
restos odiosos amados en una rara medida
que no es la medida del amor

De manera que hablo por experiencia propia
Soy un sabio en realidad en esta cosa de nada y para nada y francamente me extraña
que los poetas jóvenes a ejemplo del mundo entero se abstengan de figurar en mi séquito
Ellos se ríen con seguridad de la magia
pero creen en la utilidad del poema en el canto.

Un mundo nuevo se levanta sin ninguno de nosotros
y envejece, como es natural, más confiado en sus armas que en sus himnos

Trabajadores del mundo, uníos en otra parte
ya os alcanzo, me lo he prometido una y mil veces, sólo que no es éste el lugar digno de la historia,
el terreno que cubro con mis pies
perdonad a los deudores morosos de la historia
a estos mendigos reunidos en la puerta de servicio
restos humanos que se alimentan de restos
Es una vieja pasión la que arrastramos
Un vicio, y nos obliga a una rigurosa modestia
En la Edad Media para no ir más lejos
no llenaron la boca con la muerte,
y nuestro hermano mayor fue ahorcado sin duda alguna por una cuestión de principios

Esta exageración
es la palabra de la que sólo podemos abusar
de la que no podemos hacer uso -curiosidad vergonzante-, ni mucho menos aún cuando se nos emplaza a ello
en el tribunal o en la fiesta de cumpleaños
Y siempre a punto de caer en el absurdo total
habladores silentes como esos hombrecillos del cine mudo -que en paz descansen-
cuyas espantosas tragedias parodiaban la vida:
miles de palabras por sesión y en el fondo un gran silencio glacial
bajo un solo de piano de otra época
alternativamente frenético o dulce hasta la naúsea

Esta exageración casi una mala fe
por la que entre las palabras y los hechos
se abre el vacío y sus paisajes cismáticos donde hasta la carne parece evaporarse
bajo un solo de piano glacial y en lugar de los dogmas surge
bueno, la poesía este gran fantasma bobo
ah, y el estilo que por lo cierto no es el hombre
sino la suma de sus incertidumbres
la invitación al ocio y la desesperación y a la miseria

y este invierno para no ir mas lejos lo desaproveché pensando
en todo lo relacionado con la muerte
preparándome como un tahúr en su prisión
para inclinar el azar en mi favor
y sorprender luego a los jugadores del día
con este poema lleno de cartas marcadas
que nada dice y contra el cual no hay respuesta posible y que ni siquiera es una interrogación
un as de oro para coronar un sucio castillo de naipes una cara marcada una de esas
que suelen verse en los puertos ellas nos hielan la sangre
y nos recuerdan la palabra fatal
un resplandor en todo diferente de la luz
mezclado a historias frías en que el amor se calcina

Todo el invierno ejercicios de digitación en la oscuridad de modo que los dedos vieran manoseados
estos restos
cosas de aspecto lamentable que uno arrastra y el ocio
de los juglares, vergonzante
padre, en suma, de todos los poemas:
vicios de la palabra

Estuve en casa de mis jueces. Ellos ahora eran otros no me reconocieron
Por algo un envejece, y hasta podría hacerlo, según corren los tiempos, con una cierta dignidad
Espléndida gente. Sólo que, como es natural, alienados
Televidentes escuchábamos al líder yo también caía en una especie de trance

No seré yo quien transforme el mundo
Resulta, después de todo, fácil decirlo,
y, bien entendido, una confesión humillante
puesto que admiro a los insoportables héroes y nunca han sido tan elocuentes quizás
como en esta época llena de sonido y de furia
sin más alternativa que el crimen o la violencia

Que otros, por favor, vivan de la retórica
nosotros estamos, simplemente, ligados a la historia
pero no somos el trueno ni manejamos el relámpago

Algún día se sabrá
que hicimos nuestro oficio el más oscuro de todos o que intentamos hacerlo
Algunos ejemplares de nuestra especie reducidos a unas cuantas señales de lo que fue la vida en estos tiempos
darán que hablar en un lenguaje todavía inmanejable

Las profecías me asquean y no puedo decir más.

sábado, 3 de enero de 2009

Hacia una interpretación Lihn-güística de: Para ningún destinatario

1/03/2009 06:21:00 p. m.

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En esta ocasión he querido realizar una deslectura del poema “para ningún destinatario” de Enrique Lihn, sin embargo antes de proceder al texto mismo y su decantación creo que es pertinente entregar algunos datos sobre el marco que envuelve a esta pieza, el libro que cobija al poema y sus circunstancias.

Este texto se haya presente en el libro Estación de los desamparados, libro del chileno paradójicamente inspirado por su estancia o “estación” en Perú con motivo de la solicitud que le hiciese el poeta César Calvo para fungir como jurado en un festival de la canción. El libro, concebido allá por el 72 llegó a ser publicado recién diez años después en un tercer país, México. Las razón para tan dilatada presentación de esta obra que goza entre el grueso del trabajo poético de Lihn de una escasa difusión, es principalmente el recato editorial, pues se pensaba que la imagen que este poemario entregaba del Perú en aquella década gobernado por Velasco y su régimen Revolucionario de las Fuerzas Armadas, con todas las consecuencias que la dictadura tuvo sobre la economía, agricultura e intervencionismo en la prensa, podía resultar desalentadora, cruda e incluso ofensiva.

.....¿Es este un país civilizado?
Yo personalmente creo que no. Este es un país bárbaro
que vive una guerra permanente consigo mismo,
una guerra no declarada.
Se ha montado aquí una gran maquinaria.
La Maquinaria del Ocultamiento de la Verdad en el Perú.


Esta opinión fue compartida por el propio autor, quien la hizo explicita al referirse a la división que presenta el poemario. De acuerdo a Lihn, el texto trataría: en su primera parte, de una "intromisión valorativa, gratuita y poco diplomática en los problemas de un país hermano" (Lihn 1997: 379-380), y un "cancionero amoroso" en la segunda

Al respecto es necesario señalar también que la obra recibe su nombre en honor a la estación de ferrocarril Desamparados situada en Lima. El creador, en el título, juega polifónicamente con ambos vocablos al aludir no sólo al lugar físico, edificio ubicado en el margen izquierdo del hablador, o sea el río Rimac sino que busca connotar la condición metafísica de soledad, de desesperanza atestiguada en el lapso que vivió en calidad de extranjero (esto lo veremos en detalle una vez realizado el análisis).

El autor añade además en el libro definitivo, editado por Premiá en el 82, la siguiente cita que ilumina a los intérpretes en cuanto a la recepción y lectura histórico-política subyacente: Este libro, pues, que abunda en un corazón partido, es al mismo tiempo una crónica del Perú: repetición, más o menos literal, de textos orales harto inocentes por lo demás, como se verá; obra de montaje con materiales del natural. La sección segunda –el cancionero de la estación- es el desamparo menos Lima. No tiene connotaciones histórico-político-geográficas: Son estas las que han mantenido el libro en la inedición. (Lihn 1982: 9)

Es mucho lo que podemos obtener de estas palabras para comprender la génesis y devenir de Estación de los desamparados, se admite en primer lugar el carácter cronístico, de diario de viaje o vida de la obra para aludir luego de forma no menos directa y categórica a la función política que empapa al texto en general, o al menos a la primera parte. En cuanto a esto, hay que agregar un dato curioso y no menor, que el santiaguino rápidamente deja en claro, la visión desplegada en torno al país de Vallejo, no surge solo de la memoria e impresiones personalísimas que Lihn pudiese tener, sino “de la repetición, más o menos literal, de textos orales harto inocentes por lo demás” o sea contaminado por las conversaciones que tuviera con su pares intelectuales y artistas del Perú, en definitiva estamos ante una obra que posee un efecto testimonial, tomando como fuente misma el testimonio, o sea, la voz e interpretación de terceros en la constitución del yo poético. Esto a juicio del teórico literario Oscar Galindo torna más compleja la comprensión del modelo genérico que estructura la voz del hablante y por ende las aproximaciones que el lector pueda tener frente al poemario en la medida que el retrato que Lihn hace del Perú no sólo bebe de discursos interdisciplinarios propios del periodismo u otros géneros narrativos por decirlo de alguna manera, sino que además recoge para su gestación la opinión de otros, a los cuales el mismo poeta arguye, es mejor no individualizar por su seguridad. Galindo señala al respecto que se trata de: el testimonio del testimonio, es decir, la transcripción de relatos de otros o más bien el recuerdo de dichos relatos. El dialogo que se desarrolla con el Perú de aquel momento fluye en los siguientes términos

Estación de los Desamparados: aquí tendrían que llegar
los migrantes de la sierra arrojados a Lima.
Pero con seguridad avanzan penosamente hacia ella
en la dirección de estos cerros hambrientos
donde acampa el ejército de los que mueren y mueren
antes de la batalla
de los que viven y viven antes de la batalla.


La pregunta subsecuente es: ¿Dónde establecer los límites entre el autor y el hablante en cuanto a juicios?, son las opiniones de Lihn o de la voz que creo o tal vez son sus pares los que producen estas digresiones. ¿Es el sentimiento de extranjero el que se desnuda o son los residentes que hablan a través del poeta?, quizá una amalgama:

En cuanto se toca el problema del indio –ya nadie lo toca, ningún
peruano habla de esto con sinceridad-
empiezan, pues, las hipocresías.
Yo no tengo ninguna solución para el problema del indio:
lo que ahorita les diga lo creerán un horror, pero no es mi solución:
nadie tiene ninguna.


Ese ahorita, propio del habla del peruano, confunde al lector a la hora de identificar al hablante, dónde empieza y termina la cita, hasta que grado se compromete la voz de Lihn. Lo que si queda claro es que el chileno, haciendo uso de estas estrategias que bordean lo anfibológico plantea un nivel muy interesante de conexión entre poesía y contingencia, aunando la percepción crítica de una multiplicidad de voces, la suya propia, la de los peruanos y la del hablante que tiene autonomía en la obra, por tanto el poeta metafísico que por lo general debate en torno a la existencia, a la desconfianza de la palabra y que busca ironizar la realidad con humor negro y desasosiego, también orbita por lo que nos muestra este libro, fuera del esteticismo, del texto volcado a sí mismo y compromete diversos estadios de la mirada que circunda en torno a lo extratextual.

La situación de Estación de los desamparados empero, no culmina allí, en ese tema que según Lihn contribuyó a mantener relegadas las páginas del libro, o sea las connotaciones histórico-político-geográficas pues la otra parte del texto aunque se mantiene en la tónica del desamparo se aparta del germen social, de lo ideológico y comprometido con el otro, con la alteridad en un nivel gregario al ser voyeur de la maquinaria de ocultamiento de la verdad en el Perú y aborda otro sentido al penetrar la vertiente íntima del amor o mejor dicho del desamor, abriendo uno de los fetiches del poeta, el cuestionamiento constante en torno a la incomunicación y lo complejo de sostener una relación de pareja.

Fragmento de tus auxiliares fueron (…)En lugar de una puñalada recibo un buen consejo.
Tu misma me alientas a la espera y a la prudencia
Te declaras preocupada por el estado en que me encuentro.
Sólo el escándalo y tu horror hacia él pondrían en evidencia
la verdad
de una ruptura glacial


(…)No me provoca ir a Machu Picchu.
Apuraré mi regreso
pero igual estarás a mil años de distancia
y tú serás mi ruina.
Fue así como llegué
...................... a envidiar
............................... ...... a los muertos.


Tal como se señala en la obra de Carmen Foxley: Enrique Lihn: Escritura excéntrica y modernidad, las circunstancias personales que embargaban en ese entonces al poeta, implicaban un quiebre amoroso que lo acompañó de forma delirante durante su viaje. Esta cara de la realidad más personal, la afronta con ironía y jocosidad a la par que deshilvana su crónica del Perú hecha poesía; por tanto Estación de los desamparados, en términos más acotados, podemos verla como un trabajo al estilo de Hunter S. Thompson y su periodismo gonzo, aquel en que el cronista se vuelve parte de la noticia, “otro testimonio del testimonio”, la crisis del hombre ante su pareja a la luz del conflicto de los otros hombres con su patria.

Revisado someramente el contexto de la obra así como la comunicación recíproca que sostienen ambas partes, Estación y Cancionero de la estación respectivamente, llama la atención el poema Para ningún destinatario por dos motivos. Primero porque incluye en su brevedad un sentido totalitario. Un intento de definición del acto mismo de escribir, de poetizar, el que podría compararse estableciendo un nexo co-interpretativo con el poema clásico de Lihn “Porque escribí” publicado en Musiquilla de las pobres esferas (1969) y en segundo lugar porque a la luz de las condiciones testimoniales, extraliterarias e incluso de compromiso político del poemario, mirada juiciosa que Estación de los desamparados sostiene sobre el Perú, lo cual va delineando el espíritu del libro de manera integra, el tono de Para ningún destinatario pieza corta inserta dentro de la globalidad de la obra resulta desconcertante pues su presencia marca “en apariencia” una oposición tajante al sentir de la unidad y promueve un regreso al poeta introspectivo batallando con sus delirios existenciales y su angustia Wittgensteiniana. Por qué digo en apariencia, creo que antes de detallar mi lectura lo justo es poner en conocimiento del lector, el poema en cuestión.

Para ningún destinatario
sin la esperanza ni el propósito de influir sobre el curso de las cosas
el poema es un rito solitario
relacionado en lo esencial con la muerte.


Más que descomponer el texto como se hizo con TV y Sirenas, el caso de “Para ningún destinatario” demanda poner atención a la idea que Lihn procura transmitir a cabalidad al definir el acto poético y la poesía como un ritual personalísimo ligado consustancialmente a la muerte, pues tomando como base aquella afirmación que pone el acento en la nada, podemos señalar su anverso o para algunos su correlato, el ser, lo cual resulta clarificador. Ya que todos, la realidad humana en general al componerse de existencias precarias, vidas que nacen para morir, para darse un sentido en su corto lapso o estación, también se vinculan esencialmente con la poesía o con el acto de crear en el transito que efectúan hacia la muerte, por tanto podemos intervenir el texto original y señalar que:

el poema es un rito solitario
relacionado en lo esencial con la vida


Ahora si a esto añadimos que el acto de vivir es a su vez un quehacer solitario, desamparado, pues toca a cada uno por sí solo encontrar las respuestas y elegir angustiosamente el sentido final que tendrá nuestro devenir, previo al alcance de aquel destino infranqueable que arrastra todo a la nada, hacia esa muerte o imposibilidad posible como la llamaba el filósofo Martin Heidegger, podemos volver a intervenir el poema y decir simplemente:

El vivir es un rito solitario

Aunque hay que agregar que ese vivir, visto a los ojos de Lihn estaría cualificado de modo que no es casual mi intervención al reemplazar la palabra poema por vivir, pues si analizamos a fondo, descubriremos que para el escritor, el acto de escribir y vivir, de poetizar y vivir son lo mismo. El poema como creación, es un acto volitivo a veces inconsciente por parte del poeta sin embargo fuera de la mecánica que lo impulse tal como ocurre en el día a día con nuestros actos, lo que si es claro, es que siempre la acción nos afecta, da vida, muerte y sentido a la realidad que vamos diseñando. Volvamos entonces al caso de Enrique Lihn como creador de su propio tiempo, con todo lo que ello implica. El poeta da vida a su propia realidad, en estación de los desamparados lee y vive al mundo, lee al Perú de los setenta con todos los recursos que tiene para hacerlo, medios propios o gracias a testimonios o lecturas de terceros, de tal modo elige como crear su vida, como escribir su existencia y la de esa realidad que le toco enfrentar (días de mi escritura, solar del extranjero) dice en Porque Escribí, por tanto Lihn vive y escribe al Perú, tal como lo hizo con Paris, El paseo Ahumada en Chile y Nueva York y como él, todos los que asumimos aquella voluntaria obsesión y esclavitud ante las letras (así lo expone Vargas Llosa) prefiguramos el acto de vivir escribiendo, de poetizar la vida como el más rotundo e importante hacer, actuar.

Al escribir estamos ante un sinónimo de vivir, de modo que nace un par indiferenciado que se concreta en vivir/escribir nuestros días, disfrutar y crear nuestra vida/escritura, sólo de ese modo damos sentido a aquella angustia del ser, a ese tiempo al que hemos sido arrojados para correr contra aquel destino ineludible, la muerte y nada. En conclusión una última intervención al texto original sería:

El poema/vida es un rito solitario

Concluida esta primera parte del análisis y tras tanta intervención al poema original, debo señalar con pudor que el argumento desplegado para leer este texto Lihniano puede resultar arbitrario y por lo mismo, podría ser considerado por el lector como una mirada escueta, unilateral y existencialista, a lo cual puedo contra-argumentar como redactor que se trata tan sólo de mi lectura o deslectura, mi diálogo con Lihn bajo esos términos, los cuales me permiten reconocer en poema tan sencillo, una visión trascendente que se despliega en torno al poeta como hombre que reconoce su finitud y vive la escritura a la par que escribe su vida. Sin embargo insisto, a riesgo de sonar majadero, que Lihn, escritor y hombre se sabe finito por ello vive su escritura y escribe su vida ajeno a toda inactividad, o abulia compadeciente, como respaldo y refuerzo a esta visión pragmática que doy de la soledad (desamparo) y saparatidad (vida/muerte) a través de “para ningún destinatario” , resulta necesario a fin de romper lo monológico del artículo, recurrir Lihn-güísticamente a otro texto del poeta, al remate de la pieza “Porque escribí”

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo


En este fragmento del poema Porque escribí, suerte de manifiesto del vivir/escribir queda claro cómo para Lihn y su hablante, el acto de crear y re-crear la realidad a través de la palabra esta relacionado en lo más íntimo y esencial con la vida y por ende con la muerte como literalmente se expone en Para ningún destinatario. Visión que se resume taulógicamente en la forma que la muerte llega al poeta, este muere por su cuenta, o sea en sus términos pues como escritor vivió su estación desamparada, su lapso solitario hacía el fin como quiso y si pudo ese querer, fue porque en definitiva, escribió su realidad. Porque escribió pudo vivir.

Al respecto, se hace necesario si hablamos de realidad y su connotación, no olvidar la incoherencia aparente que ya se señaló y que puede existir entre el texto analizado Para ningún destinatario y el poemario al que pertenece este, estación de los desamparados pues el poema desde el primer verso niega a un posible receptor y la esperanza de influir en el curso de las cosas para luego presentarnos una idea de la realidad vital creada desde la escritura lo que para algunos implica una incapacidad de captar el yo fuera del cogito, o sea, estamos ante una concepción de la escritura que fácilmente puede ser acusada de burguesa u ombliguista, sentir contrario al espíritu del poemario, pues Estación de los desamparados en su totalidad, navega contra lo cerrado, metatextual y autorreferente, entregando un sentir eminentemente cronístico y testimonial, focalizado en lo experencial o extraliterario.

De cualquier modo para no caer en acusaciones y satanizar el compromiso ético que desde su propuesta estética pueda tener Lihn, es necesario recurrir a dos documentos, algunos versos del aludido poema Porque Escribí y un fragmento del artículo LOS LIHN: CONDENADOS A LA IRREALIDAD escrito por Cristián Warnken Lihn, sobrino del poeta, profesor de lenguaje y conocido animador de la televisión (la belleza de pensar y la belleza nueva). Estos entregan algunas pistas para comprender el sentir de Lihn ante la realidad, la vida y la muerte y contribuyen además a dar otro empujón al carácter polifónico de esta lectura, agregando una tercera voz.

Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos

(Fragmento de Porque Escribí)

LOS LIHN: CONDENADOS A LA IRREALIDAD (fragmento)

(..) Los Lihn, cada uno a su manera, son habitantes de una “irrealidad” muy propia, de una distancia irónica frente al mundo práctico, todos han sido víctimas de esa “rugosa realidad” de la que hablaba Rimbaud. Lihn escribió un hermoso poema sobre Angélica -su hermana y mi madre- que muestra a una fantasmal adolescente caminando por las calles de París, extraviada, ausente. El poema dedicado a mi madre es un autorretrato del propio Lihn y de su propia manera de viajar, y recorrer las ciudades, como un espectador situado y sitiado por la memoria y las trampas de la infancia y el lenguaje. Él escribiría después París, situación irregular, cuaderno que muestra un París más vertiginoso, más “posmoderno”, pero no por eso más real. Lihn nos hace sentir que todas las ciudades son proyecciones de la memoria, que todo lo transforma, y que no hay presente ni pasado posibles, atrapados como estamos por las labilidades del deseo, eternos niños que juegan en “la pieza oscura” de la realidad. (…)

Queda claro que para Lihn, la realidad y la existencia no se puede concebir sin la escritura, sin el tamiz de las palabras por muy enemigas que resulten a veces, eso lo vemos en el fragmento seleccionado de Porque Escribí.

Me condené escribiendo a que todos dudarán de mi existencia real. La escritura, su escritura se impone al ser, al punto de llegar a negarlo, de modo que el arte no sólo reafirma al autor sino que muchas veces también lo borra, lo tacha. Algo anecdótico que puede vincularse y contribuir a un mejor entendimiento de esta problemática, se da en torno a todas las existencias que el poeta como un pequeño o gran dios de las letras realizó al dar vida a seres como Gerardo de Pompier, sátira mordaz de la intelectualidad hispanoamericana, o por ejemplo al hacer pensar a los chilenos que el poeta viñamarino Juan Luis Martínez, no era más que otra de sus invenciones, al profundizar sobre la nueva novela de Martínez en el ensayo Señales de ruta. En esto hay que entender finalmente que la autonomía de la palabra se impone a la biografía del creador por ello en ese vivir/escribir, días de su escritura solar del extranjero, hay que posicionar el origen y existencia de toda realidad escrita y re-escriturada por Lihn.

En ese devenir existencia/escritura de Lihn, el poemario Estación de los desamparados desde el título, va más allá de lo material, por tanto la realidad para el autor es más compleja que lo que atañe a una mera dialéctica histórica. Como ya expuse en un comienzo “estación y desamparados”, no sólo denota un sitio sino que connota al universo humano por completo y por ende a la propia estación de Lihn, a su vida desamparada y a la condición precaria que todo hombre, escritor o no escritor, sufre, y en ese sumar de realidades hay que pensar la condición política de Latinoamérica y en específico del Perú, ese Perú del 72 entendido a la luz de este poema como una realidad fantasmal que sólo cobra vida en la palabra, pues la escritura realiza al mundo y da vida a las existencias, las sitúa en la memoria y dialoga con los idiolectos del eventual lector.

De modo que la Estación de Lihn en el Perú, cruda, realista. polémica, ofensiva, barbarizada y romantizada es Lihn, Lihn y su genio en un lugar irreal como todos los lugares y objetos que aunque eventualmente llegan a tener esencias, nombres y verosimilitud, es tan sólo porque todos los residentes y habitantes los leemos y escribimos en el vivir/escribir diario, de modo que todos servidos y servidores pasarán en esa escritura, escritura que paradójicamente quizá nunca tenga destinatario, por tanto por mucho esfuerzo que hagamos, por muy duro que sea nuestro intervenir no cambiará en nada la suerte de las cosas, estas se vivirán, se escribirán, se leerán pero no cambiarán su destino irreductible sustancialmente vinculado al natural proceso de afrontar la muerte, y aún cuando de los hechos históricos, políticos y poéticos surgán nuevas vidas y escrituras, ello no hace más que perpetuar esta ilusión en la palabra, este sueño Kafkiano compartido, personal o quizá negado y condenado a existir tan sólo en las páginas privadas de quien les dio vida y tuvo vida gracias a la magia de la poesía y el poder que el rito solitario de vivir/escribir tiene sobre la muerte para robarle uno que otro secreto antes de que venga a reclamarnos.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en Cinosargo

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jueves, 1 de enero de 2009

Dentista: Cuento completo de Bolaño

1/01/2009 11:44:00 p. m.



No era Rimbaud, sólo era un niño indio.

Lo conocí en 1986. En aquel año, por motivos que no vienen a cuento o que ahora me parecen banales, estuve unos días en Irapuato, la capital de las fresas, en casa de un amigo dentista que estaba pasando por un mal trance. En realidad, el que estaba mal era yo (mi novia había decidido romper abruptamente nuestra ya prolongada relación), pero cuando llegué a Irapuato, en donde supuestamente iba a tener tiempo para pensar en mi futuro y tranquilizarme, me encontré a mi amigo dentista, siempre tan discreto y ponderado, al borde de la desesperación.

Diez minutos después de haber llegado me contó que había matado a una paciente. Como no me cabía en la cabeza que un dentista pudiera matar a alguien, le rogué que se tranquilizara y me contara toda la historia. Ésta era simple, hasta donde pueden ser simples las historias de esta naturaleza, y de la narración más bien deshilvanada que de ella hizo mi amigo deduje que en modo alguno se le podía imputar la muerte de nadie.

La historia me pareció, por otra parte, extraña. Mi amigo, además de trabajar en una clínica dental privada, que le producía sustanciosos dividendos, hacía horas extra en una especie de cooperativa médica abierta a los pobres y a los indigentes, que parece lo mismo, pero que para mi amigo, y sobre todo para los ideólogos de esta suerte de organismo benéfico de la salud, no era lo mismo. En la cooperativa sólo había dos dentistas y el trabajo era arduo. Como la cooperativa carecía de consultorio dental, atendían en sus respectivas consultas, en horarios no comerciales (fue la palabra que él empleó), mayormente de noche, y se hacían auxiliar por estudiantes de odontología solidarios, la mayoría izquierdistas, y con ganas de practicar.

La mujer muerta era una india vieja que acudió una noche con un absceso en la encía. Mi amigó no operó el absceso, pero la operación se realizó en su consultorio. El responsable fue un estudiante y la mujer se desmayó y al estudiante le dio un ataque de nervios. Otro estudiante llamó a mi amigo por teléfono. Cuando mi amigo llegó al consultorio y quiso saber qué ocurría se encontró con un cáncer de encía sajado por una mano torpe, y rápidamente se dio cuenta de que ya no podía hacer nada. Hospitalizaron a la mujer en el Hospital General de Irapuato, en donde murió al cabo de una semana.

Estos casos eran, por lo que me contó, bastante raros, digamos uno entre diez mil, y ningún dentista en su sano juicio espera encontrarlos en su vida. Le dije que lo entendía, aunque la verdad es que no entendía nada, y esa noche salimos a tomar copas. Mientras recorríamos los bares de la ciudad, bares más bien de clase media alta, yo no podía dejar de pensar en la india vieja y en el cáncer que le estaba royendo la encía.

Mi amigo me volvió a explicar la historia, con algunos cambios sustanciales que atribuí al alcohol que por entonces habíamos ingerido, y luego nos subimos a su Volkswagen y nos fuimos a comer a una fonda de comidas corridas en los suburbios de Irapuato. El cambio de escenario era notable. Si antes nos habíamos codeado con profesionales, funcionarios y comerciantes, ahora estábamos rodeados por obreros, desempleados, mendigos.

La melancolía de mi amigo, por otra parte, iba en aumento. A las doce de la noche comenzó a despotricar contra Cavernas. El pintor. Hacía algunos años mi amigo había comprado dos grabados suyos que lucía en un sitio de honor en una de las paredes de la sala de su casa. Un día en que por azar coincidió con el ubérrimo artista en una fiesta que daba otro dentista en su residencia de la Zona Rosa, un dentista dedicado, si no recuerdo mal, a recomponer la sonrisa de las estrellas del séptimo arte mexicano (en palabras de mi amigo), intentó hablar con él.

Al principio, Cavernas no sólo accedió a platicar sino que incluso, según mi amigo, lo hizo confidente involuntario de algunas intimidades de su vida. En algún momento de la noche Cavernas propuso compartir a una jovencita que, irrazonablemente, parecía más prendada del dentista que del artista. A mi amigo la jovencita le importaba un carajo y así se lo hizo saber. Al contrario, lo que quería no era una noche de amor a tres sino comprarle otro grabado a Cavernas, directamente, sin intermediarios, el que el pintor quisiera y al precio que el pintor pusiera, siempre y cuando el grabado contuviera una dedicatoria personal, del tipo «a Pancho, en recuerdo de una noche loca» o algo así.

A partir de ese momento la actitud de Cavernas cambió. Me empezó a mirar con ojos cruzados, comentó mi amigo. Me dijo que los dentistas no entendíamos una chingada de arte. Me preguntó si era maricón a secas o si por el contrario aquello era más bien una frivolidad pasajera. Mi amigo, por supuesto, tardó en darse cuenta de que Cavernas lo estaba insultando. Cuando quiso reaccionar, explicarle al pintor que su admiración era meramente la que sentía un amante del arte por la obra de un genio incomprendido de la pintura universal, Cavernas ya no estaba junto a él.

Tardó en encontrarlo. Mientras lo buscaba iba repasando mentalmente lo que pensaba decirle. Lo divisó en el balcón de la casa, en compañía de dos tipos con pinta de gángsters. Cavernas lo vio venir y les dijo algo a sus acompañantes. Mi amigo dentista sonrió. Los acompañantes de Cavernas también sonreían. Probablemente mi amigo estaba algo más borracho de lo que pensaba, de lo que quería recordar. Lo cierto es que el pintor lo recibió con un insulto y sus acompañantes lo cogieron de los brazos y de la cintura y lo suspendieron en el vacío. Mi amigo se desmayó.

Entre brumas recordaba que Cavernas había vuelto a llamarlo maricón, las risas de los hombres que lo sostenían, los automóviles aparcados en el cielo, un cielo gris parecido a la calle Sevilla. La certidumbre de que te mueres y de que te mueres por nada, por estupideces, y de que tu vida, la vida que estás a punto de perder, es también una sucesión de estupideces, es nada. Y hasta la certidumbre carece de dignidad.

Eso me dijo mientras bebíamos tequila en la fonda de comidas corridas, que por supuesto carecía de permiso para expender bebidas alcohólicas, en uno de los barrios bajos de Irapuato. Después se extendió en una argumentación cuyo eje central era el descrédito del arte. Los grabados de Cavernas, yo lo sabía, aún estaban colgados en su sala y no tenía noticias de que mi amigo hubiera realizado ningún gesto encaminado a venderlos. Cuando quise argüir que su affaire con Cavernas pertenecía a la historia particular y no a la historia del arte y que por lo tanto podía utilizar esa historia para el descrédito de los seres humanos pero no para el descrédito de los artistas y menos aún para el descrédito del arte, mi amigo puso el grito en el cielo.

El arte, dijo, es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, dijo, es la historia particular. Es la única historia particular posible. Es la historia particular y es al mismo tiempo la matriz de la historia particular. ¿Y qué es la matriz de la historia particular?, dije. Acto seguido pensé que me respondería: el arte. Y también pensé, y ése fue un pensamiento afable, que ya estábamos borrachos y que era hora de volver a casa. Pero mi amigo dijo: la matriz de la historia particular es la historia secreta.

Durante unos instantes me miró con los ojos brillantes. Pensé que la muerte de la india con el cáncer en la encía le había afectado mucho más de lo que en principio creí.

¿Y tú te preguntarás qué es la historia secreta?, dijo mi amigo. Pues la historia secreta es aquella que jamás conoceremos, la que vivimos día a día, pensando que vivimos, pensando que lo tenemos todo controlado, pensando que lo que se nos pasa por alto no tiene importancia. ¡Pero todo tiene importancia, buey! Lo que pasa es que no nos damos cuenta. Creemos que el arte discurre por esta acera y que la vida, nuestra vida, discurre por esta otra, y no nos damos cuenta de que es mentira.

¿Qué hay entre una acera y otra acera?, me preguntó. Algo le debí de responder, supongo, aunque no me acuerdo de qué dije porque en ese momento mi amigo vio a un conocido y lo saludó con la mano, desentendiéndose de mí. Recuerdo que el local en el que estábamos se había ido llenando de gente. Recuerdo las paredes con baldosas verdes, como si se tratara de un urinario público, y la barra en donde antes no había nadie y que ahora estaba llena de personajes de aspecto cansado o festivo o patibulario. Recuerdo a un ciego cantando una canción en una esquina del local o una canción que hablaba de un ciego. El humo, antes inexistente, flotaba por encima de nuestras cabezas. Entonces el amigo al que mi amigo había saludado con un gesto se acercó a nuestra mesa.

No tenía más de dieciséis años. Aparentaba menos. Era más bien bajo y su figura, que podía ser fuerte, tendía hacia lo redondo, hacia la eliminación de aristas. Vestía pobremente, aunque algo había en su ropa que no terminaba de cuajar, una cualidad movediza, como si la ropa estuviera diciendo algo incomprensible desde distintos sitios a la vez, y llevaba unos tenis gastados de tanto andar, unos tenis que en el círculo de mis amistades o mejor dicho en el círculo de los hijos de algunas de mis amistades, estarían desde hace mucho tiempo sepultados en el closet o abandonados en un basurero.

Se sentó a nuestra mesa y mi amigo le dijo que pidiera lo que quisiera. Fue la primera vez que sonrió. No puedo decir que tuviera una bonita sonrisa sino más bien todo lo contrario: era la sonrisa de alguien desconfiado, la sonrisa de quien espera pocas cosas de los demás y todas malas. En ese momento, cuando el adolescente se sentó con nosotros y exhibió su sonrisa fría, se me pasó por la cabeza la posibilidad de que mi amigo, que era un soltero empedernido y que pudiendo haberse radicado desde hacía años en el DF había preferido no abandonar su ciudad natal de Irapuato, se hubiera vuelto homosexual o que siempre lo hubiera sido y sólo esa noche, precisamente la noche en que habíamos hablado de la muerte de la india y del cáncer en la encía, aflorara, fuera de toda lógica, una verdad oculta durante años. Pero pronto deseché esta idea y me concentré en el recién llegado o tal vez fueron sus ojos, en los que no había reparado hasta entonces, los que me obligaron a dejar a un lado mis temores (pues la posibilidad, incluso remota, de que mi amigo fuese homosexual en ese entonces me atemorizaba) y a dedicarme a la observación de aquel ser que parecía fluctuar entre la adolescencia y una niñez de espanto.

Sus ojos, cómo decirlo, eran potentes. Ése fue el adjetivo que se me ocurrió entonces, un adjetivo que evidentemente no ahondaba en la impresión real que sus ojos dejaban en el aire, en la frente de quien le sostuviera la mirada, una especie de dolor entre las cejas, pero no encuentro otro que sirva mejor a mis propósitos. Si su cuerpo tendía, como ya he dicho, a una redondez que los años acabarían concediéndole con rotundidad, sus ojos tendían hacia lo afilado, lo afilado en movimiento.

Mi amigo me lo presentó con no disimulada alegría. Se llamaba José Ramírez. Le tendí la mano (no sé por qué, no soy dado a estos formalismos, al menos no en un bar y de noche) y él vaciló antes de darme la suya. Cuando se la estreché mi sorpresa fue mayúscula. Su diestra, que esperaba suave y vacilante como la de cualquier adolescente, exhibía al tacto una acumulación de callosidades que le daba una apariencia de hierro, una mano no demasiado grande, de hecho, ahora que lo pienso, ahora que vuelvo a aquella noche en los suburbios de Irapuato, lo que aparece ante mis ojos es una mano pequeña, una mano pequeña rodeada u orlada por los exiguos resplandores del bar, una mano que surge de un lugar desconocido, como el tentáculo de una tormenta, pero dura, durísima, una mano forjada en el taller de un herrero.

Mi amigo sonreía. Por primera vez en aquel día le vi en el rostro un atisbo de felicidad, como si la presencia tangible (con su figura redonda, sus ojos afilados y sus manos duras) de José Ramírez ahuyentara la culpa de la india con el cáncer en la boca, el malestar recurrente que el recuerdo del pintor Cavernas le provocaba. Como si adivinara la pregunta que estaba tentado de hacer y que sin embargo por una elemental cuestión de educación no haría, mi amigo dijo que había conocido a José Ramírez de forma profesional.

Tardé en entender que se refería a su consulta odontológica. Gratis, dijo entonces el muchacho, con una voz que, como sus manos y sus ojos, también se desdecía del resto de su cuerpo. En la consulta de la cooperativa, dijo mi amigo. Le empasté siete muelas, un trabajo fino. José Ramírez asintió y bajó los ojos. Fue como si de nuevo se transformara en lo que de verdad era, un muchacho de dieciséis años. Recuerdo que después pedimos más bebidas y que José Ramírez se comió un plato de chilaquiles (no quiso comer nada más aunque mi amigo insistió en que pidiera lo que quisiera, que él invitaba).

Durante todo el rato que aún permanecimos en la fonda la conversación se mantuvo entre ellos dos y yo me quedé al margen. A veces oía sus palabras: hablaban de arte, es decir mi amigo había retomado la historia de Cavernas, que mezclaba arbitrariamente con la india muerta en una cama de hospital, en medio de dolores espantosos, o tal vez no, tal vez había sido anestesiada, tal vez alguien le aplicaba morfina regularmente, pero la imagen era ésa, la india, apenas un bulto minúsculo, abandonada en una cama de hospital en Irapuato, y la risa de Cavernas y sus grabados que colgaban perfectamente enmarcados en la sala del dentista, una sala, y por ende una casa, que el joven Ramírez había visitado, según deduje de las palabras de mi amigo, y donde había visto los grabados de Cavernas, las joyas de su pinacoteca particular, y le habían gustado.

En algún momento nos fuimos de allí. Mi amigo pagó y encabezó la marcha hacia la puerta de salida. No estaba tan borracho como yo creía y no hizo falta que le sugiriera que cambiáramos de asiento, que me dejara conducir a mí. Recuerdo otros lugares, lugares en los que no nos quedábamos demasiado tiempo, y finalmente recuerdo un enorme lote baldío, una calle sin pavimentar que terminaba en el campo y en donde José Ramírez se bajó del coche y se despidió de nosotros sin darnos la mano.

Dije que me parecía extraño que el muchacho viviera allí, donde no había casas, sólo oscuridad y tal vez la silueta de un cerro, al fondo, apenas recortada por la luna. Dije que lo acompañáramos un trecho. Mi amigo (al hablar no me miró, tenía las manos sobre el volante y su actitud era de cansancio y calma) replicó que no podíamos acompañarlo, que no me preocupara, que el chavo conocía muy bien el camino. Luego encendió el motor, puso las luces largas y pude ver, antes de que el coche empezara a recular, un paisaje irreal, como en blanco y negro, compuesto de árboles raquíticos, malezas, una senda de carretas, un híbrido entre el basurero y la estampa bucólica típicamente mexicana.

Ni rastro del muchacho.

Después volvimos a casa y a mí me costó conciliar el sueño. En la habitación de huéspedes había un cuadro de un pintor irapuatense, un paisaje impresionista en donde se adivinaba una ciudad y un valle y en donde predominaba una extensa gama de amarillos. Creo que el cuadro tenía algo maligno. Recuerdo que daba vueltas en la cama, cansado e insomne, y que por la ventana entraba una débil luz que literalmente encendía el paisaje y lo hacía ondular. No era un buen cuadro. No era el cuadro el que me obsesionaba, el que no me dejaba dormir, el que me llenaba de una tristeza imprecisa e irremediable, aunque de buena gana me hubiera levantado a descolgarlo y a ponerlo de cara a la pared. De buena gana hubiera regresado esa misma noche al DF.

Al día siguiente me levanté tarde y no vi a mi amigo hasta la hora de la comida. En la casa sólo estaba la mujer que iba cada día a hacerle la limpieza y decidí que lo mejor era salir y dar una vuelta por la ciudad. Irapuato no es una ciudad hermosa, pero nadie puede negar el encanto de sus calles, la atmósfera de tranquilidad que se respira en el centro, en donde los irapuatenses fingen preocupaciones que a los nativos del DF nos parecen meras distracciones. Como no tenía nada que hacer, después de desayunar un jugo de naranja en una cafetería me dediqué a leer el periódico sentado en un banco, mientras a mi lado pasaban estudiantes de secundaria o empleados públicos con una clara vocación para el ocio y la conversación irrelevante.

Qué lejos me parecieron entonces, y por primera vez desde que había iniciado el viaje, mis problemas sentimentales del DF. Hasta pájaros había en aquella plaza de Irapuato. Más tarde pasé por una librería (me costó encontrar una), en donde compré un libro con ilustraciones de Emilio Carranza, un paisajista nacido en El Hospital, una aldea o un ejido cercano a Irapuato, y que supuse le haría gracia a mi amigo dentista, a quien pensaba regalárselo.

Nos encontramos a las dos de la tarde. Fui a buscarlo a su consulta. La secretaria me pidió amablemente que lo esperara, que a última hora había tenido una visita imprevista y que no tardaría en desocuparse. Me senté en la sala de espera y me puse a leer una revista. No había nadie. El silencio, no ya sólo en la consulta de mi amigo sino en todo el edificio, era casi total. Por un momento pensé que lo que había dicho la secretaria era una mentira, que mi amigo no estaba allí, que había ocurrido algo malo y que las instrucciones expresas que había dejado antes de salir a toda prisa eran de no darme motivos de alarma. Me levanté, di unos pasos por la sala de espera, me sentí, como era lógico, ridículo.

En la recepción la secretaria ya no estaba. Quise coger el teléfono y hacer una llamada, pero fue un impulso del todo automático, pues ¿a quién iba a llamar en una ciudad en donde no conocía a nadie? Me arrepentí mil veces de haber ido a Irapuato, maldije mi sensibilidad atrofiada, me prometí que nada más volver al DF encontraría una mujer inteligente y hermosa, pero sobre todo práctica, con la que me casaría al cabo de un noviazgo corto, exento de gestos desmesurados. Me senté en la silla de la secretaria y traté de calmarme. Durante un rato contemplé la máquina de escribir, el libro en donde estaban anotadas las visitas, un recipiente de madera lleno de lápices, clips y gomas de borrar que parecían estar en perfecto orden, lo que me pareció imposible pues nadie en su sano juicio ordena clips (lápices y gomas, sí, pero no clips), hasta que la visión involuntaria de mis manos temblando sobre la máquina de escribir propició que me levantara de un salto y, ya sin dudarlo, acudiera a buscar, con el corazón batiéndome el pecho, a mi amigo.

La educación, sin embargo, es a veces más fuerte que un repentino ataque de nervios. Mientras abría puertas y arremetía hacia el interior del consultorio llamándolo en voz alta, recuerdo que al mismo tiempo iba pensando en la excusa que le iba a dar cuando lo encontrara, si es que lo encontraba. Aún hoy no sé qué me pasó aquella tarde. Probablemente fue la última manifestación exterior de mi malestar o de mi tristeza, malestar y tristeza que traía del DF y que se evaporó en Irapuato.

Mi amigo, por supuesto, estaba en su consulta, y junto con él vi a una paciente, una mujer de unos treinta años, de porte distinguido, y su enfermera, una muchacha de pequeña estatura, de rasgos mestizos, a la que hasta ese momento no había visto. Ninguno de los tres pareció sorprenderse de mi aparición. Ahorita termino, dijo mi amigo sonriéndome.

Más tarde, al explicarle lo que había sentido en su consulta (es decir: aprensión, miedo, una angustia que subía incontrolada), mi amigo declaró que a él solía ocurrirle algo parecido en los edificios aparentemente vacíos. Comprendí que sus palabras eran básicamente benévolas conmigo y traté de no pensar más en ello. Pero cuando mi amigo se ponía a hablar no había quien lo parara y durante la comida, que duró de las tres hasta las seis de la tarde, se dedicó a darle vueltas al tema: los edificios aparentemente vacíos, es decir los edificios que uno cree que están vacíos, y uno cree eso porque no oye ruido alguno, pero que en realidad no están vacíos, y eso uno también lo sabe, aunque los sentidos, el oído, la vista, le digan que está vacío. Y entonces la angustia, el miedo, no obedecen a lo que uno cree que obedecen, es decir al hecho de encontrarse en el interior de un edificio vacío, ni siquiera al hecho, nada fantástico, de creerse atrapado o encerrado en el interior de un edificio vacío, sino a que uno sabe, en lo más profundo uno sabe, que no existen edificios vacíos, que en los chingados edificios vacíos siempre hay alguien que se nos hurta a nuestra mirada y que no hace ruidos, y a eso se reduce todo, a que no estamos solos, dijo mi amigo dentista, a que ni siquiera estamos solos cuando todo nos indica de forma razonable que lo estamos.

Y después dijo: ¿sabes cuándo estamos solos de verdad? En las multitudes, le dije pensando que así le seguía la corriente, pero no, no era en las multitudes, eso debí de imaginarlo, sino tras la muerte, la única soledad mexicana, la única soledad de Irapuato.

Esa noche nos emborrachamos. Le entregué mi regalo, dijo que no conocía al pintor Carranza, salimos a comer y nos emborrachamos.

Empezamos con las cantinas del centro de la ciudad y luego volvimos al extrarradio, en donde habíamos estado la noche anterior y donde habíamos encontrado al joven Ramírez. Recuerdo que en algún momento de nuestro errático periplo pensé que mi amigo buscaba a Ramírez. Se lo dije. Respondió que no era cierto. Le dije que conmigo podía hablar con franqueza, que cualquier cosa que me dijera iba a quedar entre nosotros dos. Dijo que siempre había hablado con franqueza conmigo y al cabo de un rato añadió mirándome a los ojos que no tenía nada que ocultar. Le creí. Pero la impresión de que buscaba al joven campesino persistió. Esa noche nos acostamos tarde, cerca de las seis de la mañana. En algún momento mi amigo dentista se puso a recordar nuestra juventud, cuando ambos estudiábamos en la UNAM y ambos admirábamos la obra de Elizondo con un fervor ciego. Yo estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras y él en Odontología y nos conocimos en el cineclub de mi facultad, durante el coloquio posterior a una película de un director boliviano, supongo que sería Sanjinés.

Durante el coloquio mi amigo se levantó y fue no sé si el único pero sí el primero en decir que la película no le había gustado y en decir por qué. A mí tampoco me había gustado, pero entonces jamás lo hubiera admitido. La amistad entre ambos fue espontánea: esa misma noche supe de su admiración por Elizondo, que yo también profesaba, y durante el segundo verano ambos quisimos emular a los personajes de Narda o el verano alquilando una casita cerca del mar en Mazatlán, que si bien no era la costa italiana, con un poco de imaginación y voluntad podía llegar a parecérsele.

Después crecimos y nuestras aventuras juveniles nos parecieron más bien detestables. Los jóvenes mexicanos de clase media alta estamos condenados a imitar a Salvador Elizondo que a su vez imita a un inimitable Klossowski o a engordar lentamente en el comercio o en la burocracia o a dar palos de ciego en organizaciones vagamente de izquierdas, vagamente caritativas. Entre Elizondo, cuya obra ya no releía, y el pintor Cavernas, se consumía nuestra hambre inagotable, y con cada bocado que dábamos éramos más pobres, más flacos, más feos, más ridículos. Después mi amigo volvió a Irapuato y yo me quedé en el DF y de alguna manera ambos procuramos desinteresarnos del lento naufragio de nuestras vidas, del lento naufragio de la estética, de la ética, de México y de nuestros chingados sueños.

Pero conservamos la amistad y eso importaba. Y ahí estábamos hablando de nuestra juventud, bastante borrachos, y de repente mi amigo recordó a la india vieja que se le había muerto de cáncer en la encía y recordó nuestra conversación sobre la historia del arte y la historia particular y habló de las dos aceras (un tema del que yo apenas recordaba nada) y finalmente llegó a la fonda de comidas corridas en donde habíamos encontrado a José Ramírez, que era precisamente adonde quería llegar, y me preguntó qué pensaba de él, aunque lo preguntó de tal forma que yo no supe si se refería al adolescente indio o a sí mismo, y para curarme en salud le dije que no pensaba nada, o tal vez hice un gesto que podía significar cualquier cosa, y mi amigo acto seguido me preguntó si creía, si se me había pasado por la cabeza la idea de que entre José Ramírez y él pudiera haber algo, esos sobrentendidos atroces y tan mexicanos, y yo dije no por Dios, mano, cómo se te ocurre, no te azotes, tal vez ahora exagero, mi memoria exagera, tal vez no exagero, tal vez entonces se abrió el agujero real, el que había presentido en el edificio falsamente vacío, el que había entrevisto cuando el indio adolescente se acercó a nosotros la primera vez, justo mientras hablábamos o mi amigo hablaba o peroraba sobre la india muerta, ese cadáver cada vez más pequeño, y entonces todo se me cruzó, posiblemente debido a la borrachera, nuestra juventud evocada, nuestras lecturas, Narda o el verano, de Elizondo, una gloria nacional, nuestro verano imaginario y voluntarioso en Mazatlán, mi novia que sorpresivamente decidía torcer el rumbo a su soberana discreción, los años, Cavernas y la pinacoteca de mi amigo, mi viaje a Irapuato, las calles de Irapuato tan tranquilas, la misteriosa decisión de mi amigo de radicarse allí, de ejercer allí, en la ciudad natal, cuando lo normal hubiera sido...

Y entonces él dijo: tienes que conocer a José. Hizo hincapié en el verbo conocer. Tienes que conocerlo. Y: yo no soy. No soy de ésos. Ya sabes. Yo no. Y luego habló de la india muerta y del trabajo en la cooperativa. Y dijo: yo no. Yo no, por supuesto, ¿verdad? Verdad, dije yo. Y luego cambiamos de bar y en el camino él dijo: mañana. Y yo supe que no era su borrachera, que mañana lo recordaría y que una promesa era una promesa, ¿verdad? Verdad. Y entonces, buscando para variar otro tema, le referí una ocasión, cuando yo era niño, en que me quedé encerrado en el elevador de mi edificio. Entonces estuve solo de verdad, dije. Y mi amigo me escuchó con una sonrisa, como diciéndose vaya pendejete estás hecho, qué hubo con todo ese titipuchal de años en el DF, con todo ese titipuchal de libros leídos y estudiados y enseñados en donde quiera que tú enseñes. Pero yo insistí. Estuve solo. Durante mucho tiempo. A veces todavía siento (muy raramente, para qué más que la verdad) lo que sentí en el interior del elevador. ¿Y sabes por qué? Mi amigo hizo un gesto que quería decir que prefería no saberlo. Igual se lo dije: porque era niño. Recuerdo su respuesta. Me daba la espalda, buscaba el lugar en donde había dejado estacionado el coche. Pendejadas, dijo. Mañana vas a ver lo que es bueno de verdad.

Y al día siguiente no había olvidado nada. Al contrario, recordaba cosas que yo ya había olvidado. Por la forma como habló de José Ramírez parecía su tutor. Recuerdo que esa noche nos vestimos como si fuéramos a ir de putas o de cacería, mi amigo con una chaqueta de pana marrón y yo con una chaqueta de cuero que traje pensando en alguna excursión al campo.

Iniciamos el recorrido tomando un par de whiskys en el centro, en un local en penumbra que olía a after-shave. Después nos fuimos directamente a los barrios que solía frecuentar José Ramírez. Estuvimos en un par de cafeterías ruinosas, en la fonda de comidas corridas (en donde intentamos comer aunque ninguno de los dos tenía hambre), en una cantina llamada El Cielo. Ni rastro del adolescente indio.

Cuando ya habíamos dado la noche por perdida, una noche extraña en la que casi no habíamos cruzado palabra, lo vimos o lo adivinamos caminando por una acera mal iluminada. Mi amigo tocó el claxon y dio la vuelta con una maniobra temeraria. Ramírez nos esperaba quieto en una esquina. Bajé la ventanilla y lo saludé. Por encima de mí salió la cabeza de mi amigo y lo invitó a subir. El adolescente entró en el coche sin decir una palabra. Mis recuerdos del resto de aquella noche son festivos. Irreflexivamente festivos. Parecía que celebráramos el cumpleaños del joven que iba con nosotros. Parecíamos sus padres. Parecíamos sus padrotes.

Parecíamos dos mexicanos blancos tristes guardando las espaldas de un mexicano indio incomprensible. Nos reíamos. Bebíamos y nos reíamos y nadie osó acercarse a nosotros o burlarse de nosotros porque si mi amigo no lo hubiera matado lo hubiera hecho yo.

Y oímos la historia o los retazos de historia de José Ramírez, una historia que entusiasmaba a mi amigo y que a mí, pasados los primeros momentos de perplejidad, también me entusiasmó, pero que luego, a medida que llegábamos a las vertientes desconocidas de la noche, como dice un poema de Poe, se fue desdibujando, como si las palabras del adolescente indio no encontraran un asidero válido en nuestra memoria, y es por eso que apenas recuerdo sus palabras. Sé, porque lo dijo él, que había participado en un taller de poesía, un taller de poesía gratuito, más o menos como la cooperativa medica de los pobres, solo que en versión literaria, y que Ramírez no escribió ni un solo poema, algo que hizo retorcerse de risa a mi amigo dentista y que yo no entendí, no le veía la gracia, hasta que me explicaron que Ramírez escribía narrativa. Cuentos, no poemas. Entonces pregunté por qué no se había matriculado en un taller de narrativa. Y mi amigo dentista dijo: porque no había ningún taller de narrativa. ¿Comprendes? En este pueblo de mierda sólo se enseña gratis la poesía. ¿Comprendes?

Y luego Ramírez habló de su familia, o tal vez fue el dentista el que habló de la familia de Ramírez, y sobre ésta no había nada que decir. ¿Comprendes? Nada. Y yo no entendí gran cosa, aunque por no quedarme al margen hablé de los edificios vacíos y del engaño, pero mi amigo me hizo callar con un gesto. Nada que decir. Campesinos. Muertos de hambre. Ni una sola señal. ¿Comprendes? Y yo dije que sí con la cabeza, por no llevar la contraria, pero en realidad no comprendía nada. Y luego mi amigo afirmó que pocos escribían como escribía el joven que estaba a nuestro lado. Verdad de Dios: muy pocos. Y a partir de ese momento se embarcó en una exégesis de Ramírez que me dejó helado.

Superior a todos, dijo. Los narradores mexicanos parecían niños de pecho comparados con este adolescente más bien gordo e inexpresivo y con las manos endurecidas por el trabajo en el campo. ¿Pero qué campo?, dije yo. El campo que nos rodea, dijo el dentista y con su mano hizo un movimiento circular, como si Irapuato fuera una avanzada en tierra salvaje, un fuerte en medio del territorio apache. Y entonces yo miré de reojo al adolescente, lo miré con miedo, y vi que estaba sonriendo, y luego mi amigo empezó a contarme un cuento de Ramírez, un cuento sobre un niño que tenía muchos hermanos pequeños que cuidar, ésa era la historia, al menos al principio, aunque luego el argumento daba un giro y se pulverizaba a sí mismo, el cuento se convertía en una historia sobre el fantasma de un pedagogo encerrado en una botella, y también en una historia sobre la libertad individual, y aparecían otros personajes, dos merolicos más bien canallas, una veinteañera drogadicta, un coche inútil abandonado en la carretera que servía de casa a un tipo que leía un libro de Sade. Y todo en un cuento, dijo mi amigo.

Y yo, que por educación hubiera podido decir que estaba bien, que sonaba interesante, dije que era necesario leerlo para poder formarme una opinión cabal. Eso fue lo que dije, pero igual hubiera podido decir lo contrario y me habría salvado. Y entonces mi amigo se levantó y le dijo a Ramírez que fuéramos a buscar los textos. Recuerdo que Ramírez lo miró, sin levantarse, y luego me miró a mí y luego sin decir nada se levantó. Yo hubiera podido protestar. Hubiera podido decir que no era necesario. Pero para entonces ya estaba helado y nada me importaba, aunque desde dentro, desde muy adentro, veía los gestos que hacíamos, los gestos que orquestábamos con una perfección casi sobrenatural, y aunque sabía que la dirección hacia la que éstos nos empujaban no entrañaba un peligro real para nosotros, también sabía que de alguna manera entrábamos en un territorio en donde éramos vulnerables y de donde no saldríamos sin haber pagado un peaje de dolor o de extrañamiento, un peaje que a la larga íbamos a lamentar.

Pero nada dije y salimos del bar y montamos en el coche de mi amigo y nos perdimos por las calles que marcaban los límites de Irapuato, calles sólo recorridas por coches de la policía y por autobuses nocturnos y que, según mi amigo, que conducía en un estado de exaltación, Ramírez recorría a pie cada noche o cada amanecer, cuando volvía a casa después de sus incursiones urbanas. Yo preferí no añadir ni un sólo comentario más y me dediqué a mirar las calles débilmente iluminadas y la sombra de nuestro coche que a fogonazos se proyectaba en los altos muros de fábricas o almacenes industriales abandonados, vestigios de un pasado ya olvidado en el que se intentó industrializar la ciudad. Luego salimos a una especie de barrio añadido a aquel amasijo de edificios inútiles. La calle se estrechó. No había alumbrado público. Oí el ladrido de los perros. Puro hijos de Sánchez, ¿no, mano?, dijo el dentista. No le respondí. Detrás de mí oí la voz de Ramírez que decía que doblara a la derecha y que siguiera recto.

Las luces del coche barrieron dos casuchas miserables protegidas por una cerca de madera y alambre y un camino de tierra y en un segundo ya estábamos en algo que parecía el campo pero que también hubiera podido ser un basurero. A partir de allí seguimos a pie, en fila india, con Ramírez abriendo la marcha, seguido por el dentista y por mí. A lo lejos distinguí una carretera, las luces de los coches que se deslizaban irremediablemente ajenos a nosotros, aunque en sus desplazamientos lejanos creí encontrar una similitud —atroz, ciertamente— con nuestro destino. Vi la silueta de un cerro. Intuí un movimiento en la oscuridad, entre unos arbustos, y sin dudarlo lo atribuí a ratas cuando muy bien hubieran podido ser pájaros. Después salió la luna y vi casitas solitarias que se alzaban en las faldas del cerro y más allá de éste un campo oscuro, labrado, que se extendía hasta un recodo de la carretera en donde, como una protuberancia artificial, se alzaba un bosque. De pronto oí la voz del adolescente que le decía algo a mi amigo y nos detuvimos. De la nada había surgido su casa, una casa de muros amarillos o blancos, con el techo bajo, como todas las tristes casas que soportaban la noche en las afueras de Irapuato.

Durante un instante los tres nos quedamos quietos, yo diría que hechizados, contemplando la luna o mirando compungidos la exigua vivienda del adolescente o tratando de descifrar los objetos que se amontonaban en el patio: sólo distinguí con certeza un huacal. Después entramos en un cuarto de techo bajo que olía a humo y Ramírez encendió una luz. Vi una mesa, aperos de campo apoyados en la pared, un niño durmiendo en un sillón.

El dentista me miró. Sus ojos brillaban de excitación. En aquel instante me pareció indigno lo que estábamos haciendo: un pasatiempo nocturno sin otra finalidad que la contemplación de la desgracia. La ajena y la propia, reflexioné. Ramírez arrimó dos sillas de madera y luego desapareció tras una puerta que parecía abierta a golpes de hacha. No tardé en comprender que aquella habitación era un añadido reciente en la vivienda. Nos sentamos y esperamos. Cuando volvió a aparecer cargaba una resma de papeles de más de cinco centímetros de grosor. Con aire reconcentrado se sentó junto a nosotros y nos alcanzó los papeles. Lean lo que quieran, susurró. Miré a mi amigo. Este ya había cogido un cuento de entre los papeles y ordenaba cuidadosamente las hojas. Le dije que me parecía más indicado llevarnos los textos y leerlos en el confort de su casa. Probablemente no fuera así. Pero eso es lo que pienso ahora, no consigo ver la escena de otra manera, yo diciendo que mejor nos fuéramos, que pospusiéramos la lectura a un ambiente más agradable, y el dentista como un condenado a muerte mirándome con dureza y ordenándome que escogiera un cuento al azar y que de una chingada vez me pusiera a leer.

Y eso hice. Bajé los ojos avergonzado y escogí un cuento y me puse a leer. El cuento tenía cuatro páginas, tal vez lo escogí por eso, por su brevedad, pero cuando lo acabé tenía la impresión de haber leído una novela. Miré a Ramírez. Estaba sentado frente a nosotros y daba cabezadas de sueño. Mi amigo siguió mi mirada y susurró que el joven escritor se levantaba muy temprano cada día. Asentí con la cabeza y cogí otro cuento. Cuando volví a mirar a Ramírez éste dormía con la cabeza apoyada en los brazos. Yo también había sentido ramalazos de sueño, pero ahora me sentía completamente despierto, completamente sobrio. Mi amigo me alcanzó otro cuento. Lee éste, susurró. Lo dejé a un lado. Terminé el que estaba leyendo y me puse a leer el que me había dado el dentista.

Cuando estaba acabando el último de los cuentos que leí aquella noche se abrió la otra puerta y apareció un tipo que debía de tener nuestra edad pero que parecía mucho mayor y que nos sonrió antes de salir al patio con andares silenciosos. Es el papá de José, dijo mi amigo. Oí fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos, el ruido de alguien que orina al aire libre. En otra situación esto hubiera bastado para que permaneciera alerta, absorto únicamente en descifrar y en cierta manera en conjurar aquellos sonidos, pero lo que hice fue seguir leyendo.

Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. Pero, en fin, digamos, para entendernos, que en un momento dado yo di por finiquitada mi lectura. Mi amigo ya hacía rato que no leía. Su apariencia traslucía cansancio. Le dije que podíamos irnos. Antes de levantarnos los dos miramos el plácido sueño de Ramírez. Al salir vimos que estaba amaneciendo. En el patio no había nadie y los campos de alrededor parecían yermos. Me pregunté dónde estaría el padre. Mi amigo me indicó su coche y me hizo notar lo extraño que resultaba que el coche no resultara extraño en aquel marco. Un marco incomparable, dijo ya no en un susurro. Su voz me sonó extraña: se había enronquecido, como si hubiera pasado la noche dando gritos. Vamos a desayunar, dijo. Asentí. Vamos a hablar sobre lo que nos ha pasado, dijo.

Al abandonar esos andurriales comprendí, sin embargo, que poco era lo que podíamos decir sobre nuestra experiencia de aquella noche. Ambos nos sentíamos felices, pero supimos sin asomo de duda —y sin necesidad de decírnoslo— que no éramos capaces de reflexionar o de discernir sobre la naturaleza de lo que habíamos vivido.

Cuando llegamos a casa, mientras yo servía dos whiskys antes de irnos a dormir, mi amigo se quedó quieto mirando sus Cavernas colgados de la pared. Puse su vaso en la mesa y me estiré en el sillón. No dije nada. El dentista observó sus grabados primero con los brazos en jarra y luego con una mano apoyada en el mentón y finalmente meciéndose el pelo. Me reí. Él también se rió. Por un momento se me pasó por la cabeza que iba a coger el cuadro e iba a proceder a destrozarlo meticulosamente. Pero en lugar de eso se sentó junto a mí y se bebió su whisky. Luego nos fuimos a dormir.

No mucho. Unas cinco horas. Y yo soñé con la casa del joven Ramírez. La vi erguirse en medio del erial y del basurero y del páramo mexicano, tal cual era, desposeída de todo ornato. Tal como la había entrevisto durante esa noche decididamente literaria. Y comprendí durante un segundo escaso el misterio del arte, su naturaleza secreta. Pero luego apareció en el mismo sueño el cadáver de la vieja india muerta de un cáncer en la encía y olvidé todo. Creo que la estaban velando en la casa de Ramírez.

Cuando me levanté le conté el sueño o lo que recordaba del sueño al dentista. Tienes mala cara, me dijo. En realidad el que tenía mala cara era él, aunque yo preferí no decirle nada. Pronto descubrí que estaba mejor solo. Al anunciarle que iba a dar una vuelta por la ciudad vi una expresión de alivio en su rostro. Esa tarde fui al cine y me dormí en mitad de la película. Soñé que nos suicidábamos o que obligábamos a otros a suicidarse. Cuando llegué a casa mi amigo me estaba esperando. Salimos a cenar y tratamos de hablar de lo que nos había pasado el día anterior. Fue en vano. Terminamos hablando de algunos amigos del DF, gente que creíamos conocer y que en realidad eran unos perfectos desconocidos. La cena, contra todo pronóstico, fue placentera.

Al día siguiente, era un sábado, lo acompañé a su consultorio, en donde tenía que trabajar para la cooperativa médica de los pobres durante un par de horas. Es mi aportación a la comunidad, mi trabajo voluntario, me dijo con resignación mientras subíamos a su coche. Yo pensaba marcharme el domingo para el DF y algo en mi interior me decía que pasara junto a mi amigo el máximo de horas posible pues no sabía cuánto tiempo iba a transcurrir hasta que lo volviera a ver.

Durante mucho rato (un tiempo que ya no me atrevo a medir) estuvimos esperando, el dentista, un estudiante de odontología y yo, a que apareciera un cliente, pero nadie apareció.