lunes, 14 de abril de 2014

El dolor de la infancia: Sobre La Distancia de Nicolás Campos [por Felipe Valdivia]

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El dolor de la infancia

La distancia (Contracorriente ediciones, 2013) es la primera entrega de una trilogía que abordará el tema del duelo y pertenece al escritor chileno, Nicolás Campos F., quien está debutando en la literatura nacional. Nos presenta una suerte de manuscrito de escape, un diario en el que se puede escuchar el grito reprimido provocado por el dolor acumulado de la infancia, el resumen del escape de esa angustia que atormentó al protagonista durante toda su adolescencia.

La historia narra el reencuentro de un grupo de amigos de la infancia que vivieron parte de su juventud en Ventanas, acaso uno de los sectores más lóbregos e inertes del país, causado por la contaminación de los efectos industriales del progreso indiscriminado de Codelco. Se trata de un sector triste, con vestigios nostálgicos, cuyos terrenos baldíos muestran la infertilidad de una vasta zona, en la que ni siquiera los recuerdos del protagonista (acaso el mismo autor) quieren florecer. Más allá de lo cotidiano que pudiera parecernos la situación, el área infértil actúa como sinónimo de una tristeza, una pena de la cual el protagonista parece no desligarse, dejándonos en evidencia el tono nostálgico construido sobre la base de frases e imágenes mustias, tal como nos retrata (y como conocemos en la vida real) el aspecto de Ventanas: “Como es natural, todavía me inquieta esa decisión. Porque a ese lugar lo detesto, a Las Ventanas; lo detesto con persistencia, incluso con método, incluso con pavor. Se trata de un asunto de piel: desde mi llegada allá en 1993, a los nueve años, que lo detesto. Es el típico pueblucho plantado en la costa de esa región, plácido dentro de su precariedad e idiotizado por el influjo del mar. Jamás, nunca había conocido gente así. Tenían mucho de pusilánime, de indigno, tanto así que al recordarla lo que veo es una especie de exilio, un largo padecimiento que por suerte ya finalizó”, anota campos en el comienzo del libro, insinuándonos el tono nostálgico que trazará y dominará el resto de la historia.

En efecto, el argumento de la novela parece descansar en recuerdos inundados de tristeza, aunque a decir verdad, a ratos se torna majadero el hecho de que el narrador insista en que no quiere asistir ni llegar a Ventanas. Es una incomodidad bien lograda que debe percibir el lector, porque sabemos que algo le está sucediendo al protagonista, sin embargo, a mi juicio, debiese ser quien se encuentra leyendo el libro el que descubra en el transcurso de la historia el porqué de esa repulsión hacia Ventanas (“Tampoco se me escapaba que un viaje así, pese a parecer idiota, nunca, jamás carece de lógica. Peor todavía: obedece al cliché del poeta que vuelve al pueblo, a cuyas variaciones me referiré más adelante”).

El hecho, en todo caso, no deja de parecerme osado, porque si el elemento literario no es bien utilizado podría provocar que el lector termine aburriéndose, algo que Campos maneja en el límite.

Pese a ello y a mínimos errores ortográficos (contados con los dedos de una mano), la novela se sustenta maestralmente como una distancia entre dos períodos que para el autor resultan odiosos y traumáticos, en los que la creación de esta obra –a través de la escritura– parece ser la única forma de escape que posee el protagonista. Es, sin duda, una misión épica y a la vez maravillosa: “Me pasearé por Ventanas como si fuera un parque temático, voy a apuntar y a escribir sobre esos lugares, voy a ir exorcizándolos, liquidándolos”. Porque la llegada del protagonista ocurre en bus y Campos alarga ese hecho –desde mi punto de vista de forma innecesaria– durante los primeros cinco capítulos, pero al mismo tiempo nos demuestra con hechos concretos que el protagonista no quisiera llegar a ese lugar que determinó el resto de su vida, es como si el propio narrador no quisiera enfrentarse a la realidad. Desde este punto de vista, el juego de Nicolás Campos es arriesgado, dado que se sitúa en el límite de rellenar la trama, pero demuestra lo contrario, en el instante en que realiza una descripción con imágenes sumamente potentes de Ventanas.

Tampoco queda ajena la formación académica de Nicolás Campos: sus estudios filosóficos permiten que posea un manejo más acabado de la tristeza que es uno de los temas centrales de la novela. Del mismo modo posee un análisis magistral de los traumas de los primeros años de vida: “La infancia es pulsión, un destello de necesidad pura y primitiva. Puede que junto a descubrir el mundo y otros desengaños, sumados al desarrollo de la inteligencia y el miedo y la pusilanimidad que el crecer conlleva, la infancia se torne algo más complejo, pero lo que en primera instancia la define es su sadismo intrínseco, su despotismo”. Ocurre lo mismo con su explicación de la distancia como concepto en el que Campos indica: “las distancias no terminan nunca, suelen estirarse o contraerse cada vez que alguien intenta dimensionarlas (…) No obstante, no conviene dejar de recordar que con un solo año basta y sobra para convertirse en un extraño, o incluso con menos tiempo”.

La novela es, en resumen, un viaje hacia los años de infancia, cuya distancia parecen ser sólo algunos años, aunque en realidad es una historia mucho más larga de lo que pensamos, aquella que nos acongoja con vehemencia, aquella que el protagonista de esta novela todavía no puede superar.

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