miércoles, 17 de agosto de 2011

Disneylandia aquí, ahora. [por Andrés Olave]

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Disneylandia aquí, ahora.

Es curioso. Cada vez que conozco a un turista en San pedro, y empiezo a hablar del suelo bajo mis pies, acabo indefectiblemente –después de hablar de lo irregular de los restaurantes, lo variado de las excursiones y lo salvajes que son las alemanas– termino, como digo, como suerte de corolario, diciendo: esto no es un pueblo altiplanico, sino la representación que haría Walt Disney de uno. Es algo inventado, insisto, una impostura, un sueño dulce para que los turistas crean el altiplano es diversión, alegría, ocio, cuando la verdadera imagen en realidad es: soledad, pobreza, silencio.

Para mis adentros lo consideraba un problema puntual, una excentricidad casi, inofensiva hasta que me tocó escuchar a Alan Pauls, quien, a propósito de las relaciones del cine con las ciudades (o acaso con el mundo), mencionó a la pasada el problema del turismo, un problema global o según sus propias palabras: todos trabajamos para el turismo, es el aceite en que nos freímos todos los días. Pauls contó que en Buenos Aires hay tours que van por las villas miserias (algo como las poblaciones callampas chilenas), donde de pronto el bus es asaltado por cuchilleros especialmente contratados para la ocasión. Es decir, pongan atención, los turistas pagan por vivir la experiencia de ser cogoteados. Vaya belleza.

He aquí una cuestión extremadamente problemática. Por que claro, uno podría encogerse de hombros, decir: el mundo está loco- loco- loco y seguir adelante. Pero si Alan Pauls tiene razón, y toda la excentricidad turística, no pertenece a un pueblo o un país, y es, en realidad, una olla de castigo común… bueno, es que ahí estamos en problemas.

La situación, bajo este paradigma, va más allá de un gringo ebrio al que le da lo mismo como bota sus –cada día– más depreciados dólares. Si el tema es que la gente, aquellos que son espectadores la mayor parte del año, lo que buscan es dejar su rol pasivo y convertirse en actores de un drama que ellos mismos representan (fingiendo ser cogoteados por ejemplo), y eso ocurre de forma masiva en todos los rincones del mundo, entonces, es probable que estemos en presencia de un potente movimiento, uno que implica una torsión metafísica, una trasgresión a la realidad del mundo, que es asolado por una sed insostenible de ficciones simples, baratas, planas.

Es un poco como ese capitulo de Los Simpson cuando llega Brad Goodman, un guru de autoayuda a Springfield y le inculca a todo el mundo que se comporte como Bart (“ser como el niño” es el lema), es decir, comportarse de manera irresponsable, desconsiderada y egoísta. A los habitantes de Springifield les parece atractivo esto de ser otro, pero no dura mucho, porque bajo esas condiciones de vida todo se va rápidamente al carajo. Porque si jugamos a ser otros, traicionamos nuestro propio ser, y por lo demás, no podemos ser otros, podemos fingirlo, pero sólo hasta el momento en que el delicado equilibrio que nos sostiene, y que ya nadie se encargaría de cuidar bajo este nuevo panorama, se viene abajo.

Eso es lo que a la larga genera la transfiguración del turismo. O como decía Alan Pauls: la pérdida del contexto natural de las cosas. Todo es artificio. Hemos perdido nuestra humanidad y habría ahora (con vértigo) que empezar a estudiar los nuevos contextos, lo que allá quedado, sea lo que sea esto, después que nuestra humanidad se haya ido.

Es como asomarse a una frontera que, sin darnos cuenta, ya hemos cruzado y lo que queda al otro lado es aquella delicada cuestión que desde Shakespeare uno llama condición humana. Vivimos ahora en un nuevo paradigma artificial y grotesco (y ahora me acuerdo de Baricco quien defiende este brave new world con dientes y uñas), pero que más que un simple cambio de intenciones, revela, descubre, un vacío atroz dentro de los corazones. Entre ser humanos y ser burdos disfraces, elegimos el disfraz bonito y entretenido, el imperio de Mickey Mouse y el Pato Donald, para siempre

Disneylandia llega para quedarse. Aquí. Ahora.


Biografía

Andrés Olave (Santiago, 1977). Escritor radicado en San Pedro de Atacama. Sus mayores influencias son Robert Walser, Bruno Schulz, Thomas Pynchon y Hunter Thompson. Coautor de la novela de ciencia ficción Proyecto Apocalipsis. (Cinosargo 2011) Tiene en preparación las novelas Un Mundo Perfecto y La Destrucción de Santiago.


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