miércoles, 23 de junio de 2010

Dominó por Por Juan Luis Castillo (Fragmento)

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Reencarnación


Cómo me fui haciendo pedazos no lo sé.

O sí lo sé.

Una respuesta cómoda me conforta

como si caminara sobre una gran alameda

de terciopelo rojo donde llegar al clímax

fuese al final ver esa película en blanco y negro

que todos quisieran ver.


Para ser cierto no encuentro nada mejor que saberme

un personaje de ficción, como tantos otros,

que ha reelegido su guión con exactitud

amando al prójimo como se ama a un animal perfecto

y sin fondo específico siendo tan verdadero

como las sombras que ahora invoco.


Al repasar lo que pude ser no me arrepiento

y créanme lloré a mares por la desdicha

de tratar de ser algo o alguien material

en este mundo luminoso que

se me vino encima después

de cien mil velocidades

y de que la historia

se hiciera cargo

de anunciar

mi sitio.





El viaje comenzó y era inexperto.

Habían tirado los dados y no logré apreciar los muertos

que cayeron al azar paseándose en sus motos eléctricas

ni a los vivos que lentamente entraban en los supermercados

y playas de estacionamiento repletas de limpiadores de todo tipo.


¿Cómo no elegir esta hermosa vida? me dije entonces.


Y reconocí el cielo

cuando una lechuza aterradora

anunció con su silencio la primera palabra

descubriendo mi territorio en blanco y negro.


Hay aspectos que me enorgullecen de la hazaña.

Después de mi ausencia platónica tuve la suerte y decencia

de no terminar como un cínico ante las miradas

del pueblo. Me sentí unido por la sangre

donde hemos depositado la belleza,

nada es más bello que decir hermano a tu vecino

al anciano al niño a la mujer al compañero de trabajo

o al indigente que se esfuerza por sacar adelante su frágil sueño.


Encima, al poco tiempo de ser nadie,

cuando caminaba por las calles disfrutando

de mi éxito con mi silencio insolente,

la gente se acercaba para saludarme

o preguntar cómo estaba la familia.

Y por supuesto, ustedes deben saberlo:

mi padre es actor de reparto y mi madre

sólo un extra que ha destacado en sus pequeño rol.

Mi esposa es la reconocida actriz Leonora.



Pensamos en hijos pero construir nuevos personajes

es un trabajo arduo y con nuestras carreras en franco ascenso

se hace un tanto difícil.


Con ella vivo y somos felices.


Tengo tres hermanos lejanos.

Hace unos días nos cruzamos en el mall,

colgaban sus hijos de sus brazos como frutas que aún no maduran,

me acerqué para tocarlos, ellos sonrieron tiernamente

haciendo un ademán con sus manos: hola, y un beso al aire.

Pude ser un fantasma cuando me vieron, pero ante

su tierna inoperancia puse las dos manos

sobre mi corazón y les envié mi saludo.


Uno de ellos se entregó a Cristo

y eligió ser alguien en otro mundo.

Busqué lo mismo

sólo que me encuentro en este mundo tratando

de llegar a algo con el único afán de amortajar las avenidas.


Merodeando supe profundamente que la fe es sed

y no sabiendo qué hacer reencontré mi nacimiento

y caminé al lado de los que brillan

asumiendo que soy nada que se agranda al evitarse

y se queja al quedar sola en esta enormidad llena

de imágenes burlonas que reflejan pero no sacian.


¿Hablé de encontrar el amor?

Leonora se vistió para mí, yo me fabriqué por mí, después, para ella,

y al menos lo creí, en blanco y negro.



Cuando por fin

la polvareda de este cambio fundamental

se coló por las fisuras de mis labios,

por alguna razón me di cuenta que habían otros como yo:

nadies entre tantos nadies sin diferencia,

tartamudeé dentro de la amnesia

sin jamás lograr hilar frases ingeniosas,

pero descubrí cómo mentir piadosamente

acumulando en mi nuevo reino un estigma sagrado

que en ningún momento entró en contradicción

con otras religiones.


Así, con un anuncio explosivo y a mis pies,

le di la bienvenida a mi nueva forma.




Leonora


Leonora me mira con su alegría contagiosa.

Lleva seda trasparente, camina por la plaza con sus manos alargadas, quizá no me guste el matiz de sus manos.

Siempre estoy preso de la incomprensible espesura de sus ojos, en pocas palabras: amo el torbellino. De ahí recorro las rocas y el vuelo de su pelo,

la luz que llega de todas partes para que nuestras sombras se abracen,

y por supuesto la ilusión de lo que fue y será, el ahora que nos cuenta la inocencia de un beso.


¿Dejó marcados sus labios en mí? paso mis dedos sobre mi boca para besarla una vez más, y cuando de nuevo la luz roza la línea que dejó, su caricia se desvanece sin encontrar mis ojos.

No color, todos los colores, la irrupción indefinible del

blanco y negro,

y la efectividad sumida en la sonrisa de Leonora que ya es un punto en el horizonte,

como el suspiro enigmático de los pordioseros que recogen las migajas de las palomas en la plaza.




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