jueves, 14 de enero de 2010

AÑO 24 D.C (DESPUÉS DE CLARK) por Tito Manfred Van Battenburg


El día que leí Superhéroe descubrí que no estaba tan solo en la ruta 5 Sur, en aquel Vía Crucis camino a ser ungido como la Gran Vergüenza de la Poesía Chilena. De tan rabiosamente fraterno que me sentí, le arranqué una página imaginaria al libro de Gonzalo, la tomé como quien toma una hoja de gillette y procedí a dibujar a lo largo de las venas de mi brazo izquierdo un río hambriento de vida, pero aun más de muerte, porque la muerte es el sinónimo desprestigiado de la eternidad, porque la muerte es la página arrancada de los textos escolares para que los chicos que no lloran, no se enteren que después de todo nos parecemos tanto los unos a los otros, que después de todo habitamos juntos el territorio común de la orfandad, que después de todo no somos más que una lluvia de niños estelares precipitándose como Hansel y Gretel en el corazón del Bosque del Abandono, no sin antes iluminar los cielos terribles de este Chile descariñado tan semejante a los infiernos y tan necesitado de redención... Muy a lo lejos, se escucha a un coro de niños mudos cantar desde sus animitas: “¡Es un pájaro, es un avión...!”.

El día que leí Superhéroe volví a recordar que si nos sentimos y nos sabemos tan brutalmente solos, es porque desde que nuestros ingenuos padres nos obsequiaron el Silabario Hispanoamericano con una bala adentro, sabemos que el lenguaje no es más que la fallida forma que hemos encontrado para maquillar burdamente los moretones que nos autoinfringimos golpeándonos contra las paredes de una habitación a oscuras cada vez que nos sacude la resignación y nos damos cuenta que nuestros poemas, tan horribles, torpes y breves, nos convierten en los bastardos más indeseables del orfanato y en los eternos perdedores de buen corazón que jamás se quedarán con la reina del baile de graduación de la prepa, porque las películas no se cansan de mentirnos, pero yo ya me cansé de creerles. Gonzalo también. Y tú. Y ella. Y los demás. Después de todo, qué es la Novela Nacional sino el testimonio salvajemente sincero de que nunca nadie nos quiso ni nos querrá en este país en llamas. Ni siquiera Abril y sus mil reencarnaciones y sus diez mil metamorfosis. No nos quiso, no nos querrá. No nos quiso, no nos querrá. Como una puñalada certera, no nos quiso, no nos querrá. Y pensar que me rebauticé Mayo para estar más cerca de ella.

El día que leí Superhéroe sentí un sordo temblor bajo la piel y corrí a la biblioteca municipal a revisar en las enciclopedias históricas si acaso la Gran Historia de Chile había sufrido algún cambio, si acaso alguna mentira había sido enmendada como se corrigen los malos poemas; muy por el contrario, se mantuvo indiferente e imperturbable frente a la lluvia de meteoritos que Clark o Gonzalo o [póngale nombre al niño] disparaba por los ojos con la furia y el coraje de saberse tan solo y tan acompañado en esa soledad. No, la Gran Historia de Chile siguió siendo la misma de siempre, con todos sus muertos (muertos), con todos sus criminales (libres), con todo el Pacífico ensangrentado bañando y borroneando las oscuras arenas de nuestra historia. Pero, por favor, que alguien me responda quién mierda podría querer desperdiciar su tiempo reescribiendo una novela que en realidad siempre nos ha sido tan ajena. A los guachos como nosotros sólo nos interesa conocer la pequeña historia del país del desencanto (sí, así, en chiquitito, sin mayúsculas ni estridencias) y la pequeña anécdota del cabro chico que se creyó superhéroe y que vimos elevarse hasta las estrellas con el corazón como única turbina, para luego precipitarse contra el asfalto de la carretera que une Smallville con San Fernando.

La noche que terminé de leer Superhéroe arranqué sus páginas y construí una casa en que cupiésemos todos.



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