sábado, 22 de agosto de 2009

CRITICA LITERARIA; “CÁLLATE VIEJO ‘E MIERDA”

CRITICA LITERARIA;

Alejandro Pérez Miranda

“CÁLLATE VIEJO ‘E MIERDA”

Luis Seguel Vorpahl; MAGO Editores, Santiago de Chile.

Novela de Seguel con una propuesta de arquitectura novedosa, quizás no original pero si poco frecuente. Se comienza a leer con agrado, y con mas agrado aún si se es coterráneo del autor. Hay que decir sí, desde un inicio, que se nos presenta a un narrador complejo, que juega a confundirse con los personajes. El personaje principal tiene por nombre Gracio (masculino de Gracia) y por apellido Espejo, que incluso tiene por oficio el escribir. Cómo en una novela nada es gratuito, la pregunta es legítima en este juego: a quién refleja?, quién ese agraciado?. Seguel mezcla, confunde deliberadamente los planos narrativos agregando misterio y gracia a la novela. Transcribo: “Lia lo invitó y se sentaron en un pequeño café a los pies del morro, cerca de la pieza donde vivía Gracio Espejo” en una historia en que Garcio Espejo es un personaje escritor que crea a Lía como heroína de su novela. Y de su vida. Junto a este modelaje y en el nivel del discurso, se constata también el uso de diminutivos, que es quizás el elemento mas sugerente y que cruza a todos los hablantes, así los personajes, los principales, hablan todos de forma semejante, lo que necesariamente sugiere interpretaciones al lector. Mas, desgraciadamente todo es solo sugerencias, propuestas en un juego de póker en que siempre se “paga por ver”.

Los personajes de Seguel son sólidos, bien perfilados, quizás demasiado, pero ello ya es cosa de gustos, de equilibrios, de sensibilidades. Mas, en opinión de quien escribe y al decir de hoy: “se les acaba el cuento” a mitad de la novela. Quizás esa Arica novelada resulte muy pequeña para personajes que solicitan mas vuelo, quizás faltó imaginación para una trama acorde a sus tallas, pero es un hecho que a mitad de las 146 páginas la historia declina, los párrafos demasiado largos resultan tediosos, y el estilo no sostiene la atención: porque en un última o quizás primera instancia, Seguel es un escritor que no busca el placer de leer por leer, sino el placer de leer por la anécdota. Es su legitima y respetable elección.

Hay dos formas, dos estilos que cruzan la historia de la literatura: están los escritores que su preocupación fundamental es el lenguaje, la forma, el estilo, como un Rivera Letelier; o su preocupación, su “karma” literario, es la anécdota, como un Poli Délano, por dar ejemplos dentro de nuestra literatura nacional. Ninguna de estas dos preocupaciones vitales, de estas vertientes son ilegitimas, son simplemente énfasis que marcan un texto y a un escritor. Personalmente, creo que es muy difícil resolver el dilema en una forma equilibrada, incluso no se si sea una preocupación o interés el resolver estos estilos en un equilibrio. Pienso que se puede ser bueno en una de ellas, e incluso en un equilibrio de ellas. Solo quería contextualizar así la afirmación que Luis Seguel apuesta, al menos en este libro, por la anécdota.

E incluso para confirmar esta observación, valga mencionar y también como anécdota, que su personaje, al final de su vida como escritor, ya consagrado “hizo lo que muy pocas veces había hecho en su vidita” y a reglón seguido transcribo “se tiró a la cama y leyó completita la novela que estaba escribiendo”, corresponde preguntarse, en la lógica de la novela por supuesto, que clase de escritor es este que no relee lo que escribe. Que no corrige. Y quien ha leído la novela sabe que este hecho, el de re leer , es un hecho desencadenante de la anécdota y en la vida de Gracio Espejo. Pero a los personajes, y no solo a los de Seguel, los hacen sus acciones mas que sus descripciones. Esta acción, la de re leer, tiene coherencia con su discurso maniqueo y mesiánico que plantea finalmente ante el grupo de escritores de Arica. Dicho de forma prosaica, temporal e intrascendente, el personaje Espejo, termina construido, expuesto, como un Marco Ominami de nuestra política actual.

Sin embargo, creo que a la novela también le faltó corrección, le faltó, desbrozar. José Donoso (que entre paréntesis encontró un buen equilibrio entre la anécdota y el estilo) decía que la novela era como un iceberg, que el texto, o lo expuesto, es solo lo que está sobre el agua, pero que necesita todo esa inmensa masa de hielo debajo para sostenerla. Creo que Seguel no resistió el mostrar todo, a riesgo de reiterar. Y reiteró. Incluso sus personajes que en Seguel son claros y enteros desgraciadamente se los conoce mas por sus descripciones que por sus acciones, y ese decir de ellos los sobreexpone. Dicho de otra forma: no había que decir que Lía es hermosa, hay que mostrarla hermosa. Seguel hace las dos cosas. Era mejor solo la segunda.

Personajes sólidos, un ambiente atractivo, excelentemente descrito, y mas aún para los ariqueños, la presencia de arquetipos que nos son familiares hacen de la novela un texto sugerente y cautivante. Un acierto es el calor, este es un logro, el calor que uno padece leyendo a Espejo en la iglesia, y sucede porque Seguel conoce bien de lo que habla, y esto se agradece. Y aún mas, es un placer leer esa fiesta, enterarse de aquellos años del mundial de fútbol, de la visita de famosos. La novela ayuda a construir la épica de Arica, algo que esta en deuda con esta ciudad. Y, decir humilla quizás sea una exageración, pero la descripción de Iquique es inigualable en el contexto histórico que une a ambas ciudades. Mas escritores como Seguel y no solo este puerto tendrá un pasado mejor que otros puertos del norte, sino también un futuro. Y es en este nivel del discurso en que el aporte de Seguel es importante al ir exponiendo elementos constitutivos para una construcción colectiva, una épica, que consolide una cultura ariqueña . Qué mejor ejemplo que aquel en que Lia dice que “este pueblo tirado a grande tiene las mejores playas de Chile” e inmediatamente “tenemos el lago mas alto del planeta (…) y las aceitunas mas exqusitas de América”; años en que no existía el crédito, dice antes, rememorando una época dorada que hacen los pueblos orgullosos de su historia. Son los cimientes de una edificación mítica, y son los mitos los que construyen identidad. En esta tarea solo resta agradecer una novela como la de nuestro escritor.

“Cállate Viejo ‘e Mierda”. Que mal título para una buena novela. Un lenguaje agresivo, una frase poco original, pero, fundamentalmente, no representa la sensación básica de las que se impregnan las casi 150 páginas, su justificación es una construcción improvisada en las once últimas líneas, una situación que no se propone, no se insinúa, no se edifica a lo largo de los tres capítulos. Las novelas cuando son tales, cuando cobran el carácter de novela, lo que seguro un escritor como Seguel lo sabe, tienen vida propia, adquieren su ritmo, los personajes se desbandan y hay que atraparlos, circunscribirlos a la anécdota. Al igual el texto, ya escrito las correcciones van siendo mínimas, de coherencia, de estilo, tiene su impronta, su carácter, su alma, su sello. El texto ya se diferencia de los otros miles de otros textos (nadie es Pierre Menard) y digo esto porque el título que tiene esta obra es de Seguel Vorpahl, de su carácter, de su visión de mundo, no el de la novela. Esta novela tenía otro título, no uno tan pedestre.

Para terminar quiero insistir en que es una novela que debería ser leída, la mayoría de las construcciones humanas son perfectibles (había escrito “todas” pero pensé en una escultura de Rodin y puse “la mayoría de”), y debo decir claramente y por ello lo digo al final, que fue un placer leer esta novela, con todas las imperfecciones mencionadas, con esos párrafos tan largos de hechos tan intrascendentes para la construcción de la anécdota, aún así debo reconocer que Seguel Vorpalh logra un relato de calidad, una historia que no solo aporta a la construcción de nuestro imaginario colectivo, sino que también lo inscribe con dignidad en nuestra literatura nacional.



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