martes, 7 de septiembre de 2010

¿Se repite El Año de la Ira?



¿Se repite “El Año de la Ira”?
Escribe Carlos Amador Marchant


Estoy abriendo la ventana de mi casa esta mañana, la estoy abriendo completa. Quiero ver un poco como llega la primavera en este Chile que quiere celebrar cosas y de tanto enmaraño parece no saber aún de caminos verdaderos.

Para no parecer pájaro de mal agüero quiero por lo menos explicar que el sol en este 6 de septiembre comienza a poblar los rincones del antejardín, el frío del puerto, el mismo que ha hecho estragos en todos los espacios nocturnos, el mismo que no dejó decir a bocajarro a muchos ancianos palabras vívidas, y que terminaron a fin de cuentas sin pasar el maléfico agosto, comienza a la mala, a la mala, a hacer abandono de nuestros rostros, de nuestros cerebros, y parece, ojalá, definitivamente.

Mi hermano no fue un escritor, y sin embargo siempre se mantuvo respetuoso de quienes tomaban o tomaron estos rumbos.

Sin serlo, lo recuerdo a las horas posteriores al golpe de estado de 1973, coger papeles y anotar con una lapicera color azul, todos los acontecimientos que le parecían relevantes en las calles, en lugares polvorientos de la lejana Arica. En menos de una semana ya tenía un cuaderno casi completo con anotaciones. No se le pasaban detalles de persecuciones, tanquetas en las calles, redadas sorpresivas, la cesantía imperante, las balaceras en las noches. En más de una ocasión debo haberle preguntado qué haría con esos escritos, y él, a sus 21 años, me decía que lo publicaría en algún momento. Al paso de los años nunca supe de éstos. Es posible que hayan quedado guardados en sus veladores antiguos, en aquellos muebles tímidos y viejos de nuestra juventud.

“El Año de la Ira” es todo esto y mucho más. Es precisamente lo que hizo un poeta sensitivo, el Jaime Quezada con su estilo tan personal, el poeta que optó por quedarse en las avenidas de Chile para sufrir y vivir el exilio interno, tan fuerte, tan peligroso y conmovedor como el otro.

Quezada expone y repasa situaciones, acontecimientos que tienen olor a haberse transcritos en este momento. Al leerlos, parece que estuviéramos viviendo cada espacio, cada centímetro aciago de esos temibles (terribles) momentos de la dictadura que aún siguen penando en nuestras arquitecturas.

Este libro publicado por Bravo y Allende Editores en el 2003, lo tuve en mis manos unos años después y ahora lo repaso, lo observo de nuevo, releo sus páginas como para decirle a los olvidadizos que los escritores están precisamente para esto, para mantener viva la memoria, para no dejar escapar al laberinto del olvido situaciones que siempre cobran actualidad.

El año 2006 recuerdo haber entregado un premio (de la memoria), otorgado por el Consejo de la Cultura, a Jaime Quezada. El galardón, por el cual di mi preferencia en obras inéditas fue el denominado “Bolaño antes de Bolaño”. La obra en sí, narra la estadía del autor en casa del desaparecido Roberto Bolaño en México. Lo interesante de ese escrito es que nos permitió conocer a un Bolaño antes de ser reconocida su escritura, retratándolo o mejor dicho desnudándolo de cuerpo entero, con sus virtudes y defectos.

En el estilo de Quezada , o mejor dicho en “El Año de la Ira”, veo a este poeta y narrador escribiendo sus notas mientras el tiempo transcurría por sus ropajes. Lo veo agazapado, no perdiéndose ni un minuto de su observancia. Otros poetas de su generación que habían ido al exilio lo contactan. Es el caso de Gonzalo Millán, también desaparecido, quien le envía cartas desde Costa Rica y más tarde de otros sitios del norte del continente.

Veo helicópteros en este libro, helicópteros azolando el cielo de Santiago, intimidando a los pobladores con sus potentes luces en la noche. Veo el miedo en los ojos de quienes transitan por las calles. Es increíble cómo anotaciones en papeles pueden formar todo un mundo que es más cercano que lejano. Observo, siento la muerte de Allende y más tarde la de Neruda, en estos escritos ejecutados en las mismas calles, a pasos de los protagonistas, casi como si el olor a todo lo pasado de nuevo entrara en mis narices.

Quezada es minucioso. Me pregunto si en ese momento de sus anotaciones pensó en la relevancia de estos datos que se olvidan con el tiempo. Pienso que sí, porque no lo hizo con visión de infra-historia, sino con la sensatez de quien sabe que en los detalles de hechos junto a su crueldad, está precisamente lo trascendente de una escritura.

Hay párrafos sacados de diarios de esos años, importantes anotaciones que no deben olvidarse. Aquí está la vida, los pasos de un poeta transitando por las calles de ese Chile atemorizado por los militares.

El buque escuela Esmeralda, por ejemplo, que sirvió como lugar de tortura de la dictadura, y que fuera (es) repudiada como embarcación manchada de sangre, conserva testimonios de la época. “El diario La Segunda publica una fotografía de niñas a medio vestir, fechada en San Francisco, Estados Unidos (Agencia UPI): “Las prostitutas del Estado de California acaban de celebrar su convención anual. En el acto inaugural se cantó el himno oficial: “Por amor y por dinero”. Y su presidenta ordenó a sus bases no atender a los marineros chilenos del buque-escuela Esmeralda (que se encuentra de visita aquí) en represalia a la Junta Militar que hay en Chile”…….”¡Dios mío, digo yo, ni las putas” (dice el autor).

Por su parte, el Ministro de Economía, Fernando Léniz, anuncia reajuste de precios en varios productos. Ejemplos: “Aceite comestible 1.140 escudos el litro (antes 600 escudos), alza de 90 por ciento. Leche líquida 120 escudos el litro (antes 60 escudos), o sea aumentó en 100 por ciento. Pan corriente 240 escudos el kilo (antes 134 escudos), o sea variación de 79 por ciento.

Los poetas en el exilio echan de menos a su país, lo recuerdan, quieren volver pero no pueden. Quezada es el nexo para informar y narrar de la barbarie interna: “Pensé que anoche, después de esa pira-acto de lesa quemazón, iba a dormir un poco más tranquilo, sin el desvelo de aquellos libros rodeándome la habitación de tortura y tormento. En verdad, yo he quemado esos libros. ¡Maldita mano temblorosa!, me digo. Soy mi inquisidor, mi índex, mi pecado. Mi conciencia, sin embargo, pareciera más tranquila. ¿Más tranquila?. Pero no, igual, peor. Culpa sobre culpa”.

Cientos de anotaciones, de testimonios del momento hacen “El Año de la Ira” de Jaime Quezada.

En estos momentos de 2010 comienzan a repetirse ciertos pasajes de la historia. Los gremios, los empleados públicos ven amenazados sus puestos de trabajo. Ad porta del 18 de Septiembre de nuevo salen a la calle para detener los despidos. ¿Cómo detendrán estas acciones si estos señores, si es que merecen llamarse señores, no hacen caso de nada?.

Este libro también rescata la repetición de la insensatez. “Pinochet anuncia que la restructuración administrativa se realizará “cueste lo que costare”. Y que “hay más de cien mil empleados demás en la administración pública del país. Muchos de los cuales ingresaron en el régimen de la UP. Esto Significa, y para las estadísticas nacionales, que habrá pronto en Chile 100 mil cesantes más. ¡Pobre, de pobreza total este Chile!”.

Los escritos de Quezada fueron realizados entre los años 1973 y 1974. Son cientos y cientos de anotaciones de real interés. En su colofón, Enrique Lihn dice: “Jaime Quezada, como poeta de ley, (y no felizmente como Hombre de Derecho) ha conseguido, durante el interminable día de hoy, saltarse el apagón y escribir para sí mismo, para los y sobre los demás, sin enredarse en las miserias del período”.

Este libro lo observo detenidamente, lo observo y lo palpo como si estuviera desgarrándome en esos días malditos. Y estrecho la mano de Jaime Quezada, y lo abrazo, por cierto, como lo hiciera el 2006 en Valparaíso.



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