viernes, 3 de septiembre de 2010

Vírgenes del Sol Inn Cabaret: vienbenidos a la máquina [por Camilo Brodsky]


Video: Santiago de Chile 2010.

“Vírgenes del Sol Inn Cabaret”: vienbenidos a la máquina


Fuente: Lanzallamas

“Vírgenes del Sol Inn Cabaret debe leerse en clave política, independientemente de que nos quieran hacer creer que los textos políticos pueden encontrar un valor en sí, que va más allá de la politicidad de la poesía”

Primero, y limitándose a la excusa, el “prólogo” de Yanko González a Vírgenes del Sol Inn Cabaret acota, acertadamente, la entrada a la reedición que Ediciones del Temple perpetró en 2006. Porque Yanko, simplemente, aborda lo central, anticipatorio y específico del texto, dando pie a la contemplación, digamos correcta desde una perspectiva maoísta, del hecho protagonizado por Figueroa y sus Vírgenes… Ante la precisión y pertinencia del prólogo, resulta un poco naif aventurar casi cualquier juicio, sobre todo por la claridad política de éste, sólo menguada por algunas omisiones sobrellevables. Y es que Vírgenes… debe leerse en clave política, independientemente de que nos quieran hacer creer que los textos políticos pueden encontrar un valor en sí, que va más allá de la politicidad de la poesía.

Esto no busca, por ningún motivo, restringir una lectura posible de Vírgenes… sólo a la esfera de lo político; muy por el contrario, es la valoración primordial del texto basada en un axioma, si se quiere, totalmente subjetivo y biográfico, pero potente y real como la invasión de los bárbaros iniciada el ’73 y consumada en triunfo por obra y gracia de nuestra propia negligencia, nacida a su vez de la derrota como modus operandi del discurso poético.

[la estructura discursiva exudada por la derrota no nos enfrenta, necesaria ni masivamente, a una poesía de la derrota; más bien, opera como logos a evadir, ya sea mediante la estrategia de la elusión de la derrota como dato objetivo, ya sea por medio de la construcción de una hermeticidad indigerible fuera de los círculos “teóricos” de la discursividad poética y plástica. así, la politicidad del texto deviene en una suerte de metacrítica, incapaz de hacerse cargo de la problemática de la confrontación si no es desde la lógica de los márgenes, constituidos ahora en atalaya de sobrevivencia de un lenguaje “con sentido”. he dicho]

“La escritura de Vírgenes… prefigura una lectura de Debord en su más brutal expresión, en momentos en que estábamos demasiado ocupados leyendo a la Harnecker como para preocuparnos del Situacionismo. O, si se prefiere, en tiempos de muerte demasiado urgentes como para lograr atisbar la neodictadura del reality y la banalidad mass media de este nuevo mal. Y se prefigura también una suerte de versión contra-gramsciana de la hegemonía, que nos mantiene en el cautiverio de la expectación”

Vírgenes… se mueve, precisamente, en las antípodas de la elusión. Y lo hace sin constituirse a partir de una contingencialidad chata, panfletaria y falsamente política. Por el contrario, se erige como sentido desde la anticipación del verdadero apocalipsis que la direccionalidad de la palabra vivió tras el quiebre real, el de mediados de los ’80, el que hipotecó de manera efectiva el resultado de la ecuación preexistente entre cultura y sociedad.

De hecho, Vírgenes… anuncia el movimiento ideológico de la cultura hacia la esfera de una nueva masividad anónima, prefigura el tránsito de una posible cultura del protagonismo a una pasiva contemplación de la oferta del mass media, precedida por el vaciamiento de sentido de una construcción político-poética-poiética en proceso de maduración, pero abortada en la brutalidad del parto del neoliberalismo.

[la cultura popular, en tanto herramienta de clase, ha sido sucesiva y exitosamente limpiada de sus ripios políticos, lo que nos permite asistir impávidos a la naturalización del icono cultural de izquierda y su transfiguración en ídolo exportable —y redituable– para el proyecto culturoso de la concertación. la mejor de los parra, jara o neruda, y en menor medida –pues es otra la estrategia que opera sobre ellos–, la mitologización de lihn y rokha, sólo nos deja el deshecho de una escritura y un accionar cultural descontextualizado, y por ende, los residuos de una politicidad efectiva, en tanto referida al poder y ya no a su propia y supuesta poética. la “cultura de exportación” de la que tanto alardea el proyecto concertacionista ha sido despojada de su leit motiv, demasiado rojo en sus impulsos originales, y nos han dejado, por así decirlo, a Bukowski en las cajetillas de cigarro anunciándonos el cáncer futuro para el consumidor]

La escritura de Vírgenes… prefigura una lectura de Debord en su más brutal expresión, en momentos en que estábamos demasiado ocupados leyendo a la Harnecker como para preocuparnos del Situacionismo. O, si se prefiere, en tiempos de muerte demasiado urgentes como para lograr atisbar la neodictadura del reality y la banalidad mass media de este nuevo mal. Y se prefigura también una suerte de versión contra-gramsciana de la hegemonía, que nos mantiene en el cautiverio de la expectación.

“Figueroa prefigura un apocalipsis hasta tal punto desquiciado que logra superar el vía crucis cotidiano de los ’80, proyectando sobre la sábana blanca del diaporama cultural de esos años un soft porno 3D ridículo por lo inimaginable, tragicómico por lo puntilloso, marxista en su materialidad analítica”

No parece casual ni absurdo del todo traer a colación la cualidad original de orfebre de Alexis Figueroa: como en un ejercicio de vaticinio vengativo, el artesanato delinea el recorrido de dilución de la clase obrera como sujeto, anticipando su cualidad de objeto en decontrucción y mudo trofeo del siglo XX, sacándolo del cuadro y fijando la cámara en esta versión Blade Runner del cabaret oblicuo sobre el que Álvaro Corbalán terminaba de consumar su rol de amanuense de una nueva subjetividad, fijada a sangre y fuego en la memoria, pero realizada en definitiva con el viento fresco de la bonanza económica y la sutil utilización desde el poder de nuestra propia capacidad de asombro y reconstrucción biográfica colectiva.

Y esto, que pasados ya 20 años se nos enrostra, no se nos sugiere, como podríamos haber creído entonces, sucede en la ciudad/del país equis/esto sucede en la región de la utopía. Sucede en la violencia de los pollos que se asan en el vientre de tus madres, embarazadas probablemente por imperfecciones de fábrica en condones con estampas de los incas.

Figueroa prefigura un apocalipsis hasta tal punto desquiciado que logra superar el vía crucis cotidiano de los ’80, proyectando sobre la sábana blanca del diaporama cultural de esos años un soft porno 3D ridículo por lo inimaginable, tragicómico por lo puntilloso, marxista en su materialidad analítica. Suerte de “pico pa’l que lee” en el contexto de las poéticas “novísimas”, Vírgenes… nos anuncia, como segunda lectura histórica –la primera como tragedia… –, la banalidad del texto que vendrá. Esto es, la banalidad del texto que hoy es texto.

Y, del texto, al contexto (en la medida de lo posible…):

“(…) debo tener cuidado con la trampa de los perros, el lenguaje como mito de Sísifo, la palabra como espejo de Narciso, en fin el lenguaje como chofer y camión de treinta toneladas viendo recta la curvada carretera de la historia”. Eso dice el mismo Figueroa en una autoentrevista del año ’86, aparecida en el número 2 de la revista Extremos, fijando –como en Vírgenes…– el contexto a partir de una visión de lo que se aproxima, lo que se intuye como peligro latente para la estructuración del proyecto poético contenido de este libro.

“Si bien parece correcto reseñar como “poesía de los ‘80” –desde una perspectiva goiciana– exclusivamente lo producido por autores como Harris, Pohlhammer, Lira o Riedemann, por poner algunos ejemplos obvios, no es menos cierto que hay discursos poéticos y críticos con raíces temporales anteriores que encuentran también una forma de desarrollo específico en esta década, como es el caso de Lihn, Bertoni o Millán”

Instalémonos entonces, para ver como discurre esa década, esa generación hipotecada en la urgencia que, a pesar de esa misma urgencia, proyecta el devenir de su escritura desde las prevenciones y complejidades de un tiempo que ha fijado las miradas críticas sobre sí mismo demasiado sobre el contexto, y muy poco sobre el texto.

[se comete, respecto de la generación del ’80, al menos un error común, que en algunos casos deviene en una injusticia expresada en la lectura maliciosa de los productos poéticos de la época. el juicio reductivo que sitúa prácticamente toda obra dentro de los márgenes estrechos de la politicidad específica de un tiempo –esperamos, aunque no confiadamente– irrepetible en su excepción, juicio del cual se desprende el falso supuesto de que los proyectos escriturales de los ’80 responden y se agotan, en su mayoría y de manera exclusiva, en un producto cultural restringido a la lógica totalizadora de la resistencia política, obliterando lo que de poesía hay en el acto de resistencia y lo que de resistencia hay en el acto poético, cosa no menor en el contexto actual]

En la encrucijada temporal de los ’80 confluyen no sólo diversas poéticas, sino, particularmente, diversos posicionamientos ético-poéticos frente al contexto. Si bien parece correcto reseñar como “poesía de los ‘80” –desde una perspectiva goiciana– exclusivamente lo producido por autores como Harris, Pohlhammer, Lira o Riedemann, por poner algunos ejemplos obvios, no es menos cierto que hay discursos poéticos y críticos con raíces temporales anteriores que encuentran también una forma de desarrollo específico en esta década, como es el caso de Lihn, Bertoni o Millán. Es decir, el decurso de diferentes poéticas, nuevas y precedentes, se encuentra en los’80, y definen el rumbo de proyectos posteriores que entroncan con una determinada ética del discurso y del texto, que permea, se quiera o no, por afirmación o negación, la producción poética actual.

Intentar realizar un corte canónico, por más arbitrario que este sea, que eluda la cuestión de los ’80 es, o bien una soberana estupidez, o una demostración poco refinada de los niveles proverbiales que alcanza el ego de ciertos popes de la plaza. We can’t do it. Es decir, obviar Zonas de peligro o El Paseo Ahumada es un ejercicio en sí estéril, amén de reduccionista.

El centro del discurso actual, que se termina exponiendo en el acto fallido de una poética política en los ’90 y lo que va del siglo XXI, no pulsa la cuerda de lo urgente ni de lo realmente importante; no roza siquiera la problemática del poder, ni sus aristas ni sus filos incómodos. La mala –o inexistente– lectura de textos como el de Figueroa, prefigura esta suerte de “pecado original” en que subsiste la mal llamada poesía chilena. Este derridá, este guattari, esta kristeva mal digeridos no sólo desvían la mirada del punto de fuga del panorama escritural, sino que desechan el dato central de la causa: no existe acá una poesía escrita por todos, ni entendida ni entendible; el margen, como supuesto teórico, adolece de la negación de la mayoría postergada, no la entiende, la niega por prosaica, bruta e ignorante. O sea, la politicidad para el nuevo texto debe ser política sólo, o principalmente, en su inexpugnabilidad teórica, pero nunca, nunca –por favor-, debe rozar la simple politicidad que encierra la construcción de poder real; es decir, constituirse también –ya que no solamente- como accesible, colectivizable, viable en términos sociales, políticos e ideológicos –o culturales, que viene a ser lo mismo en este tango.

Texto: Camilo Brodsky



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