domingo, 21 de febrero de 2010

Poemas de Camilo Brodsky

camilobrodsky.jpg


Frankenhausen, 1525


Hay una ronda de ácaros en mi garganta

esperando el fuego

Su ritual de paso es la hoguera;

otros prefieren las decapitaciones o los

empalamientos. Cualquier cosa que tranquilice

la bilis de los señores agitada,

indignación por la revuelta

absurda de sus pobres

Hay una ronda de ácaros en mi garganta

Silos donde el grano se comienza a corromper y las azadas

vuelven al lugar oscuro desde el que vinieron a estos campos.



El zelota piensa en la muerte y sus repercusiones inmediatas


Acaso moriré hoy —piensa el zelota

en medio de la renuncia que el fogonazo

podría convertir en heroismo.

Se toma el estómago. El dolor en el

costado casi lo dobla sobre sí.

Podría morir hoy —repite como un mantra.

El cansancio no le nubla el pensamiento.

Se ve el zelota, sin embargo, ejecutando

danza de lobos en el Friuli

cuidando las cosechas de unos campos que aún ignora

coloreados como cuadros de Van Gogh por el estío, y no percibe

ningún cuerpo dando un golpe seco

contra el suelo y la arena

roja.

Morir —piensa el zelota muy adentro de su

propio silencio— no es lo que quiero para mí en este día

jalonado por el viento en Galilea.




Julius y Ethel Rosenberg duermen sobre pálidas banderas


El cuello subido de ese abrigo que le

queda grande a todas luces

no impide que se cuele el viento frío que debiera

estar corriendo junto al Hudson ese día en vez

de escurrirse cuello abajo, desde la nuca

hasta la altura del riñón derecho. Julius

quisiera que esto solo fuera

otro malentendido, un embrollo más de

judíos perseguidos

por el sino kafkiano de la diáspora —los

lentes sin enderezar sobre el puente

de la nariz tienden a profundizar la

sensación de desamparo que transmiten las

fotografías de los diarios, mientras

unas manos demasiado

pequeñas para ese, su cuerpo de paso

desaparecen absorbidas por las mangas del

abrigo—. Julius espera aún cierta respuesta

lógica de parte del sistema y sus peregrinos

engranajes, aunque él y su bigote asisten

hace meses a la farsa de los tribunales y el

silencio de sus propios compañeros. Ethel,

por su parte, enfrenta con los ojos sumergidos en

silencio esta pública penitencia —su boca

pequeña de botón fruncida en un mohín

captado por la prensa amarillista, reja de

por medio entre su propia condena y la de

Julius, siempre más cercano a la corrección del

niño que no entiende su castigo, una cierta forma de

reproche que se basa en la inocencia sorprendida

por la dura mano adulta que le cae encima.

Ethel quieta saca con un leve movimiento el cielo

que amenaza con caer rompiendo el

límpido binomio de sus ojos; Tesla no creemos haya

nunca imaginado a la corriente alterna

expresarse con espasmos en el cuerpo de una

joven comunista en Nueva York, menos

aún la resistencia que la pequeña humanidad

ofreció al ingenio tecnológico con que La

Muerte se buscó lucir esa mañana.

—fueron tres las

descargas necesarias

para acallar el silencio

eléctrico de Ethel. A Julius

lo han freído unos minutos antes y el

penetrante aroma del amoniaco que

se cuela en cada espacio de la sala busca

atenuar el olor acre de las

heces y la orina que

escurrieron desde el cuerpo

tras la descarga y el temblor—

Ahora Julius va perdido sobre su mirada y Ethel

recoge el dobladillo del vestido verde que se ha puesto,

cubriendo el cuerpo humeante tras la ejecución. Sonríen

sobre el cielo del país que acorraló sus cuerpos y la

noche neoyorquina va esparciendo por el Bronx

cenizas de libros quemados echadas al viento.



Ulrike mira con los ojos entornados al zelota


Atrás queda el Deutsche Herbst con su

ruido de hojarasca a punto de descomponerse y los

MP5 traqueteando por las calles alemanas.

Ulrike mira con los ojos entornados al zelota, y este

se pregunta en su delirio de centurias si la fiebre

lo ha llevado demasiado lejos esta vez. Las

puertas de la cárcel de Stammheim los separan del

tráfago de ruido y acerrín sobre los vómitos y el tiempo.

Es todo una película que corre en blanco y negro

Mareado con las voces que lo sitian en germánico el

zelota ya no entiende las complejas filiaciones que lo

unen para siempre con la Baader-Meinhof y su suerte.

Entiende, sí,

de la sangre el mecanismo que la

multiplica por las calles

en Berlín en Galilea, o a la

vuelta de una esquina en los ‘70

en Santiago o Buenos Aires.

El zelota sabe de esa fuerza

que ha perdido toda dimensión:

es el salto y el terror al salto, el juicio

sobre el salto motivado por el miedo a darlo y la

inmovilidad de la cabeza que después

asiste al vuelo por los aires de fragmentos

craneanos y un montón de camas sin hacer

voluntades disparadas al espacio en un

revoltijo de neuronas y clichés teóricos chocando

contras las paredes de la pieza azul del hospital.



Reflexión sobre el perro muerto en cada uno


Escueto el ejercicio de la vida y sus

manecillas. Hay un perro muerto en

cada uno, pero ahora solo puedo

pensar en el que estaba hasta hace un rato

boqueando apenas bajo un árbol de la Villa,

la Villa Galilea, a pasos de los

estacionamientos vacíos y los juegos

infantiles, al costado de la multicancha donde

juegan los volados con sus perros

muertos en la espalda y trotan las

familias con sus perros muertos escondidos

bajo el buzo y corren

nuestros hijos con sus perros

pequeños pero muertos de igual forma

entre sus baldes y pelotas

de polietileno azul.



Cabaret Voltaire


El compañero Presidente mira las adoquinadas

calles de Zurich desde la ventanita izquierda del

Cabaret Voltaire, como a la espera de que Lenin

pase por la vereda del frente, tome asiento y continúe

la partida de ajedrez dejada abierta ayer nada más

por petición de Hugo Ball, que fue corriendo a apagar la

cafetera prendida al interior del local. El compañero

Presidente parece ido, transportado sobre la mirada

que echa así como al descuido sobre el exterior manchado

por la nieve y los charcos de barro que los primeros autos

van dejando entre los adoquines. Allende —el compañero

Presidente, sí, el mismísimo— quizás pregunta al silencio

invernal de Zurich si su propia vida no fue acaso una intervención urbana, un

montaje dadaísta sito en La Moneda, con inesperados

vórtices caníbales arrastrando campesinos obreros y estudiantes —¡Adelante!

en la algarabía decontruccionista de la performance ejecutada con

delicioso gusto y fatales consecuencias. En este punto es quizás posible

que el compañero Presidente visualice el rol

duchampiano que cumplieron los exégetas

de la profecía autocumplida del fascismo y la revolución —por un lado

enunciando la inevitabilidad histórica de su propio aniquilamiento y haciendo

de este modo posible su concreción; por otro,

connotando y designando los procesos solo

nominalmente y esperando con esto cristalizar

—demiurgos del materialismo histórico encerrados

en su propio Gran Vidrio— el proceso en sí,

haciendo de la política gesto y ya no

acción. Es posible también que el compañero

Presidente —Allende o “Chicho” para la izquierda

confianzuda— simplemente deje que se vaya el tiempo

entre las cucharadas de azúcar cayendo en su taza, o que prefiera revisar el bolso

de mano que cuelga de la silla en busca de cigarros ­—un vicio que

lo acompaña desde poco antes de esta forma extraña de vivir la propia muerte,

pero que le complace en lo más íntimo de su dicotomía de doctor y revolucionario

que mira el devenir de un mundo. No el suyo, necesariamente; sólo un mundo

cualquiera, que va pasando ante sus ojos de mártir sin pasta para serlo, que se

desarrolla de manera previa a su muerte digna de luchador social y compañero, que no

adivina todavía su futuro de estampita religiosa, su perfil serigráfico en alto contraste

/adornando todas

y cada una de las marchas a los cementerios de su patria —procesiones en

sentido inverso al recorrido del poder: de los nichos empotrados en los

muros de la necrópolis no se marcha hacia las Alamedas, sino desde estas a las tumbas,

devenidas en hogar natural de las ideas del compañero Presidente, que insistimos,

puede estar tan solo echando un ojo —casi de jubilado, podríamos decir—

sobre la pelusa de nieve que comienza

a caer en torno al Cabaret Voltaire.



Camilo N. Brodsky B. (Santiago de Chile, 1974) Licenciado en Estética e Historia del Arte por la Universidad Católica de Chile, con estudios en Literatura y Lingüística Hipánicas en la misma universidad y de Magíster en Historia y Ciencias Sociales en la Universidad Arcis.

Ha colaborado con diversos medios escritos, como el diario La Nación y las revistas Patrimonio Cultural y Mapocho. Sus textos han aparecido en publicaciones impresas y electrónicas tanto en Chile como en el extranjero, aunque ninguno ha tenido mayor repercusión, para ser sinceros. Trabajó como investigador y redactor de las secciones de literatura, filosofía, artes e historia del sitio www.memoriachilena.cl, dependiente de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM).

Fue redactor, subdirector y director de revista Surda, además de ser editor del suplemento cultural de dicha publicación, Párrafo Izquierdo. En 2005 obtuvo la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y en 2006 Editorial Cuarto Propio publica su libro Las puntas de las cosas, siendo actualmente director de la colección de poesía de dicha editorial chilena.



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