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viernes, 31 de diciembre de 2010

TRÍADA por Alejandro Mamani (segundo lugar en el concurso de cuentos de la UCN)

12/31/2010 08:03:00 p. m.


I ESCRITOR

Lleva seis días sin comer. Está esperando la crítica de su quinta novela. No desea llamar la atención de terceros. Su despensa está llena y no tiene problemas económicos. Pero lleva seis días sin comer, seis días alimentándose de miles de letras a la espera de una crítica.
Nos acomodamos detrás. Está leyendo El arcoíris de gravedad de Thomas Pynchon. Por su ritmo de lectura, suponiendo que duerme ocho horas, puede que la termine en dos días. Acaba de pasar a la página 376. Bebe un sorbo de café frío y le dan ganas de vomitar. Se dirige hacia el baño, al llegar se le quitan las ganas. Piensa que necesita airearse un poco. Abre la ventana de su departamento. Son casi las nueve de la noche y el tráfico por la avenida es intenso. Los vehículos forman un taco en un semáforo averiado que está justo debajo de él. Aprovechando el momento emerge un adolecente con cuatro mazas haciendo malabarismo. De pronto comienzan a sonar las bocinas al unísono, es como si se hubiesen puesto de acuerdo por un director arisco que mueve la batuta desde el fondo. Nota que por el ruido de los autos el muchacho no se puede concentrar y tiene que agacharse varias veces a recogerlas. No importa —piensa— sigue intentándolo, el semáforo no cambiará. Entonces siente empatía por él y se dirige hacia su biblioteca. Saca cuatro ejemplares que tengan el mismo peso y tamaño —pero no la misma calidad, así reina el azar—: Hemingway, McCarthy, Auster y Faulkner. Vuelve a la ventana y se impone mezclarlos en el aire por más de cinco minutos sin que se le caiga ninguno. En eso radica su técnica y estilo, en la imposición. Una autoflagelación que lo condena al hambre y a la soledad. Logra su objetivo a las tres de la madrugada y el semáforo continua averiado. Repone los libros maltrechos en la quinta hilera de su biblioteca. Acompañando a los que han corrido similar suerte: algunos tienen las páginas ensangrentadas; otros están teñidos de secreciones oscuras; los mejores conservados llevan quemaduras de cigarrillo en el centro, hechas con tanta precisión que parecen apolillados. Lo más insólito es que la mayoría pertenece a sus propias creaciones… Antiguas vigilias, antiguas hambrunas, antiguas flagelaciones. No tiene sueño, vuelve a la página 370. No importa, sigue intentándolo, el semáforo no cambiará.
Todavía.
Siempre deja claro que no sufre bloqueo creativo. «Escoge tres objetos al azar y te haré un cuento, dime el número de palabras, el tipo de narrador, la técnica…», le dijo a su editor cuando aún era una promesa y le creyó. Pero aquellas pruebas de su talento juvenil pasaron a formar parte de una verdad que no vende. «Sabes, hay un contrato de por medio. Tenemos que respetar las fechas», le escribió al principio; después el tono de su mensaje cambió desde el plural a una singular amenaza: «¡Hay un contrato de por medio, DEBE respetar las fechas!». Pero él no estaba seguro, no. Cuántas veces se arrepintió de publicar por eso, por no estar seguro. Y es que la inseguridad es peor que la crítica, peor que las ventas, peor que el hambre. Sí, inseguridad y arrepentimiento, palabras ligadas a un pasado que se esmera en olvidar. Por eso no come, por eso se aísla, por eso lee a los que cree que no se han arrepentido. Pero, ¿cómo saberlo?
Lo que busca con su forzada inapetencia es su propia redención. Empezó una noche de invierno, cuando estuvo despierto hasta el amanecer esperando la crítica de La vigilia de un siamés, su segunda novela. Quería cerrarles la boca a todos esos escépticos que anunciaron el final de su suerte de principiante. Para mantenerse despierto comenzó a leer Infinite Jest de David Foster Wallace. La crítica —porque es una mujer— fue deliberada y milimétricamente cruel. Con menos de 800 palabras redujo su obra (de más de 350.000 mil) a un título encriptado bajo un eufemismo claro y repelente: «Estupidez colateral». ¿De dónde sacan los títulos?, qué mierda quiere decir con eso, que al leerla te volverás imbécil. Fue lo primero que le vino a la mente. Luego asomó la angustia extrema. La honestidad de su inexperiencia se corrompió violentamente. Habían dañado a su hijo. Lo arrinconaron y apalearon en una nota de final de página, precedida por el infaltable artículo farandulero que lo denigró más. Apagó su computador, desconectó el teléfono, clausuró la entrada a su departamento. Volvió al libro, se impuso leerlo ininterrumpidamente, sólo bebiendo café y levantándose al baño una vez al día. 1088 páginas en inglés leídas en tres días y medio. Todo un récord para la intrincada prosa Wallaciana, dispuesta siempre para una segunda lectura. No conforme con eso, en un desesperado intento por aliviar su dolor, volvió a internarse en uno de sus clásicos: La montaña mágica, de Thomas Mann. La terminó en un día, sobre todo porque la había leído tantas veces que incluso podía escribir su parte favorita de memoria, y lo hizo: Capítulo VI: Nieve. Esa semana bajó tres kilos alimentándose de las dos novelas más los cuentos completos de Maupassant. ¿Logró la redención?, sí. ¿Recuperó la fe en su talento?, sí. ¿Ignoró la saña de la crítica?, más o menos. ¿Se sentó nuevamente a escribir?... Sí. Esta vez lo haré con tiempo, no dejaré que me presionen: Crearé una obra perfecta.
Una tras otra sus publicaciones fueron vapuleadas por la crítica, no así por los lectores que aumentaron cada año. Esta contradicción de opiniones fugaces —fuerza desconocida que polariza la literatura—, nada tienen que ver con esa palabra noble e imperecedera que lo seduce desde la adolescencia, cuando soñó que sería escritor después de leer Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino: Trascendencia. Lo notable es que la lectura del libro y el linaje de la palabra —cuya ascendencia metafísica le era y aún le es incomprensible— le originaron un estado catártico que estimuló los sentimientos adormecidos en su interior, hasta transfigurarlos a esa otra palabra en la que nunca creyó y después le dio la fama al escribir su primera novela a los veintiséis años: Inspiración.
Ahora nos damos cuenta que hemos viajado más allá de su departamento. Con descaro hurgamos la intimidad de su mente y su pasado. Pero, ¿qué escritor no lo hace? ¿Podrá lograr la anhelada trascendencia, si es así, de quién va a depender, de él, de la crítica o del lector? Antes de irnos, leamos qué piensa mientras intenta leer la página 376 de El arcoíris de gravedad de Thomas Pynchon.
Resulta que el Imipolex G es un nuevo plástico –que nada tiene de siniestro-, un polímero heterocíclico aromático creado por un tal L. Jamf en 1939 ¿polímero heterocíclico aromático?... No me puedo concentrar cómo escribe este Pynchon de dónde saca tanta huevada ya me acordé por qué no me gustaba leerlo ¿si yo escribiera así?… ¿Otro cigarrillo? No, tengo sueño. ¿Qué hora es? falta poco irán a poner a la misma parece que la eligieran a propósito si es una especialista en cagarme la onda me duele la guata con este café ¿y si duermo un poco? más lúcido puedo enfrentarla mejor no, tiene que ser así tengo que ser el primero en leerla así no me pillan desprevenido la sarta de idiotas que me va a llamar mañana para darme ánimo que no le haga caso que la mina me tiene saña porque soy misógino que me tiene envidia porque vendo más que ella que una crítica no puede ser escritora porque no es imparcial que encontrar a una que lo sea es más difícil que hallar a un editor que no escriba… Ah me da lo mismo si no fuera porque una docena de huevones la toma como referencia y me atacan en los mismos puntos que falta de seriedad cómo se pueden basar en una crítica que comparte página con la modelito de turno qué clase de diario es ese farandulero tirado a culto que se empeña en cagar a los escritores chilenos pero cuando tienen que escribir sobre Paulo Coelho le dan página y media. ¿Y si escribiera bonito como él? ¿si cambio mi prosa y pongo a mis personajes hablando con los árboles a lo realismo mágico? y todo es bonito y las viejas te leen y me vendo y rebajo mi arte y mis principios y así el imbécil de mi editor no se queja y puedo escribir tranquilo a lo mejor puedo publicar con seudónimo y no dejo que nadie más me vea la cara como lo ha hecho este huevón ¡ah, ya concéntrate! Resulta que el Imipolex G es un nuevo plástico –que nada tiene de siniestro-, un polímero heterocíclico aromático creado por L. Jamf en 1939, años antes de que le tocara, para la IG Farben. No se altera a altas temperaturas que rozan los 900 °C, combina una buena resistencia con un bajo factor de pérdida de potencia. Pynchon claro, qué pensará él de la trascendencia ¿si le dieran el Nobel saldría a recibirlo? qué importancia tiene escribir bien cuando nadie te ubica en la calle ¿cuál será el tipo de trascendencia que busca?... ¿por qué sigue escribiendo como lo hace entonces? a lo mejor no se da a conocer para que no le pase lo mismo que a mí ¡claro! así me ahorro las comentarios y me daría lo mismo la crítica si nadie te conoce puedes salir a la calle a comprar tranquilo y nadie te mira ni te dice nada No se altera a altas temperaturas que rozan los 900 °C, combina una buena resistencia con un factor de potencia. Estructuralmente, consiste en una cadena reforzada de anillos aromáticos y dale con los anillos aromáticos, ¡aaah! no me puedo concentrar ¿si me ducho? no, me va a dar sueño este libro me va a matar Pynchon y la… ¡Ese lenguaje hombre eres escritor deberías pensar sin chuchadas!, ¿quién piensa sin chuchadas cuando está nervioso? nadie, ah, ahora te referirás a ti en segunda persona siempre cuando estás así lo haces te va a ir bien hombre no le hagas caso lo que importan son las ventas, pero es que me preparé tanto a ninguna novela le he dedicado tanto tiempo, ¿te dolió?, sí, me dolió más que todas, siempre recuerdas el prólogo de Capote ¿no se te olvida cierto?: la diferencia entre escribir mal y bien y la diferencia entre escribir bien y muy bien y la diferencia entre escribir muy bien y el arte… ¿Y qué es el arte en la escritura?... Sí, cada vez estoy más convencido que escribir duele… ¡cómo me dolió esta! ¡cuánto tiempo tuve que investigar! ¡dos años corrigiéndola!, ¿entonces por qué tienes miedo hombre? relájate, ¡Aaah! Estructuralmente, consiste en una cadena reforzada de anillos sí, escribir duele aromáticos, hexágonos como de oro que salta y resbala por encima del ombligo ¿ombligo? de Hilary Bounce, alternando de vez en cuando con aquello que se conoce como anillos heterocíclicos. ¿Anillos heterocíclicos?... por encima del ombligo, ¿ombligo? claro me acuerdo cuando era chico y creía que todos los libros eran como un ombligo… sí, un agujero que estuvo unido a la mente de un escritor una masa de papel parida por su imaginación y que a través de mis ojos me unía a él, eso suena medio afeminado no te parece, era niño ningún niño es afeminado cuando idolatra alternando de vez en cuando con aquello que conoce como anillos heterocíclicos ¡he dejado tanto por esto!, te acuerdas de esa mujer que te pidió que le fueras a firmar el libro a su cama y tú le dijiste que tenías que viajar huevón ¿hace cuánto que no estás con una mujer? ¿cuánto tiempo llevas encerrado? Estructuralmente, consiste en una cadena reforzada de anillos ¿hace cuánto que no llamas a tu mamá que está enferma? aromáticos, hexágonos como ése de oro que salta y resbala por encima del ombligo se te va a ir y no la vas a disfrutar ni un poquito igual que a tu papá huevón ingrato de Hilary Bounce, alternando vez en ¿quién fue el que te creyó cuando te saliste de estudiar derecho y después filosofía para después darte cuenta que sólo querías escribir? cuando con aquello conoce como anillos heterocíclicos ¿quién confió en ti? tu padre y qué le diste tú una escueta dedicación en tu novela más mala de qué te sirve la trascendencia si no eres más que un pobre huevón egoísta y amargado que se muere de hambre y se desvela por lo que le dice una mujer que lo más que seguro es que lo va a cagar nuevamente Premio Nacional de Literatura quiere el perla menos mal que eres más ubicado que la otra sarta de hue… ¡Ese lenguaje hombre ese lenguaje! sí, de esos que sueñan con recibir el Nobel ¿te acuerdas que te cagaste de la risa cuando lo dijo en una entrevista? sí, sueño con el Nobel y te diste cuenta que hasta la periodista se reía sin disimular pobre huevón igual se ve más feliz que tú y eso te da envidia que se gane el Nobel o no te da lo mismo lo que te apesta es que se vea más tranquilo y disfrute con esto y lo dice ay me encanta escribir lo dice como si esto fuera tan fácil sentarse y escribir huevadas con la esperanza de que te lean Resulta que el Imipolex G un nuevo plástico –que tiene de siniestro-, siniestro un polímero heterocíclico aromático creado por L. Jamf en 1993, años antes que tocara para la IG Farben. Siniestro siniestra buen adjetivo para ella, no no mejor es mal intencionada, pero son dos palabras nunca uses dos palabras cuando puedes escribir con una es una regla de oro, entonces elijo perversa, eso es como de cuento infantil, elijo perversa dije, bueno tú mandas… seguro que no le va a gustar tu título Las raíces del agua ¿qué novela se puede llamar así?..., pero a mí la imagen me vino nítida, te acuerdas de lo que te dijeron en el primer taller que asististe… sí, ese que estaba lleno de poetas y tú llegaste con tu cuento de cuarenta páginas y se los leíste y estaban más aburridos que la cresta porque querían seguir leyendo y lanzándose sus poemas… Resulta que el Imipolex G es un nuevo plástico sí, los poetas cómo le gusta y tú fuiste como tres veces porque te aburriste de alabarlos y decirles que todo era lindo No se altera a altas temperaturas que rozan los 900 °C, combina resistencia con un factor bajo de potencia… Estructuralmente, consiste en reforzada cadena de aromáticos anillos, hexágonos como ése de oro que ¡Aaaaaahh!... No se altera a temperaturas que rozan los 900 °C, combina una buena resistencia con bajo factor potencia. No entiendo, no proceso Estructuralmente, consiste en una cadena de anillos aromáticos, hexágonos como salta ése de oro y por encima de Hilary Bounce, alternando de vez con aquello que se conoce como anillos heterocí… Pero como escribe este Pynchon y la… me duele la cabeza, ¿con un cigarrillo se te va a pasar? No, va ser peor como esa vez… ¿y si como algo? ¿si rompo esta huelga de hambre intelectual de la que no seré salvado?, ay la víctima cómo va a ser para tanto, sí claro como tú no te pasaste los últimos cinco años encerrado buscando algo nuevo para escribir, sabes que eso es mentira no hay nada nuevo bajo el sol sólo nuevas formas de escribir sobre lo viejo… un sol veterano, ah buena ¿quién dijo eso?..., porque tú no crees en eso por eso te convertiste en escritor recuerda a Calvino nunca olvides a Calvino… Sí, fue como mágico, ¿inspiración?, ¡no cómo se te ocurre!... me sentí como un escultor frente a una inmensa piedra blanca y con un cincel en mano empecé a tallar esa escultura fenomenal que fue mi primera novela, ¿empezamos a echarnos flores?, bueno y qué tiene de malo todos dijeron lo mismo: Un debut arrollador la nueva promesa de la literatura chilena lo mejor desde Donoso, ¿y qué te pasó después?, ¿después de Donoso?, no después con tus otras novelas ¿se te gastó el cincel o se te perdió el mazo?, nada de eso y no se dice se gastó el cincel se dice ¡aaah! Estructuralmente, consiste una cadena de anillos aromáticos por encima del ombligo de Hilary Bounce, alternando vez de en… como anillos heterocíclicos. ¿Sigamos practicando malabarismo?, pero ahora hagámoslo con literatura japonesa, ¿quién lee literatura japonesa en Chile?, yo pues quién más y hay muchos, bueno a quién escogemos, propongo a Kawabata Ōe y Murakami, como que Murakami está fuera de contexto, bueno son tres Nobeles, Murakami no se ha ganado el Nobel, pero lo ganará estoy seguro, no no mejor escojamos a escritores alemanes propongo a Mann…, no podría hacer malabarismo con Thomas Mann, mejor Grass. Tú y tus pretensiones maldito esnob imitador y ególatra ¡pedante imbécil!, ¡oye cuidado, qué te pasa!, ¿a quién pretendes impresionar con esos conocimientos baratos?... Ya deja de insultarme ¡me aburrí! a avanzar con esto Resulta que el Imipolex G es un nuevo… heterocíclico aromático No puedo estoy demasiado nervioso no aguanto más me tengo que parar un rato me duele el culo... Todavía no arreglan el semáforo ¿y si prendo el computador? ya tiene que haber salido la edición de hoy no no quiero me duele la guata quiero vomitar, vamos hombre que tarde o temprano tendrás que leerla siempre tendrás tus libros, ¿mis libros o los de otros?, los de otros hombre tú sabes que no soportas leerte. Pero ah, claro sí lo que dijo el poeta sobre el poder de las imágenes por eso le pusiste ese título a tu novela Las raíces del agua porque pensaste que tenía varias interpretaciones asociadas a la locura, ¿qué interpretaciones?, ah lo tengo que explicar, te lo van a pedir, bueno el agua es amorfa ¿no?, ¿cómo amorfa, no entiendo?, a ver dime la forma del agua, en qué estado, el que sea da lo mismo, bueno si la coloco en ah, ¿y qué forma tiene la locura?, que vean la portada de la novela ahí se van a dar cuenta al tiro, ¡y qué tiene que ver con el agua!, ya déjame, te lo van a preguntar, y qué, que se vallan a la cresta ya tengo mucho con ella para que más encima esté explicando mis… ah, te apuesto a que Pavić no le pasó lo mismo, ¿quién es Pavić?, ¿cómo que quién es Pavić? Milorad Pavić hombre que no te acuerdas que recorrimos como veinte librerías en Barcelona hasta encontrar todos sus libros, pero en Chile nadie lo conoce, por eso recorrimos veinte librerías, esnob esnob esnob maldito pedante egotista ¡toma!, ¿¡por qué me pegas!?... ¿Pero eso qué tiene que ver la forma del agua y con las raíces y la locura?, y dale es un símbolo..., todos esto me parece demasiado pretencioso por eso te critica la crítica porque no piensas en el lector porque le impones cosas y siempre quieres demostrar todo lo que sabes, bueno ¿y Pynchon no hace lo mismo?, Pynchon es Pynchon y no está en Chile, ah quieres decir que me tengo que ir a vivir afuera, nadie es profeta en su tierra tampoco te haría mal morirte a veces así comienza la trascendencia... Recién ahora están reparando el semáforo me extraña que no hayan chocado, es que es jueves nadie choca los jueves, no verdad que ya estamos a viernes. ¿Es idea mía o ese auto está estacionado ahí hace rato?, ¿qué, ahora piensas que te están espiando? Este computador que se demora en prender, ¿un cigarro para la espera? ¡No!... a ver, aquí está lo más importante es el encabezado, ¿no era el título?, no el encabezado de la crítica, ¿un cigarrillo?, sí pero sólo éste ahora un click y al diario… A ver…

II CRÍTICA.

Con ella tratáremos de ser más discretos.

Son las 7:24. Acaba de salir de la ducha. Lleva una toalla enroscada en su cabeza y una bata rosada de algodón entreabierta. Coge el secador de pelo del armario y se sienta en la cama. Mientras se seca enciende el televisor y sintoniza las noticias. El ruido gutural del aparato le impide oír al periodista que relata la típica nota insólita de final noticiero. Se trata de un hombre que asegura haber comido papel durante la mitad de su vida y que, al contrario de lo que todos piensan, su sabor no es insípido sino que varía de acuerdo al tipo de letra con que está impreso el texto: «La Arial es más dulce que la Times New Roman…», declara. Cambia de canal, no está para tonterías tan temprano. Ahora se peina, trata de buscar un videoclip, algo que le suba el ánimo; sintoniza MTV. Están dando un reality show de una adolecente que debe escoger pareja entre cinco púberes que están disfrazados del animal con que se identifican: duda entre un tigre, un burro o un elefante (el segundo es el más pequeño). «¿Dónde está la música? —se pregunta en voz alta, y luego (como siempre) no puede evitar la crítica—: Cómo se convirtió en ésta bazofia». Apaga el televisor, se viste con la ropa que dejó preparada la noche anterior: una falda gris recortada en la derecha, una blusa beige y un chaleco de hilo negro. Se dirige en pantuflas a la cocina, saca leche del refrigerador y luego le añade cereal con forma de letras. Antes de sentarse en el comedor abre las cortinas esperando encontrar rasgos del sol: nuevamente amanece nublado. Sumerge la cucharilla en el tazón, está a punto de tragar una R y una G, recuerda la nota del devorador de papel y las devuelve junto con las otras. Al ver cómo flotan en la leche no puede evitar asociarlas con la página en blanco que la espera tan pronto termine de desayunar. Retarda ese compromiso inconscientemente, separando las letras y sorbiendo el líquido mientras lee un libro de Harold Bloom: «Para leer sentimientos humanos en lenguaje humano hay que ser capaz de leer humanamente, con toda el alma». Cierra el libro. Llegado un momento, la leche se acaba y las letras sedimentan en el fondo perdiendo la virilidad de su silueta. Asocia aquel abecedario humedecido e indescifrable con los papeles arrugados que va a procesar. Sabe que en la otra habitación hay algo que la espera. Le teme, se teme a lo que pueda hacer con ella, tal como si fuese una jueza a punto de dictar la sentencia de un imputado inocente, su conciencia divaga entre la indecisión y la imparcialidad de una decisión. Se devuelve a la cocina, bota la masa esponjosa de cereal a la basura y lava el tazón. Está atrasada. Se cepilla apresuradamente los dientes y luego se va a poner sus zapatos negros de taco bajo. Son las 8:05, compensa los cinco minutos instalando con rapidez su vieja máquina de escribir en el escritorio. Extrae la novela y su libreta de notas del maletín, deja la primera en el costado derecho y la otra en el izquierdo junto a dos lapiceras (roja y azul) perfectamente alineadas. De pronto recuerda que el conserje le dijo que tenía correspondencia. Sabe perfectamente de qué se trata: Una novela corta de un poeta con el que salió hace meses y un poemario de una amiga de un taller literario que dirigió a principios de año. Sabe que ambas obras y autores son prescindibles así que decide no retirarlos hasta que tenga que bajar por algo realmente necesario. Inserta una hoja. Mira la novela, después un retrato enmarcado de Michiko Kakutani que cuelga en la pared, cruza los dedos, cierra sus ojos... A veces llega primero el título; otras la primera frase: ahora no es ni lo uno ni la otra. Suena el teléfono.
—Aló. Hola Rafael, ¿cómo estás?... Iba a empezar a escribirla, la terminé de leer ayer —deja el auricular anclado entre su cuello y el hombro y saca más hojas de la resma de papel. Lo escucha impaciente—. Lo sabrás cuando leas la crítica… Me pones en aprietos, no, no es que… Sí, pero primero deja escribirla. No me presiones te la voy a dejar mañana, sí sé que tiene que estar lista para el viernes. ¡Ya!... Pero esta es diferente, el tipo ha escrito algo… No, ¿qué personaje misógino? Nooo, tampoco, no se puede entiende, la estructura es genial —mira la portada de la novela, el autorretrato del pintor e insinúa—: Puede que por el título se pueda, ¿bueno tú la leíste o no? Ya, entonces ya sabes que… No puedo hacer eso, ¡no, cómo se te ocurre que cuente el final! No, no lo odio, tú haces que quiera odiarlo: ¡Por eso nadie compra mis novelas! No me cortes, tú me llamaste… Entonces pídeselo a otro tienes muchos period… ¿Qué?, Miguel puede hacerlo, conmigo ya no podrás… —Su paciencia se agota, ha oído tantas veces lo mismo—. Entiende hombre no se puede, la gente no es estúpida. ¿Y por qué no lo tientas y te lo llevas a tu editorial?, así me dejas de… Qué credibilidad, ya no tengo credibilidad, no soy una referente para… —mira el retrato de Mishiko Kakutani y sus ojos se empiezan a humedecer; la voz pierde su convicción inicial—. Por supuesto que quiero publicar, pero no así… No, no me pasa nada. No quiero salir, estoy trabajando. De qué profesionalismo me hablas, por favor. Ya te dije que te la dejo mañana… No, no me gusta escribir en computador; no, no es lo mismo. Que no tengo internet, ¿cuántas veces te lo he dicho?, porque no me gusta, me distrae. Ya, sabes, tengo que colgar, mañana te la paso a dejar. Sí, mi novela va bien… Tú sabes que no me gusta adelantar nada, no, no tengo título. Como seiscientas… No pretendo parecerme a nadie; no, es muy diferente… ¡Ya!... Me empezó a doler la cabeza, en serio Rafael déjame trabajar. ¿Es una amenaza?... ¡Ándate a la cresta!, me busco otra editorial y punto… Muchas, ayer me llamaron de… No te estoy mintiendo, a ellos no les interesan las ventas. Me edito yo sola… ¡Cómo que patética!... No estoy llorando… Ya, déjame trabajar por favor… Sí, la escribiré, ya sé, ya sé, no más de ochocientas palabras con un título... Ya Rafael, te veo mañana.
Está inmóvil. Su frente apoyada sobre las teclas de la máquina presionando un puñado de letras que se abalanzan sobre el papel como una estampida de personas entrando a un metro. Llora, no puede parar de llorar. Alza la cabeza, observa una lágrima que cubre la letra S que, viéndola desde lejos se distorsiona a un 8. Se levanta, saca el retrato de Michiko Kakutani y lo esconde en un cajón. Se quita los zapatos, el chaleco, la blusa, el sostén, desbrocha su falda; se desnuda. Toma el block de notas y arranca sus apuntes (más de diez hojas), las comprime en su puño y se limpia las lágrimas quedándole retazos de tinta roja en las mejillas. Se voltea, en una vitrina, al lado de su biblioteca, observa la columna de hojas que pueden ser su tercera novela y las compara con la portada del libro, el inquietante autorretrato de Richard Gerstl: también lo esconde.

Promete que será la última vez. La silla metálica está fría. Comienza a escribir.

ANORÉXICO CEREBRAL

Por Francisca Zuleta Rivas

No hay progreso. La quinta novela de Raúl Lozano Cifuentes es un desesperado intento por reivindicar la sapiencia soñolienta y lánguida del thriller histórico tan de moda en estos días. Muchas fueron las expectativas generadas ante Las raíces del agua. A pesar de la onerosa máquina propagandística que echó a correr su editorial vendiéndola como su «novela mejor lograda», las 773 páginas que la conforman son un abuso y aviso elefantiásico de que estamos frente a una poción soporífera de proporciones épicas.
La novela comienza en Viena en 1930. Cuando un distribuidor de arte descubre unos lienzos rescatados de las llamas del pintor expresionista Richard Gerstl. Esta primera parte, narra en primera persona las impresiones de Iker Werfel, un detective aficionado a la pintura adscrito a la Secesión Vienesa presidida por Gustav Kilmt. La idea de una pintura que vuelve maniático al que la observa se revela en las primeras 350 páginas, mezcladas con tintes (bastante viciados) de novela negra, en donde se perfilan personajes estereotipados y predecibles hasta la saciedad. Si bien es cierto, hay que agradecer la ambientación de la novela en donde se detalla minuciosamente la agitada vida cultural de la capital austríaca en la primera quincena del siglo XX, también hay que decir que la fórmula se agota pronto al exhibir personajes históricos que intervienen o son nombrados descaradamente. De esta forma, el lector no debe sorprenderse cuando, entre página y página, se encuentre con Mahler, Wittgenstein, Musil o Kokoschka (si hasta el mismísimo Sigmund Freud tiene un par de líneas). La primera parte concluye con la investigación de la muerte de Richard Gerstl y la conexión con el triangulo amoroso conformado por el compositor y pintor Arnold Schönberg y su esposa. Dicho evento (supuestamente) desencadena la locura y posterior elaboración del cuadro «autorretrato sonriendo» (portada de la novela) antes de la trágica muerte del atormentado artista a los 25 años.
«Había decidido crear una pintura en donde convergieran todas las pinturas. No era una obra mágica ni fantasiosa, sino la precisa diagramación de un retrato que volviera demente al que se reflejase en él. La locura era el vínculo por el que se conectaban todas las mentes humanas, y, en mayor o menor medida, la señal de su propia mortalidad». Éste es el trillado comienzo de la segunda parte de la novela. Es increíble el esfuerzo sobrehumano del autor por tratar de enlazar cada punto y enigma que fue dejando a lo largo del libro. Utilizando un narrador omnisciente y luego la técnica epistolar (mezclada con sucesivos monólogos interiores), nos enteramos por medio de los apuntes del psiquiatra Gregor Kraus las impresiones que produce la pintura de Richard Gerstl en sus pacientes hasta degradarlos a la locura que plasmó en su autorretrato. De esta forma, el inspector que aparece en la primera parte se transforma en el hilo conductor de ambas historias al intentar descifrar los enigmas de las desapariciones, para al final concluir que han sido hipnotizados «mágicamente» por el lienzo. Y así, la trama sigue retorciéndose hasta llegar al punto en que, tanto el inspector como el psiquiatra, están perdidos en un argumento lento y aburrido que sólo se aliviana hacia el final con una solución lerda y sinsentido que produce en el lector una frustración de inutilidad por el tiempo invertido (y perdido) en la lectura.
Al parecer, este señor todavía no aprende que una novela no debe convertirse en un medio para exorcizar sus fantasmas y que, la libre experimentación con una prosa patética y cargada debería estar prohibida. Extrañamente, al diseñar al inspector como un personaje principal y secundario (mediante el cambio de narrador, nada nuevo) el autor pretende tomar cierta distancia de la obra queriendo alcanzar una objetividad que nunca logra. Si no conociéramos su personalidad, podríamos ignorar cualquier semejanza con su propia vida (que me perdonen sus lectores) tan plagada de esos mismos principios esquizofrénico-obsesivos, o, «anoréxico cerebral» (término tan ridículo como el título de la novela), palabras con que sabiamente diagnostica el psiquiatra a sus pacientes.
Seguramente, Lozano Cifuentes piensa que vivimos en los tiempos de Dickens, cuando los lectores abundaban y se sometían a la novela como único camino hacia el entretenimiento. Dudo mucho que existan lectores capaces de soportar esta letanía de inconsecuencias, y, mucho menos, los que sean capaces de desembolsar el insolente precio de la edición (bastante mediocre). Lo más seguro es que ignoren el nuevo dicho tan propio de este país: no dejes para mañana lo que puedes leer hoy, o peor aún: no dejes para mañana lo que puedes leer pasado mañana. Y, de esta forma, la novela termine exiliada de su biblioteca para una posteridad intrascendente, o sea, como dijo alguien por ahí: Para las llamas.

Las raíces del agua.
Raúl Lozano Cifuentes
Editorial Sombra de Fuego, 2009
773 pág. - $ 31.500.

III LECTOR.

Ella es lectora, merece todo el respeto, la dejaremos hablar.
—Hola, me llamo Ingrid Valenzuela y tengo cuarenta y cuatro años. Bueno, para ser más sincera, también debería decirles que tengo uno de los trabajos más tediosos del mundo, que soy soltera (no por opción de vida sino por las circunstancias) y que, aunque soy de Antofagasta, vivo entre hoteles y hoteles a lo largo del país y muchas veces en el extranjero. Es un resumen, nada significativo, ya que de lo realmente importante que tengo que hablarles es sobre mi escritor favorito, Raúl Lozano Cifuentes.
»La primera novela que leí de él fue la segunda. Llegó a mis manos una tarde de octubre cuando recorrí una feria de libros usados en Providencia. Debo suponer que si van a leer esto es porque la gran mayoría comparte ese placer reflexivo, emocional y telepático que es leer un buen libro. Si es así, ¿quién no se ha internado en una librería o biblioteca con la esperanza de ser encontrada por uno de ellos? Estoy convencida de que la verdadera literatura no es la que se exhibe en las vitrinas ni la que permanece en la lista de ventas, sino la que se oculta entre los laberintos de tiempo esperándote, miles de páginas concentradas en un anaquel, millones de letras conformando oraciones de historia comprimidas entre dos tapas de cartón, un universo portátil que crees liberar de sus pasillos inertes, pero cuando lo empiezas a leer te das cuenta de que él lo ha hecho, que fue el libro quien te eligió. Por eso disfruto curioseando entre los pasadizos más recónditos y polvorientos de las bibliotecas, en los últimos locales de las ferias ambulantes, en las cajas ocultas bajo los estantes de bodegas clausuradas. Así lo encontré. Su influjo seductor atrajo mi atención después de hojear unos relatos de Flannery O´Connor.
»La vigilia de un siamés, se llama. Fue el tercer libro que saqué de la caja, en la portada salen unos gemelos siameses adultos, uno está desnudo y el otro vestido con smoking, están unidos por la parte media de la cabeza y son de ascendencia prusiana. La imagen es perturbadora; el grosor del libro considerable. Leí la contraportada, ahí dice que la novela simboliza la contienda entre lo dionisíaco y lo apolíneo (asocié inmediatamente al siamés desnudo con la pasión y al otro con la razón). Trascurre en una noche significativa de 1989 en una ciudad alemana (cuyo nombre se desconoce) y retrata el miedo de cada uno ante la separación, donde sólo uno de ellos logrará sobrevivir. Abrí el libro, leí la página 100 (de 687 que tiene) cuando se supone que la trama está relativamente desvelada y los personajes han cobrado vida. Grande fue mi sorpresa al enterarme que no sucedía ni lo uno ni lo otro, ya que la novela está fragmentada en flashbacks intercalados que detallan sus pensamientos y que una debe ir ordenando mediante una lectura y relectura consecutiva: Lo compré de inmediato. También me llevé una edición antigua de El Ruido y la furia de Faulkner (traducida como El sonido y la furia) y un ensayo de Albert Camus. Pregunté el valor y el vendedor me dijo que me haría una atención por los tres libros si regresaba algún día y me los dejó en $15.000: me fui feliz y le prometí hacerlo.
»Cuando llegué al hotel me duché y pedí que me subieran algo para comer. Después me acosté y revisé mi correo electrónico, corregí algunos informes de unas mineras que había auditado en Calama (sí, soy de esas queridas personas que se dedican a encontrar detalles en las empresas para que ellas puedan lograr sus certificaciones ambientales, de calidad y salud ocupacional), guardé el laptop, llamé a mis padres, acomodé mi espalda entre los almohadones y me puse a leer. Lo hice sin piedad, ignoré el cansancio y el estrés que me aquejaban desde hace varias semanas: Fue increíble. La novela me trasportó a dimensiones que jamás había imaginado. La estructura, el estilo, la lucidez de su pensamiento. Todo proveniente de una imaginación deslumbrante. Desde ese momento me convertí en una devota admiradora de sus escritos, investigué su misteriosa vida, la forma en que concibe la literatura. Todo en él era una dulce intriga que empezó a obsesionarme.
»Recuerdo perfectamente cuando lo conocí. Fue en la feria del libro de Santiago, cuando lanzó su cuarta novela titulada Analgesia (que retrata la progresiva ausencia de dolor de un adolecente tartamudo y obeso sometido a bullying), su editorial preparó un stand exclusivo para él. Antes de que llegara ya se había formado una fila que llegaba hasta las puertas de la Estación Mapocho. Yo era la cuarta, delante de mí habían dos adolecentes y una señora de sesenta años más o menos. Al mirar hacia atrás, los lectores seguían el mismo patrón heterogéneo. Llegó atrasado, yo pensaba que era bajito pero no, medía como metro ochenta, vestía pantalón de tela y una camisa deportiva. Cuando apareció la gente empezó a sacarle fotos. Él sonreía mientras avanzaba hacia el escritorio. Al llegar, dos promotoras nos ordenaron y dijeron que sólo nos firmaría el libro y que no había tiempo para dedicatorias. Cuando le entregué el ejemplar (una segunda edición, ya que el primer tiraje se había agotado de inmediato) lo firmó indiferente, yo le pedí que nos tomáramos una foto abrazados. Él miró la fila, luego mi rostro suplicante y aceptó de mala gana. Le pasé la cámara a una de las promotoras y lo abracé apretándolo bien fuerte, después le di un beso en la comisura de los labios y le dije al oído que lo esperaría para que fuera a dedicarme la novela en mi cama. Él se sentó y me contestó desconcertado: “Lo siento, mañana tengo vuelo a Buenos Aires; temprano”. En el fondo, yo sabía que estaba mintiendo porque había leído en una entrevista que estaría toda esa semana promocionando la novela en Santiago.
»Ahora estoy afuera de su departamento. Me estacioné detrás de un semáforo averiado, tengo una vista privilegiada. Me parece que está en la ventana, no sé qué está haciendo pero se agacha a cada rato. Han pasado casi seis años desde que me firmó el libro. Les mentiría si les dijera que para mí y su legión de lectores no han sido décadas. Yo no sé por qué se tarda tanto en publicar, la mayoría sabemos que es muy perfeccionista y susceptible por la crítica, pero yo no entiendo a qué se debe eso, ya que sus libros, uno tras otro, nos han demostrado un talento inigualable. Mañana será el lanzamiento de su quinta novela, tengo una primera edición que encargué por Internet en una pre-venta (el autorretrato de la portada es perturbador). Cuando salga mañana, quiero ser la primera a quien dedica Las raíces del agua, su obra magna.
»Es mediodía, no sé por qué no sale. He hablado con el conserje del edificio y me dijo que desvió sus llamadas y que lo han estado llamando por teléfono toda la mañana.
»Estoy tan preocupada, ha llegado un montón de gente. Subiré con ellos diciendo que soy su pariente.
»Los bomberos están tratando de derribar la puerta, estamos a punto de entrar.
»Uf, el olor. Hay libros por tirados por todos lados, qué hace ése computador ahí… ¡Santo cielo!
»No quiero hablar más… ¡Por favor déjenme tranquila!
»Les escribiré.»

Me siento tan vacía. He llorado tanto. Todavía no puedo creer lo que le sucedió. Una no sabe, una sólo se sienta a leer y espera. Esperamos a que ellos nos sorprendan, que su imaginación sea más poderosa que la nuestra y si no es así los desechamos. Qué sabemos nosotros de sus infiernos. Qué sabemos de su inventiva y de sus procesos creativos. Es cierto que el acto de escribir parte desde la soledad, es cierto que para ellos siempre es difícil lidiar con ella, que son autocríticos y vulnerables, que son seres humanos especiales que conviven con millones de emociones que se adhieren al papel como lágrimas sobre el hielo. Un escritor siempre está en desventaja; nosotros, como buenos tiranos, los castigamos con reproches e indiferencias que a ellos los conmueve hasta la locura. Porque escribir en este mundo y para este mundo es de locos, y eso nadie puede negarlo.
Sólo les pido un minuto de empatía, un instante solidario para con ellos. Cerrar los ojos, pensar en todos los que nos han dejado y el porqué, pensar en tu favorito, el que te hizo llorar, el que te hizo reír, el que te hizo pensar: el que te quebró. Para ellos el paraíso de las letras; para la crítica, el gran resto de mi odio.
Juro que no descansaré hasta que pague la culpable.

§


Raúl Lozano Cifuentes (Chile 1963-2009) nació en el seno de una familia provinciana en Iquique. Novelista y cuentista, autor de cinco novelas, todas ellas extraordinarias: La brújula de Calvino (Premio Book of Saturday, Premio del Círculo Crítico Italiano All'infuori del Tempo por mejor novela inédita, adaptada al cine por el célebre director norteamericano Paul Rudess), La vigilia de un siamés (finalista XXII Premio Internacional Lunar Sea), Campaña para olvidarte, Analgesia y Las raíces del agua (ha obtenido, entre múltiples premios, el Clive Ross Literary Award, el prestigioso Premio Austriaco Engelbert Stobl, el Premio de la Fundación Húngara Istvan Bogdán), más un libro de relatos póstumo: Oratoria del miedo y otros gritos (Premio de Narrativa de la Academia Británica Echoes y el codiciado Premio Serbio Милорад Павић), todos publicados por Editorial Sombra de Fuego. Autor controvertido y comprometido, se ha transformado en el referente indiscutido de la nueva generación de escritores latinoamericanos del siglo XXI. Su primera novela ha sido traducida a más de treinta y cinco idiomas. Las extrañas circunstancias en torno a su muerte lo han elevado a un autor de culto que la crítica de su país reconoce tardíamente.

«De él nos queda su prosa cardinal, estampa de estilos ingeniados en una época desgastada. No me sorprenderán sus huellas dactilares en las décadas de libros que se avecinan. A partir de hoy, no se puede decir trascendencia sin pensar antes en él. »
Francisca Zuleta Rivas



Fuente: Escritores desde el límite.



viernes, 8 de octubre de 2010

Sobre Turbosílabas [por Antonio Arroyo Silva]

10/08/2010 01:34:00 p. m.

TURBOSÍLABAS

A Benjamín, esa inocencia que ilumina

No sé por qué los libros de poesía son a veces tan especiales. Quizás lo sean aquéllos que nacieron de una palpitación, o que a lo largo de los años su existencia ha alcanzado un alto nivel de energía. Hay palabras que nacen muertas porque, de pretenciosas, agotan su decir; en cambio, otras, que recién nacidas apenas son un soplo, con los años adquieren la fuerza de un huracán. El caso es que, cuando tenemos la fortuna de leer uno de estos libros, sentimos un impulso de emoción inmenso y, al intentar abordarlo desde un punto de vista mínimamente crítico, podemos caer en la tentación de la exaltación deformante. No es exactamente lo que me ocurrió con esta antología que recopila los poemas del poeta chileno Leo Lobos, desde 1986 a 2003, bajo el título Turbosílabas. Poesía Reunida. Muchos viajes que median en el autor desde una fecha a la otra (Francia, Estados Unidos, Brasil, México….) le han dado ese talante universalista de ciudadano del mundo, aparte del que heredó de sus antecesores de la poesía chilena. Un poeta que trasciende no sólo las fronteras físicas, sino las del mismo idioma, y hace que se sumerja en la traducción de poetas brasileños con la misma soltura y mimo que si escribiera sus propios textos. En este sentido, Leo Lobos no es el típico traduttore tradittore sino alguien que capta la respiración de otro poeta y la conduce a su lengua. Un traductor conciente y defensor de un lenguaje universal de la poesía y, además, poeta. Otra frontera que cruza es la de la palabra misma, la electricidad que produce la palabra al ser articulada. De ahí la otra cara de su obra: la poesía visual. Un número infinito de sugerencias nos trae a la mente esta faceta del autor; pero ahora ocupémonos de Turbosílabas.

Inventar paraísos e infiernos a través de la palabra es narrar, es llevar la mente humana más allá de donde el pensamiento pueda alcanzar. Sin embargo, de la necesidad de narrar la vida de una persona surge la magia de la poesía. No se trata, pues, de fijar géneros literarios ni de dilucidar la adscripción de esta obra.

Es cierto el tono narrativo que comenta la autora del prólogo del libro, como ciertos son el profundo lirismo que va más allá de la metafísica de manual al uso. Se trata de la vida, donde (es un hecho) está y debe estar todo el referente de la poesía, que nada dice al que no se deje llevar por la inocencia primigenia. En este punto, la intención del autor es inversa al del simple narrador: no la gran mentira expansiva de la ficción narrativa sino la verdad desnuda de todo saber ulterior al hecho de la vida misma. Aunque esta verdad sea contradictoria.

El mismo poeta, desde el principio, nos hace una declaración de intenciones enfocada siempre hacia y por la vida. Testimonio de un trabajo –dice—que a ratos me parece puede llamarse poesía, ideas líquidas como la sangre, barcos que silenciosamente se estrellan contra la nada, delirios, augurios, amor, cartas que se escapan de la mano, botellas arrojadas al mar durante años, humo y alcohol, voces, libros, sueños, vigilias, partidos y caballos negros de ajedrez, películas, profecías, viajes, dinero, soledad, fotos y óleos, dibujos, sol y tormentas, amistad, música, palabras, signos, enigmas regresando del olvido.

No la vida a partir de la escritura anterior, sino escribir con el cuerpo este que cargamos.

De esta manera, despersonalizando el hecho literario, dejándolo desnudo a la intemperie del vivir, llega la palabra inaugural a la poesía de Leo Lobos. Palabra que regresa del olvido; pero llega acompañada de todos esos objetos y acciones que bordean el existir y forman parte de su aura. Palabras que con el roce de los objetos recuperan su música y fluyen como ríos de energía vital y dada su vocación líquida no renuncian a su expansión hacia el mar próximo, que no separa sino une, porque nos trasciende. No vivir vidas de ficción y derrochar energías ocultándose en el texto sino expandir la vida propia para buscar ese Uno que somos. Una idea orientalista que no parte de los conocimientos previos sino que forma el tejido de la respiración del autor: sin bien saberlo, haciéndolo bien. Asimilación, diría yo, rechazo de la batuta de la tradición literaria, ésa que se construye a base de recortes celulares para encontrar la razón del vacío.

Si que hay una tradición que Leo Lobos recoge en su escritura, tanto de sus lecturas de Jorge Teillier, Enrique Lihn, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas…como del entusiasmo que estos autores le transmitieron en vida, el hálito de sus poéticas, ese extrañamiento y alejamiento crítico de la literatura oficialista para ahondar en un coloquialismo que les confirió mayor vitalidad a la expresión.

También hay que matizar la importancia que nuestro autor le ha dado a los grandes novelistas de ciencia ficción. Ya los escritores norteamericanos de la beat generation vieron en este género, no ya una literatura de evasión y entretenimiento, sino una búsqueda de utopías posibles o imposibles. Nova Express de William Burroughs es un ejemplo. Deleuze buscando la pulsión del rizoma en la expresión. Pero, además, tenemos la presencia de Frank Herbert e Isaac Asimov.

La ciencia-ficción, en principio considerada un género narrativo menor por la Academia, cobra en la poesía de Leo Lobos entidad de utopía como las de Platón, Tomás Moro o Erasmo de Rotterdam. El poeta ve en ellos no la evasión romántica hacia mundos imaginarios y fantásticos, sino la presencia de unos visionarios que ven a la humanidad expandida por el universo buscando la inocencia de la cuna primera o paseando entre las dunas de su propia desolación proyectada hacia un futuro lejano, donde, a pesar de todos los obstáculos, el ser humano encontrará una salida en su propia energía vital. De esta manera, Leo Lobos no pestañea a la hora de citar a estos autores junto a los poetas chilenos, citas, por cierto, desmadejadas de toda intención academicista o postmoderna. No en el sentido que le dieron los llamados novísimos españoles de los años 80. Es su manera de que estos personajes participen en el poema-vórtice posterior. No personajes, como dice el prólogo, sino integrantes de una conversación intemporal que se extiende a los lectores. Voces corales estratégicamente situadas en el tejido epidérmico del poema. Visionario, pues, el propio poeta. De esta manera apunta al hombre de la ciudad, como un ser contradictorio (como humano que es) que unas veces se ve como un pequeño dios y otras la criatura más ínfima de la creación en toda su finitud y desasosiego, que ni siquiera se para a pensar en su infinitud

Cuando pase nada,

y el cielo se estrelle sobre nuestras

cabezas, y entremos a empujones al

cementerio, como

vacas muertas

al vividero.

He aquí la urbe donde el ser humano se transforma en homúnculo, que se diluye entre la multitud y se despersonaliza, donde más que la muerte realmente le aterra la vida. Es la primera muerte de la que habla el poeta, la inanición de la conciencia del uno cuyo destino es integrarse en una totalidad también unitaria. Sin embargo,

No habrá en el

paraíso otra

muerte.

No la habrá, desde luego, porque el ser pierde de esta manera su entidad, está perdido del decir, porque

Cuántas veces después

de morir

has sentido ganas de vivir,

y probar qué se siente.

Es lo que el poeta llama la muerte grande. Nótese la agilidad que producen los encabalgamientos que no sólo se dan en estos ejemplos sino a lo largo de todo el poemario. Una utilización que va más allá de lo retórico y nos sitúa en el plano de lo visual. De esta manera, por ejemplo, el cielo cae sobre nuestras cabezas o hay una disociación entre el paraíso y su concreción, pues entre él y paraíso aparece un abismamiento visual, como si se cortara el cordón umbilical entre el hombre y su deseo de trascender. Textualidad que aspira y llega a los niveles del caligrama. Es un mirar-leer, como dice Leo Lobos, es la voz que se toca. No es extraño que el poeta irrumpa en el territorio de lo visual, pues, en este sentido, esta otra faceta viene a ser no la otra cara de la misma moneda, sino dos aspectos que se intercomunican y complementan.

A todo esto hay que sumarle ese ritmo sincopado que nos remite al jazz. Otra vez lo urbano y la forma posible de liberación de las cadenas alienantes de las grandes ciudades. Una música que procede de los esclavos rurales negros norteamericanos que acallaban sus penas con el soul y sonreían a pesar de todos sus males. Sonrisa de jazz para que el ser humano pueda recuperar la individualidad de su conciencia que una vez estuvo apegada y en consonancia con la naturaleza.

“Mirar el ojo de ese halcón y asustarse/ No del ojo, sino de su alegría”. En este díptico de El hombre de la guitarra azul de Wallace Stevens veo un resumen de lo que vengo diciendo y que Leo Lobos manifiesta de esa manera tan sugerente a lo largo de su viaje por las calles de todas las ciudades del mundo que recorre, en el poemario y en su vida. Asustarse de los sentimientos que surgen del centro de cada cual, asustarnos de mirar al espejo y ver que a pesar de todo brillamos. Miedo no de conocer sino de conocernos. Y todo porque los seres humanos observan la triangular estructuración de la vida que no dice nada a nadie descalzo de preguntas. Quizás cuando todas las palabras pierdan su sentido primero, sobrevivan los latidos eléctricos de unas sílabas cargadas de electricidad latiente de un corazón vivo que irradie energía y luz desde un lugar tan lejano como nosotros mismos.

Antonio Arroyo Silva

Gáldar, Islas Canarias, España

Septiembre 29 de 2010

Antonio Arroyo Silva: nacido en Santa Cruz de La Palma, Canarias, España, en 1957. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de la Laguna y profesor de Lengua y Literatura Española. Ha sido colaborador de revistas en papel, como Artymaña, La menstrua Alba (de Canarias), Zurgai (de Bilbao) y de revistas como la Sociedad de Escritores de Chile, Cinosargo, la Antología de Poesía Mundial de Fernando Sabido entre otras. Ha publicado los libros de poemas: Las metamorfosis (Cabildo Insular de La Palma, 1991) Esquina Paradise (El Vigía Editora, 2008) y Caballo de la luz (El Vigía Editora, 2010). En preparación tiene los siguientes poemarios: Symphonia, Marzo, Fila Cero, Poética de Esther Hughes y Casi luz. Fue 2º premio en el concurso de poesía de Granadilla (Tenerife), en 1981. Ha participado en el Festival Internacional de Poesía encuentro 3 Orillas (Tenerife 2009) y en el Homenaje de Poetas del Mundo a Miguel Hernández (junio de 2010). Actualmente es vocal de la Asociación Canaria de Escritores.



viernes, 1 de octubre de 2010

Artículo sobre próximo libro de Cinosargo: Oscuro Optimismo. Sobre Novela Negra de P. Barnao.

10/01/2010 07:24:00 a. m.

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por Gonzalo Abrigo

Fuente: Corte irracional


Existe un mito de vasta circulación (alguna vez habría que seguirle la pista y ajusticiar al infame tótem), que cree al narrador poeta fracasado. Cuando un gran poeta hace a la vez impecable prosa o, inversamente, un novelista relevante incursiona con mérito en la poesía, el mito (envidia o insana sospecha) se agota y sólo cabe rendirse, celebrar o, para los soberbios: afirmar que el tipo no es tan bueno en lo uno como en lo otro. Cierto que ni los poemas de Hemingway ni los de Joyce están a la altura de sus novelas (cimas de la literatura, ok: la comparación no es la mejor), pero digamos también que un grueso de poetas que jamás debutarán con un libro de cuentos, no roza ni los callos de la poesía de Saer o John Berger. Mito ligero. Juicio acelerado, impulsivo, como tantos salivados en las bocas de los miembros del –otra fábula monumental, aun más bravucona- mundo literario. Gran novelista igual poeta frustrado, dice la ecuación simple, pero rara vez deduce lo inverso: ningún poeta fue autor de ficción que no cristalizó.

Novela Negra no es prosa aunque pareciera que pudo serlo en algún momento, o que ciertas lecturas fanáticas desembocaron, curiosa e imprevisiblemente, o tal vez fría y calculadamente pero gracias a un poderoso influjo, en poesía. J. P. Barnao publicó su primer libro en una editorial boliviana (Yerba Mala Cartonera, 2008; de prontísima segunda edición corregida Ed. Cinosargo, 2010), la cual, con todas sus precariedades inherentes, ya desde hace buen tiempo ha decidido sacar a flote a un grupo de escritores chilenos y no sólo chilenos, de entre veinte y treinta años, sin opción en las editoriales de sus países de origen: viejo cuento pero qué importa cuando la patria y su noción -a diferencia de varios poetas vistosos del centro-sur-, te tiene sin cuidado. Bien. Eso, como primer ítem de actualidad, ya está demasiado bien.

La estrategia utilizada a primera vista parece simple. Víctima y victimario, patos malos y psicópatas redomados, detectives y prostitutas malogradas, personajes obligados por el género referido, movilizan la analogía con la cosa esa de escribir. Lugar relativamente común, digamos: escribir como crimen, acucioso crimen, enterrar el cuchillo como corregir un verso, cercenar cabezas como suprimir un párrafo o capítulo completo. Aquí la jugada es algo más compleja. Tiene aguante particular. Barnao avanza en ese paralelo como enmascarado del escritor (de poemas o relatos) que profita de observarse en cada “situación literaria” para armar la coartada imperfecta y volcarse a un personal autosabotaje de la experiencia. ¿Qué aparece ahí? Un bruto. Tal cual. Un bruto que protagoniza la infausta producción de literatura en cualquier formato. Un bruto que puede ser el poeta ignorante o el asesino ilustrado. Comparten una cualidad: ambos son dueños de la facultad de ver en perspectiva la propia escena de la fechoría. Y en la mixtura de esa mirada relativamente distante caben: novelas leídas, manuscritos frustrados, personajes investigados para la ficción, los utensilios de la imaginación, crónica roja, monólogos de desalmados célebres, aspiraciones y paranoias del escritor estereotipo, sentimientos caricaturizados que, en su montaje anárquico, a ratos hace parecer que estamos devorando un cómic con una estética harto sórdida, onda Piglia de La ciudad ausente o Ellroy de L.A. Confidential: audaz, certero, rápido, y, por encima de todo, muy entretenido.



¿Qué más? Crimen. Crimen y más crimen pero, por gracia, sin afán aleccionador. La propuesta de Barnao dista de ser un aporte para el cúmulo sociológico (ni mucho menos para el desarrollo forense) de la situación política actual, como no pocas de las intentonas metafóricas que han circulado por ahí, esas que regularmente se empecinan por hacer hablar, como antropólogos-autores (en el mejor de los casos, en el peor: como consejeros municipales), a la marginalidad excluida, a los sin voz, esa diferencia que quiere siempre decirnos algo según ellos, y a la que deberíamos imperiosamente prestar atención para ampliar el horizonte de nuestra vida diaria y de nuestra malograda convivencia. Mejoradores de la humanidad. De la chilenidad. Chao. Novela Negra respeta, insisto, las pautas del género referido, las reglas propias de la novela negra. El crimen es algo importante (es decir, funciona como una relación estructural y un hampa de significados que tiene su sede bien delimitada) y ya está. Pulsión asesina, huinchas amarillas, homicidas y verdugos varios –guatón Romo versión Spoon River incluido-, la escenografía para la carnicería o la escritura, exitosa o fallida, de versos. Ésa la acción. A ratos retorcida. A ratos también cómica. Como una más de esas novelas.

Recordemos brevemente al viejo Wallace Stevens, el ilustre emperador de los helados: ¿hay una imaginación que resiste la presión de alguna molestosa realidad en estos poemas? En la medida en que se distancian de cierta onda reinante, el reino compartido entre poetas ligados a la academia-erudita y poetas ligados a la academia-maldita (pero casi todos alguna vez universitarios, elite transversal) se opone a esa tendencia que, para no pocos, últimamente se ha vuelto sonsonete o fórmula un poquitín farragosa o altamente previsible, ya en su versión barroca-desmedida, ya en su versión neolatina-minimalista-objetivista. Por contraparte, Novela Negra flaquea como imaginación en la medida en que hace metaliteratura, y el dispositivo se vuelve predecible o sin esa certeza quirúrgica que la misma percusión de un revólver puede asestar a un ser vivo. A veces la bala es pasada. La pólvora en varios de los poemas podría ciertamente estar más seca. La buena poesía no falla con el ser vivo (ojo: vivo) que se enfrenta a ella. La poesía a secas es tan letal como vital.

Buen libro debut. Hay cosas no tan pulidas, remodelables, si se quiere. Pero lo importante: búsqueda, genuina; la sensación efectiva de que hay una experiencia ahí tras la bambalina del papel, que se interroga, que está hueviada, desfasada, incómoda. Y como tal: aun desprolija. Hay una prueba de sonido, una afinación en riesgo. No importa. No importa en lo absoluto, todo lo contrario, a menos que tú, remoto lector, te solaces en el mundo académico (erudito o marginal) por siempre jamás, o con buenos monitos menores, auspiciosos pupilos e imitadores (comienza a estar lleno) de la gran poesía anglo de la 1ª y 2ª mitad del siglo pasado (que a varios voló, y en buena hora, la cabeza, sin duda a Barnao también, véase la paráfrasis al “Cántico del sole” o los epitafios onda Lee Master). Entonces te advierto que esto no es para ti. Lo vas a mirar por debajo del hombro. Demás. Pero échale una mirada si tienes tiempo. Aunque sé que no tienes tiempo. Ya, está bien. Cien, no: media docena de disculpas. Como si no fuera suficiente tanto vertedero presente en rededor. Novela Negra me puso un rato así. Gracias Yerba Mala. Vale Cinosargo (¿no se llamaba así el perro del cínico Antístenes, o era el nombre de su aula filosófica?). Mi oscuro optimismo. Bienvenido. Fin. Suficiente.



lunes, 13 de septiembre de 2010

Comunicado de Prensa Festival Cine B_3

9/13/2010 01:07:00 p. m.


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Existe un grupo de películas escondidas para el público. Películas que a las grandes salas de cine no les interesa. Películas que las distribuidoras rechazan. Es un grupo de jóvenes realizadores independientes en sus ideas, en sus conceptos, no simplemente en sus fuentes de financiamiento. Es un cine más crítico o experimental, o que representa sectores sociales ausentes de la producción estándar. Así nacen las películas Clase B, realizadas con muy bajo presupuesto, con un rodaje muy breve (algunas en sólo unos días), con actores prácticamente desconocidos (o estrellas en decadencia) y con una duración que oscila entre los 70 y los 90 minutos.

Este festival reunirá las películas que son discriminadas por los festivales que solo aceptan formato en cine para su exhibición, o realizaciones de perfil comercial que garantiza salas llenas en sus exhibiciones. Nosotros apostamos por el cine del futuro, la nueva generación que está dando que hablar en los festivales extranjeros.

Por primera vez y abundando en la reivindicación del cine más joven, celebraremos las primeras jornadas sobre el cine de más bajo presupuesto. Ahora que la democratización del séptimo arte comienza a ser una realidad y que ya es posible realizar películas con escasos recursos, este festival nos acercará a este nuevo fenómeno de la mano de destacados realizadores que han dado sus primeros pasos sin un holgado presupuesto.


DESCRIPCION

El Festival Cine // B presenta anualmente una selección de las producciones audiovisuales y cinematográficas mas innovadoras y destacadas de nuestro país entre largometrajes, documentales de creación y películas hibridas. El Festival Cine // B ofrece una plataforma de actividad y desarrollo al cine y audiovisuales independientes. Pone su acento en dar visibilidad a obras cinematográficas y audiovisuales controvertidas e innovadoras producidas en Chile y el mundo.

Festival Cine//B se gestiona con la ayuda de instituciones y personas que apoyan de forma desinteresada a las nuevas generaciones del cine chileno. Organizan Escuela de Cine de Chile, MV Cine y Cerofilm.


OBJETIVOS

El Festival crea una instancia de apoyo a las nuevas generaciones del cine chileno. Reivindica las películas de independientes e incita a la creación rupturista y experimental. Valora las ideas y los conceptos que no calzan con los formatos comerciales. Fortalece los lazos entre el público y el cine emergente al demostrar que el financiamiento no es el ingrediente para una buena película.


CUANDO Y DONDE

La tercera edición de Festival Cine// B_3 se realizara entre el 2 y 9 de noviembre del 2010 en Santiago y algunas regiones que se irán sumando. Desde el año pasado se ha gestionado de forma paralela el Festival en regiones, algo inédito en los festivales. Exhibiremos lo mejor de la programación principal y sumaremos a los ganadores de los años anteriores. Creemos que las películas independientes no solo deben masificarse en la capital, también nos sentimos responsables de su difusión en las regiones del país.


Trayectoria

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Festival Cine//B_1 (2008)

El Festival Cine//B nace de la necesidad de mostrar una gran cantidad de películas nacionales que debido a no contar con muchos recursos para su exhibición y distribución son segregadas por las grandes productoras y distribuidoras. El año 2008 entre largometrajes y cortometrajes se exhibieron 101 películas. Más de 4000 personas asistieron al evento. Festival Cine//B se perfila como la nueva ventana del cine independiente nacional.


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Festival Cine//B_2 (2009)

En sus dos ediciones el Festival ha exhibido más de 350 películas convocando a más de 10.000 personas. Se provocan varias replicas.

Festival Cine//B_2.1 (Noviembre 2009): La Escuela de Cine de Chile, JovenESantiago y la Productora de Eventos Chile al Aire S.A en conjunto con el Centro de Alumnos de Ingeniería Comercial de la Universidad de Chile producen cine gratuito al aire libre de alto impacto para los Alumnos del Campus Andrés Bello.

Festival Cine//B_2.2 (Diciembre 2009): El festival en coordinación con el blog peruano Cinencuentro, presentaron la muestra “El cine chileno ataca Lima”, que reunió ocho películas de reciente realización que constituyen estrenos absolutos en el Perú.

Festival Cine//B_2.3 (Diciembre 2009): Una selección de cortometrajes del Festival fueron invitados al Festival CIEVYC en Buenos Aires, Argentina como parte de la muestra oficial.

Festival Cine//B_2.4 (Diciembre 2009): Plaza Joven Santiago como una propuesta de JovenESantiago de la Municipalidad de Santiago exhibió una selección de cortometrajes del Festival de modo gratuito en diferentes sectores de la comuna.

Festival Cine//B en el extranjero: El festival Cine//B presento, en el marco del Festival de Cine Latinoamericano de Moscu, una selección de las producciones participantes del Festival. El objetivo del evento fue promover en Rusia las mejores películas latinoamericanas, casi todas de las cuales fueron por primera vez proyectadas en Rusia en la gran pantalla.

A partir de este año se organiza Cine//B Lima (Perú) y Cine//B Buenos Aires (Argentina) con la participación de películas del Festival.


Mayor información en: http://www.festivalcineb.com




domingo, 22 de agosto de 2010

Una belleza convulsiva: Variaciones sobre la vida de Norman Bates, de C. Faúndez

8/22/2010 08:21:00 p. m.

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Una belleza convulsiva: Variaciones sobre la vida de Norman Bates, de C. Faúndez

La crisis de la narración –la narración como tal, la que supone la comunicación de una experiencia- no es en absoluto nueva. Cuando Walter Benjamin, en su sugestivo ensayo de 1936 sobre el narrador ruso Nikolay Lesskov, planteaba la caída en la cotización de la experiencia como una de las causas fundamentales de esta crisis, debe asumir que “el arte de narrar se aproxima a su fin, porque el aspecto épico de la verdad, es decir, la sabiduría, se está extinguiendo”. El valor de una literatura posible, entonces, se encontrará en la belleza de “aquello que se desvanece”, emancipada de la señal de autenticidad que impondría una voz justa, reconocible y propia. La escritura se asociaría de forma casi exclusiva a la creación de tesis y representaciones ideales en la novela –y yo agregaría, al vértigo inefable en la poesía.

Quien crea que esto son abstracciones, es que no entiende bien lo que implica la posibilidad de una narrativa en épocas de shock. En nuestra era traumática, casi ochenta años posterior a la de Benjamin, narradores y aspirantes que exhiben su obra antes que su nombre o alguna posibilidad de talento se han estado haciendo un verdadero festín con la supuesta desaparición de la literatura como una actividad obsoleta, y fundándose en autores legítimamente conscientes de la crisis como Roberto Bolaño, dan el paso posterior haciendo mala prosa y luciéndola como muestra de época, insultando y amenazando al que se les pare adelante y alimentándose de un poder político que ya aprendió aquello del río revuelto. Entre la administración concertacionista y el momento actual, hay mucho que no cambiará en absoluto, y una de las desgracias de la época es tener a estos mártires de la desaparición de la literatura gritando y engordando a costa de la ignorancia de los burócratas, desde Punto Final o El Mercurio hasta algún blog que encarguen a sus talleristas para poder meter más bulla y por boca ajena. Y ahí van a seguir, gritando, engordando y dictando cánones payasescos, encontrando en la creación literaria sólo objetos muertos y taxonomizables.

Mientras tanto, las verdaderas lecciones de la crisis de validez de la literatura para los tiempos que corren no dejan de ser aprendidas y aplicadas, y no necesariamente en los grandes centros de distribución editorial: esperan mejores momentos para ser leídas como se debe. Esto pienso ante Variaciones sobre la vida de Norman Bates (Valparaíso: Narrativa Punto Aparte, 2010), el segundo libro de narrativa de C. Faúndez (Valparaíso, 1973) después de El silencio: Manuscritos para suicidas del mañana (Valparaíso: Ed. La Bruja, 2000) –el año 2008 publicó además el poemario 34 (Valparaíso: Ed. Cataclismo). En cuatro nouvelles breves de estilo y perspectiva muy distintas, Faúndez despliega en su último libro un mosaico narrativo de una poderosa originalidad, centrado en un mundo que ha decidido darse una clausura ante toda trascendencia, mas con la huella traumática de tal operación, que le da la necesidad de escapar de una realidad estagnada, desolada en su sentido más profundo.

Es imposible no recordar a Dostoyevskii –y precisamente en oposición a esa narrativa fundada que podría reconocerse en Lesskov-, cuando se señala esta breve descripción del mundo que desean mostrar estas Variaciones. Se presenta acá efectivamente ese mundo sin Dios, en el cual cada detalle da la impresión de una dolorosa segunda infancia, doblemente huérfana, en que, ya perdida toda inocencia, tampoco se ha aprecia un estar en casa viviendo en la libertad. El espacio de las elecciones dentro de las Variaciones es el espacio del acto gratuito, en que la expresión de sí mismo es una pura irrupción fuera de lugar dentro de una realidad que no puede ser modificada ni en el menor detalle de su oscuridad. Por eso es que, sin tener descripciones particularmente acuciosas, la visualidad de la narrativa de Faúndez resulta asombrosa, en cuanto creación de climas en pocos rasgos, a través de lo que hay fuera de los espacios en que los personajes se mueven. La escena primordial de casi todas las historias es la mirada a través de ventanales, hacia un cielo con caracteres inhóspitos –repetidamente invernales- y hacia los omnipresentes pájaros, que tienen un particular y complejo significado dentro del mundo narrativo de Faúndez.

La aparición de los pájaros en las Variaciones es reiterativa hasta el hartazgo. Desde el pájaro muerto de “La mujer imposible” hasta los embalsamados de las últimas composiciones del libro, saben ocupar el privilegio de un símbolo complejo, que refiere a su capacidad voladora –su capacidad de dejar el suelo. Y aunque el libro empieza con los pájaros que parecen burlarse de Fagestrom en la primera nouvelle, es en su muerte cuando revelan su real sentido.

Aquel día, Fagestrom se levantó decidido a regar la tumba del pájaro. Tal vez, pensó, de tanto regar, el pájaro se llenará de nubes y podrá volar otra vez, y de esta manera llegará a la ventana de la mujer imposible para avisarle que él está vivo, que puede hacer con él lo que se le venga en gana (...)

Pero el pájaro no despierta. Está enterrado tan hondo como una imagen en el espejo. Fagestrom la llama. Le cuenta estas cosas sobre el pájaro y la mujer le dice que es tierno, pero que la ternura puede dejarnos vulnerables en este mundo. Él responde que tiene razón y que en verdad el maldito pájaro está más muerto que la mierda. La mujer imposible cuelga el teléfono.

El pájaro, resumen del deseo de Fagestrom por la “mujer imposible”, termina desenterrado, y su cuerpo medio devorado por los gusanos es provisto de alas de cartón y un artefacto eléctrico para que a la orden de un control remoto pudiese volar. Pero ante lo improbable de un pájaro que volase con los ojos cerrados, el protagonista


(...) mantuvo abiertos los párpados con un palo de fósforo entre sus concavidades, pero el pájaro ya no tenía ojos. Introdujo dos perlas de fantasía en esos agujeros. Las pintó azules. Un pájaro de ojos azules debía ser irresistible para cualquier mujer, aunque en verdad las mujeres prefieran a los ciegos.

La operación del protagonista remite inmediatamente a la misma imagen de los relatos finales: el hacer ver como vivos a estos pájaros muertos, imágenes de una ligereza desvanecida que se intenta recrear a la fuerza. Tanto el amor a esta “mujer imposible” como los anhelos de los niños que reciben las clases de embalsamamiento de Norman Bates, dejan ver en su trasfondo una sombría operación alegórica, en que el retrato de ese mundo clausurado es capaz de mostrar su punto de fuga, aquello que permite que como narración mantenga sentido, pero representándolo desde su misma negación. No hay mejor forma de expresar esto que citando el final de la primera sección, “Taller para embalsamar pájaros”, del relato “Variaciones sobre la vida de Norman Bates”

He terminado por aceptar a las niñas, sobre todo cuando la luz del sol cae sobre sus pequeñas manos. La niña de las preguntas me ha traído una flor y me ha preguntado si las flores crecen dentro de los pájaros.

- La llegada de la primavera nos reconforta, se ven más pájaros en el cielo –le explico.

Entonces ella responde:

- Ojalá murieran todos los pájaros, para poder embalsamarlos.


La operación de embalsamar pasa a desenvolverse en una gratuidad sin fundamento, y en el caso de los últimos textos del libro, los mismos niños del taller son los portavoces de ese abismo de sentido, antes incluso que podamos, como lectores, acceder a la angustia de Norman Bates.

Una de las puertas de entrada que parecen ser vitales para entender la emoción predominante en el libro es la de la actividad literaria. De una u otra forma, recorre de principio a fin el libro, representando siempre una actividad inútil, pero signada por el mismo espíritu de evasión –ese mismo imposible afuera que parecen encarnar los pájaros. Por ejemplo, en el instante en que Fagestrom informa sin un objetivo específico, al parecer, a la “mujer imposible” del alto precio de su cuenta del agua, termina asumiendo

(...) que vendería la colección de libros de poesía que le había regalado su abuela, ya que él nunca leía porque la poesía lo atemorizaba. La poesía es lúcida, decía, y él estaba loco.

En que el personaje parece querer establecer una transacción imposible que equipara esos libros con la reunión con la mujer, la cual parece dar absoluta cuenta de este intento presentando ante él el principio de realidad del que Fagestrom desea escapar:

- Tú no estás loco –replicó la mujer.

- Loco por tenerte –dijo Fagestrom.

- Entonces, si estás loco por mí, sigue regando la tumba del pájaro y cuelga el teléfono.

Como complemento de la idea de extremo escape que constituye la literatura en este trozo, es interesante apreciar –tal como en el ejemplo anterior- una parte de la sección “Taller para embalsamar pájaros” (conformada, en términos estrictos, por microrrelatos que pueden valer por sí mismos):

Al niño escritor no le gusta tanto embalsamar pájaros. Le gusta escribir. Todo lo que hizo en la mañana, lo que hizo en la tarde, y así llenar y llenar páginas con su vida. Le aconsejé que también escribiera sobre la vida de los otros y se negó, pues reconoce que su vida es más interesante que cualquier otra. Le digo que de afuera se ve mejor, pero no hay caso: el niño piensa que los que miran de afuera sólo especulan, pero nunca llegan a la verdad.

En que se aprecia más claro que la presencia de las figuras de la evasión (la mujer de la primera nouvelle, los pájaros, la literatura) es darle un sentido a la narración, pero desde su mismo aparente absurdo –el acto de la escritura convierte esta voluntad de evasión en voluntad de verdad. La desesperanza yace en el momento en que esta verdad sólo puede presentar la apariencia de vida.

Estas mismas certezas, pero asumidas desde un registro extremadamente irónico, son notorias en “Los arbolitos quemados” y “Esto sucede cuando tres poetas deciden armar una bomba”. En la primera nouvelle, en el instante en que se empiezan a urdir los hilos de la trama, “la divorciada” le pide “al hombre”, al principio el aparente protagonista de la historia, que mate a su madre.

- ¿Por cuánto?

- Por muchos poemas.

- ¿Serás capaz de escribir treinta poemas?

- Claro que puedo, con tal de que desaparezca de mi vida.

- Cuarenta sería mejor.

El delirante relato logra revelar esta trama como una dentro de una serie de hilos engañosos que envuelven todo el relato, produciendo, merced a la habilidad de esta urdimbre y el cuidado dibujo psicológico de los personajes, una asombrosa representación de este mundo sin trascendencia posible que sólo puede acabar autodestruyéndose. En la misma forma en que la poesía es puesta en un paréntesis burlesco, también acá la relación amorosa pierde todo el carácter de redención que sugería “La mujer imposible”, pasando a ser otra evasión inútil y casi ridícula:

El anciano dice a la anciana que está aburrido de regentar un motel. La anciana dice que regentar un motel es puro amor, que ellos brindan un espacio para que la gente se ame, no para que se emborrache, o cometa actos de violencia, ni tampoco pusieron un parque de juegos para que los padres justifiquen su presencia con sus hijos. No, ellos pusieron un motel para que la gente se ame, con poemas en sus paredes para que los lean y lloren.

- También se presta para la infidelidad –dice el anciano-, y eso no es bueno.

- En la infidelidad también hay un poco de amor –dice la anciana-, aunque sea un poco, y un poquito de amor en estos tiempos se agradece.

En que la última pequeña ventana que abre “la anciana” –el amor como un consuelo- terminará cerrándose con el desolado y violento final de la nouvelle, en que la última frase parece hacer eco de este carácter de instancia desesperada en el sentido más propio de este adjetivo:

Los testigos de la catástrofe se mantuvieron abrazados, fuertemente abrazados.

En el caso de “Esto sucede cuando tres poetas...”, Faúndez se decide por un tono más llano de relato netamente sarcástico. Sin embargo, el lugar que la actividad poética ocupa aquí puede dar cuenta de la misma forma de esta “puesta entre paréntesis” de la posibilidad de escapatoria.

El mundo que se describe en “Esto sucede...” está marcado por una apariencia apacible, recalcando al principio la cotidianeidad de tres poetas que comparten una casa en “un pueblo” –que no se detalla ni se describe, lo que desplaza absolutamente la atmósfera lúgubre de las demás nouvelles del libro. De hecho, el efecto irónico recalca una sensación de normalidad tal que logra acoger dentro de sí momentos que en otro contexto serían críticos –la posible identificación del “poeta tres” con Fagestrom, el que éste imagine muertos a los otros dos trágicamente, si es que por trágicamente se entiende quedar atrapados entre los fierros de un automóvil después de un choque o ser aplastados por una pala mecánica en una faena de construcción, etc.. Ante este mundo, la actividad de ellos en cuanto poetas no puede sino revelar una diferencia fundamental con respecto a la gratuidad y burla que en las demás nouvelles se establece con respecto a la literatura:

Las risotadas en el bar o las opiniones despreocupadas sobre la poesía –que era, en el fondo, lo que más preocupaba a los tres poetas- eran sólo apariencias. Todos se habrían cortado una oreja, un pie o un brazo antes de llenar la hoja en blanco con un poema sin pulir.

Desde este suelo seguro, la narración puede llevarse a un punto crítico que no tenga relación con trascendencia alguna fuera de la literatura en sí misma. Ante la exclusión de los poetas de la casa de la programación de “la feria del libro”,

El poeta tres dijo que, en ese caso, lo más efectivo era lanzar una bomba en la feria, el mismo día de la presentación de la poeta mediocre. En esta idea los tres estuvieron de acuerdo.

En que la brutal desproporción entre la causa y la acción presenta nuevamente la idea de la gratuidad de los actos. La narración cuida de presentar claramente la distinción entre el atentado y la lectura de una virtual acción artística (UNA BOMBA ES UNA BOMBA / No un poema, les pide repetir “el anarquista” a los poetas), y la realización misma de aquél logra precisamente desvanecer cualquier pretensión de una cadena de causas y consecuencias. La llegada de la “mujer imposible” da a la escena una carga delirante que es cuidadosamente vuelta a su centro en la última sección de la nouvelle, cuando los dos poetas restantes

asumieron como la nueva directiva de la sociedad de escritores, descabezada con la explosión de la bomba en la feria del libro.

Al llegar a casa, aquella noche, escribieron un poema a cuatro manos, dedicado a la inmolación del poeta tres.

El poema decía así:

El amor es el amor

No una bomba


Fin.

El centro de la narración constituye, entonces, esta trivialidad en que los actos son asumidos gratuitamente. Se deja ver, entonces, a los poetas como los que pueden vivir y administrar de manera fría una cierta “tecnología de la desesperanza”, logrando asumir como cotidianos los saltos más extremos hacia la trascendencia que pudieran encontrarse en todo el libro: el milagro (así definido) de la aparición del amor imposible al mismo tiempo que el paso a la muerte, por parte del “poeta tres”. Éste –enamorado de una “mujer imposible”- es el único personaje signado para salir del mundo llano de las Variaciones, pues como se señala en las páginas iniciales de la nouvelle:

El poeta uno y el poeta dos habían escrito poemas de amor, pero nunca se habían sentido enamorados y nunca habían sufrido lo que se entiende por sufrir de amor, que no es otra cosa que llorar bajo la almohada.

El poeta tres, en cambio, estaba profundamente enamorado de una mujer imposible. (...)

Con lo cual sella el destino ya esbozado para el personaje que había sido llamado Fagestrom: lo maravilloso sólo podría aparecer aquí en la forma de un abismo que se abre hacia la desaparición física. El gesto final del “poeta tres” implica una fe en la redención que hace colindar el amor y la muerte.

Una de las características importantes de estas Variaciones es precisamente esta última, y se hace obvio recordar las páginas finales del movimiento romántico (como ya se recordaba a Dostoyevskii) hasta su culminación paradójica en el surrealismo como propuesta estética. De hecho, la belleza convulsiva propugnada por André Breton en Nadja es un modo bastante preciso para definir la prosa del libro, siempre a punto de escapar desde la sola referencialidad a una percepción casi onírica. De hecho, hacia las últimas nouvelles, la secuencialidad que podría hacerlas parte de una prosa como tal desaparece, haciendo aparecer los textos centrados en Norman Bates como una narración poética que asume sólo puntos de fuga con respecto a posibilidades de solución de argumento. Esto hace que el uso reiterado de procedimientos que en la prosa como tal darán paso a la acusación de efectismo –la culminación de narrativas simples en imágenes poéticas o el uso de palabras de grueso calibre-, en esta narración se hacen parte fundamental de una poética centrada en la posibilidad de conmover provocativamente al lector: propiamente, un efecto de convulsión llevado a un asombroso clímax en la narración del “amor real” con la embalsamada, perfecto opuesto al “amor imposible”. En ambos casos, el concepto de amor es índice de algo completamente distinto, y que se refiere a la libertad imposible que está en la base del mundo narrativo de Faúndez.

La violencia sobre la narrativa convencional hace entrar a estas nouvelles dentro de un ámbito de activa conciencia con respecto a la condición presente de una experiencia devaluada y a punto de desvanecerse. El personaje de Norman Bates representa, como quien determina el libro desde el título, una fuerza corrosiva sobre la sociabilidad que termina denunciando al texto como mera ficción –en el mundo de las Variaciones la realidad ya ha dado el pie a su tumba, y la agresiva carta final de Bates a la embalsamada es, en cierta forma, una demanda imposible ante un mundo que ya ha desaparecido. Es por esto que el humor del libro corresponde en sentido absoluto al humor negro –otro enraizamiento con el surrealismo, consecuente con su belleza convulsiva- en una de las formas más puras que se puedan encontrar en la actual narrativa, al menos en el entorno de las ediciones independientes del país.

Le corresponde a Variaciones sobre la vida de Norman Bates una presencia en el entorno de la narrativa nacional, y es de esperar que el trabajo de Narrativa Punto Aparte logre alcanzar la resonancia que le corresponde –ya ha sido publicado bajo el sello, además, Niño Feo de Yuri Pérez. Las excepcionales edición y factura de los libros, asimismo, podrían abrir un camino de mayor exigencia a la publicación independiente, entregándole la posibilidad de acceder a mercados de lectura que no estén acotados a círculos de especialistas.


Carlos Henrickson

http://henricksonbajofuego.blogspot.com/


Variaciones sobre la vida de Norman Bates