jueves, 3 de marzo de 2011

Cuando los fantasmas corren por los pasillos



Cuando los fantasmas corren por los pasillos
Escribe Carlos Amador Marchant


Me encontré, sorpresivo, con el poeta José Ángel Cuevas. Fue en el Palacio Rivera de Valparaíso casi al finalizar febrero de 2011 a raíz de una exposición pictórica. Presentí que era él; le reconocí su rostro. Sin embargo, de comienzo no nos saludamos. Ninguno pareció tomar la iniciativa. Motivo: escasos contactos en vivo.

Andaba con su familia observando algunas actividades de arte, y como esa casa ha llamado la atención de mucha gente, optó por entrar.

Noté que había quedado impresionado. Me lo dio a entender con sus palabras. El palacio, para él, ese palacio en desmedro por el paso de los años, le hizo abrir los ojos.

Le expliqué que se trataba de una mansión levantada en 1885, construida con el dinero de Guillermo Rivera Cotapos, su dueño original, en esos tiempos de las glorias del salitre y del dinero que corría como ríos por los bolsillos de los acaudalados.

Cuevas me miraba y parece que mis palabras fueron entrando. En cambio, sólo atinaba a decir “es impresionante”. Le hablé del diplomático Rivera, del abogado constitucionalista, del hombre que había estado como secretario privado del Presidente Balmaceda antes de la Guerra Civil de 1891, de su accionar como diputado y senador liberal por Valparaíso, de los logros en bien de la zona, que el tipo, después de la hecatombe del 91, un año más tarde había hecho una de las más brillantes defensas de los marinos chilenos comprometidos en la riña del Baltimore, la misma que hizo, en la época, un verdadero trastorno diplomático y que casi origina un terrible conflicto armado con Estados Unidos. Y casi asfixiado terminé diciéndole que el hombre luego de tanta barbarie ocasionada por el dinero del salitre y las grandes empresas, y que comprometió, por otra parte, la muerte de miles de chilenos en la guerra civil y el posterior suicidio de Balmaceda, se había retirado a su despacho de Valparaíso sumiéndose en su labor exclusiva de abogado.

“Que impresionante el palacio”, me repitió él. Y entonces entendí que estaba más interesado en esas paredes carcomidas, en los frescos del techo de la gran vivienda, en los fierrajes, en las puertas, en la entrada de ónix que muchos siguen confundiendo con mármol.

José Ángel Cuevas había atravesado la calle Serrano, otrora donde vivía la aristocracia del puerto y que hoy trata de levantarse tras haber sido por largas décadas un lugar de bohemia salvaje. Había subido al segundo piso con su familia para observar lo que queda del palacio y que tanto llama la atención a las visitas extranjeras.

En medio de muchas palabras cambió de tema y comenzó a preguntarme, sin saber hasta ese momento mi nombre, sobre algunos poetas de Valparaíso. Ese fue el momento en que relacioné su rostro con la poesía y le pregunté: ¿cómo te llamas?. José Ángel Cuevas, me respondió. Entonces, dije para mis adentros. “Mierda, lo presentía, su cara no podía ser la de otro”.

Una vez que me presenté, quedó impresionado, no pensó verme en Valparaíso, me imaginaba en el norte de Chile: ¿No te habías ido al norte, hombre?, gatilló. Yo le dije que no, que del puerto no me he movido desde hace quince años, que ya era como una ciudad que he adoptado como la tercera de Chile, y que he querido de verdad.

Nos dimos la mano, nos abrazamos. Lo ví igual que hace siete u ocho años cuando me lo encontré de sorpresa también por la sexta región del país.
De estos encuentros fortuitos he hecho varios recuerdos en mis crónicas. Y es que siempre me han parecido como si estuviesen programados por el destino.

El año 2000, luego de una visita que realicé a la ciudad de La Calera para participar en una muestra pictórica, dialogando con uno de los encargados de cultura de ese municipio, me comentaba que Cuevas había estado la semana anterior dando a conocer uno de sus poemarios junto a la presencia de jóvenes universitarios. Cuatro años más tarde viajé a Talca. En la oportunidad se hacía un encuentro de féminas adictas a la palabra escrita. Eran más de 15 poetas y sólo dos hombres los que participarían en esa reunión que logró llenar la sala. Me tocó recitar en el penúltimo lugar. La finalización le correspondió a José Ángel Cuevas. Más tarde participamos de una tertulia en un restaurant campestre en donde de noche se escuchaba el pasar, rápido, de aguas fluviales. Hubo risas, cantos, vino tinto y mucha comida. Ahí estuvo también la anfitriona, la poeta Silvia Rodríguez. Luego de eso le perdí la pista a Cuevas hasta que regresé a Valparaíso.

El poeta en cuestión, además de profesor de filosofía, profesión que ejerció poco porque luego fue exonerado en el tiempo de la dictadura, es un hombre de una creación urbana que entra profundamente a los sentidos. Es un creador que no se le escapa nada de este mundo en el que estamos viviendo. Su validez está precisamente en eso, en esta sociedad decadente, de los desamparados, de las presiones que impone la nueva economía mundial, las mentiras por donde transita el ser humano de esta era. Hace, José Ángel Cuevas, abrir los ojos, centra a los hombres, los dibuja sobre este mapa de atrocidades.

Me gustaría, y lo digo de verdad, que todos, al leer la poesía de Cuevas, se levantaran del letargo y salieran a la calle a gritar para que culmine el desamparo en donde nos tienen sometidos. No es una poesía panfletaria ni política, es una poesía real. Y cada vez que lo leo veo el peregrinar de mi propia vida y la de muchos, de miles, que sufren esta sociedad de ahora.

Y me lo encuentro de nuevo en forma súbita en este Palacio Rivera, en donde sólo parecía interesado por esas paredes viejas, por esas puertas que aún están paradas más allá de siglo y medio, de los ventanales, de los fantasmas lejanos que anduvieron por esos peldaños, de los que aún andan sin que los veamos, de aquellas legendarias mujeres que transitaban por esos corredores con vestidos amplios y perfumados.



La persona de tu hijo que duerme y duerme


Madre mía que estás en los Estados Unidos
de Norteamérica
en compañía de mi hermana Lili
cerca del Golfo de Méjico y el Desierto de Texas Gulf Oil al infinito
y yo en el Paradero 42 de Puente Alto Chile
doblando por el camino a San José
acostado en medio de la noche
la lluvia cae
mi mente corre, hacia tí
Me voy por el espinazo de América cruzo
el Gran Despoblado de Atacama por las líneas ardientes
del camino del Inca, mi corazón va más allá del Mar Caribe
en dirección a Houston mirando las nubes
porque los Estados Unidos son fuertes
allí en medio del imperialismo yanqui la maquinaria que suena y truena
estás ahí oh madre
sentada te veo
tomar una taza de té puro cargado
con 1 hoja de canela
a 40 mil kilómetros
de la persona de tu hijo
que duerme y duerme
plácidamente aquí en su pieza
Paradero 42 de Puente Alto Chile
doblando
camino
a San José.


(Poema de José Ángel Cuevas (Santiago-1944)



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