martes, 30 de marzo de 2010

PLANES por Eduardo Farías Alderete

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PLANES.

(Eduardo Farías Alderete)

Llevaba los calzones metidos en el culo. La vio saltar de la cama con esa habilidad felina que concede el vodka combinado con néctar de piña.

Ese vaivén hacia justicia al milagro de su cintura. Habían concluido sus lamentaciones y lágrimas.

Un vaso de vodka reposaba sobre el velador. Caló su cigarro y exhaló el humo como una lenta y paciente catarata. Pensó. Resumió. Sus amantes le superaban en muchos aspectos. Sin lugar a dudas. Les conocía todos en diversas ocasiones. No era una lista extensa, pero lo suficiente para preocuparse. Se incomodó.

Se sobó la entrepierna para reanimar el aparato. Sabemos que la presencia de otros amantes apaga cualquier ardor pasional.

Haciendo acopio de vigor logró una precaria erección. Ella llegó al umbral de la puerta bamboleando deliberadamente sus tetas, eran pequeñas, bien hechas, pero caídas. Treintainueve años. Sobrevaloradas y con estrías. Eran de su gusto. Siempre se consideró un hombre amante de las tetas por excelencia. Volvió a darle al cigarro. Suspiró.

Con un diestro movimiento de piernas y cadera se despojó de su escasa lencería dejando al aire, un pubis rasurado, de dimensiones precisas, funcional. Se diría un trabajo de depilación perfecto.

Detalles encantadores. Pero ya era hora de migrar a carnes cálidas y más jóvenes, la impagable terneza de la juventud. Como operación mental comenzó ese proceso desgastador de observar rasgos imperfectos, fomentar una repulsión cuyo desenlace sea el abandono.

-¿Te caliento?- preguntó con voz melosa, me pareció improcedente.

- Sí y no

- Explícamelo – rió quedamente

- Sí: porque me gusta tu cuerpo y No: porque cuando te visito, me hablas de tus amantes!

La mujer amplió su sonrisa, pareció no importarle.

Abrió sus piernas. El no quiso besarla. Hundió su rostro en la almohada para evitar el influjo de esos ojos verde grises.

Al sentir el estremecimiento propio del contacto de la carne con la carne, cerró los ojos, comenzó a mover su verga lentamente, ella estaba lubricada, parecía todo el tiempo mantener ese estado. Su lubricación era aséptica como todo en ese lugar.

Acrecentó el ritmo. Sus estertores y leves quejidos, sus tetas pegadas a su pecho enardecidos, mientras hundía aún más y más su toscos rasgos de hombre curtido por el tiempo y el sol del norte. Se le antojó que la funda floreada exudaba sudor, las flores liberaban el aroma originario de la lujuria. Un pasmo de ira pareció apresar su voluntad, ira de tenerla. De pronto su pene sintió como el gatillo se echaba para atrás y el tambor giraba dejando el proyectil en posición de descarga.

En ese momento se convenció que debía distraerse mientras continuaba con el bombeo. Imagino una serie de escenas ridículas. Todo sea para retardar el desenlace.

De pronto apareció la imagen de César, el único amante al que aquella mujer profesaba una férrea devoción. El pene dejo de concentrarse en su labor. La languidez le hacía presa, había sobrepasado ese nivel, en que ese decaimiento colaboraba con el placer, era, a fin de cuentas, una potente, nociva y vergonzosa languidez.

Se puso de pie de un salto. A paso decidido caminó hacia el baño. Sacó su miembro frente al lavamanos y lo aseó con fruición.

El espejo reflejaba la imagen que intuyó comenzaba a desfigurarse, la nariz roja, aparentemente ebrio, en contraste con la piel cetrina, ojos cansados y enrojecidos, arrugas surgiendo en la frente. Esa barriga prominente. Las canas conquistando la cabellera.

Era hora de que ella lo abandonase.

Pronto escasearían las piezas dentales. Y languidez seria la regla general en el sexo.

Cerró los ojos y comenzó a deshacer el plan trazado.

Hasta que escuchó su nombre provenir del dormitorio.



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